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XII Peuquilén había quedado, como dijimos, encargado de custodiar al hombre que guardaba la puerta de comunicación entre el huerto y el patio segundo de la casa de doña Andrea Ramillo. Habíase tomado la determinación de emplear a Peuquilén de este modo, porque en gran parte dependía el éxito de la empresa del tiempo que tuviesen para ejecutarla sin ser molestados. Confiando en el valor y astucia de Peuquilén para guardar la retirada e impedir que el prisionero diese la alarma, avanzó Mariluán, como vimos, seguido de su gente. Había, sin embargo, dos causas poderosas que impulsaban a Peuquilén a dejar abandonado su puesto para seguir el camino del robo y algo de violento y salvaje que, por su impetuoso desarreglo, apenas nos atrevemos a designar con el nombre de amor. El primero de estos móviles no necesita, según pensamos, de explicaciones para alcanzar las proporciones de verosímil: los indios, como generalmente también la parte menos civilizada de nuestra población, tienen desarrollado el instinto de rapiña en grado superlativo. Un robo no es para los araucanos más que un acto de astucia o de audacia que de ninguna manera afrenta al que lo comete ni le turba la conciencia. Acaso hayan germinado estas ideas en esa raza indómita por la guerra de rapiña y de despojo que los civilizados les han hecho desde la conquista; acaso ese desprecio a las leyes de la propiedad sea hijo también de su ignorancia y de su costumbre de mirar todo acto contra los de la frontera como un ardid guerrero permitido en la constante hostilidad que los divide de nosotros; sea como quiera nada arguye esta propensión en contra de la posibilidad de morigerar los hábitos de los araucanos por medio de una bien calculada propaganda civilizadora. Sólo apuntamos estas ligerísimas excepciones para evitar que por la tendencia de Peuquilén se deduzcan consecuencias en contra de la elevación de miras que Mariluán manifestaba al consagrarse a la regeneración de su raza. Hecha esta advertencia, podemos repetir que Peuquilén se sentía arrastrado al interior de la casa, por la esperanza de botín que en el desorden esperaba recoger. El segundo móvil que le impulsaba es más fácil de explicar. Establecimos ciertas restricciones al designarlo con el nombre de amor. Tenemos tan profundo respeto a ese sentimiento, cuando inviste el noble carácter de pureza con que emana de las almas bien organizadas, que nos fue necesaria esa restricción para hablar de la fuerza que obraba en el pecho de Peuquilén. La imagen de Rosa habíase grabado en su corazón con líneas de fuego; de modo que el corazón inflamado enviaba hirviente a las venas la sangre puesta en movimiento por sus latidos. De aquí el fuego de su cerebro, que reflejaba como una lámina metálica la imagen de la joven, y de aquí la tempestuosa turbación de sus sentidos, la sangre azotándose contra las sienes, agolpándose bullidora en el pecho, turbado su vista externa a favor de la interna clavada en esa imagen; de aquí, en fin, lo que para anunciarlo, hemos llamado amor por un instante. La idílica aspiración del alma, mecida por la ideas civilizadas con respecto al amor, no existían, por supuesto, en Peuquilén; ninguna flor halagada por el viento libre de los llanos le recordaba a la joven, ni las brisas remedaban en su oído la tibia respiración a cuyo compás el seno se movía blandamente. Era Peuquilén un león que, para refrescar su cabeza, agitaba la melena al aire y rugía, y con violenta impaciencia escarbaba el suelo que creía sentir inflamado porque su planta le comunicaba el calor. Aquella criatura, blanca, rosada, esbelta, artísticamente proporcionada, de cuello redondo y flexible, de mirada eléctrica, porque reflejaba su amor, hirió como una flecha el corazón del indio, que juró arrebatarla al mundo, sustraerla a las miradas de todos y condenarla, por bella, al suspiro de su amor salvaje y tempestuoso. De modo