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Acto Primero Habitación blanquísima del
interior de la casa de Bernarda. Muros gruesos. Puertas en
arco con cortinas de yute rematadas con madroños y
volantes. Sillas de anea. Cuadros con paisajes inverosímiles
de ninfas, o reyes de leyenda. Es verano. Un gran silencio
umbroso se extiende por la escena. Al levantarse el telón
está la escena sola. Se oyen doblar las campanas. (Sale la Criada I.a)
CRIADA. Ya tengo el doble de
esas campanas metido entre las sienes. LA PONCIA. (Sale
comiendo chorizo y pan.) Llevan ya más de dos horas
de gori-gori. Han venido curas de todos los pueblos. La
iglesia está hermosa. En el primer responso se desmayó la
Magdalena. CRIADA. Ésa es la que se
queda más sola. PONCIA. Era a la única que
quería el padre. ¡Ay! Gracias a Dios que estamos solas un
poquito. Yo he venido a comer. CRIADA. ¡Si te viera
Bernarda! PONCIA. ¡Quisiera que
ahora, como no come ella, que todas nos muriéramos de
hambre! ¡Mandona! ¡Dominanta! ¡Pero se fastidia! Le he
abierto la orza de chorizos. CRIADA. (Con
tristeza, ansiosa.) ¿Por qué no me das para
mi niña, Poncia? PONCIA. Entra y llévate
también un puñado de garbanzos. ¡Hoy no se dará cuenta! VOZ. (Dentro.) ¡Bernarda! PONCIA. La vieja. ¿Está
bien encerrada? CRIADA. Con dos vueltas de
llave. PONCIA. Pero debes poner
también la tranca. Tiene unos dedos como cinco ganzúas. VOZ. ¡Bernarda! PONCIA. (A
voces.) ¡Ya viene! (A
la Criada.) Limpia bien todo. Si Bernarda no ve
relucientes las cosas me arrancará los pocos pelos que me
quedan. CRIADA. ¡Qué mujer! PONCIA. Tirana de todos los
que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y
ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa
sonrisa fría que lleva en su maldita cara. ¡Limpia, limpia
ese vidriado! CRIADA. Sangre en las manos
tengo de fregarlo todo. PONCIA. Ella, la más
aseada, ella, la más decente, ella, la más alta. Buen
descanso ganó su pobre marido. CRIADA. ¿Han venido todos
sus parientes? PONCIA. Los de ella. La
gente de él la odia. Vinieron a verlo muerto, y le hicieron
la cruz. CRIADA. ¿Hay bastantes
sillas? PONCIA. Sobran. Que se
sienten en el suelo. Desde que murió el padre de Bernarda
no han vuelto a entrar las gentes bajo estos techos. Ella no
quiere que la vean en su dominio. ¡Maldita sea! CRIADA. Contigo se portó
bien. PONCIA. Treinta años
lavando sus sábanas, treinta años comiendo sus sobras,
noches en vela cuando tose, días enteros mirando por la
rendija para espiar a los vecinos y llevarle el cuento; vida
sin secretos una con otra, y sin embargo, ¡maldita sea!, ¡mal
dolor de clavo le pinche en los ojos! CRIADA. ¡Mujer! PONCIA. Pero yo soy buena
perra: ladro cuando me lo dice y muerdo los talones de los
que piden limosna cuando ella me azuza; mis hijos trabajan
en sus tierras y ya están los dos casados, pero un día me
hartaré. CRIADA. Y ese día... PONCIA. Ese día me encerraré
con ella en un cuarto y le estaré escupiendo un año
entero. «Bernarda, por esto, por aquello, por lo otro»,
hasta ponerla como un lagarto machacado por los niños, que
es lo que es ella y toda su parentela.
Claro es que no le envidio la vida. Le quedan cinco mujeres,
cinco hijas feas, que quitando a Angustias, la mayor, que es
la hija del primer marido y tiene dineros, las demás, mucha
puntilla bordada, muchas camisas de hilo, pero pan y uvas
por toda herencia. CRIADA. ¡Ya quisiera tener
yo lo que ellas! PONCIA. Nosotras tenemos
nuestras manos y un hoyo en la tierra de la verdad. CRIADA. Ésa es la única
tierra que nos dejan a los que no tenemos nada. PONCIA. (En
la alacena.) Este cristal tiene unas motas. CRIADA. Ni con el jabón ni
con bayeta se le quitan. PONCIA. El último responso.
