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Acto III

"El Sí de las Niñas" (1806)
de Leandro Fernández de Moratín (1760-1828)

ACTO III

ESCENA PRIMERA D. DIEGO, SIMÓN 

(Teatro obscuro. Sobre la mesa habrá un candelero con vela apagada y la jaula del tordo. Simón duerme tendido en el banco)

D. DIEGO (Sale de su cuarto poniéndose la bata) Aquí, a lo menos, ya que no duerma no me derretiré... Vaya, si alcoba como ella no se... ¡Cómo ronca éste!... Guardémosle el sueño hasta que venga el día, que ya poco puede tardar... (Simón despierta y se levanta.) ¿Qué es eso? Mira no te caigas, hombre.
SIMÓN Qué, ¿estaba usted ahí, señor?
D. DIEGO Sí, aquí me he salido, porque allí no se puede parar.
SIMÓN Pues yo, a Dios gracias, aunque la cama es algo dura, he dormido como un emperador.
D. DIEGO ¡Mala comparación!... Di que has dormido como un pobre hombre, que no tiene ni dinero, ni ambición, ni pesadumbres, ni remordimientos.
SIMÓN En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora será ya?
D. DIEGO Poco ha que sonó el reloj de S. Justo, y si no conté mal, dio las tres.
SIMÓN ¡Oh!, pues ya nuestros caballeros irán por ese camino adelante echando chispas.
D. DIEGO Sí, ya es regular que hayan salido... Me lo prometió, y espero que lo hará.
SIMÓN ¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le dejé! ¡Qué triste!
D. DIEGO Ha sido preciso.
SIMÓN Ya lo conozco.
D. DIEGO ¿No ves qué venida tan intempestiva?
SIMÓN Es verdad. Sin permiso de usted, sin avisarle, sin haber un motivo urgente... Vamos, hizo muy mal... Bien que por otra parte él tiene prendas suficientes para que se le perdone esta ligereza... Digo... Me parece que el castigo no pasará adelante, ¿eh?
D. DIEGO ¡No, qué! No señor. Una cosa es que le haya hecho volver... Ya ves en qué circunstancias nos cogía... Te aseguro que cuando se fue me quedó un ansia en el corazón. (Suenan a lo lejos tres palmadas, y poco después se oye que puntean un instrumento.) ¿Qué ha sonado?
SIMÓN No sé... Gente que pasa por la calle. Serán labradores.
D. DIEGO Calla.
SIMÓN Vaya, música tenemos, según parece.
D. DIEGO Sí, como lo hagan bien.
SIMÓN ¿Y quién será el amante infeliz que se viene a puntear a estas horas en ese callejón tan puerco?... Apostaré que son amores con la moza de la posada, que parece un mico.
D. DIEGO Puede ser.
SIMÓN Ya empiezan, oigamos... (Tocan una sonata desde adentro.) Pues dígole a usted que toca muy lindamente el pícaro del barberillo.
D. DIEGO No; no hay barbero que sepa hacer eso, por muy bien que afeite.
SIMÓN ¿Quiere usted que nos asomemos un poco, a ver?...
D. DIEGO No, dejarlos...¡Pobre gente! ¡Quién sabe la importancia que darán ellos a la tal música... No gusto yo de incomodar a nadie. (Salen de su cuarto Dª FRANCISCA y Rita, encaminándose a la ventana. D. Diego y Simón se retiran a un lado, y observan)
SIMÓN Señor!...¡Eh!... Presto, aquí a un ladito.
D. DIEGO ¿Qué quieres?
SIMÓN Que han abierto la puerta de esa alcoba, y huele a faldas que trasciende.
D. DIEGO ¿Sí?... Retirémonos.  

