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Edgar Allan Poe
El Escarabajo de Oro
¡Hola, hola! ¡Este mozo es un danzante loco!
Le ha picado la tarántula.
(Todo al revés.)
Hace muchos años trabé amistad
íntima con un míster William Legrand. Era de una antigua familia de hugonotes,
y en otro tiempo había sido rico; pero una serie de infortunios habíanle
dejado en la miseria. Para evitar la humillación consiguiente a sus desastres,
abandonó Nueva Orleáns, la ciudad de sus antepasados, y fijó su residencia en
la isla de Sullivan, cerca de Charleston, en Carolina del Sur.
Esta isla es una de las más singulares. Se compone únicamente
de arena de mar, y tiene, poco más o menos, tres millas de largo. Su anchura no
excede de un cuarto de milla. Está separada del continente por una ensenada
apenas perceptible, que fluye a través de un yermo de cañas y légamo, lugar
frecuentado por patos silvestres. La vegetación, como puede suponerse, es
pobre, o, por lo menos, enana. No se encuentran allí árboles de cierta
magnitud. Cerca de la punta occidental, donde se alza el fuerte Moultrie y
algunas miserables casuchas de madera habitadas durante el verano por las gentes
que huyen del polvo y de las fiebres de Charleston, puede encontrarse es cierto,
el palmito erizado; pero la isla entera, a excepción de ese punto occidental, y
de un espacio árido y blancuzco que bordea el mar, está cubierta de una espesa
maleza del mirto oloroso tan apreciado por los horticultores ingleses. El
arbusto alcanza allí con frecuencia una altura de quince o veinte pies, y forma
una casi impenetrable espesura, cargando el aire con su fragancia.
En el lugar más recóndito de esa maleza, no lejos del
extremo oriental de la isla, es decir, del más distante, Legrand se había
construido él mismo una pequeña cabaña, que ocupaba cuando por primera vez, y
de un modo simplemente casual, hice su conocimiento. Este pronto acabó en
amistad, pues había muchas cualidades en el recluso que atraían el interés y
la estimación. Le encontré bien educado de una singular inteligencia, aunque
infestado de misantropía, y sujeto a perversas alternativas de entusiasmo y de
melancolía. Tenía consigo muchos libros, pero rara vez los utilizaba. Sus
principales diversiones eran la caza y la pesca, o vagar a lo largo de la playa,
entre los mirtos, en busca de conchas o de ejemplares entomológicos; su colección
de éstos hubiera podido suscitar la envidia de un Swammerdamm.
En todas estas excursiones iba, por lo general, acompañado
de un negro sirviente, llamado Júpiter, que había sido manumitido antes de los
reveses de la familia, pero al que no habían podido convencer, ni con amenazas
ni con promesas, a abandonar lo que él consideraba su derecho a seguir los
pasos de su joven massa Will. No es improbable que los parientes de
Legrand, juzgando que éste tenía la cabeza algo trastornada, se dedicaran a
infundir aquella obstinación en Júpiter, con intención de que vigilase y
custodiase al vagabundo.
Los inviernos en la latitud de la isla de Sullivan son
rara vez rigurosos, y al finalizar el año resulta un verdadero acontecimiento
que se requiera encender fuego. Sin embargo, hacia mediados de octubre de 18...,
hubo un día de frío notable. Aquella fecha, antes de la puesta del sol, subí
por el camino entre la maleza hacia la cabaña de mi amigo, a quien no había
visitado hacia varias semanas, pues residía yo por aquel tiempo en Charleston,
a una distancia de nueve millas de la isla, y las facilidades para ir y volver
eran mucho menos grandes que hoy día. Al llegar a la cabaña llamé, como era
mi costumbre, y no recibiendo respuesta, busqué la llave donde sabía que
estaba escondida, abrí la puerta y entré. Un hermoso fuego llameaba en el
hogar. Era una sorpresa, y, por cierto, de las agradables. Me quité el gabán,
coloqué un sillón junto a los leños chisporroteantes y aguardé con paciencia
el regreso de mis huéspedes.
Poco después de la caída de la tarde llegaron y me
dispensaron una acogida muy cordial. Júpiter, riendo de oreja a oreja, bullía
preparando unos patos silvestres para la cena. Legrand se hallaba en uno de sus
ataques—¿con qué otro término podría llamarse aquello?—de entusiasmo.
Había encontrado un bivalvo desconocido que formaba un nuevo género, y, más aún,
había cazado y cogido un escarabajo que creía totalmente nuevo, pero
respecto al cual deseaba conocer mi opinión a la mañana siguiente.
—¿Y por qué no esta noche?—pregunté, frotando mis
manos ante el fuego y enviando al diablo toda la especie de los escarabajos.
—¡Ah, si hubiera yo sabido que estaba usted aquí!
—dijo Legrand—. Pero hace mucho tiempo que no le había visto, y ¿cómo iba
yo a adivinar que iba usted a visitarme precisamente esta noche? Cuando volvía
a casa, me encontré al teniente G***, del fuerte, y sin más ni más, le he
dejado el escarabajo: así que le será a usted imposible verle hasta mañana.
Quédese aquí esta noche, y mandaré a Júpiter allí abajo al amanecer. ¡Es
la cosa más encantadora de la creación!
—¿El qué? ¿El amanecer?
—¡Qué disparate! ¡No! ¡El escarabajo! Es de un
brillante color dorado, aproximadamente del tamaño de una nuez, con dos manchas
de un negro azabache: una, cerca de la punta posterior, y la segunda, algo más
alargada, en la otra punta. Las antenas son...
—No hay estaño en él, massa Will, se lo aseguro—interrumpió aquí Júpiter—;
el escarabajo es un escarabajo de oro macizo todo él, dentro y por todas
partes, salvo las alas; no he visto nunca un escarabajo la mitad de pesado.
—Bueno; supongamos que sea así—replicó
Legrand,
algo más vivamente, según me pareció, de lo que exigía el caso—. ¿Es esto
una razón para dejar que se quemen las aves? El color—y se volvió hacia mí—bastaría
para justificar la idea de Júpiter. No habrá usted visto nunca un reflejo metálico
más brillante que el que emite su caparazón, pero no podrá usted juzgarlo
hasta mañana... Entre tanto, intentaré darle una idea de su forma.
Dijo esto sentándose ante una mesita sobre la cual había
una pluma y tinta, pero no papel. Buscó un momento en un cajón, sin
encontrarlo.
—No importa—dijo, por último—; esto bastará.
Y sacó del bolsillo de su chaleco algo que me pareció
un trozo de viejo pergamino muy sucio, e hizo encima una especie de dibujo con
la pluma. Mientras lo hacía, permanecí en mi sitio junto al fuego, pues tenía
aún mucho frío. Cuando terminó su dibujo me lo entregó sin levantarse. Al
cogerlo, se oyó un fuerte gruñido, al que siguió un ruido de rascadura en la
puerta. Júpiter abrió, y un enorme terranova, perteneciente a Legrand, se
precipitó dentro, y, echándose sobre mis hombros, me abrumó a caricias, pues
yo le había prestado mucha atención en mis visita anteriores. Cuando acabó de
dar brincos, miré el papel, y, a decir verdad, me sentí perplejo ante el
dibujo de mi amigo.
—Bueno—dije después de contemplarlo unos
minutos—; esto es un extraño escarabajo, lo confieso nuevo para mí: no he
visto nunca nada parecido antes, a menos que sea un cráneo o una calavera, a lo
cual se parece más que a ninguna otra cosa que hay caído bajo mi observación.
—¡Una calavera!—repitió Legrand—. ¡Oh, sí
Bueno; tiene ese aspecto indudablemente en el papel. Las dos manchas negras
parecen unos ojos, ¿eh? Y la más larga de abajo parece una boca; además, la
forma entera es ovalada.
—Quizá sea así—dije—; pero temo que usted no sea
un artista. Legrand. Debo esperar a ver el insecto mismo para hacerme una idea
de su aspecto.
—En fin, no sé—dijo él, un poco irritado—:
dibujo regularmente, o, al menos, debería dibujar, pues he tenido buenos
maestros, y me jacto de no ser de todo tonto.
—Pero entonces, mi querido compañero, usted
bromea—dije—: esto es un cráneo muy pasable puedo incluso decir que es un
cráneo excelente, con forme a las vulgares nociones que tengo acerca de
tales ejemplares de la fisiología; y su escarabajo será el más extraño de
los escarabajos del mundo si se parece a esto. Podríamos inventar alguna pequeña
superstición muy espeluznante sobre ello. Presumo que va usted a llamar a este
insecto scaruboeus caput hominis o algo por el estilo; hay en las
historias naturales muchas denominaciones semejantes. Pero ¿dónde están las
antenas de que usted habló?
—¡Las antenas!—dijo Legrand, que parecía
acalorarse inexplicablemente con el tema—. Estoy seguro de que debe usted de
ver las antenas. Las he hecho tan claras cual lo son en el propio insecto, y
presumo que es muy suficiente.
—Bien, bien—dije—; acaso las haya hecho usted y yo
no las veo aún.
