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Parte II - VII

VII

La vieja Mercé está muy triste. Ayer me pidió permiso para ir al pueblo, porque le habían dicho que su hijo sería operado en el hospital de la compañía. La enfermedad de su único descendiente hacía días que la traía muy mal. Esta última noticia removió rudamente sus dolores.

Hacía seis meses que no veía a Melito, su muchacho. Este era un mocetón de veintiséis años, de cara infantil muy respetuoso, que todavía hacía el ademán de arrodillarse para pedirle la bendición a su madre. Desde hace dos años más o menos, tiene mujer, y su primer hijo ya está al cumplir los doce meses. Vive en un batey muy distante de éste. La vieja, mientras su hijo fue soltero, no se le apartó; pero cuando Melito cambió de estado, le dejó solo, porque como me ha dicho hablando de eso, “lo s’ijo na ma son de la madre mientra tan chiquito, y dipué son de la mujer o el marío y su s'ijo".

Ella quedó en este lugar “porque todavía era fuerte pa ganarse la vida, y mientra pudiera valerse a naide le recebía un pan», y sólo veía a Melito de mes en mes, cuando éste, con la mujer y el chiquillo, o solo, venía a este batey y le traía algún dinero.

Cuando vino la última vez le dijo que tenía una pierna hinchada, que le daban fiebres.

Después vinieron las aguas y Melito sólo mandaba razones con algún peón. Finalmente, la vieja supo que el hijo había sido llevado al hospital, a solicitud del contratista de la colonia donde vivía. Aquella noticia le quitó el sosiego:

—¡Mi jijo e n’ese hopital! ¡Dió me lo ampare!...

Decía esto a cada momento; llena de temores, hasta que ayer le trajeron la noticia de que iban a operar a Melito.

Ya no tuvo un momento de reposo y no pensó más que en partir hacia el pueblo. Le busqué algún dinero y deseé buena suerte al despedirla.

Volvió esta mañana. Ahora no cesa de llorar. A su muchacho le cortaron la pierna derecha y ya no se arrodillará más ante ella. ¡Le cortaron la pierna! ¿Y qué tenía? «¡Ay, don Danielito! — me dice entre sollozos—. Dipué que lo lisiaron, al trite, se dieron cuenta de que la jinchasón era de rumatino. ¡Yo lo supe!”.

No digo nada que valga la pena. Una palabra obscena es lo único que se me ha escapado en presencia de la vieja, que no la ha oído. Después, veo a esta pobre mujer sufrir y pienso que dentro de poco tendrá que traer al hijo, a la mujer y al nietecito para este batey. Cabrán todos en un cuartito, en su media casita blanca. Melito, cuando el muñón de la pierna esté sano, irá con muletas hasta una pieza de caña y arrastrándose por el sueño desyerbará, hará cultivos como otros tantos, a dos centavos y medio o a tres centavos la tarea. ¿Quién mirará por ellos? Las palabras sucias que llenan la boca. No salen porque estoy mudo, de codos, al mostrador, pero las siento patear.

Van llegando gentes a la bodega. No son compradores, sino los sin trabajo del batey o los que pasan hacia algún punto de la finca, que se detienen en el único sitio donde la gente suspira, maldice y fantasea a su antojo: la bodega.

Hoy todos comentan lo que le ha ocurrido al hijo de la vieja Mercé. Como circulan esas noticias por el teléfono invisible de la finca, nadie lo sabe; pero es el caso que se conocen inmediatamente desde el lugar de la ocurrencia hasta el último batey. Mariano el Burrero, un vagonero tísico, que fue al hospital con paludismo y allí consiguió su tuberculosis, dice tosiendo:

—En ese hopital tratan a uno como a lo perro. Ese hombrecito que tá de dotor, con tó y su carita e mujer, no e má que un sangrú abusador. En siendo pa blanco lo ve uté que anda ni an perrito sato, mirándose, con el rabito entre la pierna, de lambón. Pero en siendo un probe... se cansan lo enfermo e llamarlo y decirle que le duele aquí, que le duele allí, y él, ni an voltea la cara. ¡Abusador y lambón!

