|
|
 |

"El
Sí de las Niñas" (1806)
de Leandro Fernández de Moratín (1760-1828)
ACTO
II
ESCENA
PRIMERA
DOÑA
FRANCISCA Nadie
parece aún... (Teatro obscuro. D. Francisca se acerca a
la puerta del foro y vuelve.) ¡Qué impaciencia
tengo!... Y dice mi madre que soy una simple, que sólo
pienso en jugar y reír, y que no sé lo que es amor... Sí,
diecisiete años y no cumplidos; pero ya sé lo que es
querer bien, y la inquietud y las lágrimas que cuesta.
ESCENA
II DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA
DOÑA
IRENE Sola
y a obscuras me habéis dejado allí.
DOÑA FRANCISCA Como estaba usted acabando su carta,
mamá, por no estorbarla me he venido aquí, que está mucho
más fresco.
DOÑA IRENE Pero aquella muchacha, ¿qué hace que no
trae una luz? Para cualquiera cosa se está un año... Y yo
que tenlo un genio como una pólvora. (Siéntase.)
Sea todo por Dios... ¿Y D. Diego? ¿No ha venido?
DOÑA FRANCISCA Me parece que no.
DOÑA IRENE Pues cuenta, niña, con lo que te he
dicho ya. Y mira que no gusto de repetir una cosa dos veces.
Este caballero está sentido, y con muchísima razón.
DOÑA FRANCISCA Bien; sí, señora; ya lo sé. No me
riña usted más.
DOÑA IRENE No es esto reñirte, hija mía; esto es
aconsejarte. Porque como tú no tienes conocimiento para
considerar el bien que se nos ha entrado por las puertas...
Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo que hubiera sido
de tu pobre madre... Siempre cayendo y levantando... Médicos,
botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de D. Bruno (Dios
le haya coronado de gloria) los veinte y los treinta
reales por cada papelillo de píldoras de coloquíntida y
asafétida... Mira que un casamiento como el que vas a
hacer, muy pocas le consiguen. Bien que a las oración de
tus tías, que son unas bienaventuradas, debernos agradecer
esta fortuna, y no a tus méritos ni a mi diligencia... ¿Qué
dices?
DOÑA FRANCISCA Yo, nada, mamá.
DOÑA IRENE Pues nunca dices nada, ¡Válgame Dios,
señor!... En hablándote de esto no te ocurre nada que
decir.
ESCENA
III RITA, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA
(Sale
RITA por la puerta del foro con luces y las pone
encima de la mesa)
DOÑA
IRENE Vaya,
mujer, yo pensé que en toda la noche no venías.
RITA Señora, he tardado porque han tenido que ir a
comprar las velas. Como el tufo del velón la hace a usted
tanto daño.
DOÑA IRENE Seguro que me hace muchísimo mal, con
esta jaqueca que padezco... Los parches de alcanfor al cabo
tuve que quitármelos; si no me sirvieron de nada. Con las
obleas, me parece que me va mejor... Mira, deja una luz ahí,
y llévate la otra a mi cuarto, y corre la cortina, no se me
llene todo de mosquitos.
RITA Muy bien. (Toma una luz y hace que se va.)
DOÑA FRANCISCA (Aparte, a Rita) ¿No ha
venido?
RITA Vendrá
DOÑA IRENE Oyes, aquella carta que está sobre la
mesa, dásela al mozo de la posada para que la lleve al
instante al correo... (Vase Rita al cuarto de Dª
Irene.) Y tú, niña, ¿qué has de cenar? Porque será
menester recogernos presto para salir mañana de madrugada.
DOÑA FRANCISCA Como las monjas me hicieron
merendar...
DOÑA IRENE Con todo eso... Siquiera unas sopas del
puchero para el abrigo del estómago... (Sale Rita
con una carta en la mano, y hasta el fin de la escena hace
que se va y vuelve, según lo indica el diálogo.) Mira,
has de calentar el caldo que apartamos al medio día, y
haznos un par de tazas de sopas, y tráetelas luego que estén.
RITA ¿Y nada más?
DOÑA IRENE No, nada más... ¡Ah!, y házmelas bien
caldositas.
RITA Sí, ya lo sé.
DOÑA IRENE RITA.
RITA (Aparte) Otra. ¿Qué manda usted?
DOÑA IRENE Encarga mucho al mozo que lleve la carta
al instante... Pero no señor; mejor es... No quiero que la
lleve él, que son unos borrachones, que no se les puede...
Has de decir a Simón que digo yo que me haga el gusto de
echarla en el correo. ¿Lo entiendes?
RITA Sí, señora.
DOÑA IRENE ¡Ah, mira.
RITA (Aparte) Otra.
DOÑA IRENE Bien que ahora no corre prisa... Es
menester que luego me saques de ahí al tordo y colgarle por
aquí, de modo que no se caiga y se me lastime... (Vase
Rita por la puerta del foro.) ¡Qué noche tan mala me
dio!...¡Pues no se estuvo el animal toda la noche de Dios
rezando el Gloria Patri y la oración del Santo Sudario!...
Ello, por otra parte, edificaba, cierto. Pero cuando se
trata de dormir...
ESCENA
IV DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA
DOÑA
IRENE Pues
mucho será que D. DIEGO no haya tenido algún
encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto que es un señor
muy mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡Tan
atento! ¡Tan bien hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad
se porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y de posibles...¡Y
qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene... Es mucho
aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡Qué batería de cocina! ¡Y
qué despensa llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no
parece que atiendes a lo que estoy diciendo.