que, cuando Peuquilén se vió solo, al lado de un hombre indefenso, y cuando vió que ese hombre era el obstáculo que le separaba de su presa y del lugar en que podía robar, arrojó sobre el infeliz prisionero una mirada de fría crueldad, la mirada de las aves de rapiña sobre la presa, y alzando después ña diestra en que brillaba el agudo puñal, le dejó caer con violencia sobre el pecho del hombre amarrado, que sólo pudo defenderse con una mirada de suprema angustia. Siguiéronse algunas convulsiones, el estertor de la respiración que se acaba, y la barba del infeliz cayó sobre su pecho lentamente. Peuquilén le desnudó con admirable ligereza y amarró los vestidos, tintos de sangre, alrededor de su cintura. Enseguida corrió hasta el corredor, se asomó a la puerta que había quedado de par en par, vió a Rosa con la frente entre las manos, pálida y sin movimiento, a la criada con las manos elevadas al cielo, y vió también sobre la mesa un mate con bombilla de plata. La criada dijo un ¡Jesús! Con aterrado acento, al ver aquel rostro descompuesto por la codicia, aquellos ojos inflamados por ávidos deseos, y halló fuerzas para arrancar al cuarto en que dormía doña Andrea, en el que entró cerrando tras ella la puerta. Un salto bastó a Peuquilén para llegar hasta Rosa, que sólo en ese momento, y al ruido de la puerta que cerraba la criada, alzó la frente, y con la rapidez que acababa de desplegar, guardó Peuquilén el mate y la bombilla, pasó sus músculos brazos alrededor del flexible talle de Rosa, la levantó cual si no sintiera su peso, y tratando de ahogar su voz con la mano derecha, emprendió la fuga con la joven a cuestas, en dirección al huerto. Entonces fue cuando Mariluán oyó la voz de su querida que imploraba socorro, y que por momentos iba alejándose. En vano el sable, mientras daba a Caleu la orden de amarar a Mariano, y salió corriendo tras la voz que pedía auxilio al alejarse. Sin embargo de su hercúlea fuerza, no pedía Peuquilén correr con la velocidad de Mariluán. Este le alcanzó cuando el indio trataba de colocar a Rosa sobre la barba de la tapia que era bastante baja. Peuquilén dejó a la joven, que cayó al suelo sin conocimiento, y sacando el puñal que había guardado en la cintura, quiso arrojarse contra Mariluán, mas éste paro el golpe, apretándole con una mano la garganta y tomándole con la otra el brazo derecho, antes que pudiese descargarlo. En esta actitud, Mariluán dio un fuerte empuje a Peuquilén, que perdió el equilibrio y cayó al suelo. Mariluán le arrancó el puñal, le hizo enderezarse, y le asestó con la mano derecha empuñada un rudo golpe en la sien. El indio se alejó algunos pasos impelido por la fuerza del brazo que le asestó aquel golpe, vaciló algunos segundos, como buscando un apoyo con las manos extendidas y volvió a caer al suelo como un cuerpo sin vida. Esta vez no hizo un solo movimiento. Mariluán, sin preocuparse de él, voló al lugar en que había caído su querida. —Rosa —le dijo levantándola entre sus brazos—, soy yo Mariluán, su amante que viene a salvarla; huyamos de aquí. Y mientras esto decía, colocó a la joven sobre la barda de la tapia, subió a su lado, saltó a la parte exterior y tomando a Rosa de la cintura, la bajó de la tapia y emprendió la marcha, llevándola en sus brazos, como pocos momentos antes la conducía Peuquilén. Rosa había abierto los ojos, pero parecía despertar de un sueño, o más bien creía hallarse bajo el peso de una pesadilla durante aquella marcha fantástica. Porque oía la voz suave de su amante que murmuraba a su oído tiernas palabras de cariño, y veía desaparecer los árboles, y en el cielo sereno brillar las estrellas con suave fulgor, mientras que el aire fresco de la noche bañaba su rostro, trayéndole ráfagas de esos olores agrestes que parecen recibir los pulmones como una caricia de amistad que ensancha el pecho. Así llegaron al punto en que se encontraban los caballos. Ahí colocó Mariluán a Rosa con respetuoso cuidado. —Ninguno