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II No hace mucho que salí del
campo, pero parece que han transcurrido muchos años desde entonces. ¡Suceden tantas
cosas en dos meses! Porque nada es estable alrededor de un hombre
que se empeñe en mantenerle un rumbo fijo a su espíritu. Los demás
le forcejean con violencia; si cede, instintivamente le consideran
inferior y le desprecian; si no cede, se enfurecen contra él y le magullan o le arrojan.
Quizás nadie lo entienda, pero así es como lo veo y lo siento. Y
sobre todo ahora, recordando la
historia de estos días pasados. Al salir de la finca, mis
nervios se rompían, mi cabeza giraba, mi pecho quería reventar. Pero cuando de mi vista
desaparecieron los cañaverales y los hombres molidos, y cesó el
tormento de aquel techo de zinc de la bodega que me cocinaba vivo,
sentirme como aligerado de un enorme peso. Encerrado en el cuarto que
nos destinaron a mi mujer y a mí, dormía la mayor parte del tiempo. Atolondrado, no
pensaba en otra cosa que no fuera descansar, descansar, descansar.
.. no sé hasta cuándo hubiera
seguido así, de no haberme recordado mi compañera que los seis
pesos que me pagó el central, habían
tocado a su fin, y que era necesario buscar otros, trabajar. ¡Trabajar! ¡Dónde había
trabajo? Y dinero, ¿dónde había? Por primera vez quise creer
en la fábula del Edén, y lamenté que se hubiera perdido aquella maravilla. Desde entonces no
volví a vivir en paz, porque a todas horas parecía decirme el aspecto sombrío de mi mujer: —Busca trabajo. Busca
dinero. Yo pensaba que indudablemente
algunas personas han nacido para que nadie las comprenda, y que entre esas
me encontraba yo; porque no había uno, entre los que me rodeaban, que comprendiera mi estado de
ánimo. Todo era lamentarse de la violencia que me hizo perder el empleo, y de mi modo de ser.
Exponían con razones que consideraban irrebatibles, sus conceptos sobre la necesidad de
conservar el empleo a costa de cualquier sacrificio. Con frecuencia
les oía decir: En este tiempo hay que
soportar patadas, si es necesario, para no perder lo que nos proporciona el pan. ¡El pan! Siempre el pan. ¡Cuántas
bajezas por el pan! Y mi angustia no podía ser mayor, porque mis razonamientos,
harto oscuros para todos, se estrellaban en el muro de la incomprensión general. Tuve que resignarme a oír
sermones, consejos y mil cosas de esa laya, por el hecho de que quien lo daba todo en la casa
era el marido de mi cuñada. ¡Penosos días! La creencia
de que yo era un chiflado echaba raíces con gran rapidez. Una frialdad que congelaba el
ambiente, me azotaba el rostro. Nadie confiaba en mí. Y aquel estribillo de mi mujer: —Hace falta dinero. Busca
qué hacer. Desolado, no cesaba de
hacerme preguntas: ¿Será mi mujer un verdugo?
¿Podrá decirme alguien para qué nací? Y me iba a la calle, sin
rumbo, en busca... ¡no sabía de qué! No quedó tienda donde yo no
fuera en busca de trabajo, pero no lo obtuve sencillamente porque en los
establecimientos del pueblo, ni aun los dueños hallan qué hacer.
Todo parece estar sumido en profundo letargo.