Me voy a oírlo. A mí me gusta mucho cómo canta el párroco.
En el «Pater Noster» subió, subió, subió la voz que
parecía un cántaro llenándose de agua poco a poco. ¡Claro
es que al final dio un gallo, pero da gloria oírlo! Ahora
que nadie como el antiguo sacristán Tronchapinos. En la
misa de mi madre, que esté en gloria, cantó. Retumbaban
las paredes y cuando decía amén era como si un lobo
hubiese entrado en la iglesia. (Imitándolo.)
¡Améééén! (Se
echa a toser.) CRIADA. Te vas a hacer el
gaznate polvo. PONCIA. ¡Otra cosa hacía
polvo yo! (Sale riendo.) (La Criada limpia. Suenan las
campanas.) CRIADA. (Llevando
el canto.) Tin,
tin, tan. Tin, tin, tan.
¡Dios lo haya perdonado! MENDIGA. (Con
una niña.) ¡Alabado sea Dios! CRIADA. Tin, tin, tan.
¡Que nos espere muchos años! Tin, tin, tan. MENDIGA. (Fuerte,
con cierta irritación.) ¡Alabado sea Dios! CRIADA. (Irritada.)
¡Por Siempre! MENDIGA. Vengo por las
sobras. (Cesan las campanas.) CRIADA. Por la puerta se va
a la calle. Las sobras de hoy son para mí. MENDIGA. Mujer, tú tienes
quien te gane. Mi niña y yo estamos solas. CRIADA. También están
solos los perros y viven. MENDIGA. Siempre me las dan. CRIADA. Fuera de aquí. ¿Quién
os dijo que entrarais? Ya me habéis dejado los pies señalados.
(Se van, limpia.) Suelos barnizados con
aceite, alacenas, pedestales, camas de acero, para que
traguemos quina las que vivimos en las chozas de tierra con
un plato y una cuchara. ¡Ojalá que un día no quedáramos
ni uno para contarlo! (Vuelven
a sonar las campanas.) Sí, sí, ¡vengan
clamores!, ¡venga caja con filos dorados y toallas de seda
para llevarla!; ¡que lo mismo estarás tú que estaré yo!
Fastídiate, Antonio María Benavides, tieso con tu traje de
paño y tus botas enterizas. ¡Fastídiate! ¡Ya no volverás
a levantarme las enaguas detrás de la puerta de tu corral! (Por
el fondo, de dos en dos, empiezan a entrar Mujeres de luto,
con pañuelos grandes, faldas y abanicos negros. Entran
lentamente hasta llenar la escena.) CRIADA. (Rompiendo
a gritar.) ¡Ay Antonio María Benavides, que ya no verás
estas paredes, ni comerás el pan de esta casa! Yo fui la
que más te quiso de las que te sirvieron. (Tirándose del
cabello.) ¿Y he
de vivir yo después de haberte marchado? ¿Y he de vivir? (Terminan de entrar las doscientas Mujeres y
aparece Bernarda y sus cinco Hijas. Bernarda viene apoyada
en un bastón.) BERNARDA. (A
la Criada.) ¡Silencio! CRIADA. (Llorando.)
