El escritor enguirnalda el pomo de la puerta
con un cartón rojo, el de no disturben por
favor, o lo que sea que diga. El escritor
arroja la maleta sobre un butacón esquinado,
descorre las cortinas, alza la persiana,
abre las hojas de la ventana y se conmueve
con el espectáculo de la bahía inmediata y
abismal. El escritor se ve sacudido por una
cascada de emociones, le estimula el
reverbero del mar, el vaivén de los veleros,
la zaragata chirriante de las gaviotas, la
moneda de oro que sangra al insertarse en la
ranura del horizonte para que el autómata de
la vida continué su función.
El escritor, entonces, siente una comezón en
las yemas de los dedos, un anhelo, una
pulsión. Saca de la maleta una máquina de
escribir y acaricia las teclas, estructuras
erógenas de la amante metálica.
El escritor se arremanga con parsimonia,
instala la máquina en una mesita, apenas
cuatro tablas machihembradas, y abre la
ventana para echar un pitillo, con los codos
en el alfeizar y la mirada perdida en el
hechizo de la bahía.
El escritor siente la inspiración, sabe que
ha acertado con el lugar, con el momento.
Observa de reojo la máquina, se ve atraído
por ella, pero se recrea en el cigarro, se
solaza en la espera, como el amante que
posterga el encuentro pues sabe que con ello
aviva la brasa de la pasión.
El escritor, ya ansioso, arremete contra la
máquina, la penetra con las erecciones
articuladas de los dedos, la goza, macula la
virginidad del folio con una ráfaga de
envites, de percusiones. Ha escrito el
título: “EL EMBRUJO DEL MAR”
Entonces se detiene extasiado, se deleita
con la sonoridad de las palabras, se
regocija con los ecos semánticos que
bisbisean en el cuenco de sus oídos. Aspira
una calada, se retrepa en la silla, sigue la
sinuosa ascensión del humo hacía la
afrancesada flora de los artesones, y
entonces ocurre...
Silencio.
Vacuidad.
Todo se desvanece.
El escritor pasea peripatético, apoya la
cabeza en las paredes, carraspea, tose, se
desabotona la camisa, fuma, silbotea,
trasiega en los armarios, abre los grifos,
los cierra, enciende la radio, la apaga,
hace ademanes de teatro, gesticula a un
inexistente público, y revisa las palabras
que ha escrito: “El embrujo del mar... El
embrujo del mar...” Pero, cuando de nuevo se
enfrenta al misterio albo del folio, se
arruga, se encoge, y sus dedos no son
capaces más que de tamborilear estúpidamente
sobre las teclas.
El escritor abre la maleta y se arrima a
los labios el gollete de un aromático Habana
Club, buenos tragos se echa al coleto. El
escritor vuelve a la ventana con una colilla
adherida al bezo. Arde el mar, el cielo se
incendia, barcos de oro, pájaros
incandescentes.
Enardecido, el escritor, se desprende de la
camisa, da un buche de ron por un flanco de
la boca, y con el ímpetu de una alimaña se
cierne sobre la máquina de escribir,
arrojando chorros de humo por las dilatadas
aletas de la nariz.
Redoble de teclas.
Ha escrito las primeras palabras: “El
embrujo del mar...”
El embrujo del mar ¿qué?, ¿que más?
Atrévete, escritor. Da libertad a tus dedos,
suéltalos.
Silencio.
Respiraciones.
Desesperación.
El escritor se atusa la perilla, se masajea
las sienes, simula auto-estrangularse,
bizquea. Liba del Habana Club, imita,
torciendo la nariz, los fraseos de un saxo.
El escritor saca de la maleta libretas
desgajadas, libros de poemas y una bolsa de
frutas, y lee ocurrencias, anotaciones
manuscritas, y roe un albaricoque, y recita
versos con voz sibilante.
El escritor va a la ventana de nuevo, en
busca de la brisa inspiradora. Un niño
frenético ha rayado de plata la cartulina
negra del mar, fantasmas de hierro
meciéndose, un disco de hielo pende sobre
abismos de negror, desde el paseo vienen
aromas de fritura de los chiringuitos, la
desvaída cadencia de un acordeón y una risa
de adolescentes.
El escritor vuelve a la máquina con la
crispación de un asesino en las manos.
Trago de ron.
Cigarro.
Silencio.
El escritor se queda en blanco de nuevo.
El escritor da brincos en la cama, practica
torsiones yóguicas, meditaciones siderales,
masturbaciones metafísicas, flagelaciones
trascendentales, abluciones ridículas.
El escritor, por fin exhausto, se duerme
sobre la máquina de escribir y sueña que
está escribiendo:
“El embrujo del mar es un duende de
arrebol con zapatillas de fósforo que
vaticina ejecuciones de alambre en la
majadería esperpéntica de los valles. Los
niños se han acostado sobre el lecho de las
olas y de la alforja de un asno se derraman
albaricoques taciturnos. Un asesino
histriónico asesta puñaladas de luz a los
foscos ataúdes de agua. Y de la garganta de
los alcorques se desprenden carcajadas de
enanos triscadores. ¿Serán ellos los
hechiceros que practican tales milagros?”
¿Quién sabe si algún día, mañana o dentro de
diez años, el cirujano plástico de la
vigilia corregirá la monstruosidad que creó
el sueño de la razón y formará un hermoso
relato?
Blacaman
andressanchez_r@hotmail.com
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