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El
refugio
Con
el mismo fervor de otras noches, caminó de manera sigilosa
por las dormidas calles del pueblo rumbo a la plaza
escasamente iluminada. Luego de sentarse en el banco de
costumbre, se dedicó a observar a su alrededor, algo
temerosa de que él faltara a la cita. Pero no pasó
demasiado tiempo cuando dos manos bordearon su cintura y la
obligaron a darse vuelta, con una sorprendida exclamación
de alegría. Vamos, ya es tarde, lo urgió apenas pudo
apartarse de la boca apremiante y con una suave presión de
su cuerpo lo impulsó a la marcha. No me gusta ir allí,
creo que nos traerá problemas, la voz de él tembló en un
claro signo de pesadumbre, pero no obtuvo de ella más que
una risa burlona, casi provocativa, mientras trataba de
calmarlo como si fuera un chico que necesitaba protección y
le rogaba que no tuviera miedo, pues el primer piso de la
casa de la señora Benítez resultaba sin duda el mejor
sitio para disfrutar unos momentos de placer, libres y
tranquilos. La vieja no oiría el estallido de una bomba a
dos pasos, afirmó ella en un intento de justificar la
seguridad de ese refugio y poco a poco la alarma de él se
fue desvaneciendo por imperio del fascinante atractivo de la
aventura compartida casi todas las noches. Trabados en un
abrazo que alentaba un impetuoso deseo, abandonaron el
pueblo y entonces se internaron por un largo y angosto
sendero bordeado de frondosos árboles hasta desembocar en
una casa alta, de aspecto imponente, pálidamente definida a
la luz de la luna. Durante unos minutos observaron a través
de la ventana el interior donde habían estado con mucha
frecuencia no sólo en las últimas semanas sino también
varios años atrás, en el despreocupado tiempo de la
infancia, cuando iban allí para jugar con José Luis o para
que la señora Benítez les regalara caramelos o les contara
alguna pintoresca historia. Por fin marcharon hasta la
puerta, que a veces se encontraba cerrada con llave y el común
anhelo quedaba frustrado, pero ahora pudieron abrirla fácilmente
y después, con reconfortante alivio, penetraron como
furtivos ladrones en la tenue penumbra donde el conocimiento
adquirido a lo largo de muchos años les permitió moverse
con rara habilidad entre los objetos y muebles. El
inconfundible sonido de platos y cubiertos llenaba de manera
casi estridente el ámbito de la casa y mientras ella
susurraba la vieja está en la cocina, apurate, comenzaron a
subir la frágil y desvencijada escalera de madera con
creciente impaciencia por llegar al pequeño recinto donde
conseguirían una intimidad perfecta, arrebatados por el
olvido y la dicha. Después de guardar los platos en el
aparador, la señora Benítez echó una lenta mirada por la
reducida cocina donde ya todo denotaba un orden y pulcritud
que la colmaban de orgullo; siempre le había resultado una
preocupación obsesiva mantener la casa arreglada en forma
brillante, a pesar de que ahora el reumatismo iba atrofiando
sus músculos y cualquier esfuerzo le provocaba un acuciante
dolor. Observó la hora que marcaba el reloj colgado en la
pared y algo fastidiada, con la torpe rapidez que le
otorgaban las piernas endurecidas, se encaminó hacia el
dormitorio. Abrió el ropero y, al tiempo que sacaba algunas
prendas, pensó de nuevo en la inesperada carta en que
Matilde le comunicaba la delicada enfermedad de su hijo y
recalcaba con acento algo sombrío el urgente deseo de
verla. Aunque la abrumaban el peso de la vejez y la idea de
abandonar la casa, supo que no tenía alternativa; superando
una ráfaga de duda e inquietud, decidió emprender de
inmediato el largo trayecto hacia la Capital, con el ruego
fervoroso de ver a José Luis antes del casi previsible
desenlace. El encuentro se concretaba en la oscuridad que no
resultaba un obstáculo sino más bien una perfecta aliada,
pues todo lo que ocupaba ese estrecho cuarto -la silla de
mimbre, el baúl repleto de libros y juguetes, la diminuta
cama-, formaba parte de un mundo demasiado familiar y ya
lejano, el de la infancia plena de sueños y entusiasmo,
cuando se reunían allí con el hijo de la señora Benítez
y pasaban tardes enteras jugando o realizando las tareas del
colegio o sintiéndose felices simplemente por estar juntos.