Y le tendí el papel sin más observaciones, no
queriendo irritarle; pero me dejó muy sorprendido el giro que había tomado la
cuestión: su mal humor me intrigaba, y en cuanto al dibujo del insecto, allí
no había en realidad antenas visibles, y el conjunto se parecía
enteramente a la imagen ordinaria de una calavera.
Recogió el papel, muy malhumorado, y estaba a punto de
estrujarlo y de tirarlo, sin duda, al fuego, cuando una mirada casual al dibujo
pareció encadenar su atención. En un instante su cara enrojeció intensamente,
y luego se quedó muy pálida. Durante algunos minutos, siempre sentado, siguió
examinando con minuciosidad el dibujo. A la larga se levantó, cogió una vela
de la mesa, y fue a sentarse sobre un arca de barco, en el rincón más alejado
de la estancia. Allí se puso a examinar con ansiedad el papel, dándole vueltas
en todos sentidos. No dijo nada, empero, y su actitud me dejó muy asombrado;
pero juzgué prudente no exacerbar con ningún comentario su mal humor
creciente. Luego sacó de su bolsillo una cartera, metió con cuidado en ella el
papel, y lo depositó todo dentro de un escritorio, que cerró con llave. Recobró
entonces la calma; pero su primer entusiasmo había desaparecido por completo.
Aun así, parecía mucho más abstraído que malhumorado. A medida que avanzaba
la tarde, se mostraba más absorto en un sueño, del que no lograron arrancarle
ninguna de mis ocurrencias. Al principio había yo pensado pasar la noche en la
cabaña, como hacía con frecuencia antes; pero. viendo a mi huésped en aquella
actitud, juzgué más conveniente marcharme. No me instó a que me quedase; pero
al partir, estrechó mi mano con más cordialidad que de costumbre.
Un mes o cosa así después de esto (y durante ese lapso
de tiempo no volví a ver a Legrand), recibí la visita, en Charleston, de su
criado Júpiter. No había yo visto nunca al viejo y buen negro tan decaído, y
temí que le hubiera sucedido a mi amigo algún serio infortunio.
—Bueno, Júpiter—dije—. ¿Qué hay de nuevo? ¿Cómo
está tu amo?
—¡Vaya! A decir verdad, massa, no está tan
bien como debiera.
—¡Que no está bien! Siento de verdad la noticia. ¿De
qué se queja?
—¡Ah, caramba! ¡Ahí está la cosa! No se queja
nunca de nada; pero, de todas maneras, está muy malo.
—¡Muy malo, Júpiter! ¿Por qué no lo has dicho en
seguida? ¿Está en la cama?
—No, no, no está en la cama. No está bien en ninguna
parte, y ahí le aprieta el zapato. Tengo la cabeza trastornada con el pobre massa
Will.
—Júpiter, quisiera comprender algo de eso que me
cuentas. Dices que tu amo está enfermo. ¿No te ha dicho qué tiene?
—Bueno, massa; es inútil romperse la cabeza
pensando en eso. Massa Will dice que no tiene nada pero entonces ¿por qué
va de un lado para otro, con la cabeza baja y la espalda curvada, mirando al
suelo, más blanco que una oca? Y haciendo garrapatos todo el tiempo...
—¿Haciendo qué?
—Haciendo números con figuras sobre una pizarra; las
figuras más raras que he visto nunca. Le digo que voy sintiendo miedo. Tengo
que estar siempre con un ojo sobre él. El otro día se me escapó antes de
amanecer y estuvo fuera todo el santo día. Habla yo cortado un buen palo para
darle una tunda de las que duelen cuando volviese a comer; pero fui tan tonto,
que no tuve valor, ¡parece tan desgraciado!
—¿Eh? ¿Cómo? ¡Ah, sí! Después de todo has hecho
bien en no ser demasiado severo con el pobre muchacho. No hay que pegarle, Júpiter;
no está bien, seguramente. Pero ¿no puedes formarte una idea de lo que ha
ocasionado esa enfermedad o más bien ese cambio de conducta? ¿Le ha ocurrido
algo desagradable desde que no le veo?
—No, massa, no ha ocurrido nada desagradable desde
entonces, sino antes; sí, eso temo: el mismo día en que usted
estuvo allí.
—¡Cómo! ¿Qué quiere decir?
—Pues... quiero hablar del escarabajo, y nada más.
—¿De qué?
—Del escarabajo... Estoy seguro de que massa Will
ha sido picado en alguna parte de la cabeza por ese escarabajo de oro.
—¿Y qué motivos tienes tú, Júpiter, para hacer tal
suposición?
—Tiene ese bicho demasiadas uñas para eso, y también
boca. No he visto nunca un escarabajo tan endiablado; coge y pica todo lo que se
le acerca. Massa Will le había cogido..., pero en seguida le soltó, se
lo aseguro... Le digo a usted que entonces es, sin duda, cuando le ha picado. La
cara y la boca de ese escarabajo no me gustan; por eso no he querido cogerlo con
mis dedos; pero he buscado un trozo de papel para meterlo. Le envolví en un
trozo de papel con otro pedacito en la boca; así lo hice.
—¿Y tú crees que tu amo ha sido picado realmente por
el escarabajo, y que esa picadura le ha puesto enfermo?
—No lo creo, lo sé. ¿Por qué está siempre soñando
con oro, sino porque le ha picado el escarabajo de oro? Ya he oído hablar de
esos escarabajos de oro.
—Pero ¿cómo sabes que sueña con oro?
—¿Cómo lo sé? Porque habla de ello hasta durmiendo;
por eso lo sé.
—Bueno, Júpiter; quizá tengas razón, pero ¿a qué
feliz circunstancia debo hoy el honor de tu visita?
—¿Qué quiere usted decir, massa?
—¿Me traes algún mensaje de míster Legrand?
—No, massa; le traigo este papel.
Y Júpiter me entregó una esquela que decía lo
siguiente:
"Querido amigo: ¿Por qué no le veo hace tanto
tiempo? Espero que no cometerá usted la tontería de sentirse ofendido por
aquella pequeña brusquedad mía; pero no, no es probable.
"Desde que le vi, siento un gran motivo de
inquietud. Tengo algo que decirle; pero apenas sé cómo decírselo, o incluso
no sé si se lo diré.
"No estoy del todo bien desde hace unos días, y el
pobre viejo Júpiter me aburre de un modo insoportable con sus buenas
intenciones y cuidados. ¿Lo creerá usted? El otro día había preparado un
garrote para castigarme por haberme escapado y pasado el día solus en
las colinas del continente. Creo de veras que sólo mi mala cara me salvó de la
paliza.
"No he añadido nada a mi colección desde que no
nos vemos.
"Si puede usted, sin gran inconveniente, venga con
Júpiter. Venga. Deseo verle esta noche para un asunto de importancia. Le
aseguro que es de la más alta importancia. Siempre suyo,
William Legrand."
Había algo en el tono de esta carta que me
produjo una gran inquietud. El estilo difería en absoluto del de
Legrand. ¿Con qué podía él soñar? ¿Qué nueva chifladura dominaba
su excitable mente? ¿Qué "asunto de la más alta
importancia" podía él tener que resolver? El relato de Júpiter
no presagiaba nada bueno. Temía yo que la continua opresión del
infortunio hubiese a la larga trastornado por completo la razón de mi
amigo. Sin un momento de vacilación, me dispuse a acompañar al negro.
Al llegar al fondeadero, vi una guadaña y tres
azadas, todas evidentemente nuevas, que yacían en el fondo del barco
donde íbamos a navegar.
—¿Qué significa todo esto, Jup?—pregunté.
—Es una guadaña, massa, y unas azadas.
—Es cierto; pero ¿qué hacen aquí?
—Massa Will
me ha dicho que comprase eso para él en la ciudad, y lo he pagado muy
caro; nos cuesta un dinero de mil demonios.
—Pero, en nombre de todo lo que hay de
misterioso, ¿qué va a hacer tu "massa Will" con esa
guadaña y esas azadas?
—No me pregunte más de lo que sé; que el
diablo me lleve si lo sé yo tampoco. Pero todo eso es cosa del
escarabajo.
Viendo que no podía obtener ninguna aclaración
de Júpiter, cuya inteligencia entera parecía estar absorbida por el
escarabajo, bajé al barco y desplegué la vela. Una agradable y fuerte
brisa nos empujó rápidamente hasta la pequeña ensenada al norte del
fuerte Moultrie, y un paseo de unas dos millas nos llevó hasta la cabaña.
Serían alrededor de las tres de la tarde cuando llegamos. Legrand nos
esperaba preso de viva impaciencia. Asió mi mano con nervioso empressement
que me alarmó, aumentando mis sospechas nacientes. Su cara era de
una palidez espectral, y sus ojos, muy hundidos, brillaban con un fulgor
sobrenatural. Después de algunas preguntas sobre mi salud, quise saber,
no ocurriéndoseme nada mejor que decir si el teniente G*** le había
devuelto el escarabajo.
—¡Oh, sí!—replicó, poniéndose muy
colorado—. Le recogí a la mañana siguiente. Por nada me separaría
de ese escarabajo. ¿Sabe usted que Júpiter tiene toda la razón
respecto a eso?