¡Bernarda! BERNARDA. Menos
gritos y más obras. Debías haber procurado que todo esto
estuviera más limpio para recibir al duelo. Vete. No es éste
tu lugar. (La Criada se va sollozando.) Los
pobres son como los animales. Parece como si estuvieran
hechos de otras sustancias. MUJER I.a Los
pobres sienten también sus penas. BERNARDA. Pero
las olvidan delante de un plato de garbanzos. MUCHACHA I.a (Con timidez.) Comer es necesario para
vivir. BERNARDA. A
tu edad no se habla delante de las personas mayores. MUJER I.a Niña,
cállate. BERNARDA. No
he dejado que nadie me dé lecciones. Sentarse. (Se
sientan. Pausa. Fuerte.) Magdalena, no llores. Si
quieres llorar te metes debajo de la cama. ¿Me
has oído? MUJER 2.a (A
Bernarda.) ¿Habéis empezado los trabajos en la era? BERNARDA. Ayer. MUJER 3.a Cae
el sol como plomo. MUJER I.a Hace
años no he conocido calor igual. (Pausa. Se abanican todas.) BERNARDA. ¿Está
hecha la limonada? PONCIA. Sí, Bernarda. (Sale con una gran bandeja llena de jarritas blancas, que distribuye.) BERNARDA. Dale
a los hombres. PONCIA. La están tomando en
el patio. BERNARDA. Que
salgan por donde han entrado. No quiero que pasen por aquí. MUCHACHA. (A
Angustias.) Pepe el Romano estaba con los hombres del
duelo. ANGUSTIAS. Allí
estaba. BERNARDA. Estaba
su madre. Ella ha visto a su madre. A Pepe no la ha visto ni
ella ni yo. MUCHACHA. Me
pareció... BERNARDA. Quien
sí estaba era el viudo de Darajalí. Muy cerca de tu tía.
A ése lo vimos todas. MUJER 2.a (Aparte
y en baja voz.) ¡Mala, más que mala! MUJER 3.a (Aparte
y en baja voz.) ¡Lengua de cuchillo! BERNARDA. Las
mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre que al
oficiante, y a ése porque tiene faldas. Volver la cabeza es
buscar el calor de la pana. MUJER I.a (En
voz baja.) ¡Vieja lagarta recocida! PONCIA. (Entre
dientes.) ¡Sarmentosa por calentura de varón! BERNARDA. (Dando
un golpe de bastón en el suelo.) Alabado
sea Dios. TODAS. (Santiguándose.)
Sea por siempre bendito y alabado. BERNARDA. Descansa en paz con la
santa TODAS. ¡Descansa en paz! BERNARDA. Con el ángel san Miguel TODAS. ¡Descansa en paz! BERNARDA. Con la llave que todo lo
abre TODAS. ¡Descansa en paz! BERNARDA. Con los bienaventurados TODAS. ¡Descansa en paz! BERNARDA. Con nuestra santa caridad TODAS. ¡Descansa en paz! BERNARDA. Concede
el reposo a tu siervo Antonio María Benavides y dale la
corona de tu santa gloria. TODAS. Amén. BERNARDA. (Se
pone de pie y canta.) «Requiem aeternam dona eis, Domine.» TODAS. (De
pie y cantando al modo gregoriano.) «Et lux perpetua luceat
eis. » (Se santiguan.) MUJER I.a Salud
para rogar por su alma. (Van desfilando.) MUJER 3.a No
te faltará la hogaza de pan caliente. MUJER 2.a Ni
el techo para tus hijas. (Van desfilando todas por
delante de Bernarda y saliendo.) (Sale Angustias por otra puerta,
la que da al patio.) MUJER 4.a El
mismo lujo de tu casamiento lo sigas disfrutando. PONCIA. (Entrando
con una bolsa.) De parte de los hombres
esta bolsa de dineros para responsos. BERNARDA. Dales
las gracias y échales una copa de aguardiente. MUCHACHA. (A
Magdalena.) Magdalena. BERNARDA. (A
sus Hijas. A Magdalena, que inicia el llanto.) Chissssss.
(Salen todas. Golpea con el bastón. A las que se han
ido.) ¡Andar a vuestras cuevas a criticar todo lo
que habéis visto! Ojalá tardéis muchos años en volver a
pasar el arco de mi puerta. PONCIA. No tendrás queja
ninguna. Ha venido todo el pueblo. BERNARDA. Sí;
para llenar mi casa con el sudor de sus refajos y el veneno
de sus lenguas. AMELIA. ¡Madre, no hable
usted así! BERNARDA. Es
así como se tiene que hablar en este maldito pueblo sin río,
pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el miedo
de que esté envenenada. PONCIA. ¡Cómo han puesto
la solería! BERNARDA. Igual
que si hubiese pasado por ella una manada de cabras. (La Poncia limpia el suelo.) Niña,
dame un abanico. ADELA. Tome usted. (Le da un abanico redondo con flores rojas y verdes.) BERNARDA. (Arrojando
el abanico al suelo.) ¿Es éste el abanico que
se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el
luto de tu padre. MARTIRIO. Tome
usted el mío. BERNARDA. ¿Y
tú? MARTIRIO. Yo
no tengo calor. BERNARDA. Pues
busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el
luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle.
Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y
ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi
abuelo. Mientras, podéis empezar a bordar el ajuar. En el
arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis cortar
sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas. MAGDALENA. Lo
mismo me da. ADELA. (Agria.)
Si no quieres bordarlas, irán sin bordados. Así
las tuyas lucirán más. MAGDALENA. Ni
las mías ni las vuestras. Sé que ya no me voy a casar.
Prefiero llevar sacos al molino. Todo menos estar sentada días
y días dentro de esta sala oscura. BERNARDA. Eso
tiene ser mujer. MAGDALENA. Malditas
sean las mujeres. BERNARDA. Aquí
se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu
padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el
varón. Eso tiene la gente que nace con posibles. (Sale Adela.) VOZ. Bernarda, ¡déjame salir! BERNARDA. (En
voz alta.) ¡Dejadla ya! (Sale la Criada I.a) CRIADA. Me ha costado mucho
sujetarla. A pesar de sus ochenta años, tu madre es fuerte
como un roble. BERNARDA. Tiene
a quién parecérsele. Mi abuela fue igual. CRIADA. Tuve durante el
duelo que taparle varias veces la boca con un costal vacío
porque quería llamarte para que le dieras agua de fregar
siquiera para beber y carne de perro, que es lo que ella
dice que le das. MARTIRIO. ¡Tiene
mala intención! BERNARDA. (A
la Criada.) Déjala que se desahogue en el patio. CRIADA. Ha sacado del cofre
sus anillos y los pendientes de amatistas, se los ha puesto
y me ha dicho que se quiere casar. (Las Hijas ríen.) BERNARDA. Ve
con ella y ten cuidado que no se acerque al pozo. CRIADA. No tengas miedo que
se tire. BERNARDA. No
es por eso. Pero desde aquel sitio las vecinas pueden verla
desde su ventana. (Sale la Criada.) MARTIRIO. Nos
vamos a cambiar la ropa. BERNARDA. Sí;
pero no el pañuelo de la cabeza. (Entra Adela.) ¿Y Angustias? ADELA. (Con retintín.) La he visto asomada a la rendija del portón. Los hombres se acababan
de ir. BERNARDA. ¿Y
tú a qué fuiste también al portón? ADELA. Me llegué a ver si
habían puesto las gallinas. BERNARDA. ¡Pero
el duelo de los hombres habría salido ya! ADELA. (Con intención.) Todavía estaba un grupo parado por fuera. BERNARDA. (Furiosa.) ¡Angustias! ¡Angustias! ANGUSTIAS. (Entrando.) ¿Qué manda usted? BERNARDA. ¿Qué
mirabas y a quién? ANGUSTIAS. A
nadie. BERNARDA. ¿Es
decente que una mujer de tu clase vaya con el anzuelo detrás
de un hombre el día de la misa de su padre? ¡Contesta! ¿A
quién mirabas? (Pausa.) ANGUSTIAS. Yo... BERNARDA. ¡Tú!
ANGUSTIAS. ¡A
nadie! BERNARDA. (Avanzando con el bastón.) ¡Suave! ¡Dulzarrona! (Le da.) PONCIA. (Corriendo.) ¡Bernarda, cálmate! (La sujeta.) (Angustias llora.) BERNARDA. ¡Fuera
de aquí todas! (Salen.) PONCIA. Ella lo ha hecho sin
dar alcance a lo que hacía, que está francamente mal. ¡Ya
me chocó a mí verla escabullirse hacia el patio! Luego
estuvo detrás de una ventana oyendo la conversación que
traían los hombres, que, como siempre, no se puede oír. BERNARDA. ¡A
eso vienen a los duelos! (Con curiosidad.) ¿De qué hablaban? PONCIA. Hablaban de Paca la
Roseta. Anoche ataron a su marido a un pesebre y a ella se
la llevaron a la grupa del caballo hasta lo alto del olivar. BERNARDA. ¿Y ella? PONCIA. Ella, tan conforme.
