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Descorrer un velo
odavía me cuesta creerlo. Sin duda nunca lograré reponerme de este golpe. Sorpresivo. Al descubrir la faceta oculta del profesor Prieto. Jamás imaginada. Denigrante. Aplastando de golpe y de manera ofensiva el orgullo que experimenté desde el momento en que él eligió albergarse en mi pensión cuando vino al pueblo para trabajar en la escuela. Pulcro. Respetuoso. De hablar pausado y pronunciando cada palabra con absoluta claridad, preocupado en ser perfectamente entendido. También demostraba un orden casi increíble en todas sus cosas. Casi no daba trabajo limpiar su cuarto. La costumbre de hacerlo cada mañana parecía excesiva, pues nada estaba sucio y el único desarreglo lo constituían los libros sobre la mesita y las dos sillas. Me bastaba cambiar las sábanas y lavar el piso. Hasta que el respeto, la admiración, el privilegio de tenerlo cerca algunas horas de cada día, se hicieron trizas de golpe. Brutalmente. Con el vigor de un mazazo. Dejándome sin aliento. Al encontrar en un cajón del ropero un paquete de fotografías. Se detuvo. Extenuado. Luchando por normalizar la respiración cortada, con repetidos accesos de tos, después de la carrera desenfrenada y sin rumbo que desde hacía dos o tres horas llevaba a cabo para escabullirse de sus furiosos perseguidores. Echó una mirada en torno. Anhelante. La calle y los edificios ya aparecían cubiertos por una incipiente oscuridad. Aunque no advirtió ningún signo de peligro, le fue imposible desalojar el pánico. Con la amenaza de ser atrapado. Abruptamente. Demasiado fatigado y sin poder ofrecer resistencia al ansia vindicativa, grávida de odio e indignación, que había empezado a crecer incontenible en el corazón de cada uno de los habitantes del pueblo apenas quedó al descubierto la parte de su vida más celosamente guardada. Alicia. Sí. Ella. La única capaz de revelar lo que pasaba entre nosotros. Volvió a sentir una puñalada en el pecho al evocar a quien había logrado brindarle esplendentes momentos de júbilo y goce, pero ahora surgía como la culpable, con su traición, de estar obligado a una huida incierta, descabellada, convertido en el blanco de todos los pobladores unidos en el afán absoluto de prodigarle un castigo ejemplar. Debieron presionarla sin piedad, recurriendo tal vez a una buena paliza, hasta quebrarle la promesa de mantener el secreto. No podía creer que ella hubiera querido perjudicarlo. Durante cinco meses consiguieron establecer una vía de comunicación plena de armonía, placidez, cierta íntima complicidad, desde el momento en que había quedado deslumbrado por la cara redonda enmarcada por abundantes cabellos rubios, los labios carnosos y casi siempre dibujando una sonrisa, el cuerpo frágil pero que, por la turgencia de los senos, resultaba poderosamente tentador. No sólo la más hermosa, sino también la más fiel y obediente, pues le demandó menos tiempo y esfuerzo que las otras chicas ejercer un amplio dominio sobre ella, amoldarla a sus gustos y caprichos, lograr una pasiva obediencia. Evocarla, con la nostalgia y el dolor de sentirla cada vez más lejana, agudizó el hecho de estar desvalido, sin alternativa para defenderse. Continuó la marcha, con la meta impostergable de llegar a la carretera y subir al primer coche que lo alejara de allí, a cualquier sitio donde pudiera estar libre y seguro. Aunque concretar eso iba a significar no sólo romper para siempre todo vínculo con La Florida sino, peor aún -lo que ya empezaba a tener una vigencia sobrecogedora-, perder de manera irrevocable a ella. Alicia. Sí. Nunca debí haber dicho nada sobre lo que sucedía con el profesor Prieto fuera de las horas de clase. Pero mamá quiso conocer todos los detalles cuando entró en mi cuarto muy alterada, ahora quiero que me cuentes bien clarito qué te hacía ese hombre, y aunque no llegó a nombrarlo comprendí en seguida que se refería a él. Sentí un escalofrío de miedo mientras me aferraba por los hombros y me sacudía con una violencia que reflejaba su peor estado de