La voz del vagonero es ronca y está preñada de odio. Uno que fue bodeguero y que ahora vive haciendo resiembras, desyerbando piezas de caña o chapeando carriles, dice con voz silbante, apretando los dientes:

—Ahí nada más son gente los mister, los blancos.

Y luego continúa:

—Para los otros sólo hay un remedio: un baño de agua fría cuando llegan, un purgante de sal y luego quinina, aunque tengan reuma o pulmonía, porque en no siendo blancos todos sufren de paludismo. Un negro no tiene derecho a otra cosa.

El boyero Montero, que pasada la zafra se ha quedado cargando piedras para un puente que se construye en el otro distrito, rezonga:

—Pa dir a l’opital mejor me dejo morir en la caña. Pa salir de allí vivo hay que tener vida e gato... ¡En toas partes se va uno a joer! Bueno, pué mejor tranquilo.

Ellos hablan y su voz es la voz de todos los que se hunden en la finca; es la voz que nunca será oída. Yo los oigo y pienso que jamás podré permanecer indiferente ante tantas violencias, aunque me lo proponga, ¡bastante ya lo he querido! Porque siempre hay algo nuevo. Ahora es el hospital.

El hospital. Pienso que todos contribuimos para su sostenimiento, que pagamos una gruesa suma para que todo esto ocurra. Contratistas, colonos, ajusteros, empleados, peones, todos damos dinero para que unos médicos vivan como señoritos, sin estudiar, de fiesta en fiesta — ¡aristocracia del pueblo!—, conquistando mujeres ociosas, aprendiendo cirugía, sin maestros y  sin textos, en los cuerpos de los negros. Pagamos ese hospital —mejor dicho, se nos descuenta una suma sin tomársenos parecer—, y también pagamos los dispensarios o botiquines de los campos. La inteligencia de los blancos hace figurar todo eso como establecimientos benéficos para atender a los que trabajan en la finca, pero ya sabemos lo que son. En cada división hay un dispensario: allí hay quinina en inyecciones y en cápsulas, algunas medicinas para el catarro, purgantes de sal, y algo más. Cada establecimiento se encuentra bajo la dirección de un señor ignorante, sin noción del oficio, y a quien llaman practicante. La misión principal de este individuo—fuera de tener bien sus asuntos, hacer su política, para conservar el cargo—. consiste en pasearse a caballo alguna vez por los carriles, con aires de personaje, sin atender a las pedidos de los peones.

—“¿Quinino? —pregunta cuando se le solicita—. ¡Vaya al botiquín!”.

Y a veces el dispensario está a cuatro, cinco y ocho kilómetros que son infranqueables para un peón deshecho por el trabajo y la fiebre.

Pero el descuento siempre sigue.

De ello me ha dicho Eduardo: ‘Lo mejor es no pensar en las contribuciones y evitar el hospital y cualquier “servicio” de la compañía como a una peste”. Y Valerio, tartamudeando borracho, ha afirmado: “¡Es otro over!... ¡Otro over!...". 

Yo pienso: ¡otro over!... ¡Otro over! ¿Será aquí todo over ... Es una fiebre, una locura. Los presupuestos de todos los departamentos dejan superávit, que son over, porque sus directores compiten en economías y no gastan la suma ya harto restringida que les autoriza el central; los superintendentes de campos, subalternos de aquellos, pagan menos de lo que ordenan sus jefes, para demostrar eficiencia y agradar; los mayordomos, que les obedecen a los superintendentes, cuando pueden hacen lo mismo; el director del hospital y sus practicantes, no curan a los enfermos y niegan las medicinas pera no cubrir su presupuesto del año; el almacén del departamento comercial, la tienda central, las bodegas del campo, el peso de caña, ¡todo ha de dar over! ¡Qué obsesión de más! ¡Over! ¡Maldita palabra! ¡Parece que toda la tierra será poca para saciar su sed!

