XI
El
otro día me dijiste que alguien deseaba un terreno en la
hacienda.
—Sí,
tata.
—¿Es
joven, rico?
Se
ha casado hará un año y tiene yunta, dos borricos, veinte
cabezas de ganado lanar, mujer y un hijo.
—Bueno;
está bien. Dile, entonces que puede venirse cuando quiera.
Apaña
le miró sorprendido.
¿Y
acaso hay sayaña
libre
para darle? Todos están ocupados.
¿Cómo
todos? Dos tenemos libres: el del Manuno y el de Quilco...
No; el de Manuno solamente, porque el hijo mayor
de Quilco es ya jovencito y puede tomar la sayaña de
su padre.
El
hilacata le miró con extrañeza. Creyó haber oído
mal.
—¿La
del Manuno? No se puede; está la viuda, y también ella
tiene un hijo.
—Pero
es pequeño todavía y no puede servir. ¿O crees que
debemos esperar a que crezca el hijo para cultivarla?
Y
Troche rió con fuerte carcajada, complacido de su dialéctica.
—¿Y
qué quieres que haga la viuda? —le preguntó Choquehuanka,
interviniendo en la discusión y escudriñando
en el fondo de los ojos del empleado, que sintiéndose
fuerte con la presencia del patrón y sus amigos en la
hacienda, quería mostrarse severo e inflexible.
—¿Y
qué me importa eso a mí? Que haga lo que quiera. ¡Que se
vaya! —dijo, sosteniendo por la primera vez la
mirada del anciano.
—¿Y
adónde se iría? No la recibirían en ningún lado. No hay
patrón que acepte una viuda con un hijo pequeño.
Troche
volvió a reír alegremente, como si hubiese cogido al viejo
en una trampa hábilmente urdida:
—¿Lo
ves? Tú mismo lo confiesas: "no habría un patrón que
la acepte", dices. Y entonces, ¿por qué quieres que
nosotros la tengamos?
El
anciano repuso con gravedad:
—Porque
aquí, de padres a hijos, han vivido los suyos. Cuando mi
padre vino a establecerse en Kohahuyo, y de
esto ya corre tiempo, estaban los Kentuwara en el terreno
que ahora ocupa la viuda, y que entonces no pertenecía
a nadie sino a nuestro ayllu, que se lo daba para que
lo cultivase. Vinieron después los de tu raza, nos
quitaron por la fuerza lo que era nuestro. De lo que antes
eran ayllus y comunidades se hicieron haciendas,
y aunque los más, huyendo de la crueldad y tiranía de los
blancos, se fueron a establecer a otros lares,
los Kentuwara, que se tenían ley a su terrón, prefirieron
vivir sirviendo y se quedaron, como se quedó mi padre
y se quedaron los Apaña, los Arukipa, los Mallawa, los
Tokorcunki y tantos otros. Yo soy muy viejo, he perdido
hasta los dientes por la edad, pero me queda la memoria y
puedo decirte que hasta tres veces los he visto
reedificar su casa a los Kentuwara. He sido amigo del padre
de Mamami; lo he visto nacer a éste, y cuantas
veces miro al suelo donde se levanta su casa me parece ver
blanquear los huesos de más de cuatro generaciones
de Kentuwaras muertas allí. Ve, pues, si es justo decirle a
la viuda que se vaya a otra parte...
Y
el viejo, vibrando de emoción, volvió a mirar
detenidamente al administrador, en tanto que Apaña exprimía
con
fuerza los párpados para aflojar un solo lagrimón
temblante de sus pestañas duras y rectas.
Troche,
cariacontecido y fingiendo seriedad, repuso:
—Eso
está bueno para decirlo... Son historias. El caballero se
ha comprado esta hacienda y tiene derecho a hacer
lo que quiera.
—Sí,
tiene; pero ¿nosotros no tendremos también algún derecho
de hacer valer aunque sea el de la piedad?
Troche
se puso de veras grave con la contradicción, cosa insólita
en sus costumbres de mandón temido y voluntarioso:
—Bueno,
estamos perdiendo el tiempo... No es mía la culpa de que la
viuda no tenga un hijo joven.
Choquehuanka,
más apenado que sentido, contestó:
—Tampoco
es culpa de ella el no tenerlo, y su marido ha muerto en
servicio de la hacienda.
—¿Y
qué me importa? Si ha muerto sería su hora. Además, yo no
lo he matado, sino el río.
—Pero
por vos. Si tú no le hubieses mandado en comisión, estaría
todavía vivo...
Troche
se le aproximó, y mirándole a su vez en los ojos, repuso
con sorna, pero irritado:
—Oye,
parece que me estás discutiendo. Yo no quiero saber nada.
Hay un terreno libre y lo doy.
El
viejo, sin humillar la mirada, pero sonriendo con
mansedumbre, repuso:
—Bueno,
tata; pero me parece que la viuda no ha de querer
irse.
—¿No
ha de querer, dices ? —saltó Troche, irritado por la
calma del viejo—. ¿No ha querer? ¡Pues se la bota a
palos, válgame Dios! Aquí todos tienen que querer lo que
se les mande, y el que no obedezca..., ¡afuera!..., donde
le dé la gana...
Los
ancianos hicieron un gesto, se despidieron y marcháronse a
su casa, mudos por la pena y el resentimiento.
—Esto
no puede durar dijo al fin el viejo Choquehuanka con voz
baja y sorda, como hablándose a sí mismo y ya
al tocar los umbrales de su casucha.
—Parece
que recién lo vas viendo, anciano—díjole Apaña, con
mucho respeto.
—El
mal siempre se ve, hilacata; pero hay que hacerse el
ciego si no lo puedes remediar, porque cuando se sabe
impune es más temible todavía. Esto no lo olvides nunca.
Adiós, hilacata.
Metióse
en su choza, y Apaña se fue a la suya, siempre caviloso.
Entretanto,
Troche se apresuró en ir a hablar con el terrateniente.
