|
|
 |

KAHLIL
GIBRÁN
ALAS ROTAS
(1912)
VII
ANTE EL TRONO DE LA MUERTE
El matrimonio, en estos días, es una farsa en
manos de los jóvenes casaderos y de los padres. En la mayoría
de los países, los hombres casaderos ganan, y los padres
pierden el juego. La mujer se considera como un bien de
consumo, se persigue y pasa de una casa a otra, como algo que
se compra.
Con el tiempo, la belleza de la mujer se
marchita, y llega a ser una especie de mueble viejo al que se
abandona en un rincón oscuro.
La civilización moderna ha hecho a la mujer un
poco más lúcida, pero ha incrementado sus sufrimientos, por la
codicia del hombre. La mujer de épocas pasadas solía ser una
esposa feliz, pero la mujer de hoy suele ser una miserable y
desventurada amante. En el pasado, caminaba ciegamente en la
luz, pero ahora camina en la oscuridad con los ojos abiertos.
Antes era hermosa en su ignorancia, virtuosa en su simplicidad
y fuerte en su debilidad. Hoy, se ha vuelto fea en su
ingenuidad, y superficial e insensible en su conocimiento.
¿Llegará el día en que la belleza y el conocimiento, la
ingenuidad y la virtud, y la debilidad del cuerpo, aunada a la
fuerza espiritual, se conjuguen en una mujer?
Soy de los que creen que el progreso espiritual
es la norma de la vida humana, pero el avance hacia la
perfección es lento y doloroso. Si la mujer se eleva en un
aspecto y se retrasa en otro, es porque el áspero sendero que
conduce a la cima de la montaña no está libre de las
emboscadas que le tienden los ladrones, los mentirosos y los
lobos.
La extraña generación actual existe entre el
sueño y la vigilia activa. Tiene en sus manos el suelo del
pasado y las semillas del futuro. Sin embargo, en cada ciudad
encontramos a una mujer que simboliza el futuro.
En la ciudad de Beirut, Selma Karamy era el
símbolo de la futura mujer oriental, pero, como muchos que
viven adelantándose a su tiempo, fue víctima del presente; y
como una flor arrancada de su tallo y barrida por la corriente
de un río, tuvo que caminar en la doliente procesión de las
derrotadas.
Mansour Bey Galib y Selma se casaron, y se
fueron a vivir en una hermosa casa en Ras Beirut, donde
residían los acaudalados dignatarios. Farris Efendi Karamy se
quedó en su casa solitaria, en medio de su jardín y de sus
huertos, como un pastor solitario entre su rebaño.
Pasaron los días y las noches festivas de las
bodas, pero la luna de miel dejó recuerdos de amarga tristeza,
así como la guerra deja calaveras y huesos muertos en el campo
de batalla. La dignidad de la ceremonia del matrimonio, en
Oriente, inspira nobles ideas en los corazones de los
desposados, pero al terminar las fiestas, tales nobles ideas
suelen caer en el olvido como grandes rocas al fondo del mar.
El entusiasmo primero se convierte en huellas
sobre la arena, que sólo durarán hasta que las barran las
olas.
Se fue la primavera, y pasaron también el
verano y el otoño, pero mi amor por Selma crecía cada vez más,
hasta que se convirtió en una especie de culto mudo, como lo
que siente un huérfano por el alma de su madre que se ha ido
al Cielo. Y mi sufrimiento se convirtió en una ciega tristeza
que sólo podía verse a sí misma, y la pasión que había
arrancado lágrimas a mis ojos fue substituida por una
depresión que succionaba la sangre de mi corazón, y mis
suspiros de cariño se convirtieron en una constante oración
por la felicidad de Selma y la de su esposo, y por que su
padre tuviera paz.
Mis esperanzas y mis oraciones fueron vanas,
porque el dolor de Selma era una enfermedad interna que sólo
la muerte podía curar.
Mansour Bey era un hombre al que todos los
lujos de la vida le habían llegado fácilmente; pero a pesar de
ello, era insaciable y rapaz. Después de casarse con Selma
este hombre no se condolió de la soledad del anciano padre de
su esposa, y deseaba secretamente su muerte, para poder
heredar lo que quedaba de la fortuna del anciano.