Dicen que iba con los pechos fuera y Maximiliano la llevaba
cogida como si tocara la guitarra. ¡Un horror! BERNARDA. ¿Y qué
pasó? PONCIA. Lo que tenía que
pasar. Volvieron casi de día. Paca la Roseta traía el pelo
suelto y una corona de flores en la cabeza. BERNARDA. Es
la única mujer mala que tenemos en el pueblo. PONCIA. Porque no es de aquí.
Es de muy lejos. Y los que fueron con ella son también
hijos de forastero. Los hombres
de aquí no son capaces de eso. BERNARDA. No;
pero les gusta verlo y comentarlo y se chupan los dedos de
que esto ocurra. PONCIA. Contaban muchas
cosas más. BERNARDA. (Mirando a un lado y otro con cierto
temor.) ¿Cuáles? PONCIA. Me da vergüenza
referirlas. BERNARDA. Y mi
hija las oyó. PONCIA. ¡Claro! BERNARDA. Ésa
sale a sus tías; blancas y untosas que ponían ojos de
carnero al piropo de cualquier barberillo. ¡Cuánto hay que
sufrir y luchar para hacer que las personas sean decentes y
no tiren al monte demasiado! PONCIA. ¡Es que tus hijas
están ya en edad de merecer! Demasiada poca guerra te dan.
Angustias ya debe tener mucho más de los treinta. BERNARDA. Treinta
y nueve justos. PONCIA. Figúrate. Y no ha
tenido nunca novio... BERNARDA. (Furiosa.) ¡No,
no ha tenido novio ninguna ni les hace falta! Pueden pasarse
muy bien. PONCIA. No he querido ofenderte. BERNARDA. No hay en cien leguas
a la redonda quien se pueda acercar a ellas. Los hombres de
aquí no son de su clase. ¿Es que quieres que las entregue
a cualquier gañán? PONCIA. Debías haberte ido a
otro pueblo. BERNARDA. Eso, ¡a venderlas! PONCIA. No, Bernarda; a
cambiar... ¡Claro que en otros sitios ellas resultan las
pobres! BERNARDA. ¡Calla esa lengua
atormentadora! PONCIA. Contigo no se puede
hablar. Tenemos o no tenemos confianza. BERNARDA. No tenemos. Me sirves
y te pago. ¡Nada más! CRIADA I.a (Entrando.)
Ahí está don Arturo, que viene a arreglar las
particiones. BERNARDA. Vamos. (A la
Criada.) Tú empieza a blanquear el patio. (A la
Poncia.) Y tú ve guardando en el arca grande
toda la ropa del muerto. PONCIA. Algunas cosas las podríamos
dar... BERNARDA. Nada. ¡Ni un botón!
¡Ni el pañuelo con que le hemos tapado la cara! (Sale
lentamente apoyada en el bastón y al salir, vuelve la
cabeza y mira a sus Criadas. Las Criadas salen después.) (Entran Amelia y Martirio.) AMELIA. ¿Has tomado la
medicina? MARTIRIO. ¡Para lo que me va a
servir! AMELIA. Pero la has tomado. MARTIRIO. Ya hago las cosas sin
fe pero como un reloj. AMELIA. Desde que vino el médico
nuevo estás más animada. MARTIRIO. Yo me siento lo mismo. AMELIA. ¿Te fijaste? Adelaida
no estuvo en el duelo. MARTIRIO. Ya lo sabía. Su novio
no la deja salir ni al tranco de la calle. Antes era alegre.