DOÑA FRANCISCA Sí, señora, bien lo oigo; pero no
la quería interrumpir a usted.
DOÑA IRENE Allí estarás, hija mía, como el pez en
el agua; pajaritas del aire que apetecieras las tendrías,
porque como él te quiere tanto, y es un caballero tan de
bien y tan temeroso de Dios... Pero mira, Francisquita, que
me cansa de veras el que siempre que te hablo de esto hayas
dado en la flor de no responderme palabra... ¡Pues no es
cosa particular, señor!
DOÑA FRANCISCA Mamá, no se enfade usted.
DOÑA IRENE No es buen empeño de... ¿Y te parece a
ti que no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?... ¿No
ves que conozco las locuras que se te han metido en esa
cabeza de chorlito?... ¡Perdóneme Dios!
DOÑA FRANCISCA Pero... Pues ¿qué sabe usted?
DOÑA IRENE ¿Me quieres engañar a mí, eh? ¡Ay,
hija! He vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha
penetración para que tú me engañes.
DOÑA FRANCISCA (Aparte) ¡Perdida soy!
DOÑA IRENE Sin contar con su madre... Como si tal
madre no tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera sido
con esta ocasión, de todos modos era ya necesario sacarte
del convento. Aunque hubiera tenido que ir a pie y sola por
ese camino, te hubiera sacado de allí...¡Mire ,usted qué
juicio de niña éste! Que porque ha vivido un poco de
tiempo entre monjas,. ya se la puso en la cabeza el ser ella
monja también... Ni qué entiende ella de eso, ni qué...
En todos los estados se sirve a Dios, Frasquita; pero el
complacer a su madre, asistirla, acompañarla y ser el
consuelo de sus trabajos, ésa es la primera obligación de
una hija obediente... Y sépalo usted, si no lo sabe.
DOÑA FRANCISCA Es verdad, mamá... Pero yo nunca he
pensado abandonarla usted.
DOÑA IRENE Sí, que no sé yo...
DOÑA FRANCISCA No, señora. Créame usted. La
Paquita nunca se apartará de su madre,
ni la dará disgustos.
DOÑA IRENE Mira si es cierto lo que dices.
DOÑA FRANCISCA Sí, señora; que yo no sé mentir.
DOÑA IRENE Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho.
Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no
te portas en todo como corresponde... Cuidado con ello.
DOÑA FRANCISCA (Aparte) ¡Pobre de mí!
ESCENA V
D. DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA
(Sale D.
DIEGO por la puerta del foro y deja sobre la mesa
sombrero y bastón)
DOÑA
IRENE Pues
¿cómo tan tarde?
D. DIEGO Apenas salí tropecé con el rector de Málaga
y el doctor Padilla, y hasta que me han hartado bien de
chocolate y bollos no me han querido soltar... (Siéntase
junto a Doña Irene.) Y a todo esto, ¿cómo va?
DOÑA IRENE Muy bien.
D. DIEGO ¿Y Doña Paquita?
DOÑA IRENE Doña Paquita siempre acordándose de sus
monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de bisiesto, y
pensar sólo en dar gusto a su madre y obedecerla.
D. DIEGO ¡Qué diantre! ¿Conque tanto se acuerda
de... ?
DOÑA IRENE ¿Qué se admira usted? Son niñas... No
saben lo que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad, así,
tan...
D. DIEGO No; poco a poco; eso no. Precisamente en esa
edad son las pasiones algo más enérgicas y decisivas que
en la nuestra, y por cuanto la razón se halla todavía
imperfecta y débil, los ímpetus del corazón son mucho más
violentos... (Asiendo de una mano a Doña Francisca, la
hace sentar inmediata a él.) Pero de veras, Doña
Paquita, ¿se volvería usted al convento de buena gana?...
La verdad.
DOÑA IRENE Pero si ella no...
D. DIEGO Déjela usted, señora; que ella responderá.
DOÑA FRANCISCA Bien sabe usted lo que acabo de
decirla... No permita Dios que yo la dé que sentir.
D. DIEGO Pero eso lo dice usted tan afligida y...
DOÑA IRENE Si es natural, señor. ¿No ve usted
que... ?
D. DIEGO Calle usted, por Dios, Doña Irene, y no me
diga usted a mí lo que es natural. Lo que es natural es que
la chica esté llena de miedo, y no se atreva a decir una
palabra que se oponga a lo que su madre quiere que diga...
Pero si esto hubiese, por vida mía que estábamos lucidos.
DOÑA FRANCISCA No, señor; lo que dice su merced,
eso digo yo; lo mismo. Porque en todo lo que me mande la
obedeceré.
D. DIEGO ¡Mandar, hija mía!... En estas materias
tan delicadas los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan,
proponen, aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero
mandar!... ¿Y quién ha de evitar después las resultas
funestas de lo que mandaron?... Pues ¿cuántas veces vemos
matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas
solamente porque un padre tonto se metió a mandar lo que no
debiera?... ¡Eh! No, señor; eso no va bien... Mire usted,
Doña Paquita, yo no soy de aquellos hombres que se
disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni mi edad
son para enamorar perdidamente a nadie; pero tampoco he creído
imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase a
quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se
parece a la amistad, y es el único que puede hacer los
matrimonios felices. Para conseguirlo no he ido a buscar
ninguna hija de familia de estas que viven en una decente
libertad... Decente, que yo no culpo lo que no se opone al
ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas
ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro
amante más apetecible que yo? Y en Madrid, figúrese usted
en un Madrid... Lleno de estas ideas me pareció que tal vez
hallaría en usted todo cuanto deseaba.
