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II Las
ocho de la mañana. Me hallo en la puerta principal de la gran
bodega del central azucarero,
esperando la llegada del manager. Procuro,
mientras tanto, recordar algo sobre este hombre a quien he visto muy
pocas veces, a fin
de dirigirme a él en una forma adecuada. Pero las cosas que he oído
decir acerca de este magnate
no son muy halagadoras. Se llama Mr. Robinson; tiene unos cincuenta
años que no aparenta.
Es más obeso que un tonel y, según dicen, tiene un humor de todos
los diablos. Cuyas son
historias como esta: cuentan que hasta el asistente o segundo
manager —un mister latinoamericano—,
llegóse un mozo en busca de trabajo. Según me contaron, el
muchacho tuvo —Lilo,
¿este hombri largo de camisa de Jersey, trabajando aquí? —Sí,
Mr. Robinson—, respondió el subalterno. —¡
Oooh! —exclamó el norteamericano como sintiendo náuseas—.
Sacando ese hombri muy
pronto de aquí, ¡muy pronto! Mí no queriendo verlo más, ¿comprendi? ¿Y
qué hacer? Al instante, el muchacho fue despedido. Me
dijeron luego que era un excelente empleado y una buena persona,
pero bastó con que el manager
no estuviera de acuerdo con que la naturaleza le hubiese dotado de
un talle poco común, y
que por añadidura llevase camisa deportiva y zapatos con tacones de
suela. Y
también cuentan de él lo siguiente: Cierta
vez, uno de los encargados de tiendas de campo, individuo que
contaba más de dos años
rindiendo buena labor, tuvo la mala fortuna de dirigirse al manager
en solicitud de un permiso,
según su carta, para ocuparse de su salud, no muy buena en esos días. Leyó
Mr. Robinson la carta, y al pie de ésta, el nombre del encargado de
tienda. Quedóse con
la vista entornada como quien registra el pasado, mientras
tamborileaba con los dedos sobre el
cristal de su gran escritorio. A poco se le oyó exclamar: —¡Oh,
caramba! ¡Mí cree que ricuelda! Y
llamó al asistente. Presentóse
éste. El jefe le preguntó sin preámbulos: —Este
que firmando aquí, ¿no trabajando en el planta eléctrica del
pueblo alguna vez? El
asistente se rascó detrás de la oreja, forzando el cofre de su
memoria para hurgar allí lo que
debía responder a su jefe; hasta que al fin, con la alegría
reflejada en el rostro, como si hubiera
hallado un caudal, contestó: —Sí,
Mr. Robinson; cuando él era pequeño sirvió allí de mensajero. —¡Ah,
ah! —exclamó el ventrudo rubido—. ¡Botando ese hombri seguido!
Ese hombri una vez
haciendo para mí un cosa muy mala! ¡Muy mala! “El
cosa muy mala” que el empleado «haciendo para él” cuando niño,
fue lo siguiente: Como
se ha dicho, el chicuelo era mensajero de la planta eléctrica del
pueblo. Mandado que fue
a llevarle una nota al referido personaje con instrucciones de que
esperase respuesta, el rapaz, que
era bastante impaciente, se dirigió al señor del gran escritorio: —Oiga,
mister. Yo espero contestación y hace media hora que estoy aquí. Se
volvió el blanco y en tono despectivo exclamó:.—¡Oh, machacho!
¡Mí no hablando con gentes de tu tamaño! Fue
aquello como acercar fuego a la pólvora. Sintióse herido en su
amor propio el pequeño, y
acto seguido le espetó la siguiente andanada de palabras de su
repertorio: —¡Blanco
del diablo! ¡Barriga e pandero! Lo que usté busca e’ que le
saque a pedrá los quintales
de boñiga que tiene en esa panza! El
yanqui gritaba alarmado: ---¡Oh,
diablo, diablo! ¡Sacando mí de aquí este diablo! Y
el chicuelo, que sabía cómo se cumplían las órdenes de Mr.
Robinson, puso pies en polvorosa,
diciendo horrores de la progenitora del americano y de otros
miembros de su familia a quienes
parecía conocer de viejo. Este
desagradable recuerdo motivó que diez o doce años más tarde un
hombre perdiera su empleo. Y
como ésta, y aún peores, del señor manager se cuentan muchas
historias. *
* Veo
una especie de fardo blanco que asoma su volumen por aquella
avenida. Mucho se parece
a una persona, y siendo una persona, no se puede dudar de su
identidad. Solo mi hombre tiene
una fachada semejante. No
me he equivocado. Es el señor manager que hoy ha querido hacer
ejercicio y permitió que
el chofer trajera el automóvil sin su carga. Supongo que el vehículo
debe estar de pláceme, y si
lo viera, con todo y ser una máquina y aunque la gente pusiera en
tela de juicio el equilibrio de mis
facultades mentales, lo felicitaría sinceramente, porque ni a los
hierros les debe ser grato echarse
encima un volumen como el de este señor. Acaba
de entrar. Me doy algunos paseítos mirando los escaparates de la
gran tienda en lo que
el sujeto se despoja de su americana y toma posesión de su asiento.
