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Material desarrollado, compilado y revisado por la educadora Nidia Cobiella (NidiaCobiella@Educar.Org) LA MANDI-Ó
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| VOCABULARIO | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Ñasaindí debía tener quince años. Esbelta,
graciosa y muy bonita, sus ojos negros y grandes miraban siempre
con temor. Tenía los cabellos lacios adornados con flores de
piquillín. Cubría su cuerpo con un tipoy tejido con fibras de
caraguatá, ajustado en la cintura con una chumbé de algodón de
vistosos colores.
Sus pies descalzos parecían no tocar la tierra al caminar:
tan suave y liviana era.
Con el propósito de recoger tiernos cogollos de palmera,
venía desde muy lejos, trayendo una cesta fabricada con tacuarembó.
Muy dispuesta llegó al lugar donde crecían con profusión
los pindós, confiada en que sola podría alcanzar los ansiados
cogollos; pero al verlos tan altos comprendió que le iba a ser
imposible realizar la tarea.
Trató de llegar, subiendo por el tallo, pero se vio
obligada a desistir.
Un poco decepcionada, miró desde abajo el penacho verde de
las palmeras tratando de hallar un medio que le permitiera
conseguir los cogollos buscados.
Ya desistía de su intento, cuando vio a un muchacho medio
oculto por una cascada de isipós y de helechos. Sus manos recias
empuñaban el arco y la flecha. Sus ojos miraban con atención
hacia un lugar cercano.
Dirigió Ñasaindí su vista hacia el mismo sitio y pudo
divisar a la víctima a la que estaba destinada la flecha del
desconocido: era un hermoso maracaná que, tranquilamente posado
en la rama de un ñandubay, estaba completamente ajeno a su próximo
fin.
Sintió la niña una pena grande por el espléndido animal,
cuyo intenso y brillante colorido era una nota de alegría y de
luz entre los verdes del bosque, y sin darse cuenta dio un grito
que desvió la atención del cazador hacia el lugar de donde él
había partido. El maracaná, puesto sobre aviso, con vuelo un
tanto pesado, se internó en la espesura.
Salió el cazador de su escondite y ante la presencia de la
niña quedó atónito, mirándola. Su belleza y su expresión lo
hechizaron, haciéndole olvidar la pieza de caza que perdiera por
su culpa.
-¡Ma-era! -sólo atinó a decirle.
Bajó la vista la muchacha, temerosa de merecer el reproche
del cazador, cuando oyó que continuaba con su suave acento:
-¿Quién eres, cuñataí?
-Ñasaindí... -respondió apenas la niña.
-¿De dónde vienes?
-De la tribu del ruvichá Sagua-á...
-¿A qué has venido a los dominios de mi padre, Ñasaindí?
Miró la niña los penachos de las palmeras que la brisa
convertía en grandes abanicos y el muchacho, adivinando la
intención de la mirada, preguntó:
-¿Querías alcanzar cogollos de palmera?
-Neí... -respondió a media voz la niña.
-Y... no alcanzas... -agregó intencionado el joven con
expresión risueña.
-Aní... ¿Tú me ayudarás? -preguntó esperanzada,
levantando hacia él los ojos.
-Nuné... -respondióle el muchacho divertido.
Al tiempo que así decía, dejando en el suelo el arco y la
flecha que aún conservaba en la mano, trepó al tallo de una de
las palmeras y con movimientos rápidos de sus piernas ágiles
acostumbradas a esos ejercicios, pronto llegó al lugar donde lños
cogollos tiernos se ofrecían generosos y frescos. Desde arriba se
los ajorraba a Ñasaindí que, plena de dicha, no dejaba de reír.
En pocos minutos la cesta estuvo llena.
El rostro de la joven reflejaba un gran placer. Gracias al
servicial desconocido, su viaje no había sido infructuoso.
Cuando el muchacho estuvo nuevamente a su lado, los ojos de
Ñasaindí brillaban de alegría y de agradecimiento.
-¿Jhoriva, yerutí? -preguntó satisfecho.
-Neí... Pero yo no me llamo Yerutí... Mi nombre es Ñasaindí...
-Ñasaindí te llamas, pero pareces una dulce yerutí, por
eso te llamé por su nombre...
Agradeció la niña con una sonrisa e intentó emprender el
camino de regreso, pues la noche no tardaría en llegar. El sol
comenzaba a hundirse en el ocaso.
