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Parte II - II

II

Ayer se ahorcó un bodeguero. Era un hombrecito flaco, blanco en canas sin ser completamente viejo. En el rostro se le retrataba el alma, fácil a naufragar en todas las tormentas.

Lo conocí una tarde, en su bodega. Me lo presentó Valerio.

Aquel hombre tenía esposa y varios hijos a quienes amaba quizás excesivamente. Vivía solo en la finca, porque según me dijo, no quería traer los suyos a estos bateyes “a que se le volvieran arados”.

Ganaba ocho pesos semanales. Era detestado del manager porque después de éste haberle negado trabajo, el hombre fue a la oficina del administrador de la compañía y allí obtuvo una  tarjeta que puso a nuestro jefe en la obligación de emplearlo.

Como en la oficina del manager se sabía que pagaba alquileres de casa en el pueblo, que sostenía a su familia, y que, además, hacía sus gastos aquí, vivían sobre él, sin darle tregua un

momento.

El alemán se convirtió en su verdugo más implacable. Cuando llegaba a su tienda, como una red le tendía mil preguntas, buscando la forma de atraparlo en alguna frase comprometedora. Los inventarios se le sucedían con inusitada frecuencia, sin dar tiempo a que se cumpliera un mes.

Tanto lo asediaron y tanto tomó a préstamo para cubrir las sumas que retiraba de la tienda — porque no hay que decir que con el sueldo no podía vivir—, que al fin no halló con qué cubrir el último déficit, y mientras le tomaban el inventario, se ahorcó en el cuarto-depósito de la bodega.

El manager ha impartido órdenes estrictas, prohibiendo que se comente el caso. El empleado a quien se sorprenda refiriendo el asunto será despedido. Los bodegueros se hallan profundamente conmovidos. Todos dicen que el alemán lo mató.

Hubo uno, que tan pronto como supo la noticia, se dio a beber desesperadamente. Pasó la noche cantando, como loco, rasgueando una guitarra cuyas cuerdas se rompían unas tras otra, sin que el músico pusiera reparo en ello. Durante ese tiempo, su querida —una de esas mujeres del arroyo que había llevado a vivir con él—, le rogó varias veces que dejara aquello y durmiera un poco. El hombre, que no le contestaba, en una de esas ocasiones saltó sobre ella gritando:

“¡Maldita! ¡Maldita! ', y le desgarró las escasas ropas que tenía puestas, borracho de ron y de ira, y le dio puntapiés, mojicones, y rebencazos, con una cuerda de pita doblada en varios cantos. La hembra, magullada y ronca, en vano imploraba, gritando. El seguía, y ¡quién sabe si le hubiera dado muerte!, de no haber llegado varias personas, al amanecer.

A las ocho de esta mañana, ante el asombro de todo el batey, el bodeguero dejó la tienda abierta, fue al teléfono y llamó a la oficina del manager.

—¡Vengan a coger su maldita bodega! —gritó.

De allá le preguntaron, asombrados:

—¿Qué le ocurre? ¿No puede esperar durante el día de hoy?

—¡Vengan! ¡Vengan! —rugió el hombre—. ¡Si no llegan pronto, la dejo abierta y la robarán los peones!

Y como por el tono de su voz se adivinaba su estado, salieron a toda velocidad hacia el lugar de la llamada. Desde que llegaron, el bodeguero comenzó a sacar sus bártulos, y no bien hubieron terminado el inventario, ya él estaba listo para marcharse. Tenía un déficit de unos cuarenta dólares y centavos. Firmó los papeles, dejó a la mujer —quizás para no ocuparse más de ella— en casa de unos vecinos, y se fue carretera arriba, con su maleta al hombro.

En alguna parte consiguió un caballo. Poco después, no sé por qué capricho, pasaba por mi bodega. Compró media botella de ron, y mientras se echaba un trago, con los ojos hundidos por la falta de sueño, limpiándose la boca con la manga de la americana, me decía:

—Le tengo pena a todos los que se quedan aquí. ¡No saldrá uno entero! ¡El que no se ahorque, no será más hombre!

Dicho esto, guardó la botella tomó su maleta y montó en el caballo que lo trajo hasta aquí.

No sé adónde irá. Probablemente tampoco él lo sabe....Una pregunta se me cuaja en el alma: ¿podrá una mujer atenuar todo esto?...

Y, a pesar del amor, se me enfría la esperanza...

La zafra va caminando. Cuando no trabajo, deshilo mis ratos mirando las múltiples escenas de la vida diaria, por el lente de una ventana. Un día de estos hubo fuego. Cuando comenzaron a levantarse las montañas de humo en medio de los cañaverales, los hombres que reposaban un momento en el batey —era mediodía—, intentaron esconderse, llenos de pánico. Vi al haitiano Jean Botis correr hacía la pieza de caña con un plato de comida en las manos, tragando mientras corría. Otros que estaban cocinando, cogieron sus calderos y huyeron con ellos. Algunos que hacían compras en la bodega, se lanzaron del balcón y se escondieron debajo del piso. Otros corrían sin dirección, En eso aparecieron Cleto y otro policía del central, galopando como centauros, machete en mano, vociferando amenazantes:

—¡Pa la candela, bando j’edegraciao! ¡Pa la candela!

Y como algunos pretendieran seguir huyendo, el cibaeño, revólver en mano, les amenazaba:

—¡Párense, jijo j’eputa! ¡Párense ante que le rompa ei pecuezo!

Algunos de los que estaban de compra, no tuvieron tiempo de guardar sus provisiones, y un viejo que salía en esos momentos del patio fue atropellado por el otro policía, y sus paquetes rodaron por tierra, deshechos. Otros que se hallaban en sus viviendas, dejaron el plato de comida por mitad, escarmentados, sin tratar de huir: y todos, formando una manada, fueron echados por delante de los caballos, a trote de bestias.