ESCENA II DOÑA FRANCISCA, RITA, D. DIEGO, SIMÓN

RITA Con tiento, Señorita.
DOÑA FRANCISCA Siguiendo la pared, ¿no voy bien? (Vuelven a puntear el instrumento)
RITA Sí, señora... Pero vuelven a tocar... Silencio...
DOÑA FRANCISCA No te muevas... Deja... Sepamos primero si es él.
RITA ¿Pues no ha de ser?... La seña no puede mentir.
DOÑA FRANCISCA Calla... Sí, él es...¡Dios mío! (Acércase Rita a la ventana, abre la vidriera y da tres palmadas. Cesa la música.) Ve, responde... Albricias, corazón. Él es.
SIMÓN ¿Ha oído usted?
D. DIEGO Sí.
SIMÓN ¿Qué querrá decir esto?
D. DIEGO Calla.
DOÑA FRANCISCA (Se asoma a la ventana. Rita se queda detrás de ella. Los puntos suspensivos indican las interrupciones más o menos largas.) Yo soy... Y ¿qué había de pensar viendo lo que usted acababa de hacer?... ¿ Qué fuga es ésta ?... Rita (Apartándose de la ventana, y vuelve después a asomarse) amiga, por Dios, ten cuidado, y si oyeres algún rumor, al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste de mí!... Bien está, tírela usted... Pero yo no acabo de entender... ¡Ay, D. Félix! Nunca le he visto a usted tan tímido... (Tiran desde adentro una carta que cae por la ventana al teatro. D. Francisca la busca, y no hallándola vuelve a asomarse.) No, no la he cogido; pero aquí está sin duda... ¿Y no he de saber yo hasta que llegue el día los motivos que tiene usted para dejarme muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de boca de usted. Su Paquita de usted se lo manda... Y ¿cómo le parece a usted que estará el mío?... No me cabe en el pecho... Diga usted. (Simón se adelanta un poco, tropieza con la jaula y la deja caer)
RITA Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay gente.
DOÑA FRANCISCA ¡Infeliz de mí!... Guíame.
RITA Vamos. (Al retirarse tropieza con Simón. Las dos se van al cuarto de D. Francisca.) ¡Ay!
DOÑA FRANCISCA ¡Muerta voy! 

ESCENA III D. DIEGO, SIMÓN 

D. DIEGO ¿Qué grito fue ése?
SIMÓN Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó conmigo.
D. DIEGO Acércate a esa ventana, y mira si hallas en el suelo un papel...¡Buenos estamos!
SIMÓN (Tentando por el suelo, cerca de la ventana.) No encuentro nada, señor. ,
D. DIEGO Búscale bien, que por ahí ha de estar.
SIMÓN ¿Le tiraron desde la calle?
D. DIEGO Sí... ¿Qué amante es éste?... ¡Y dieciséis años y criada en un convento! Acabó ya toda mi ilusión.
SIMÓN Aquí está. (Halla la carta, y se la da a D. Diego.)
D. DIEGO Vete abajo, y enciende una luz... En la caballeriza en la cocina... Por ahí habrá algún farol... Y vuelve con ella al instante. (Vase Simón por la puerta del foro)

ESCENA IV 

D. DIEGO ¿Ya quién debo culpar? (Apoyándose en el respaldo de una silla.) ¿Es ella la delincuente, o su madre, o sus tías, o yo?... ¿Sobre quién..., sobre quién ha de caer esta cólera, que por más que lo procuro no la sé reprimir?... ¡La naturaleza la hizo tan amable a mis ojos!... ¡Qué esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué felicidades me prometía!...¡Celos!... ¿Yo?...¡En qué edad tengo celos!... Vergüenza es... Pero esta inquietud que yo siento, esta indignación, estos deseos de venganza, ¿de qué provienen? ¿Cómo he de llamarlos? Otra vez parece que... (Advirtiendo que suena ruido en la puerta del cuarto de D. Francisca, se retira a un extremo del teatro.) Sí. 

ESCENA V RITA, D. DIEGO, SIMÓN 

RITA Ya se han ido... (Observa, escucha, asómase después a la ventana y busca la carta por el suelo.)¡Válgame Dios!... El papel estará muy bien escrito, pero el señor D. Félix es un grandísimo picarón...¡Pobrecita de mi alma!... Se muere sin remedio... Nada, ni perros parecen por la calle...¡Ojalá no los hubiéramos conocido! ¿Y este maldito papel?... Pues buena la hiciéramos si no pareciese... ¿Qué dirá?... Mentiras, mentiras y todo mentira.
SIMÓN Ya tenemos luz. (Sale con luz. Rita se sorprende)
RITA ¡Perdida soy!
D. DIEGO (Acercándose.) ¡Rita! ¿Pues tú aquí?
RITA Sí, señor; porque...
D. DIEGO ¿Qué buscas a estas horas?
RITA Buscaba... Yo le diré a usted... Porque oímos un ruido tan grande...
SIMÓN ¿Sí, eh?
RITA Cierto... Un ruido y... y mire usted (Alza la jaula que está en el suelo) era la jaula del tordo... Pues la jaula era, no tiene duda... ¡Válgate Dios! ¿Si habrá muerto?... No, vivo está, vaya... Algún gato habrá sido. Preciso.
SIMÓN Sí, algún gato.
RITA ¡Pobre animal! ¡Y qué asustadillo se conoce que está todavía,!
SIMÓN Y con mucha razón... ¿No te parece, si le hubiera pillado el gato?...
RITA Se le hubiera comido. (Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la pared)
SIMÓN Y sin pebre... Ni plumas hubiera dejado.
D. DIEGO Tráeme esa luz.
RITA ¡Ah! Deje usted, encenderemos ésta (Enciende la vela que está sobre la mesa) que ya lo que no se ha dormido...
D. DIEGO Y doña Paquita, ¿duerme?
RITA Sí, señor.
SIMÓN Pues mucho es que con el ruido del tordo...
D. DIEGO Vamos. (Se entra en su cuarto. Simón va con él, llevándose una de las luces) 