El muchacho detuvo su intención, preguntándole:
-¿Tienes tanto apuro por irte? ¿Dónde queda tu roga, cuñataí?
-Debo cruzar el río...
-¿Sola?
-Sola vine y sola debo volver. Hace tiempo, ya varias
lunas, que los hijos de la mujer que me crió partieron hacia el
norte con otros cuimba-é y tardan en volver. Ella me envió... Yo
no tengo padres... Murieron en manos de los cambá, cuando yo era
pequeña...
-¿Y cómo cruzaste el río?
-En una pequeña canoa que dejé amarrada en la orillla.
-Pero tú eres muy joven para atreverte a andar sola por
estos lugares...
-Me mandaron y tuve que obedecer.
-¿No eres miedosa, Ñasaindí?
-¡Claro que lo soy! Muchas veces siento un miedo muy
grande; pero debo cumplir lo que me ordenan. A nadie tengo que me
pueda defender -agrgó la niña con su vocecita triste y los ojos
brillantes de lágrimas.
-Desde este momento, y si tú quieres, seré yo quien te
sirva de amparo y de guía. ¿Aceptas, yerutí? -le ofreció el
muchacho firme y decidido.
-Ñasaindí lo miró. La alegría que le causó el
ofrecimiento se transparentó en su dulce mirar y en su sonrisa
agradecida, cuando respondió:
-¡Oh, ya lo creo! ¡Muchas gracias!
-¡Seremos amigos, Ñasaindí!
-Bueno... pero no me has dicho tu nombre, ni quién eres...
¿cómo podría encontrarte?
-¡Tienes razón! Soy Catupirí. Mi padre es el cacique
Marangatú. ¿Sabes ahora a quién debes buscar? -terminó riendo.
-Neí, Catupirí.
Después Ñasaindí, con su cesta llena de cogollos de pindó,
inició la marcha hacia la costa dispuesta a volver a su roga.
La detuvo aún Catupirí. Tenía muy buen corazón y la niña
le inspiraba una gran ternura.
El bondadoso muchacho era el menor de los hijos del cacique
Marangatú, poderoso y respetado en mucha distancia alrededor de
sus posesiones. Desde pequeño, Catupirí había sido preparado en
las artes de la guerra por un diestro guerrero de la tribu; pero
su madre, que no lo descuidaba jamás, conservó su corazón
tierno y su alma pura como cuando era pequeño y le pertenecía
por entero. Su bondad era reflejo del tierno corazón de ella.
En ese momento, Catupirí recordó a su madre. Recordó su
gran bondad y el cariño que por él sentía y pensó llevar a Ñasaindí
consigo, pues se había enamorado de ella y deseaba hacerla su
esposa.
Se detuvo un instante pensando en su padre. Él no vería
con buenos ojos que su hijo llevara a la tribu a una extranjera, a
una desconocida, y menos aún con la intención de casarse con
ella.
Pensó un instante, y decidió: la llevaría; pero al
principio, por lo menos, la ocultaría a los ojos de su padre. Se
la confiaría a su madre.
Estaba seguro de que ella sabría comprender y sin duda
llegaría a sentir gran cariño por la joven desamparada, al verla
tan buena, tan inocente y tan hermosa... Sin pensarlo más se lo
propuso:
-¿Quieres venir a nuestra tribu, Ñasaindí? Mi madre te
recibirá como a una hija y te brindará el cariño que hasta
ahora te ha faltado. ¿Aceptas, yerutí?
Llenos de agradecidas lágrimas los ojos, Ñasaindí
preguntó con palabras entrecortadas por la emoción:
-¡Oh, Catupirí! ¿Es verdad lo que me propones? ¿Tu
madre me querrá?
-Sin duda... ¡Puedo asegurártelo! Hay tanta bondad en tu
mirar dulce y tanta ternura en tu voz suave, que mi madre se
sentirá atraída por ti y serás para ella la hija que no tiene.
¡Ven, vamos!
Tomaron los dos jóvenes el camino que conducía a la
toldería y riendo y conversando, llegaron al lugar donde se
levantaban los toldos de los súbditos del gran Marangatú.
Atardecía. El cielo, con los más bellos rojos y dorados,
parecía sumergirse en las tranquilas aguas del río. Los pájaros
retornaban a sus nidos y la flor del irupé cerraba sus pétalos
ocultando sus galas hasta que, al día siguiente, el sol, al
alcanzarla con uno de sus rayos, volviera a despertarla. La paz y
la tranquilidad reinaban sobre la tierra.