—¿En qué?—pregunté con un triste
presentimiento en el corazón.
—En suponer que el escarabajo es de oro
de veras.
Dijo esto con un aire de profunda seriedad que
me produjo una indecible desazón.
—Ese escarabajo hará mi fortuna—prosiguió
él, con una sonrisa triunfal—al reintegrarme mis posesiones
familiares. ¿Es de extrañar que yo lo aprecie tanto? Puesto que la
Fortuna ha querido concederme esa dádiva, no tengo más que usarla
adecuadamente, y llegaré hasta el oro del cual ella es indicio. ¡Júpiter,
trae ese escarabajo!
—¡Cómo! ¡El escarabajo, massa! Prefiero
no tener jaleos con el escarabajo; ya sabrá cogerlo usted mismo.
En este momento Legrand se levantó con un aire
solemne e imponente, y fué a sacar el insecto de un fanal, dentro del
cual le había dejado. Era un hermoso escarabajo desconocido en aquel
tiempo por los naturalistas, y, por supuesto, de un gran valor desde un
punto de vista científico. Ostentaba dos manchas negras en un extremo
del dorso, y en el otro, una más alargada. El caparazón era
notablemente duro y brillante, con un aspecto de oro bruñido. Tenía un
peso notable, y, bien considerada la cosa, no podía yo censurar
demasiado a Júpiter por su opinión respecto a él; pero érame
imposible comprender que Legrand fuese de igual opinión.
—Le he enviado a buscar—dijo él, en un tono
grandilocuente, cuando hube terminado mi examen del insecto—; le he
enviado a buscar para pedirle consejo y ayuda en el cumplimiento de los
designios del Destino y del escarabajo...
—Mi querido Legrand—interrumpí—, no está
usted bien, sin duda, y haría mejor en tomar algunas precauciones. Váyase
a la cama, y me quedaré con usted unos días, hasta que se restablezca.
Tiene usted fiebre y...
—Tómeme usted el pulso—dijo él.
Se lo tomé, y, a decir verdad, no encontré el
menor síntoma de fiebre.
—Pero puede estar enfermo sin tener fiebre.
Permítame esta vez tan sólo que actúe de médico con usted. Y después...
—Se equivoca—interrumpió él—; estoy tan
bien como puedo esperar estarlo con la excitación que sufro. Si
realmente me quiere usted bien, aliviará esta excitación.
—¿Y qué debo hacer para eso?
—Es muy fácil. Júpiter y yo partimos a una
expedición por las colinas, en el continente, y necesitamos para ella
la ayuda de una persona en quien podamos confiar. Es usted esa persona
única. Ya sea un éxito o un fracaso, la excitación que nota usted en
mí se apaciguará igualmente con esa expedición.
—Deseo vivamente servirle a usted en lo que
sea —repliqué—; pero ¿pretende usted decir que ese insecto
infernal tiene alguna relación con su expedición a las colinas?
—La tiene.
—Entonces, Legrand, no puedo tomar parte en
tan absurda empresa.
—Lo siento, lo siento mucho, pues tendremos
que intentar hacerlo nosotros solos.
—¡Intentarlo ustedes solos! (¡Este hombre
está loco, seguramente!) Pero veamos, ¿cuánto tiempo se propone usted
estar ausente?
—Probablemente, toda la noche. Vamos a partir
en seguida, y en cualquiera de los casos, estaremos de vuelta al salir
el sol.
—¿Y me promete por su honor que, cuando ese
capricho haya pasado y el asunto del escarabajo (¡Dios mío!) esté
arreglado a su satisfacción, volverá usted a casa y seguirá con
exactitud mis prescripciones como las de su médico?
—Sí, se lo prometo; y ahora, partamos, pues
no tenemos tiempo que perder.
Acompañé a mi amigo, con el corazón
apesadumbrado. A cosa de las cuatro nos pusimos en camino Legrand Júpiter,
el perro y yo. Júpiter cogió la guadaña y las azadas. Insistió en
cargar con todo ello, más bien, me pareció, por temor a dejar una de
aquellas herramientas en manos de su amo que por un exceso de celo o de
complacencia. Mostraba un humor de perros, y estas palabras,
"condenado escarabajo", fueron las únicas que se escaparon de
sus labios durante el viaje. Por mi parte estaba encargado de un par de
linternas, mientras Legrand se había contentado con el escarabajo, que
llevaba atado al extremo de un trozo de cuerda; lo hacía girar de un
lado para otro, con un aire de nigromante, mientras caminaba. Cuando
observaba yo aquel último y supremo síntoma del trastorno mental de mi
amigo, no podía apenas contener las lágrimas. Pensé, no obstante, que
era preferible acceder a su fantasía, al menos por el momento, o hasta
que pudiese yo adoptar algunas medidas más enérgicas con una
probabilidad de éxito. Entre tanto, intenté, aunque en vano, sondearle
respecto al objeto de la expedición. Habiendo conseguido inducirme a
que le acompañase, parecía mal dispuesto a entablar conversación
sobre un tema de tan poca importancia, y a todas mis preguntas no les
concedía otra respuesta que un "Ya veremos".
Atravesamos en una barca la ensenada en la punta
de la isla, y trepando por los altos terrenos de la orilla del
continente, seguimos la dirección Noroeste, a través de una región
sumamente salvaje y desolada, en la que no se veía rastro de un pie
humano. Legrand avanzaba con decisión, deteniéndose solamente algunos
instantes, aquí y allá, para consultar ciertas señales que debía de
haber dejado él mismo en una ocasión anterior.
Caminamos así cerca de dos horas, e iba a
ponerse el sol, cuando entramos en una región infinitamente más triste
que todo lo que habíamos visto antes. Era una especie de meseta cerca
de la cumbre de una colina casi inaccesible, cubierta de espesa arboleda
desde la base a la cima, y sembrada de enormes bloques de piedra que
parecían esparcidos en mezcolanza sobre el suelo, y muchos de los
cuales se hubieran precipitado a los valles inferiores sin la contención
de los árboles en que se apoyaban. Profundos barrancos, que se abrían
en varias direcciones, daban un aspecto de solemnidad más lúgubre al
paisaje.
La plataforma natural sobre la cual habíamos
trepado estaba tan repleta de zarzas, que nos dimos cuenta muy pronto de
que sin la guadaña nos hubiera sido imposible abrirnos paso. Júpiter,
por orden de su amo, se dedicó a despejar el camino hasta el pie de un
enorme tulípero que se alzaba, entre ocho o diez robles, sobre la
plataforma, y que los sobrepasaba a todos, así como a los árboles que
había yo visto hasta entonces, por la belleza de su follaje y forma,
por la inmensa expansión de su ramaje y por la majestad general de su
aspecto. Cuando hubimos llegado a aquel árbol. Legrand se volvió hacia
Júpiter y le preguntó si se creía capaz de trepar por él. El viejo
pareció un tanto azarado por la pregunta, y durante unos momentos no
respondió. Por último, se acercó al enorme tronco, dio la vuelta a
su alrededor y lo examinó con minuciosa atención. Cuando hubo
terminado su examen, dijo simplemente:
—Sí, massa: Jup no ha encontrado en su
vida árbol al que no pueda trepar.
—Entonces, sube lo más de prisa posible, pues
pronto habrá demasiada oscuridad para ver lo que hacemos.
—¿Hasta dónde debo subir, massa?—preguntó
Júpiter.
—Sube primero por el tronco, y entonces te diré
qué camino debes seguir... ¡Ah, detente ahí! Lleva contigo este
escarabajo.
—¡El escarabajo, massa Will, el
escarabajo de oro!—gritó el negro, retrocediendo con terror—. ¿Por
qué debo llevar ese escarabajo conmigo sobre el árbol? ¡Que me
condene si lo hago!
—Si tienes miedo, Jup, tú, un negro grande y
fuerte como pareces a tocar un pequeño insecto muerto e inofensivo,
puedes llevarle con esta cuerda; pero si no quieres cogerle de ningún
modo, me veré en la necesidad de abrirte la cabeza con esta azada.
—¿Qué le pasa ahora massa?—dijo Jup,
avergonzado, sin duda, y más complaciente—. Siempre ha de tomarla con
su viejo negro. Era sólo una broma y nada más. ¡Tener yo miedo al
escarabajo! ¡Pues sí que me preocupa a mí el escarabajo.
Cogió con precaución la punta de la cuerda, y,
manteniendo al insecto tan lejos de su persona como las circunstancias
lo permitían, se dispuso a subir al árbol.
En su juventud, el tulípero o Liriodendron
Tutipiferum, el más magnífico de los árboles selváticos americanos tiene
un tronco liso en particular y se eleva con frecuencia a gran altura, sin
producir ramas laterales; pero cuando llega a su madurez, la corteza se vuelve
rugosa y desigual, mientras pequeños rudimentos de ramas aparecen en gran número
sobre el tronco. Por eso la dificultad de la ascensión, en el caso presente, lo
era mucho más en apariencia que en la realidad. Abrazando lo mejor que podía
el enorme cilindro con sus brazos y sus rodillas asiendo con las manos algunos
brotes y apoyando sus pies descalzos sobre los otros, Júpiter, después de
haber estado a punto de caer una o dos veces se izó al final hasta la primera
gran bifurcación y pareció entonces considerar el asunto como virtualmente
realizado. En efecto, el riesgo de la empresa había ahora desaparecido,
aunque el escalador estuviese a unos sesenta o setenta pies de la tierra.
