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Capítulos VI a X

VI

EL TEDIO

Non só piú cosa son
Cosa facio
MOZART.

Salía la señora de Rênal, con la vivacidad y gracia que le eran peculiares cuando se veía lejos de las miradas de los hombres, por la puerta del salón que daba acceso al jardín, cuando vio, junto a la verja de entrada, el rostro de un joven, casi un niño, extremadamente pálido y que acababa de llorar.

La tez del joven, que estaba en mangas de camisa, era tan blanca, y sus ojos miraban con dulzura tan notable, que el espíritu de la señora de Rênal, un poquito inclinado por naturaleza a lo novelesco, creyó al principio que acaso fuese una doncella disfrazada que deseaba pedir algún favor al señor alcalde. Llena de compasión hacia aquella pobre criatura, que evidentemente no osaba llevar su mano hasta el cordón de la campanilla, la señora de Rênal se aproximó, sin acordarse por el momento del disgusto que le producía la llegada del preceptor de sus hijos. No la vio llegar Julián, que estaba vuelto de espaldas; de aquí que se estremeciese cuando una voz muy dulce dijo cerca de su oído:

-¿Qué desea usted, hija mía?

Giró con rapidez sobre sus talones Julián, quien ante la mirada dulce y llena de gracia de la señora de Rênal, perdió buena parte de su timidez. La belleza de la dama que tenía delante fue parte a que lo olvidara todo, incluso el objeto que a la casa le llevaba. La señora de Rênal hubo de repetir su pregunta.

-Vengo para ser preceptor, señora- pudo responder al fin, bajando avergonzado los ojos, llenos de lágrimas que procuró secar como mejor pudo.

La señora de Rênal quedó muda de asombro. Julián no había visto en su vida una criatura tan bien vestida, y mucho menos una mujer tan linda, hablándole con expresión tan dulce. Ella, por su parte, contemplaba silenciosa las gruesas lágrimas que resbalaban lentas por las mejillas del joven, pálidas, muy pálidas momentos antes, y sonrosadas, intensamente sonrosadas ahora.

Al cabo de breves instantes, la señora rompió a reír con la alegría bulliciosa de una doncella traviesa; se reía de sí misma, de sus temores pasados, de sus aprensiones... y se consideraba feliz al ver transformado en un joven tan tímido, tan dulce, al terrible preceptor que se había imaginado como dómine sucio y mal vestido, cuya misión sería regañar y dar azotes a sus hijos.

-¡Cómo!- exclamó al fin ¿Es posible, señor, que usted sepa latín?

La palabra señor sonó como música deliciosa en los oídos de Julián.

-Sí, señora- contestó con timidez, no sin reflexionar antes.

La alegría que inundaba el alma sensible de la alcaldesa dio a ésta valor para preguntar:

-¿Verdad que no reñirá demasiado a mis pobres hijitos?

-¡Reñirles!- exclamó Julián, admirado-. ¿Por qué, señora?

-Yo quisiera, señor, que fuese usted muy bueno para ellos- añadió tras un silencio de contados segundos y con voz más conmovida por instantes-. ¿Me promete que lo será?

Nunca pudo soñar Julián que una dama de gran distinción, una dama tan hermosa y bien vestida, le llamase señor, no una, sino dos veces, como no fuera cuando él vistiese un uniforme lujoso y distinguido. En cuanto a la señora de Rênal, habíala sorprendido por completo, pero muy agradablemente la tez delicada, los grandes ojos negros y los hermosos cabellos de Julián, más rizados que de ordinario y más brillantes, consecuencia de haber sumergido momentos antes la cabeza en la fuente pública. Aumentaba su júbilo la expresión de niña tímida de aquel preceptor fatal, a quien se había imaginado duro, severo, casi un verdugo sin corazón para sus hijos. Dado el carácter de la señora de Rênal, el contraste entre la realidad y sus temores fue un acontecimiento de gran trascendencia. Cuando cesó su sorpresa, sintió cierta alarma al verse tan cerca de un joven en mangas de camisa.

-Entre usted, señor- dijo.

Jamás sintió en su alma el choque de una sensación tan agradable, jamás a sus temores siguió una aparición tan graciosa como la que en la verja de su jardín acababa de encontrar.

Apenas llegada al vestíbulo, volvióse hacia Julián, que la seguía con paso tímido. La maravilla que reflejaban los ojos del joven, y que era producida por el aspecto de una casa tan lujosa, fue para la señora de Rênal un atractivo, una gracia más. Hasta llegó a creer que la engañaban sus ojos, pues nunca pudo imaginarse un preceptor que no vistiera sotana o levita negra.

-¿Pero es cierto, señor, que sabe usted latín?- preguntó de nuevo.

La pregunta hirió el orgullo de Julián.

-Sí, señora- contestó, procurando dar a su tono mucha frialdad-. Sé tanto latín como el señor cura, quien con frecuencia ha tenido la bondad de decirme que lo conozco más a la perfección que él.

Acercóse más la señora, y repuso a media voz:

-¿Verdad que, sobre todo los primeros días, no dará usted palmetazos a mis hijos, aún cuando éstos no sepan sus lecciones?

El tono dulce y de súplica de tan hermosa dama borró bruscamente de la imaginación de Julián todas las consideraciones debidas a su reputación de latinista. Ya no se acordó de su ciencia el pobre muchacho, ni pensó en otra cosa que en el lindo rostro de la señora de Rênal, tan próximo al suyo, en aquella mujer cuyo bien modelado cuerpo, ataviado con ligero traje de verano, exhalaba perfumes que le embriagaban.

Julián enrojeció intensamente y contestó con voz desfallecida:

-No tema usted, señora: la obedeceré en todo.

Entonces fue cuando, disipados por completo los temores que le inspiraba la suerte futura de sus hijos, reparó la señora de Rênal en la belleza de rostro de Julián. El cuerpo casi femenino y la timidez del joven no podían parecer ridículos a una mujer que era la timidez personificada; antes al contrario: le habría dado miedo encontrarse con esa expresión varonil que comúnmente se considera necesaria a la belleza masculina.

-¿Qué edad tiene usted, señor?- preguntó a Julián.

-Cumpliré muy pronto diecinueve años.

-Mi hijo mayor tiene once- repuso la señora Rênal- Será casi un camarada, un amigo para usted. Su padre quiso pegarle un día, y las consecuencias para el pobre niño fueron una semana de enfermedad; y eso que el golpe que le dio fue insignificante.

-¡Qué diferencia!- pensó Julián-. ¡Ayer, sin ir más lejos, me pegó una paliza tremenda mi padre! ¡Qué dichosos son los ricos!...

Entrevió la señora de Rênal las nubes que se cernían sobre el alma del preceptor, pero creyendo que la tristeza de éste era un movimiento de timidez, se propuso darle ánimos.

-¿Cómo se llama usted, señor?- preguntó con voz tan dulce que encantó a Julián.

-Me llamo Julián Sorel, señora- respondió el joven- Tiemblo al entrar por vez primera en mi vida en una casa extraña. Me es indispensable su protección, señora, y necesitaré de toda su indulgencia, sobre todo los primeros días. No he estudiado en ningún colegio... soy demasiado pobre... ni he tenido relaciones con otros hombres que con nuestro pariente, el difunto médico mayor, que era caballero de la Legión de Honor, y con el señor cura párroco. Este podrá dar referencias sobre mi conducta. Mis hermanos me han pegado desde que vine al mundo; no me quieren: si hablan mal de mí, ruego a usted no los crea. Las faltas que cometa, señora, le ruego que me las perdone, porque desde ahora protesto que no serán cometidas con intención.

Tranquilizado Julián mientras pronunció su discurso, se atrevió a examinar con menos disimulo que antes a la señora de Rênal. Seduce y extasía la gracia femenina cuando es natural y sobre todo cuando la persona que de ella está adornada no piensa que la tiene. Julián, que no entendía de belleza femenina, habría jurado que la mujer que delante tenía no había cumplido los veinte años. Ocurriósele de pronto la atrevida idea de besar la mano a su dulce protectora. La idea le dio miedo; pero un instante después se dijo que sería cobardía insigne dejar de ejecutar una acción que podría serle útil y contribuir a disminuir el menosprecio que seguramente inspiraría a una dama tan hermosa un pobre obrero apenas arrancado a la sierra. Es posible que le alentase un poco el recuerdo de la frase «muchacho guapo» que, desde seis meses antes escuchaba con frecuencia los domingos, al salir de misa, y que pronunciaban las jóvenes. Mientras reñían en su interior su osadía y su timidez, la señora de Rênal le dirigió algunas palabras encaminadas a instruirle sobre la manera de tratar a sus hijos.

-Prometo no pegar nunca a sus hijos, señora; lo juro ante Dios- contestó Julián, con fuego.

Mientras pronunciaba las palabras anteriores, tomó la mano de la señora de Rênal y la llevó a sus labios.

La acción del joven dejó estupefacta a la dama. Nada dijo, sin embargo, aunque, pasados breves momentos, se regañó mentalmente a sí misma.

El señor Rênal, a cuyos oídos había llegado el rumor de la conversación, salió de su gabinete, y adoptando los aires majestuosos y paternales en que solía envolverse cuando asistía a los matrimonios celebrados en la alcaldía, dijo a Julián:

-Necesito hablarle antes que le vean los niños.

Seguidamente hizo entrar a Julián en una habitación y rogó a su mujer, al observar que se disponía a dejarlos solos, que no se fuese.

Cerrada la puerta, el señor Rênal habló a Julián en los siguientes términos:

-Me ha dicho el señor cura que es usted un buen muchacho. En esta casa se le tratará con honor, y si su comportamiento me agrada, cuenta mía será ayudarle a prosperar. Lo que no quiero es que usted se relacione con su familia ni con sus amigos, cuya condición no puede convenir a mis hijos. Tome usted los treinta y seis francos correspondientes a su primer mes de sueldo, pero exijo su palabra de honor de que no ha de dar un sólo céntimo a su padre.

El señor Rênal estaba furioso contra el ladino viejo, que le había vencido en astucia.

