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III Llevo
dos meses en un batey sin nombre, porque los fundadores de este
central, en su afán de
abreviar tiempo y despersonalizar tanto a las gentes, a los sitios
como a las cosas, lo han numerado
todo. Y es cierto que he matado mi hambre, pero no sé qué hacer
con este hastío que me
engulle día y noche. El
batey es pequeño. Sólo tiene unas treinta casas, y en él no vive
persona alguna con quien pueda
hablar de las cosas que pienso. Porque allí está el viejo
Dionisio, el mayordomo del contratista,
pero de ese que podría decirse que se ha tragado la lengua. Cuando
no va en su mula baya,
mirando las cosas como si no las viese, dormita en el balcón de su
casita blanca despidiendo el
tufo del ron que se ha bebido durante el día. El
único que habla por cinco y hasta por diez, es Cleto, el policía
del Central, un cibaeño colorado
como un camarón y borrachín hasta más no poder. ¡Demonio de
hombre este! Al principio
no me gustaba, pero luego, observándolo bien, oyendo su inagotable
torrente de dichos e
historias, se me ha revelado su verdadera personalidad y ya le
encuentro muy simpático. Desde
el amanecer monta en su mulo blanco, y como su casa está contigua a
la bodega, al instante
le tengo apoyado en la ventana, pidiéndome “su mañana”, la
cual consiste en medio vaso de
ron. Y si ese día tiene que prestar algún servicio urgente, dice
pocas cosas, toma otro trago "pa
no quedarse cojo”, y se marcha. Pero si puede perder un poco de
tiempo, ¡ya voy a oír historias
de sus amores y de sus combates! Por
allí se acerca. Creí que se hallaba en el batey vecino, haciendo
la rueda a una querida que
tiene allá, y por la cual la buena de Nica —la mujer de
“entre-casa” que tiene aquí-- callada y
taciturna como una figura de la desesperanza, vive ahogada en celos. Y
no me causa extrañeza que haya dirigido el mulo hacia acá, ya que
no puede pasar cerca de
la bodega sin darse su “palo”. Después
de atar las bridas del mulo en una de las delgadas columnas de
madera de una especie
de balcón que tiene la bodega para que los compradores,
medianamente, escapen a las inclemencias
del tiempo, se ha parado delante del mostrador, y como desde allí
no se me ve, porque
estoy en el depósito, suena su voz inconfundible: —¡Bodeguero,
bodeguero! Saiga d’eso rincone y venga a poneime una toma. Uté tá
viviendo
mejoi que l’aminitradol dei centrai. Sonrío
y voy a servirle, y no bien lo he hecho, cuando ya tiene el vaso en
la diestra y levantándolo
a la altura de sus ojos, haciendo como que mira a través del
cristal y del ron el paisaje
que ofrecen los cañaverales, dice: —¡Ay,
bodeguero! ¡Asina e’ como má bonita se ven la cosa! Y
bebe de un trago el espirituoso ron. Hace
un gesto de desagrado, escupe y comenta: —Me
va a cotai cambiai esa maica, poique ya tan dañándola... Aicánceme
un chin de agua. Le
dejo escupiendo y voy por lo que me ha pedido. Cuando estoy de
regreso, antes de tomar
el agua, inclina el cuerpo sobre el mostrador, y mirando hacia su
casa me pregunta en tono confidencial: —¿Uté
no le ha oído ná a Nica?.—¿A Nica? ¡Pero qué le voy a oír,
si ella no habla! —¿Que
no habla, vale? —dice sorprendido--, echándose hacia atrás. Yo
soy el único que le conoco
a puiga. Uté la ve asina dique callaíta, con su cara de angelito,
¡pero tiene la música poi dentro! —Sin
embargo, siempre la he tenido por una mujer inofensiva. —¡Ay,
vale! Asina taría uté en su mano. Eso lo dice uté poique e mozo y
no ha lidiao mujere.