ESCENA VI DOÑA FRANCISCA, RITA 

DOÑA FRANCISCA ¿Ha parecido el papel?
RITA No, señora.
DOÑA FRANCISCA ¿Y estaban aquí los dos cuando tú saliste?
RITA Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó una luz, y me hallé de repente, como por máquina, entre él y su amo, sin poder escapar ni saber qué disculpa darles. (Coge la luz y vuelve a buscar la carta, cerca de la ventana)
DOÑA FRANCISCA Ellos eran, sin duda... Aquí estarían cuando yo hablé desde la ventana... ¿Y ese papel?
RITA Yo no lo encuentro, Señorita.
DOÑA FRANCISCA Le tendrán ellos, no te canses... Si es lo único que faltaba a mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen.
RITA A lo menos por aquí...
DOÑA FRANCISCA ¡Yo estoy loca! (Siéntase.)
RITA Sin haberse explicado este hombre, ni decir siquiera...
DOÑA FRANCISCA Cuando iba a hacerlo, me avisaste, y fue preciso retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me habló, qué agitación mostraba? Me dijo que en aquella carta vería yo los motivos justos que le precisaban a volverse; que la había escrito para dejársela a persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo que el verme sería imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre aleve que prometió lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor, y diría: Pues yo ¿para qué he de molestar a nadie ni hacerme ahora defensor de una mujer?... ¡Hay tantas mujeres!... Cásenla... Yo nada pierdo... Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz... ¡Dios mío, perdón!... ¡Perdón de haberle querido tanto!
RITA ¡Ay, Señorita! (Mirando hacia el cuarto de D. Diego.) Que parece que salen ya.
DOÑA FRANCISCA No importa, déjame.
RITA Pero si D. Diego la ve a usted de esa manera...
DOÑA FRANCISCA Si todo se ha perdido ya, ¿ qué puedo temer?... ¿Y piensas tú que tengo alientos para levantarme?... Que vengan, nada importa.

ESCENA VII D. DIEGO, SIMÓN, DOÑA FRANCISCA, RITA 

SIMÓN Voy enterado, no es menester más.
D. DIEGO Mira, y haz que ensillen inmediatamente al Moro, mientras tú vas allá. Si han salido, vuelves, montas a caballo y en una buena carrera que des, los alcanzas... ¿Los dos aquí, he?... Conque, vete, no se pierda tiempo. (Después de hablar los dos, junto al cuarto de D. Diego, se va Simón por la puerta del foro.)
SIMÓN Voy allá.
D. DIEGO Mucho se madruga, Doña Paquita.
DOÑA FRANCISCA Sí, señor.
D. DIEGO ¿Ha llamado ya Doña Irene?
DOÑA FRANCISCA No, señor... Mejor es que vayas allá, por si ha despertado y se quiere vestir. (Rita se va al cuarto de Dª Irene.) 