DOÑA IRENE Y puede usted creer, señor D. Diego,
que...
D. DIEGO Voy a acabar, señora; déjeme usted acabar.
Yo me hago cargo, querida Paquita, de lo que habrán
influido en una niña tan bien inclinada como usted las
santas costumbres que ha visto practicar en aquel inocente
asilo de la devoción y la virtud; pero si a pesar de todo
esto la imaginación acalorada, las circunstancias
imprevistas, la hubiesen hecho elegir sujeto más digno,
sepa usted que yo no quiero nada con violencia. Yo soy
ingenuo; mi corazón y mi lengua no se contradicen jamás.
Esto mismo la pido a usted, Paquita: sinceridad, el cariño
que a usted la tengo no la debe hacer infeliz... Su madre de
usted no es capaz de querer una injusticia, y sabe muy bien
que a nadie se le hace dichoso por fuerza. Si usted no halla
en mí prendas que la inclinen, si siente algún otro
cuidadillo en su corazón, créame usted, la menor
disimulación en esto nos daría a todos muchísimo que
sentir.
DOÑA IRENE ¿Puedo hablar ya, señor?
D. DIEGO Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y
sin intérprete.
DOÑA IRENE Cuando, yo se lo mande.
D. DIEGO Pues ya puede usted mandárselo, porque a
ella la toca responder... Con ella he de casarme, con usted
no.
DOÑA IRENE Yo creo, señor D. Diego, que ni con ella
ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?... Bien dice
su padrino, y bien claro me lo escribió pocos días ha,
cuando le di parte de este casamiento. Que aunque no la ha
vuelto a ver desde que la tuvo en la pila, la quiere muchísimo;
y a cuantos pasan por el Burgo de Osma les pregunta cómo
está, y continuamente nos envía memorias con el ordinario.
D. DIEGO Y bien, señora, ¿qué escribió el
padrino?... , por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de
eso con lo que estamos hablando?
DOÑA IRENE Sí señor que tiene que ver; sí señor.
Y aunque yo lo diga, le aseguro a usted que ni un padre de
Atocha hubiera puesto una carta mejor que la que él me envió
sobre el matrimonio de la niña... Y no es ningún catedrático,
ni bachiller, ni nada de eso, sino un cualquiera, como quien
dice, un hombre de capa y espada, con un empleillo infeliz
en el ramo del viento, que apenas le da para comer... Pero
es muy ladino, y sabe de todo, y tiene una labia y escribe
que da gusto... Cuasi toda la carta venía en latín, no le
parezca a usted, y muy buenos consejos que me daba en
ella... Que no es posible sino que adivinase lo que nos está
sucediendo.
D. DIEGO Pero, señora, si no sucede nada, ni hay
cosa que a usted la deba disgustar.
DOÑA IRENE Pues ¿no quiere usted que me disguste oyéndole
hablar de mi hija en términos que... ? ¡Ella otros amores
ni otros cuidados!... Pues si tal hubiera...¡Válgame
Dios!…, la mataba a golpes, mire usted... Respóndele, una
vez que quiere que hables, y que yo no chiste. Cuéntale los
novios que dejaste en Madrid cuando tenías doce años, y
los que has adquirido en el convento al lado de aquella
santa mujer. Díselo para que se tranquilice, y...
D. DIEGO Yo, señora, estoy más tranquilo que usted.
DOÑA IRENE Respóndele.
DOÑA FRANCISCA Yo no sé qué decir. Si ustedes se
enfadan.
D. DIEGO No, hija mía; esto es dar alguna expresión
a lo que se dice; pero enfadarnos no, por cierto. Doña
Irene sabe lo que yo la estimo.
DOÑA IRENE Sí, señor, que lo sé, y estoy
sumamente agradecida a los favores que usted nos hace... Por
eso mismo...
D. DIEGO No se hable de agradecimiento; cuanto yo
puedo hacer, todo es poco... Quiero sólo que Doña Paquita
esté contenta.
DOÑA IRENE ¿Pues no ha de estarlo? Responde.
DOÑA FRANCISCA Sí, señor, que lo estoy.
D. DIEGO Y que la mudanza de estado que se la
previene no la cueste el menor sentimiento.
DOÑA IRENE No, señor, todo al contrario... Boda más
a gusto de todos no se pudiera imaginar.
D. DIEGO En esa inteligencia puedo asegurarla que no
tendrá motivos de arrepentirse después. En nuestra compañía
vivirá querida y adorada, y espero que a fuerza de
beneficios he de merecer su estimación y su amistad.
DOÑA FRANCISCA Gracias, señor don Diego... ¡A una
huérfana, pobre, desvalida como yo!...
D. DIEGO Pero de prendas tan estimables que la hacen
a usted digna todavía de mayor fortuna.
DOÑA IRENE Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita.
DOÑA FRANCISCA ¡Mamá! (Levántase, abraza a su
madre y se acarician mutuamente.)
DOÑA IRENE ¿Ves lo que te quiero?
DOÑA FRANCISCA Sí, señora.
DOÑA IRENE ¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo
otro pío sino el de verte colocada antes que yo falte?
DOÑA FRANCISCA Bien lo conozco.
DOÑA IRENE ¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena?
DOÑA FRANCISCA Sí, señora.
DOÑA IRENE ¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere
tu madre!
DOÑA FRANCISCA Pues ¿qué? ¿No la quiero yo a
usted?