Eso son lo pájaro ma mal enjendrao que uté pue jallai. ¡Mire que
eta mía...! Lo único, que
se ha trompezao conmigo, que no se me pué roncai ni andaime con
periquito; que si ella se hubiera
dao con un pendejito ya se le hubiera montao ma j,arriba e la
cabeza. Pero conmigo... - Claramente,
con un gesto, sugiere el resto de su frase. Luego bebe un poco de
ron, carraspea, escupe
de nuevo y mira otra vez los cañaverales con gesto de ensoñación. —Bodeguero
—dice entrecerrando los ojos—. Yo le aseguro que ya lo sombre no
son un pie
sucio de lo que eran en mi tiempo. Yo me veo dique a do mujeicita y
ni an me conoco. - ¡Jai caracha!
- . ¡Mire! Le voy a contai una hitoria de lo tiempo en que yo vine
a eta finca poi primera ve.... Vuelve
al ron, toma agua y se dispone a cumplir su promesa. Sin más preámbulo
comienza a hablar: --
Andaba juyendo, poique le había paitío ei pecuezo a un degraciao,
cuando llegué poi primera
vé a j'ete. Era en eso tiempo que se taban abriendo la tumba, y ei
dinero corría poi lo carrile
ni e l'agua en cañá cuando llueve duro. Dende que me metí aquí
me sentí ni an pueico flaco
en batatai bien parío, poique ganaba dinero en baibaridá y ei día
y la noche eran coito para corretiá,
andai en un caballo que eí sólo valía un dinerai, mujeriá el
dao. Yo taba encaigao de abrí
un baibaridá e tumba, y tuve la sueite de trompezame con ei maidito
hombre ma pechú pa cogese
lo ajeno que he visto en la tierra. Era un condenao mayoidomo de lo
lao dei Súu, que me repoitaba
cantida j’epeone que no esetían, poique eran nombre faiso; y lo día
j’e pago, cuando yo diba
a la oficina a cobrai, ¡no había chivo e Neyba que saltara la jangá
e papeleta! “Jacía
el cobro, y dende que voitiaba la cara... ¡ahí ta ei maidito
hombre ni an perro velón aonde
matan un pueico! Y dende que yo jacía asina y picaba pa dime... ¡ahí
diba ei condenao atrá de
mí como el que va siguiendo gallina! Desimulaba jata salí del
batei, pero dende que no lo veían
clavaba el mulo y a poquito me dada aicance, poique yo lo esperaba
en cuaiquié carrí. “No
j’añangotábamo en medio de una pieza e caña, y seguido se
prencipiaba ei repaito “Aquí tan lo de lo peone”, “aquí
tan la chiripa” dipué, ¡toa esa loma que sobraba la paitíamo entre
lo dó!... Vale, ¡que jangá e papeleta!”. Después
de esta exclamación se detiene. Permanece un momento extático,
como si contemplara
el dinero que cobró aquella vez. Se muerde el labio inferior.
Luego, corriendo su mirada
sobre el aparador, dice: —Aicánceme
otro palito, que ese maidito romo me ha dao garrapela. Voy a dejai
de bebei romo
e coloi. ¡Deme de aquei blanco! Se
lo sirvo y bebe con rapidez. Toma otro poco de agua y continúa: —Vale,
y la cosa hubiera seguío asina, poique yo no pensaba dejaí esa
vida; pero e n’eso se le
ocurrió al condenao mayoidomo traé una mujeicita que tenía e n'el
Súu, y con ella a do heimana
d’ei que todavía no se habían empliao y taban señorita. “Quiso
ei pecusio que de la tré la que ma me gutara fuera la mujeicita.
Dende que la vide me dentró
un revoitillo, vale, que me tenía lo seso ai galope —poique mi
mayoi degracia siempre han
sío la mujere--, y le juro que me se oividó que ei bendito hombre
y yo éramo medio amigo y jata
medio socio. “Poi
má que quise conteneime, ¡qué va!, cuando vine a vei ya le había
maichao a la mujei — que
se ñamaba Engracia——, y de ahí p’alante ya no fue posible
aguantaise. To era brega de aqui,
y brega de allí, y ella na má diciendo que si yo no veía que ella
tenía su marío; que me enamorara
de una e la muchacha; que sé yo, y que se cuando.., jata que ei día
meno pensao,.¡vale!, me dio ei suto e decime a boquejarro que sí,
que ella me quería dende ei día que me vio... “¡J'a
maidita! ¿Aquello taba bueno, bodeguero! Yo no he trompezao con
mujeí como aquella,
y mire que yo he comío laigo. Me di un emburujá, vale, que ya yo
no paraba en la tumba,
sino en la casa ei mayoidomo. Y ei condeao hombre que me topaba a
tosa s,ora allá, di una
vé prencipió a supechai, a poneiseme repeló, delicao y co n'uña
ñoñería que ya me tenía ai canto
de rompele ei bautimo. ¡Y juré que se lo hubiá rompío, poipe laj
gana j’e reguilíamelo me tenían
loco! Pero e n’eso la condená mujeicita, que se manijaba aguantándome,
me se apareció con
una salía que me dejó con la boca abieita..." Unos
haitianos que venían a comprar, al ver a Cleto hablando frente al
mostrador, prudentemente
han seguido de largo. El policía, haciendo un gesto de desagrado,
exclama: —¡Jesú!
