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KAHLIL
GIBRÁN
ALAS ROTAS
(1912)
III
LA ENTRADA AL SANTUARIO
Unos cuantos días después, la soledad hizo
presa de mí, y me cansé de los estultos rostros de los libros;
alquilé un carruaje y me dirigí a la casa de Farris Efendi.
Cuando llegamos al pinar en que la gente solía realizar
meriendas campestres, el conductor del carruaje tomó un camino
privado, bajo la sombra de los sauces, que lo bordeaban a cada
lado. Al atravesar el pinar, pudimos ver la belleza de los
verdes prados, los viñedos, y muchas flores de Nisán, de
colores vivos, que empezaban a abrirse.
Unos cuantos minutos después, el carruaje se
detuvo ante una casa solitaria, en medio de un hermoso jardín.
Saturaban el aire los aromas de las rosas, de las gardenias y
del jazmín.
Al bajar del carruaje y entrar en el espacioso
jardín, vi a Farris Efendi, que salía a mi encuentro. Me
invitó a entrar en la casa cordialmente y se sentó a mi lado,
como un padre feliz que vuelve a ver a su hijo, y me abrumó
con preguntas acerca de mi vida, de mi futuro y de mi
educación. Le contesté, y mi voz estaba llena de ambición y
celo; porque en mis oídos repicaba con campanas el himno de la
gloria, y sentía que me lanzaba en mi velero por el calmado
mar de los sueños esperanzados. En eso estábamos, cuando una
hermosa joven, vestida con bellísimo vestido de seda blanca,
apareció tras las cortinas de terciopelo de la puerta, y
caminó hacia mí. Farris Efendi y yo nos levantamos de nuestros
asientos.
-Mi hija Selma -dijo el anciano. Luego, me
presentó, diciendo: - El destino me ha devuelto a un querido
viejo amigo, en la persona de su hijo.
Selma se quedó mirándome un momento, como si
dudara que un visitante pudiera entrar en su casa. Sentí la
mano de la muchacha como un blanco lirio, y un extraño
sobresalto agitó mi corazón.
Volvimos a tomar asiento en silencio, como si
Selma hubiese llevado a aquel aposento un espíritu celestial
digno de mudó respeto. Al darse cuenta de aquel súbito
silencio, la joven me sonrió, y dijo:
-Mi padre me ha, contado muchas veces las
anécdotas de su juventud y de los viejos tiempos en que él y
el padre de usted llevaban estrecha amistad. Si el padre de
usted le ha contado lo mismo, este encuentro no es el primero
entre nosotros.
El anciano estaba complacido de oír a su hija
expresarse así.
-Selma es muy sentimental. Todo lo ve con los
ojos del espíritu -dijo.
Luego, reanudó su conversación, con mucho
tacto, como si hubiera encontrado en mí un hechizo mágico que
lo hubiera llevado, en alas del recuerdo, a los días pasados.
Mientras lo miraba, pensando en cómo sería yo
en mis años posteriores, él se quedó mirándome, como un sereno
y viejo árbol que ha soportado muchas tormentas, y al que la
luz solar le proyectara la sombra sobre un renuevo que se
estremeciera ante la brisa de la aurora.
Pero Selma permanecía silenciosa. De vez en
cuando, me miraba a mí, luego a su padre, como si estuviera
leyendo al mismo tiempo el primero y el último capítulo del
drama de la vida. El día transcurrió rápidamente en aquel
jardín, y podía yo ver a través de la ventana el fantasmal
beso amarillo del ocaso sobre las montañas del Líbano. Farris
Efendi siguió relatando sus experiencias, y yo le escuchaba
absorto, y había tanto entusiasmo en mí, que su tristeza se
convirtió en alegría.
Selma estaba sentada cerca de la ventana,
mirándonos con sus tristes ojos y sin hablar, aunque la
belleza tiene su propio lenguaje celestial, más misterioso que
las voces de las lenguas y de los labios. Es un lenguaje
misterioso, intemporal, común a toda la humanidad; un calmado
lago que atrae a los riachuelos cantarines hacia su fondo, y
los hace silenciosos.
Sólo nuestros espíritus pueden comprender la
belleza, o vivir y crecer con ella. Intriga a nuestras mentes;
no podemos describirla con palabras; es una sensación que
nuestros ojos no pueden ver, y que se deriva, tanto del que
observa, como de quien es observado. La' verdadera belleza es
un rayo que emana de lo más santo del espíritu, e ilumina el
cuerpo, así como la vida surge desde la profundidad de la
tierra, para dar color y aroma a una flor.
La verdadera belleza reside en la concordancia
espiritual que llamamos amor, y que puede existir entre un
hombre y una mujer.
¿Acaso mi espíritu y el de Selma se tocaron
aquel día en que nos conocimos, y aquel anhelo de llegar hasta
ella hizo que la considerara la más hermosa mujer bajo el sol?
¿O acaso ¿Estaba yo intoxicado con el vino de la juventud, que
me hacía imaginar lo que nunca existió?
¿Acaso mi juventud cegó mis ojos naturales y me
hizo imaginar el brillo de sus ojos, la dulzura de su boca y
la gracia de todo su cuerpo? ¿O acaso fueron ese brillo, esa
gracia y esa dulzura, los que abrieron mis ojos y me mostraron
la felicidad y la tristeza del amor?
Difícil es dar respuesta a estas preguntas,
pero puedo decir sinceramente que en aquella hora sentí una
emoción que nunca había tenido; un nuevo cariño que se posaba
calmadamente en mi corazón, como el espíritu que vagaba sobre
las aguas en el momento de la creación del mundo, y también
puedo decir que de ese cariño nacieron mi felicidad y mi
tristeza. Así terminó la hora de mi primer encuentro con Selma,
y así quiso el cielo libertarme de las cadenas de mi solitaria
juventud, para permitirme caminar en la procesión del amor.
El amor es la única libertad que existe en el
mundo porque eleva tanto al espíritu, que las leyes de la
humanidad y los fenómenos naturales no alteran su curso.
Al levantarme de mi asiento para marcharme,
Farris Efendi se acercó a mí y me dijo serenamente:
-Ahora, hijo mío, ya conoces el camino a esta
casa. Considérame tu padre y a Selma, como tu hermana. La miré
como pidiéndole a ella que confirmara aquella declaración.
La joven movió la cabeza en señal de
asentimiento, y me miró como quien vuelve a ver a una persona
que se conoce desde hace mucho.
Aquellas palabras que pronunció Farris Efendi
Karamy me colocaron al lado de su hija, en el altar del amor.
Fueron palabras de un canto celestial que terminó tristemente,
aunque había empezado en la más viva exaltación; elevaron
nuestros espíritus al reino de la luz y de la trémula llama;
fueron la copa de la que al mismo tiempo bebimos la felicidad
y la amargura.
Salí de aquella casa. El anciano me acompañó
hasta el borde del jardín, mientras mi corazón se agitaba como
los labios temerosos de un hombre sediento.
Prefacio | I-Callada Tristeza | II-La Mano del Destino | III-La Entrada al Santuario | IV-La Antorcha Blanca | V-La Tempestad | VI-El Lago de Fuego | VII-Ante el trono... | VIII-Entre Cristo e Ishtar | IX-El Sacrificio | X-La Libertadora
Alas Rotas | Jesús, el Hijo del Hombre | Jesús, el Hijo del Hombre(Cont) | El Profeta | El Jardín del Profeta | La Voz del Maestro

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