-Ahora, señor, pues, obedeciendo órdenes mías, todo el mundo en esta casa le llamará así, conviene que cuanto antes se vista como corresponde, porque no quiero que mis hijos le vean en mangas de camisa. ¿Le han visto los criados?- preguntó a su mujer.

-No, amigo mío- contestó la interrogada con expresión pensativa.

-Mejor. Póngase provisionalmente esto- repuso, dando al joven una levita suya-, y vamos al establecimiento del señor Durand.

Una hora más tarde, cuando el señor Rênal volvió con el preceptor, vestido de negro de pies a cabeza, encontró a su mujer sentada en el mismo sitio donde la dejara. La presencia de Julián llevó la tranquilidad a su ánimo, porque examinándole, olvidaba el miedo que aquel comenzaba a inspirarle.

Julián no pensaba en ella. No obstante su desconfianza en el destino, y en los hombres, en aquellos momentos no era más que un niño. Creía que había vivido años enteros desde el instante en que, tres horas antes, había salido temblando de la iglesia. Observó la expresión de frialdad de la señora de Rênal, y comprendió que ésta estaba disgustada, encolerizada probablemente, contra quien había tenido el atrevimiento de besarle la mano; pero el sentimiento de orgullo que le daba el contacto de su cuerpo con ropas tan diferentes de las que vistió siempre, juntamente con el anhelo de disimular su alegría, le tenían tan fuera de sí mismo, que sus movimientos tenían mucho de brusco y hasta de loco. La señora de Rênal le contemplaba con ojos de asombro.

-Mucha gravedad, señor, si quiere usted que le respeten mis hijos y la servidumbre- dijo el señor Rênal.

-Me enajenan, señor, estos vestidos, que yo, pobre campesino, no estoy habituado a llevar- contestó Julián- Si usted me lo permite, me recluiré en mi habitación.

-¿Qué te parece mi nueva adquisición?- preguntó el alcalde a su mujer.

Instintivamente, y sin darse de ello cuenta, la señora de Rênal ocultó por primera vez en su vida, acaso, la verdad a su marido.

-Bien, aunque no me seduce tanto como a ti ese campesino- respondió-. Tus atenciones excesivas le convertirán tal vez un impertinente insoportable, que te obligará a despedirle antes de un mes.

-¡Bueno!... Le despediremos...Total, un centenar de francos tirados a la calle, y bien vale esa cantidad el gusto de que Verrières se vaya acostumbrando a ver que los hijos del señor Rênal tienen preceptor. No podríamos alcanzar este objeto si dejásemos a Julián vestido de obrero y como a obrero le tratásemos. Si le despedimos, se irá con el traje que lleva, y que he encontrado hecho en la sastrería, pero no con el que acabo de encargarle en el establecimiento Durand.

La hora que Julián pasó encerrado en su habitación pareció un minuto a la señora de Rênal. Sus hijos, a quienes hizo sabedores de la llegada de su preceptor, la abrumaron a fuerza de preguntas. Salió al fin Julián. Era ya otro hombre. Si dijéramos que estaba grave, faltaríamos abiertamente a la verdad: era la encarnación de la gravedad. Presentado a los niños, habló a éstos con expresión que dejó atónito al mismo señor Rênal.

-He venido a esta casa, señoritos- les dijo al terminar su alocución-, para enseñar a ustedes latín. Saben ustedes, a no dudar, qué es recitar una lección. He aquí la Santa Biblia- añadió, mostrando a los niños un tomito encuadernado en piel negra-. Es la historia de nuestro Señor Jesucristo, la parte que se llama Nuevo Testamento. Puesto que con frecuencia les obligaré a que me reciten lecciones, justo es que principien ustedes obligándome a recitar la mía... Abra usted el libro al azar- añadió, dirigiéndose al mayor de los niños, llamado  Adolfo, que había tomado el libro en sus manos-; lea usted la primera palabra de una línea cualquiera, y yo recitaré de memoria el sagrado texto, que debe ser norma de conducta para todos, sin interrumpirme hasta que usted lo ordene.

Abrió Adolfo el libro, leyó una palabra, y Julián recitó la página entera, con tanta facilidad como si hubiese recitado un romance en francés. El señor Rênal miraba a su mujer con expresión de triunfo: los niños, observando el asombro de sus padres, abrían desmesuradamente sus ojos. Llegó un criado a la puerta del salón, y como Julián no cesase de hablar en latín, quedó inmóvil durante breves instantes y desapareció luego. Muy pronto ocuparon la entrada de la estancia la doncella de la señora y la cocinera. Adolfo había abierto ya el libro por ocho páginas diferentes, y Julián continuaba recitando con la misma facilidad.

-¡Oh, Dios mío!- exclamó en alta voz la cocinera, joven sumamente devota-: ¡Qué curita tan guapo!

El amor propio del señor Rênal comenzaba a inquietarse.

Lejos de pensar en examinar al preceptor, embargaba todas sus facultades el anhelo de encontrar en los desvanes de su memoria algunas palabras latinas. Al fin consiguió recitar un verso de Horacio, y Julián, que no sabía ni quería saber más latín que el de su Biblia, respondió, frunciendo el entrecejo:

-La santidad del ministerio al que aspiro me veda leer un poeta tan profano.

El señor Rênal recitó una infinidad de versos que atribuyó a Horacio: explicó a sus hijos lo que había sido aquel gran poeta; pero los niños, poseídos de admiración, apenas si escuchaban las palabras de su padre: todas las potencias de su alma, todos los sentidos de su cuerpo, los embargaba Julián.

Como continuaran los criados en la puerta, Julián creyó deber suyo prolongar la prueba.

-Deseo también que el señor Estanislao Javier me indique un pasaje del libro sagrado- dijo, dirigiéndose al más pequeño de sus discípulos.

Estanislao, con mirada llena de orgullo, leyó como Dios le dio a entender la primera palabra de una línea, y Julián recitó toda la página. Para que el triunfo del señor Rênal fuese completo, mientras el preceptor recitaba, llegaron el señor Valenod, el dueño del tronco de soberbios caballos normandos, y el señor Charcot de Maugiron, subprefecto del distrito.

La escena que dejamos detallada valió a Julián el título de señor, que los mismos criados no se atrevieron a negarle ni escatimarle.

Aquella noche no quedó en Verrières persona de distinción que no acudiera a la tertulia del alcalde, ávida de admirar el prodigio. Julián contestó a todo el mundo con expresión tan sombría, que los mantuvo a distancia. Su gloria se propagó con rapidez tal, que algunos días después, el señor Rênal, temiendo que le arrebatasen a su preceptor, le propuso firmar un compromiso por dos años.

-No, señor- respondió con frialdad Julián-. No puedo firmar ese compromiso desde el momento que usted tiene derecho a despedirme el día que no le convengan mis servicios.

Un contrato que me obligase, sin obligar a usted, sería desigual: no lo acepto.

Tan admirablemente supo componérselas Julián, que al mes de su enterada en la casa, habíase conquistado el respeto de todos, incluso el del señor Rênal. Como el párroco había regañado con los señores Rênal y Valenod, nadie podía revelar a éstos la pasión que antiguamente tuvo Julián por Napoleón, de quien ya no hablaba más que con horror.

VII
LAS AFINIDADES ELECTIVAS

No saben llegar hasta el corazón
sin herirle.
    Autor Moderno

Le adoraban los niños, sin que el preceptor tuviese para ellos una chispa de cariño. Jamás le impacientó nada de lo que sus discípulos hacían. Frío, impasible, supo hacerse querer, porque su llegada alejó, hasta cierto punto el tedio de la casa, y fue un buen preceptor. Inspirábale odio, horror, la familia en cuyo seno había sido admitido, siquiera fuese en el lugar más humilde, circunstancia que, tal vez explique su odio y su horror. Algunas veces, pocas, en banquetes de gran aparato, le costó un trabajo inmenso contener dentro de su pecho el odio que encendía lo que le rodeaba. Entre otros, un día de San Luis, la presencia en la casa del señor Valenod, alzó en el alma de Julián tal tempestad de furia, que estuvo a punto de venderse: si quiso evitarlo, hubo de huir al jardín, pretextando el deseo de ver a sus discípulos.

-¡Qué de elogios a la probidad!- rugía a media voz Julián ¡Cuánta mentira, cuánta hipocresía! ¡No parece sino que la probidad sea la única virtud!... ¡Y, sin embargo, qué de consideraciones, qué de respeto vil hacia un hombre, que ha triplicado su fortuna desde que administra el caudal de los pobres! ¡Apostaría a que especula con los fondos destinados a los niños expósitos, esos seres desventurados cuya miseria es mil veces más sagrada que la de ningún mortal! ¡Ah, monstruos... monstruos! ¡También soy yo un expósito, puesto que me aborrece mi padre, me odian mis hermanos, me detesta todami familia!

Algunos días antes de la festividad de San Luis, hallándose Julián paseando, sin más compañía que la de su breviario, por un bosquecillo llamado el Belvédere, que domina el Paseo de la Felicidad, intentó en vano esquivar el encuentro con sus dos hermanos, a quienes vio venir desde lejos, por un sendero solitario. En tales términos excitaron la envidia de aquellos obreros groseros el hermoso traje negro que vestía su hermano menor, su expresión de dignidad y el desdén sincero que le inspiraban, que le golpearon bárbaramente, dejándolo tendido en tierra, desmayado y cubierto de sangre. Llegó por casualidad la señora de Rênal, que paseaba por el bosquecillo con Valenod y el subprefecto, y viendo a Julián tendido e inmóvil, le creyó muerto. Se afectó, como era natural, pero llevó a extremos tales su dolor, que dio celos a Valenod.

En honor a la verdad, diremos que las suspicacias del director del Asilo fueron prematuras. Cierto que Julián encontraba muy hermosa a la señora de Rênal, pero precisamente su hermosura, lejos de despertar su amor, excitó su aborrecimiento hacia ella, sencillamente porque fue el primer escollo contra el cual estuvo a punto de estrellarse su fortuna. Procuraba huir de ella y no le dirigiría la palabra, como no fuese en caso de necesidad absoluta, pues se había propuesto hacer que olvidase el transporte que el día de su llegada a la casa, le arrastró a besar su mano.