ánimo, los ojos casi fuera de las órbitas y la voz seca, como dictando órdenes. Para llevarte bien con tu madre, lo mejor es no contradecirla, recordé en seguida las palabras repetidas con frecuencia por papá, y aunque resultaba un consejo que efectuaba más bien para bromear o burlarse de ella, pude comprobar entonces que respondía a la verdad. Sí, contarle todo la hubiera calmado y me habría dejado tranquila, pero de golpe tuve presente la promesa de guardar el secreto. Los demás no deben saber lo que pasa entre nosotros. Hay gente muy mala que puede arruinar estos gratos momentos. Y vos no querés que suceda eso, ¿no? Yo siempre le contestaba que no, que jamás abriría la boca, porque sólo deseaba seguir participando con él del nuevo juego que había empezado a enseñarme, por ser muchísimo más divertido que aprender a multiplicar, dividir y resolver esas operaciones con pesos, medidas, superficies y tantas otras cosas que no entendía y se mezclaban en mi cabeza. Te advierto que no voy a esperar aquí todo el día. Como para dejar que hablara, mamá se apartó y quedó a un paso, firme, agitada la respiración, mirándome casi sin pestañear. Comprendí que estaba a punto de estallar. Y acorralada, sin atrever a moverme, no sabiendo si lo mejor era seguir el consejo de papá o cumplir la promesa hecha al profesor Prieto, sólo rogué a Dios que se abriera la tierra y me tragara como el único modo de salvación. Hasta sentir una quemazón dolorosa en la cara por la repentina bofetada. Ya colmaste mi paciencia. Hablá de una vez. Mientras reprimía las ganas de llorar, y ya sin poder esperar la ayuda de nadie, decidí darle el gusto. Al correr palpó en el bolsillo la única propiedad que aún conservaba. Su cámara fotográfica. El objeto más personal y querido. Inseparable. Desde hacía varios años le permitía capturar, registrar, perpetuar en incontables fotografías los cuerpos que, cada noche, amparado en la soledad de su cuarto, con el júbilo de cumplir una ceremonia siempre nueva y absorbente, se dedicaba a observar, moroso, en un estado de creciente voluptuosidad. Alicia. El nombre se le impuso irrevocable. Similar a un reparador soplo de aire. Sí. La más hermosa y dócil. Con ella creyó haber concluido la pertinaz búsqueda efectuada durante las horas de clase, convertido en ávido cazador de los ademanes, modo de sonreír, acento de la voz de cada alumna, en un intento por descubrir la que colmaría fácilmente sus propósitos. Ocurrió al fin allí, en La Florida. Varias chicas lograron deslumbrarlo en las primeras semanas: Stella, Doris, Alicia. Utilizó un recurso habitual ante los padres. Su hija tiene bastante dificultad para aprender matemáticas. Sería conveniente ayudarla. Yo puedo hacerlo fuera de las horas de clase. Después, a lo largo del día, estaba pendiente del momento en que iba a quedarse con ellas en un aula de la escuela desierta y silenciosa. Por diversos modos procuró conquistarlas, lograr que respondieran a su voluntad: elogiar las cualidades de cada una, contarles cuentos, regalarles caramelos y chocolates. Un lento y cuidadoso proceso para alcanzar lo más deseado: fotografiarlas. Sin que fuera algo impuesto. Como si no se los pidiera yo, sino que ellas quisieran hacerlo. Al principio le dio el carácter de un juego, nuevo e incitante, para compensar las tediosas horas de fórmulas y ejercicios matemáticos. Mostrarles la cámara siempre despertaba una exclamación de euforia y en seguida adoptaban posturas diferentes para cada foto: abrazadas, riéndose, haciendo gestos de burla o dando algunos movimientos de baile. Ahora sáquense las blusas. Con la pollera un poco más levantada. Alcanzar la meta propuesta lo obligó a ser muy cuidadoso, pues cualquier palabra inadecuada podría significar el fracaso. Por las reacciones de complacencia o rechazo, de aprensión o deleite, pudo conocerlas. Sí. Únicamente ella. Decidió apartar a las otras dos, demasiado pudorosas y reacias a obedecerle, para no arriesgar la comunicación tan luminosa y feliz que empezaba a establecer con Alicia. Disfrutaremos