Durante este tiempo muerto, el pequeño carro- ambulancia del central trabaja mucho. Es raro el día que deja de pasar frente a mi bodega, por el camino de hierro de la máquina, con una o dos cajas negras en busca de cadáveres; y siempre tiene que ir a otras divisiones, de mañana, de tarde, de noche, acarreando carne muerta hacia el pueblo.

A veces, hay averías en la vía, hay mucho trabajo en el hospital, o alguien olvidó la llamada que hiciera el mayordomo o el policía de un batey, avisando que allí murió algún peón, y los muertos entonces son recogidos cuando ya despiden mal olor.

La ambulancia pasa por ahí, con su cruz roja, ya la gente la mira sin comentar. Ninguno se informa de quién habrá muerto. “¡Qué más da! Siempre será un trabajador cuyo cuerpo será llevado desde el hospital hasta el cementerio del pueblo en una carreta, metido en un cajón cuyo precio de costo no pasa de dos dólares. ¡Qué más da?! Siempre será un peón”. Eso parecen pensar.

La ambulancia sigue yendo y viniendo con sus cajas negras.

* *

Cuando me dijeron que mi mujer había sido internada en el hospital, no lo quise creer..¿Cómo era posible? ¡No podía ser!

Llamé al pueblo por teléfono, pedí informes apresuradamente. Supe entonces que el médico que la asistía hizo cuanto pudo por no operarla, pero que llegado el momento decisivo, hubo que resolverlo; y como él no tiene clínica adecuada y en el pueblo no hay un establecimiento público de ese género, ni aún en toda la provincia, —¡cómo yo no podía pagar una clínica particular!— no quedó otro remedio que llevarla allí, y la llevaron.

¡Era cierto! Sentí que la tierra se abría a mis pies.. Perdí el equilibrio y no acertaba a hacer nada en debida forma. A la noche siguiente, fui al pueblo, sin pedir permiso.

Al coger un automóvil en la carretera, le di instrucciones al chofer para que me llevara directamente al hospital. Cuando llegué allí, entré al pabellón donde se aloja a los empleados y a sus familiares, en busca de mi mujer. No había nadie en el extenso pasillo alumbrado por una bombilla cuya luz moderaba un globo color de leche. Tras caminar de un lado a otro, tropecé con una nurse con aspecto de persona muy poseída de sí misma, y de quien era dable sospechar que había descubierto la piedra filosofal; descubriéndome ante ella le pregunté simplemente si no sabía dónde estaba mi mujer.

No sé si fue que lo hice muy torpemente, pero aquella mujer demostró estar ofendida, y con altivez me preguntó:

—¿Su mujer? ¿Quién es usted?

Dije sin vacilar:

—Usted me conoce, indudablemente. Nos hemos visto en el pueblo. Ahora soy el bodeguero Daniel Comprés.

Respondió secamente:

—Pues eso es allí, en el otro pabellón.

Y me volvió la espalda sin decir más.

En otra ocasión, habría pensado en su actitud, pero ahora era muy honda la amargura que había en mí. El pabellón donde estaba mi mujer era el mismo destinado a los peones. Cierto era que ella no estaba en el salón general, donde en varias hileras de camas había quince o veinte hombres de los cuales algunos rugían de dolor, durante toda la noche; pero se encontraba a muy pocos pasos y para ir a su cuarto era necesario pasar por allí. La tenían en un pequeño cuartito, de cuarenta y dos pies cuadrados a lo sumo, y en el cual había dos camas. Era tan desnudo, tan estrecho, tan triste, como una celda. En una cama vi su cuerpo gastado; a su lado, a la madre que no me vio. No quise hablarles. Retrocedí en busca del director. ¿Cómo era posible aquello?