ESCENA VIII D. DIEGO, DOÑA FRANCISCA

D. DIEGO ¿Usted no habrá dormido bien esta noche?
DOÑA FRANCISCA No, señor. ¿Y usted?
D. DIEGO Tampoco.
DOÑA FRANCISCA Ha hecho demasiado calor.
D. DIEGO ¿Está usted desazonada?
DOÑA FRANCISCA Alguna cosa.
D. DIEGO ¿Qué siente usted? (Siéntase junto a D. Francisca.)
DOÑA FRANCISCA No es nada... Así un poco de... Nada.... no tengo nada.
D. DIEGO Algo será, porque la veo a usted muy abatida, llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la quiero tanto?
DOÑA FRANCISCA Sí, señor.
D. DIEGO Pues ¿por qué no hace usted más confianza de mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de complacerla?
DOÑA FRANCISCA Ya lo sé.
D. DIEGO ¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo, no desahoga con él su corazón?
DOÑA FRANCISCA Porque eso mismo me obliga a callar.
D. DIEGO Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de su pesadumbre de usted.
DOÑA FRANCISCA No, señor; usted en nada me ha ofendido... No es d usted de quien yo me debo quejar.
D. DIEGO Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted acá... (Acércase más.) Hablemos siquiera una vez sin rodeos disimulación... Dígame usted: ¿no es cierto que usted mira con algo de repugnancia este casamiento que s la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen a usted entera libertad para la elección no se casaría conmigo
DOÑA FRANCISCA Ni con otro.
D. DIEGO ¿Será posible que usted no conozca otro más amable que yo, que la quiera bien, y que la corresponda como usted merece?
DOÑA FRANCISCA No, señor; no, señor.
D. DIEGO Mírelo usted bien.
DOÑA FRANCISCA ¿No le digo a usted que no?
D. DIEGO ¿Y he de creer, por dicha, que conserve usted tal inclinación al retiro en que se ha criado, que prefiera austeridad del convento a una vida más... ?
DOÑA FRANCISCA Tampoco; no señor... Nunca he pensado así.
D. DIEGO No tengo empeño de saber más... Pero de todo lo que acabo de oír resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no tiene queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la estimo, que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie me dispute su mano... Pues ¿qué llanto es ése? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco? ¿Son éstas las señales de quererme exclusivamente a mí, de casarse gustosa conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor? (Vase iluminando lentamente la escena, suponiendo que viene la luz del día.)
DOÑA FRANCISCA Y ¿qué motivos le he dado a usted para tales desconfianzas?
D. DIEGO ¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de usted sigue aprobándola y llega el caso de...
DOÑA FRANCISCA Haré lo que mi madre me manda, y me casaré con usted.
D. DIEGO ¿Y después, Paquita?
DOÑA FRANCISCA Después..., y mientras me dure la vida, seré mujer de bien.
D. DIEGO Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted me considera como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su dolor? Y no para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para emplearme todo en su consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen tanto.
DOÑA FRANCISCA ¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.
D. DIEGO ¿Por qué?
DOÑA FRANCISCA Nunca diré por qué.
D. DIEGO Pero ¡qué obstinado, qué imprudente silencio!... Cuando usted misma debe presumir que no estoy ignorante de lo que hay.
DOÑA FRANCISCA Si usted lo ignora, señor D. Diego, por Dios no finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte.
D. DIEGO Bien está. Una vez que no hay nada que decir, que esa aflicción y esas lágrimas son voluntarias, hoy llegaremos a Madrid, y dentro de ocho días será usted mi mujer.
DOÑA FRANCISCA Y daré gusto a mi madre.
D. DIEGO Y vivirá usted infeliz.
DOÑA FRANCISCA Ya lo sé.
D. DIEGO Ve aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se llama criar bien a una niña: enseñarla a que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan honestas luego que las ven instruidas en el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de tener influencia alguna en sus inclinaciones, o en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo.
DOÑA FRANCISCA Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de nosotras, eso aprendemos en la escuela que se nos da... Pero el motivo de mi aflicción es mucho más grande.
D. DIEGO Sea cual fuere, hija mía, es menester que usted se anime... Si la ve a usted su madre de esa manera, ¿qué ha de decir?... Mire usted que ya parece que se ha levantado.
DOÑA FRANCISCA ¡Dios mío!
D. DIEGO Sí, Paquita; conviene mucho que usted vuelva un poco sobre sí... No abandonarse tanto... Confianza en Dios... Vamos, que no siempre nuestras desgracias son tan grandes como la imaginación las pinta... ¡Mire usted qué desorden éste! ¡Qué agitación! ¡Qué lágrimas! Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así..., con cierta serenidad y... ? ¿Eh?
DOÑA FRANCISCA Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi madre. Si usted no me defiende, ¿a quién he de volver los ojos? ¿Quién tendrá compasión de esta desdichada?
D. DIEGO Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es posible que yo la abandonase....¡criatura!.... en la situación dolorosa en que la veo? (Asiéndola de las manos.)
DOÑA FRANCISCA ¿De veras?
D. DIEGO Mal conoce usted mi corazón.
DOÑA FRANCISCA Bien le conozco. (Quiere arrodillarse; D. Diego  se lo estorba, y ambos se levantan.)
D. DIEGO ¿Qué hace usted, niña?
DOÑA FRANCISCA Yo no sé... ¡Qué poco merece toda esa bondad una mujer tan ingrata para con usted!... No, ingrata no; infeliz... ¡Ay, qué infeliz soy, señor D. Diego!
D. DIEGO Yo bien sé que usted agradece como puede el amor que la tengo... Lo demás todo ha sido.... ¿qué sé yo?..., una equivocación mía, y no otra cosa... Pero usted, ¡inocente!, usted no ha tenido la culpa.
DOÑA FRANCISCA Vamos... ¿No viene usted?
D. DIEGO Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré por allá.
DOÑA FRANCISCA Vaya usted presto. (Encaminándose al cuarto de D. Irene, vuelve y se despide de D. Diego  besándole las manos.)
D. DIEGO Sí, presto iré