este juego sólo nosotros. Lo mejor será que nadie lo sepa. ¿Te gustaría compartir este secreto? Poco a poco la convirtió en una aliada fiel, permeable a sus designios, compartiendo el interés por relegar cada vez más el tiempo dedicado a las matemáticas: ella, por el regocijo de ser la figura central y digna de admiración, y él, con el deseo creciendo hasta el paroxismo mientras la fotografiaba. Ahora te voy a sacar la más hermosa. Sin el vestidito. Debió aguardar días y días, disimulando la ansiedad tras sonrisas forzadas y el más suave tono de voz, antes de formular el principal pedido, el único por el cual había desarrollado una lenta estrategia de obsequios, ternura, halagos. Sin esperar ni darle la oportunidad de reaccionar, comenzó a desprender los botones y, mientras le quitaba el vestido, deslizó los dedos debajo de las axilas hasta que, por efecto de las cosquillas, estallara en una carcajada cantarina, sin reparos en reflejar un claro signo de goce y despreocupación, quebrada toda resistencia. Sí. Entonces comenzó la etapa más feliz y deslumbrante. La que había esperado siempre. Fugazmente. Por tres meses apenas. Desmoronada dos o tres horas atrás, cuando se vio precipitado a salir del pueblo. Me dejaron desnudo. Quitándome las cosas más preciadas. Alicia. Sus fotos. La imposibilidad de volver a estar juntos un solo instante. Ahora sólo tenía la certidumbre de los hombres y mujeres entregados a la urgente tarea de atraparlo, del progresivo cansancio que iba minando su cuerpo, de la desalentadora sensación de encontrarse desvalido y sin saber dónde podría llevarlo la errática marcha en la oscuridad de la noche. Me sacaba fotos. Cuando terminábamos las lecciones, me sacaba fotos. Pronuncié las palabras de un borbotón, como si tomara un remedio de un solo trago para no sentir el gusto horrible, creyendo que era una basura por traicionar al profesor Prieto y no guardar el secreto como me lo había pedido tantas veces. Apenas lo viera de nuevo le pediría perdón, rogando que no se enojara y quisiera continuar con esos juegos que me gustaban tanto. Ya sé que te tomaba fotos. Doris y Stella me lo dijeron. Pero también les pidió que se sacaran la ropa, ¿no? Me dolió saber que ellas le hubieran contado eso a mamá. No pude creer que fueran tan malvadas. Claro. Nunca aceptaron que fuera la preferida del profesor Prieto. Advertí muchas veces cómo el disgusto les arrugaba la cara porque me regalaba una caja de bombones más grande que la de ellas o hacía algún comentario sobre lo bien que aparecía yo en las fotos. Me alegré cuando dejaron de ir a las clases. Desde entonces disfruté mucho más los encuentros con el profesor. Ya no debía preocuparme por las miradas de reproche de ellas y me sentí más libre y feliz porque él podía dedicarme todo el tiempo. Por envidia o por la rabia de saberse rechazadas, se propusieron quitarme ese privilegio y causarme el mayor daño. Ya nunca más voy a considerarlas mis amigas. ¿Es cierto que te sacaste la ropa? Mamá estaba tan cerca que sentía el calor de su respiración. Fuerte y ronca, como si hubiera realizado una larga carrera. Dispuesta a pegarme otra vez si no le respondía rápido. Sabiendo que ya ninguna excusa lograría engañarla, ni mucho menos calmarla, y sin posibilidad de salir del cuarto donde parecía asfixiarme ni coraje para seguir manteniendo mi promesa, sólo pude mover la cabeza para darle a entender que sí, que me había quitado la ropa. ¿Toda la ropa...? El color de la cara se le volvió tan rojo que si la hubiera visto papá le habría dicho que era muy peligroso y podía tener un ataque de presión. Y después ¿qué te hacía? Comprendí que hubiera sido inútil pedirle que se calmara -porque en esos casos, cuando se ponía como loca por los nervios, ni papá lo conseguía, a pesar de su paciencia y la dulzura con que le hablaba-, pero me costaba entender por qué se ponía tan furiosa si entre el profesor y yo todo resultaba muy hermoso y ninguna otra cosa llegaba a producirme un bienestar más intenso y estremecedor que cuando me pasaba las manos