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IX Sir Richard El suelo del túnel por el que Paúl Bodkin conducía a Blake parecía hacer una pendiente hacia arriba, y constantemente se veía interrumpido por tramos de escalones que siempre conducían a un nivel más elevado. A Blake el camino le pareció interminable. Ni siquiera el intrigante misterio de aquel largo túnel bastaba para superar la monotonía de las paredes, que se extendían iguales unas a las otras hacia el infinito, bajo la pálida luz de las antorchas que iluminaban por un breve instante antes de fundirse en un olvido cimerio, tras el que siempre volvían a iluminar otro tramo de pared idéntica a la anterior. Pero, como siempre sucede con todas las cosas, aquel túnel tenía un final. Blake lo vio por primera vez al atisbar un pequeño y distante foco de luz natural, y de hecho al llegar apareció bañado por la luz del sol, ante un amplio valle lleno de árboles y belleza. Se encontraba de pie sobre una amplia repisa, una plataforma situada a unas decenas de metros de altura sobre la base de la montaña que había atravesado por el túnel. Había ante él un precipicio impresionante, y a su derecha la repisa terminaba de forma abrupta a una distancia inferior al medio centenar de metros. Entonces miró a su izquierda y abrió unos ojos como platos por la sorpresa. Al otro lado de la repisa había un sólido muro de albañilería, flanqueado a cada lado por enormes torres redondas, atravesadas por largas y amplias aspilleras. En mitad de la muralla había una sublime entrada, cerrada por una enorme e impresionante puerta de rastrillo forjado en hierro, ante la cual Blake vio a dos negros de guardia. Vestían igual que su guardián, pero sostenían grandes hachas de batalla cuyos mangos apoyaban en el suelo. -¡Ah de la puerta! -gritó Paúl Bodkin-. ¡Abrid al guardián exterior y a su prisionero! La puerta de rastrillo se levantó lentamente, y Blake y su guardián pasaron bajo ella. Justo al pasar la puerta, a su izquierda, construida en la colina, había lo que obviamente era una caseta de guardia. Ante ella pululaban más o menos una veintena de soldados, vestidos con el uniforme de Paúl Bodkin, con la cruz roja en el pecho. En una gruesa barandilla de madera había atados varios caballos que lucían gualdrapas con alegres motivos. Los arreos le recordaban a Blake los cuadros que había visto de caballeros y de la Inglaterra medieval. Reinaba tal sensación de irrealidad en aquellos negros tan extrañamente vestidos, en la masiva barbacana que custodiaba el acceso y en las gualdrapas de los caballos, que Blake había perdido la capacidad de sorprenderse más cuando una de las puertas de la caseta se abrió y de ella salió un atractivo joven embutido en una cota de malla, sobre la cual lucía una camiseta de suave tela pintada de color púrpura. Sobre la cabeza, el joven llevaba un bacinete de piel de leopardo, de cuyo extremo inferior partía una redecilla de cota de malla o cuello, que rodeaba y protegía completamente su cuello y garganta. Sólo iba armado con una espada de hoja ancha y una daga, pero, apoyada a un lado de la caseta, cerca de la puerta donde se había detenido para mirar a Blake, había una lanza y a su lado, un escudo con una cruz roja pintada en la superficie. -¡Alto ahí! -exclamó el joven-. ¿Qué nos traes, muchacho? -Me complace presentaros a un prisionero, noble señor -respondió Paúl Bodkin con cierta deferencia. -Sarraceno, seguro -aseguró el joven. -Diría que no, si me permitís expresar mi opinión, sir Richard -replicó Paúl-. No creo que sea sarraceno. -¿Y por qué? -Con mis propios ojos vi cómo se persignaba ante la cruz. -¡Tráelo aquí ahora mismo! Bodkin