El carácter de Mansour Bey era muy parecido al
de su tío; la única diferencia entre ambos era que el obispo
lo obtenía todo secretamente, al amparo de sus ropas talares y
de la cruz de oro que llevaba colgada al cuello, mientras que
su sobrino cometía sus fechorías sin recato alguno. El obispo
iba a la iglesia por las mañanas, y pasaba el resto del día
robando a las viudas, a los huérfanos y a los ignorantes. En
cambio Mansour Bey ocupaba sus días en la búsqueda continua de
placeres sexuales. Los domingos, el obispo Bulos Galib
predicaba el Evangelio; pero durante el resto de la semana
nunca practicaba lo que predicaba, y sólo se ocupaba de las
intrigas políticas de la región. Y por medio del prestigio y
de la influencia de su tío, Mansour Bey hacía un gran negocio,
consiguiendo puestos políticos a quienes pudieran
proporcionarle, a cambio, considerables sumas de dinero.
El obispo Bulos era un ladrón que se ocultaba
en la noche, mientras que su sobrino Mansour Bey era un
timador que caminaba orgullosamente y hacía todos sus
tortuosos negocios a la luz del día. Sin embargo, los pueblos
de las naciones orientales confían en hombres como éstos:
lobos y carniceros que arruinan a sus países con sus
codiciosas intrigas, y que aplastan a sus vecinos con mano de
hierro.
¿Por qué lleno estas páginas con palabras
acerca de los traidores que arruinan a las naciones pobres, en
vez de reservar todo el espacio para la historia de una
desventurada mujer de corazón roto? ¿Por qué derramo lágrimas
por los pueblos oprimidos en vez de reservar todas mis
lágrimas para el recuerdo de una débil mujer cuya vida fue
aniquilada por los dientes de la muerte?
Pero, mis queridos lectores, ¿no creen ustedes
que tal mujer es como una nación oprimida por los sacerdotes y
por los malos gobernantes? ¿No creen ustedes que un amor
frustrado que lleva a una mujer a la tumba es como la
desesperación que aniquila a los pueblos de la Tierra? Una
mujer es; respecto a una nación, como la luz a la lámpara. ¿No
será débil la luz si el aceite de la lámpara escasea?
Pasó el otoño, y el viento hizo caer de los
árboles las hojas amarillentas, dando paso al invierno, que
llegó con aullidos de fiera. Aún vivía yo en la ciudad de
Beirut, sin más compañía que mis sueños, que antes habían
elevado mi espíritu hacia el cielo, y que luego lo enterraron
profundamente en el seno de la tierra.
El espíritu triste encuentra consuelo en la
soledad. Aborrece a la gente, como un ciervo herido se aparta
del rebaño y vive en una cueva, hasta que sana o muere.
Un día, supe que Farris Efendi estaba enfermo.
Salí de mi solitaria morada y caminé hasta la casa del
anciano, tomando una nueva ruta; un sendero solitario entre
olivos, pues quería evitar el camino principal, muy transitado
por carruajes.
Al llegar a la, casa del anciano, entré y
encontré a Farris Efendi acostado en el lecho, débil y pálido.
Sus ojos estaban hundidos, y parecían dos profundos, oscuros
valles, poblados por fantasmas de dolor. La sonrisa que
siempre había dado vida a aquel rostro estaba distorsionada
por el dolor y la agonía; y los huesos de sus nobles manos
parecían ramas desnudas temblando ante la tempestad. Al
acercarme y pedirle noticias de su salud, volvió el pálido
rostro hacia mí, y en sus temblorosos labios se esbozó una
sonrisa, y me dijo, con débil voz:
-Ve, hijo mío, al otro cuarto, a consolar a
Selma, y dile que venga a sentarse a mi lado.
Entré en la habitación contigua a la del
anciano, y encontré a Selma recostada en un diván, con la
cabeza entre los brazos, y con el rostro pegado a una
almohada, para que su padre no oyera sus sollozos.
Acercándome sigilosamente, pronuncié su nombre
con voz que más parecía un suspiro que un susurro. Se volvió
atemorizada, como si despertara de una pesadilla, y se sentó
mirándome a los ojos, dudando si era yo un fantasma o un ser
viviente. Tras un profundo silencio, que nos llevó en alas del
recuerdo a la hora en que estábamos embriagados con el vino
del amor, Selma se secó las lágrimas.
- ¡Ve cómo el tiempo nos ha cambiado! -dijo-.
¡Ve cómo el tiempo ha cambiado el curso de nuestras vidas,
dejándonos con este aspecto ruinoso! En este mismo sitio, la
primavera nos unió con lazos de amor, y en este sitio nos ha
conducido ante el trono de la muerte. ¡Qué hermosa era la
primavera, y qué terrible es el invierno!