—¿Hacia qué lado debo ir ahora, massa
Will?—preguntó
él.
—Sigue siempre la rama más ancha, la de ese
lado—dijo Legrand.
El negro obedeció con prontitud, y en apariencia, sin
la menor inquietud; subió, subió cada vez más alto, hasta que desapareció su
figura encogida entre el espeso follaje que la envolvía. Entonces se dejó oír
su voz lejana gritando:
—¿Debo subir mucho todavía?
—¿A qué altura estás?—preguntó Legrand.
—Estoy tan alto—replicó el negro—, que puedo ver
el cielo a través de la copa del árbol.
—No te preocupes del cielo, pero atiende a lo que te
digo. Mira hacia abajo el tronco y cuenta las ramas que hay debajo de ti por ese
lado. ¿Cuántas ramas has pasado?
—Una, dos, tres, cuatro, cinco. He pasado cinco ramas
por ese lado, massa.
—Entonces sube una rama más.
Al cabo de unos minutos la voz de oyó de nuevo,
anunciando que había alcanzado la séptima rama.
—Ahora, Jup—gritó Legrand, con una gran agitación—,
quiero que te abras camino sobre esa rama hasta donde puedas. Si ves algo extraño,
me lo dices.
Desde aquel momento las pocas dudas que podía haber
tenido sobre la demencia de mi pobre amigo se disiparon por completo. No me
quedaba otra alternativa que considerarle como atacado de locura, me sentí
seriamente preocupado con la manera de hacerle volver a casa. Mientras
reflexionaba sobre que sería preferible hacer, volvió a oírse la voz de Júpiter.
—Tengo miedo de avanzar más lejos por esa rama: es
una rama muerta en casi toda su extensión.
—¿Dices que es una rama muerta Júpiter?—gritó
Legrand con voz trémula.
—Sí, massa, muerta como un clavo de puerta,
eso es cosa sabida; no tiene ni pizca de vida.
—¿Qué debo hacer, en nombre del Cielo?.—preguntó
Legrand, que parecía sumido en una gran desesperación.
—¿Qué debe hacer?—dije, satisfecho de que aquella
oportunidad me permitiese colocar una palabra—; Volver a casa y meterse en la
cama. ¡Vámonos ya! Sea usted amable, compañero. Se hace tarde; y además, acuérdese
de su promesa.
—¡Júpiter!—gritó él, sin escucharme en
absoluto—, ¿me oyes?
—Sí, massa Will, le oigo perfectamente.
—Entonces tantea bien con tu cuchillo, y dime si crees
que está muy podrida.
—Podrida, massa, podrida, sin duda—replicó
el negro después de unos momentos—; pero no tan podrida como cabría creer.
Podría avanzar un poco más, si estuviese yo solo sobre la rama, eso es verdad.
—¡Si estuvieras tú solo! ¿Qué quieres decir?
—Hablo del escarabajo. Es muy pesado el tal
escarabajo. Supongo que, si lo dejase caer, la rama soportaría bien, sin
romperse, el peso de un negro.
—¡Maldito bribón!—gritó Legrand, que parecía muy
reanimado—. ¿Qué tonterías estas diciendo? Si dejas caer el insecto, te
retuerzo el pescuezo. Mira hacia aquí, Júpiter, ¿me oyes?
—Sí, massa; no hay que tratar así a un pobre
negro.
—Bueno; escúchame ahora. Si te arriesgas sobre la
rama todo lo lejos que puedas hacerlo sin peligro y sin soltar el insecto, te
regalare un dólar de plata tan pronto como hayas bajado.
—Ya voy, massa Will, Ya voy allá—replicó el
negro con prontitud—. Estoy al final ahora.
—¡Al final! —Chillo Legrand, muy animado—.
¿Quieres decir que estas al final de esa rama?
—Estaré muy pronto al final, massa...
¡Ooooh!
¡Dios mío, misericordia! ¿Que es eso que hay sobre el árbol?
—¡Bien! —Gritó Legrand muy contento—, ¿qué es eso?
—Pues sólo una calavera; alguien dejó su cabeza
sobre el árbol, y los cuervos han picoteado toda la carne.
—Una calavera, dices! Muy bien... ¿Cómo está atada
a la rama? ¿Qué la sostiene?
—Seguramente, se sostiene bien; pero tendré que ver.
¡Ah! Es una cosa curiosa, palabra..., hay una clavo grueso clavado en esta
calavera, que la retiene al árbol.
—Bueno; ahora, Júpiter, haz exactamente lo que voy a
decirte. ¿Me oyes?
—Sí, massa.
—Fíjate bien, y luego busca el ojo izquierdo de la
calavera.
—¡Hum! ¡Oh, esto sí que es bueno! No tiene ojo
izquierdo ni por asomo.
—¡Maldita estupidez la tuya! ¿Sabes distinguir bien
tu mano izquierda de tu mano derecha?
—Sí que lo sé, lo sé muy bien; mi mano izquierda es
con la que parto la leña.
—¡Seguramente! eres zurdo. Y tu ojo izquierdo está
del mismo lado de tu mano izquierda. Ahora supongo que podrás encontrar el ojo
izquierdo de la calavera, o el sitio donde estaba ese ojo. ¿Lo has encontrado?
—Hubo una larga pausa. Y finalmente, el negro preguntó:
—¿El ojo izquierdo de la calavera está del mismo
lado que la mano izquierda del cráneo también?... Porque la calavera no tiene
mano alguna... ¡No importa! Ahora he encontrado el ojo izquierdo, ¡aquí está
el ojo izquierdo! ¿Qué debo hacer ahora?
—Deja pasar por él el escarabajo, tan lejos como
pueda llegar la cuerda; pero ten cuidado de no soltar la punta de la cuerda.
—Ya está hecho todo, massa Will; era cosa fácil
hacer pasar el escarabajo por el agujero... Mírelo cómo baja.
Durante este coloquio, no podía verse ni la menor parte
de Júpiter; pero el insecto que él dejaba caer aparecía ahora visible al
extremo de la cuerda y brillaba, como una bola de oro bruñido a los últimos
rayos del sol poniente, algunos de los cuales iluminaban todavía un poco la
eminencia sobre la que estábamos colocados. El escarabajo, al descender,
sobresalía visiblemente de las ramas, y si el negro le hubiese soltado, habría
caído a nuestros pies. Legrand cogió en seguida la guadaña y despejó un
espacio circular, de tres o cuatro yardas de diámetro, justo debajo del
insecto. Una vez hecho esto, ordenó a Júpiter que soltase la cuerda y que
bajase del árbol.
Con gran cuidado clavó mi amigo una estaca en la tierra
sobre el lugar preciso donde había caído el insecto, y luego sacó de su
bolsillo una cinta para medir. La ató por una punta al sitio del árbol que
estaba más próximo a la estaca, la desenrolló hasta ésta y siguió desenrollándola
en la dirección señalada por aquellos dos puntos —la estaca y el
tronco—hasta una distancia de cincuenta pies; Júpiter limpiaba de zarzas el
camino con la guadaña. En el sitio así encontrado clavó una segunda estaca,
y, tomándola como centro, describió un tosco círculo de unos cuatro pies de
diámetro, aproximadamente. Cogió entonces una de las azadas, dio la otra a Júpiter
y la otra a mí, y nos pidió que cavásemos lo más de prisa posible.
A decir verdad, yo no había sentido nunca un especial
agrado con semejante diversión, y en aquel momento preciso renunciaría a ella,
pues la noche avanzaba, y me sentía muy fatigado con el ejercicio que hube de
hacer; pero no veía modo alguno de escapar de aquello, y temía perturbar la
ecuanimidad de mi pobre amigo con una negativa. De haber podido contar
efectivamente con la ayuda de Júpiter no hubiese yo vacilado en llevar a la
fuerza al lunático a su casa; pero conocía demasiado bien el carácter del
viejo negro para esperar su ayuda en cualquier circunstancia, y más en el caso
de una lucha personal con su amo. No dudaba yo que Legrand estaba contaminado
por alguna de las innumerables supersticiones del Sur referentes a los tesoros
escondidos, y que aquella fantasía hubiera sido confirmada por el hallazgo del
escarabajo, o quizá por la obstinación de Júpiter en sostener que era un
"escarabajo de oro de verdad". Una mentalidad predispuesta a la locura
podía dejarse arrastrar por tales sugestiones, sobre todo si concordaban con
sus ideas favoritas preconcebidas; y entonces recordé el discurso del Pobre
muchacho referente al insecto que iba a ser ''el indicio de su fortuna".
Por encima de todo ello me sentía enojado y perplejo; pero al final decidí
hacer ley de la necesidad y cavar con buena voluntad para convencer lo antes
posible al visionario con una prueba ocular, de la falacia de las opiniones que
el mantenía.
