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III Nuestra casa estaba pegada al
camino. Era grande, de madera, techada de zinc, y el sol le había
dado ese color de suela tostada que tenía. Antes de llegar a ella había
que cruzar el Yaquecillo y poco más adelante, el Jagüey. El Jagüey
era misterioso, porque cuando llovía era río, y cuando no, se lo
tragaba la arena quemada del cauce, para reaparecer bastante lejos,
en la vuelta que daba por nuestros potreros. El Yaquecillo es hoy
una charca, poblada de cañas lozanas, en la que se crían mosquitos
y sanguijuelas. El lado norte de la casa daba
al camino. Tenía ese frente cuatro puertas anchas y altas; las dos
que estaban más cerca del Yaquecillo no se abrían. En la pared que
recibía el primer sol había tan sólo una puerta y una ventana; la
puerta correspondía a la habitación esquinera que servía de almacén
y pulpería en la cual, medio hundidos en la penumbra, se
amontonaban siempre serones de andullos, cargas de maíz, sacos de
frijoles; un mostradorcillo mal parado se apoyaba en la esquina,
pegado a la puerta que daba al este. La ventana correspondía al
comedor que estaba justamente detrás del almacén-pulpería; y el
sol tibio que se metía por la ventana, antes de la tarde, se echaba
a dormir sobre la mesa, igual que muchacho mal educado. En el lado sur, casi pegada a
la esquina sureste, se vaciaba una puerta, desde la que salía la
naciente calzada de piedras que conducía a la cocina. Esta se
alzaba frente a ella, y era un humilde ranchito de yaguas con
aspecto de cosa provisional. En las noches claras era, a pesar de su
pobreza, el lugar más prestigiado de toda la casa. El comedor tenía también
una ventana abierta a la contemplación perenne del cielo. Le seguían
dos puertas más, que se enfilaban en el mismo lado y que eran
salidas al patio de la habitación paterna. El cuarto que ocupábamos
Pepito y yo tenía vistas al sur por una puerta y una ventana, y una
claraboya alta de persianas que daba al oeste. Esa claraboya estaba
cubierta con retazos de telas, porque miraba al Yaquecillo, que ya
en esa época empezaba a arrastrarse penosamente por entre lodo y
yerbajos, y mamá decía que por ella se metían los mosquitos. El frente norte de la casa
parecía tostado; el sur era pálido, manchado de verde. Sucedía
esto porque en él se restregaba la lluvia larga de los inviernos. Nuestro patio estaba
encerrado entre una palizada de alambres de púas que empezaba en la
esquina noroeste y se cortaba a poco para dejar subir el cuadro del
portón, que consistía en dos espeques gruesos y cuadrados de
guayacán, puestos a cerca de tres varas uno del otro. Encima tenía
un techito de zinc, gracioso por lo pequeño, que parecía techo de
casa de muñecas. Después del segundo espeque seguía el alambre de
púas, para doblar en ángulo recto a los veinte pasos y enfilarse
hasta tropezar con el primer “vaso”, la parte de potrero que
cercaba el patio por el sur y la cual reservaba papá para echar en
ella la Mañosa, cuando retornaba de viajes largos. El patio, en la parte este,
como era camino obligado del portón al potrero, estaba dorado de
menudo y seco polvo, huérfano de grama; pero la yerba se amontonaba
en la caseta de desperdicios, que estaba al borde del potrero. En el ángulo suroeste había
un naranjal oscuro, de árboles nervudos y pequeños, con las
cortezas blanqueadas de hongos. En esas cortezas grabábamos Pepito
y yo las letras que papá nos enseñaba las primas noches. Vista de lejos, nuestra casa
parecía una eminencia mohosa, con corona de plata, porque el zinc
brillaba a todos los soles. No había caminante que no se detuviera
un segundo a saludarnos o que, si era desconocido, no hiciera más
lento el paso de su montura al cruzar el trozo de camino que se
echaba frente a casa como perro sato. Desde la puerta veíamos el
tupido monte que orillaba el Yaquecillo: pomares, palmas reales,
guayabales, algunos robles florecidos; a la izquierda se hacía alta
y sólida la tierra en las lomas de Cortadera y Pedregal; a la
derecha, siempre pegado al camino como potranca a yegua, se iba el
monte haciendo pequeño, pequeño, cada vez más, hasta
arremolinarse en la fronda que cubría la primera curva. En esa fronda se ahogaba papá
cuando se iba; y al lugar, que llamábamos la Encrucijada porque allí
cruzaba la vereda de Jagüey Adentro, íbamos a esperarle cuando
pensábamos que ya era tiempo de volver. Pero si la lluvia roncaba
sobre el Pino, teníamos que conformarnos con esperar en la puerta. Sucedía a menudo que papá
llegaba de noche. Cuando eso había, nos tirábamos nerviosamente de
nuestro catre y correteábamos como locos entre las sombras rojas de
la casa, dando gritos de contento y buscando con nuestros bracitos
inexpertos el torso recio y caluroso de papá.
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