Catupirí, ocultando a su compañera, fue hasta su toldo
donde la dejó para ir a dar la noticia a su madre.
Nadie los había visto llegar, de modo que le sería muy fácil
ocultarla hasta que pudiera convencer a su padre.
Pero Catupirí se equivocaba. Unos ojos que brillaban con
maldad lo observaban desde muy cerca. Era Cava-Pitá, la
hechicera, que, oculta detrás de un corpulento zuiñandí, no había
perdido detalle de la llegada de los jóvenes.
Sonrió con malicia la mujer, y guiada por su espíritu
mezquino, se propuso dar cuenta de lo ocurrido al cacique. No podría
hacerlo tan pronto como deseaba, pues el cacique había salido con
sus guerreros y no volvería hasta la mañana siguiente; pero
entonces, ella lo esperaría con una noticia muy especial. ¡Y ya
vería la extranjera que su vocecita dulce y sus expresiones
inocentes no serían suficientes para engañar al cacique como lo
había hecho con el hijo!
¿Por qué pensaba tan mal la hechicera de una persona a
quien no conocía?
Es que Cava-Pitá era perversa y envidiosa y no toleraba
que se diera preferencia a nadie más que a ella.
Al día siguiente, muy de mañana, llegaron el cacique y
sus acompañantes; toda la tribu los recibió con júbilo. Habían
logrado importantes piezas de caza y traían también un hermoso
guasú vivo.
Con paciencia esperó Cava-Pitá que el cacique quedara
solo, y en el momento oportuno se acercó a él, para referirle, a
su manera, la llegada de Ñasaindí a la tribu. No conforme con
esto, y gracias a la confianza que en ella tenía Marangatú, le
fue muy fácil convencerlo de que la extranjera era una enviada de
Añá, quién se valía de la joven para provocar la desgracia de
la tribu.
La sorpresa del cacique pronto se transformó en profunda
indignación. Él no podía tolerar la intromisión de una
desconocida en sus dominios y mucho menos sabiendo, gracias a los
buenos oficios de la hechicera, que se trataba de una enviada del
demonio.
Poseído por una intensa cólera, Marangatú hizo llamar a
su hijo a fin de recriminarle su indigno proceder y su
desobediencia.
Cuando Catupirí estuvo frente a él, lo increpó
duramente:
-¿Puede saberse por qué has traído a la tribu a una
extranjera que nadie conoce y que tú encontraste por caualidad?
-Ya pensaba explicártelo, padre... -respondió sorprendido
Catupirí. Y agregó desconcertado:
-¿Cómo has llegado a saberlo?
-Eso nada importa. Sólo puedo decirte que todavía hay
quien respeta mis deseos y obedece mis órdenes.
-Yo soy el primero en hacerlo, padre mío, y pruebas te he
dado en mil oportunidades; pero en este caso, deseaba hablar
contigo primero, para explicarte lo sucedido. Sin embargo, hubo
alguien, no sé con qué intención, que se me adelantó...
-¿Dónde está la intrusa? -preguntó el padre, violento.
-Está en mi toldo, padre, esperando que la traiga a tu
presencia.
-Pues ya puedes ir a buscarla. Si con malas artes se
introdujo en mi tribu, bien pronto haré que la abandone.
Catupirí quedó confundido. Su padre creía que, valiéndose
de quién sabe qué poderes maléficos, Ñasaindí lo había
obligado a traerla consigo; pero él sabía que no era así. Su
padre, al verla, podría convencerse de que estaba equivocado.
Corrió en busca de la hermosa doncella y pronto estuvieron
ambos frente al temible Marangatú.
Quedó el cacique maravillado al ver a la joven. Su hermoso
rostro y la dulzura de su mirar lo conquistaron de inmediato. Debía
haber una equivocación. Era imposible que una niña tan inocente,
tan dulce y tan tímida, tuviera las malvadas intenciones que le
atribuía Cava-Pitá.
Conversó el ruvichá con Ñasaindí. Le contó la muchacha
su niñez triste y sin afectos y su alegría al encontrar en el
buen Catupirí que deseaba hacerla su esposa, el cariño y el
apoyo que le faltaron siempre.
Comprendió el gran Marangatú el noble sentimiento que
acercaba a los jóvenes y dio su consentimiento para que unieran
sus destinos como era el deseo y la voluntad de ambos.