Caminé por los jardines del hospital, busqué a aquel hombre por todas partes; fui a su casa. Allí me dijeron que estaba en un baile que se celebraba esa noche en el club del pueblo. ¡Qué sordo es el mundo! Regresé al hospital por las semialumbradas avenidas del central, lleno de desesperación. Volví a la celda donde estaba mi mujer y la encontré todavía durmiendo. La madre ahora leía no sé qué cosa. Hablamos poco. No quise despertar a la enferma. Luego me volví al campo.

A la mañana siguiente, lo primero que hice fue llamar por teléfono al doctor. Estuve más de media hora esperando que le avisaran, que él se desocupara. Cuando sonó el timbre, yo estaba tembloroso.

—¿Quién habla?

—El Director del Hospital —dijo la otra voz, a través del alambre.

—Doctor, le habla el bodeguero Comprés, que tiene a su esposa allá...

—Diga.

—Yo quiero que me haga el favor de trasladarla al otro pabellón. Ahí donde está no es posible. Usted sabe que los peones dicen palabras obscenas y gritan durante toda la noche. Yo le agradeceré a usted esto siempre.

La otra voz dijo:

—¿Pero sabe usted que una habitación de las que usted quiere cuesta cinco pesos, diariamente?.—No se apure por ello. Pagaré lo que sea. ¡Lo que quiero es que ella salga de aquella habitación! No puedo soportar la idea de que pase los días y las noches allí. Trasládela... Yo pagaré...

Mi voz era como un ruego. Fue después de haber hablado mucho cuando me enteré de que nadie me oía. El hombre había colgado del otro lado sin ponerme atención ¡Estaba irritado porque un bodeguero pretendía que su mujer fuera alojada en el pabellón donde debía estar una persona!

Hay amarguras cuya intensidad el hombre jamás podrá expresar, y aquella que me rompía el alma era una de ellas.

Aquel día lo pasé caminando dentro de la bodega, como un loco enjaulado. Me ahogaba la desesperación. Los peones se asombraban de que no les oyese, aun cuando me hablaban de ahí mismo y a viva voz.

Llegó la noche de la finca, impregnada de angustia. Se habían amontonado mis comidas, y en voz alta, yo disertaba:

—¿Por qué los hombres se tratan tan mal? ¿Por qué estas diferencias? Nadie quiere apreciar ni comprender a otro. No he causado mal, no he albergado odios. Mi mujer es una niña inocente, que está enferma y necesita comodidades, cuidados. Necesita que se le trate como a una cosa pequeñita y querida, ¡como a un ser humano! Y, sin embargo, ¡la encierran en aquel cuartucho!

A veces, la ira me soliviantaba:

—¿Y ese mediquillo, quién es? ¡Intruso, extranjero, le está robando ese puesto a un hombre digno, que no sea capaz de vejar a las gentes! Vino a mi país, siendo nadie, insignificante, incompetente, servil, ¡y ahora se engrandece hasta ultrajarme! ¡Me ultraja a mí, que desciendo de los que de este suelo hicieron patria para que de ella gozáramos como dueños! Viene a mi tierra a humillarme, porque sabe inglés y se arrastra... ¡Intruso! ¡Ladrón!

Cansado de dar vueltas, me echaba en la cama. La luz apagada, los ojos cerrados, trataba de dormir, Y a pesar de que apretaba los dientes, me ardía el pecho en imprecaciones:

—¡Malditos! ¡Ladrones!

La noche avanzaba. Mi impotencia se me derramaba encima como un baño de fuego.

Mordía la almohada. ¡No me explicaba cómo hasta las piedras no sufrían mi dolor!

* *

Después, me trajeron a mi mujer sin hijo. Era un esqueleto envuelto en piel. Cuando la madre entró con ella, la pobrecilla, se me aferró al cuello, como un atormentado que después de haber sufrido la agonía del potro, cae en brazos de su salvador. Su llanto me bañaba el pecho...

Fuerza, ¡fuerza de hombre!, hube de tener para no llorar.

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