Los mayordomos de otros departamentos pasaban a galope, con las camisas hinchadas de viento y las alas de los sombreros plegadas sobre sus copas, gritando:

—¡Al fuego! ¡Al fuego!

Los blancos llegaban unos tras otros en veloces y cómodos automóviles. Iban como generales a dirigir sus ejércitos.

Yo he visto un fuego. La caña arde como paja, despidiendo un humo negro, asfixiante. El viento empuja la candela, fustigándola. Los escuadrones de peones son lanzados sobre las llamas, armados de sus mochas de trabajo, para que las detengan, trozando la caña. El calor es terrible, ¡mucho más terrible de lo que se pueda imaginar!, y las llamas tienden sus lenguas hasta los hombres, quemándoles los vellos y el pellejo. Los peones retroceden cuando una ráfaga de viento les arroja el furioso elemento encima. Aterrorizados, ardidos, locos, algunos huyen.

Mayordomos, capataces, contratistas y policías, van sobre ellos rugiendo: “¡Pa la candela, pendejos! ¡Pa la candela!” Y sus recios machetes caen de plano o de lomo sobre las espaldas de los fugitivos o de los simplemente acobardados. Entonces, todos se lanzan nuevamente, desesperados, sobre el fuego, por miedo a simples hombres armados.

Cae uno, cae otro. Son los asfixiados. Se les arrastra un poco y allí se les deja. Quizás haya un practicante.

—¡Quizás!— que haga algo por ellos. La lucha sigue. Aquel mayordomo lleva su cuadrilla, abriendo una trocha. Ya casi la termina al fin de una o más horas de batallar sin tregua, pero salta una chispa al otro lado y prosigue el fuego con nuevos ímpetus. Gritos. Los hombres están bañados en sudor, extenuados, sobregiradas a tal extremo sus energías, que ya no se explica cómo lanzan nuevos golpes. El que detenga el brazo un momento no podrá levantarlo más. Sigue el fuego, sigue el humo. ¡El fuego! ¡El humo! ¡Golpes! Los blancos dan órdenes y los hombres combaten contra las llamas hasta que logran vencerlas.

Por más de una hora me ensordeció el tiroteo de la caña que ardía. Las mujeres y los chiquillos del batey, bajo la fragua del sol, comentaban el hecho, haciendo pantallas con las manos para poder mirar hacia el lugar del siniestro. Mi vista no se aparta de las montañas de humo que se elevaban al cielo.

Cuando todo terminó los automóviles de los blancos volvieron por el mismo camino. Los mayordomos, los capataces y los contratistas, vinieron a la bodega a tomarse algunas botellas, “para no coger pasmo”, y los peones, tiznados, chamuscados, sin aliento, volvieron al corte a levantar sus carretadas de caña o a cortar otras nuevas.

Más tarde, haciendo sus compras, comentaban los sucesos. Decía un criollo llamado Montero, en tono de lamentación:

—Yo soy e l’ombre de má mala suerte. Acababa de comerme mi trozo, y dende que largué unoj mochazo en el maldito fuego, me dentró vómito y tuve que arrojarlo tó...

—¡A mi sacán casi ajogao, compai!

Dijo alguien:

—¡Ojalaí te hubiá muerto! -

Y como se oyera entre el grupo una risotada, hubo quien gruñera inconforme:

—¡Carajo, no se rían! Que cada ve que veo agolpiando a lo s’ombre y pienso que uno tiene que apagar eta maldita caña de balde, ¡me jierve la sangre!

En ese momento pasaban Cleto y su compañero con dos hombres atados por los brazos. Eran presuntos autores del fuego. Engendraba esa sospecha el hecho de haberles encontrado cachimbos y fósforos en los bolsillos, cuando ellos mismos luchaban contra las llamas.

Alguien murmuró con ira, entre dientes:

—¡Abusadore!

Pero los del cortejo, que no oyeron, siguieron —a caballo los policías; a pie los otros, sujetos a las sillas de las monturas por cuerdas nuevas de pita.

Algunas veces llueve a torrentes. Los carriles se hacen intransitables. Los hombres entran y salen del corte, mojados como guabinas, encogidos, con la mocha debajo del brazo, tiritando de frío, semidesnudos. El capataz y el viejo Dionisio se ven desde aquí con los sombreros calados, alicaídos, como muñecos de azúcar que se derriten sobre sus monturas.

En esos días más que nunca el trabajo es penoso. Los bueyes se estiran empleando todas sus fuerzas. Los del tronco tiran inclinados de frente, embarbados, sujetos al yugo que se agarra al pértigo por medio del balsón. Los tercios y guías van delante, con el hocico hacia el cielo y los cuernos hacia atrás. Las cadenas parecen estar próximas a estallar. El carretero, como una furia, poseído del vértigo del trabajo, vocea, grita, insulta, clava, hiere, golpea, hecho un demonio. El eje de la carreta se queja como un enfermo. Los bueyes tiran más y más, y todos juntos — animales, carreta y hombre— forman un grupo simbólico que no se olvida nunca...

A veces, el pértigo se rompe; se desgrana una rueda, o se vuelca la carreta. Entonces se agudiza la desdicha de todos. El picador ha de volver a levantar, caña por caña, la carretada que ya creía en el vagón. El carretero es insultado, amenazado y, a veces, despedido. Comoquiera, ese día es perdido para él y el picador.

Caen los torrentes de lluvia sobre los hombres que se deshacen en los campos de caña.

Aumentan las fiebres palúdicas en toda la finca. ¡Los mosquitos no dejan vivir! Las ramas croan hasta querer reventar. Los días son grises como la vida. Se pierde el sol...

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