¡Qué pete tiene esa gente! Y
como los peones llevaran el paso corto, les ha gritado: —¡Acaben
de pasai, jediondo j’ei diablo! Los
negros obedecen temerosos, con una sonrisa servil que solicita
disculpa. Cleto escupe, toma
un nuevo trago y continúa: —Mire
bodeguero, cuando a la mujei se le mete en la cabeza jacei una cosa,
quítese de abusione
poique la j’ace. Uté laj ve asina que una co notra se tiren al
pecuezo, pero en tratándose de
jacei una sinveigüencería en sociedá, se tapan como heimanita. “La
condená se compuso con Toña, la má vieja de la dó s’eimana del
marío, pa que dijiera que
tenía amore conmigo. Y la Toña, que que na má andaba pelándome
e! diente dende que vino, di
una ve dentró e n’e l’ asunto. Y asina, como tábemo lo tré
compueto, la cosa aparentaba sei lo má
naturai. Ni Engracia se ponía celosa, poique tó lo había compueto
ella, ni ei mayoidomo supechaba
ya ná y se había pueto lo ma mansito. Pero
vale, yo nunca he podío jugai con candela sin quemaime lo deo. La
muchacha tenía una pieina
y uno pechito que eso daba guto. Y eso de ta tó lo día sentao ai
lao d,ella, ai lao d’ella... ¡Mire!
Pa no casaile ei cuento, en meno e quince día ya Toña y yo no
j’abíamo dao una emburujá que
na má se veía ei plumero”. Sueita
un ¡j- anda pai sipote!”, y ríe recordando su triunfo. Vuelve a
echarme un trago de ron y
continúa más colorado que nunca: —Pero
ahí no se para e l’asunto, vale. La otra heimanita no era cosa
dina e deprecio, y como me
había peidío la veigüenza, ya se manijaba to ej día na má que
poniéndome nombre y jata usando
su jueguito e mano conmigo. ¡Mire vale, ya yo taba ni an muchacho
jaitón que lo ponen a comé
en demasía! Cuando me pasaba ceica Engracia, manque tuviera ai lao
de Toña, le daba su naigá;
y dende que daba la epaida, le daba su moidía a Toña pa que no
creyera que yo quería ma a
la otra. Ella me se quería revoitiá, pero pa qué tenía yo eta
lengua: “Critiana, no ve que hay que mantenei
l’aparienda”, le decía, “no ve que na má te quiero a ti”.
Y to seguía lo má bien. “Pero
ei tanto sobai y ei tanto embromá la pacencia ya me habían pueto
demasiado manituoso,
vale, y cuando vine a vei ya taba pellicando a la má chiquita, y a
ca rato retozando con’ella,
y tomándole ei pelo, y cuando no me oían la s’otra le decía que
ella si era buena jembra, que
era la ma bonita de toa, que qué bonito tenía eso pechito, que qué
dichoso ei que se tirara ese bocao...
y poraquí, y porallí, y cosa j’asina que a ella le voivían loca
e la risa, ¡y ei veneno e la mano,
vale, jata que un día, compai, llegué ai bojio medio taide y medio
metío en mi amaigo, y me
trompecé con que tó se habían dío pai pueblo a comprai lo trate
j’e nochebuena que era en’eso
diíta, ,y que la única que taba allí, solininga, era la
muchachita.. .” Aquí
el policía se relame de gusto, y con la boca llena de risa, mirándome
a los ojos, pregunta: —Vale,
¿uté se ha jallao aiguna vé con una caitera con cien papeleta?
