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VIII —Ahora viene Monsito Peña-
se decía en el Pino con cierto tono de disgusto. Ya no había guerra; pero
aquel cabecilla sanguinario la encendía donde estaba; las descargas
de sus fusilamientos resonaban peladas, y se erizaba de cruces la
tierra que él pisaba. —Ahora dizque viene Monsito
Peña —murmuraban. Papá no respondía con el más
incoloro comentario. Si se trataba de Fello Macario hablaba
esperanzado, y decía que tenía que hacerle una visita tan pronto
pasaran los primeros días de atareo. Sin duda papá se hubiera
entusiasmado con el triunfo del amigo, pero la gravedad de la Mañosa
le mantenía preocupado, si bien apenas hablaba de ello. Otra cosa
había: el mundo estaba trastornado, se hallaba al revés, y
mientras la gente se acostumbrara, no iba él a estar de brazos
cruzados, agotando las reservas de que disponía para sacarnos
adelante en la brega del vivir. Las mejores horas del día las
gastaba en silencio, haciendo cálculos o dando paseos. A menudo
llamaba a Mero y se dirigían al potrero. En uno de esos viajes me
llevó. Anduvimos sorteando los malos pasos y tuvimos que meternos
bien adentro para encontrar la mula. Estaba bajo un memizo y daba
pena verla: en relieve el costillar, color de barro reseco el pelo,
el pescuezo flaco como una tabla, abultada de huesos; nos sintió
llegar y apenas movió trabajosamente la cabeza. Mecía un rabo
lento para espantar las moscas y parecía clavada en la tierra. Con dolida expresión nos miró
Mero. —Ya no dura una semana. . .
—dijo. La bestia, como si
entendiera, volvió a él la pedregosa cabeza y le barrió la figura
con unos ojos opacos y fatigados. * * La gente seguía con su
noticia. —El que viene es Monsito Peña. Nosotros esperábamos, un
poco asustados. Pasados dos días, empezaron a dudar de la veracidad
del informe. Papá le fue dando sueltas a la lengua: —Lo mejor que puede hacer
el general Macario es dejar ese hombre en Cotuí. Mi madre rezaba a escondidas,
pidiendo a San Antonio que contuviera al feroz Monsito Peña, que lo
dejara en aquellos lugares, acostumbrados a sus correrías, donde la
huella de su montura cabía apenas entre los montones de tierra que
cubrían a sus víctimas. De paso por su habitación la veíamos
hincada, musitando oraciones, fervorosa, cándida. Una que otra tarde, grupos de
tres, de cuatro, de cinco hombres armados pasaban hacia el pueblo. Eran los rezagados, los que
se habían quedado requisando en el camino o los que habían
guardado puestos avanzados. Algunos iban en son de agregados, sin
otro titulo que el de simpatizadores. Pretendían todos coger su
tajada de la res que el general Fello Macario desollaba a su antojo
en el pueblo. Viendo esos grupos, cuando
los contertulios de casa los columbraban en la frontera de la
Encrucijada, se pensaba que eran los primeros de los que acompañarían
a Monsito Peña. Un ligero revuelo de pies y manos llenaba el almacén,
algunas cabezas se asomaban vueltas hacia el este. Pero Monsito Peña no venia.
Un día, entre la tarde y la media, Mero llamó con señales e indicó
hacia el oriente. Nos apresuramos todos en tirarnos afuera, y vimos:
un grupo de hombres que parecían enfilados venían seguidos por dos
de a pie y uno de a caballo. Papá tenía las manos embolsilladas y
apenas se movió para preguntar: —¿Será Monsito? —No, son presos —dijo
Mero. Nos quedamos allí para
verlos pasar. Notamos que’uno de los jinetes revoleaba un brazo,
como enviándonos pruebas de amistad. —Don Pepe —habló Mero
entre dientes—aquel diache que saluda, ¿no es el negro que estaba
en Pedregal? Padre dijo que no con la
cabeza; pero mamá intervino: —El mismo —afirmó
tranquila. Los que venían delanteros se
acusaban ya. Notamos que los traían amarrados en cuerda y que los
hacían caminar de prisa. El jinete que saludó espoleó la
cabalgadura, echándose la carabina sobre las piernas. Al acercarse
le veíamos la gran risa que le alboreaba bajo los ojos. —¡Don Pepe! ¡Don Pepe!