de su familia correrá el menor peligro —dijo a la joven—, yo respondo de ellos con mi vida. —Nadie la ofenderá. —¡Ah, yo no puedo abandonarla! —exclamó la joven prorrumpiendo en llanto. Mariluán le tomó las manos con las que ella iba a cubrirse el rostro. —yo respeto ese llanto, y estoy pronto a obedecerle Rosa —le dijo—. Si he dado este paso, es porque creí que usted me amaba y debía velar por su suerte. Ordene usted y la llevaré a su casa: para mí después de esto, el sacrificio de la vida será una necesidad, porque siento que no podré vivir sin ese amor que usted me arrebata. Rosa apoyó su frente en el pecho de Mariluán. Este continuó con agitación. —Al lado de su familia, Rosa; le espera tal vez un porvenir brillante, la riqueza y la tranquilidad; al lado mío las privaciones y los cuidados la amenazan; pero esas privaciones y esos cuidados destruirán mi amor inmenso, y los pobres indios que me llaman su jefe la servirán a usted con la sumisión de los esclavos. Decida usted: es completamente libre. Hubiérase dicho que sólo en ese instante sentía Rosa las dificultades de su situación, porque en vez de responder a Mariluán se alejó de él, cubriendo con ambas manos el rostro que bañaron abundantes lágrimas. El joven hizo un movimiento de desesperación y, cruzando los brazos sobre el pecho, esperó que se decidiese su destino. El tiempo huía y el peligro aumentaba, pues de un momento a otro la voz de alarma podía esparcirse en el pueblo. Rosa, por su parte luchaba en ese instante con los más encontrados sentimientos: ala voz que le aconsejaba la fuga, respondía con igual elocuencia la del amor filial. Seguir a Mariluán era obedecer al imperio de su amor que las contrariedades habían aumentado y fortalecido; era sustraerse a la hostigosa vigilancia de un hermano, a los días de lágrimas y el eterno luto del corazón; pero era también abandonar a su madre en la hora del peligro y acarrear sobre su amor y su porvenir la justa maldición del Cielo. La impaciencia no podía dejar permanecer a Mariluán por mucho tiempo en la actitud de estoica resignación que había tomado al ver alejarse a Rosa. Transcurridos cinco minutos se acercó a la joven. —Permítame llevarla a su casa —le dijo con voz sombría—: jamás, Rosa, la alejaré de su familia sin su completa voluntad. La joven se descubrió el semblante y dirigió a Mariluán una mirada de cariñosa solicitud, exclamando: —¡Y usted! —Yo correré la suerte que el destino me reserve —contestó Mariluán con tristeza. —¡Ah! ¡Usted va a despreciarme y aborrecerme! —dijo Rosa, apoderándose de una mano de su amante. —¿Yo? ¡Jamás! —exclamó éste—: sólo acusaré a mi mala suerte que se ha negado a conservarme una de mis ilusiones más querida. En ese momento llegó Caleu con su comitiva. Mariluán interrogó a su asistente en español en presencia de Rosa. Las explicaciones de Caleu no dejaban la menor duda acerca de la seguridad en que quedaban doña Andrea y su hijo, a quienes se había puesto solamente en la imposibilidad de dar la alarma entes que Mariluán y los suyos estuviesen a salvo. —No importa —dijo Mariluán a Rosa—, yo la acompañaré hasta dejarla a usted al lado de su madre. Rosa, como avergonzada, acercó entonces sus labios al oído de su amante y le dijo estas palabras de confianza infantil, que pintan la triunfante fascinación que ejerce el amor en los corazones jóvenes y delicados. —Mi vida es de usted; yo le seguiré a todas partes. —¡Vamos! —exclamó el joven, alzando la hermosa frente como iluminada por el triunfo. Y colocó a Rosa sobre el caballo que le tenía preparado; saltó con agilidad sobre el suyo y dijo: —Rosa, viviré sólo para usted, y seré el primero de sus esclavos. Dio enseguida al indio que cuidaba los caballos algunas órdenes para tranquilizar a Rosa con respecto a la suerte de su familia, y emprendió con ella el galope por el camino que conduce de Los Ángeles a la alta frontera.
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