por el cuerpo. Me reía mucho porque él me hacía cosquillas y ... Tal vez entonces tuvo el ataque que siempre anunciaba papá, por la forma desaforada en que se puso a gritar, degenerado, no tiene la menor vergüenza, hay que romperle la cara, y dar vueltas por la pieza a pasos cortos, sin ningún control, como si buscara una puerta, levantados los puños, con la única intención de golpear al profesor Prieto si lo hubiera tenido enfrente. Aunque ya no podía reparar la culpa por haber revelado nuestro secreto, hubiera querido defender al profesor diciéndole que era muy bueno y únicamente deseaba hacerme feliz al tomar las fotos y sobre todo cuando sus dedos acariciaban mis pechos y bajaban entre las piernas como un bichito y sentía un hormigueo ardiente que me hacía suspirar de satisfacción. No. Mamá no quiso saber nada más. Salió corriendo del cuarto y cerró la puerta con la misma violencia que tiraba un plato o golpeaba una silla cuando discutía con papá. Sí. Ya sabe todo. Lo comprendió apenas vio a la madre de Alicia abrirse paso entre los chicos que jugaban en el patio de la escuela, la cara deformada por una mueca, levantados los brazos, pronunciando su nombre en un clamor histérico. Atrapen a ese pervertido. Estuvo manoseando a mi hija. Por unos segundos no pudo moverse por efecto de la perplejidad y una brusca parálisis, incapaz de articular cualquier gesto o palabra para repeler la acusación que, en el repentino silencio, prevaleció con una contundencia feroz, implacable, mientras todos clavaban los ojos en él. Las maestras y los chicos. Unidos tal vez no tanto por el estupor sino más bien por una confusa muestra de bronca, reproche, desagrado. Sí. De pronto se les impuso una sola sentencia: culpable. El responsable de cometer los actos más sucios y aberrantes. Esa comprobación, restándole validez a cualquier intento de defensa, le confirió la urgente necesidad de ponerse a salvo. Creyó que por una fuerza irrefrenable, surgida del miedo y la desesperación, pudo cruzar entre los cuerpos inmovilizados y, luego de saltar el tejido que circundaba el patio, llegar a la calle angosta y tranquilizadoramente desierta por la cual procuró alejarse de las voces unidas en un clamor iracundo y amenazador. Correr. Buscar un sitio seguro. No tuvo otro afán hasta ahora en que, al borde de sus fuerzas y apresado en el túnel insondable de la noche, lo abrumaba la evidencia de haber perdido para siempre a Alicia y con ella la etapa más intensa y revitalizadora de su vida. Nada. Ni siquiera una foto para avivar el recuerdo y seguir disfrutando el placer de verla. Comprendió que ese despojo, abrupto, ya no le permitiría un instante de sosiego o consuelo. Al fin se detuvo, no tanto para reponerse, sino al percibir un leve sonido. Con la garra asfixiante del pánico profirió un grito, breve y desolador, al ser acribillado por los haces de luz y advertir que incontables siluetas casi espectrales formaban un cerco alrededor de él. Sólo después que fue atrapado, decidí retirar sus cosas del cuarto que había ocupado durante seis meses. Como habíamos tenido un trato tan amable, casi siempre matizado con alguna broma, me negué a creer que hubiera hecho algo feo o deshonesto con esas chicas. No pude evitar la sensación de sufrir un engaño imperdonable y, más que la necesidad de tener libre la pieza para alquilarla de nuevo, quise borrar en seguida toda huella de él. Retiré los cuadros de las paredes, puse los libros en varias cajas y, al vaciar el ropero, parecieron quedar despejadas de pronto todas las dudas sobre la conducta del profesor Prieto. En uno de los cajones y disimulados entre la ropa, había tres sobres repletos de fotografías. Como si realizara algo prohibido o pecaminoso, las fui desparramando sobre la cama. Creí que iba a caer desmayada. Por la sorpresa, el horror, la indignación. Mientras observaba a Alicia, esa chica tan hermosa y encantadora que, en las más diversas posturas, aparecía en todas las fotos. Siempre completamente desnuda.
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