Y al decir esto, Selma volvió a cubrirse el
rostro con las manos, como si quisiera ocultar sus ojos del
espectro del pasado que estaba ante ella. Le puse una mano en
la cabeza, y le dije
-Ven, Selma; ven, y seamos dos fuertes torres
ante la tempestad. Enfrentémonos al enemigo como valerosos
soldados, y opongámosle nuestras almas. Si resultamos muertos
en la batalla moriremos como mártires; si vencemos, viviremos
como héroes. Retar a los obstáculos y a las dificultades es
más noble que retirarse a la tranquilidad. Las palomillas que
revolotean alrededor de la lámpara hasta morir son más
admirables que el topo, habitante de oscuro túnel. Ven, Selma,
y caminaremos por este áspero sendero con firmeza, con los
ojos hacia el sol, para que no veamos las calaveras ni las
serpientes entre las rocas y entre las espinas. Si el miedo
nos detiene en medio del camino, sólo oiremos burlas de las
voces de la noche, pero si llegamos valerosamente a la cima de
la montaña nos reuniremos con los espíritus celestiales,
cantando en triunfo y alegría. Ten valor, Selma; enjuga esas
lágrimas y borra la tristeza de tu rostro. Levántate, y
sentémonos cerca del lecho de tu padre, porque su vida depende
de tu vida, y tu sonrisa es su único remedio.
Me miró bondadosa y cariñosamente.
-¿Me estás pidiendo que tenga paciencia, cuando
eres tú quien más lo necesita? -dijo-. ¿Dará un hombre
hambriento su pan a otro hombre hambriento? ¿O un hombre
enfermo dará su medicina a otro hombre, cuando él mismo la
necesita desesperadamente?
Se levantó; inclinó ligeramente la cabeza, y
caminamos hasta la habitación del anciano, y nos sentamos a
cada lado del lecho. Selma sonrió forzadamente y simuló
paciencia, y su padre trató de hacerle creer que se sentía
mejor y que ya se estaba poniendo bueno; pero padre e hija
tenían conciencia de la tristeza del otro, y oían suspiros no
exhalados. Eran como dos fuerzas iguales, tirando una de otra
silenciosamente, y anulándose. El padre tenía el corazón
transido por el dolor de la hija.
Eran dos almas puras, una que partía, y la otra
que agonizaba de dolor, y que se abrazaban con amor ante la
muerte. Y yo estaba en medio de esas dos almas, con mi propio
corazón turbado. Éramos tres personas unidas y aniquiladas por
la mano del Destino: un anciano que parecía una morada en
ruinas tras la inundación, una joven mujer cuyo símbolo era un
lirio segado por el afilado borde de una segadora, y un joven
que apenas era un débil retoño, marchitado por una nevada, y
los tres éramos juguetes en manos del Destino.
Farris Efendi hizo un débil movimiento y
extendió la temblorosa mano hacia Selma, y con la voz vibrante
de ternura y amor, le dijo:
-Toma mi mano, hija mía.-Selma hizo lo que su
padre le pedía, y el anciano dijo:-He vivido lo suficiente, y
he disfrutado de los frutos de las estaciones. He
experimentado todas las fases de la vida con ecuanimidad.
Perdí a tu madre cuando tenías tres años, y te dejó como un
preciado tesoro en mis manos. Te vi crecer, y tu rostro
reprodujo las facciones de tu madre, como las estrellas se
reflejan en un estanque de aguas tranquilas. Tu carácter, tu
inteligencia y tu belleza son los de tu madre, hasta tu manera
de hablar y tus gestos y ademanes. Has sido mi único consuelo
en esta vida, porque fuiste la imagen de tu madre en palabras
y actos. Ahora, estoy viejo, y el único reposo para mí está en
las suaves alas de la muerte. Consuélate, hija mía, porque he
podido vivir hasta verte convertida en mujer.
Sé feliz, porque viviré en ti después de mi
muerte. Mi partida de hoy no será diferente de mi partida de
mañana u otro día cualquiera, porque nuestros días son
caducos, cual las hojas de otoño. La hora de mi muerte se
aproxima a grandes pasos, y mi alma ansía unirse al alma de tu
madre.
Al pronunciar estas palabras dulce y
amorosamente, la faz del anciano estaba radiante de gozo.
Luego, el anciano sacó de abajo de la almohada un pequeño
retrato enmarcado en oro. Con los ojos en el retrato, el
agonizante dijo a su hija:
-Mira tu madre, hija mía, en este retrato.
Selma se enjugó las lágrimas y después de
contemplar largo rato la foto, la besó varias veces, y volvió
a llorar.
- ¡Madre mía, amada madre mía! -exclamó, y
luego volvió a posar los labios en el retrato, como si
quisiera imprimir el alma en esa imagen.
La más bella palabra en labios de los seres
humanos es la palabra madre, y el llamado más dulce es
madre mía.