Bueno; pué si no se la ha
jallao, póngase a pensá e n’ei volío que daría de contento. Pué
¡créalo!,que ese día me puse como
si me hubiera encontrao la caja dei centrai abieita e n’una pieza
e caña! “Enseguía
me tiré dei caballo, me metí en la casa, y sin mirai p’atrá tan
siquiera, tranqué la.pueita e la calle... La muchacha, que se taba
dando cuenta, se puso coloraíta, y tó se le diba en preguntaime
que si yo taba loco, que qué diba a jacei, que si me tentaba ej
diablo, que no fuera malo...
Pero ¡qué va, critiano!, si en la cara se le veía que guto no le
faitaba a pesai de la veigüenza;
y dende que le laigué la primera tenaciá me se quedó paraíta,
temblando, con la cabeza agachá, y de ahí p’alante... bueno, vale... ¡ya uté se pué
imaginá!’. Ríe
a carcajadas. Yo no puedo menos que acompañarle. Luego sigue: —¡Anda
pai sipote, bodeguero ¡Eso era andai derecho! Sólo poique ej
diablo se econde en toa
paite fue que me se pudo echai a peidé aquella diveisión. Sigue
riendo. Empina el codo otra vez y continúa: —.La
cosa se decompuso, vale, poique la maidita muchacha prencipiaron a
vomitai y tó ei mundo
se dio cuenta dei decalabro, y ¡j’ave María Purísima! ¡Entonces
si se aimó la de Dió j’e Crito!
Ei mayoidomo taba hecho un león y ná má decía que me mataba,
que’to, que l’otro, que p’allí
que p’aquí, jata que un día me cogieron lo cuento mai confesao,
me cansé de que me ji-cieran má
cuento, y una noche, a eso de la una, fui a su casa y lo ñamé: —“¡Dun!
¡Dun!” —“¿Quié
n’e?” —“¡Yo,
Cleto, que vengo a conveisai co n’uté” —“¡Ombe,
pero eta no so n’ora!” —“Pa
lo que yo quiero eta e la mejoi...” —“Y
enseguía prencipiaron la mujere a dai grito y vociaime que poi Dió
me dejara d’eso. Y ei
maidito a decime que esa la pagaba yo, que ya se diban a acabai la
consideracione, que a l’otro día
la juticia se encaigaría de mí, y qué sé yo y qué se cuando...
Jata que me se prendió la sangre y
prencipié a vociaile que saliera pa fuera pa que supiera lo que era
hombre. Y como no salía y hablaba
má que una docena e cotorra, me decalenté y pelé po r’ei
revoive y le caí a tiro ai zin de la
casa. Ya
a la bulla se había alevantao to ej batei y prencipió a correi la
gente, y a rogaime de lejito,
que me tuviera quieto, que no jiciera eso, que ei no se metería má
conmigo... Y mientra tanto
ei muy pendejo no salía. “Vale,
a mi ná me dá tanto ecrúpulo como abusai de un hombre flojo, y le
dije a to ei mundo que
se acotaran y que yo me diba. Y asina fue. Ya me se había quitao la
rabia poique en concencia
sabía que yo era quien había peijudicao ai probe hombre, y me sentía
jata medio aveigonzao.