Hallaba, en su concepto, que Choquehuanka
tenía sobrada razón y no deseaba enojarlo. Los indios eran
sus súbditos y él podría incitarlos a la
revuelta cuando le viniese en gana.
Lo
encontró a Pantoja tendido en una butaca, fumando
cigarrillos, con los ojos cerrados por la modorra de la penosa
digestión, flojo el chaleco. A su lado, sobre una silla,
yacía arrojado su chicotillo de alambre y cuero y del
cual no se apartaba casi nunca.
—¿Qué
hay, Troche? —le preguntó abriendo casi con pena los
ojos.
—Nada,
señor; han venido el hilacata y Choquehuanka.
—¿Y
qué dicen los viejos?
—Siempre
lo mismo. Quiere Choquehuanka que no se la bote a la viuda.
Pantoja
arrugó el entrecejo, y cogiendo el chicotillo comenzó a
darse menudos golpes en la polaina con distraído
ademán.
—Me
parece que ese viejo abusa. ¿Qué dices tú?
—Creo
lo mismo, doctor; pero no hay cómo decirle nada. Sería
capaz de jugarnos alguna mala partida.
Pantoja
se irguió sobre la butaca:
—Se
ve que le tienes miedo y no eres tan valiente como te creía.
Verás cómo, le arreglo las costillas al vejete...
¡Yo no le tengo miedo!
Se
puso de pie, meneando la cabeza con aire amenazador; metió
el índice de la derecha mano que tenía el chicotillo,
en la comisura del chaleco, y con la otra sostenía el
cigarrillo, que no cesaba de fumar, echando volutas
con la cabeza levantada y las piernas abiertas y bien
plantadas en el suelo. Siguió con los ojos, por entre
la desnuda vidriera de la ventana, el raudo vuelo de una
gaviota, y cuando hubo desaparecido el ave, confundida
en la claridad del espacio, averiguó indolente:
¿Vamos
a tener una buena comida esta tarde?
Sí,
doctor; chupe, humintas, asado de cordero con relleno
de papas y café.
Es
poco. A mí y a mis amigos nos gusta comer bien. Yo tengo
ganas de un estirado y de una sajta. No nos
has dado
sino una sola vez.
No
hay gallinas, doctor. La sajta no sale buena sino con
carne de gallina, porque la del pato no sirve: es hedionda
y negra. Y ahora todas las gallinas están poniendo.
—¿Y
eso qué importa?
Troche
arguyó con aire compungido:
—Las
gallinas son de mi hijita y es su único negocio.
—¿Acaso
no hay en la hacienda? Yo te dejé más de veinte.
—Todas
se las hemos mandado a la ciudad, doctor. Pidió la señora.
—¿Y
por qué no les pides a los peones?
—No
quieren dar. Las ocultan; dicen que están con chiuchis.
—¡No
quieren dar! Es curioso... ¡Se les quita por la fuerza! Verás
cómo me dan a mí. Pásame mi rifle del salón.
Troche
se dirigió a la sala que hacía de armero y Pantoja entró
a la alcoba en que sus huéspedes fumaban y charlaban,
tendidos en los lechos y festejando la relación algo más
que picaresca que les hacía Ocampo de una
de sus infinitas e imaginadas aventuras galantes.
—Les
invito a una cacería; ¿aceptan?
Valle
aceptó; Aguirre dormía; Ocampo, siempre en pos de
Clorinda, con la que ya había tenido una cita oculta, alegó
hallarse cansado, y Suárez, solemnemente, anunció que se
sentía inspirado e iba a escribir las últimas cuartillas
de una leyenda incásica que venía preparando desde hacía
muchos días.
—Deja
en paz a los incas y ven con nosotros—le invitó Valle.
Suárez
se negó, y sin arredrarse por las risas sarcásticas de sus
amigos, les expuso su plan.
El
tenía grandes proyectos e iba a realizarlos escribiendo un
poema, un drama y una novela sobre los indios, amén
de algunas leyendas, que las localizaría en la curva
caprichosa comprendida entre la punta de Taraco y la
de Jankoamaya, en el estrecho de Tiquina. El poema se
desarrollaría en ese período oscuro, caótico y lejanísimo
de la fundación del Imperio incásico, con sus obligados héroes
Manco- Cápac y Mama Ocllo. En el drama,
de fines de la colonia, haría figurar al cabecilla de la
independencia, Túpac-Amaru, y la novela trataría de
los conquistadores, sin par en los anales humanos por su
bravura heroica y su fiereza de exterminio.
Necesitaba,
pues estudiar el paisaje, recoger datos sobre la fauna y la
flora de la región, y estaba resuelto a realizar
expresamente un viaje a la isla de Titicaca, de donde
partieron, según la tradición, los fundadores del gran
Imperio. Algo más. Iría hasta el Cuzco, a estudiar sobre
el terreno mismo los vestigios de la civilización implantada
por el legendario Manco-Cápac. Eso de viles paseos sin
rumbo e inútiles hecatombes de bellas aves
se quedaba para ellos, sus amigos, ordinarios seres sin más
preocupación que vivir con el día, ajenos a las
seducciones del arte, incapaces de levantarse en alas de un
gran ideal, sordos a las soberanas voces de los
elementos desencadenados, ciegos para admirar y extasiarse
con la agonía de un crepúsculo y los tonos incendiados
de las aguas en los postreros reflejos del sol muriente...
Al
hablar así se había puesto de pie y accionaba con los
brazos extendidos, revuelta la melena, animados los ojos,
hueca la voz.
Gozábanse
los otros de oírle, y reían de buena gana por sus apóstrofes
indignados, tomando como locura la exaltación
de su amigo.
—¡Cálmate,
chico, se te ha de indigestar el chocolate!—le dijo Valle,
riendo y zarandeándolo por el brazo.
—¡Déjale
a ese loco y vámonos!—repuso Pantoja, prendiéndose de
Valle y llevándolo consigo.
Salieron;
pero en vez de seguir camino del lago, cual tenían por
costumbre, o del cerro, cuando querían ir a matar
vizcachas, tornó Pantoja por la izquierda en dirección del
caserío indígena disperso en la llanura, a entrambas
orillas del río.