Han pasado unos diez minutos
y creo que es tiempo sobrado para haber realizado esa operación. Me
encamino a la puerta
de la oficina. Ya estoy frente al enorme señor. No ha levantado la
vista, a pesar de que sabe
que alguien está frente a él; pero no hay que desanimarse, es su
costumbre. Carraspeo
un poco, y como no se da por enterado, le hablo: —Mr.
Robinson... Yo deseo que usted me permita algunas palabras. Me
mira. ¡Qué ojos tan azules y desconfiados! Parece que no es
posible entablar relaciones cordiales
con su dueño. Se diría que tema ensuciarlos mirando a personas que
no sean como él. —Hablando
pronto— exige en tono poco amable. Sé
que no debo perder tiempo y digo: —Deseo
trabajar en este departamento. Tengo experiencia en el oficio,
porque en mi vida no he
hecho otra cosa. Nunca
había vendido una libra de arroz, pero lo dije con gran serenidad. __¿Dónde
trabajando usted anteriormente? —En
muchas partes. Yo... —¡Mí
pregunta que donde trabajando usted la última vez! —¡Ah!
Ya entiendo... ¡En Barahona! —¿Cuánto
tiempo? —Cinco
años. ¿
Por qué saliendo usted? Eee...
yo renuncié porque tenía aquí un pariente enfermo. Usted
comprenderá... —¡Basta!
—me corta áspero..No tengo tiempo de pensar. He dicho una porción
de mentiras que no había preparado. Estoy en
el aire. El americano oprime un botón y se presenta mister Lilo. —Arreglando
este hombri para mandarle al campo— ordena el jefe. El
segundo se inclina ante él y con la mirada me indica que le siga
los pasos. Nos
trasladamos a otro departamento. Casi no puedo explicarme lo
ocurrido. ¡Cuesta tanto trabajo
obtener un empleo de éstos! Y, sin embargo, a mí, en la forma más
precipitada y extraña, sin
que yo mismo me enterase de que se me había aceptado, al fin de un
diálogo harto accidentado,
a pesar de lo breve, acaban de recibirme como bodeguero del central. Tiemblo
de alegría. Y no es para menos después de sólo haber comido
guineos el día anterior
y haber pasado la noche a la intemperie. Pellízcome
muslos y manos para convencerme de que no sufro una pesadilla,
echado en el duro
vagón. Pero no hay duda. Estoy despierto. Me
indican que ocupe un escritorio. Un taquígrafo me ofrece un
formulario en el cual se pregunta
desde nombre del solicitante de empleo hasta cuáles son sus ideas
filosóficas, pasando, desde
luego, por aquello de si toma drogas, bebidas alcohólicas, si es
terrateniente, cuál es su temperamento,
y si no me equivoco, también si el mortal que tenga la obligación
de contestar todo
eso, alguna vez en la calle ha tropezado con un comunista. Lleno
el formulario en el acto. Luego el taquígrafo me pregunta en voz
baja: —¿Sabe
usted que va a ganar ocho pesos semanales en una bodeguita de campo? No
lo sabía, pero respondí que si. —Entonces,
firme aquí. Me
extiende una hoja impresa en inglés. Por algunas palabras que mal
entiendo de ese idioma,
me entero de que se trata de afianzarme, nada menos. Una compañía
de seguros de allende
el mar, se hace responsable de mí, sin yo conocerla... ¡y sin
conocerme, es natural! —Espere
un momento---. dice nuevamente el asistente. A
poco, viene un alemán colorado como un tomate maduro a quien he oído
llamar mister Baumer.