Ahora ni polvos se echa en la cara. AMELIA. Ya no sabe una si es
mejor tener novio o no. MARTIRIO. Es lo mismo. AMELIA. De todo tiene la culpa
esta crítica que no nos deja vivir. Adelaida habrá pasado
mal rato. MARTIRIO. Le tienen miedo a
nuestra madre. Es la única que conoce la historia de su
padre y el origen de sus tierras. Siempre que viene le tira
puñaladas con el asunto. Su padre mató en Cuba al marido
de su primera mujer para casarse con ella, luego aquí la
abandonó y se fue con otra que tenía una hija y luego tuvo
relaciones con esta muchacha, la madre de Adelaida, y casó
con ella después de haber muerto loca la segunda mujer. AMELIA. Y ese infame, ¿por qué
no está en la cárcel? MARTIRIO. Porque los hombres se
tapan unos a otros las cosas de esta índole y nadie es
capaz de delatar. AMELIA. Pero Adelaida no tiene
culpa de esto. MARTIRIO. No, pero las cosas se
repiten. Yo veo que todo es una terrible repetición. Y ella
tiene el mismo sino de su madre y de su abuela, mujeres las
dos del que la engendró. AMELIA. ¡Qué cosa más grande! MARTIRIO. Es preferible no ver a
un hombre nunca. Desde niña les tuve miedo. Los veía en el
corral uncir los bueyes y levantar los costales de trigo
entre voces y zapatazos y siempre tuve miedo de crecer por
temor de encontrarme de pronto abrazada por ellos. Dios me
ha hecho débil y fea y los ha apartado definitivamente de mí. AMELIA. ¡Eso no digas! Enrique
Humanes estuvo detrás de ti y le gustabas. MARTIRIO. ¡Invenciones de la
gente! Una noche estuve en camisa detrás de la ventana
hasta que fue de día porque me avisó con la hija de su gañán
que iba a venir, y no vino. Fue todo cosa de lenguas. Luego
se casó con otra que tenía más que yo. AMELIA. Y fea como un demonio. MARTIRIO. ¡Qué les importa a
ellos la fealdad! A ellos les importa la tierra, las yuntas
y una perra sumisa que les dé de comer. AMELIA. ¡Ay! (Entra
Magdalena.) MAGDALENA. ¿Qué hacéis? MARTIRIO. Aquí. AMELIA. ¿Y tú? MAGDALENA. Vengo de correr las cámaras.
Por andar un poco. De ver los cuadros bordados en cañamazo
de nuestra abuela, el perrito de lanas y el negro luchando
con el león que tanto nos gustaba de niñas. Aquélla era
una época más alegre. Una boda duraba diez días y no se
usaban las malas lenguas. Hoy hay más finura, las novias se
ponen velo blanco como en las poblaciones y se bebe vino de
botella, pero nos pudrimos por el qué dirán. MARTIRIO. ¡Sabe Dios lo que
entonces pasaría! AMELIA. (A Magdalena.) Llevas
desabrochados los cordones de un zapato. MAGDALENA. ¡Qué más da! AMELIA. Te los vas a pisar y te
vas a caer. MAGDALENA. ¡Una menos! MARTIRIO. ¿Y Adela? MAGDALENA. ¡Ah! Se ha puesto el
traje verde que se hizo para estrenar el día de su cumpleaños,
se ha ido al corral, y ha comenzado a voces: «¡Gallinas,
gallinas, miradme!». ¡Me he tenido que reír! AMELIA. ¡Si la hubiera visto
madre! MAGDALENA. ¡Pobrecilla! Es la más
joven de nosotras y tiene ilusión. ¡Daría algo por verla
feliz! (Pausa. Angustias cruza la
escena con unas toallas en la mano.) ANGUSTIAS. ¿Qué hora es? MARTIRIO. Ya deben ser las doce.
ANGUSTIAS. ¿Tanto? AMELIA. Estarán al caer. (Sale Angustias.) MAGDALENA. (Con intención.) ¿Sabéis
ya la cosa...? (Señalando a Angustias.) AMELIA. No. MAGDALENA. ¡Vamos! MARTIRIO. ¡No sé a qué cosa
te refieres...! MAGDALENA. ¡Mejor que yo lo sabéis
las dos, siempre cabeza con cabeza como dos ovejitas, pero
sin desahogaros con nadie! ¡Lo de Pepe el Romano! MARTIRIO. ¡Ah! MAGDALENA. (Remedándola.) ¡Ah!