—¡Che!,
¿para dónde por ahí? —le gritó Valle.
—Sígueme,
hijo, y no te pesará.
Llegaron
a la primera casucha. Pantoja echó una ojeada al corral.
Dos bueyes amarrados a fuertes alcayatas de
piedra rumiaban un manojo de totora joven y un cerdo
hociqueaba entre el cieno podrido formado por las pasadas
lluvias. El colono, al distinguir a los patrones, avanzó
para saludarlos. La mujer y los chicos corrieron a
esconderse en la cocina.
—¡Che!
Parece que te tienen miedo.
—Lo
hacen por brutos, y hasta que no les arregle a punta de
palos no han de escarmentar.
Llegó
el indio, y Pantoja, que ya había escudriñado todo el
corral sin descubrir lo que buscaba, le volvió las espaldas
para no responder al humilde saludo del peón.
—Ven,
vamos; aquí no hay nada.
—Pero
¿adónde? —volvió a preguntar Valle, que no podía
adivinar las intenciones de su anfitrión.
—Espera,
chico... Paciencia... Vamos a aquellas casas.
Y
señaló una que se veía a lo lejos, limitando la haza, y
era la primera de una serie.
En
medio campo se detuvo Valle, junto a un charco donde se
refocilaban algunos cerdos.
Tres
chiquillos no menores de cuatro años ni mayores de siete
cuidaban el hato. El más crecido llevaba por única
vestimenta una camisa corta hasta las rodillas, remendada
por los hombros y el pecho, llena de
costurones
en la falda trasera, y su blancura primitiva había tomado
un color gris, terroso, indefinible, a la
acción
del uso, del sol y del polvo. Los otros vestían harapos
sucios, y los tres iban con las cabezas desnudas
y
libres de toda protección los pies, sucias las caras, con
costras morenas de polvo petrificado y tapadas las
narices...
Acompañábales
un perrito alazán, grandes lanas cubiertas de costras no
bien descubriera a los cazadores,
buscó
refugio al lado de los pequeños, con el rabo entre las
piernas y los ojos solapadamente pegados al
suelo.
—¿Y
si lo matáramos?—dijo Pantoja, apuntando a la cabeza del
menguado can con su fusil sin preparar.
Los
muchachos, al ver la maniobra, echáronse a chillar
repentinamente los tres, con fuertes y desolados gritos
y
sin moverse un punto de su sitio, como enclavados en tierra
por el terror.
—¡Pobrecitos!
¡No los asustes!—intervino el compañero.
Y
siguieron andando.
Al
tocar el linde de las casas comenzaron a ladrar furiosamente
los perros.
Llegaron
a los umbrales de la primera, y no encontraron a nadie.
En
el corral rumiaba una vaca pintada, flaca y de grandes
cuernos gastados y medio carcomidos por la base;
pululaban
los conejos en la cocina y picoteaban el suelo algunas
gallinas en el patio.
Pantoja
se echó el rifle a la cara apresuradamente.
¡Chat!
Una
gallina, las alas abiertas, se puso a revolotear en el suelo
con saltos mortales y arrojando manojos de
plumas
tintas en sangre. Las otras, temerosas del ruido, se
encaminaron a la cocina de los amos, que les
servía
de gallinero, volviendo la cabeza hacia los cazadores. La
india que acechaba desde el fondo del
cuartucho
salió corriendo y cogió al animal por las patas, pero al
verlo convulso y ensangrentado, se puso a
llorar,
mientras Pantoja reía por los gestos casi idiotas de la
india.
—¡Ay,
señor! ¡Estaba poniendo!—sollozó ante el despojo del
ave.
—Mejor;
estará más gorda.
—Era
la única que ponía.
Pantoja
se enojó:
—¿Y
por qué no traen a la casa de hacienda? ¿Es que no les
pago? Pues ¡a fregarse!
Metió
los dedos en el bolsillo, sacó una peseta, la arrojó al
suelo, y arrebatando la presa de manos de la india
embrutecida
por el miedo, se la pasó al amigo y se marcharon riendo y
satisfechos, en tanto que la dueña
quedaba
llorando inconsolable y sin atreverse a levantar la peseta,
que no representaba ni la cuarta parte del
valor
de su clueca.
Se
fueron a otra casa, lindante con la primera por un cerco
bajo de barro y guardada por dos perros lanudos,
hoscos
y huraños, los cuales, irguiéndose sobre sus patas, se
lanzaron como flechas hacia los intrusos,
irritados
al ver por esos bajíos trazas no acostumbradas. Valle,
depositando en tierra su ave, comenzó a dirigir
gruesas
pedradas a los canes, que se detuvieron a algunos pasos y
ladraban desesperadamente maniobrando
alrededor
de los intrusos, aunque sin atreverse a hacer presa.
—Esas
tenemos, ¿eh? ¡Pues toma!
Apuntó
fríamente Pantoja a la oreja de uno de ellos y disparó. El
perro, el más grande, dio un salto terrible y
cayó
bruscamente de largo, cortando de golpe su ladrar en un
gemido doloroso, y las patas en alto, se revolcó
en
los estertores de la agonía.
—¡Bravo,
chico! Ahora al otro —felicitóle Valle, que se divertía
viendo correr enfurecido al perro tras las
piedras
que le arrojaba e hincando los colmillos con furia
destructiva y rencorosa.
—¡A
tu salud, querido!
Volvió
a disparar; pero sea porque el otro perro estuviese más
distante o porque no pusiese debida atención,
la
bala no surtió mortales efectos y fue a alojarse en el
cuello del can, que huyó precipitadamente lanzando
lastimeros
y prolongados aullidos de rabia y de dolor.