pinchó a Blake en la espalda con la pica, pero el americano apenas era capaz de percatarse de tal ofensa, tan ocupada estaba su mente en arrojar luz sobre los hechos que, de pronto, habían iluminado la naturaleza de su situación. Bastó con apenas un instante para descubrir la verdad. Se echó a reír en su interior a causa de lo mucho que había tardado en darse cuenta de lo que sucedía. Ahora lo entendía todo: ¿de veras creían esos tipos que le tomarían el pelo de esa forma? En fin, después de todo habían estado a punto. Se dirigió hacia el joven y se detuvo ante él con una sonrisa algo sardónica en los labios. El otro le miró con evidente arrogancia. -¿De dónde venís? -preguntó-. ¿Y que hacéis en el Valle del Sepulcro, mancebo? La sonrisa de Blake se esfumó. Se estaba pasando de la raya. -Basta de burlas, jovencito -dijo lentamente-. ¿Dónde está el director? -¿Director? Por Dios que ignoro a qué os referís. -¡Por supuesto que no! -exclamó Blake con fino sarcasmo-. ¡Pero déjeme decirle que ni siquiera por siete con diez extra al día me obligarían a hacer algo parecido! -¡Pardiez, caballero! No comprendo el significado de todas sus palabras, pero el tono no me confunde. Es demasiado insultante para agradar a los oídos de Richard de Montmorency. -Tú mismo -advirtió Blake-. Si el director no está por aquí, vaya a buscar a su ayudante, o al cámara; incluso el guionista tendrá más seso que usted. -¿Yo mismo? ¿Y qué otra persona quiere que sea, aparte de Richard de Montmorency, noble caballero de Nimmr? Blake agitó la cabeza desesperado, y después se volvió hacia los soldados que escuchaban la conversación. Creyó que descubriría a alguno de ellos riendo por aquella farsa con que pretendían engañarle, pero sólo vio rostros graves, coronados por la solemnidad. -¡Eh, usted! -dijo dirigiéndose a Paúl Bodkin-. ¿Ninguno de ustedes sabe dónde puedo encontrar al director? -¿Director? -repitió Bodkin negando con la cabeza-. Que yo sepa no hay ninguno en Nimmr, ni tampoco en el Valle del Sepulcro, voto a bríos. -Lo siento -dijo Blake-, entonces el error es mío; pero si no hay director, entonces habrá un guardián. ¿Puedo verle? -¡Ah, guardián! -gritó Bodkin, cuyo rostro se iluminó al comprender algo de lo que decía el extranjero-. Sir Richard es el guardián. -¡Córcholis! -exclamó Blake mientras se volvía de nuevo hacia el joven- Le ruego que me perdone, creí que era uno de los extras. -¿Extras? Resulta evidente que habláis una lengua extraña, pero tiene cierto parentesco con la propia de Inglaterra -replicó el joven con expresión seria-. Sin embargo, el mancebo tiene razón, yo soy, efectivamente, el guardián de la Puerta. Blake comenzaba a dudar de su propia cordura, o al menos de su buen juicio. Ni el joven blanco ni los negros tenían las características faciales propias de los locos. De pronto levantó la mirada para mirar al joven guardián de la puerta. -Lo siento elijo haciendo gala de una de sus sonrisas francas que tan famosas eran entre sus amistades-. Me he comportado como un memo, pero es que he estado sometido a un considerable estrés de un tiempo a esta parte y, además, para remate de fiesta, llevo perdido cuatro días en la jungla sin comida. Creí que intentaba reírse de mí y, en fin, no estaba de humor para bromas cuando esperaba encontrar amistad y hospitalidad. Dígame, ¿dónde estoy? ¿Qué país es éste? -Os encontráis en la ciudad de Nimmr -respondió el joven. -Supongo que he llegado en mitad de una fiesta local, o algo parecido - sugirió Blake. -No os comprendo. -¿Cómo? Supongo que están en pleno espectáculo. ¿Me equivoco? -¡Por todos los diablos que habláis una lengua extraña! ¿Espectáculo? -Sí, por los trajes. -¿Qué