Ya se comenta por el pueblo. Pepe el Romano viene a casarse
con Angustias. Anoche estuvo rondando la casa y creo que
pronto va a mandar un emisario. MARTIRIO. ¡Yo me alegro! Es
buen hombre. AMELIA. Yo también. Angustias
tiene buenas condiciones. MAGDALENA. Ninguna de las dos os
alegráis. MARTIRIO. ¡Magdalena! ¡Mujer! MAGDALENA. Si viniera por el
tipo de Angustias, por Angustias como mujer, yo me alegraría;
pero viene por el dinero. Aunque Angustias es nuestra
hermana, aquí estamos en familia y reconocemos que está
vieja, enfermiza y que siempre ha sido la que ha tenido
menos mérito de todas nosotras. Porque si con veinte años
parecía un palo vestido, ¡qué será ahora que tiene
cuarenta! MARTIRIO. No hables así. La
suerte viene a quien menos la aguarda. AMELIA. ¡Después de todo dice
la verdad! ¡Angustias tiene el dinero de su padre, es la única
rica de la casa y por eso ahora que nuestro padre ha muerto
y ya se harán particiones vienen por ella! MAGDALENA. Pepe el Romano tiene
veinticinco años y es el mejor tipo de todos estos
contornos; lo natural sería que te pretendiera a ti,
Amelia, o a nuestra Adela, que tiene veinte años, pero no
que venga a buscar lo más oscuro de esta casa, a una mujer
que, como su padre, habla con la nariz. MARTIRIO. ¡Puede que a él le
guste! MAGDALENA. ¡Nunca he podido
resistir tu hipocresía! MARTIRIO. ¡Dios nos valga! (Entra Adela.) MAGDALENA. ¿Te han visto ya las gallinas? ADELA. ¿Y qué querías que
hiciera? AMELIA. ¡Si te ve nuestra
madre te arrastra del pelo! ADELA. Tenía mucha ilusión
con el vestido. Pensaba ponérmelo el día que vamos a comer
sandías a la noria. No hubiera habido otro igual. MARTIRIO. ¡Es
un vestido precioso! ADELA. Y me está muy bien.
Es lo que mejor ha cortado Magdalena. MAGDALENA. ¿Y
las gallinas qué te han dicho? ADELA. Regalarme una
cuantas pulgas que me han acribillado las piernas. (Ríen.) MARTIRIO. Lo
que puedes hacer es teñirlo de negro. MAGDALENA. ¡Lo
mejor que puede hacer es regalárselo a Angustias para su
boda con Pepe el Romano! ADELA. (Con
emoción contenida.) ¡Pero Pepe el Romano...! AMELIA. ¿No lo has oído
decir? ADELA. No. MAGDALENA. ¡Pues
ya lo sabes! ADELA. ¡Pero si no puede
ser! MAGDALENA. ¡El
dinero lo puede todo! ADELA. ¿Por eso ha salido
detrás del duelo y estuvo mirando por el portón? (Pausa.)
Y ese hombre es capaz
de... MAGDALENA. Es
capaz de todo. (Pausa.) MARTIRIO. ¿Qué
piensas, Adela? ADELA. Pienso que este luto
me ha cogido en la peor época de mi vida para pasarlo. MAGDALENA. Ya
te acostumbrarás. ADELA. (Rompiendo
a llorar con ira.) ¡No, no me acostumbraré!
Yo no quiero estar encerrada. ¡No quiero que se me pongan
las carnes como a vosotras! ¡No quiero perder mi blancura
en estas habitaciones! ¡Mañana me pondré mi vestido verde
y me echaré a pasear por la calle! ¡Yo quiero salir!
(Entre la Criada I.a) MAGDALENA. (Autoritaria.)
¡Adela! CRIADA I.a ¡La
pobre! ¡Cuánto ha sentido a su padre! (Sale.)
MARTIRIO. ¡Calla! AMELIA. Lo que sea de una
será de todas. (Adela se calma.) MAGDALENA. Ha
estado a punto de oírte la criada. CRIADA. (Apareciendo.)
Pepe el Romano viene por lo alto de la calle.