El
dueño, que había oído la algazara y visto al patrón,
corrió a su encuentro para evitar algún daño de sus
bestias,
que las sabía bravas; pero al tropezar con el cadáver de
su perro y ver que el otro huía derramando
sangre,
se detuvo bruscamente, hizo desaparecer la obsequiosa
sonrisa de sus labios, y con acento de
amargo
reproche se quejó señalando con los ojos el cuerpo rígido
del can:
—¿Por
qué me lo mataste? Lo crié desde pequeño y nunca sabía
morder a nadie.
Pantoja
lanzó una carcajada de hombre feliz y despreocupado y se
alejó sin responder, en tanto que el indio,
con
las manos cruzadas sobre el pecho, le miraba partir ardiendo
de ira el corazón.
—Cheee...,
¿adónde por ahí? —gritó Valle arrastrando por las
patas el ave muerta y lleno de creciente mal
humor.
—No
seas tonto; es para la sajta de mañana.
—Pero
sólo tú te bates; yo no he dado ni un tiro hasta ahora.
Pantoja,
viendo que llegaría a enojar a su compañero, le pasó el
arma y echóse la presa a los hombros,
también
de mala gana.
Valle
era torpe y no hizo gran cosa: apenas dos pequeños pollos
en seis tiros; pero, en cambio, despertó la
indignación
general del caserío. Su marcha fue presidida de inenarrable
escándalo. Todos los perros del
poblado
les ladraban; a su vista corrían a esconderse los chicos;
las mujeres no osaban ir a su encuentro a
saludarles,
y más bien, temerosas y hurañas, se metían en sus
agujeros, para, desde el fondo oscuro de sus
covachas,
espiar las andanzas de los patrones, o cogían a sus perros
y apretándoles el hocico los
estrechaban
amorosamente contra su regazo, defendiéndolos del ataque de
los asaltadores...
Entretanto,
el poeta, instalado en el comedor, frente a sus cuartillas
borrosas, fumaba cigarrillo tras cigarrillo y
buscaba
la inspiración contemplando la tersa superficie del lago
herida por los oblicuos rayos del sol, ya en su
ocaso.
Vasta
paz reinaba en el espacio y ningún ruido insólito turbaba
ese silencio grave del yermo, a no ser, de
cuando
en cuando, el chillido de algún ave que pasaba sobre el
tejado.
Quince
días hacía que Suárez trabajaba en una de sus leyendas,
pero aún no había podido darle una forma
definitiva.
Sus deseos de reproducir los detalles de la vida cortesana
del Imperio incásico eran vehementes;
pero
no poseía los precisos elementos de información, no
obstante haber hojeado, ligeramente, las crónicas
de
Garcilaso de la Vega, del padre Blas Varela y otros, aunque
sin sacar mucho provecho de sus lecturas de
viejos
cronistas, pesadas e indigestas para su paladar literario.
Le
faltaban hábitos de observación y de análisis, sin los
cuales es imposible producir nada con sello
verazmente
original, y, sobre todo, le faltaba cultura Saturado hasta
los tuétanos de ciertas lecturas
modernistas,
estaba obsesionado con encantadas princesas de leyendas
medie vales, gnomos, faunos y
sátiros.
En toda india de rostro agraciado veía la heroína de un
cuento azul o versallesco, y a sus personajes
les
prestaba sentimientos delicados y refinados, un lenguaje
pulido y lleno de galas, gestos de suprema y
noble
elegancia, mostrando así la delectación con que se
enfrascaba en la lectura de su libro preferido, Los
Incas,
de
Marmontel, libro falso entre todos los producidos en ese
siglo de enciclopedistas, refinado y
elegante.
Soñaba,
pues, el poeta, y eran visiones de gracia y esplendor las
que llenaban sus retinas anegadas en luz de
la
pampa y de la ondulante superficie del lago... Soñaba en la
raza que holló las playas desnudas del Titicaca
llevando
conquistas de paz, hábitos de dulzura y trabajo y una
legislación prudente y sabia, pues la holganza
se
consideraba horrendo crimen merecedor de crueles castigos y
todos los hombres estaban impelidos a
cumplir
sus deberes de solidaridad, en esfuerzo generoso y espontáneo.
Entonces
la suprema ley era producir y perfeccionarse. Las
costumbres, suavizadas por la incolmable bondad
de
los señores y poderosos, eran clementes y tendían a
mejorar al hombre, aunque sin permitirle el uso de la
libertad.
Y todo esto, transmitido por la leyenda pura y presente a
los ojos de Suárez, no le dejaba ver la
realidad
de su momento, pues se empeñaba en querer prestar a los
seres que le rodeaban los mismos
sentimientos,
la modalidad de los de esa edad de oro y ya casi
definitivamente perdidos en más de tres siglos
de
esclavitud humillante y despiadada. Cojeaba, pues, del mismo
pie que todos los defensores de indio,
quienes
casi invariablemente se dividen en estas dos categorías: los
líricos, que no conocen al indio y toman
su
defensa como un tema fácil de literatura, o los bellacos,
que, también sin conocerle, toman la causa del
indio
como un medio de medrar y crear inquietudes exaltando sus
sufrimientos, creando el descontento,
sembrando
el odio con el fin de medrar a su hora, apoderándose
igualmente de sus tierras.
Mañana
y tarde iba a pasearse por el disperso caserío o a vagar a
orillas del manso río, solo y con su
cuaderno
de apuntes bajo el brazo, y se entretenía y solazaba oyendo
modular su canto suave a los
pucupucus
apostados
a la entrada de sus cubiles practicados en las dunas del río,
o siguiendo en el lago el
revuelo
de las gaviotas albas, o admirando la paciencia de los ibis
pescadores y cachazudos.
Los
indios ya le conocían, y no bien los perros ladraban
anunciando su visita recibíanle con disgusto, pero sin
hostilidad,
y le tendían sobre el poyo, a la entrada de la alcoba, la
mejor y más limpia manta, tejida en horas de
reposo
por la mujer o la hija, y que se guarda preciosamente en lo
más recóndito de la casa, junto con los
trajes
nuevos, el disfraz y otras prendas de estimación; pero se
negaban obstinadamente a satisfacer sus
preguntas
sobre sus hábitos y creencias, alegando no saber nada de
nada, recelosos y sentidos.