D. DIEGO Vamos, vamos de aquí. (Levántase D.
Diego, y después Doña Irene.) No venga alguno y nos
halle a los tres llorando como tres chiquillos.
DOÑA IRENE Sí, dice usted bien.
(Vanse
los dos al cuarto de Doña Irene. DOÑA FRANCISCA va
detrás, y RITA, que sale por la puerta del foro, la
hace detener.)
ESCENA
VI RITA, DOÑA FRANCISCA
RITA
Señorita... ¡Eh! chit..., señorita...
DOÑA FRANCISCA ¿Qué quieres?
RITA Ya ha venido.
DOÑA FRANCISCA ¿Cómo?
RITA Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un
abrazo con licencia de usted, y ya sube por la escalera.
DOÑA FRANCISCA ¡Ay, Dios!... ¿Y qué debo hacer?
RITA ¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que importa es no
gastar el tiempo en melindres de amor... Al asunto... y
juicio... Y mire usted que en el paraje en que estamos la
conversación no puede ser muy larga... ahí está.
DOÑA FRANCISCA Sí... Él es.
RITA Voy a cuidar de aquella gente... Valor, señorita,
y resolución. (Rita se entra en el cuarto de Doña
Irene.)
DOÑA FRANCISCA No, no; que yo también... Pero
no lo merece.
ESCENA
VII D. CARLOS, DOÑA FRANCISCA
(Sale D.
CARLOS por la puerta del foro)
D.
CARLOS ¡Paquita!...
¡Vida mía! Ya estoy aquí... ¿Cómo va, hermosa; cómo
va?
DOÑA FRANCISCA Bien venido.
D. CARLOS ¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi
llegada más alegría?
DOÑA FRANCISCA Es verdad; pero acaban de sucederme
cosas que me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien
lo sabe usted... Después de escrita aquella carta, fueron
por mí... Mañana a Madrid... Ahí está mi madre.
D. CARLOS ¿En dónde?
DOÑA FRANCISCA Ahí, en ese cuarto. (Señalando
al cuarto de Dª Irene.)
D. CARLOS ¿Sola?
DOÑA FRANCISCA No, señor.
D. CARLOS Estará en compañía del prometido esposo.
(Se acerca al cuarto de Doña Irene, se detiene y
vuelve.) Mejor... Pero ¿no hay nadie más con ella?
DOÑA FRANCISCA Nadie más, solos están... ¿Qué
piensa usted hacer?
D. CARLOS Si me dejase llevar de mi pasión y de lo
que esos ojos me inspiran, una temeridad... Pero tiempo
hay... Él también será hombre de honor, y no es justo
insultarle porque quiere bien a una mujer tan digna de ser
querida... Yo no conozco a su madre de usted ni... Vamos,
ahora nada se puede hacer... Su decoro de usted merece la
primera atención.
DOÑA FRANCISCA Es mucho el empeño que tiene en que
me case con él.
D. CARLOS No importa.
DOÑA FRANCISCA Quiere que esta boda se celebre así
que lleguemos a Madrid.
D. CARLOS ¿Cuál?... No. Eso no.
DOÑA FRANCISCA Los dos están de acuerdo, y dicen...
D. CARLOS Bien. Dirán... Pero no puede ser.
DOÑA FRANCISCA Mi madre no me habla continuamente de
otra materia. Me amenaza, me ha llenado de temor... El insta
por su parte, me ofrece tantas cosas, me...
D. CARLOS Y usted, ¿qué esperanza le da?... ¿Ha
prometido quererle mucho?
DOÑA FRANCISCA ¡Ingrato!... ¿Pues no sabe usted
que... ? ¡Ingrato!
D. CARLOS Sí; no lo ignoro, Paquita... Yo he sido el
primer amor.
DOÑA FRANCISCA Y el último.
D. CARLOS Y antes perderé la vida que renunciar al
lugar que tengo en ese corazón... Todo él es mío... ¿Digo
bien? (Asiéndola de las manos.)
DOÑA FRANCISCA ¿Pues de quién ha de ser?
D. CARLOS ¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me
anima!... Una sola palabra de esa boca me asegura... Para
todo me da valor... En fin, ya estoy aquí... ¿Usted me
llama para que la defienda, la libre, la cumpla una obligación
mil y mil veces prometida? Pues a eso mismo vengo yo... Si
ustedes se van a Madrid mañana, yo voy también. Su madre
de usted sabrá quién soy... Allí puedo contar con el
favor de un anciano respetable y virtuoso, a quien más que
tío debo llamar amigo y padre. No tiene otro deudo más
inmediato ni más querido que yo; es hombre muy rico, y si
los dones de la fortuna tuviesen para usted algún
atractivo, esta circunstancia añadiría felicidades a
nuestra unión.
DOÑA FRANCISCA ¿Y qué vale para mí toda la
riqueza del mundo?
D. CARLOS Ya lo sé. La ambición no puede agitar a
un alma tan inocente.
DOÑA FRANCISCA Querer y ser querida... No apetezco más
ni conozco mayor fortuna.
D. CARLOS Ni hay otra... Pero usted debe serenarse, y
esperar que la suerte mide nuestra aflicción presente en
durables dichas.
DOÑA FRANCISCA ¿Y qué se ha de hacer para que a mi
pobre madre no le cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere
tanto!... Si acabo de decirla que no la disgustaré, ni me
apartaré de su lado jamás; que siempre seré obediente y
buena,. ¡Y me abrazaba con tanta ternura! Quedó tan
consolada con lo poco que acerté a decirla... Yo no sé, no
sé qué camino ha de hallar usted para salir de estos
ahogos.
