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IX

IX

La celda en tinieblas. Se dijera que las paredes han rezumado sombras. El ventanillo recorta un lienzo de cielo claro, claveteado de oro, y entre dos barrotes fulgura Venus. El cejo se cuela sutil. Antonio, a tientas, se dirige a la cama, y sobre la almohada empata el soliloquio.

En esta misma prisión le anunciaron el nacimiento del primogénito y aquí también, en la plataforma de la torre, lo hubo de recibir en sus brazos, merced a un permiso del Gobernador para que la esposa le visitara. ¡Pobre muñeco! Cuando lo excarcelaron, encontró el hogar en la miseria. Había sido preciso deshacerse de los mejores muebles y de algunas prendecitas, para capear el temporal. En los planteles, por causa de la ausencia prolongada, le remplazaron.

Había que trabajar y buscó medios: en el periodismo, ni pensarlo; menos aún en el comercio.

Ayudar a quien es mal visto por el Presidente, es comprometerse, y más tratándose de uno de los «impenitentes enemigos del orden». La cerrazón del horizonte, completa. Sentíase rodeado por muro infranqueable: la tiranía. Sitiado, acorralado, tal un pestilente, y con hijo, que no ha venido por cierto con una hogaza debajo del brazo. En aquella cabecita cubierta de hebras rubias, que tan grato calor daban a sus mejillas cuando lo añoñaba, asentó sus sueños, los que tejiera su imaginación infantil. Este los realizaría. Cada hora medía una angustia. ¡La casa, la leche, la criada del niño! ¡Cuántas puertas cerradas en su presencia! Sólo mostrábanse benévolos los contrarios: el propietario de la casa, a quien debía meses, personaje de la situación, no le notificaba desahucio lo haría cuando le conviniera; y la leche que criaba al hijo, de los potreros de otro; y la botica que acreditaba las medicinas, y la tienda, y la pulpería, y el médico. Sí, lo aprisionan en su red formidable los intereses creados. Ni siquiera interroga el porvenir. Y las gentes murmuran, porque le debe a éste y al otro, y la suspicacia escudriña en su vida. «No trabaja, quiere vivir de la política», mal dicen.

Al niño le han salido todos los dientes, le han bautizado, y come ya pan mojado en salsa de habichuelas. Es lindo, pero su lengua no ata las sílabas. La abuela recorre la escala de la familia, citando íos casos de muchachos pesados para hablar. Los meses transcurren; tampoco anda, ni siquiera gatea, y si le obligan a hacer pinitos, las piernecitas se doblan. Se arrastra por sobre la estera. Inútiles los andadores, los fortificantes y las fricciones de aguardientes balsámicos. Comienzan las consultas facultativas y las opiniones de los amigos y las recetas caseras, hasta que un doctor recién llegado de París, sentencia: «un macrocéfalo ». ¡ Qué dolor!

La inquisición del galeno penetró la ascendencia hasta el abuelo, y Antonio recordó, las mejillas ardiendo, la injuria del colegio: «tu padre, un podrido». La madre no desespera. «Los médicos se equivocan, eso se ve todos los días... tal vez en el extranjero», decía para fortalecer sus esperanzas, encomendándose a la Virgen de la Altagracia, ¡tan milagrosa! Y en promesa, para ganar su misericordia, se vistió un año entero de listado, oyó misas de rodillas, y continuó moviendo el pedal de la máquina de coser sin quejas ni reproches; mientras él, atónito, espiaba el vientre de nuevo fecundado. Y ¡cómo le laceraron esta vez los gritos de la puérpera! ¡ Qué distinta la emoción! Antes, los había escuchado impaciente, gozoso: era la corola que se abría para dar a luz el fruto inmortal de su sangre; ahora, el corazón se le oprime, líquido álgido circula por sus venas... Cuando la comadrona saliendo del aposento le avisó: «una niña, nació muerta», fogata impetuosa le caldeó, sintió vergüenza de sí mismo pero respiró libre de la duda terrible que le había atormentado durante los meses de la preñez.