Es una palabra llena de esperanza y de amor;
una dulce y amable palabra que surge de las profundidades del
corazón. La madre lo es todo; es nuestro consuelo en la
tristeza, nuestra esperanza en el dolor, y nuestra fuerza en
la debilidad. Es la fuente del amor, de la misericordia, de la
conmiseración y del perdón. Quien pierde a su madre pierde a
un alma pura que bendice y custodia constantemente al hijo.
Todo en la Naturaleza habla de la madre. El Sol
es la madre de la Tierra, y le da su alimento de calor; nunca
deja al universo por las noches sin antes arrullar a la Tierra
con el canto del mar y con el himno que entonan las aves y los
arroyos. Y la tierra es la madre de los árboles y de las
flores. Les da vida, los cuida y los amamanta. Los árboles y
las flores se vuelven madres de sus grandes frutos y de sus
semillas. Y la madre, el prototipo de toda existencia, es el
espíritu eterno, lleno de belleza y amor.
Selma Karamy no conoció a su madre, pero lloró
al ver la fotografía de su progenitora, y exclamó:
¡Madre mía!
La palabra madre está oculta en nuestros
corazones, y acude a nuestros labios en horas de tristeza y en
horas de felicidad, como el perfume que emana del corazón de
la rosa y se mezcla con el aire diáfano, así como con el aire
nebuloso.
Selma contempló la imagen de su madre, y la
besó muchas veces, hasta que, exhausta se dejó caer en el
lecho de su padre.
El anciano le puso ambas manos en la cabeza.
-Hijita mía -le dijo-, te he mostrado un
retrato de tu madre, en el papel; pero escucha bien, y haré
que oigas sus propias palabras.
Selma alzó la cabeza, como un pajarillo en el
nido que oye el aletear de su madre, y miró atentamente a su
padre. Farris Efendi abrió la boca, y dijo:
-Tu madre te estaba criando cuando perdió a su
propio padre; gritó y lloró, pero era una mujer sensata y
paciente. Se sentó a mi lado, en esta misma habitación, en
cuanto terminó el funeral, me tomó la mano y me dijo: "Farris,
mi padre ha muerto, y tú eres mi único consuelo en este mundo.
Los afectos del corazón están divididos como las ramas del
cedro; si el cedro pierde una rama vigorosa, sufre, pero no
muere. Dará toda su savia a la rama contigua, para que crezca
y llene el espacio vacío.
Esto fue lo que tu madre me dijo cuando murió
su padre, y tú deberás decir lo mismo cuando la muerte se
lleve mi cuerpo al lugar del descanso, y mi alma, a Dios.
Selma le respondió, con lágrimas y pesadumbre:
-Cuando mi madre perdió a su padre, tú ocupaste
el lugar de mi abuelo; pero, ¿quién tomará tu lugar cuando te
hayas ido? Ella se quedó al cuidado de un amante y verdadero
esposo; ella encontró consuelo en su hijita, pero, ¿quién será
mi consuelo cuando mueras? Tú has sido mi padre y mi madre, y
el compañero de mi juventud.
Y diciendo estas palabras, Selma volvió el
rostro y me miró. Y tomando una orilla de mi traje, dijo:
-Este es el único amigo que tendré después de
que te hayas ido; pero, ¿cómo puede consolarme, si él mismo
sufre? ¿Cómo puede un corazón roto encontrar consuelo en un
alma atormentada y decepcionada? Una mujer triste no puede
hallar consuelo en la tristeza de su prójimo, ni un ave puede
volar con las alas rotas. El es el amigo de mi alma, pero ya
he colocado una pesada carga de tristeza sobre él, y he
oscurecido su vista con mis lágrimas, al punto de que no puedo
ver sino la oscuridad. Es un hermano a quien quiero
tiernamente, pero es como todos los hermanos; comparte mi
tristeza y mis lágrimas, con lo que aumenta mi amargura y
quema mi corazón.
Las palabras de Selma apuñalaron mi corazón, y
sentí que no podía soportar más dolor. El anciano la escuchaba
con expresión dolida, temblando como la luz de una lámpara al
viento. Luego extendió la mano, y dijo:
Déjame irme en paz, hija mía. He roto los
barrotes de esta jaula vieja; déjame volar y no me detengas,
porque tu madre me está llamando. El cielo está claro y el mar
está en calma, y mi velero está a punto de zarpar; no
demores su viaje. Deja que mi cuerpo repose con los que ya
están gozando el reposo eterno; deja que mi sueño termine, y
que mi alma despierte con la aurora; que tu alma bese a la mía
con el beso de la esperanza; que no caigan gotas de tristeza o
amargura en mi cuerpo, pues las flores y el césped rechazarían
su alimento. No derrames lágrimas de dolor en mi mano, pues
crecerían espinas en mi tumba. No ahondes arrugas de agonía en
mi frente, pues el viento, al pasar, podría leer el dolor de
mi frente, y se negaría a llevar el polvo de mis huesos a las
verdes praderas... Te amé mucho, hija mía, mientras viví, y te
amaré cuando esté muerto, y mi alma velará por ti y te
protegerá siempre.