ESCENA IX SIMÓN, D. DIEGO

SIMÓN Ahí están, señor.
D. DIEGO ¿Qué dices?
SIMÓN Cuando yo salía de la puerta, los vi a lo lejos, que iban ya de camino. Empecé a dar voces y hacer señas con el pañuelo; se detuvieron, y apenas llegué y le dije al señorito lo que usted mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le encargué que no subiera hasta que le avisara yo, por si acaso había gente aquí, y usted no quería que le viesen.
D. DIEGO ¿Y qué dijo cuando le diste el recado?
SIMÓN Ni una sola palabra... Muerto viene... Ya digo, ni una sola palabra... A mí me ha dado compasión el verle así tan...
D. DIEGO No me empieces ya a interceder por él.
SIMÓN ¿Yo, señor?
D. DIEGO Sí, que no te entiendo yo... ¡Compasión!... Es un pícaro.
SIMÓN Como yo no sé lo que ha hecho..
D. DIEGO Es un bribón, que me ha de quitar la vida... Ya te he dicho que no quiero intercesores.
SIMÓN Bien está, señor. (Vase por la puerta del foro. D. Diego  se sienta, manifestando inquietud y enojo.)
D. DIEGO Dile que suba.

ESCENA X D. CARLOS, D. DIEGO

D. DIEGO Venga usted acá, señorito; venga usted... ¿En dónde has estado desde que no nos vemos?
D. CARLOS En el mesón de afuera.
D. DIEGO ¿Y no has salido de allí en toda la noche, eh?
D. CARLOS Sí, señor; entré en la ciudad y...
D. DIEGO ¿A qué?... Siéntese usted.
D. CARLOS Tenía precisión de hablar con un sujeto... (Siéntase.)
D. DIEGO ¡Precisión!
D. CARLOS Sí, señor... Le debo muchas atenciones, y no era posible volverme a Zaragoza sin estar primero con él.
D. DIEGO Ya. En habiendo tantas obligaciones de por medio... Pero venirle a ver a las tres de la mañana, me parece mucho desacuerdo... ¿Por qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de tener... Con este papel que le hubieras enviado en mejor ocasión, no había necesidad de hacerle trasnochar, ni molestar a nadie. (Dándole el papel que tiraron a la ventana. D. Carlos, luego que le reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de irse.)
D. CARLOS Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama? ¿Por qué no me permite seguir mi camino, y se evitaría una contestación de la cual ni usted ni yo quedaremos contentos?
D. DIEGO Quiere saber su tío de usted lo que hay en esto, y quiere que usted se lo diga.
D. CARLOS ¿Para qué saber más?
D. DIEGO Porque yo lo quiero y lo mando. ¡Oiga!
D. CARLOS Bien está.
D. DIEGO Siéntate ahí... (Siéntase D. Carlos.) ¿En dónde has conocido a esta niña?... ¿Qué amor es éste? ¿Qué circunstancias han ocurrido?... ¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo la viste?
D. CARLOS Volviéndome a Zaragoza el año pasado, llegué a Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa de campo nos apeamos, se empeñó en que había de quedarme allí todo aquel día, por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al siguiente me dejaría proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas hallé a Doña Paquita, a quien la señora había sacado aquel día de¡ convento para que se esparciese un poco... Yo no sé qué vi en ella, que excitó en mí una inquietud, un deseo constante, irresistible, de mirarla, de oírla, de hallarme a su lado, de hablar con ella, de hacerme agradable a sus ojos... El intendente dijo entre otras cosas..., burlándose..., que yo era muy enamorado, y le ocurrió fingir que me llamaba D. Félix de Toledo. Yo sostuve esa ficción, porque desde luego concebí la idea de permanecer algún tiempo en aquella ciudad, evitando que llegase a noticia de usted... Observé que Doña Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por la noche nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome preferido a todos los concurrentes de aquel día, que fueron muchos. En fin... Pero no quisiera ofender a usted refiriéndole...
D. DIEGO Prosigue.
D. CARLOS Supe que era hija de una señora de Madrid, viuda y pobre, pero de gente muy honrada... Fue necesario fiar de mi amigo los proyectos de amor que me obligaban a quedarme en su compañía; y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas, las más ingeniosas, para que ninguno de su familia extrañara mi detención. Como su casa de campo está inmediata a la ciudad, fácilmente iba y venía de noche... Logré que Doña Paquita leyese algunas cartas mías; y con las pocas respuestas que de ella tuve, acabé de precipitarme en una pasión que mientras viva me hará infeliz.
D. DIEGO Vaya... Vamos, sigue adelante.