Los
amigos no se cansaban de burlarse de sus empeños, y cada
vez que le sorprendían garabateando
cuartillas
en la mesa del comedor o abismado en la estéril contemplación
del vasto panorama del lago y la
cordillera,
le dirigían picantes pullas.
—¿Y
marcha eso, poetilla? —le preguntaba P. P. poniéndole
rudamente la mano en los hombros, como para
hacerle
sentir la fuerza de sus puños.
Pero
el otro permanecía indiferente y desdeñoso, y se
contentaba con llenarles de gruesas palabras y
denigrantes
calificativos.
Al
entrar a casa esta tarde, después de las acostumbradas
fechorías, encontraron al poeta un poco pálido,
pronunciadas
las ojeras, pero sonriente, con la satisfacción de la bien
llenada tarea.
—Y...
¿marcha eso? —le volvió a preguntar Pantoja arrojándole
a los pies los despojos de un pollo.
—¡Ya
lo creo, burgués! Acabo de dar cima a una de mis mejores
leyendas.
—¿Y
cómo es?
—Si
quieren, la leo—amenazó Suárez, anheloso de dar a
conocer el prodigioso parto de su ingenio.
—¡Esta
noche, querido, después de comer! —dijo Pantoja,
espantado a la idea de la lata y con acento evasivo.
—Sí,
sí. Esta noche —exclamaron los otros no menos alarmados
que el anfitrión.
—Como
quieran; esta noche —dijo el poeta, un poco sentido.
Y
se puso a numerar las páginas dispersas sobre la mesa.
Durante
la comida mostróse inquieto y desasosegado. Aunque conocía
el despego de sus amigos por los
productos
del ingenio, temía su fallo, sobre todo el de Aguirre, el más
moderado y el más culto de sus
compañeros;
pero a la vez holgaba con la idea de contagiarles su gran
afición a esos tiempos oscuros que a él
se
le imaginaban plagados de leyendas, y las cuales sin estar
grabadas en la eternidad del papel y sí en la
deleznable
y pobre memoria de los hombres, se habían conservado todavía,
acaso truncas, seguramente
desvirtuadas,
esperando el momento en que algunos hombres anhelosos de
porvenir la recogiesen y
encerrasen
dentro de la forma imperecedera del libro.
Comieron,
y como luego de encendidos los cigarrillos se dispusiera Suárez
a leer sus cuartillas, Ocampo le
atajó
con ademán afectuoso e insinuante.
—Espera,
chico, que estemos en cama. Acostados te oiremos mejor.
—¡Eso
es, eso es! —aprobaron los amigos, penetrando la oculta
intención del picaruelo.
Suárez,
sin percatarse de la treta, ingenuamente, volvió a guardar
sus cuartillas y comenzó a pasearse a lo
largo
del comedor, esperando que sus amigos se recogiesen a la
alcoba. Pronto vio realizado su deseo,
porque
el frío era crudo e invitaba a gustar la tibieza de las
mantas.
Metiéronse,
pues, en cama todos. El escritor cogió la palmatoria, y
colocándola en el velador enfundóse entre
las
sábanas, y antes de leer advirtió:
—Algunos
nombres de mis héroes los he encontrado aquí, en Kohahuyo.
Wata-Wara me ha servido para mi
Wara-Jaiphu,
Tokorcunki es mi Kollaguaqui viejo... Se titula mi leyenda La
justicia del Inca Huaina-Cápac, y
dice:
I
Wara-Jaiphu
puso el pie en la balsa, temblando de dicha. Collaguaqui
cogió el remo, pintado de vistosos
colores,
sonrió por última vez al engalanado séquito congregado en
la orilla, y apoyando el remo en tierra,
impulsó
la balsa lago adentro. Las vírgenes destaparon en ese
instante sus cestos de paja teñida y
comenzaron
a arrojar puñados de flores silvestres a la balsa, que se
deslizaba silenciosa; los varones agitaron
sus
banderas blancas recamadas con algunas placas de oro pulido
y lanzaron al viento las notas gimientes de
sus
zampoñas y el loco tintineo de sus tamboriles.
—¡Que
sean ustedes felices! —les gritó gravemente el viejo
Collaguanqui, agitando una ramita de koha
que
había
arrancado de la vera del camino.
La
mañana era serena, límpida. Sobre el lago azul y sin
ondulaciones volaban las gaviotas, reflejando en la
linfa
su plumaje albo, y el sol cabrilleaba en las placas de oro
que iban pegadas a la vela, hecha de totora
joven.
Cuando
la balsa se hubo apartado de la costa y dejaron de oírse los
ecos de la loca fanfarria, Wara-Jaiphu
sacudió
de su oscura cabellera los pétalos de las flores
silvestres, y envolviendo a su novio en la mirada
ardiente
de sus ojos profundamente negros, le dijo con voz de mieles:
—Debes
de estar contento, pues se ha realizado lo que con más
vehemencia aspirabas: ver al Inca, hablarle.
Nada
en el pueblo lograba distraerte siempre estabas triste,
sombrío. En vano los yatiris habían apartado los
conjuros
de tu cabeza, creyendo que estabas poseído, buscabas los
rincones como bestia herida. Yo te he
seguido
por todas partes, a ocultas, y como nunca apartabas los ojos
de la isla, he adivinado que toda tu
preocupación
era presentarte al Inca, brillar en sus fiestas, servirle. Y
ahora le conoces, le has visto, le has
hablado,
y ya eres feliz... Dime, ¿cómo es el Inca?
A
esta pregunta irguóse Collaguaqui, y sonriendo
inefablemente, cual si volviese a una dulce senda cruzada
en
su infancia y olvidada después, repuso:
—Es
alto, grueso, de ojos claros, bello.
—Dicen
que es muy joven.
—Aún
no ha celebrado veinte veces la fiesta de su padre el Sol.
—¿Y
qué viene a hacer a la isla?