Asina a l’otro día no jicieron dique amigo, y quedamo en que yo
mudara una de la muchacha
y que la otra se quedara en la casa. Lo jicimo asina, y pa no
cansaile ej cuento le diré que
la ma chiquita se murió de paito y la otra se fue co n’ei
muchachito pa ei Súu, poique la familia
lo mandó a bucai dende que supo ei decalabro, ¡y como ya yo no tenía
apuro!...” Ha
dicho esto encogiéndose de hombros, sirve otro trago y rápidamente
se lo bebe. —¡J’ave
María! —...exclama—. ¡Qué malo tan fabricando ete romo!! Mire
vale, pa romo bueno
ej Cibao. Escupe
arrugando la cara, se enjuaga la boca y luego se queda mirando los
cañaverales con vaguedad. Está
casi borracho. Como parece que no va a proseguir, le interrogo: —¿Y
el mayordomo y su mujer? Me
responde: —Eso
siguió asina, bodeguero. Yo en mi teje co n’ ella y el jaciéndose
ej zonzo, poique me tenía
un fuá que semiaba. E n’eso se acabaron la tumba, yo me fui pa ei
Cibao y má nunca voiví a
sabé d’ello. —¡Usted
era el diablo! comento. Desatando
las bridas de su mulo infla el pecho y me dice: —¡Yo
era hombre y no tieto!.Y montado y saliendo del patio me grita: —¡Jata
la vueita, vale! Y
se aleja a galope, camino del otro batey. Nica, en la puerta, lo
mira con desesperanza. ¡Qué
hombre, este Cleto! Para él no reviste importancia otra cosa que no
sea batallas, gallos, mujeres
y ron. Suponiendo que cada hombre tenga una idea fija, esa debe ser
la de éste. Decididamente
no es de mal corazón. En su casa la comida es abundante y su mayor
placer consiste
en regalársela a quien la necesite. El dinero del sueldo nunca le
alcanza, porque debe tanto
y da tanto, que necesitaría ganar una suma mucho mayor para vivir
sin deudas. Y creo que las
contraería aunque ganare un millón, porque de poder hacerlo,
seguramente en cada batey tendría
un harén. ¡Qué deseo de faldas! Y ¡qué sed de ron! *
* El
viejo Dionisio es otra cosa. Toda la vida lo recordaré, tal como le
vieron mis ojos el primer
día, meciendo su obesa figura en la silla de su mula que siempre
camina con las bridas sueltas,
la cabeza inclinada, y los ojos perdidos entre las patas. Cuando mi
vista lo alcanza, sé que
viene por media botella de ron. Hay días en que se toma seis, y
como mínimo, tres; pero eso es
nada para él. Jamás he visto otro individuo que pueda beber tales
cantidades de alcohol sin inmutarse.
¡Es que sus doscientas libras resisten! No
olvidaré nunca su voz de bajo, como ahuecada, pidiéndome el ron
cada mañana: “Deme mi
cafecito, bodeguero”, o si no: “Danielito, deme mi amanecer”.
Y todo ello dicho en un tono tan
cordial ¡Es un buenazo este viejo! ¡Tan callado como vive, pero
tan oportuno cuando habla! Este
sí que no refiere historias de su vida. Lo más que me ha dicho,
estando muy bebido, es una frase:
“Bodeguero, yo soy su amigo. Y oiga un consejo de hombre suelto y
de buey suelto no se fíe”...
Y sonríe como sólo él sabe sonreír. Puedo
decir que le debo mucho, porque de no haberle hallado, desde mi
llegada al batey hubiera
tenido serios tropiezos. Ignoraba yo por completo las cosas de la
finca. Me irritaba fácilmente
con cualquier peón y profería amenazas frecuentemente. Cierto día
un haitiano a quien
le vendí una libra de arroz, me dijo ladrón. Al instante salté
fuera de la tienda, machete en mano,
dispuesto a ajustarle cuentas. —¡Vuelve
a decirlo! —le gritaba furioso—. ¡Vuelve a decirlo! El
viejo, que estaba por allí, me atajó: —No
haga eso, bodeguero. ¡No haga eso! Y
aunque me veía encolerizado y dispuesto a herir, hablaba con calma,
como quien está seguro
de que será obedecido. —¡Pero
ese haitiano me ha dicho ladrón, y yo no tolero que nadie me
insulte! —fue mi alegato. Sin
dar importancia a mis palabras, como no se les da a las de un niño,
el viejo respondió: —Déjese
de pendejá y aprenda a vivir en la finca. ¿Que le dijo ladrón? ¡fa,
carajo! ¿Y cómo se
llama usté? Fue
entonces cuando le dije mi nombre por primera vez. Me respondió con
despreocupación: —Bueno,
pué olvide su nombre. Aquí pa los dominicanos usté se llama ladrón,
y pa lo s’aitiano
volé. Ese e s’el nombre que nos dan a to lo s’empleado de la
compañía. ¡No le haga caso
a esa gente! Ya
el haitiano estaba lejos y yo me sentía un poco corrido. Luego he
aprendido lo que me explicó
en tan pocas palabras el viejo Dionisio, y comprendo que nadie me lo
hubiera dicho tan sencillamente.