D. CARLOS Mi asistente (que, como usted sabe, es hombre de travesura y conoce el mundo), con mil artificios que a cada paso le ocurrían, facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos... La seña era dar tres palmadas, a las cuales respondían con otras tres desde una ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos todas las noches, muy a deshora, con el recato y las precauciones que ya se dejan entender... Siempre fui para ella D. Félix de Toledo, oficial de un regimiento, estimado de mis jefes y hombre de honor... Nunca la dije más, ni la hablé de mis parientes, ni de mis esperanzas, ni la di a entender que casándose conmigo podría aspirar a mejor fortuna; porque ni me convenía nombrarle a usted, ni quise exponerla a que las miras de interés, y no el amor, la inclinasen a favorecerme. De cada vez la hallé más fina, más hermosa, más digna de ser adorada... Cerca de tres meses me detuve allí; pero al fin era necesario separarnos, y una noche funesta me despedí, la dejé rendida a un desmayo mortal, y me fui, ciego de amor, adonde mi obligación me llamaba... Sus cartas consolaron por algún tiempo mi ausencia triste, y en una que recibí pocos días ha, me dijo cómo su madre trataba de casarla, que primero perdería la vida que dar su mano a otro que a mí; me acordaba mis juramentos, me exhortaba a cumplirlos... Monté a caballo, corrí precipitado el camino, llegué` a Guadalajara, no la encontré, vine aquí... Lo demás bien lo sabe usted, no hay para qué decírselo.
D. DIEGO ¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?
D. CARLOS Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor, pasar a Madrid, verle a usted, echarme a sus pies, referirle todo lo ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni protecciones, ni... eso no... Sólo su consentimiento y su bendición para verificar un enlace tan suspirado, en que ella y yo fundábamos toda nuestra felicidad.
D. DIEGO Pues ya ves, Carlos, que es tiempo de pensar muy de otra manera.
D. CARLOS Sí, señor.
D. DIEGO Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre y toda su familia aplauden este casamiento. Ella.... y sean las que fueren las promesas que a ti te hizo..., ella misma, no ha media hora, me ha dicho que está pronta a obedecer a su madre y darme la mano, así que...
D. CARLOS Pero no el corazón. (Levántase.)
D. DIEGO ¿Qué dices?
D. CARLOS No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará sus bodas cuando guste; ella se portará siempre como conviene a su honestidad y a su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto de su cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido; pero si alguna o muchas veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo, yo seré la causa... Los suspiros, que en vano procurará reprimir, serán finezas dirigidas a un amigo ausente.
D. DIEGO ¿Qué temeridad es ésta? (Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia D. Carlos, que se va retirando.)
D. CARLOS Ya se lo dije a usted... Era imposible que yo hablase una palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa conversación... Viva usted feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he querido disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle de mi obediencia y mi respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me niegue a lo menos el consuelo de saber que usted me perdona.
D. DIEGO ¿Conque, en efecto, te vas?
D. CARLOS Al instante, señor... Y esta ausencia será bien larga.
D. DIEGO ¿Por qué?
D. CARLOS Porque no me conviene verla en mi vida... Si las voces que corren de una próxima guerra se llegaran a verificar... entonces...
D. DIEGO ¿Qué quieres decir? (Asiendo de un brazo a D. Carlos le hace venir más adelante.)
D. CARLOS Nada... Que apetezco la guerra porque soy soldado.
D. DIEGO ¡Carlos!… ¡Qué horror!… ¿Y tienes corazón para decírmelo?
D. CARLOS Alguien viene… (Mirando con inquietud hacia el cuarto de Dª Irene, se desprende de D. Diego  y hace que se va por la puerta del foro. D. Diego  va detrás de él y quiere detenerle.) Tal vez será ella… Quede usted con Dios.
D. DIEGO ¿Adónde vas?.. No, señor; no has de irte.
D. CARLOS Es preciso… Yo no he de verla… Una sola mirada nuestra pudiera causarle a usted inquietudes crueles.
D. DIEGO Ya he dicho que no ha de ser… Entra en ese cuarto.
D. CARLOS Pero si…
D. DIEGO Haz lo que te mando.