Lo poco que se vende es a crédito y casi nunca se cobra. Los establecimientos cada vez son
menos. No puedo olvidar lo que me dijo el último comerciante con quien me entrevisté: Amigo, cualquiera le daría
trabajo, pero el negocio no vale ya la pena. Usted sabe, que el noventa por ciento de la
gente que trabaja en la región, vive del central, y que el central
ha monopolizado el negocio. Si
la compañía no ejerciera el comercio al detalle, quizás se podría
vivir, pero usted sabe que
ella lo resuelve todo con provisiones y mercancías, porque cuenta
con todos los recursos para obligar a los que dependen de ella a
comprar en sus tiendas. Sus peones cobran semanalmente y sus
empleados todas las quincenas, pero todo el mundo sabe que ello no significa nada para el que
cobra ni para nosotros. La pequeñez que le sobra a esa gente no le alcanza para nada y atento a
ella el comercio particular no puede vivir. Lo que cobran los días
de pago es una piltrafa que les
echan para que crean que trabajan por dinero, y nada más. ¡Y nada podemos decir! Porque los métodos
coercitivos que posee la compañía son tan perfectos que ante la imposibilidad de hacemos oír,
si denunciamos la extorsión, sólo nos queda el recurso de callar. ¡Sólo nos queda el recurso
de callar! Lo dijo aquel hombre y ¡de qué valía mi indignación! Nadie mejor que yo conocía
esos métodos perfectos de que se vale el central. El sistema de avances en órdenes contra
sus tiendas exclusivamente, y la pequeñez de los salarios, le dejan
muy pocas veces algún
residuo al trabajador, y como el central ejerce un espionaje
abrumador sobre sus dependientes,
ellos, por agradar al amo y por conservar el pan, gastan lo que les
sobra en sus tiendas. ¡Malditas tiendas! En ellas
es donde se paga la zafra. Es con provisiones y mercancías que arrojan como mínimo un
treinta por ciento neto de ganancias, con lo que se paga la
elaboración de los millones de quintales
de azúcar que produce la región. ¡Es con arroz, arenques, harina
de maíz, bacalao y fuerte azul,
con lo que se les paga a miles de eslavos! Porque los pagos son una mentira. El peón, el
empleado o como se llame, tiene que gastar más de un sesenta por
ciento Y
como dijo el comerciante aquel, “es necesario callar”, en vista
de que nadie prestaría oídos
a una denuncia sobre esa explotación, y estando seguros, como todos
están de que cualquier simulacro de
investigación nada llegaría a probar, porque el central es
todopoderoso. ¡Todopoderoso!
¡Todos lo saben! Los vendedores de leche, los panaderos, los
carniceros, todos gritan, todos dicen: —Si
el central sólo hiciera azúcar podríamos vivir. Y es que el
central hace de todo y vende de todo,
¡hasta hielo y carbón! ¡
Qué rapacidad! Por no dejar de quitarnos, hay días que hasta nos
quita el sol, porque el humo
de sus chimeneas es tanto, que cubre pedazos de cielo. Tales impresiones recogía en
la calle, y ¿no era natural que viera el central con horror? Allí estuve prisionero, allí fui
martirizado, humillado; allí se me cayó parte del pelo; allí vi
un amigo ahorcado, otros locos, desesperados, bajo el peso de esa
organización cuya única religión es el over. Allí —¿necesito
decirlo?— ¡allí no volvería más! Y así se lo decía a mi
mujer: —¡No vuelvo al central! ¡No
vuelvo al central! Mi situación siguió estrechándose.
Ya en La cesa se me negaba el saludo. Para todos yo era un holgazán. Un chiflado. —¡Tanto que trabaja mi
marido! —decía mi cuñada. —¡Tan estrecha la casa!
—suspiraba mi suegra. Y mi mujer. —Busca jabón para la ropa.
Busca dinero para la lavandera. Necesito un vestido. Busca trabajo. Jamás creí que se podría
acosar tanto a un hombre. Un día de esos, crucé al fin la frontera
de mis escrúpulos y me decidí
a recurrir a los viejos amigos, a los camaradas que seguían en el trapiche de la finca. Y fui a
casa de Eduardo... Recuerdo el día. ¡Qué cariñoso
recibimiento! Me abrazó como a un hermano. —Lo tuyo nos duele en carne
viva —me dijo—. ¡No sabes cuánto nos ha desalentado esa injusticia! Pero no olvides
que estamos aquí. Tú sabes que siempre puedes disponer de una
parte de nuestros sueldos. Al menos
del mío y creo que también del que gana Valerio. No sé por qué una rara
emoción me hacía encoger la piel de la cara. Un deseo de abrazarlo
fuerte y largamente me subía al corazón. No era por el
dinero que ya me había dado, sino porque al fin hallaba una persona
que no me hiciera acusaciones por haber perdido el empleo. Después, entrada la noche,
frente a una mesa donde se amontonaban unos platos con restos de comida, vaciando la
segunda botella de ron, su voz era una ola de indignación: —Los gobiernos castigan a
los desesperados que matan a los explotadores y cometen actos de terrorismo, pero a quienes
deberían castigar es a estos capitalistas sin entrañas. Cegados
por su fiebre de atesorar dinero,
y empecinados en conceptos de superioridad racial, explotan, oprimen y siembran tal rencor
en los hombres, que cuando el día del estallido inevitable llegue, la venganza de las masas lo
arrasará todo como un huracán!... Y todavía, al acostarnos, su
voz seguía diciendo: —Es
lástima que en una tierra donde siempre debió haber paz se haya
conocido esta injusticia.