problema hay en nuestros atavíos? Cierto que no corresponden a la última moda, pero presumo que son más apropiados que los vuestros. Al menos sirven al propósito diario del caballero. -¿No querrá decir con eso que se visten así todos los días? -preguntó Blake. -¿Y por qué no? Pero basta. No quiero perder más tiempo hablando con vos. Que uno o dos de vosotros le acompañen. ¡Y tú, Bodkin, vuelve a la puerta exterior! -El joven se volvió para adentrarse en el interior del edificio, mientras dos de los soldados cogían a Blake sin muchos miramientos y lo acompañaban al interior. Se encontró dentro de una estancia dotada de un alto techo, con las paredes de piedra, las vigas y el techo ennegrecidos por el paso del tiempo. Sobre el suelo de piedra había una mesa, tras la cual, en un taburete, tomó asiento el joven mientras a Blake lo obligaban a sentarse enfrente, custodiado por sendos guardias. -Vuestro nombre -exigió saber el joven. -Blake. -¿Eso es todo? ¿Blake? -James Hunter Blake. -¿Qué título poseéis en vuestra patria? -No tengo títulos. -Ah, entonces no sois gentilhombre. -Al menos me consideran uno. -¿Cuál es vuestra patria? -América. -¡América! No existe tal, amigo. -¿Y por qué no? -Jamás oí hablar de América. ¿Qué hacéis cerca del valle del Sepulcro? ¿Acaso ignoráis que está prohibido entrar? -Ya le he dicho que me perdí. No sabía dónde estaba. Lo único que quiero es reunirme con mi safari o llegar a la costa. -Imposible. Estamos rodeados por los sarracenos. Durante setecientos treinta y cinco años nos han hostigado sus huestes. ¿Cómo habéis logrado atravesar las líneas enemigas? ¿Cómo burlasteis a tan increíble ejército? -No hay ningún ejército. -¿Mentís a Richard de Montmorency, mancebo? De pertenecer a la nobleza os pediría cuentas ahora mismo en el campo del honor. Tengo la impresión de que sois algún campesino que espía para el sultán de los sarracenos. Sería conveniente que hablarais sin reparos, ya que cuando os lleve en presencia del príncipe os arrancará la verdad con métodos mucho menos placenteros. ¿Qué me decís? -No tengo nada que confesar. Lléveme ante el príncipe, o ante su jefe, sea quien sea; quizás él me dé algo de comer. -No os faltará de comer aquí. Que no se diga que Richard de Montmorency negó el pan a un hombre hambriento. ¡Eh! ¡Michel! ¡Michel! ¿Dónde estará ese vago redomado? ¡Michel! Acto seguido se abrió una puerta que conducía a una habitación de la que salió un muchacho legañoso que se hurgaba el ojo con la yema del dedo. Vestía una túnica corta y enfundaba las piernas en unas medias verdes. En la gorra lucía una pluma. -¿Conque durmiendo, eh? -preguntó sir Richard-. ¡Maldito bellaco! ¡Sirve carne y pan a este pobre viajero, y no te demores! El muchacho contempló a Blake con los ojos abiertos como platos y una expresión de estupidez. -Señor, ¿es un sarraceno? -preguntó. -¿Y qué si lo es? -espetó sir Richard-. ¿Acaso Jesús, nuestro Señor, no daba de comer a la muchedumbre sin preguntar si eran creyentes o infieles? ¡Aprisa, gusano! El extranjero trae un hambre de lobo. El muchacho se volvió y abandonó la estancia, secándose la nariz con la manga. Sir Richard volvió a volcar toda su atención en Blake. -No tenéis mal aspecto, caballero dijo-. Lástima que no seáis de noble cuna, pues vuestra estampa revela que no pertenecéis al vulgo. -Nunca me he considerado vulgo -dijo Blake con una sonrisa. -Entonces, vuestro padre... ¿no sería al menos caballero? Blake consideró la pregunta rápidamente. Estaba muy lejos de poder, al menos, encontrar una respuesta que pudiera explicar la arcaica vestimenta y lenguaje de su anfitrión, pero de lo que sí estaba convencido era de que aquel hombre