(Éntrase D. CARLOS en el cuarto de D. Diego.)

ESCENA XI DOÑA IRENE, D. DIEGO

DOÑA IRENE Conque, señor D. Diego, ¿es ya la de vámonos?… Buenos días… (Apaga la luz que está sobre la mesa.) ¿Reza usted?
D. DIEGO (Paseándose con inquietud.) Sí, para rezar estoy ahora.
DOÑA IRENE Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el chocolate, y que avisen al mayoral para que enganchen luego que... Pero ¿qué tiene usted, señor?... ¿Hay alguna novedad?
D. DIEGO Sí; no deja de haber novedades.
DOÑA IRENE Pues ¿qué?... Dígalo usted, por Dios...¡Vaya, vaya!... No sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera cosa, así, repentina, me remueve toda y me... Desde el último mal parto que tuve, quedé tan sumamente delicada de los nervios... Y va ya para diez y nueve años, si no son veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera friolera me trastorna... Ni los baños, ni caldos de culebra, ni la conserva de tamarindos; nada me ha servido; de manera que...
D. DIEGO Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de conservas...Hay otra cosa más importante de que tratar... ¿Qué hacen esas muchachas?
DOÑA IRENE Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre para que todo esté a la vela y no haya detención.
D. DIEGO Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que asustarse ni alborotarse (Siéntanse los dos) por nada de lo que yo diga; y cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo necesitamos... Su hija de usted está enamorada...
DOÑA IRENE ¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí señor que lo está; y bastaba que yo lo dijese para que...
D. DIEGO ¡Este vicio maldito de interrumpir a cada paso! Déjeme usted hablar.
DOÑA IRENE Bien, vamos, hable usted.
D. DIEGO Está enamorada; pero no está enamorada de mí.
DOÑA IRENE ¿Qué dice usted?
D. DIEGO Lo que usted oye.
DOÑA IRENE Pero ¿quién le ha contado a usted esos disparates?
D. DIEGO Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha contado, y cuando se lo digo a usted, bien seguro estoy de que es verdad... Vaya, ¿qué llanto es ése?
DOÑA IRENE (Llora.) ¡Pobre de mí!
D. DIEGO ¿A qué viene eso?
DOÑA IRENE ¡Porque me ven sola y sin medios, y porque soy una pobre viuda, parece que todos me desprecian y se conjuran contra mí!
D. DIEGO Señora Doña Irene...
DOÑA IRENE Al cabo de mis años y de mis achaques, verme tratada de esta manera, como un estropajo, como una puerca cenicienta, vamos al decir... ¿Quién lo creyera de usted?...¡Válgame Dios!... ¡Si vivieran mis tres difuntos!... Con el último difunto que me viviera, que tenía un genio como una serpiente...
D. DIEGO Mire usted, señora, que se me acaba ya la paciencia.
DOÑA IRENE Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho una furia del infierno, y un día del Corpus, yo no sé por qué friolera, hartó de mojicones a un comisario ordenador, y si no hubiera sido por dos padres del Carmen, que se pusieron de por medio, le estrella contra un poste en los portales de Santa Cruz.
D. DIEGO Pero ¿es posible que no ha de atender usted a lo que voy a decirla?
DOÑA IRENE ¡Ay! No, señor; que bien lo sé, que no tengo pelo de tonta, no, señor... Usted ya no quiere a la niña, y busca pretextos para zafarse de la obligación en que está...¡Hija de mi alma y de mi corazón!
D. DIEGO Señora Doña Irene, hágame usted el gusto de oírme, de no replicarme, de no decir despropósitos, y luego que usted sepa lo que hay, llore y gima, y grite y diga cuanto quiera... Pero, entretanto, no me apure usted el sufrimiento, por amor de Dios.
DOÑA IRENE Diga usted lo que le dé la gana.
D. DIEGO Que no volvamos otra vez a llorar y a...
DOÑA IRENE No, señor; ya no lloro. (Enjugándose las lágrimas con un pañuelo.)
D. DIEGO Pues hace ya cosa de un año, poco más o menos, que Doña Paquita tiene otro amante. Se han hablado muchas veces, se han escrito, se han prometido amor, fidelidad, constancia... Y, por último, existe en ambos una pasión tan fina, que las dificultades y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuido eficazmente a hacerla mayor. En este supuesto...
DOÑA IRENE ¿Pero no conoce usted
D. DIEGO Volvemos otra vez a lo mismo... No señora; no es chisme. Repito de nuevo que lo sé.
DOÑA IRENE ¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene eso de verdad? ¡Conque la hija de mis entrañas, encerrada en un convento, ayunando los siete reviernes, acompañada de aquellas santas religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que es mundo, que no ha salido todavía de] cascarón, como quien dice!... Bien se conoce que no sabe usted el genio que tiene Circuncisión... ¡Pues bonita es ella para haber disimulado a su sobrina el menor desliz!
D. DIEGO Aquí no se trata de ningún desliz, señora Doña Irene; se trata de una inclinación honesta, de la cual hasta ahora no habíamos tenido antecedente alguno. Su hija de usted es una niña muy honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que digo es que la madre Circuncisión, y la Soledad, y la Candelaria, y todas las madres, y usted, y yo el primero, nos hemos equivocado solemnemente. La muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo... Hemos llegado tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad de su hija... Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y Verá si tengo razón. (Saca el papel de D. Carlos y se le da a Dª Irene. Ella, sin leerle, se levanta muy agitada, se acerca a la puerta de su cuarto y llama. Levántase D. Diego  y procura en vano contenerla.)
DOÑA IRENE Yo he de volverme loca!...¡Francisquita!...¡Virgen del Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!
D. DIEGO Pero ¿a qué es llamarlas?
DOÑA IRENE Sí, señor; que quiero que venga y que se desengañe la pobrecita de quién es usted.
D. DIEGO Lo echó todo a rodar... Esto le sucede a quien se fía de la prudencia de una mujer. 