Se le está creando un porvenir sombrío a nuestro pueblo, porque
nuestros hombres quedarán
incapacitados para toda obra de bien, de seguir amargándoseles así;
¡estrangularán en ellos
hasta el último buen sentimiento? Quedaba en silencio, sacudía
la cabeza y otra vez murmuraba: —¡Es una lástima!. Pasó la noche. Al día
siguiente fui en un caballo de mi amigo, hasta un pobladito que se arrastra en un camino real
que desemboca en la carretera. En ese lugar esperaría un automóvil;
mientras mi vista examinaba
aquel raro caserío que ya no podría crecer más. ¡Triste y sufrido poblado
aquel! La necesidad de vivir llevó a sus fundadores a ese lugar. Levantaron sus enramadas y
casuchas allí, porque el camino, era del gobierno y el sitio estaba
al pie de una oficina de pago
del central. Tuvieron miles de inconvenientes porque desde un principio la compañía trató
de barrerlos, pero se. agarraron con dientes y uñas a esa faja de
tierra nacional, cuyo ancho no
excede de cuarenta metros, y formaron dos hileras de casas, sin
patios. Casi todas aquellas
construcciones de madera, techadas de zinc están ocupadas por establecimientos comerciales,
y sus dueños viven porque algo venden de día en día, a los peones
de la finca. Pero es
imposible que haya en la tierra otra comunidad tan humillada como
esa. Las alambradas del central clavan
sus púas en las paredes posteriores de las casas, como dándoles un
empellón brutal, para
arrojarlas del sitio. No ha habido forma de obtener una cuarta de
tierra para letrinas y patios. Los hijos
de aquellos hombres no han hallado lugar para sus juegos infantiles,
y como una ironía: miles, ¡miles
de hectáreas del central! hasta más allá de la línea del
horizonte. Y
no son los alambres únicamente los que estrechan la vida de los
moradores de aquel poblado.
Sus tiendas, como las del pueblo, dormitan. Ese día les vi a todos,
uno por uno, leyendo periódicos, o mirando, de
codos al mostrador, la lejanía, mientras en la bodega que a la
entrada del poblado, como un tapón
les ha ajustado la compañía, una turba de peones se desgañitaba voceándoles a dos
dependientes que no podían despacharles. ¡Duro espectáculo! * * Otro día estuve donde
Valerio. Exaltado como siempre, saltó el mostrador y me alcanzó con los brazos abiertos. Lo
primero que hizo fue brindarme medio vaso de ron, porque sigue sosteniendo su vieja teoría
de que sólo borracho se puede vivir en medio de estos cañaverales.
Me habló largamente lo que significa el ron para los que no pueden
darle rumbo a su vida, y afirmó su teoría con
argumentos contundentes. —Si uno es un trapo, debe
estar borracho. ¿Qué rayos puede hacer aquí un desgraciado?.¿Pensar
en sacar over y echar barriga? ¿Sacarles las tripas a estos peones
a sangre fría? ¡No fuñan! ¡Hay que estar
borracho! Luego concluyó: —Y además, nosotros somos
hijos del ron. Estamos destinados a nacer, a crecer y a morir bajo la influencia del ron.
Esto, compadre, sólo se puede ver desde un tonel de ron. Aquí todo
es ron, mi viejo... Yo le oía, sonreído, aun a
mi pesar, y pensaba que con el ron también nos robaron la tierra, y con ella la felicidad. Esa noche nos emborrachamos,
para confirmar la teoría de Valerio. La mujer de mi amigo, como siempre, permanecía
callada, serena, sin expresión alguna, al lado de la mesita donde
una lámpara de petróleo,
derramaba su pobre luz. Los chiquillos roncaban. Cuando llegó la
hora de acostarnos, me improvisaron
dormitorio en el cuartito que en las casitas de la compañía hace
las veces de sala, cocina y
comedor. La voz de mi amigo rezongaba
desde el aposento: —No queda otro remedio que
estar borracho, hermano. ¡No queda otro remedio! Casi lloraba. Después viví unos quince días
algo tranquilo. Pero ¡son tan poca cosa ocho o diez pesos! Y los míos —¿cómo
evitarlo?— tocaron a su fin, como todo en la tierra; y volvió la
desesperación a mi vida. En la casa, el ambiente era
punzante. Mi cuñada quería romper las puertas, de tanto que las estrellaba, cuando me veía.