estaba en apuros, por muy loco o sano que pudiera sentirse, y de creerse cuerdo no parecía buena idea reírse de él. -Sí, por supuesto -respondió-; mi padre es masón de trigésimo segundo grado, y caballero del Temple. -¡Voto a bríos! Lo sabía -gritó sir Richard. -Igual que yo -remató Blake al darse cuenta de las consecuencias que derivaban de su revelación. -¡Ah, lo sabía! ¡Lo sabía! -gritó sir Richard-. Vuestro porte proclama a los cuatro vientos que sois de sangre azul. Pero ¿a qué se debe, entonces, vuestra intención de engañarme? De modo que sois uno de los humildes caballeros de Cristo y del templo de Salomón que custodian a los peregrinos en el camino a Tierra Santa. Lo cual justifica vuestros harapos y enaltece vuestra condición. Blake estaba perplejo ante la naturaleza de aquel comentario, ya que la imagen de los templarios que acudía a su mente siempre incluía blancas plumas, bellos faldones y espadas de hoja reluciente. No sabía que, en sus tiempos, vestían cualquier harapo que la caridad ajena les proporcionase. En ese momento, Michel volvió con una bandeja de madera que contenía cordero frío y varios pedazos de pan de centeno, además de una jarra de vino. Lo colocó todo sobre la mesa ante Blake, y después de acercarse a un armarito llevó dos copas metálicas de vino, en las que vertió parte del contenido de la jarra. Después, sir Richard se levantó alzando una de las copas a la altura de la cabeza de su invitado. -¡Salud, sir James! -gritó-. ¡Bienvenido a Nimmr y al valle del Sepulcro! -¡A su salud! -respondió Blake. -Curiosa respuesta, vive Dios -comentó sir Richard-. Reparo en que mucho han cambiado los modales ingleses desde los días de Ricardo Corazón de León, cuando mi noble ancestro emprendió esta gran cruzada en compañía de su soberano. ¡A su salud! -repitió-. ¡Menudo brindis! Espero que mi memoria no lo olvide con facilidad. ¡A su salud! Ya veréis cuando algún buen caballero brinde conmigo. ¡Quedará patitieso con tal respuesta! ¡Pero sentaos! Eh, Michel, trae tu taburete para sir James, y comed, buen caballero. Debéis de tener mucha hambre. -Ya lo creo -respondió Blake con vehemencia al sentarse en el taburete que le trajo Michel. No había cuchillos ni tenedores, pero tenía dedos, y con ellos Blake pudo apañárselas mientras su anfitrión permanecía sentado con una sonrisa feliz al otro lado de tan tosca mesa. -Sois más divertido que un juglar -gritó sir Richard-. «¡Ya lo creo!» - repitió-. ¡Ja, ja! Llegáis caído del cielo y el príncipe estará encantado de conoceros. ¡Ya lo creo! Cuando Blake hubo satisfecho su hambre, sir Richard ordenó a Michel preparar los caballos. -Ya no sois mi prisionero, sino mi amigo y mi invitado. El que os recibiera con semejante descortesía no es sino una mácula que perdurará en mi honra hasta el fin de mis días. Montados en sendos caballos de batalla, y seguidos a una respetuosa distancia por Michel, ambos cabalgaron a través de la carretera de la montaña. Sir Richard llevaba lanza y escudo; el pendón que colgaba de la punta de la lanza ondeaba a merced del viento. El sol reverberaba en el metal del escudo, y una sonrisa cruzaba la valiente expresión de su rostro mientras conversaba con el que fuera su prisionero. A Blake le parecía la imagen de un bello cuadro, arrancada de las páginas de un libro de historia. Y pese a todo, pese a su aspecto marcial, había una simplicidad infantil en aquel hombre que se había ganado el aprecio de Blake desde el primer momento, puesto que resultaba imposible creerle capaz de hacer nada deshonroso. Su sincera acogida a las afirmaciones de Blake acerca de su identidad eran prueba de una credulidad que parecía incompatible con la