Encendimos las linternas y nos entregamos a nuestra
tarea con un celo digno de una causa más racional; y como la luz caía sobre
nuestras personas y herramientas, no pude impedirme pensar en el grupo
pintoresco que formábamos, y en que si algún intruso hubiese aparecido, por
casualidad, en medio de nosotros, habría creído que realizábamos una labor
muy extraña y sospechosa.
Estábamos completamente destrozados, pero la intensa
excitación de aquel momento nos impidió todo reposo. Después de un agitado
sueño de tres o cuatro horas de duración, nos levantamos, como si estuviéramos
de acuerdo, para efectuar el examen de nuestro tesoro.
El cofre había sido llenado hasta los bordes, y
empleamos el día entero y gran parte de la noche siguiente en escudriñar su
contenido. No mostraba ningún orden o arreglo. Todo había sido amontonado allí,
en confusión. Habiéndolo clasificado cuidadosamente, nos encontramos en posesión
de una fortuna que superaba todo cuanto habíamos supuesto. En monedas había más
de cuatrocientos cincuenta mil dólares, estimando el valor de las piezas con
tanta exactitud como pudimos, por las tablas de cotización de la época. No había
allí una sola partícula de plata. Todo era oro de una fecha muy antigua y de
una gran variedad: monedas francesas, españolas y alemanas, con algunas guineas
inglesas y varios discos de los que no habíamos visto antes ejemplar alguno.
Había varias monedas muy grandes y pesadas pero tan desgastadas, que nos fue imposible descifrar sus inscripciones. No se encontraba allí ninguna americana.
La valoración de las joyas presentó muchas más dificultades. Había
diamantes, algunos de ellos muy finos y voluminosos, en total ciento diez, y
ninguno pequeño; dieciocho rubíes de un notable brillo, trescientas diez
esmeraldas hermosísimas, veintiún zafiros y un ópalo. Todas aquellas piedras
habían sido arrancadas de sus monturas y arrojadas en revoltijo al interior del
cofre. En cuanto a las monturas mismas, que clasificamos aparte del otro oro,
parecían haber sido machacadas a martillazos para evitar cualquier identificación.
Además de todo lo indicado, había una gran cantidad de adornos de oro macizo:
cerca de doscientas sortijas y pendientes, de extraordinario grosor; ricas
cadenas, en número de treinta, si no recuerdo mal; noventa y tres grandes y
pesados crucifijos; cinco incensarios de oro de gran valía; una prodigiosa
ponchera de oro, adornada con hojas de parra muy bien engastadas, y con figuras
de bacantes; dos empuñaduras de espada exquisitamente repujadas, y otros muchos
objetos más pequeños que no puedo recordar. El peso de todo ello excedía de
las trescientas cincuenta libras avoirdupois,
y en esta valoración no he incluido ciento noventa y siete relojes de
oro soberbios, tres de los cuales valdrían cada uno quinientos dólares. Muchos
eran viejísimos y desprovistos de valor como tales relojes: sus maquinarias habían
sufrido más o menos de la corrosión de la tierra; pero todos estaban ricamente
adornados con pedrerías, y las cajas eran de gran precio. Valoramos aquella
noche el contenido total del cofre en un millón y medio de dólares, y cuando más
tarde dispusimos de los dijes y joyas (quedándonos con algunos para nuestro uso
personal), nos encontramos con que habíamos hecho una tasación muy por debajo
del tesoro.
Cuando terminamos nuestro examen, y al propio tiempo se
calmó un tanto aquella intensa excitación, Legrand, que me veía consumido de
impaciencia por conocer la solución de aquel extraordinario enigma, entró a
pleno detalle en las circunstancias relacionadas con él.
—Recordará usted—dijo—la noche en que le mostré
el tosco bosquejo que había hecho del escarabajo. Recordará también que me
molestó mucho el que insistiese en que mi dibujo se parecía a una calavera.
Cuando hizo usted por primera vez su afirmación, creí que bromeaba; pero después
pensé en las manchas especiales sobre el dorso del insecto, y reconocí en mi
interior que su observación tenía en realidad, cierta ligera base. A pesar de
todo, me irritó su burla respecto a mis facultades gráficas, pues estoy
considerado como un buen artista, y por eso, cuando me tendió usted el trozo de
pergamino, estuve a punto de estrujarlo y de arrojarlo, enojado, al fuego.
—Se refiere usted al trozo de papel—dije.
—No; aquello tenía el aspecto de papel, y al
principio yo mismo supuse que lo era; pero, cuando quise dibujar sobre él,
descubrí en seguida que era un trozo de pergamino muy viejo. Estaba todo sucio,
como recordará. Bueno; cuando me disponía a estrujarlo, mis ojos cayeron sobre
el esbozo que usted había examinado, y ya puede imaginarse mi asombro al
percibir realmente la figura de una calavera en el sitio mismo donde había yo
creído dibujar el insecto. Durante un momento me sentí demasiado atónito para
pensar con sensatez. Sabía que mi esbozo era muy diferente en detalle de éste,
aunque existiese cierta semejanza en el contorno general.
Cogí en seguida una vela y, sentándome al otro extremo
de la habitación, me dediqué a un examen minucioso del pergamino. Dándole
vueltas, Vi mi propio bosquejo sobre el reverso, ni más ni menos que como lo
había hecho. Mi primera impresión fue entonces de simple sorpresa ante la
notable semejanza efectiva del contorno; y resulta una coincidencia singular el
hecho de aquella imagen, desconocida para mí, que ocupaba el otro lado del
pergamino debajo mismo de mi dibujo del escarabajo, y de la calavera aquella que
se parecía con tanta exactitud a dicho dibujo no sólo en el contorno, sino en
el tamaño. Digo que la singularidad de aquella coincidencia me dejó pasmado
durante un momento. Es éste el efecto habitual de tales coincidencias. La mente
se esfuerza por establecer una relación—una ilación de causa y efecto—, y
siendo incapaz de conseguirlo, sufrí una especie de parálisis pasajera. Pero
cuando me recobré de aquel estupor, sentí surgir en mí poco a poco una
convicción que me sobrecogió más aún que aquella coincidencia. Comencé a
recordar de una manera clara y positiva que no había ningún dibujo
sobre el pergamino cuando hice mi esbozo del escarabajo. Tuve la absoluta
certeza de ello, pues me acordé de haberle dado vueltas a un lado y a otro
buscando el sitio más limpio... Si la calavera hubiera estado allí, la habría
yo visto, por supuesto. Existía allí un misterio que me sentía incapaz de
explicar; pero desde aquel mismo momento me pareció ver brillar débilmente, en
las más remotas y secretas cavidades de mi entendimiento, una especie de luciérnaga
de la verdad de la cual nos había aportado la aventura de la última noche una
prueba tan magnífica. Me levanté al punto, y guardando con cuidado el
pergamino dejé toda reflexión ulterior para cuando pudiese estar solo.
En cuanto se marchó usted, y Júpiter estuvo
profundamente dormido, me dediqué a un examen más metódico de la cuestión.
En primer lugar, quise comprender de qué modo aquel pergamino estaba en mi
poder. El sitio en que descubrimos el escarabajo se hallaba en la costa del
continente, a una milla aproximada al este de la isla, pero a corta distancia
sobre el nivel de la marea alta. Cuando le cogí, me pico con fuerza, haciendo
que le soltase. Júpiter con su acostumbrada prudencia, antes de agarrar el
insecto, que había volado hacia él, buscó a su alrededor una hoja o algo
parecido con que apresarlo. En ese momento sus ojos, y también los míos,
cayeron sobre el trozo de pergamino que supuse era un papel. Estaba medio
sepultado en la arena, asomando una parte de él. Cerca del sitio donde lo
encontramos vi los restos del casco de un gran barco, según me pareció.
Aquellos restos de un naufragio debían de estar allí desde hacía mucho
tiempo, pues apenas podía distinguirse su semejanza con la armazón de un
barco.
Júpiter recogió, pues, el pergamino, envolvió en él
al insecto y me lo entregó. Poco después volvimos a casa y encontramos al
teniente G***. Le enseñé el ejemplar y me rogó que le permitiese llevárselo
al fuerte. Accedí a ello y se lo metió en el bolsillo de su chaleco sin el
pergamino en que iba envuelto y que había conservado en la mano durante su
examen. Quizá temió que cambiase de opinión y prefirió asegurar en seguida
su presa; ya sabe usted que es un entusiasta de todo cuanto se relaciona con la
historia natural. En aquel momento, sin darme cuenta de ello, debí de guardarme
el pergamino en el bolsillo.
Recordará usted que cuando me senté ante la mesa a fin
de hacer un bosquejo del insecto no encontré papel donde habitualmente se
guarda. Miré en el cajón, y no lo encontré allí. Rebusqué mis bolsillos,
esperando hallar en ellos alguna carta antigua, cuando mis dedos tocaron el
pergamino. Le detallo a usted de un modo exacto cómo cayó en mi poder, pues
las circunstancias me impresionaron con una fuerza especial.