Porque me he acostumbrado. Reconozco la inutilidad de encolerizarme
con estos infelices, porque ellos hablan sin ningún sentimiento de
rencor o de maldad. Viven tan indefensos,
han sido tan exprimidos, que ya no tienen energías. Si dicen
“ladrón”, es no por ofender.
Hablan por hablar y a veces sus duras palabras encierran adulación.
Se han compenetrado
instintivamente —pero demasiado bien— de lo poco que significan
ante los que están
por encima de ellos aquí. También instintivamente, conocen a
perfección su destino, y por experiencia
saben el terrible mal que les traería cualquier protesta. De ese
convencimiento han hecho
una filosofía. Resignadamente ellos dicen: —En
la finca tó son ladrón. Roba el bodeguero, roba el pescador, roba
la mayordomo, y yo ta
creyendo que la má ladrón de toitico son el blanco que juye en su
carro. Y
yo pienso: ¿se podría vivir sin robar? Y sé que no es posible,
porque una fuerza maquiavélica
nos compele a ello. En la finca el robo tiene una clasificación
diferente a la ordinaria.
No es una vergüenza para nadie, porque se practica como cualquiera
otra función natural,
y se acepta como una condición ajena al empleo. Pienso
cómo cada uno hace lo suyo. Los pesadores de caña usan pesas
cargadas para quitarles
al carretero y al picador, desde quinientas a mil libras por
carretada, además de doscientas
que se descuentan corrientemente para que el peso del chucho salga
aproximado con el
de la factoría. Esto le proporciona varios cientos de pesos de over
al dueño del tiro de caña, que
con ese dinero se alivia un poco las multas, errores en su contra, y
el precio del agua que beben
sus bueyes (propios o alquilados a la compañía), agua que a veces
es puramente simbólica, ya
que se le cobra al colono y al contratista aunque tengan dentro o
cerca de sus colonias —es decir,
aún en terreno que no pertenece al central—, algún arroyo donde
su ganado mitigue la sed. La
compañía prohíbe terminantemente las pesas cargadas, como prohíbe
todo lo que a la vista
signifique engaño, pero no dice nada cuando aparece el over —¡como
si fuera cosa bajada del
cielo!—, porque sabe que éste irá a sus manos irremisiblemente. Los
mayordomos de la casa —como se les dice a los del central—,
también tienen su forma de
robar. La oficina del cultivo paga los trabajos sumamente baratos.
El desavero se ha llegado
a pagar a menos de un centavo la tarea, y su precio ordinario es un
centavo o centavo y medio.
El desyerbo del interior de las piezas, en terrenos abandonados,
pedregosos, donde no es posible
hacer dos tareas en un día, a veces se ha pagado a cinco o seis
centavos. ¡Pero esto es un milagro!
Que los precios ordinarios son: tres, tres y medio o cuatro centavos
la tarea, suba o baje el
precio del azúcar. Los trabajadores a veces no quieren hacer los
cultivos; no porque tengan energías
para reclamar derechos o formular protestas, sino porque sus ojos
les dicen que en dos días
de trabajo no ganarán para comer una vez. Y entonces el mayordomo
se ve en la necesidad de
obligarles por la fuerza, valiéndose de la policía del central y
de su propio machete, o tiene que
hacer malabarismos; porque cuando el mister da la orden de realizar
un trabajo a este o a aquel
precio, es necesario hacerlo, puédase o no, para conservar el
empleo, pues sabido es que los
blancos son infalibles y que no rectifican órdenes. En tales casos,
algunos ponen dinero de sus
pequeños sueldos; pero otros, que no están dispuestos a ello, o
que no pueden hacerlo, se valen
de trampas. Proponen los trabajos —por su cuenta y con el riesgo
también de ser despedidos
si se les descubre la maniobra— a precios más altos que los
estipulados por la oficina.