Luego, Farris Efendi me miró con los ojos
entornados. Hijo mío -me dijo-, sé un verdadero hermano para
Selma, como tu padre lo fue para mí. Sé un amparo y su amigo
en la necesidad, y no dejes que lleve luto por mí, porque
llevar luto por los muertos es una equivocación. Relátale
cuentos agradables y cántale los cantos de la vida, para que
pueda olvidar sus penas. Recuérdame, y dale más recuerdos a tu
padre; pídele que te cuente de nuestra juventud, y dile que lo
quise en la persona de su hijo, en la última hora de mi vida.
Reinó el silencio, y podía yo ver la palidez de
la muerte en el rostro del anciano. Luego, nos miró a uno y
otro, y susurró:
-No llaméis al médico pues podría prolongar mi
sentencia en esta cárcel, con su medicina. Han terminado los
días de la esclavitud, y mi alma busca la libertad de los
cielos. Y tampoco llaméis al sacerdote, porque sus conjuros no
podrían salvarme, si soy un pecador, ni podría apresurar mi
llegada al Cielo, si soy inocente. La voluntad de la humanidad
no puede cambiar la voluntad de Dios, así como un astrólogo no
puede cambiar el curso de los astros. Pero después de mi
muerte, que los médicos y los sacerdotes hagan lo que les
plazca, pues mi barco seguirá con las velas desplegadas hasta
el lugar de mi destino final.
A la media noche, Farris Efendi abrió los
cansados ojos por última vez, los enfocó en Selma, que estaba
arrodillada a un lado de la cama. Trató de hablar el
agonizante, pero no pudo hacerlo, pues la muerte ya estaba
ahogando su voz. Sin embargo, hizo un último esfuerzo.
-La noche ha pasado... -susurró- ¡Oh Selma! ...
Luego, inclinó la cabeza, su rostro se volvió
blanco, y pude ver una última sonrisa en sus labios, al
exhalar el último suspiro.
Selma tocó la mano de su padre. Estaba fría.
Luego, la joven alzó la cabeza y miró el rostro de quien le
había dado la vida. Estaba cubierto por el velo de la muerte.
Selma estaba tan anonadada por el dolor, que no podía derramar
más lágrimas, ni suspirar, ni hacer movimiento alguno. Por un
momento se quedó mirándolo como una estatua, con los ojos
fijos; luego, se inclinó hacia adelante hasta tocar el piso
con la frente, y dijo:
- ¡Oh Señor, ten misericordia de nosotros, y
cura nuestras alas rotas!
Farris Efendi Karamy murió; su alma fue
abrazada por la eternidad, y su cuerpo volvió a la tierra.
Mansour Bey Galib se posesionó de su fortuna, y
Selma se convirtió en una prisionera de por vida; una vida de
dolor y sufrimientos.
Yo me sentí perdido entre la tristeza y la
ensoñación. Los días y las noches se cernían sobre mí como el
águila sobre su presa. Muchas veces traté de olvidar mi
desventura ocupándome en la lectura de libros y escrituras de
generaciones pasadas, pero era como tratar de extinguir el
fuego con el aceite, pues no podía yo ver en la procesión del
pasado sino tragedias, y no oía yo sino llantos y gemidos de
dolor. El libro de Job me atraía más que los Salmos, y
prefería las elegías de jeremías al Cantar de Salomón,
Hamlet estaba más cerca de mi corazón que todos los demás
dramas de los escritores occidentales. Así, la desesperación
debilita nuestra vida y cierra nuestros oídos. En tal estado
de ánimo, no vemos más que los espectros de la tristeza, y no
oímos más que el latir de nuestros agitados corazones.
Prefacio | I-Callada Tristeza | II-La Mano del Destino | III-La Entrada al Santuario | IV-La Antorcha Blanca | V-La Tempestad | VI-El Lago de Fuego | VII-Ante el trono... | VIII-Entre Cristo e Ishtar | IX-El Sacrificio | X-La Libertadora
Alas Rotas | Jesús, el Hijo del Hombre | Jesús, el Hijo del Hombre(Cont) | El Profeta | El Jardín del Profeta | La Voz del Maestro

|
 |
|