No sé por qué su cara me recuerda la de un sátiro. Me examina de
una mirada y me lanza
a quemarropa: —¿Usted
es el hombge? —Sí,
señor. —Espera
en aquel auto. Yo va en seguida. Se
le nota que hace esfuerzos por evitar la g. Obedezco —no hago otra
cosa desde que entré aquí..—,
y ya instalado en el vehículo veo venir al teutón seguido de otro
empleado. Traen un maletín,
una balanza y una cuerda para colgar dicho instrumento. Ocupan el
asiento delantero. El alemán
toma el volante. Resopla el motor mientras el automóvil realiza
maniobras. Luego, se tiende
calle arriba, hacia el pueblo, tragando brisa. La
ciudad se ha quedado detrás, llena de indiferencia. Cuando se
vuelve la mirada, se ven las inmensas
chimeneas, elevándose al cielo, como robando nubes. Frente a
nosotros se arrastra la carretera
gris, flexible y larga. A nuestros lados se fugan paños de montes,
potreros, bateyes diminutos
que escapan miedosos, cañaverales, bueyes. Solo,
en el asiento trasero, tirado como un fardo, observo la nuca
poderosa como de toro, del alemán
que conduce la máquina. Ni una palabra, ni una mirada me ha
dirigido. Comprendo al instante
que se me lleva allí como se lleva una cosa. Algo
raro me sucede. No creí que una alegría como la que experimenté
al salir del despacho del manager, comenzaría a desvanecerse tan
pronto. Esta completa indiferencia hacia mí, el silencio
temeroso de los empleados de aquella oficina, gentes que se mueven
como sombras, los dependientes
hablando en voz baja y como temiendo constantemente una llamada del
jefe, a quien
tienen que obedecer sin errores y sin demora; todo eso me ha causado
una desagradable impresión;
me ha dejado en una especie de vacío, con un presentimiento que no
llego a definir. En
cambio, ¡con cuánta desenvoltura hacía sonar sus grandes botas el
alemán! ¡Qué dueño de
sí mismo el asistente o segundo manager! Y el gran norteño, en su
espacioso escritorio, echado
hacia atrás en aquel cómodo sillón, luciendo su gran boca de
batracio y su vientre enorme,
como un rey en su trono. Nunca
olvidaré a esos hombres que hablan fuerte y pisan como militares.
Ni tampoco se me borrará
la visión de aquellos empleadillos —encanecidos algunos, a pesar
de ser jóvenes adosados
a sus escritorios como una maquinilla u otro instrumento del
servicio. *
* El
hambre y el ronquido monótono de la máquina me van adormeciendo, y
lo que conozco de
la gran compañía, pasa por mi mente como una cinta cinematográfica... Veo
al administrador en una especie de alcázar que le sirve de
residencia, rosado, saludable, rodeado
de unos veinticinco sirvientes, mirando abstraídamente el mar. Quizás
piense que no puede
conducir a la vez sus cinco automóviles y que su sueldo mensual
necesita cuatro cifras para
escribirse en dólares. Luego, como una procesión, van desfilando
los subalternos: el subadministrador —hombre
activísimo, cuya rigidez sólo puede ser comparada con la del
hierro—.. También
su sueldo necesita de las cuatro cifras. Siguen los jefes de
departamentos, que son algo así
como los secretarios de estado de esta república que es el central.
Se denominan superintendentes, y
los hay de tráfico (encargado de los frenes), de construcción, de
cultivo, de crianza.
Existe el auditor, que maneja las finanzas y todas las oficinas, y
finalmente, el enorme de
lo que ellos llaman Stores Departament. Sus sueldos oscilen entre
los ochocientos y seiscientos
dólares al mes además de mil comodidades y servicios que se añaden
a estos cargos que
son verdaderas canongías. Van
detrás los demás empleados de trescientos, doscientos, cien dólares
mensuales. Todos —con
rarísimas excepciones---- extranjeros que ocupan las mejores
residencias destinadas a empleados
en las avenidas del batey central Y finalmente, los empleadillos del
género de aquellos
que parecen formar parte del escritorio, a quienes sospeché tan
felices en sus casitas verdes,
con sus mujeres cariñosas y sus hijitos pequeños. La
máquina ronca, ronca. El alemán parece de plomo. Su compañero
contempla el paisaje que
se fuga veloz. De
momento un impacto me sacude el adormecimiento. Ruge el motor. Es
una recua de burros
carga, dos de víveres y carbón, que va hacia el pueblo. Sus
guiadores, hombres y mujeres ennegrecidos,
rotos y macilentos, miran con horror nuestra máquina, desesperados
porque sus animales
se han dispersado. El blanco, al moderar la marcha, ha lanzado una
palabrota en Inglés o
en alemán, que a juzgar por tono el debe significar algo atroz. El
empleado sigue mudo. Pasamos
sin cuidarnos de los campesinos ni de sus animales. La máquina
reanuda su marcha.
Vuelvo a dormitar. Un
kilómetro más allá, el automóvil disminuye nuevamente velocidad.
Cambia de dirección.
Ahora los saltos no me permiten reposo. Saco la cabeza y veo que
hemos abandonado la
carretera y vamos por un carril que semeja una cicatriz en el
vientre del gran cañaveral..Los haitianos con quienes tropezamos se
lanzan asustados entre la caña. El vehículo continúa
dando tumbos. El alemán parece un dios que domina el motor. A
poco aparece un batey a la vista. Casitas en hileras paralelas,
todas blancas, menos una, que
fuera de orden, aparece negra como el carbón, despidiendo humo por
una chimenea que le sale
del techo. Es la bomba. Detrás se levantan tres barracones con los
ojos abiertos. Más allá, la bodega,
pequeñita aplastada, se encoge en un rincón.
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