Y Ñasaindí fue la esposa de Catupirí, el muchacho de
corazón generoso y noble que la encontró un día en el bosque...
La maldad y la envidia de Cava-Pitá se acrecentaron al
comprobar que su intervención había sido inútil y que, en
cambio, los dos jóvenes habían llegado a realizar su deseo...
A pesar de todo, no se desanimó la hechicera, proponiéndose
por cualquier medio, conseguir que la extranjera fuera arrojada de
la tribu. ¡Ya llegaría el momento en que se cumpliera su
venganza! ¡Ella sabría esperar!
Pasó el tiempo. La felicidad de Ñasaindí y de Catupirí
era cada día mayor. Ningún mal había alcanzado a la tribu y
todos habían olvidado por completo los vaticinios de la malvada
Cava-Pitá.
Un niño, hijo de ambos jóvenes, llegó para hacer más
grande y efectiva la diche de que gozaban. El pequeño Chirirí
era dulce y bueno como su padre y tenaz como su padre.
Cuando tuvo edad de tener amigos, todos los niños de la
tribu lo fueron de él y diariamente se los veía jugando en el
bosque o en la costa del río, donde sentían gran placer en
reunirse.
El cacique, orgulloso de su nieto, le había regalado un
arco y una flecha hechos expresamente para él, y entre los
momentos más felices de su vida se contaban aquellos en que salía
con el niño a ejercitarlo en el manejo de dichas armas.
Todos vivían contentos en la tribu. Ya nadie consideraba a
Ñasaindí como una extranjera a la que se debía despreciar, sino
que, por el contrario, la joven, gracias a su bondad, se había
granjeado la simpatía y el afecto de todos.
La única que conservaba el odio que por ella había
sentido desde un principio era Cava-Pitá, para quien la idea de
venganza se afianzaba a medida que pasaba el tiempo, y que no
abandonaría hasta ver a Ñasaindí arrojada de la aldea como se
lo propusiera desde un principio.
Tenía que convencer a la tribu de que la esposa de Catupirí
bajo ese aspecto dulce y tierno encubría a una malvada enviada de
Añá para hacer mal a la tribu y que sólo esperaba el momento
oportuno para cumplir los mandatos del demonio.
Para convencerlos, decidió ensayar una nueva acusación.
Usando de sus sentimientos mezquinos y perversos divulgó
la noticia de que el pequeño Chirirí se hallaba poseído por un
mal espíritu, por el cual todos los niños que lo acompañaban en
sus juegos estaban condenados a morir infaliblemente después de
un corto tiempo.
La noticia corrió por la tribu con la velocidad del rayo y
todas las madres, temerosas del trágico fin que podrían tener
sus hijos, los retuvieron con ellas prohibiéndoles que se
acercaran al pequeño Chirirí.
Sin embargo, esto no fue suficiente para la hechicera, ya
que ella había querido levantar a toda la tribu contra la
inocente Ñasaindí. En esa forma, considerándola culpable, la
hubieran arrojado de la aldea indígena por temor al maleficio de
que estaba poseída lo mismo que su hijo.
Como no consiguiera su propósito, decidió poner en práctica
un plan diabólico con el que, estaba segura, se cumpliría con
creces su venganza.
Preparó un brebaje dulce, exquisito, al que agregó una
pequeña poción de activísimo veneno.
Con zalamerías llamaba a los pequeños amigos de Chirirí
y les daba a tomar el jarabe mortífero que ellos bebían golosos.
Poco les duraba el placer, porque poco tiempo más tarde
morían entre las más espantosas contorsiones, envenenados por la
infame hechicera.
Ignorantes las madres de la existencia del famoso jarabe,
aceptaron como explicación de la muerte de sus hijos el maleficio
del que suponían estaban poseídos el pequeño Chirirí y su
madre, tal como lo predijera en tantas oportunidades la famosa
Cava-Pitá.
Ya no les cupo la menor duda: la extranjera era una enviada
de Añá, llegada a la comarca para causar la desgracia de la
tribu de Marangatú.
Esta vez nadie dudó. Todos estuvieron en contra de Ñasaindí
y de Catupirí, de quienes decidieron vengarse dando muerte a su
hijito.
La hechicera no cabía en sí de gozo. Había pasado un
tiempo muy largo antes de lograr su propósito, pero por fin
consiguió que la tribu entera odiara a la intrusa.