ESCENA XII DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, D. DIEGO

RITA Señora.
DOÑA FRANCISCA ¿Me llamaba usted?
DOÑA IRENE Sí, hija, sí; porque el señor D. Diego  nos trata de un modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué amores tienes, niña? ¿A quién has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son éstos?... Y tú, picarona... Pues tú también lo has de saber... Por fuerza lo sabes...¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué dice? (Presentando el papel abierto a D. Francisca.)
RITA (Aparte a D. Francisca.) Su letra es.
DOÑA FRANCISCA ¡Qué maldad!... Señor D. Diego, ¿así cumple usted su palabra?
D. DIEGO Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga usted aquí. (Tomando de una mano a Dª Francisca, la pone a su lado.) No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no me ponga en términos de hacer un desatino... Deme usted ese papel... (Quitándole el papel.) Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta noche.
DOÑA FRANCISCA Mientras viva me acordaré.
D. DIEGO Pues éste es el papel que tiraron a la ventana... No hay que asustarse, ya lo he dicho. (Lee.) Bien mío; si no consigo hablar con usted, haré lo posible para que llegue a sus manos esta carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que yo llamaba mi enemigo, y al verle no sé cómo no expiré de dolor. Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fue preciso obedecerle. Yo me llamo D. Carlos, no D. Félix. D. Diego  es mi tío. Viva usted dichosa, y olvide para siempre a su infeliz amigo.—Carlos de Urbina.
DOÑA IRENE ¿Conque hay eso?
DOÑA FRANCISCA Triste de mí!
DOÑA IRENE ¿Conque es verdad lo que decía el señor, grandísima picarona? Te has de acordar de mí. (Se encamina hacia Dª Francisca, muy colérica, y en ademán de querer maltratarla. Rita y D. Diego  lo estorban.)
DOÑA FRANCISCA ¡Madre!... ¡Perdón!
DOÑA IRENE No, señor; que la he de matar.
D. DIEGO ¿Qué locura es ésta?
DOÑA IRENE He de matarla.

ESCENA XIII D. CARLOS, D. DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA 

(Sale D. Carlos del cuarto precipitadamente; coge de un brazo a D. Francisca, se la lleva hacia el fondo del teatro y se pone delante de ella para defenderla. D. Irene se asusta y se retira.) 

D. CARLOS Eso no... Delante de mí nadie ha de ofenderla.
DOÑA FRANCISCA ¡Carlos!
D. CARLOS (A D. Diego.) Disimule usted mi atrevimiento... He visto que la insultaban y no me he sabido contener.
DOÑA IRENE ¿Qué es lo que me sucede, Dios mío? ¿Quién es usted?... ¿Qué acciones son éstas?... ¡Qué escándalo!
D. DIEGO Aquí no hay escándalos... Ése es de quien su hija de usted está enamorada... Separarlos y matarlos viene a ser lo mismo... Carlos... No importa... Abraza a tu mujer.

(Se abrazan D. Carlos y D. Francisca, y después se arrodillan a los pies de D. Diego.)

DOÑA IRENE ¿Conque su sobrino de usted?
D. DIEGO Sí, señora; mi sobrino, que con sus palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos; qué es esto
DOÑA FRANCISCA ¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?
D. DIEGO Sí, prendas de mi alma... Sí. (Los hace levantar con expresión de ternura.)
DOÑA IRENE ¿Y es posible que usted se determina a hacer un sacrificio?...
D. DIEGO Yo pude separarlos para siempre y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable, pero mi conciencia no lo sufre...¡Carlos!...¡Paquita! ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer!... Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.
D. CARLOS Si nuestro amor (Besándole las manos), si nuestro agradecimiento pueden bastar a consolar a usted en tanta pérdida...
DOÑA IRENE ¡Conque el bueno de D. Carlos! Vaya que...
D. DIEGO Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras que usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece, y éstas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad he sabido a tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!
DOÑA IRENE En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se gocen... Venga usted acá, señor; venga usted, que quiero abrazarte. (Abrazando a D. Carlos. Dª Francisca se arrodilla y besa la mano a su madre.) Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has tenido... Cierto que es un mozo muy galán... Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero.
RITA Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la niña... Señorita, un millón de besos. (Se besan Dª Francisca y Rita.)
DOÑA FRANCISCA Pero ¿ves qué, alegría tan grande?...¡Y tú, como me quieres tanto!... Siempre, siempre serás mi amiga.
D. DIEGO Paquita hermosa (Abraza a D. Francisca), recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre... No temo ya la soledad terrible que amenazaba a mi vejez... Vosotros (asiendo de los manos a Dª Francisca y a D. Carlos) seréis la delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor..., sí, hijos, aquél.... no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa.
D. CARLOS ¡Bendita sea tanta bondad!
D. DIEGO Hijos, bendita sea la de Dios.

FIN

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"El Sí de las Niñas"


 


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