Pero como no pueden presentar modificaciones en el reporte o
pay-roll, para ajustar sus cuentas
engañan al ignorante peón, y las cien tareas que ha hecho el
trabajador, al ser medidas o calculadas,
son convertidas en ochenta; las ochenta en sesenta, etc. Y entonces,
¡cuidarse de ser descubiertos!,
porque la “seriedad” de la compañía no admite engaños. En
cuanto al bodeguero, la cosa es más complicada y más cruel. Se
puede decir que ningún empleado
se halla tan impelido al robo y a la desesperación como éste. Al
bodeguero todo se le carga minuciosamente, ya sea una onza de
pimienta, una cabeza de ajos, media libra de habichuelas
o una nuez-moscada. El departamento tiene reglamentos impresos que
son verdaderas
leyes; fantásticas y drásticas leyes mediante las cuales queda uno
condenado, extinguido,
pulverizado, sin haber sido juzgado y sin tener opción a apelación
de ninguna especie. Con
frecuencia Mr. Robinson escribe diciendo: “Debe
usted ceñirse estrictamente a tal artículo de nuestro
reglamento”, o “De acuerdo con el
artículo tal sírvase hacer esto o lo otro", como si aquel
reglamento hubiera salido del Poder Ejecutivo
en forma de decreto, o hubiera sido elaborado en el Congreso
Nacional y convertido en ley. Las
tiendas no tienen balanzas adecuadas para comprobar el peso de los
grandes sacos que despacha
el almacén. En los reglamentos un “artículo” dice: Háganse
reclamaciones por efectos dañados,
recibidos de menos o rotos”, pero eso es ganas de decir, porque no
se tienen los medios para
comprobar faltas y, si se comprueban, la experiencia enseña que se
debe pensar mucho antes
de hacer reclamaciones, porque eso “daña el record”, y circulan
de boca en boca historias de
individuos que han sido despedidos inesperadamente, sin recibir
explicación, poco después de haber
reclamado una botella de ron que llegó rota en una caja, o algunas
diez libras de habichuelas. ¡Y
si fuera esto solamente! Pero hay que dar over. Y
sépase que los precios son fijos. El almacén despacha a cinco para
que se venda a cinco, de
acuerdo con los reglamentos y con la muy clara y visible lista de
precios que hay en cada bodega;
pero a fines de mes, o mejor dicho, cuando se pasan los inventarios,
las cuentas deben aparecer
como si se hubiera vendido a seis o a siete. Y si no se trabaja en
esa forma, ¡a la calle! Y
si la compañía comprueba que el bodeguero vende incompleto, ¡a la
calle, también! Porque antes
de todo ellos necesitan demostrar que son personas muy rectas,
honestas y metódicas. ¡Y
dicen los curas que el infierno está por ahí! En
una de esas encrucijadas que como a conejillos se les tejen a los
desolados empleados, estuve
a punto de caer, de no hallarme oportunamente con el viejo Dionisio. Se
hallaba el mayordomo en la galería de la bodega consumiendo el ron
de una botella que tenía
el mostrador, cuando me vio entregarle a un peón varios paquetes
que acababa de comprar. —¿Y
así e como uté vende siempre, o lo hace porque yo toy aquí? —me
preguntó. Aquello
me sorprendió. Le miré fijamente, algo disgustado por aquella
confianza que se permitía
sin más ni más, y le interrogué a mi vez: —¿Qué
quiere decirme usted con eso? —Que
esos paquetes tan muy completo. El
viejo lo decía serenamente, pero yo me hallaba sorprendido. ——¿Y
cómo se ha de vender? –pregunté-- La compañía así lo exige, y
además, yo no robo. El
negrazo se sirvió medio vaso de ron; con su calma habitual se lo
llevó a la boca y tragó. Con
un pañuelo se limpió el espeso bigote en cuyos pelos brillaban
gotas del licor, y con esa sonrisa
suya, me dijo: —¡Ay,
bodeguero, no sea usté pendejo! ¿Y adónde irá su alma si usté
sigue vendiendo completo?