En la calle, le enfadan los conocidos, que pregunta y recetan. Mortifícale tal interés, acaso maligno. La idea de inspirar conmiseración, humíllale exasperándole. Cuando alguien dice, «el pobre», le hiere. En la casa, el torcedor es cruel: si el niño reptando se le acerca, si le llama pa o si aferrado a una silla grita cimbreándose. ¡Aquella larva había sido engendrada por él! En los ojos de la suegra lee la acusación implacable, y sospecha las que en su ausencia taladran los oídos de la esposa: «Bien que te lo repetí, deja esos amores. Ese es el castigo de tu desobediencia». ¿Y ella misma, la elegida, cuando se ase a la esperanza de ir al extranjero en busca de los recursos de la ciencia, no le sugiere: «claudica, arroja lejos de ti el pasado infecundo, demuele la obra hecha, que no produce pan ni salud?». Ella y todos, son adversarios suyos. Si, sufrida, honesta, altiva, le ama; pero no acepta sin reservas la comunidad, ¿no es con él una en carne y espíritu?, ¿no comparte ya con orgullo e integralmente sus empresas? Los pesares del noviazgo, los preceptos del Código y los del apóstol, dolores y placeres, les apretaron, y hoy el hijo les separa. Aquel guiñapo humano exige sacrificios, y ella no vacila, reconoce el derecho, ciega, y amorosa. ¡Y por qué, Señor, tan tremenda expiación! ¡Ah!, los que asesinan y roban al país poseen el contento en el hogar y se recrean con hijos sanos, que hablan y corren, y el suyo se arrastra por los ladrillos húmedos del piso o se agita con movimientos de arácnido, y su lengua que sólo articula monosílabos inconexos le grita: «sacrifícame tu vanidad, tus ilusiones, tu dignidad; pon tu conciencia en almoneda»; y cuando al fin se rinda, el coro voceará: «se ha vendido para gozar. ¡ Esos son los virtuosos! ». Antonio muerde la almohada con ira, ¿pero es que eso mismo es posible? A los vencidos, el tirano todopoderoso les tira un mendrugo, y les concede además sol y aire libres... Y por un hilo tenue los conduce hacia la montaña de oro, a través de la charca, para que se atasquen hasta la nariz en el fango purulento. ¿Y qué Poder humano ni divino transmutará el veneno que corre por sus arterias? Muertos y vivos le precipitan; pero ¿ cómo romper la cadena de agravios y sufrimientos en la que cada minuto soldó un eslabón? No, el odio es también una fuerza y ya se las pagarán. Lágrimas ardientes le rescaldan las mejillas, y frunce los párpados de miedo a ver materializarse recuerdos y pensamientos. ¡ Había revivido su vida!

***

La puerta, al abrirse, taja el silencio. La llama de un candil rasga las sombras. Antonio, despertado, se incorpora. El alcaide entra, seguido de dos ayudantes, y le ordena:

—Amigo, voy a querer me haga el favor de venir.

Los ayudantes cargan catre, silla, mesa y demás trebejos. El preso sigue al carcelero por celdas y pasillos, y en la que se detienen, Antonio reconoce la antigua Capilla. Se alegra del, traslado: este calabozo tiene vista al patio de la fortaleza y a la calle. Uno de los ayudantes se le acerca con un par de grillos. Se apoya en la cama para que se los ponga. Los anillos muerden la piel, y los martillazos sobre la chaveta remáchanle en el hueso. La voz del hierro rebota en las piedras.

Antonio prorrumpe:

—¿No hay otros más estrechos? Dense gusto, que ya cobraremos; después no se quejen.

—Amigo, no se sulfure, que esto no es cosa nuestra, y puerco no se rasca en javillo. Buenas noches.

Boca arriba, se consuela, pensando: cambio de calabozo y grillos de noche; algo serio sucede en el país cuando interesa asegurar los presos. Yo dormiré mal, pero mis enemigos entre las sábanas finas, temen. El poder, el dinero, se les escapan; la hora de la venganza está próxima.

Y con ese néctar en los labios se duerme.

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La Sangre


 


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