Sin duda alguna, usted me creyó un soñador; pero yo
había establecido ya una especie de conexión. Acababa de unir dos
eslabones de una gran cadena. Allí había un barco que naufragó en la costa, y
no lejos de aquel barco, un pergamino—no un papel—con una calavera
pintada sobre él. Va usted, naturalmente, a preguntarme: ¿dónde está la
relación? Le responderé que la calavera es el emblema muy conocido de los
piratas. Llevan izado el pabellón con la calavera en todos sus combates.
Como le digo, era un trozo de pergamino, y no de papel.
El pergamino es de una materia duradera casi indestructible. Rara vez se
consignan sobre uno cuestiones de poca monta, ya que se adapta mucho peor que el
papel a las simples necesidades del dibujo o de la escritura. Esta reflexión me
indujo a pensar en algún significado, en algo que tenía relación con la
calavera. No dejé tampoco de observar la forma del pergamino. Aunque una
de las esquinas aparecía rota por algún accidente, podía verse bien que la
forma original era oblonga. Se trataba precisamente de una de esas tiras que se
escogen como memorándum, para apuntar algo que desea uno conservar largo tiempo
y con cuidado.
—Pero—le interrumpí—dice usted que la calavera no
estaba sobre el pergamino cuando dibujó el insecto. ¿Cómo, entonces,
establece una relación entre el barco y la calavera, puesto que esta última,
según su propio aserto, debe de haber sido dibujada (Dios únicamente sabe cómo
y por quién) en algún período posterior a su apunte del escarabajo?
—¡Ah! Sobre eso gira todo el misterio, aunque he
tenido, en comparación, poca dificultad en resolver ese extremo del secreto. Mi
marcha era segura y no podía conducirme más que a un solo resultado. Razoné
así, por ejemplo: al dibujar el escarabajo, no aparecía la calavera sobre el
pergamino. Cuando terminé el dibujo, se lo di a usted y le observé con fijeza
hasta que me lo devolvió. No era usted, por tanto, quien había dibujado
la calavera, ni estaba allí presente nadie que hubiese podido hacerlo. No había
sido, pues, realizado por un medio humano. Y, sin embargo, allí estaba.
En este momento de mis reflexiones, me dediqué a recordar,
y recordé, en efecto, con entera exactitud, cada incidente ocurrido en el
intervalo en cuestión. La temperatura era fría (¡oh raro y feliz accidente!)
y el fuego llameaba en la chimenea. Había yo entrado en calor con el ejercicio
y me senté junto a la mesa. Usted, empero, tenía vuelta su silla, muy cerca de
la chimenea. En el momento justo de dejar el pergamino en su mano, y cuando iba
usted a examinarlo, Wolf, el terranova. entró y saltó hacia sus
hombros. Con su mano izquierda usted le acariciaba, intentando apartarle, cogido
el pergamino con la derecha, entre sus rodillas y cerca del fuego. Hubo un
instante en que creí que la llama iba a alcanzarlo, y me disponía a decírselo;
pero antes de que hubiese yo hablado la retiró usted y se dedicó a examinarlo.
Cuando hube considerado todos estos detalles, no dudé ni un segundo que aquel calor
había sido el agente que hizo surgir a la luz sobre el pergamino la
calavera cuyo contorno veía señalarse allí. Ya sabe que hay y ha habido en
todo tiempo preparaciones químicas por medio de las cuales es posible escribir
sobre papel o sobre vitela caracteres que así no resultan visibles hasta que
son sometidos a la acción del fuego. Se emplea algunas veces el zafre, digerido
en agua regia y diluido en cuatro veces su peso de agua; de ello se origina un
tono verde. El régulo de cobalto, disuelto en espíritu de nitro, da el rojo.
Estos colores desaparecen a intervalos más o menos largos, después que la
materia sobre la cual se ha escrito se enfría, pero reaparecen a una nueva
aplicación de calor.
Examiné entonces la calavera con toda meticulosidad.
Los contornos—los más próximos al borde del pergamino—resultaban mucho más
claros que los otros. Era evidente que la acción del calor había sido
imperfecta o desigual. Encendí inmediatamente el fuego y sometí cada parte del
pergamino al calor ardiente. Al principio no tuvo aquello más efecto que
reforzar las líneas débiles de la calavera; pero, perseverando en el ensayo,
se hizo visible, en la esquina de la tira diagonalmente opuesta al sitio donde
estaba trazada la calavera, una figura que supuse de primera intención era la
de una cabra. Un examen más atento, no obstante, me convenció de que habían
intentado representar un cabritillo.
—¡Ja, ja!—exclamé—. No tengo, sin duda, derecho
a burlarme de usted (un millón y medio de dólares es algo muy serio para
tomarlo a broma). Pero no irá a establecer un tercer eslabón en su cadena; no
querrá encontrar ninguna relación especial entre sus piratas y una cabra; los
piratas, como sabe, no tienen nada que ver con las cabras; eso es cosa de los
granjeros.
—Pero si acabo de decirle que la figura no era
la de una cabra.
—Bueno; la de un cabritillo, entonces; viene a ser
casi lo mismo.
—Casi, pero no del todo—dijo Legrand—. Debe usted
de haber oído hablar de un tal capitán Kidd. Consideré en seguida la figura
de ese animal como una especie de firma logogrífica o jeroglífica. Digo firma
porque el sitio que ocupaba sobre el pergamino sugería esa idea. La calavera,
en la esquina diagonal opuesta, tenía así el aspecto de un sello, de una
estampilla. Pero me hallé dolorosamente desconcertado ante la ausencia de todo
lo demás del cuerpo de mi imaginado documento, del texto de mi contexto.
—Supongo que esperaba usted encontrar una carta entre
el sello y la firma.
—Algo por el estilo. El hecho es que me sentí
irresistiblemente impresionado por el presentimiento de una buena fortuna
inminente. No podría decir por qué. Tal vez, después de todo, era más bien
un deseo que una verdadera creencia; pero ¿no sabe que las absurdas palabras de
Júpiter, afirmando que el escarabajo era de oro macizo, hicieron un notable
efecto sobre mi imaginación? Y luego, esa serie de accidentes y coincidencias
era, en realidad, extraordinaria. ¿Observa usted lo que había de fortuito en
que esos acontecimientos ocurriesen el único día del año en que ha
hecho, ha podido hacer, el suficiente frío para necesitarse fuego, y que, sin
ese fuego, o sin la intervención del perro en el preciso momento en que apareció,
no habría podido yo enterarme de lo de la calavera, ni habría entrado nunca en
posesión del tesoro?
Pero continúe... Me consume la impaciencia.
—Bien; habrá usted oído hablar de muchas historias
que corren, de esos mil vagos rumores acerca de tesoros enterrados en algún
lugar de la costa del Atlántico por Kidd y sus compañeros. Esos rumores desde
hace tanto tiempo y con tanta persistencia, desde hace tanto tiempo y con tanta
persistencia, ello se debía, a mi juicio, tan sólo a la circunstancia de que
el tesoro enterrado permanecía enterrado. Si Kidd hubiese escondido su
botín durante cierto tiempo y lo hubiera recuperado después, no habrían
llegado tales rumores hasta nosotros en su invariable forma actual. Observe que
esas historias giran todas alrededor de buscadores, no de descubridores de
tesoros. Si el pirata hubiera recuperado su botín, el asunto habría terminado
allí. Parecíame que algún accidente—por ejemplo, la pérdida de la nota que
indicaba el lugar preciso—debía de haberle privado de los medios para
recuperarlo, llegando ese accidente a conocimiento de sus compañeros, quienes,
de otro modo, no hubiesen podido saber nunca que un tesoro había sido escondido
y que con sus búsquedas infructuosas, por carecer de guía al intentar
recuperarlo, dieron nacimiento primero a ese rumor, difundido universalmente por
entonces, y a las noticias tan corrientes ahora. ¿Ha oído usted hablar de algún
tesoro importante que haya sido desenterrado a lo largo de la costa?
—Nunca.
—Pues es muy notorio que Kidd los había acumulado
inmensos. Daba yo así por supuesto que la tierra seguía guardándolos, y no le
sorprenderá mucho si le digo que abrigaba una esperanza que aumentaba casi
hasta la certeza: la de que el pergamino tan singularmente encontrado contenía
la última indicación del lugar donde se depositaba.
—Pero ¿cómo procedió usted?
—Expuse de nuevo la vitela al fuego, después de
haberlo avivado; pero no apareció nada. Pensé entonces que era posible que la
capa de mugre tuviera que ver en aquel fracaso: por eso lavé con esmero el
pergamino vertiendo agua caliente encima, y una vez hecho esto, lo coloqué en
una cacerola de cobre, con la calavera hacia abajo, y puse la cacerola sobre una
lumbre de carbón. A los pocos minutos estando ya la cacerola calentada a fondo,
saqué la tira de pergamino, y fue inexpresable mi alegría al encontrarla
manchada, en varios sitios, con signos que parecían cifras alineadas. Volví a
colocarla en la cacerola, y la dejé allí otro minuto. Cuando la saqué, estaba
enteramente igual a como va usted a verla.