Elisa, que así se llamaba la doncella de la señora de Rênal, llegó a enamorarse de veras del joven preceptor, de quien constantemente hablaba a su señora. El amor de la doncella costó al preceptor el odio de uno de los criados de la casa. Un día Julián oyó las palabras siguientes, que el criado decía a la doncella:

-Desde que entró en la casa ese preceptor grasiento, me niegas hasta los buenos días.

Aunque Julián no era merecedor del calificativo de grasiento, a partir del día en que oyó la palabreja se esmeró más y más en el cuidado de su persona. Con ello consiguió centuplicar el odio de Valenod, quien dijo a cuantos quisieron oírle que tanta coquetería se armonizaba mal con la humildad de quien estaba llamado a vestir sotana.

Observó la señora de Rênal que Julián hablaba con mayor frecuencia que antes con Elisa, mas no tardó en saber que las conferencias eran consecuencia de la escasez de ropa blanca del preceptor, quien se veía obligado a darla a lavar fuera de la casa, y lo hacía por mediación de la doncella. Su pobreza extrema, que nunca pudo sospechar la señora de Rênal, conmovió vivamente a ésta, quien de buena gana la habría remediado haciéndole regalos, si se hubiese atrevido. Esta resistencia interna fue el primer sentimiento penoso que le causó Julián, pues hasta entonces, el nombre del preceptor y la sensación de una alegría pura y espiritual eran en ella sinónimos.

La idea de la pobreza de Julián llegó a atormentarla en tales términos, que habló a su marido de regalarle alguna ropa.

-¡Error, querida mía, error insigne!- contestó su marido- ¿Hacer regalos a quien nos sirve admirablemente y de quien estamos contentos? ¡Nunca! Los regalos se dan al negligente a fin de estimular su celo.

Semejante manera de ver las cosas, que antes de la llegada de Julián no hubiera llamado su atención, la humilló en extremo.

No veía una vez al preceptor de sus hijos, siempre limpio, siempre pulcro, sin que se repitiera asombrada:

-¿Cómo puede hacer ese milagro nuestro pobre Julián?

Era la señora de Rênal una de esas provincianas a quienes se suele tomar por necias los quince días primeros que se las trata. Dotada de un alma delicada y desdeñosa a la par, el instinto de dicha, que es natural a todos los seres, hacía que nunca, o casi nunca, prestase la menor atención a las acciones de los personajes groseros en cuyo círculo la arrojara el azar.

Habríase hecho notar por su talento y vivacidad si hubiese recibido alguna instrucción, pero, como heredera que era, habíanla encerrado sus padres en el colegio de las Adoratrices del Sagrado Corazón de Jesús, donde bebió una animadversión decidida hacia todos los que fuesen enemigos de los jesuitas. Tuvo bastante buen sentido, para olvidar muy pronto todo lo que en el colegio había aprendido, pero como no intentó siquiera rellenar el vacío, acabó por no saber nada.

Las lisonjas precoces de que, en su calidad de rica heredera, la hicieron objeto, y su inclinación decidida hacia una devoción apasionada, fueron causas que la llevaron a vivir una vida netamente interior. Bajo apariencias de una condescendencia absoluta y de una abnegación de voluntad que los maridos de Verrières presentaban como modelo a sus mujeres, y que llenaba de orgullo a su marido, el carácter de la señora de Rênal era resultado de un temperamento todo altivez, todo soberbia.

Princesas ha habido célebres por su orgullo que se han dignado prestar más atención a lo que los caballeros decían o hacían en derredor suyo que la que merecía a esta mujer, tan dulce y modesta en apariencia, lo que dijese o hiciese su marido.

Hasta que llegó Julián a la casa, lo único que la preocupó fueron sus hijos. Las indisposiciones de éstos, sus dolores, sus alegrías, embargaban toda la sensibilidad de aquella alma que Sólo para Dios tuvo amor mientras, permaneció en el Sagrado Corazón de Besançon.

No se dignaba decirlo a nadie, pero era lo cierto que un acceso de fiebre que sufriese cualquiera de sus hijos la sumía en tanta desolación como si el niño hubiese muerto. Las confidencias de pesadumbres de este género, que la necesidad de expansión la había movido a hacer a su marido en los años primeros de su matrimonio, habían sido acogidas con una risotada grosera o un encogimiento desdeñoso de hombros, manifestaciones que revolvían el puñal del dolor en la herida y contrastaban con las almibaradas frases que le prodigaron en el convento donde pasó su primera juventud. Demasiado orgullosa para hablar a nadie de sus pesares, ni siquiera a su buena amiga la señora de Derville, imaginó que todos los hombres eran como su marido, como Valenod y como el subprefecto Charcot de Maugiron. La insensibilidad, más brutal para todo lo que no fuera dinero u honores, y el odio ciego contra todos los que sostienen y defienden opiniones contrarias a las suyas, eran, a su juicio, cualidades tan naturales al sexo masculino como calzar botas o usar sombreros de fieltro.

Pasaron varios años sin que la señora de Rênal se hubiese acostumbrado a la manera de ser de los hombres de dinero en medio de los cuales vivía.

De aquí el éxito del joven preceptor. La señora de Rênal encontró goces llenos de dulzura y de encanto en la simpatía del alma noble y altiva de aquel. Le perdonó de buen grado y sin esfuerzo su ignorancia supina en todo lo referente al trato social, y le pareció una gracia más la rudeza de sus modales, que ella llegó a corregir sin proponérselo. Se convenció de que merecía ser escuchado hasta cuando hablaba de cosas indiferentes, hasta cuando se trataba de la muerte de un perro, aplastado, al atravesar la calle, bajo las ruedas de la carreta de un labrador. Un espectáculo de este género hacia reír a su marido, al paso que determinaba en Julián un fruncimiento enérgico de sus bien arqueadas cejas. Poco a poco fue creyendo que solamente en el alma del joven curita tenían albergue la generosidad, la nobleza, la humanidad, y, como es natural, le concedió toda la simpatía, toda la admiración que en las almas bien nacidas despiertan estas virtudes.

En París, la posición de Julián con respecto a la señora de Rênal, se habría simplificado muy pronto, porque en París, el amor es hijo natural de la novela: el joven preceptor y su tímida señora habrían hallado en cualquier comedia, y hasta en los couplets del Gimnasio, luz suficientemente clara para determinar su situación respectiva. Las comedias o novelas les hubiesen señalado el camino que debían seguir, mostrado el modelo que podían imitar, y la vanidad se hubiera encargado de obligar a Julián a seguir las huellas del modelo en cuestión, aun cuando seguirle no le hubiese proporcionado el menor placer.

En cualquier ciudad pequeña del Aveyron o de los Pirineos, cualquier incidente, el más trivial, habría podido adquirir proporciones decisivas a consecuencia del clima. Bajo nuestro cielo, más sombrío, un joven pobre, que no conocería la ambición si no poseyera un corazón delicado que ansía disfrutar de algunos de los goces que proporciona el dinero, ve diariamente a una mujer de treinta años, hermosa y tentadora, y cree sinceramente que no tiene pensamientos más que para sus hijos, y que no busca en las novelas los modelos de su conducta juiciosa. En provincias todo va despacio, por sus pasos contados: hay más naturalidad que en las grandes capitales.

Con frecuencia, al pensar en la pobreza del joven preceptor, se enternecía la señora de Rênal hasta el extremo de derramar lágrimas. Julián la sorprendió un día llorando desconsolada.

-¡Señora!- exclamó Julián ¿Ocurre alguna desgracia?

-No, amigo mío, no... Llame a los niños, y vamos a pasear- respondió ella.

Al salir, se apoyó en el brazo de Julián en forma que llamó la atención de éste. Habíale llamado amigo por primera vez.

Durante el paseo, observó Julián que sus mejillas se cubrían de vivo carmín.

-Quizá le hayan dicho a usted que soy única heredera de una tía mía, muy rica, que reside en Besançon- dijo sin mirar a su acompañante- Me envía tantos regalos, que no sé qué hacer con ellos... Mis hijos adelantan tanto... que quisiera que usted se dignase aceptar un regalito... una pequeña muestra de mi reconocimiento... ¡No es nada!... ¡Algunos luises para que pueda usted comprarse ropa blanca!... Pero...

-...¿Qué, señora?- preguntó Julián, viendo que el carmín de sus mejillas aumentaba y que su lengua callaba.

-Quiero decir que sería inútil hablar de ello a mi marido- añadió, bajando la cabeza.

-Pequeño soy, señora; nada valgo, pero no soy vil- contestó Julián, irguiéndose altanero y clavando en su señora sus ojos que despedían destellos de cólera-. Sin duda no ha meditado usted bien lo que dice. Sería yo menos que un criado si me pusiera en el caso de tener que ocultar al señor Rênal nada relativo a mi dinero.

La señora de Rênal quedó aterrada.

-Desde que estoy en la casa, el señor alcalde me ha pagado cinco mensualidades a razón de treinta y seis francos cada una: dispuesto estoy a mostrar mi libreta de gastos al señor Rênal y al mundo entero, sin exceptuar al señor Valenod, que me detesta.

Intensa palidez cubrió el semblante de la señora de Rênal, sus manos temblaban, y la situación se hizo tan embarazosa de resultas de las últimas palabras del preceptor, que terminó el paseo, sin que ni ella ni éste encontrasen pretexto para reanudar la conversación durante el paseo. El orgullo de Julián alzó un obstáculo más, que difícilmente podría salvar el amor, si alguno tenía hacia su señora, y en cuanto a ésta, respetó y admiró más que nunca al joven, por quien en realidad acababa de ser regañada. El deseo de reparar la humillación involuntaria de que había hecho objeto a Julián fue parte a que la señora extremase sus atenciones y le prodigase cuidados con tierna solicitud. Por espacio de ocho días, la senda nueva emprendida hizo las delicias de la señora de Rênal, que consiguió apagar la cólera de Julián, aunque éste, en las muestras de afecto de la señora, no vio ni un átomo de afición personal.

-¡Así son los ricos!- exclamaba con frecuencia-. ¡Humillan a uno, y creen que unas cuantas tonterías bastarán luego para reparar el daño causado!