D. CARLOS Yo le buscaré... ¿No tiene usted
confianza en mí?
DOÑA FRANCISCA ¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa
usted que estuviera yo viva si esa esperanza no me animase?
Sola y desconocida de todo el mundo, ¿qué había yo de
hacer? Si usted no hubiese venido, mis melancolías me
hubieran muerto, sin tener a quién volver los ojos, ni
poder comunicar a nadie la causa de ellas... Pero usted ha
sabido proceder como caballero y amante, y acaba de darme
con su venida la prueba de lo mucho que me quiere. (Se
enternece y llora.)
D. CARLOS ¡Qué llanto!...¡Cómo persuade!... Sí,
Paquita, yo sólo basto para defenderla a usted de cuantos
quieran oprimirla. A un amante favorecido, ¿quién puede
oponérsele? Nada hay que temer.
DOÑA FRANCISCA ¿Es posible?
D. CARLOS Nada... Amor ha unido nuestras almas en
estrechos nudos, y sólo la muerte bastará a dividirlas.
ESCENA
VIII RITA, D. CARLOS, DOÑA FRANCISCA
RITA
Señorita, adentro. La mamá pregunta por usted. Voy a
traerla cena, y se van a recoger al instante... Y usted, señor
galán, ya puede también disponer de su persona.
D. CARLOS Sí, que no conviene anticipar sospechas...
Nada tengo que añadir.
DOÑA FRANCISCA Ni yo.
D. CARLOS Hasta mañana. Con la luz del día veremos
a este dichoso competidor.
RITA Un caballero muy honrado, muy rico, muy
prudente; con su chupa larga, su camisola limpia y sus
sesenta años debajo del peluquín. (Se va por la puerta
del foro)
DOÑA FRANCISCA Hasta mañana.
D. CARLOS Adiós. Paquita.
DOÑA FRANCISCA Acuéstese usted y descanse.
D. CARLOS ¿Descansar con celos?
DOÑA FRANCISCA ¿De quién?
D. CARLOS Buenas noches... Duerma usted bien,
Paquita,
DOÑA FRANCISCA ¿Dormir con amor?
D. CARLOS Adiós, vida mía.
DOÑA FRANCISCA Adiós. (Éntrase al cuarto de Doña
Irene)
ESCENA
IX D. CARLOS, CALAMOCHA, RITA
D.
CARLOS ¡Quitármela!
(Paseándose inquieto.) No... sea quien fuere, no me
la quitará. Ni su madre ha de ser tan imprudente que se
obstine en verificar ese matrimonio repugnándolo su
hija..., mediando yo... ¡Sesenta años!... Precisamente será
muy rico...¡El dinero!... Maldito él sea, que tantos desórdenes
origina.
CALAMOCHA Pues, señor (sale por la puerta del
foro), tenemos un medio cabrito asado, y... a lo menos
parece cabrito. Tenemos una magnífica ensalada de berros,
sin anapelos ni otra materia extraña, bien lavada,
escurrida y condimentada por estas manos pecadoras, que no
hay más que pedir. Pan de Meco, vino de la Tercia... Conque
si hemos de cenar y dormir, me parece que sería bueno...
D. CARLOS Vamos... ¿Y adónde ha de ser?
CALAMOCHA Abajo... Allí he mandado disponer una
angosta y fementida mesa, que parece un banco de herrador.
RITA ¿Quién quiere sopas? (Sale por la puerta
del foro con unos platos, taza cuchara y servilleta.)
D. CARLOS Buen provecho.
CALAMOCHA Si hay alguna real moza que guste de cenar
cabrito, levante el dedo.
RITA La real moza se ha comido ya media cazuela de
albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar. (Éntrase
al cuarto de Doña Irene.)
CALAMOCHA Agradecida te quiero yo,
niña de mis ojos.
D. CARLOS Conque ¿vamos?
CALAMOCHA ¡Ay, ay, ay!... (Calamocha
se encamina a la puerta del foro, y vuelve; hablan él y D.
Carlos,, con reservas, hasta que Calamocha se adelanta a
saludar a Simón.) ¡Eh!
Chit, digo...
D. CARLOS ¿Qué?
CALAMOCHA ¿No ve usted lo que viene por allí?
D. CARLOS ¿Es Simón?
CALAMOCHA El mismo... Pero ¿quién diablos le... ?
D. CARLOS ¿Y qué haremos?
CALAMOCHA ¿Qué sé yo?... Sonsacarle, mentir y...
¿Me da usted licencia para que...?
D. CARLOS Si; miente lo que quieras... ¿A qué habrá
venido este hombre?
ESCENA X
SIMÓN, D. CARLOS, CALAMOCHA
(SIMÓN
sale por la puerta del foro)
CALAMOCHA
SIMÓN, ¿tú por aquí?
SIMÓN Adiós, Calamocha. ¿Cómo va?
CALAMOCHA Lindamente.
SIMÓN ¡Cuánto me alegro de... !
D. CARLOS ¡Hombre! ¿Tú en Alcalá? ¿Pues qué
novedad es ésta?
SIMÓN ¡Oh, que estaba usted ahí, señorito!...¡Voto
va sanes!
D. CARLOS ¿Y mi tío?
SIMÓN Tan bueno.
CALAMOCHA ¿Pero se ha quedado en Madrid, o...?
SIMÓN ¿Quién me había de decir a mí... ? ¡Cosa
como ella! Tan ajeno estaba yo ahora de... Y usted, de cada
vez más guapo... ¿Conque usted irá a ver al tío, eh?