—empezó a gritar cuando estuvo a distancia de dejarse oír. Papá también levantó una
mano y correspondió: —¿Cómo está? ¿En qué
anda? El negro clavó de nuevo, tiró
de la rienda justamente sobre nosotros, se desmontó, siempre
sujetando la carabina y sonriendo, echó un brazo sobre el hombro de
mi padre y saludó a mamá con el mayor respeto. Entonces se volvió
para señalar a la fila: —Trayendo unos presitos
__explicó. Y a seguidas: —Traigo mucha sed, doña;
consígame un vaso de agua, que se lo voy a agradecer. Con una mano agarraba el
freno, con la otra el arma. No me explico cómo pudo acariciarme al
pasar por mi lado. Desde que entró al almacén
empezó a removerse. — ¡Concho, don Pepe! ¡Esa
si ha sido una brega larga! ¡Se me está trozando la cintura! El mismo tomó una silla,
amparado por la cara cordial de papá, se destocó y se echó fresco
con el sombrero. —Bueno, don Pepe... Dimos
un pleito por los lados de Barbero que eso dio pena. ¡Concho! Se puso de pie y sacó la
cabeza. —Traigo cinco presos
peligrosos —dijo poniendo ojos de misterio. Mamá le traía el agua
pedida. Corrió a recibirla, y bebiéndola nos miraba a todos. Tragó como una res,
glugluteando de manera ruidosa. — ¡Ay doña! Esto se lo
pagará Dios en el cielo. Otra carrera hacia la puerta. —Son peligrosos, don Pepe. No daba tiempo a nadie para
hacer preguntas ni para moverse; él solo llenaba el almacén de
voces y de acciones. —¿Y qué gente es ésa,
amigo? —preguntó papá como sin querer. —Jum... Unos diaches que
andaban preparando un pronunciamiento. Ya los presos estaban cerca,
porque oíamos las recomendaciones de los guardianes. — ¡Párense, párense!
—gritó el negro sacando una mano. Papá se puso de pie y se
asomó al camino. Se volvió al negro y lo cortó
con una mirada veloz. —¡Ahí van dos amigos míos!
—clamó señalando a los presos. —¿Amigos? El negro parecía muy extrañado.
Los ojos de mamá saltaban del uno al otro. Mero abría la boca,
pretendiendo hablar. Papá se echó afuera, súbitamente,
y corrió sobre la cuerda. El negro corrió tras él y le sujetó
por un hombro. Nosotros nos acercábamos al grupo. Oímos algunas
palabras que papá casi le secreteaba al negro. —¡Cómo no, don Pepe; cómo
no! —dijo él. Inmediatamente se dirigió a los presos, ordenó no
sé qué cosa a los guardianes, y él mismo encaminó la cuerda
hacia la sombra del alero. Los prisioneros se inmovilizaban de
asombro. Papá se tiró en los brazos de dos que iban al centro,
medio ahogándose al decir: —¡Cun! ¡Mente! Imposibilitados de abrazarle,
ellos se contentaron con recibirle en los pechos y gemir: —¡Pepe! ¡Pepe! * * Sueltos, libres por un rato,
los dos amigos se estrujaban los brazos y se acomodaban en sillas.
Papá estaba sentado frente a los dos y en un rincón el negro, mirándoles
con creciente interés. Uno de ellos contaba: —Cuando nos dejaste ahí
mismo, en el Jagüey, cogimos el monte y salimos en Almacén. Pasó la revolución, los
compañeros hicieron unas compras de cacao y tabaco y volvieron por
tren al pueblo. —¿Por qué se quedaron
ustedes? —Teníamos que hacer
negocio, Pepe, —contestó el otro—, algo que nos diera siquiera
los gastos del viaje. Siguieron contando. Pasada la
revuelta, en derrota la gente de Fello Macario hacia el Bonao y las
huestes de la revolución que asediaban por el lado del oeste,
encontraron que podía darles buen resultado comprar armas y
municiones de los revolucionarios que huían. Juntaron bastantes. Papá no podía contener la
amargura que le rebosaba la cara. —¿Y por qué compraron
cosas tan peligrosas? —Para llevarles comida a
los hijos —fue la tranquila respuesta de uno. La conversación degeneró-
Apenas ocultaba papá su disgusto. Eran amigos, sus amigos. Ya había
tratado de Salvarlos, al principio de la revuelta, cuando ellos lo
asustaron en el paso del Jagüey. Les brindó entonces su casa y no
la aceptaron; les dio un hombre para que los sacara hasta el otro
lado de las lomas, y torcieron el rumbo. Ahora iban presos, ¡presos!