Era todavía demasiado inocente de corazón la señora de Rênal para callar a su marido la escena que dejamos explicada, no obstante sus propósitos en contrario.

-¡Cómo!- exclamó el alcalde, herido en su amor propio-. ¿Has podido tolerar semejante desaire de un criado?

-Nuestro preceptor no es criado- replicó la señora.

-Permíteme que hable como habló en otro tiempo el príncipe de Condé, al hacer la presentación de sus chambelanes a su esposa: «Todas estas gentes son nuestros criados». He repetido fielmente sus palabras, que leí en las Memorias de Besenval.

Toda persona que, no siendo caballero, vive en tu casa y cobra una renta o salario, es tu criado. Voy a decir cuatro palabritas a Julián, y a regalarle de paso cien francos.

-¡Por Dios, amigo mío!- suplicó la señora de Rênal con voz trémula-. ¡No haga eso delante de los criados!

-¡Claro que no! Tendrían envidia, y con razón- contestó el marido alejándose y pensando en la importancia de la cantidad que iba a regalar.

La señora de Rênal se dejó caer sobre una butaca, vencida por el dolor. Pensó que su marido iba a humillar a Julián, y que de la humillación tenía ella la culpa. Ocultó su bello rostro entre las manos, hizo propósitos de no volver en su vida a hacer confidencias a su marido, que comenzaba a inspirarle horror.

Cuando volvió a ver a Julián, temblaba como la hoja en el árbol. Tal opresión sentía en su pecho, que no pudo pronunciar una sola palabra. En su aturdimiento, tomó entre las suyas las manos del preceptor y las estrechó con fuerza.

-¡Y bien, amigo mío!- exclamó no sin esfuerzo-. ¿Está usted contento de mi marido?

-¿Cómo no estarlo?- respondió Julián con cierto dejo de amargura en la voz-. ¡Me ha regalado cien francos!...

La señora le miró perpleja.

-Deme usted el brazo- dijo al cabo de breves momentos, con acento de valor, nuevo en ella.

Atrevióse a entrar en la librería de Verrières, cerrando los ojos a la horrible reputación de liberal de que gozaba, y gastó diez luises en libros que regaló a sus hijos, pero que eran precisamente los que sabía que Julián deseaba leer. Antes de salir de la librería, quiso que cada uno de sus hijos escribiera su nombre en los libros que le tocaban en suerte. Mientras la señora de Rênal saboreaba el placer consiguiente a la reparación que estaba dando a Julián, éste contemplaba atónito la cantidad de libros que llenaban los estantes de la librería. Su corazón palpitaba violento. Lejos de intentar adivinar lo que pasaba en el de la señora de Rênal, preocupábale única y exclusivamente la idea de hallar un recurso que pusiera a un pobre estudiante de teología en condiciones de adquirir algunos de los libros que cautivaban su atención. Ocurriósele al fin que, extremando la destreza, acaso no le fuera imposible convencer al señor Rênal de la necesidad de enseñar a sus hijos la historia de los hombres célebres nacidos en la provincia, y, efectivamente, sus sueños tuvieron realización tan pronta, que muy poco tiempo después, animado por el éxito, se atrevió a proponer al señor Rênal una acción que forzosamente habría de ser muy penosa para el noble alcalde, porque consistía nada menos que en contribuir a la fortuna de un liberal, tomando un abono en la librería. Suponía Julián que encontraría obstáculos muy serios, y los encontró, en efecto.

El señor Rênal reconoció la conveniencia de que su hijo mayor tuviese alguna idea de las obras que con frecuencia oía ponderar en las conversaciones, antes de ingresar en la Academia Militar; pero sus concesiones no llegaban más allá. Julián sospechó la existencia de motivos secretos, pero, aunque lo intentó, no consiguió adivinarlos.

-Desde luego se me ocurrió, señor- dijo Julián un día-, que sería grave inconveniencia hacer figurar en el sucio registro de un librero el apellido ilustre de un caballero tan preclaro como usted.

La frente del señor Rênal se iluminó.

-También sería notable imprudencia- continuó Julián con tono más humilde- estampar en el registro de un alquilador de libros el nombre de un pobre estudiante de teología, porque daría pie a los liberales para acusarme de haber pedido los libros más infames; pero estos inconvenientes podrían orillarse.

Sin contribuir al triunfo del partido jacobino, podemos disponer de los libros que para la instrucción de mis discípulos sean necesarios, abriendo en la librería un abono a nombre del último de los criados de la casa.

-¡No me disgusta la idea!- exclamó el señor Rênal, sin poder disimular su alegría.

-Convendría hacer constar- repuso Julián, adoptando esos aires de gravedad con que suelen envolverse ciertas personas cuando se proponen asegurar la consecución de un fin durante largo tiempo buscado- que el criado no podrá sacar de la librería ninguna novela. Los libros peligrosos podrían pervertir a las doncellas de la señora y al mismo criado.

-Olvida usted incluir en el catálogo de los libros los folletos políticos- observó con expresión de altanería el señor Rênal, que deseaba ocultar la admiración que le producía el habilidoso recurso inventado por el preceptor de sus hijos.

Era la vida de Julián una serie no interrumpida de negociaciones que, no obstante su poca importancia, le preocupaban mucho más que la preferencia decidida que ocupaba en el corazón de la señora de Rênal, y que habría podido ver con sólo abrir los ojos.

La posición moral que ocupó desde que vino al mundo no se modificó en lo más mínimo desde que fue a vivir a la casa del alcalde de Verrières. En ella, lo mismo que en la serrería de su padre, no tenía más que desprecio profundo para las personas con las cuales convivía, desprecio y aborrecimiento.

A diario encontraba en los relatos hechos por el subprefecto, por Valenod o por cualquiera de los demás amigos de la casa, a propósito de sucesos de los que habían sido testigos presenciales, pruebas evidentes de lo alejados que aquellos señores estaban de la realidad. Los rasgos que a él parecían sencillamente admirables, eran los que merecían las censuras más enconadas de las gentes que le rodeaban. La prudencia sellaba sus labios, pero interiormente se decía:

-¡Qué monstruos... y qué estúpidos!

Jamás habló con sinceridad a nadie, excepción hecha del médico mayor. Fuera del latín y de la teología, las escasas ideas que tenía eran referentes a las campañas de Bonaparte en Italia o bien a la cirugía.

La primera vez que la señora de Rênal inició una conversación extraña a la instrucción de sus hijos, Julián contestó con un discurso sobre operaciones quirúrgicas. La señora palideció y rogó al preceptor que tuviera la bondad de suspender la exposición de un tema tan poco agradable.

Pasaba Julián la mayor parte del tiempo al lado de la señora de Rênal, y, sin embargo, en cuanto quedaban solos apenas si despegaban los labios. En las tertulias con frecuencia sorprendía la señora de Rênal ciertos destellos luminosos que animaban momentáneamente los ojos del preceptor, cuando ella hablaba, de la misma manera que observaba que, cuando estaban solos, Julián perdía parte de su calma y parecía como turbado. No dejaban de producirle cierta inquietud aquellos fenómenos, pues su instinto de mujer le hacía recelar peligros que alarmaban su pudor.

Fundándose en la idea errónea que de la buena sociedad tenía formada, como consecuencia de las lecciones del difunto médico mayor, Julián, desde el momento que se encontraba a solas con una mujer, y ésta callaba, considerábase humillado, como si del silencio tuviese la culpa. Su imaginación, llena de ideas exageradas sobre lo que un hombre debe decir a una mujer, no le ofrecía en su turbación, cuando acompañaba a la señora de Rênal, más que ideas inadmisibles.

Volaba su alma por las nubes, pero le era imposible salir de su humillante silencio. De ello resultaba que sufría las angustias más crueles durante sus interminables paseos con la señora de Rênal, decía las tonterías más ridículas, y para colmo de males, él mismo exageraba hasta lo infinito lo absurdo de sus frases.

Lo que no advertía el cuitado era que sus ojos hablaban, que eran ventanas a las que se asomaba un alma ardiente, que, semejantes a los grandes actores, sabían dar cierto perfume encantador a cosas o palabras que no tenían encanto. Otra de las observaciones hechas por la señora de Rênal fue que el preceptor de sus hijos, cuando se encontraba con ella a solas, jamás conseguía hilvanar una frase bien dicha, como no fuese en momentos de distracción motivada por un incidente imprevisto cualquiera.

Desde la caída de Napoleón, han sido severamente desterradas de las costumbres de provincia hasta las apariencias de galantería. La señora de Rênal, rica heredera de una tía devota, casada a los dieciséis años, no había experimentado, ni visto en su vida, nada que tuviese apariencias de amor. A nadie en el mundo habló de amor más que al virtuoso cura Chélan, con quien consultó a propósito de la persecución de que Valenod la había hecho objeto, y el buen cura le trazó una imagen tan repugnante del amor, que esta palabra era en ella sinónimo de libertinaje del género más abyecto. Para ella, el amor, tal como lo había visto retratado en las contadas novelas que la casualidad puso en sus manos, constituía una excepción, era algo sobrenatural.

Merced a esta ignorancia, la señora de Rênal, cuya imaginación llenaba por completo la imagen del joven preceptor de sus hijos, vivía tranquila y feliz, sin advertir en su afición nada reprobable, nada pecaminoso.

VIII
SUCESOS SIN IMPORTANCIA

Si alguna vez se alteraba la dulzura angelical que la señora de Rênal debía a su carácter y a su dicha, era cuando se acordaba de su doncella Elisa. Esta muchacha tuvo la suerte de heredar, fue a confesar con el cura Chélan, y le reveló sus deseos de casarse con Julián. El cura, que quería entrañablemente a Julián, y se interesaba por su porvenir, saboreó uno de los placeres más vivos de su vida al recibir la noticia; pero su sorpresa fue terrible cuando su joven protegido le contestó resueltamente que no podía aceptar el ofrecimiento de la señorita Elisa.

