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Ahora,
la oscuridad
Los
vio de repente. Como si hubieran surgido de algún remoto
sueño. Enfundados en deslumbrantes chaquetillas blancas. De
aspecto imponente y los brazos abiertos, con el avieso propósito
de cortarle el paso y hacerlo caer, sin duda para impedir
que tocara la pelota y llevara a cabo una de aquellas
deslumbrantes jugadas que provocaban el temor de sus
adversarios y enronquecían de alegría y frenesí las voces
diseminadas por todo el estadio. Espere. El grito le taladró
la cabeza. No. No van a detenerme. La firme intención parecía
completamente alejada del estado de debilidad, de creciente
mareo que ahora le dificultaba cada movimiento. Pese a
sostener una brega sin duda infructuosa, no estaba dispuesto
a ceder, a dejar que los otros frustraran su propósito.
Obstinado. Como lo había hecho siempre, desde el ya lejano
tiempo de la infancia, cuando empezó a tener esa relación
sutil, íntima, arrebatadora con la pelota, y sintiéndose
el dueño absoluto, pretendió obligarla a cumplir los
dictados de sus piernas, alcanzar a través de ella los
momentos de placer más intensos y profundos. Al principio
había sido en cualquier baldío o rincón de una calle, al
concretar junto a otros chicos del barrio partidos
entusiastamente disputados; y después, en 1a cancha del
Club Los Girasoles, cuando sus dotes comenzaron a despertar
interés y admiración, con la esperanza de tener un
promisorio futuro. Sólo quería jugar. Disfrutar la alegría
de tocar la pelota. Olvidarme de toda otra cosa. Un modo de
refugio o evasión. Imperioso. Reconfortante. Para librarse
de las aburridas enseñanzas que procuraban inculcarle en la
escuela, pero, sobre todo, para huir del opresivo clima de
tensión y amargura, de violencia y casi desesperanza, que
imperaba en la casa por obra de su padre al descargar en
ellos -su madre, sus hermanas y él- los golpes y gritos
nacidos del permanente estado de ebriedad. El cambio tan
anhelado surgió de improviso, luego del partido con el
Sportivo Alborada, poderoso equipo de la capital de la
provincia, al demostrar que era un imbatible dominador de la
pelota y logró despertar la algarabía de la gente que
colmaba 1a cancha. Me gustó mucho como jugaste. Creo que
deberías ir pensando en algo más importante que un club de
barrio. Si querés, puedo llevarte conmigo a la Capital. Con
una mezcla de perplejidad y regocijo escuchó las palabras
del director técnico del equipo visitante. Y de pronto creyó
divisar un amplísimo horizonte pleno de luz, de fascinantes
promesas, de sueños casi al alcance de la mano. Espere.
Tiene que venir con nosotros. Ahora los dos hombres
parecieron decididos a actuar. Firmes. Erguidos. Los brazos
abiertos. Formando una ajustada barrera. No. Nadie sería
capaz de detenerlo. Yo les demostraré que soy el mejor.
Aunque una puntada le perforaba la cabeza y tenía la
sensación de encontrarse apresado en un cerco
infranqueable, estaba seguro de poder salir airoso.
Triunfador. Por obra de sus espléndidas gambetas. Como había
hecho en el primer partido que jugó en la capital de la
provincia. La prueba más difícil para mostrar su capacidad
y empezar a concretar todos los anhelos o, por el contrario,
fracasar y caer tal vez para siempre en una situación peor
de la que pretendía escapar. Sí. Esta ocasión es única y
no puedo desaprovecharla. Clara y rotunda la meta. Y sólo
creyó superar el desafío cuando, al terminar el partido,
de todos los rincones del estadio su nombre resonó en un
clamor. Jubiloso. Ensordecedor. Después todo pareció
desarrollarse de manera vertiginosa: el pase de un equipo a
otro, la facilidad de tener tanto dinero como jamás llegó
a imaginar, los comentarios elogiosos sobre cada uno de sus
goles, la posibilidad de satisfacer cualquier gusto o
capricho. Sí. Como si todo eso le sucediera a otra persona
o fuera sólo un sueño que podía desvanecerse bruscamente.
Debido al instintivo temor de perder todo eso, procuró
disfrutar cada momento. Intensamente. Con voracidad. Sobre
todo junto a las mujeres con las que pretendió alcanzar no
sólo un placer arrebatador, sino más bien encontrar la
compañía y una cuota de amor que desalojaran para siempre
todo vestigio del vacío y la desolación sobrellevados
desde la niñez. Tal vez la búsqueda más ardua. Sin
tregua. Nunca satisfactoria. Únicamente les interesaba mi
dinero y el gusto de estar al lado de alguien famoso. Sin
entender ni importarles lo que yo quería. Semejante
comprobación surgió de improviso. Lacerante. Como una súbita
puñalada. Deténgase. Debe venir con nosotros. Aturdido por
la orden perentoria, abrió y cerró los ojos repetidas
veces, en un intento por despejarse completamente y
recuperar la fuerza y el empuje para vencer a los dos
hombres que, sumidos en una especie de niebla, le cerraban
el camino. Debo pasar. Ni la mejor barrera del mundo podrá
impedir que haga un gol. Instintivamente trató de revivir
algún fragmento del tiempo en que era capaz de concretar
jugosas hazañas con una pelota. Pero no pudo asirse a esa
tabla de salvación. Ya estaba hundida en una recóndita
zona del pasado. Irrecuperable. No. Nunca más. Y aunque no
quiso admitirlo, poco a poco se vio abrumado por la
evidencia de su limitación, cuando pasaron varios partidos
sin poder convertir un gol y empezó a reflejar una
creciente torpeza en cada jugada. Hasta recibir el peor
castigo: el desdén, la frialdad, el progresivo desprecio de
quienes siempre le habían expresado el apoyo más cálido y
fervoroso. Se precipitó en un abismo. Desvalido. Y no
obstante restar importancia a los reiterados consejos, debe
cumplir con los entrenamientos, llevar una vida más
ordenada, pues ya estaba demasiado convencidoo de que le
bastaba tocar la pelota con su pierna derecha para encender
de júbilo a los espectadores, se impuso la inesperada
realidad. Excluido de la única tarea que le confería
sentido a su vida, lo acosaron los viejos fantasmas de la
miseria y el desamparo. Inútilmente buscó refugio en los
amigos, cada vez más escasos e indiferentes, y en las
mujeres, cada vez más altivas y exigentes para ofrecerle,
casi como una limosna, unos efímeros instantes de compañía.
Entonces sólo le quedó la bebida. Como una mano fiel y
protectora para eludir cualquier preocupación. Aunque no
impedía que golpeara furibundo a quien le recordaba la época
en que había sido uno de los mejores jugadores que pisó
una cancha de fútbol o arrojara botellas o cascotes contra
las vidrieras en las madrugadas plenas de alcohol y soledad.
Después lo recluyeron en cuartos fríos y húmedos para
contenerlo y evitar que produjera cualquier daño. Una y
otra vez. Sin poder anular el permanente deseo de huir. Como
ahora. Pero ya las piernas no le respondieron al ansia de
correr. Trastabilló. Y los brazos de ellos, firmes y solícitos,
lo socorrieron. Cálmese. Ahora nosotros vamos a ayudarlo.
Instintivamente supo que era inútil toda resistencia. Tanto
por sentirse ya sin fuerzas como por la sorpresiva actitud
de ellos. Comprensivos. Prodigándole una desconocida
muestra de afecto. Y vencido, con la furtiva esperanza de
alcanzar algo de paz y olvido, se dejó llevar.
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