CALAMOCHA Tú habrás venido con algún encargo del
amo.
SIMÓN ¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese
camino! ¡Ya, ya!
CALAMOCHA Alguna cobranza tal vez, ¿eh?
D. CARLOS Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de
hacienda en Ajalvir... ¿No has venido a eso?
SIMÓN ¡Y qué buena maula le ha salido el tal
administrador! Labriego más marrullero y más bellaco no le
hay en toda la campiña... ¿Conque usted viene ahora de
Zaragoza?
D. CARLOS Pues... Figúrate tú.
SIMÓN ¿O va usted allá?
D. CARLOS ¿Adónde?
SIMÓN A Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?
CALAMOCHA Pero, hombre, si salirnos el verano pasado
de Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de cuatro
leguas?
SIMÓN ¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y
tardan más de cuatro meses en llegar... Debe de ser un
camino muy malo.
CALAMOCHA (Aparte, separándose de Simón:
¡Maldito seas tú y tu camino, y la bribona que te dio
papilla!)
D. CARLOS Pero aún no me has dicho si mí tío
está en Madrid o en Alcalá, ni a qué has venido, ni...
SIMÓN Bien, a eso voy... Sí señor, voy a decir a
usted... Conque... Pues el amo me dijo...
ESCENA
XI D. DIEGO, D. CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA
D. DIEGO
No (desde
adentro.), no es menester; si hay luz aquí. Buenas
noches, Rita.
(D.
CARLOS se turba y se aparta a un extremo del teatro)
D.
CARLOS ¡Mi
tío!...
D. DIEGO ¡SIMÓN! (Sale del cuarto de Dª
Irene, encaminándose al suyo; repara en D. CARLOS y
se acerca a él. Simón le alumbra y vuelve a dejar
la luz sobre la mesa)
SIMÓN Aquí estoy, señor.
D. CARLOS (Aparte) ¡Todo se ha perdido!
D. DIEGO Vamos... Pero... ¿quién es?
SIMÓN Un amigo de usted, señor.
D. CARLOS (Aparte) ¡Yo estoy muerto!
D. DIEGO ¿Cómo un amigo?... ¿Qué?... Acerca esa
luz.
D. CARLOS Tío. (En ademán de besar la mano a D.
Diego, que le aparta de sí con enojo)
D. DIEGO Quítate de ahí.
D. CARLOS Señor.
D. DIEGO Quítate... No sé cómo no le... ¿Qué
haces aquí?
D. CARLOS Si usted se altera y...
D. DIEGO ¿Qué haces aquí?
D. CARLOS Mi desgracia me ha traído.
D. DIEGO ¡Siempre dándome que sentir, siempre!
Pero... (Acercándose a D. Carlos.) ¿Qué dices? ¿De
veras ha ocurrido, alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te
sucede?... ¿Por qué estás aquí?
CALAMOCHA Porque le tiene a usted ley, y Le quiere
bien, y...
D. DIEGO A ti no te pregunto nada... ¿Por qué has
venido de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te
asusta el verme?... Algo has hecho: sí, alguna locura has
hecho que le habrá de costar la vida a tu pobre tío.
D. CARLOS No, señor; que nunca olvidaré las máximas
de honor y prudencia que usted me ha inspirado tantas veces.
D. DIEGO Pues ¿a qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son
deudas? ¿Es algún disgusto con tus jefes?... Sácame de
esta inquietud, Carlos... Hijo mío, sácame de este afán.
CALAMOCHA Si todo ello no es más que...
D. DIEGO Ya he dicho que calles... Ven acá. (Tomándole
de la mano se aparta con él a un extremo del teatro, y le
habla en voz baja.) Dime qué ha sido.
D. CARLOS Una ligereza, una falta de sumisión a
usted... Venir a Madrid sin pedirle licencia primero... Bien
arrepentido estoy, considerando la pesadumbre que le he dado
al verme.
D. DIEGO ¿Y qué otra cosa hay?
D. CARLOS Nada más, señor.
D. DIEGO Pues ¿qué desgracia era aquella de que me
hablaste?
D. CARLOS Ninguna. La de hallarle a usted en este
paraje... y haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba
sorprenderle en Madrid, estar en su compañía algunas
semanas y volverme contento de haberle visto.
D. DIEGO ¿No hay más?
D. CARLOS No, señor.
D. DIEGO Míralo bien.
D. CARLOS No, señor... A eso venía. No hay nada más.
D. DIEGO Pero no me digas tú a mí... Si es
imposible que estas escapadas se... No, señor... ¿Ni quién
ha de permitir que un oficial se vaya cuando se le antoje, y
abandone de ese modo sus banderas?... Pues si tales ejemplos
se repitieran mucho, adiós disciplina militar... Eso no
puede ser.
D. CARLOS Considere usted, tío, que estamos en
tiempo de paz; que en Zaragoza no es necesario un servicio
tan exacto como en otras plazas, en que no se permite
descanso a la guarnición... Y en fin, puede usted creer que
este viaje supone la aprobación y la licencia de mis
superiores, que yo también miro por mi estimación, y que
cuando me he venido, estoy seguro de que no hago falta.
D. DIEGO Un oficial siempre hace falta a sus
soldados. El rey le tiene allí para que los instruya, los
proteja y les dé ejemplo de subordinación, de valor, de
virtud.
D. CARLOS Bien está; pero ya he dicho los motivos...
D. DIEGO Todos esos motivos no valen nada... ¡Porque
le dio la gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío de
usted no es verle cada ocho días, sino saber que es hombre
de juicio, y que cumple con sus obligaciones. Eso es lo que
quiere... Pero (alza la voz y se pasea con inquietud)
yo tomaré mis medidas para que estas locuras no se repitan
otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse
inmediatamente.