-Ten mucho cuidado, hijo mío, con lo que pasa en tu corazón- le dijo el cura, frunciendo el entrecejo-. Te felicito con toda mi alma por tu vocación, si es ésta la causa única que te mueve a desdeñar la mano de una joven agraciada y dueña de una fortuna más que suficiente. Al cabo de cincuenta y seis años cumplidos de ser cura de esta parroquia, voy a ser destituido, según todas las apariencias. La desgracia me aflige, ¿a qué negarlo?, y, sin embargo, tengo, aparte del curato, ochocientas libras de renta. Si cito este detalle, es para que no te hagas ilusiones con respecto al porvenir de la carrera sacerdotal.

Si tu intención es postrarte a los pies de los poderosos del mundo, buscando en su protección tu encubrimiento, aseguras de una vez y para siempre tu eterna condenación.

Podrás hacer fortuna, no lo niego, pero por medios viles y miserables, lisonjeando al subprefecto, adulando al alcalde, sirviendo las pasiones de los ricos. Esta conducta, que el mundo llama saber vivir, puede no ser absolutamente incompatible con la salvación de un seglar, pero lo es con la de un sacerdote, que no tiene más remedio que elegir entre hacer fortuna en este mundo o en el otro. Reflexiona, amigo mío, y dentro de tres días me darás tu contestación definitiva. Con pesar descubro en el fondo de tu carácter adusto un ardor sombrío que no me parece presagio de moderación ni de abnegación perfecta, virtudes entrambas indispensables al clérigo.

En tu talento tengo confianza; pero me permitirás que te diga- añadió, con lágrimas en los ojos-que tiemblo por tu salvación, si te decides a ser sacerdote.

Julián se avergonzó de su emoción. Por primera vez en su vida se vio querido por alguien. Lloró de alegría y fue a esconder sus lágrimas al centro del bosque, más allá de Verrières.

-¿Qué causa produce en mí el estado en que me encuentro?- se dijo al fin-. Creo que daría cien vidas que tuviera por el buen cura Chélan, quien acaba de demostrarme que soy un idiota. Más que a nadie en el mundo, me importa engañarle a él, y no lo consigo...; lee en lo más recóndito de mi alma. Ese fuego secreto de que me habla, es mi ansia de hacer fortuna.

Me considera indigno del sacerdocio, cuando yo me imaginaba que el sacrificio de una renta de cincuenta luises le daría la idea más elevada de mi piedad y de mi vocación. De hoy en adelante- continuó Julián no han de inspirarme ya confianza más que aquellas características de mi temperamento que haya sometido a prueba. ¿Quién había de decirme que experimentaría placer vertiendo lágrimas? ¿Que amaría a quien me demuestra que soy un idiota?

Tres días más tarde, había encontrado Julián el pretexto de que debió armarse el primer día. El pretexto era una calumnia, ¿pero que importaba? Confesó al cura, no sin muestras de turbación, que un motivo que no podía explicarle, porque sería en perjuicio de tercero, le había obligado desde el primer momento a declinar el ofrecimiento de la unión matrimonial proyectada. El pretexto envolvía una acusación manifiesta en contra de la conducta de Elisa. En las manifestaciones de Julián, encontró el cura cierto tinte mundano, muy distinto del que debía animar a un aspirante al sacerdocio.

-Antes que hacerte sacerdote sin vocación- insistió de nuevo el cura-, procura ser buen ciudadano, instruido y estimable.

Julián contestó con buenas palabras a las indicaciones del anciano, con frases propias de un seminarista fervoroso; pero el tono con que las pronunció y el fuego mal disimulado que despedían sus ojos, fueron síntomas que alarmaron poderosamente al señor Chélan.

Extrañó la señora de Rênal que no hiciese más dichosa a su doncella la nueva fortuna que se le entraba por las puertas.

Veíala ir con insólita frecuencia a la casa rectoral, de la cual regresaba siempre llorando o con señales de haber llorado. Al fin, Elisa le habló de sus proyectos de matrimonio.

La impresión que la noticia produjo en la señora de Rênal fue terrible: se creyó verdaderamente enferma. Apoderóse de ella una fiebre que le impedía conciliar el sueño; puede decirse que no vivía más que cuando tenía delante a su doncella o al preceptor de sus hijos, ni en su mente cabía otra idea que la del cielo de ventura que encontrarían en el hogar que los desposados iban a construirse. Su imaginación le pintaba con colores arrebatadores las dulces escaseces de la nueva casa que habría de cubrir todos los gastos con una renta de cincuenta luises anuales. Julián podría hacerse abogado en Bray, distante dos leguas de Verrières, en cuyo caso tendría el gusto de verle de vez en cuando.

La señora de Rênal creyó que iba a volverse loca: así se lo dijo a su marido, y si no loca, es lo cierto que se puso enferma.

Aquella misma noche observó que Elisa lloraba. Poco antes le había regañado con cierta dureza, sin causa justificada, sencillamente porque, en aquel momento, le pareció aborrecible.

Arrepentida de su arrebato, pidió perdón a su doncella, y ésta, desbordadas sus lágrimas, contestó que, si su señora se lo permitía, le haría historia de su desventura.

-Cuéntemelo todo- contesto la señora de Rênal.

-Pues bien, señora; me rechaza. Malas lenguas han debido hablarle mal de mí, y él ha tenido la debilidad de creerlas.

-¿Que la rechaza?- preguntó la señora, respirando con dificultad- ¿Quién es el que la rechaza?

-¡Quién ha de ser, señora, más que Julián!- exclamó la doncella sollozando-. Todos los esfuerzos del señor cura se han estrellado ante el muro inconmovible de su resistencia. El señor cura ha trabajado mucho, señora, porque cree que no es digno de rechazar a una joven honrada so pretexto de que ha estado al servicio de otra persona... Después de todo, el padre de Julián es un aserrador, y su hijo no podría ganarse el pan si no se hubiese colocado en la casa de la señora.

La señora de Rênal no escuchaba ya: la dicha que a torrentes penetraba en su alma estuvo a punto de privarle de la razón. Se hizo repetir infinidad de veces que Julián había rechazado positiva y terminantemente la mano de la doncella, y que no quedaban esperanzas de torcer su resolución.

Intentaré yo el último esfuerzo- dijo la señora a su doncella- Yo me encargo de hablar al señor Julián.

Al día siguiente, después del almuerzo, la señora de Rênal se proporcionó la voluptuosa satisfacción de defender la causa de su rival y de ver rechazadas con tesón, por espacio de una hora seguida, la mano y la fortuna de Elisa.

Poco a poco dejó Julián sus respuestas incoloras y contestó con ingenio a las juiciosas representaciones de la señora de Rênal. Esta, sin poder resistir las oleadas de dicha que se agitaban en su alma después de tantos días de negra desesperación, se encontró mal de veras. Cuando consiguió reponerse algún tanto, se encerró en su habitación y despidió a todo el mundo. Atravesaba un estado de profundo estupor.

-¿Pero es que estoy enamorada de Julián?- se preguntó al fin.

El descubrimiento, que en cualquier otra ocasión habría sido para ella manantial de punzantes remordimientos y de agitación terrible, no le produjo otro efecto que el de extrañeza.

Su alma, completamente agotada de resultas de los recientes sufrimientos, no tenía ya sensibilidad que poner al servicio de las pasiones.

Quiso trabajar, y cayó en un sueño profundo. Cuando despertó no se asustó tanto como debiera. Considerábase demasiado feliz para inquietarse por nada. Ingenua e inocente, aquella linda provinciana no intentó nunca buscar en su corazón la fuente de la sensibilidad, si en el horizonte de su existencia asomó alguna nube precursora de dulces sentimientos o de amargas penas. Con anterioridad a la entrada de Julián en la casa, absorta, entregada a las faenas que, lejos de París, son la suerte de las madres de familia, la señora de Rênal pensaba en las pasiones como pensamos nosotros en la lotería: un engaño seguro y un espejuelo de dicha buscado por los necios.

Sonó la campana que llamaba a la mesa. La señora de Rênal se puso encarnada al oír la voz de Julián que llegaba con los niños. Poco diestra, desde que el amor había mordido en su corazón, para explicar lo encendido de sus mejillas se quejó de un horrible dolor de cabeza.

-Todas las mujeres sois lo mismo- observó su marido, riendo a carcajadas- Siempre tenéis algo descompuesto en el piso superior.

Aunque estaba muy acostumbrada a los rasgos de ingenio de su marido, no dejó de admirar a la señora de Rênal el tono con que fue pronunciado el que dejamos copiado. Deseando distraerse, volvió sus ojos hacia Julián: si éste hubiese sido el prototipo de la fealdad masculina, en aquel instante le habría parecido un Adonis.

Atenta a copiar las costumbres de las grandes señoras, la señora de Rênal, no bien se inauguraron los días hermosos de la primavera, se estableció en Vergy, pueblo que hizo célebre la trágica aventura de Gabriela. A algunos centenares de pasos de las pintorescas ruinas de la antigua iglesia gótica, se alza un viejo castillo, con sus cuatro torres, propiedad del señor Rênal, con su correspondiente jardín, que afecta una distribución análoga al de las Tullerías, abundante en setos de boj y en alamedas flanqueadas por castaños, que son podados dos veces al año. Servía de paseo un campo inmediato plantado de manzanos, y en cuyo extremo crecían ocho o diez nogales soberbios, cuyas inmensas copas se alzaban del suelo tal vez ochenta pies.

Aquel año el panorama del campo pareció nuevo y más encantador que nunca a la señora de Rênal, que, en su admiración, llegó hasta el transporte. El sentimiento de que estaba animada le daba ingenio y resolución. Durante la ausencia de su marido, que hubo de volver dos días después a Verrières por asuntos de la alcaldía, tomó obreros por cuenta propia.

Julián le había sugerido la idea de construir un paseíto cubierto de fina arena que debería pasar por el pie de los grandes nogales, y por el cual podrían pasear los niños desde las primeras horas de la mañana sin que el rocío humedeciese sus zapatos. La idea fue puesta en ejecución a las veinticuatro horas de concebida. La señora de Rênal pasó uno de los días más felices de su vida dirigiendo juntamente con Julián a los trabajadores.