(Amelia, Martirio y Magdalena
corren presurosas.) MAGDALENA. ¡Vamos a verlo! (Salen rápidas.) CRIADA. (A
Adela.) ¿Tú no
vas? ADELA. No me importa. CRIADA. Como dará la vuelta
a la esquina, desde la ventana de tu cuarto se verá mejor. (Sale la Criada.) (Adela queda en escena dudando; después de un
instante se va también rápida hacia su habitación. Sale
Bernarda y la Poncia.) BERNARDA. ¡Malditas
particiones! PONCIA. ¡¡Cuánto dinero
le queda a Angustias!! BERNARDA. Sí. PONCIA. Y a las otras
bastante menos. BERNARDA. Ya
me lo has dicho tres veces y no te he querido replicar.
Bastante menos, mucho menos. No me lo recuerdes más. (Sale Angustias muy compuesta de
cara.) BERNARDA. ¡Angustias! ANGUSTIAS. Madre. BERNARDA. ¿Pero
has tenido valor de echarte polvos en la cara? ¿Has tenido
valor de lavarte la cara el día de la misa de tu padre? ANGUSTIAS. No
era mi padre. El mío murió hace tiempo. ¿Es que ya no lo
recuerda usted? BERNARDA. ¡Más
debes a este hombre, padre de tus hermanas, que al tuyo!
Gracias a este hombre tienes colmada tu fortuna. ANGUSTIAS. ¡Eso
lo teníamos que ver! BERNARDA. ¡Aunque
fuera por decencia! Por respeto.
ANGUSTIAS. Madre,
déjeme usted salir. BERNARDA. ¿Salir?
Después de que te hayas quitado esos polvos de la cara, ¡suavona!
¡Yeyo! ¡Espejo de tus tías! (Le quita violentamente con
su pañuelo los polvos.) ¡Ahora vete! PONCIA. ¡Bernarda, no seas
tan inquisitiva! BERNARDA. Aunque
mi madre esté loca, yo estoy con mis cinco sentidos y sé
perfectamente lo que hago. (Entran todas.) MAGDALENA. ¿Qué
pasa? BERNARDA. No
pasa nada. MAGDALENA. (A
Angustias.) Si es que discutís por las
particiones, tú que eres la más rica te puedes quedar con
todo. ANGUSTIAS. ¡Guárdate
la lengua en la madriguera!
BERNARDA. (Golpeando
con el bastón en el suelo.) ¡No os hagáis
ilusiones de que vais a poder conmigo! ¡Hasta que salga de
esta casa con los pies adelante mandaré en lo mío y en lo
vuestro! (Se
oyen unas voces y entra en escena María Josefa, la madre de
Bernarda, viejísima, ataviada con flores en la cabeza y en
el pecho.) MARÍA JOSEFA. Bernarda,
¿dónde está mi mantilla? Nada de lo que tengo quiero que
sea para vosotras: ni mis anillos ni mi traje negro de moaré.
Porque ninguna de vosotras se va a casar. ¡Ninguna!
Bernarda, ¡dame mi gargantilla de perlas! BERNARDA. (A
la Criada.) ¿Por qué la habéis dejado entrar? CRIADA. (Temblando.)
¡Se me escapó! MARÍA JOSEFA. Me
escapé porque me quiero casar, porque quiero casarme con un
varón hermoso de la orilla del mar, ya que aquí los
hombres huyen de las mujeres. BERNARDA. ¡Calle
usted, madre! MARÍA JOSEFA. No,
no callo. No quiero ver a estas mujeres solteras rabiando
por la boda, haciéndose polvo el corazón, y yo me quiero
ir a mi pueblo. ¡Bernarda, yo quiero un varón para casarme
y para tener alegría! BERNARDA. ¡Encerradla! MARÍA JOSEFA. ¡Déjame
salir, Bernarda! (La Criada coge a María
Josefa.) BERNARDA. ¡Ayudarla
vosotras! (Todas arrastran a la Vieja.) MARÍA JOSEFA. ¡Quiero
irme de aquí, Bernarda! A casarme a la orilla del mar, a la
orilla del mar. Telón
rápido
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