inteligencia que revelaba la nobleza de su comportamiento; los americanos preferían atribuirlo a una mezcla de escasa sofisticación y a una innata integridad por la cual resulta imposible concebir la perfidia de los demás. Al doblar la carretera por el lomo de la colina, Blake vio otra barbacana que guardaba el paso y, más allá, las torres y almenas de un viejo castillo. A una orden de sir Richard, los guardianes de la puerta la abrieron, y los tres cabalgaron a través del vallum. Este espacio mediaba entre el muro interior y el exterior, y parecía descuidado y olvidado. Varios árboles viejos crecían en su interior. A la sombra de uno de ellos, cerca de la puerta exterior, holgazaneaban varios soldados, dos de los cuales parecían enzarzados en una partida de un juego parecido a las damas. Al pie de la muralla interior había un amplio foso cuyas aguas reflejaban las grises piedras de la muralla y las viejas parras que crecían en la parte interna y que ascendían para enraizarse y florecer hasta asomar al exterior por la parte alta del foso. Enfrente de la barbacana había una enorme puerta en la muralla interior, con un puente levadizo que atravesaba el foso y una puerta de rastrillo que impedía el paso a la gran corte del castillo; pero ante una palabra de sir Richard, el puente levadizo descendió. Después de atravesarlo, él y sus acompañantes cabalgaron hasta el interior. Ante la mirada atónita de Blake se alzaba un poderoso castillo de piedra apenas tallada, mientras a izquierda y derecha, en el interior de la corte, se extendían amplios jardines cuidados en los cuales se reunía un grupo de hombres y mujeres que podrían haber salido directamente de la corte de Arturo. Al ver a sir Richard y a su invitado, los integrantes más próximos de dicho grupo saludaron a Blake con interés y evidente sorpresa. Varios dirigieron saludos y preguntas a sir Richard, mientras ambos desmontaban y entregaban las riendas de los corceles a Michel. -¡Eh, Richard! -gritó uno-. ¿Qué nos habéis traído? ¿Un sarraceno? -No es un infiel -respondió Richard-, sino un bello caballero que hará las delicias del príncipe. ¿Dónde está? -Por allí -respondieron señalando hacia el extremo opuesto del patio, donde se reunía un numeroso grupo de personas. -¡Venid, sir James! -ordenó Richard. Atravesaron el patio, seguidos de cerca por damas y caballeros que no paraban de hacer preguntas, y que hacían unos comentarios que no dejaban de sonrojar a Blake. Las mujeres alababan abiertamente las facciones de su rostro y su cuerpo, mientras los hombres, quizás empujados por los celos, comentaban su apariencia extravagante y su, para ellos, ridículo corte de pelo. Por supuesto, el contraste entre sus jubones de ante, sus medias ajustadas, sus gorritos de vivos colores y la camisa gris de Blake, sus calzones de cuero y las botas de caza, que en aquel momento estaban sucias, rotas y llenas de rasguños, era abismal. Las mujeres vestían tan elegantemente como los hombres; lucían mantos de rica seda y se cubrían el pelo y los hombros con delicados griñones de diversos colores, que a menudo mostraban la delicadeza de los tejidos. Ninguno de los hombres que habían encontrado en el jardín, ni siquiera los que formaban el grupo que disfrutaba de la compañía del príncipe, iban ataviados con armadura; pero Blake había visto a un caballero armado en la puerta exterior y a otro en la interior, por lo que intuyó que sólo vestían de esa forma cuando estaban de servicio. Cuando se reunieron con el grupo que había al final del patio, sir Richard se abrió paso entre los cortesanos hasta llegar al centro del grupo, donde había un hombre de aspecto imponente, conversando