Grande fue la sorpresa del alcalde de Verrières cuando, a su regreso de la ciudad, encontró el paseo construido, pero no fue menos la que su llegada produjo a la señora de Rênal, que había olvidado hasta su existencia. Dos meses enteros estuvo hablando el alcalde del atrevimiento intolerable que suponía hacer una reparación de tanta importancia sin consultarle; pero, como la señora la había ejecutado a sus expensas, el buen señor se consoló poco a poco.

Los días transcurrían felices para la señora de Rênal, que los pasaba enteros corriendo con sus hijos por el jardín o el huerto, entregada a la caza de mariposas. Había construido grandes capuchones de gasa con los cuales apresaba a los pobres lepidópteros... Este nombre bárbaro se lo había enseñado Julián a la señora.

Las mariposas eran clavadas sin piedad con alfileres en un gran cuadro de cartón, dispuesto también por Julián.

Julián y la señora tuvieron, al fin, materia abundante de conversación: ya no se veía expuesto el primero a las torturas horribles que atenaceaban su alma en los momentos de silencio.

Hablaba sin cesar y con interés extremado, aunque siempre de cosas muy inocentes. Aquella existencia activa, atareada y alegre, era del gusto de todos, excepto de Elisa, que se veía abrumada por el trabajo. Decía ella que nunca, ni en los días de Carnaval, cuando se celebraban bailes en Verrières, había extremado tanto su señora el atavío de su persona. En su exageración, llegaba si hemos de dar crédito a su doncella, a cambiar de vestido dos y tres veces al día.

Como no entra en nuestros propósitos adular a nadie, nos guardaremos muy mucho de negar que la señora de Rênal, que tenía un cutis satinado y un escote encantador, se hizo arreglar algunos vestidos en forma que dejasen al descubierto sus brazos y una buena parte de su pecho. En realidad, aquellos vestidos le sentaban maravillosamente, puesto que hacían resaltar perfecciones que de otra suerte habrían quedado ocultas.

-Nunca ha sido usted tan joven, señora- repetían, admirados sus amigos de Verrières, en sus visitas a Vergy.

La señora de Rênal había llevado a Vergy a una parienta suya, que fue su compañera de colegio en el Sagrado Corazón, e insensiblemente pasó a convertirse en su amiga íntima después de su matrimonio. La señora Derville, que así se llamaba la parienta en cuestión reía sin cesar de lo que ella llamaba ideas locas de su prima. Las tales ideas, que en París habrían sido calificadas de ímpetus o arranques, avergonzaban a la señora de Rênal cuando su marido estaba presente u ausente la señora Derville, pero la presencia de ésta despertaba su valor. Exponía primero sus pensamientos con voz tímida; al rato de hallarse solas las dos señoras, se animaba el ingenio de la de Rênal, y al final de una mañana interminable y solitaria, salían las dos primas alegres y animadas, como si las largas horas transcurridas les hubiesen parecido segundos.

En cuanto a Julián, no parecía sino que se había convertido en niño de verdad, a juzgar por el placer que experimentaba corriendo tras las mariposas, con tanto ardor como sus discípulos. Después de tantos días de constante violencia, al verse solo, lejos de las miradas de los hombres, y sin motivos para temer a la señora, si no mentía su instinto, se abandonaba a la dicha de vivir, tan natural a su edad, y al placer de contemplar aquellas montañas, las más hermosas del mundo.

Desde que llegó la señora Derville, creyó Julián que sería su amiga. Lo primero que hizo fue llevarla al extremo del nuevo paseo, a los grandes nogales, para que admirase la vista que allí se ofrecía a los ojos, igual, si no superior, a cuanto Suiza e Italia con sus lagos pueden ofrecer de más admirable.

Si se escala la rampa que comienza algunos metros más allá, no se tarda en llegar a los inmensos precipicios que abren sus bocas en el centro de bosques de robustas encinas. Julián, libre, feliz, rey, hasta cierto punto, de la casa, solía acompañar a las primas hasta las cimas de aquellos peñascales cortados a pico, y se extasiaba ante la admiración que a aquellas producía espectáculo tan sublime.

La envidia de sus hermanos y la presencia de un padre déspota y malhumorado habían convertido en horribles estepas, a los ojos de Julián, los alrededores de Verrières. Vergy, por el contrario, no despertaba en su mente recuerdos amargos: allí se encontraba, por primera vez en su vida, libre de la presencia de enemigos. Mientras el señor Rênal estaba en la ciudad, lo que ocurría con frecuencia, Julián se atrevía a leer; mas no pasó mucho tiempo sin que, durante las noches, diese de mano a la lectura para entregarse al sueño. De día, las horas que no dedicaba a la enseñanza de sus discípulos, solía subirse a los peñascos, llevando por toda compañía su libro favorito, norma única de su conducta y objeto de sus transportes. En momentos de desaliento, en sus páginas encontraba a la vez la dicha, el éxtasis y el consuelo.

La lectura de algunas cosas que Napoleón dijo sobre la mujer, juntamente con la de las discusiones sobre el mérito de las novelas en moda durante el reinado de aquel, fueron para Julián fuente donde bebió algunas ideas que cualquier otro joven de su edad habría tenido muy sabidas desde largo tiempo antes.

Con la llegada de los grandes calores, se inauguró la costumbre de pasar las veladas al aire libre, bajo la copa del inmenso tilo que se alzaba a pocos pasos de la casa. La obscuridad era allí profunda. Una noche hablaba Julián con vivacidad, paladeando el deleite que lleva consigo la conversación cuando los interlocutores son mujeres jóvenes y bonitas. Inconscientemente, mientras gesticulaba, tocó la mano de la señora de Rênal, que ésta había apoyado sobre el respaldo de una de esas sillas de mimbre que suelen tenerse en los jardines.

La mano se retiró con brusca celeridad, pero Julián pensó entonces que era deber ineludible suyo conseguir que aquella mano no se retirase cuando sintiera el contacto de la suya. La idea de que tenía un deber que cumplir, y de que correría el ridículo más espantoso si no lo cumplía, desterró al punto hasta la sombra de placer de su corazón.

IX
UNA VELADA EN EL CAMPO

La Didon de M. Guérin,
esquisse charmante.
STROMBEK

Al día siguiente, cuando encontró a la señora de Rênal, la miraba de una manera extraña mejor dicho, la observaba como se observa al enemigo con quien es preciso medir sus fuerzas. Aquellas miradas, tan diferentes de las de la víspera, dieron al traste con la tranquilidad de la señora de Rênal. Decíase ésta que siempre había sido buena con Julián, no obstante lo cual, parecía que éste estaba enfadado. Érale imposible separar sus miradas de las del preceptor de sus hijos.

Gracias a la presencia de la señora Derville, pudo Julián hablar menos y ocuparse más en los pensamientos y proyectos que encerraba su cabeza. Aquel día no hizo otra cosa que fortificarse con la lectura del libro inspirado en cuyas páginas temblaba su alma.

Abrevió considerablemente las lecciones de los niños, y cuando la señora de Rênal vino a recordarle con su presencia el deber imperioso que no podía dejar de cumplir sin mengua de su gloria, decidió que era preciso que, aquella misma noche, la mano de su señora permaneciese entre las suyas.

La proximidad del sol a su ocaso y, como consecuencia, del momento decisivo, hizo latir con violencia el corazón de Julián. Llegó la noche: con placer que le libró de un peso enorme, observó Julián que sería muy obscura. Densos nubarrones que un viento cálido y sofocante arrastraba de una a otra parte del opaco cielo, parecían ser presagio de tempestad.

Las dos amigas pasearon más tiempo que el de costumbre.

Todo cuanto aquella noche hacían parecía singular e insólito a Julián.

Al fin se sentaron: la señora de Rênal entre Julián y su prima. Nuestro héroe, hondamente preocupado por la idea de la empresa que debía intentar, no encontraba palabra que decir. La conversación languidecía.

-¿Tan cobarde soy, que tiemblo ante el primer enemigo con quien voy a medir mis fuerzas?- se decía mentalmente.

Debatiéndose en un mar de angustias mortales, todos los peligros imaginables le parecían en comparación de la situación en que se hallaba. ¡Cuántas veces deseó con todas las fuerzas de su alma que sobreviniese un incidente cualquiera que obligara a la señora de Rênal a abandonar el jardín y retirarse a sus habitaciones! Era demasiado brutal la violencia que Julián había de hacerse para que no se alterase profundamente su voz. También se hizo temblorosa la de la señora de Rênal al cabo de breves instantes, pero Julián no echó de ver el fenómeno.

El tremendo combate que su deber reñía con su timidez le arrebataba los medios de observar nada, fuera de lo que en su interior pasaba. El reloj del castillo había dejado oír los tres cuartos para las diez, sin que Julián se hubiese atrevido a nada.

La conciencia de su cobardía encendió en su pecho una tempestad de indignación.

-Mientras suenen las diez, ejecutaré el proyecto que abrigo todo el día, y que me he prometido poner en práctica esta noche, o subiré a mi cuarto y me levantaré la tapa de los sesos- se dijo.

Cuando la emoción tenía a Julián fuera de sí, sonaron las diez en el reloj del castillo. Cada sonido de aquella campana fatal resonaba en el pecho de Julián, y le producía vibraciones y dolores físicos.

Fiel a su promesa, no se había extinguido el eco de la última cuando extendió el brazo y se apoderó de la mano de la señora de Rênal, que ésta retiró en el acto. Julián, sin saber ya lo que hacía, la asió de nuevo. No obstante su perturbación, su extravío mental, observó que aquella mano parecía de hielo.

La mano intentó escaparse una vez más: Julián la retuvo con fuerza convulsiva, y al fin consiguió que aquella quedase entre la suya.

Sintió que en su alma penetraban oleadas de placer, no porque amase a la señora de Rênal, que no cabía en su corazón sentimiento tan dulce, sino porque la realización de su empeño había hecho cesar el suplicio atroz que le torturaba.

Creyóse obligado a hablar, a fin de que la señora Derville no se enterase de lo que pasaba, y su voz, entonces, fue sonora y vibrante. En cambio, la de la señora de Rênal reveló tanta emoción, que su prima, creyéndola indispuesta, le indicó la conveniencia de recogerse en sus habitaciones. Julián se dio cuenta del peligro que le amenazaba.

