Ángel
F Rojas es un periodista que nos enorgullece a algunos
ecuatorianos. Su sagacidad y trato del lenguaje lo hacen
caso aparte.
Espero que lo gocen...
Ángel Rojas |
Propaganda turística
Con alguna frecuencia nos enteramos de que, un pasajero
que nos visita, o un periodista desaprensivo, que desea
hacer noticia, nos alude en forma despectiva. No han faltado
huéspedes a quienes hemos dispensado nuestra afectuosa
acogida que nos atacan, unas veces en serio, otras,
burlonamente.
Uno de los artículos periodísticos más recientes, ha
cargado sus tintas sobre Guayaquil. Y ha motivado
reclamaciones enérgicas dirigidas al periódico que lo ha
publicado. Mi consejo: no hacer caso a esta clase de ataque.
Es perder el tiempo.
Tuviéramos que remontarnos mucho para situar cronológicamente
los primeros ataques, unos contra el Ecuador, en general, y
otros, contra Guayaquil en particular. Por la procedencia de
quienes los irrogaron, hay que aceptar que los hay de gente
valiosa. En el siglo XIX (iba a escribir en el siglo
pasado), viajeros notables como Whimper, famoso explorador,
muy bien recibido y honrado en el país, en sus obras,
especialmente en la dedicada a los Andes ecuatorianos, nos
trata despectivamente. Los hermanos Reclus, en su vasta obra
de geografía universal, hacen un retrato lastimero de la
República del Ecuador. Un sabio tan ponderado y ecuánime
como Francisco José de Caldas dispara un vitriólico ataque
contra Cuenca. Y contra el puerto de Guayaquil más de un
viajero se había ensañado. Hablar mal del trópico era un
hábito en cierto linaje de cronistas o historiadores, y
Guayaquil, acusada de ser un foco de fiebre amarilla, se
prestaba para ello. Ya no tenemos fiebre amarilla por
cierto, pero nos acusan de que tenemos piratas.
Resulta dura la especie, particularmente para quienes se
encuentran empeñados en fomentar el turismo en el Ecuador.
¿Tendrán que salir al paso para demostrar que tal especie
es infame e infamante, bajo el temor de que se ahuyenten las
corrientes turísticas que ahora nos visitan? Estimo que
deben tener el ánimo tranquilo, pensando que la pueril
noticia nos hace propaganda gratuita. Así como las
erupciones volcánicas de las cuales disponemos constituyen
un atractivo turístico, yo pienso en que, los piratas del
Golfo de Guayaquil y los mandatarios que ponemos y quitamos
con explosiva frecuencia, tienen para el turista deseoso de
conocer de cerca la sede de temibles volcanes y traviesos
políticos expertos en revoluciones de bolsillo, una
explicable y legítima curiosidad. Ya no tenemos en lo que
nos queda de Oriente los cazadores de cabezas que nos
presentara Up de Graff o más recientemente, Bertrad
Flournay, pero ofrecemos a la avidez del turismo
internacional, unas islas que parecen un pasaje lunar traído
a tierra, somos país en tránsito de una impetuosa
corriente de la coca más refinada que se trata de enviar al
extranjero, y los jueces internacionales nos han colocado en
la frente el ignominioso calificativo de ser uno de los países
más corrompidos del mundo y en Guayaquil tenemos un bien
organizado servicio de piratas que ejerce su profesión con
recomendable éxito. ¿Qué más tentadores atractivos
podemos ofrecer a los turistas?