Alentada por el triunfo fue levantando los ánimos de toldo
en toldo, incitando a unos y a otros a dar muerte al pequeño
Chirirí, único medio para librarse de los designios de Añá.
En un grupo encabezado por la perversa Cava-Pitá,
blandiendo palos y lanzas, hombres y mujeres se dirigieron al
toldo de Catupirí.
Llegaron, y tomando por la fuerza a los padres de la
criatura, los llevaron al bosque donde los amarraron con fibras de
caraguatá al tronco de un ñandubay para que fueran testigos
impotentes de la muerte de su hijo.
La dulce Ñasaindí dejaba oír desgarradores sollozos,
gritando su inocencia y pidiendo piedad para su pequeño Chirirí,
mientras el valiente Catupirí hacía desesperados esfuerzos por
librarse de las ligaduras. Pero era en vano. Buen cuidado habían
tenido sus verdugos.
Mientras tanto, Cava-Pitá, la cruel y desalmada hechicera,
saboreando el triunfo logrado después de tanto esperar, decidió
ser ella misma quien diera muerte al pequeño, que, atado de pies
y manos, yacía en el suelo, llorando y esforzándose por dejar
sus manecitas en libertad.
Preparó el arco y la flecha envenenada, y cuando se disponía
a arrojarla al niño, que lloraba ante sus padres desesperados, un
ruido espantoso atronó el bosque y una lengua de fuego bajó
desde el cielo, que se había oscurecido de pronto, y dejó
fulminada a la perversa hechicera, que rodó por el suelo dando un
grito de espanto.
Los que presenciaban la escena vieron en esto un castigo de
sus dioses justicieros a la maldad y a la envidia y, convencidos
de su error, desataron a los padres de la criatura que aún se
hallaba en el suelo, a poca distancia de ellos.
Ñasaindí corrió a levantar a su hijito, que medio
desvanecido por el terror casi no podía moverse. Lo desató y lo
abrazó estrechándolo contra su corazón, mientras las lágrimas
corrían por sus pálidas mejillas.
Con las cabezas gachas, avergonzados, con el paso
vacilante, los que creyeron las calumnias de la perversa hechicera
decidieron retornar a sus toldos, no sin antes dirigir una mirada
triste al sitio donde el pequeño Chirirí estuviera momentos
antes echadito en el suelo esperando la muerte de manos de la
falsa y alevosa Cava-Pitá.
La sorpresa de todos fue muy grande cuando observaron que
crecía en ese mismo lugar una planta nueva, desconocida hasta
entonces.
La llamaron mandi-ó y en ella vieron la justicia de sus
dioses buenos que sabían recompensar el bien y castigaban hasta
con la muerte a los que procedían mal.
La mandi-ó, regalo de Tupá a los hombres para que les
sirva de alimento, posee el dulce corazón de Ñasaindí y de
Chirirí, y da, al que la come, fortaleza y energía, como era
fuerte y enérgico el valiente y esforzado Catupirí.
| Referencias |
La mandi-ó (mandioca) es un arbusto
originario de América, que abunda en la zona tropical.
Mide de dos a tres metros de altura, tiene hojas palmeadas
y de sus flores en racimos.
La raíz, un tubérculo blanco, grande y carnoso, contiene
almidón, harina y tapioca. Es la parte comestible de la planta.
Existen dos clases de mandioca, una dulce y otra amarga. La
primera, inofensiva, se puede comer asada o cocida sin ningún
peligro.
La segunda, en cambio, es venenosa. Por eso, para comerla,
es necesario, primero, tostarla, para que pierda sus propiedades
nocivas. Luego se pulveriza.
Así se obtiene la harina que se conoce con el nombre de
fariña y que constituye un alimento muy apreciado y de mucho
consumo en el noreste argentino, en Brasil y en Paraguay.
Antes se conocía a la fariña con el nombre de harina de
palo.
Los naturales fabricaban su vino, especie de chicha, de la
mandioca. La masticaban y luego la hacían fermentar en agua.
El cultivo de la mandioca es antiquísimo.
Según algunos autores, los nativos ya la consumían antes
de la llegada de los españoles. Otros, en cambio, aseguran que
fue Santo Tomé quien les enseñó su cultivo y la forma de
hacerla comestible e inofensiva.
Estas leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de "Antología Folklórica Argentina", del Consejo Nacional de Educación, Kraft, 1940.
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