-Si la señora de Rênal se retira ahora al salón- se dijo-, vuelvo a la horrible situación que me ha martirizado todo el día. Su mano ha permanecido demasiado poco tiempo unida a la mía para que constituya una ventaja positiva y durable.

En el momento que la señora Derville proponía por segunda vez la entrada en el salón, Julián oprimió con fuerza la mano que asía.

La señora de Rênal, que se había levantado ya, volvió a sentarse, diciendo con voz desfallecida:

-Me encuentro un poquito indispuesta, es verdad, pero creo que el aire libre me sentará bien.

Estas palabras confirmaron la dicha de Julián, que, en aquellos instantes, era infinita. Habló, olvidó el fingimiento, y consiguió que las dos damas le escucharan extasiadas y le tomasen por el hombre más amable del mundo. Empero, aquella elocuencia súbita encubría buena dosis de falta de valor. Temía Julián que la señora Derville, molesta por el viento que comenzaba a soplar con fuerza, y que a no dudar era precursor de la tempestad, quisiera entrar en el salón. Si esto ocurría, quedaría él a solas con la señora de Rênal, en cuyo caso, seguro estaba de que le sería imposible decir una sola palabra. Por poco enérgicas que fueran las reconvenciones que le dirigiera la señora de Rênal, resultaría vencido, y como consecuencia, escaparía de sus manos la pequeña ventaja conquistada.

Por fortuna para él, sus discursos conmovedores y enfáticos hallaron aquella noche gracia ante la señora Derville, que con frecuencia le encontraba torpe como un niño y muy poco divertido. En cuanto a la señora de Rênal, puede decirse que no pensaba en nada más que en su dicha. Las horas que pasó bajo el inmenso tilo, plantado, según la tradición del país, por Carlos el Temerario, eran para ella punto de partida de un periodo de felicidad inefable. Escuchaba con delicia los gemidos del viento y el sordo rumor de las contadas gotas de lluvia que comenzaban a caer sobre las hojas del tilo. No observó Julián un detalle que debió llevar la tranquilidad a su pecho. La señora de Rênal se había visto en la precisión de retirar la mano, porque hubo de levantarse para ayudar a su prima a colocar en posición normal una maceta grande de flores que el viento había volcado, pero no bien se sentó de nuevo, entregó la mano sin dificultad y como si fuera cosa convenida entre ella y Julián.

Era ya más de medianoche. Imposible prolongar por más tiempo la estancia en el jardín. Los contertulios se separaron.

Tal era la ingenuidad de la señora de Rênal, tan supina su ignorancia, y tanto la enajenaba la dicha de amar, que se encerró en su dormitorio sin que apenas se alzase en su conciencia una sombra de reconvención. La dicha robó el sueño a sus ojos.

Julián, por el contrario, durmió como un plomo.

Al día siguiente despertó a las cinco, y, en honor a la verdad, diremos lo que seguramente habría sido para la señora de Rênal, si alguien se lo hubiese dicho, una puñalada: el ingrato apenas si le dedicó un pensamiento. Había cumplido un deber, heroico, y absorto en la dicha consiguiente a tal sentimiento, se encerró con llave en su habitación y se entregó con fruición desconocida a la lectura de las altas hazañas de su héroe.

Cuando la campana le llamó a la mesa, donde esperaba el almuerzo, la lectura de los partes del Gran Ejército había barrido de su pensamiento el recuerdo de las ventajas conquistadas la víspera. Sin embargo, mientras se dirigía al comedor, se dijo con tono ligero:

-Necesito decir a esa mujer que la amo.

En vez de las miradas cargadas de voluptuosidad que esperaba encontrar, tropezó de pronto con el rostro severo del señor Rênal, quien, llegado dos horas antes de Verrières, no se tomó el trabajo de disfrazar el descontento que le produjo saber que Julián había pasado toda la mañana sin ocuparse de sus discípulos. Imposible imaginar nada tan fiero como aquel hombre poseído de su importancia, cuando estaba incomodado y creía que podía hacer ostentación de su cólera.

Cada palabra áspera del marido era una puñalada que recibía la esposa en la parte más sensible de su corazón. Julián, empero, absorto en el pensamiento de los interesantes sucesos recientes, no prestó la menor atención y apenas si oyó las frases duras y ásperas que le dirigía el señor Rênal. Al cabo del rato, contestó con bastante brusquedad en el tono:

-Estaba enfermo.

El tono de la respuesta era más que suficiente para molestar a hombres mucho menos puntillosos que el alcalde de Verrières. Este se enfureció en tales términos que su primer impulso fue echarle en el acto de su casa. Contúvose, sin embargo, porque fue siempre máxima de su vida no obrar bajo la acción del primer arrebato.

-Ese estúpido- se dijo el alcalde- se ha conquistado en mi casa una especie de reputación. Si le echo, es muy posible que le tome Valenod, y, en caso contrario, se decidirá a casarse con Elisa. Suceda lo uno o lo otro, desde el fondo de su alma podrá reírse de mí.

Pese a la cordura de estas reflexiones, el descontento del señor Rênal estalló, al fin, en forma de frases groseras que poco a poco irritaron a Julián. Con dificultad lograba la señora de Rênal contener las lágrimas que asomaban a sus ojos.

Apenas levantados los manteles, suplicó a Julián que le diera el brazo para salir a dar un paseo. Apoyóse en él con gran abandono y procuró desenojar a Julián. Este contestaba a media voz con las palabras siguientes.

-¡Así son los ricos!

La circunstancia de que el señor Rênal caminara muy cerca de la pareja, aumentó la cólera de Julián. De pronto echó de ver éste que la señora de Rênal se apoyaba en su brazo con abandono manifiesto; el descubrimiento le horrorizó, y sin medir el alcance de su acto, rechazó con violencia a su señora y retiró su brazo.

Por fortuna, no vio el señor Rênal esta nueva impertinencia del preceptor; únicamente la sorprendió la señora Derville.

En aquel momento, el señor Rênal comenzó a perseguir a pedradas a una niña que había tomado un sendero abusivo que cruzaba un ángulo del jardín.

-¡Por favor, señor Julián modérese usted!- dijo rápidamente la señora Derville- Tenga en cuenta que nadie está libre de un acceso de mal humor.

Julián la miró con ojos que reflejaban el más soberano desprecio.

La mirada dejó estupefacta a la señora Derville, pero habría sido mayor su asombro si hubiese podido adivinar su verdadera expresión, porque en ella hubiera leído algo así como una esperanza vaga de tomar venganza atroz. Probablemente los momentos de humillación semejante a la que sufría Julián son los que han creado a los Robespierres.

-Tu Julián es violento en exceso... Francamente, me asusta- dijo en voz baja a su prima.

-Su cólera está más que justificada- replicó la señora de Rênal. Después de los prodigiosos adelantos que, bajo su dirección, han hecho mis hijos, paréceme que no tiene importancia el hecho de que les haya dejado sin lección una mañana... Preciso es convenir que los hombres son muy duros.

Por primera vez en su vida, sentía la señora de Rênal cierto deseo de vengarse de su marido. El odio feroz que animaba a Julián contra los ricos iba a hacer explosión, y habría estallado a no dudar si el señor Rênal no hubiese llamado en aquel punto a su jardinero para hacerle obstruir el sendero abusivo de que hemos hecho mérito, quedándose a su lado mientras duró la operación.

Ni una palabra contestó Julián a las atenciones que a porfía le prodigaron las dos primas durante el resto del paseo.

Apenas dejaron atrás al señor Rênal, una y otra, pretextando una fatiga que no sentían, pidieron al preceptor un brazo en que apoyarse. El contraste que formaban los rostros conturbados y encendidos de las mujeres, con el pálido y altanero del preceptor, no podía ser más vivo. Las despreciaba este último, las detestaba, como despreciaba y detestaba todos los sentimientos tiernos, de cualquier índole que fuesen.

-¡Oh!- pensaba el mísero ¡Si tuviese una renta de quinientos francos para terminar mis estudios...! ¡Con qué placer enviaría a todos a paseo!

Entregado a esas ideas, lo poco que se dignaba oír de las frases delicadas de las dos primas parecía huero, falto de sentido, estúpido, débil, femenino, en una palabra.

A fuerza de hablar por hablar, sin más objeto que el de mantener viva la conversación, hubo de decir la señora de Rênal que su marido había venido de Verrières para comprar a uno de sus colonos la paja de maíz necesaria para llenar los jergones.

-No vendrá mi marido a reunirse con nosotros- dijo-. Su intención es concluir, con el jardinero y uno de los criados, el relleno de los jergones de todas las camas. Antes de almorzar renovaron la paja de maíz de las camas del primer piso, y ahora harán otro tanto con las del segundo.

Julián quedó mortalmente pálido. Miró de una manera extraña a la señora de Rênal; con movimientos de insensato la llevó aparte y la obligó a seguir su paso acelerado. La señora Derville quedó rezagada.

-¡Sálveme usted la vida, señora!- suplicó-. ¡Solamente usted puede hacerlo! Debo confesar, señora, que tengo un retrato escondido en el jergón de mi cama... Yo no puedo ir a recogerlo, porque, como usted sabe muy bien, el ayuda de cámara me aborrece de muerte.

Llegó a la señora de Rênal el turno de ponerse espantosamente pálida.

-Nadie más que usted puede entrar en este momento en mi habitación- repuso Julián-. Registre usted con disimulo, y en la esquina del jergón más próxima a la ventana encontrará una cajita de cartón negra.

-¿Que encierra un retrato?- preguntó la señora de Rênal, sintiendo vacilar sus piernas.

Descubrió Julián el abatimiento de la señora, y al punto resolvió aprovecharlo en beneficio suyo.

-Otra gracia necesito pedir a usted, señora- añadió-. Le suplico que no mire el retrato: es mi secreto.

-¡Un secreto!- repitió la señora de Rênal con voz apagada. Aunque educada entre personas orgullosas de su nacimiento y de sus riquezas, insensibles a todo menos al dinero, el amor había infiltrado tesoros de generosidad en su alma.