Y al llegar aquí, Legrand, habiendo calentado de nuevo
el pergamino, lo sometió a mi examen. Los caracteres siguientes aparecían de
manera toscamente trazada, en color rojo, entre la calavera y la cabra:
53+++305))6*;4826)4+.)4+);806*:48+8¶60))85;1+(;:+*8+83(88)
5*+;46(;88*96*’;8)*+(;485);5*+2:*+(;4956*2(5*—4)8¶8*;406
9285);)6+8)4++;1(+9;48081;8:+1;48+85;4)485+528806*81(+9;
48;(88;4(+?34;48)4+;161;:188;+?;
—Pero—dije, devolviéndole la tira—sigo estando
tan a oscuras como antes. Si todas las joyas de Golconda esperasen de mí la
solución de este enigma, estoy en absoluto seguro de que sería incapaz de
obtenerlas.
—Y el caso—dijo Legrand—que la solución no
resulta tan difícil como cabe imaginarla tras del primer examen apresurado de
los caracteres. Estos caracteres, según pueden todos adivinarlo fácilmente
forman una cifra, es decir, contienen un significado pero por lo que sabemos de
Kidd, no podía suponerle capaz de construir una de las más abstrusas
criptografías. Pensé, pues, lo primero, que ésta era de una clase sencilla,
aunque tal, sin embargo, que pareciese absolutamente indescifrable para la tosca
inteligencia del marinero, sin la clave.
—¿Y la resolvió usted, en verdad?
—Fácilmente; había yo resuelto otras diez mil veces
más complicadas. Las circunstancias y cierta predisposición mental me han
llevado a interesarme por tales acertijos, y es, en realidad, dudoso que el
genio humano pueda crear un enigma de ese género que el mismo ingenio humano no
resuelva con una aplicación adecuada. En efecto, una vez que logré descubrir
una serie de caracteres visibles, no me preocupó apenas la simple dificultad de
desarrollar su significación.
En el presente caso—y realmente en todos los casos de
escritura secreta—la primera cuestión se refiere al lenguaje de la
cifra, pues los principios de solución, en particular tratándose de las cifras
más. sencillas, dependen del genio peculiar de cada idioma y pueden ser
modificadas por éste. En general, no hay otro medio para conseguir la solución
que ensayar (guiándose por las probabilidades) todas las lenguas que os sean
conocidas, hasta encontrar la verdadera. Pero en la cifra de este caso toda
dificultad quedaba resuelta por la firma. El retruécano sobre la palabra Kidd
sólo es posible en lengua inglesa. Sin esa circunstancia hubiese yo
comenzado mis ensayos por el español y el francés, por ser las lenguas en las
cuales un pirata de mares españoles hubiera debido, con más naturalidad,
escribir un secreto de ese género. Tal como se presentaba, presumí que el
criptograma era inglés.
Fíjese usted en que no hay espacios entre las palabras. Si
los hubiese habido, la tarea habría sido fácil en comparación. En tal caso
hubiera yo comenzado por hacer una colación y un análisis de las palabras
cortas, y de haber encontrado, como es muy probable, una palabra de una sola
letra (a o I-uno, yo, por ejemplo), habría estimado la solución
asegurada. Pero como no había espacios allí, mi primera medida era averiguar
las letras predominantes así como las que se encontraban con menor frecuencia.
Las conté todas y formé la siguiente tabla:
| El signo 8 |
aparece 33
veces |
|
|
|
|
|
— y)
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
— (signo pi) |
|
|
|
Ahora bien: la letra que se encuentra con mayor
frecuencia en inglés es la e. Después, la serie es la siguiente: a
o y d h n r s t u y c f g l m w b k p q x z. La e predomina de
un modo tan notable, que es raro encontrar una frase sola de cierta longitud de
la que no sea el carácter principal.
Tenemos, pues, nada más comenzar, una base para algo más
que una simple conjetura. El uso general que puede hacerse de esa tabla es
obvio, pero para esta cifra particular sólo nos serviremos de ella muy
parcialmente. Puesto que nuestro signo predominante es el 8, empezaremos por
ajustarlo a la e del alfabeto natural. Para comprobar esta suposición,
observemos si el 8 aparece a menudo por pares—pues la e se dobla con
gran frecuencia en inglés—en palabras como, por ejemplo, meet, speed, seen,
been agree, etcétera. En el caso presente, vemos que está doblado lo menos
cinco veces, aunque el criptograma sea breve.
Tomemos, pues, el 8 como e. Ahora, de todas las
palabras de la lengua, the es la más usual; por tanto, debemos ver si no
está repetida la combinación de tres signos, siendo el último de ellos el 8.
Si descubrimos repeticiones de tal letra, así dispuestas, representarán, muy
probablemente, la palabra the. Una vez comprobado esto, encontraremos no
menos de siete de tales combinaciones, siendo los signos 48 en total. Podemos,
pues, suponer que ; representa t, 4 representa h, y 8 representa e,
quedando este último así comprobado. Hemos dado ya un gran paso.
Acabamos de establecer una sola palabra; pero ello nos
permite establecer también un punto más importante; es decir, varios comienzos
y terminaciones de otras palabras. Veamos, por ejemplo, el penúltimo caso en
que aparece la combinación; 48 casi al final de la cifra. Sabemos que el, que
viene inmediatamente después es el comienzo de una palabra, y de los seis
signos que siguen a ese the, conocemos, por lo menos, cinco.
Sustituyamos, pues, esos signos por las letras que representan, dejando un
espacio para el desconocido:
t
eeth
Debemos, lo primero, desechar el th como no
formando parte de la palabra que comienza por la primera t, pues vemos,
ensayando el alfabeto entero para adaptar una letra al hueco, que es imposible
formar una palabra de la que ese th pueda formar parte. Reduzcamos, pues,
los signos a
t ee.
Y volviendo al alfabeto, si es necesario como antes,
llegamos a la palabra "tree" (árbol), como la única que puede
leerse. Ganamos así otra letra, la r, representada por (, más las palabras
yuxtapuestas the tree (el árbol).
Un poco más lejos de estas palabras, a poca distancia,
vemos de nuevo la combinación; 48 y la empleamos como terminación de lo que
precede inmediatamente. Tenemos así esta distribución:
the tree : 4 + ? 34 the,
o sustituyendo con letras naturales los signos que
conocemos, leeremos esto:
tre tree thr + ? 3 h the.
Ahora, si sustituimos los signos desconocidos por
espacios blancos o por puntos, leeremos:
the tree thr... h the,
y, por tanto, la palabra through (por, a través)
resulta evidente por sí misma. Pero este descubrimiento nos da tres nuevas
letras, o, u, y g, representadas por + ? y 3.
Buscando ahora cuidadosamente en la cifra combinaciones
de signos conocidos, encontraremos no lejos del comienzo esta disposición:
83 (88, o agree,
que es, evidentemente, la terminación de la palabra degree
(grado), que nos da otra letra, la d, representada por +.
Cuatro letras más lejos de la palabra degree,
observamos la combinación,
; 46 (; 88
cuyos signos conocidos traducimos, representando el
desconocido por puntos, como antes; y leemos:
th . rtea.
Arreglo que nos sugiere acto seguido la palabra thirteen
(trece) y que nos vuelve a proporcionar dos letras nuevas, la i y la n,
representadas por 6 y *.
Volviendo ahora al principio del criptograma,
encontramos la combinación.
+++
53
+++
Traduciendo como antes, obtendremos
.good.
Lo cual nos asegura que la primera letra es una A, y que
las dos primeras palabras son A good (un bueno, una buena).
Sería tiempo ya de disponer nuestra clave, conforme a
lo descubierto, en forma de tabla, para evitar confusiones. Nos dará lo
siguiente:
| 5 |
representa |
a |
| + |
— |
d |
| 8 |
— |
e |
| 3 |
— |
g |
| 4 |
— |
h |
| 6 |
— |
i |
| * |
— |
n |
| +
+ |
—
|
o |
| ( |
— |
r |
| : |
— |
t |
| ? |
— |
u |
Tenemos así no menos de diez de las letras más
importantes representadas, y es inútil buscar la solución con esos detalles.
Ya le he dicho lo suficiente para convencerle de que cifras de ese género son
de fácil solución, y para darle algún conocimiento de su desarrollo razonado.
Pero tenga la seguridad de que la muestra que tenemos delante pertenece al
tipo más sencillo de la criptografía. Sólo me queda darle la traducción
entera de los signos escritos sobre el pergamino, ya descifrados. Hela aquí:
A good glass in the Bishop’s Hostel in the devil´s
seat forty-one degrees and thirteen minutes northeast and by north main
branch seventh, limb east side shoot from the left eye of the death'shead a
bee-line from the tree through the shot fifty feet out .
—Pero—dije—el enigma me parece de tan mala calidad
como antes. ¿Cómo es posible sacar un sentido cualquiera de toda esa jerga
referente a "la silla del diablo", "la cabeza de muerto" y
"el hostal o la hostelería del obispo"?
—Reconozco—replicó Legrand—que el asunto presenta
un aspecto serio cuando echa uno sobre él una ojeada casual. Mi primer empeño fue
separar lo escrito en las divisiones naturales que había intentado el
criptógrafo.
—¿Quiere usted decir, puntuarlo?
—Algo por el estilo.