—Viene
a consagrarse, y como los demás Incas, recorre su Imperio
para conocer las necesidades de sus
hijos. Huaina-Cápac ha hecho lo que ninguno: donde llega hace
levantar edificios, castiga a los delincuentes,
distribuye
mercedes.
¿Y
es verdad que le gustan mucho las mujeres? Dicen que trae
varias consigo, que por donde pasa es su afán
poseer
a las más bellas y dejar a sus capitanes y privados las que
a él ya no le gustan; que los padres se
afanan
por entregarle sus hijas...
Es
deber de los vasallos servir a su señor.
—Yo
sé de muchas que han sido desdeñadas en la isla.
De
ahí la tristeza de nuestro señor.
—¿Triste
porque no encuentra mujeres bonitas?
—Por
eso. Piensa que una raza impotente de engendrar hermoso
fruto es raza inhábil para las grandes
conquistas
y las heroicas acciones... Acostumbrado a mirarse en las
pupilas de las chachapoyas, que saben
reflejar
la belleza de su país claro y limpio, hasta ahora no ha
encontrado en la comarca una sola virgen que
alegre
su corazón. El pueblo se ha consternado, y han partido
secretos emisarios para hallar una, aunque no
lleve
en las venas sangre de príncipes y hasta que la encuentran
han organizado los curacas grandes fiestas,
y
a ellas vamos... ¿Estás contenta?
Wara-Jaiphu
levantó el rostro. Mostrábase seria y una nube de tristeza
velaba el brillo de sus ojos.
—Sí,
porque lo estás tú, pero mi alegría no me nace del corazón.
Tengo miedo.
—¿Miedo
de qué?
—No
sé; me parece que no me amas. Prefieres otras cosas.
Cuidóse
de poner paz el mancebo en el alma inquieta de su prometida
y se entretuvo en remar con fiebre,
deseoso
de llegar a su destino. Entonces la doncella distrajo su
pena siguiendo con los ojos, en el cielo, el
vuelo
de los rosados ibis, y en lo hondo de la transparente linfa,
la huida de los peces.
Se
habían alejado bastante de la costa y acercado a la sagrada
isla cuyos contornos se destacaban, limpios,
en
la clara mañana. El templo del Sol levantaba sus muros
sobre el verde de una colina, con señorial aire de
castillo,
y sus cuatro puertas incrustadas de metales pulidos
brillaban como un ascua; en las planicies, los
maizales
mecían sus largas hojas y sus rubias cabelleras, y en la
orilla fuera de los muros de la fortaleza, se
veían
desparramadas algunas tiendas, cuya tela bordada con lágrimas
de oro se hinchaba al fresco soplo de
la
brisa, y brillaba el precioso metal como gotas de rocío
sobre iris blancos. Varios hombres metidos hasta la
cintura
en el agua, trataban de poner en seco las balsas reales, y
otros que, juzgados por la riqueza de su
traje,
debían ser nobles, rodeaban una especie de dosel, bajo el
que estaba sentado un hombre joven vestido
de
rojo, con una corona de plumas plateadas y una borla roja caída
sobre el rostro y pendiente de la augusta y
noble
frente —signo magno de poder real—, y un rutilante sol
de oro en el pecho.
—Parece
que nos hacen señas. ¿Qué querrán decir? —interrogó
Bara-Jaiphu, señalando, temerosa, al grupo
de
hombres.
—¡Nos
llaman! —dijo Collaguaqui con alegre acento al reconocer
al Inca. Y redobló la agilidad de sus fuertes
brazos.
La
balsa avanzó ligera, haciendo curvar a su paso las totoras
jóvenes que poblaban la orilla. El rostro de la
enamorada
se cubrió de intensa palidez y una enorme angustia le
oprimió el pecho.
—¿Qué
quieren por acá a estas horas y en estos sitios? —se
levantó una voz airada viniendo desde la orilla.
Collaguaqui
dio el último empuje a su balsa, saltó a tierra y llegándose
hasta el Inca se puso de rodillas ante
él:
—Vengo
de Copacabana, señor, y te traigo la doncella que te ha de
alegrar el corazón.
Huaina-Cápac,
al reconocerlo, lanzó una carcajada.
—¡Ah!
Ya me acuerdo. Eres el poeta que has prometido presentarme
la mujer más bella que vieran mis ojos...
¿Es
acaso ésta?...
E
incrédulo, se volvió hacia Wara-Jaiphu, que, aterrada por
las palabras de su novio, permanecía de pie sobre
la
balsa en actitud sumisa mas apenas descubriera el Inca sus
facciones una exclamación de sorpresa brotó
de
sus labios. Y dijo volviéndose a sus cortesanos, envidiosos
ya por la fortuna del mancebo:
—Es
el único poeta que conozco que haya dicho la verdad. Esta
joven es bella como una chachapoya; debe
correr
sangre de su estirpe por sus venas.
Y
los cortesanos, siempre aduladores, aguzaron al punto su
ingenie para cantar himnos de alabanza en honor
de Wara-Jaiphu:
—Sus
cabellos son oscuros come ala de cuervo marino —dijo un
amauta.
—Sus
ojos tienen el mirar dulce y triste de los guanacus —añadió
un cacique de la comarca.
—Su
tez es blanca como leche recién brotada de las ubres
—agregó un viejo señor.
—Sus
senos deben ser enhiesto; como el Sajama que brilla en la
pampas desnudas de las Collas cuan do el
sol
de la tarde lo dora—repuso un poeta.
—En
verdad esta virgen es bella parece frágil como una flor. ¿Cómo
se llama? —preguntó el Inca, devorando
con
la mirada la belleza de la aturdida doncella.
—Wara-Jaiphu.
—Ese
nombre es aymará—dijo volviéndose a uno de sus sabios,
perito en lenguas exóticas y del lugar.
Collaguaqui
se apresuró a responder:
—Sí,
señor; quiere decir brillo de la noche.
—Es
un nombre armonioso, y le cuadra.
Y
sonriendo complacido, agregó mirando fijamente al mancebo:
—Habla,
pide lo que quieras.