, sabe Dios hacia qué destino ingrato. El negro se puso de pie. El día
corría más veloz de la cuenta. —Trátelos con consideración,
amigo —recomendó papá. Ellos protestaron: —Nos han tratado bien,
Pepe, dentro de lo posible. Inmediatamente empezó el
negro a alborotar de nuevo. Corrió a buscar el caballo, que trataba
de mordisquear en el camino alguna grama; dio voces, ordenó, gritó.
Mente y Cun retornaron a la fila. Se despidieron de mamá con
aparente tristeza. Ella ni siquiera pudo hablar. Amarrados de nuevo, y listos
para partir, se le ocurrió a papá llamar al jefe otra vez. —¿Cree usté que les pasará
algo malo? —preguntó. — ¡Jum! Yo no sé, don
Pepe, pero. . . —Son gente peligrosa . Se
pueden salvar, sí la Virgen hace un milagro. —¿Cómo? Papá trataba de esconder su
interés. —Como le digo, don Pepe. Como si le hubiera desgajado
un profundo dolor, padre se fue acercando a mamá lentamente,
lentamente, mientras los presos gritaban adioses y el caballo del
negro desmenuzaba el polvo del camino. * * Había la cuerda
desaparecido, comida por el recodo glotón. Con la voz estrecha de
sufrimientos, papá comentaba: —Los van a fusilar, Ángela;
me lo ha dicho él. Repetía sin cesar esa frase,
que de seguro le obsesionaba, y mi madre le contemplaba destemplada,
llorosa. —Tú eres amigo del general, Pepe; usa de tu amistad;
habla con él. Papá se detuvo en seco. Parecía que acababa de
descubrir su razón de vivir. — ¡Eso es! —dijo entusiasmado de
repente. Comenzó a dar carreras. —¡Mero! ¡Mero! ¡Tráeme
cualquier mulo: el mejor, el que esté más cerca! Mero cortó hacia
los potreros, a toda pierna, y papá se metió en el cuarto, seguido
por mamá, a vestirse, a alistarse.
Hablaban y hablaban. Una esperanza súbita los embargaba a los dos. Cuando estuvo vestido se
encontró con el mulo ensillado. Era un animal de carga que le iba a
dar mal viaje; pero él no lo sentiría. Al montar la bestia se
encabritó y reculó. —iAh condenado! —gritó—
¡Bien se ve que no eres la Mañosa! Mero se apresuró para
sujetarle el freno. Papá casi voló sobre la silla. Le vimos alzar
una mano; vimos el anca redonda del animal, fueteada por el rabo
veloz, vimos el camino torcer. Pasó una hora y pasaron dos.
Llegó a casa Carmita y dijo: —Dizque diban con una
cuerda de presos... Llegó Dimas y dijo: —Vi pasar una cuerda como
de diez presos. Llegó Simeón y dijo: —Me cuentan que llevaban
como veinte presos- Se detuvo un rato un hombretón
que vivía en Pino Arriba y dijo: —Por ahí pasaron un montón
de presos. Mamá les fue contando a
todos la historia de los prisioneros y explicó que se trataba de
gente buena, unos amigos a quienes papá había encontrado a la
vuelta del último viaje. Decía después que papá andaba por el
pueblo, y que había ido a ver al general para pedirle la libertad
de esos amigos. Se corrió la voz por el
campo y empezó a llegar gente que saludaba y hablaba de mil
sucesos... Todos buscaban que mamá
les confirmara el cuento de que papá iba a pedir que no fusilaran a
cincuenta enemigos que se habían pronunciado la noche antes. Esperando nos sorprendió el
atardecer, creció la noche, se cerró, se hizo pesada sobre el
mundo. En el comedor de casa, hablando siempre de lo mismo, estaban
los visitantes de todos los días. Nos vieron cenar y no se fueron.
Sazonaba la noche, asomándose a las ventanas. Si oíamos pasos de
monturas, nos acercábamos a la puerta. Mamá lamentaba. —Pepe ha tardado mucho. Dimas y el alcalde le decían
que esperara, que esperara. Y observando sus consejos nos alborozó
la llegada de papá. Nos juntamos todos en la puerta, malgastando
gritos. El se tiró del mulo, lo abandonó, como si no le importara
el animal, y sin decir palabra cogió las manos de mi madre, se las
sujetó, se las acercó al pecho, las soltó de pronto y se metió
en su cuarto, tirándonos encima el tremendo dolor que le había
hinchado los ojos.
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