El marido evitaba hallarme. Mi suegra, como siempre, se mostraba indiferente y soltaba
suspiros. Hasta que al fin comprendí que allí alguien estaba de más,
molestando al resto, y que
ese alguien era yo. A esa conclusión llegué una
noche, después de acostado. Los demás, inclusive mi mujer, se desternillaban de risa en la
galería. Entré al cuarto. Mi mujer no vino, como en otros días, a
arreglarme la cama. Las
risas, afuera, seguían. Se me retorcía el corazón. Hilvanaba en
mi mente un discurso, en el cual
vaciaría todo mi desengaño antes de partir. Me colocaría en medio
de todos y les diría: ¡Eh, ustedes! Recuerden que
en mi casa fui un caballero. Todo lo mío —casi nada—, pero todo lo mío, ¡era de
ustedes! Siempre hallaron abierto mi corazón, y ahora, en pago, ¡me
echan! ¡Sí, porque no es otra cosa
lo que hacen! Me vestí. Cuando asomé a la
puerta, todos hicieron silencio, a pesar de que ninguno quiso mirarme. Les miré a todos,
erguirme cuan alto soy... ¡pero se me ahogó el discurso y me fui
sin decir palabra! Después, ¡ah! después...
¡Nadie lo creería! Lo que me sucedió no lo entendería yo mismo de haberle ocurrido a otro.
Experimentaba la sensación que sentimos cuando nos enfadamos injustamente o nos quejamos
sin razón. ¡Eso sentía yo! Y lo
repito, de haberle sucedido a otro, no lo hubiera comprendido. Una voz lejana me explicaba
todo en forma que apagaba mi indignación y aumentaba mi amargura. Las palabras venían
suaves, explícitas, bajo la lluvia que retozaba en los faroles: “Entiende, hombre, ¡entiende!
—decía—. Arráncate de la mente la injusticia: ¡Ellos tienen razón! ¿Qué hiciste? Su
hija era hermosa y fresca como una flor. Tú eras un ser en la
miseria, viruta pequeñita en el
torbellino de la explotación! Y una noche, te llevaste a la niña
hacia tu vida estrecha, lleno de egoísmo..
.” Las manos en los bolsillos
del pantalón, la solapa del saco levantada, el sombrero ajustado hasta las cejas, la espalda
encorvada, bajo la llovizna marchaba yo. La voz seguía: “Ellos tienen razón. No
son culpables de no tener ojos para ver lo que te convirtió en un
ser huraño y gris ante su niña,
que se lanzó a la vida confiado en ti ¡El over se tragó tu vida!
Le pertenecías. Debiste saber que de ti no podías dar nada, porque
todo lo tuyo —conciencia, cuerpo, corazón—, era del
monstruo que ahoga a los hombres en la agonía del más. “¿Y qué saben ellos? ¿Acaso
tienen ojos para ver tu angustia? ¿Pueden saber de tu desesperación? Tú, que
comprendías, fuiste quien obraste mal. Ahora en ti sólo ven al que
amargó la juventud de su niña,
sumiéndola egoístamente en la vorágine donde naufragó tu vida. ¡Hombre! Si conservas algo
digno en el alma, comprende. Y si no puedes ahogar tu ira, vuélvela contra ti, o contra
la fuerza que te arrebató!”. Después de eso, caminé
durante un par de horas. La llovizna caía sobre mí como un llanto. Tuve ganas de gritar, pero el
peso de mi alma era tan grande, que vagué callado, sin rumbo, más viejo que el resto de la
humanidad. Fue la puerta abierta de una
casa deshabitada la que me invitó a entrar. Allí tendí mi americana en el piso y me
tumbé como un animal herido. La llovizna seguía cayendo.
La quietud se enseñoreaba de la noche. Mi ser era una cosa gastada. Me quedé
dormido....
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