D. CARLOS Señor, si...
D. DIEGO No hay remedio... Y ha de ser al instante.
Usted no ha de dormir aquí.
CALAMOCHA Es que los caballos no están ahora para
correr... ni pueden moverse.
D. DIEGO Pues con ellos (a Calamocha)
y con las maletas al mesón de afuera. Usted (a D.
Carlos) no ha de dormir aquí... Vamos (a Calamocha)
tú, buena pieza, menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto
que se haya hecho, sacar los caballos y marchar... Ayúdale
tú... (A Simón.) ¿Qué dinero tienes ahí?
SIMÓN Tendré unas cuatro o seis onzas. (Saca de
un bolsillo algunas monedas y se las da a D. Diego)
D. DIEGO Dámelas acá... Vamos, ¿qué haces? (A
Calamocha.) ¿No he dicho que ha de ser al
instante?... Volando. Y tú (A Simón) ve con
él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se
hayan ido. (Los dos criados entran en el cuarto de D.
Carlos)
ESCENA
XII D. DIEGO, D. CARLOS
D. DIEGO
Tome
usted. (Le da el dinero.) Con eso hay bastante para
el. camino... Vamos, que cuando yo lo dispongo así, bien sé
lo que me hago... ¿No conoces que es todo por tu bien, y
que ha sido un desatino lo que acabas de hacer?... Y no hay
que afligirse por eso, ni creas que es falta de cariño...
Ya sabes lo que te he querido siempre; y en obrando tú según
corresponde, seré tu amigo como lo he sido hasta aquí.
D. CARLOS Ya lo sé.
D. DIEGO Pues bien; ahora obedece lo que te mando.
D. CARLOS Lo haré sin falta.
D. DIEGO Al mesón de afuera. (A los criados, que
salen con los trastos del cuarto de D. Carlos, y se van por
la puerta del foro.) Allí puedes dormir, mientras los
caballos comen y descansan... Y no me vuelvas aquí por ningún
pretexto ni entres en la ciudad... ¡Cuidado! Y a eso de las
tres o las cuatro, marchar. Mira que he de saber a la hora
que sales. ¿Lo entiendes?
D. CARLOS Sí, señor.
D. DIEGO Mira que lo has de hacer.
D. CARLOS Sí, señor; haré lo que usted manda.
D. DIEGO Muy bien... Adiós... Todo te lo perdono...
Vete con Dios... Y yo sabré también cuándo llegas a
Zaragoza; no te parezca que estoy ignorante de lo que
hiciste la vez pasada.
D. CARLOS ¿Pues qué hice yo?
D. DIEGO Si te digo que lo sé, y que te lo perdono,
¿qué más quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso.
Vete.
D. CARLOS Quede usted con Dios. (Hace que se va, y
vuelve)
D. DIEGO ¿Sin besar la mano a su tío, eh?
D. CARLOS No me atreví. (Besa la mano a D.Diego
y se abrazan)
D. DIEGO Y dame un abrazo, por si no nos volvemos
a ver.
D. CARLOS ¿Qué dice usted? ¡No lo permita Dios!
D. DIEGO ¡Quién sabe, hijo mío! ¿Tienes algunas
deudas? ¿Te falta algo?
D. CARLOS No, señor; ahora, no.
D. DIEGO Mucho es, porque tú siempre tiras por
largo... Como cuentas con la bolsa del tío... Pues bien; yo
escribiré al señor Aznar para que te dé cien doblones de
orden mía. Y mira cómo lo gastas... ¿Juegas?
D. CARLOS No, señor; en mi vida.
D. DIEGO Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y no
te acalores: jornadas regulares y nada más... ¿Vas
contento?
D. CARLOS No, señor. Porque usted me quiere mucho,
me llena de beneficios, y yo le pago mal.
D. DIEGO No se hable ya de lo pasado... Adiós.
D. CARLOS ¿Queda usted enojado conmigo?
D. DIEGO No, por cierto... Me disgusté bastante,
pero ya se acabó... No me des que sentir. (Poniéndole
ambas manos sobre los hombros.) Portarse como hombre de
bien.
D. CARLOS No lo dude usted.
D. DIEGO Como oficial de honor.
D. CARLOS Así lo prometo.
D. DIEGO Adiós, Carlos. (Abrázanse.)
D. CARLOS (Aparte, al irse por la puerta del
foro.) ¡Y la dejo!... ¡Y la pierdo para siempre!
ESCENA
XIII
D. DIEGO
Demasiado
bien se ha compuesto... Luego lo sabrá enhorabuena... Pero
no es lo mismo escribírselo que... Después de hecho, no
importa nada. ¡Pero siempre aquel respeto al tío!.. Como
una malva es. (Se enjuga las lágrimas, toma una luz y se
va a su cuarto. Queda obscura la escena por un breve
espacio)
ESCENA
XIV DOÑA FRANCISCA, RITA
(Salen
del cuarto de doña Irene. Rita sacará una luz y la pone
sobre la mesa)
RITA
Mucho silencio hay por aquí.
DOÑA FRANCISCA Se habrán recogido ya..., Estarán
rendidos,
RITA Precisamente.
DOÑA FRANCISCA ¡Un camino tan largo!
RITA ¡A lo que obliga el amor, señorita!
DOÑA FRANCISCA Sí; bien puedes decirlo: amor... Y
yo ¿qué no hiciera por él?