El
rostro de Collaguaqui se ilumino de gozo. Hundió la frente
en el polvo, y pidió:
—Quiero
servirte señor.
Huaina-Cápac
entornó los ojos, sorprendido.
—¿Eres
noble acaso?
—Mi
padre es cacique de Copacabana, señor.
—Pero
no llevas sangre de mi raza en las venas.
—Mi
abuelo condujo las andas de oro en que tu padre, nuestro
Amo, vino a apaciguar las tierras conquistadas
de Tiahuanacu, señor.
—Entonces,
es justo lo que pides. Quedas incorporado a mi servicio,
porque eres poeta y tu corazón parece
ajeno
al temor. Y tú.
El
poderoso monarca se detiene. Ha visto correr llanto de pena
sobre las mejillas de la virgen, y frunciendo
ligeramente
el ceño, la interrogó:
—¿Lloras?
Diríase que no te place el verme. ¡Habla! ¿Por qué esas
lágrimas?
Wara-Jaiphu
avanza de hinojos hasta los pies del Inca y le confiesa sus
cuitas:
—No
comprendo..., no alcanzo a comprender nada de lo que me
pasa, señor. Yo le amo; él ha dicho a
nuestros
padres que serías Tú quien nos casarías, y le he seguido.
Ahora veo que me abandona y debo
haberle
causado algún mal muy grande para que así me castigue... Y
me duele el corazón, señor.
La
mirada del monarca es ahora terrible. Los cortesanos, que ya
habían hecho rueda en torno del mancebo,
se
apartan de él discretamente y prestan atento oído a la
disculpa.
—¿Es
verdad lo que dice esta joven? —pregunta, severo y con voz
seca, a Collaguaqui.
—Señor
—balbucea con torpe frase el ambicioso—, yo la amaba,
cierto; pero he sabido de tus inquietudes...
—¡Ya
sé! —le interrumpe, severo, el Inca—; has preferido
complacerme sacrificando tu amor. Eres —el
monarca
sonríe de una manera extraña— un ejemplar vasallo y
mereces una buena recompensa.
Y
dirigiéndose a la doncella:
—Alza,
Wara-Jaiphu, y seca tu llanto. Las penas del amor curan,
porque eres joven, fuerte y bella... Vuelve a
tu
casa y sé feliz con otro, pero a él yo lo guardo conmigo.
En pago de mis favores, lo único que he de exigirle
es
que nunca se case con ninguna mujer...
II
Terrible
y trágica obsesionaba la visión al Inca.
Había
pasado así:
Celebrábase
en el Cuzco la fiesta del Raymi, y un aire tibio e
impregnado con perfumes de violetas y naranjos
en
flor incensaba la atmósfera intensamente azul. La
muchedumbre congregada en la plaza era numerosa
como
jamás. Los sacerdotes ostentaban sus mejores vestiduras y
el séquito real fulgía bajo la riqueza de sus
auríferos
adornos. Todas las regiones del Imperio estaban
representadas por sus curacas, y cada curaca,
llevando
sus armas de guerra, iba precedido de sus domésticos, que
tocaban sus instrumentos y sobre sus
vestidos,
cuajados de oro y piedras preciosas, ostentaban la piel seca
del animal en que era rica su región.
Los
de Omasuyos por ejemplo, región desnuda del yermo y siempre
barrida por los vientos de la cordillera que
nunca
se despoja del fino arminio de su nieve, iban cubiertos con
pieles de vicuña y guanaco los de Chayanta,
honda
vega de bosques profundos y flores perfumadas, con las de
tigre. El fuego, encendido en pebeteros de
plata
colocados a la puerta del templo ardía, pronto a consumir
los sacrificios dedicados al buen Padre Sol.
De
pronto, en medio del profundo silencio que guardaban los
veinte mil hombres reunidos en la vasta plaza,
grandes
alaridos resonaron en el espacio luminoso. Alzaron todos la
mirada al cielo y vieron que un águila
hendía
el aire espacio arriba escalando el cielo con fuertes
aletazos, cual una saeta de nieve lanzada por
vigoroso
brazo, perseguida por una bandada de halcones que le
atajaban el espacio mordiéndola en el pecho,
implacable
y feroz. Las plumas blancas, tintas en sangre, volaban como
mariposa bicolores.
Largo
y tremendo fue el desigual combate. Los viles no cejaban en
su empeño de morder, y el águila, siempre
anérgica,
subía sedienta de luz y espacio, hasta que, desfallecida,
hizo un supremo esfuerzo y plegando las
poderosas
alas dejóse caer a plomo en medio del séquito real, cual
si sólo allí esperase encontrar segura
protección.
Cogiéronla los sacerdotes y cuidaron de sus heridas, pero
en vano. Murió tres días después.
Y
dijeron, llorando, los laicas consultados:
—Señor,
lo que hemos visto es un símbolo. Es el Imperio que se va.
Estas
palabras obsedían, implacables, al Inca; y por su
insoldable tristeza se acentuaba cada día más con los
desconocidos
males que súbitamente comenzaron a abatirse sobre el
Imperio del Tahuantinsuyo, hasta
entonces
tranquilo, feliz y próspero. El buen Padre Sol ocultábase
en pleno día, cual si sintiese vergüenza de
iluminar
los pecados de los hombres; de noche, en el cielo, aparecían
estrellitas nuevas, de largas y
amarillentas
caudas y siniestros aspectos; la tierra, siempre generosa,
benigna siempre, siempre estremecíase
y
temblaba ahora, como madre que no puede expulsar el objeto
de su amor; enfermedades desconocidas por
los
colliris diezmaban las poblaciones y los campos se
morían los rebaños sacudidos por males que nadie
conocía.
Y todo esto traía abatidos los ánimos, y particularmente
el de Huaina-Cápac, el poderoso señor,
enfermo
de melancolía. Se le veía pasear sombrío y taciturno, el
pensamiento constante ocupado con los
grandes
trastorno, el pensamiento constantemente ocupado con los
grandes trastornos de la Naturaleza, y
sobre
todo, con los hombres blancos, barbudos y de ojos azules que
decían haber aparecido hacía poco en la
costa.