con quienes se agrupaban a su alrededor. Al presentarse sir Richard y Blake ante él, se hizo el silencio. -Milord príncipe -dijo sir Richard antes de inclinarse-, os traigo a sir James, valiente caballero del Temple que ha venido aquí con la protección de Dios, atravesando las líneas enemigas hasta llegar a las puertas de Nimmr. El hombre alto observó a Blake sin creer, a juzgar por la expresión de su rostro, una sola palabra. -¿Decís que habéis venido del templo de Salomón, en el reino de Jerusalén? -preguntó. -Sir Richard debe de haberme malinterpretado -contestó Blake. -¿No sois, pues, un templario? -Sí, pero no soy de Jerusalén. -Quizá sea uno de esos esforzados caballeros que custodian el paso de los peregrinos a Tierra Santa -sugirió una joven que se hallaba situada junto al príncipe. Blake se volvió rápidamente para observar a la muchacha y al hacerlo cruzaron la mirada. Ella bajó los ojos, pero no antes de que Blake apreciara la belleza de su mirada, encuadrada en un rostro redondo e igual de bello. -Lo más probable es que sea un espía sarraceno enviado por el sultán - sugirió un hombre moreno que estaba de pie junto a la joven. Ésta, precisamente, levantó la mirada para dirigirse al príncipe. -No tiene aspecto de ser un sarraceno, padre mío -dijo. -¿Qué sabrás tú sobre la apariencia de los sarracenos, pequeña? - preguntó retóricamente el príncipe-. ¿Conoces a muchos? -Todos rieron y al verlo la muchacha hizo pucheros. -Lo cierto es que no he visto tantos sarracenos como sir Malud o vos mismo, milord -respondió altanera-. Dejemos que sir Malud describa a un sarraceno. El hombre moreno se sonrojó enfadado. -Al menos -dijo-, milord príncipe, reconozco a un caballero inglés cuando veo a uno, y si éste es un caballero inglés, ¡entonces sir Malud es un sarraceno! -¡Basta! -exclamó el príncipe, y entonces, volviéndose a Blake, dijo-: Si no sois de Jerusalén, ¿de dónde sois? -Nueva York -respondió el americano. -¡Ja! -susurró sir Malud a la chica-. ¿No os lo dije? -Decirme qué... ¿Que sois de Nueva York? ¿Dónde está eso? -preguntó ella. -Alguna fortaleza del infiel -interrumpió Malud. -¿Nueva York? -repitió el príncipe-. ¿Se encuentra ese lugar en Tierra Santa? -Se la conoce también como Nueva Jerusalén -explicó Blake. -¿Y habéis venido a Nimmr atravesando las líneas enemigas? Decidme, caballero, ¿cuentan sus huestes con muchos soldados? ¿Y cómo estaban dispuestas sus fuerzas? ¿Se encuentran cerca del valle del Sepulcro? ¿Creéis que planean atacar en breve? Vamos, decídmelo todo; callado no sois de mucha ayuda. -He vagado varios días a través del bosque y no he visto un alma -dijo Blake-. Ningún enemigo os rodea. -¿Qué? -gritó el príncipe. -¿No os lo dije? -preguntó Malud-. Es un espía enemigo. Quiere inculcarnos la creencia de que nos encontramos a salvo, para que las fuerzas del sultán nos cojan desprevenidos y conquisten Nimmr y el valle. -¡Pardiez! Creo que estáis en lo cierto, sir Malud -exclamó el príncipe-. ¡Que no hay enemigos! Entonces ¿por qué razón los caballeros de Nimmr han morado en este lugar durante siete siglos y medio, si no hay una horda de infieles que rodean la fortaleza? -A mí que me registren -dijo Blake. -¿El qué? -preguntó el príncipe. -Tiene una extraña manera de hablar, milord príncipe -explicó Richard-, mas no creo que sea un enemigo de Inglaterra. Yo mismo doy fe de él como caballero, y os ruego que le acojáis en vuestro servicio, milord príncipe. -¿Desearíais servirme, caballero? -preguntó el príncipe. Blake miró de reojo a sir Malud y pareció titubear, pero entonces se fijó en los ojos de la muchacha. -¡Ya lo creo! -exclamó.
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