RITA Y deje usted, que no ha de ser éste el último
milagro. Cuando lleguemos a Madrid, entonces será ella...
El pobre D. Diego ¡qué chasco se va a llevar! Y por
otra parte, vea usted qué señor tan bueno, que cierto da lástima...
DOÑA FRANCISCA Pues en eso consiste todo. Si él
fuese un hombre despreciable, ni mi madre hubiera admitido
su pretensión, ni yo tendría que disimular mi repugnancia.
Pero ya es otro tiempo, Rita. D. Félix ha venido, y ya no
temo a nadie. Estando mi fortuna en su mano, me considero la
más dichosa de las mujeres.
RITA ¡Ay! Ahora que me acuerdo... Pues poquito me lo
encargó... Ya se ve, si con estos amores tengo yo también
la cabeza... Voy por él. (Encaminándose al cuarto de D.
Irene.)
DOÑA FRANCISCA ¿A qué vas?
RITA El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí.
DOÑA FRANCISCA Sí, tráele, no empiece a rezar como
anoche... Allí quedó junto a la ventana... Y ve con
cuidado, no despierte mamá.
RITA Sí; mire usted el estrépito de caballerías
que anda por allá abajo... Hasta que lleguemos a nuestra
calle del Lobo, número siete, cuarto segundo, no hay que
pensar en dormir... Y ese maldito portón, que rechina,
que...
DOÑA FRANCISCA Te puedes llevar la luz.
RITA No es menester, que ya sé dónde está. (Vase
al cuarto de Dª Irene.)
ESCENA
XV SIMÓN, DOÑA FRANCISCA
(Sale
por la puerta del foro SIMÓN)
DOÑA
FRANCISCA Yo
pensé que estaban ustedes acostados.
SIMÓN El amo ya habrá hecho esa diligencia; pero yo
todavía no sé en dónde he de tender el rancho... Y buen
sueño que tengo.
DOÑA FRANCISCA ¿Qué gente nueva ha llegado ahora?
SIMÓN Nadie. Son unos que estaban ahí, y se han
ido.
DOÑA FRANCISCA ¿Los arrieros?
SIMÓN No, señora. Un oficial y un criado suyo, que
parece que se van a Zaragoza.
DOÑA FRANCISCA ¿Quiénes dice usted que son?
SIMÓN Un teniente coronel y su asistente.
DOÑA FRANCISCA ¿Y estaban aquí?
SIMÓN Sí, señora; ahí en ese cuarto.
DOÑA FRANCISCA No los he visto.
SIMÓN Parece que llegaron esta tarde y... A la
cuenta habrán despachado ya la comisión que traían...
Conque se han ido... Buenas noches, señorita. (Vase al
cuarto de D. Diego.
ESCENA
XVI RITA, DOÑA FRANCISCA
DOÑA
FRANCISCA ¡Dios
mío de mi alma! ¿Qué es esto?... No puedo sostenerme...
¡Desdichada! (Siéntase en una silla junto a la mesa.)
RITA Señorita, yo vengo muerta. (Saca la
jaula del tordo y la deja encima de la mesa; abre la puerta
del cuarto de D. Carlos, y vuelve.)
DOÑA FRANCISCA ¡Ay, que es cierto!... ¿Tú lo
sabes también?
RITA Deje usted, que todavía no creo lo que he
visto... Aquí no hay nadie..., ni maletas, ni ropa, ni...
Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo misma los he visto
salir.
DOÑA FRANCISCA ¿Y eran ellos?
RITA Sí, señora. Los dos.
DOÑA FRANCISCA Pero ¿se han ido fuera de la ciudad?
RITA Si no los he perdido de vista hasta que salieron
por la Puerta de Mártires..., Como está un paso de aquí.
DOÑA FRANCISCA ¿Y es ése el camino de Aragón?
RITA Ese es.
DOÑA FRANCISCA ¡Indigno!... ¡Hombre indigno!
RITA Señorita
DOÑA FRANCISCA ¿En qué te ha ofendido esta
infeliz?
RITA Yo estoy temblando toda... Pero... Si es
incomprensible... Si no alcanzo a descubrir qué motivos ha
podido haber para esta novedad.
DOÑA FRANCISCA ¿Pues no le quise más que a mi
vida?... ¿No me ha visto loca de amor?
RITA No sé qué decir al considerar una acción tan
infame.
DOÑA FRANCISCA ¿Qué has de decir? Que no me ha
querido nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto?
¡Para engañarme, para abandonarme así! (Levántase y
Rita la sostiene.)
RITA Pensar que su venida fue con otro designio,
no me parece natural... Celos... ¿Por qué ha de tener
celos?... Y aun eso mismo debiera enamorarle más... Él no
es cobarde, y no hay que decir que habrá tenido miedo de su
competidor.
DOÑA FRANCISCA Te cansas en vano... Di que es un pérfido,
di que es un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.
RITA Vamos de aquí, que puede venir alguien y...
DOÑA FRANCISCA Sí, vámonos... Vamos a llorar...¡Y
en qué situación me deja!... Pero ¿ves qué malvado?
RITA Sí, señora; ya lo conozco.
DOÑA FRANCISCA ¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con
quién? Conmigo... ¿Pues yo merecí ser engañada tan
alevosamente?... ¿Mereció mi cariño este galardón?... ¡Dios
de mi vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es? (Rita coge la
luz y se van entrambas al cuarto de Dª Francisca.)
Acto I | Acto II | Acto III
"El Sí de las Niñas"

|
 |
|