Y pensaba, no sin espanto, en la profecía de su abuelo, el
magnánimo Inca Wiracocha, quien había
predicho
que el Imperio sería conquistado y destruido por hombres
venido de lejanas tirras... Y en previsión de
que
tan fatal vaticinio se cumpliese, y a pesar de su angustiada
tristeza, había dispuesto que todos los
súbditos
de su Imperio, bajo penas severísimas, hiciesen gala de
alegría y buenas formas, dando él mismo el
ejemplo
y rodeándose de un lujo hasta entonces desconocidos en el
Imperio, pues decía quería gozar por
última
vez de lo que a su fin corría...
Un
día de esos en que Huaina-Cápac, más triste que nunca,
paseaba por el jardín del palacio, adornado de
árboles
de plata con frutos de oro, tropezó con un hombre sentado a
la sombra de un plátano, con la cabeza
hundida
en el pecho y los ojos perdidos en la tierra. Lo reconoció
en Inca, y le habló:
—¿Qué
tienes, Collaguaqui, que así huyes de tis amigos y buscas
la soledad, que es consejera de malos
pensares?
Pareces un delincuente empeñado en ocultar un delito grave.
Debes de estar enfermo, pues que
persistes
en no hacer brillar en tu rostro la luz de la alegría.
Collaguaqui
se puso de rodillas, y dijo:
—Perdóname,
señor; no tengo nada. Pero desde hace tiempo un honda pena
me roe el corazón, y no puedo
ocultarla,
por grande que sea mi deseo de complacerte, pues bien sabes,
señor, que cuando el corazón llora
no
puede reír los labios.
—¿Y
qué es los así te obliga a padecer?
Collaguaqui
alzó el rostro envejecido, y sacudiendo su cabellera, sobre
la cual el tiempo había echado polvo
de
años, repuso con voz lenta y acento grave:
—Señor,
no tengo nadie que por mí se interese. Soy como esos árboles
que no dan sombra a ninguna clase
de
vegetación.
El
monarca sonrió enigmático, y repuso con tono indiferente:
—Cierto.
Has pasado por la vida lleno de ambición y gloria. Debes de
estar contento.
—Creí
estarlo, señor, antes, cuando era joven; pero ahora, que he
visto caer mucha nieve sobre los picos de
los
montes, me he convencido que no lo estoy, señor.
—Y,
sin embargo, debías de estarlo, Collaguaqui. Tu nombre es
popular en el Imperio y todos saben que
memoria
las grandes hazañas que has realizado. Yo te debo mucho. Tú
solo, con tu prudencia y energía, has
podido
someterlas levantiscas tribus de los Antis, hechas a vivir
altivas e insociables en la adusta serenidad de
las
pampas inclementes, entre las quiebras abruptas de las
cordilleras. Merced a tu bravura y heroicidad, se
han
ganado muchos combates, y yo he podido dar mayor esplendor
al brillo de mi Imperio.
Suspiró
Collaguaqui y dijo con amarga tristeza:
—Me
siento ya débil y viejo, señor. Mis luchas y heroicidades
serán superadas por otras luchas y
heroicidades;
mi nombre se perderá como se pierde la espuma que el
aletazo de la gaviota deja en la ancha
extensión
de las aguas, y habré pasado, triste y solo, como esas
llamas que, fatigadas por la caminata del día,
caen
en la tarde para no levantarse más, en tanto que la tropa
avanza indiferente y descuidada.
—Entonces,
¿te pesa la vida?
—No,
señor; la vida es un don de Dios y te pertenece; pero no
tengo nada que la alegre.
—Eres
glorioso.
—No
hay quien perpetúe mi nombre, señor.
—Eres
rico.
—No
tengo quien goce de mis bienes, señor.
—Eres
sano.
—El
tiempo abate los más robustos árboles, señor.
—Eres
feliz.
—Pensé
que el renombre era la felicidad, señor, y me he engañado;
es el amor, la afección del hogar. Soy
solo,
no tengo ni mujer ni hijos. ¡No soy feliz, señor!...
Huaina-Cápac
le miró largamente, y severo y triste, le dijo:
—Tienes
razón, Collaguaqui; has destruido tu vida, la has hecho
infecunda, y es tu falta, porque, antes que
amado,
has querido ser admirado, y toda vanidad se paga. La mujer
que repudiaste lloró en un tiempo tu
desvío;
pero así que vio brillar la sonrisa de su primer hijo se
consoló, pensando que es frágil el amor de los
hombres
y no el de los hijos, y aunque el tiempo y la maternidad han
echado mucha nieve sobre su cabeza, el
corazón
lo lleva joven y es enteramente feliz... yo te quiero bien y
sé lo que necesitas. Eres ya viejo y no
podrías
fundar un hogar; tus hijos no tendrían tiempo de recibir tu
ejemplo y no estarían bien formados; el fruto
engendro
en la vejez no es buen fruto, te queda sólo el deber. Vé
y hazte cargo de los hombres que vigilan el
litoral
para ver si vuelven a aparecer esos ostros, algunos de los
cuales dicen que andan como las bestias de
cuatro
pies y tienen dos cabezas. si son dioses, pregúntales si
creen en mi Padre el Sol; si son hombres, lucha
contra
ellos, pues eres esforzado y audaz. ¡Adiós, Collaguaquí!
Hizo
una señal el monarca y retiróse el noble guerrero.
III
Algún
tiempo después un equipo llegado al palacio de Tumipampa
avisaba al Inca que Collaguaqui había
muerto
luchando heroicamente contra los seres barbudos y de ojos
azules, que no eran dioses, sino hombres,
son
sus vicios, sus odios, sus amores y sus deseos, como los demás
hombres...
...........................................
Así
leyó Suárez, emocionado; mas nunca supieron sus amigos lo
que había leído el ingenuo poeta
enamorado...