Cruelmente herida, dirigió a Julián, con expresión de sencilla abnegación, las preguntas indispensables para poder llevar a buen término la comisión.

-Quedamos en que es una cajita redonda, de cartón, negra, ¿no?- preguntó al alejarse.

-Sí, señora- contestó Julián, con la entonación de dureza que el peligro da a los hombres.

Subió al segundo piso del castillo, pálida y desencajada como quien es conducido al sacrificio. Para colmo de males, se sintió indispuesta; pero, en el deseo de servir a Julián, encontró fuerzas que reanimaron su flaqueza.

-Necesito apoderarme de esa cajita- murmuró, acelerando el paso.

Oyó hablar a su marido con el ayuda de cámara en la misma habitación de Julián, mas, un momento después, vio que pasaban a la de los niños. Entró entonces, levantó el colchón y hundió la mano en el jergón con tal violencia, que se lastimó los dedos. Ni lo notó siquiera. Encontró en seguida la cajita de cartón, se apoderó de ella y desapareció.

Libre del temor de ser sorprendida por su marido, el horror que le producía aquella cajita la trastornó.

-¡Julián está enamorado y esta cajita encierra el retrato de la mujer que adora!- se dijo.

Sentada en una silla de la antecámara, sintió en su alma los lacerantes zarpazos de los celos. No tardó en presentarse Julián, quien se apoderó violentamente de la cajita, y, sin dar las gracias a la señora, sin despegar los labios, corrió a encerrarse en la cámara, encendió lumbre y quemó inmediatamente la fatal cajita. Estaba Pálido como un espectro, anonadado. Exageraba, sin duda, la importancia del peligro que acababa de correr.

-¡El retrato de Napoleón escondido en la cama de quien finge el más violento de los odios contra el usurpador!- murmuraba bajando la cabeza-. ¡Y encontrado por el señor Rênal, el más rabioso de los ultras, y, por añadidura. enfurecido! ¡Para colmo de imprudencia, unas líneas de puño y letra mías en el dorso del retrato! ¡Líneas que no pueden dejar la menor duda sobre el exceso de mi admiración! ¡Cada una de esas frases de entusiasmo, con su fecha...! ¡La última de anteayer! ¡Toda mi reputación destruida, aniquilada en un momento! ¡Mi reputación, que es mi único patrimonio!...

Una hora más tarde, entre la fatiga y la compasión que sintió hacia sí mismo, le predispusieron al enternecimiento.

Encontró a la señora de Rênal, tomó su mano y la besó con sinceridad nueva en él. Enrojeció la dama, sintió una llamarada de dicha, y casi simultáneamente rechazó a Julián, impulsada por la cólera nacida de los celos. Julián se acreditó por centésima vez de necio. No vio en la señora de Rênal a la mujer celosa, sino a la dama rica, y soltando con ademán desdeñoso la mano, se alejó. Momentos después paseaba pensativo por el jardín, mas no tardó en asomar a sus labios una sonrisa de amargura.

-Paseo como si fuese dueño de mi tiempo- se dijo con sarcasmo. No me ocupo de los niños; me expongo a las humillaciones del señor Rênal, a quien le sobrará razón para regañarme. Corro a cumplir con mi obligación.

Las caricias del menor, único a quien quería, calmaron algún tanto su dolor.

-Este no me desprecia todavía...- pensó Julián.

Echándose en cara la disminución de su pesadumbre cual si fuese una debilidad, añadió con voz concentrada:

-¡Me acaricia... me acarician los tres... exactamente lo mismo que acariciarían al perrillo de caza que compraron ayer!...

X
UN CORAZÓN GRANDE Y UNA FORTUNA PEQUEÑA

But passion most dissembles, yet betrays,
Even by its darkness; as the blackest sky
Foretels the heaviest tempest.
Don Juan, I, 75.

El señor Rênal, que recorrió todas las habitaciones del castillo, llegó a la de sus hijos con los criados que rellenaron los jergones. Su súbita aparición fue para Julián la gota de agua que hace desbordar el vaso.

Más pálido, más sombrío que de ordinario, avanzó con brusco ademán hacia el señor Rênal, quien se detuvo y miró a sus criados.

¿Cree usted, señor- preguntó Julián-, que sus hijos habrían hecho con otro preceptor los adelantos que hicieron conmigo? Si contesta usted que no, como supongo- añadió, sin dar a su interpelado tiempo para responder-, ¿cómo se atreve a acusarme de negligencia?

Repuesto a medias de su miedo, infirió el señor Rênal, del tono y ademanes extraños del preceptor, que éste había recibido proposiciones ventajosas de otra persona y que iba a despedirse. La cólera de Julián crecía a medida que hablaba.

-No necesito a usted para vivir, señor mío- añadió Julián.

-Siento en el alma verle tan agitado- respondió el señor Rênal con voz balbuciente.

Los criados se hallaban a unos diez pasos de distancia, ocupados en el arreglo de las camas.

-No es su sentimiento lo que remedia el mal hecho- replicó Julián, fuera de sí-. ¿Reconoce usted que fue una infamia dirigirme las palabras que me dirigió, y doble, triple infamia, hacerlo delante de señoras?

Creyó el señor Rênal comprender demasiado bien lo que exigía Julián, pero no contestó: en su alma se libraba un combate feroz. Loco de ira, gritó Julián:

-Al salir de su casa, sé perfectamente adónde ir, señor mío.

El señor Rênal vio a su preceptor instalado en la casa de Valenod.

-No hablemos más, señor Julián- contestó al fin exhalando un suspiro, y con la expresión de quien se encuentra tendido en la mesa para sufrir una operación quirúrgica dolorosa-. Accedo a su petición: desde pasado mañana, día primero de mes, cobrará cincuenta francos mensuales.

Julián quedó atónito, pero con ganas de soltar la carcajada: toda su cólera se disipó como por encanto.

-Grande era el desprecio que me inspiraba este animal, pero no tanto como se merece- se dijo-. Sin duda, es la explicación más completa, la satisfacción más amplia que podría dar su alma baja y miserable.

Los niños, que fueron testigos de la escena, bajaron corriendo al jardín y dijeron a su madre que Julián estaba muy airado, pero que cobraría cincuenta francos al mes.

Julián les siguió, movido por la fuerza de la costumbre, pero sin dirigir una mirada al señor Rênal, a quien dejó vivamente irritado.

-Ciento setenta y dos francos más me cuesta ese maldito Valenod- refunfuñaba el alcalde-. Convendrá que le diga cuatro palabritas al oído, a propósito de la administración del Asilo.

Un instante después, Julián volvía a dirigir la palabra al señor Rênal.

-Necesito consultar asuntos de mi conciencia con el señor cura Chélan- dijo-. Creo conveniente manifestar a usted que estaré ausente algunas horas.

-¡Que me place, mi querido Julián!- contestó el señor Rênal, riendo con la más falsa de sus risas-. No unas horas, amigo mío: todo el día puede estar fuera... y mañana, si ese es su gusto. Lleve el caballo del jardinero para ir a Verrières.

Julián se fue con paso vivo en dirección a los grandes bosques por los cuales puede irse desde Vergy a Verrières. No era su voluntad conferenciar con el digno párroco, porque, lejos de desear someterse, al suplicio de una escena nueva de hipocresía, lo que quería era ver claro en el fondo de su alma y conceder audiencia a la turba de sentimientos que la agitaban.

-¡He ganado una batalla!- se decía, no bien se encontró en el corazón del bosque y lejos de las miradas de los hombres.

Su alma recobró en parte la tranquilidad.

-¡Cincuenta francos al mes!... ¡Grande habría sido el miedo del señor Rênal para decidirle a hacer tamaño sacrificio!... ¿Miedo... de qué?

Sus reflexiones sobre el miedo de que dio visibles pruebas el hombre rico y poderoso contra quien minutos antes ardía en cólera, acabaron de serenar el alma de Julián. En aquellos instantes, llegó hasta a admirar la sublime belleza del bosque por cuyo corazón caminaba. En tiempos remotos habían caído de lo alto de la montaña gigantescas moles de Piedra pelada que hicieron alto en el bosque. Hayas inmensas elevaban sus copas casi a la altura de las masas de piedra, y su sombra producía delicioso fresco a tres pasos de distancia de los sitios en que los ardorosos rayos solares habrían hecho imposible la permanencia.

Julián descansaba algunos momentos a la sombra de los peñascos y continuaba luego su ascensión. Muy en breve, después de haber recorrido un sendero estrecho, apenas visible, y que no utilizan más que los pastores y las cabras, se encontró de pie sobre una roca inmensa, aislado de todo el género humano. Aquella posición física llevó a sus labios una sonrisa porque le recordó que anhelaba conquistar en lo moral.

El aire puro de las montañas dio a su alma la serenidad que tanto necesitaba y hasta la alegría. El alcalde de Verrières continuaba siendo a sus ojos el representante de todos los ricos y de todos los insolentes de la tierra, pero comprendió Julián que el odio que momentos antes le agitaba, no obstante la violencia de sus movimientos, nada tenía de personal. Si hubiera dejado de ver al señor Rênal, antes de ocho días se habría borrado de su memoria la persona de aquel, su castillo, sus perros, sus criados, sus hijos, toda su familia.

-Le he obligado... no sé cómo, a hacer un sacrificio enorme...

Momentos antes había alejado de mi cabeza un peligro gravísimo... Son dos victorias las que he conseguido en un solo día... La segunda no tiene mérito alguno, pero me convendría averiguar a qué ha sido debida... Mañana daré comienzo a las investigaciones.

Julián, de pie sobre el inmenso peñasco, contemplaba el cielo, abrasado por un sol de agosto. En los campos que se extendían a sus pies cantaban las cigarras. Su mirada abarcaba una extensión de más de veinte leguas. Sobre su cabeza, describía círculos inmensos algún que otro gavilán. Maquinalmente seguía Julián los movimientos del ave de rapiña, cuyo vuelo tranquilo y potente llamaba su atención. Envidiaba su fuerza, envidiaba su independencia, envidiaba su aislamiento.

-¡Ese fue el destino de Napoleón!- murmuró-. ¿Será algún día el mío?

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Rojo y Negro


 


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