—Pero ¿cómo le fue posible hacerlo?
—Pensé que el rasgo característico del escritor
había consistido en agrupar sus palabras sin separación alguna, queriendo así
aumentar la dificultad de la solución. Ahora bien: un hombre poco agudo, al
perseguir tal objeto, tendrá, seguramente, la tendencia a superar la medida.
Cuando en el curso de su composición llegaba a una interrupción de su tema que
requería, naturalmente, una pausa o un punto, se excedió, en su tendencia a
agrupar sus signos, más que de costumbre. Si observa usted ahora el manuscrito
le será fácil descubrir cinco de esos casos de inusitado agrupamiento.
Utilizando ese indicio hice la consiguiente división:
A good glass in the bishop's hostel in the devil's
sear —forty one degrees and thirteen minutes—northeast and by north—main
branch seventh limb eart side—shoot from the left eye of the death's-head—a
bee line from the tree through the shot fifty feet out .
—Aun con esa separación—dije—, sigo estando a
oscuras.
—También yo lo estuve—replicó Legrand—por
espacio de algunos días, durante los cuales realicé diligentes pesquisas en
las cercanías de la isla de Sullivan, sobre una casa que llevase el nombre de
Hotel del Obispo, pues, por supuesto, deseché la palabra anticuada
"hostal, hostería". No logrando ningún informe sobre la cuestión,
estaba a punto de extender el campo de mi búsqueda y de obrar de un modo más
sistemático, cuando una mañana se me ocurrió de repente que aquel "Bishop's
Hostel" podía tener alguna relación con una antigua familia apellidada
Bessop, la cual, desde tiempo inmemorial, era dueña de una antigua casa
solariega a unas cuatro millas, aproximadamente, al norte de la isla. De acuerdo
con lo cual fui a la plantación, y comencé de nuevo mis pesquisas entre los
negros más viejos del lugar. Por último, una de las mujeres de más edad me
dijo que ella había oído hablar de un sitio como Bessop's Castle (castillo
de Bassop), y que creía poder conducirme hasta él, pero que no era un
castillo, ni mesón, sino una alta roca.
Le ofrecí retribuirle bien por su molestia y después
de alguna vacilación, consintió en acompañarme hasta aquel sitio. Lo
descubrimos sin gran dificultad; entonces la despedí y me dediqué al examen
del paraje. El castillo consistía en una agrupación irregular de
macizos y rocas, una de éstas muy notable tanto por su altura como por su
aislamiento y su aspecto artificial. Trepé a la cima, y entonces me sentí
perplejo ante lo que debía hacer después.
Mientras meditaba en ello, mis ojos cayeron sobre un
estrecho reborde en la cara oriental de la roca a una yarda quizá por debajo de
la cúspide donde estaba colocado. Aquel reborde sobresalía unas dieciocho
pulgadas, y no tendría más de un pie de anchura; un entrante en el risco,
justamente encima, le daba una tosca semejanza con las sillas de respaldo cóncavo
que usaban nuestros antepasados. No dudé que fuese aquello la "silla del
diablo" a la que aludía el manuscrito, y me pareció descubrir ahora el
secreto entero del enigma.
El "buen vaso" lo sabía yo, no podía
referirse más que a un catalejo, pues los marineros de todo el mundo rara vez
emplean la palabra "vaso" en otro sentido. Comprendí ahora en seguida
que debía utilizarse un catalejo desde un punto de vista determinado que no
admitía variación. No dudé un instante en pensar que las frases
"cuarenta y un grados y trece minutos" y "Nordeste cuarto de
Norte" debían indicar la dirección en que debía apuntarse el catalejo.
Sumamente excitado por aquellos descubrimientos, marché, presuroso, a casa, cogí
un catalejo y volví a la roca.
Me dejé escurrir sobre el reborde y vi que era imposible
permanecer sentado allí, salvo en una posición especial. Éste hecho confirmó
mi preconcebida idea. Me dispuse a utilizar el catalejo. Naturalmente, los
"cuarenta y un grados y trece minutos" podían aludir sólo a la
elevación por encima del horizonte visible, puesto que la dirección horizontal
estaba indicada con claridad por las palabras "Nordeste cuarto de
Norte". Establecí esta última dirección por medio de una brújula de
bolsillo; luego, apuntando el catalejo con tanta exactitud como pude con un ángulo
de cuarenta y un grados de elevación, lo moví con cuidado de arriba abajo,
hasta que detuvo mi atención una grieta circular u orificio en el follaje de un
gran árbol que sobresalía de todos los demás, a distancia. En el centro de
aquel orificio divisé un punto blanco; pero no pude distinguir al principio lo
que era. Graduando el foco del catalejo, volví a mirar, y comprobé ahora que
era un cráneo humano.
Después de este descubrimiento, consideré con entera
confianza el enigma como resuelto, pues la frase "rama principal, séptimo
vástago, lado Este" no podía referirse más que a la posición de la
calavera sobre el árbol, mientras lo de "soltar desde el ojo izquierdo de
la cabeza de muerto" no admitía tampoco más que una interpretación con
respecto a la busca de un tesoro enterrado. Comprendí que se trataba de dejar
caer una bala desde el ojo izquierdo, y que una línea recta (línea de
abeja), partiendo del punto más cercano al tronco por ''la bala" (o
por el punto donde cayese la bala), y extendiéndose desde allí a una distancia
de cincuenta pies, indicaría el sitio preciso, y debajo de este sitio juzgué
que era, por lo menos, posible que estuviese allí escondido un depósito
valioso.
—Todo eso—dije—es harto claro, y asimismo
ingenioso, sencillo y explícito. Y cuando abandonó usted el Hotel del Obispo,
¿qué hizo?
—Pus habiendo anotado escrupulosamente la orientación
del árbol, me volví a casa. Sin embargo en el momento de abandonar "la
silla del diablo", el orificio circular desapareció, y de cualquier lado
que me volviese érame ya imposible divisarlo. Lo que me parece el colmo del
ingenio en este asunto es el hecho (pues, al repetir la experiencia, me he
convencido de que es un hecho) de que la abertura circular en cuestión resulta
sólo visible desde un punto que es el indicado por esa estrecha cornisa sobre
la superficie de la roca.
En esta expedición al Hotel del Obispo fui seguido por
Júpiter, quien observaba, sin duda, desde hacia unas semanas, mi aire absorto,
y ponía un especial cuidado en no dejarme solo. Pero al día siguiente me
levanté muy temprano, conseguí escaparme de él y corrí a las colinas en
busca del árbol. Me costó mucho trabajo encontrarlo. Cuando volví a casa por
la noche, mi criado se disponía a vapulearme. En cuanto al resto de la
aventura, creo que está usted tan enterado como yo.
—Supongo—dije—que equivocó usted el sitio en las
primeras excavaciones, a causa de la estupidez de Júpiter dejando caer el
escarabajo por el ojo derecho de la calavera en lugar de hacerlo por el
izquierdo.
—Exactamente. Esa equivocación originaba una
diferencia de dos pulgadas y media, poco más o menos, en relación con la bala,
es decir, en la posición de la estaca junto al árbol, y si el tesoro hubiera
estado bajo la "bala", el error habría tenido poca
importancia; pero la "bala", y al mismo tiempo el punto más cercano
al árbol, representaban simplemente dos puntos para establecer una línea de
dirección; claro está que el error, aunque insignificante al principio,
aumentaba al avanzar siguiendo la línea, y cuando hubimos llegado a una
distancia de cincuenta pies, nos había apartado por completo de la pista. Sin
mi idea arraigada a fondo de que había allí algo enterrado, todo nuestro
trabajo hubiera sido inútil.
—Pero su grandilocuencia, su actitud balanceando el
insecto, ¡cuán excesivamente estrambóticas! Tenía yo la certeza de que
estaba usted loco. Y ¿por qué insistió en dejar caer el escarabajo desde la
calavera, en vez de una bala?
—¡Vaya! Para serle franco, me sentía algo molesto
por sus claras sospechas respecto a mi sano juicio, y decidí castigarle algo, a
mi manera, con un poquito de serena mixtificación. Por esa razón balanceaba yo
el insecto, y por esa razón también quise dejarlo caer desde el árbol. Una
observación que hizo usted acerca de su peso me sugirió esta última idea.
—Sí, lo comprendo; y ahora no hay más que un punto
que me desconcierta. ¿Qué vamos a decir de los esqueletos encontrados en el
hoyo?
—Esa es una pregunta a la cual, lo mismo que usted, no
sería yo capaz de contestar. No veo, por cierto, más que un modo plausible de
explicar eso; pero mi sugerencia entraña una atrocidad tal, que resulta
horrible de creer. Aparece claro que Kidd (si fue verdaderamente Kidd quien
escondió el tesoro, lo cual no dudo), aparece claro que él debió de hacerse
ayudar en su trabajo. Pero, una vez terminado, éste pudo juzgar conveniente
suprimir a todos los que compartían su secreto. Acaso un par de azadonazos
fueron suficientes, mientras sus ayudantes estaban ocupados en el hoyo; acaso
necesitó una docena. ¿Quién nos lo dirá?
FIN
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