Mire... Cortó
la frase como si quisiera examinar el terreno donde iba a dar el
paso decisivo, como hombre
que juega la vida en ello, y me miró intensamente, entrecerrando
sus ojos que siempre parecen
trozos de carne sangrante. Yo sostuve su mirada. Al fin sonrió y
continuó: —Yo
he visto fracasar a mucho jovencito como usté. En estas bodegas tó
los días hay uno nuevo
porque aquí no e suficiente saber de números para sacar buena
cuentas. Pa bregar con estos
blancos hay que tener navaja, bodeguero, ¡muy buenas navaja! Ellos
no s’aprietan, pero e pa
que nosotro apretemos pa’lante. Aquí no se pué tener pena ni
consideración. ¡Préndale la manta
a to el mundo, que si no se lo llevará Júa! Y
tragó un poco de ron. Luego, bajando la voz aún más, me recomendó: ——Si
usté ta vendiendo completo dende el principio, pase un balance eta
noche; pero tenga mucho cuidao, porque en lo bateye hay mucho
asusone y lambeojo, y si el blanco lo sabe, lo botan. --La
sorpresa no me dejaba hablar. El viejo, envolviendo la botella para
marcharse, me dijo lo
último: —¡Dió
quiera que ya usté no ande cojo! Déjese de cuento e camino. Eso
blanco son como gato
barsino. Ello le dicen que venda completo pa que usté crea que le
despachan completo, pero ¡qué
va! aquí completo na má tá usté. Y
los hechos confirmaron sus palabras. Tan pronto como llegó la
noche, cerré la tienda, cené poco,
y comencé a tomar un inventario cuidándome de no hacer ruido. Los
sacos que estaban abiertos
y cuyo peso no podía precisar, a simple vista, los fui vaciando en
palanganas en otros envases
pequeños cuya capacidad no excediera de treinta libras —es lo más
que soportan algunas balanzas
de las que hay en las tiendas para vender al detalle,—y después
de sudar como un potro y
de haber pegado cien veces el oído y el ojo a las paredes para
enterarme de si me acechaban, pude
anotar cuanto había en existencia. Mi
asombro fue grande cuando comparé las partidas y comprobé que había
una diferencia de casi
siete dólares en mi contra. Esa noche y los días siguientes para mí
fueron infernales. No tenía
un centavo ni a quien pedírselo prestado, y pensaba que si me
pasaban inventario, sería arrojado
por ladrón. ¡Y todo por no querer robar! Las
historias que me hacían me desesperaban. En esta misma tienda fue
despedido deshonrosamente
un bodeguero porque tuvo un déficit de cincuenta centavos. El
procedimiento no
pudo ser más brutal: cerraron la tienda y lo dejaron en el batey
sin más explicaciones. Fue
entonces cuando concedí toda la razón a los peones que en cada
empleado de la compañía
ven a un pillo. Desde el día siguiente inicié mi aprendizaje de
empleado eficiente, desollando
a mis pobres clientes, para no deshonrarme y terminar fracasado. ¡Gran
trabajo me ha costado dominar mis nervios y acallar mi conciencia!
Es duro robarles a estos
infelices; pero aquí, la lucha por la vida, como en la selva y como
en el mar, es la misma. Lo
que dijo viejo Dionisio es una verdad aplastante: “Aquí no se pué
tener pena ni consideración.
Ellos nos aprietan, pero es pa que nosotro apretemos pa’lante’.
¡Y no hay que decir
más! Este
maldito over, ¿quién lo inventaría? ¿Dónde halló esta gente
tan diabólica forma de exprimir?
No hubiera creído, por más que me lo hubieran dicho, que con su
apariencia de personas
serias, metódicas, invulnerables, podrían ser tan cínicos. ¿Cómo
vivir en medio de esta injusticia,
sabiéndose uno instrumento de tanta iniquidad? No
hay que dudar, ¡el hombre hambriento vende hasta el alma! Allí
viene viejo Dionisio. Seguramente no se detendrá, porque son las
doce, pero al pasar me dirá
ahuecando la voz: —Enlíeme
un cafecito, que voy a mandá por’él. Tal
como lo sospeché sucedió, y allí va corriendo desnudo, el negrito
hijo suyo, que vino por la
botella, con su cuerpo de ébano, brillando a los rayos del sol. Es
la hora de la canícula. Balduri, el haitiano bombero, raja leña
silbando una canción protestante. Nica mira el camino por donde
vendrá Cleto. Los haitianos, sentados en los troncos que servirán
de combustible a la bomba, mastican su hambre, como bueyes que se
echaran tranquilamente
a rumiar. Los perros duermen bajo los pisos. Las casitas se derriengan flageladas por el sol..
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