Luego que José Luis se marchó del pueblo, ellos tomaron la
costumbre de regresar allí por las noches,
subrepticiamente, amparados en la inmutable sordera de la señora
Benítez, no para evocar el pasado sino con el único propósito
de alcanzar unos momentos de placer en ese refugio cálido e
inviolable. Dominada por una febril ansiedad, ella comenzó
a desabrocharle la camisa con premura, en un gesto que parecía
trasuntar cada vez una fascinante novedad, y luego la boca
ávida recorrió el pecho que aún palpitaba como un pájaro
asustado mientras le repetía dejá de preocuparte, aquí no
podrá descubrirnos, hasta que la reacción esperada se
materializó cuando las manos de él la despojaron de manera
brusca e imperiosa de la ropa que fue cayendo al suelo como
algo molesto e inútil. Depositó sobre la cama el raído
vestido que usaba diariamente y, luego de echar un rápido
vistazo al interior del ropero, donde el escaso contenido no
le ofrecía mucho para elegir, se decidió por un traje gris
que reservaba siempre para las ocasiones especiales; y sin
duda visitar a José Luis era una de ellas, quizá la más
importante en el curso de los últimos siete años, después
que su partida hacia la Capital la precipitó a una
progresiva soledad que ya nada pudo atenuar, ni el
desarrollo de los quehaceres diarios, ni las reuniones con
las amigas, ni la relectura de las esporádicas cartas en
que él le notificaba el súbito casamiento o los ascensos
obtenidos en el trabajo. Por eso, apresada por la fatiga y
el desaliento, se fue hundiendo en el laberinto de los
recuerdos como una forma de consuelo o de aliviar el penoso
avance de la vejez, cuando abruptamente la sacudió una
realidad sorpresiva y cruel al recibir la carta de Matilde.
Hizo un esfuerzo por reponerse; la posibilidad de ver y
abrazar de nuevo a José Luis parecía compensar una larga
etapa de sufrimiento y la obligó a vestirse con rapidez.
Luego de tomar la valija y, mientras marchaba lentamente,
deslizó la mirada sobre todos los objetos a modo de
despedida, algo disgustada por dejar la casa sin duda por
varios meses; por eso, como había hecho con todas las
ventanas, puso sumo cuidado en asegurar la puerta principal
con el firme propósito de malograr el ataque de cualquier
intruso. Las manos de él se deslizaron con extrema lentitud
sobre la suave piel del cuerpo que yacía en total abandono
mientras no cesaba de repetir ya es tarde, será mejor irnos
de aquí, pero sólo obtuvo la risa jubilosa de ella como
respuesta, no seas miedoso, la vieja no podrá descubrirnos,
vamos a esperar un rato más. Cuando se desvaneció toda
huella de placer, acordaron en vestirse. Al llegar a la
puerta de salida advirtieron que estaba cerrada con llave;
pensando que la señora Benítez se había acostado,
marcharon hacia el dormitorio a tientas y tropezando contra
algunos muebles. La ausencia del fuerte y habitual ronquido
les hizo encender una lámpara sin ningún cuidado,
impacientes, con un presentimiento que fue transformándose
en terror a medida que recorrían la casa y comprobaron que
estaban solos, sin poder cruzar las ventanas enrejadas ni
las puertas de madera indestructible. Los gritos de rabia y
auxilio llegaron a expresar una total impotencia al
comprender que nadie iba a escucharlos, no había ninguna
casa vecina, el pueblo se encontraba a más de un kilómetro,
y no tenían idea sobre cuándo regresaría la señora Benítez.
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