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Capítulo XIII

XIII

En el bait de Said

Ibn Jad esperó tres días en su manzil, pero no apareció ninguno de los guías galla prometidos por Batando que debían guiarlos al valle. Por ello envió una vez más a Fejjuan para que se entrevistara con el jefe y le pidiera que se apresurara, ya que Ibn Jad no había olvidado la existencia de Tarzán de los Monos, ni el temor de que pudiera acercarse de nuevo al campamento para amenazarle y castigarle.

Sabía que a esas alturas se encontraba fuera del territorio de Tarzán, pero también sabía que, cuando las fronteras eran tan vagas, no podía tener ninguna seguridad que le permitiera sentirse a salvo de represalias.  Deseaba que Tarzán esperase que regresara a través de su territorio, cosa que Ibn Jad había decidido evitar. En su lugar planeaba moverse directamente hacia el oeste, y pasar por el norte del territorio del hombre mono hasta dar con el sendero por el que había llegado del desierto.  Junto a Ibn Jad en el mukad del jeque estaba sentado su hermano Tollog, así como Fahd y Stimbol, además de otros árabes. Hablaban del retraso de Batando, temerosos de sufrir una traición, ya que era obvio que el anciano jefe estaba reuniendo en esos momentos un numeroso ejército de guerreros, y aunque Fejjuan hizo lo posible por asegurarles que no se emplearían contra los árabes si Ibn Jad no recurría a la traición, no por ello temían menos el peligro que suponía su cercanía.  Ateja, ocupada en las tareas del harén, no cantaba ni sonreía como solía hacer, ya que en su corazón anidaba un gran pesar por su amado.  Prestaba atención a lo que se hablaba en el mukad, aunque no le interesaba en absoluto. Sus ojos apenas se asomaban al mundo que había tras la cortina que separaba la tienda de las mujeres del mukad, y cuando lo hacían sentía un odio encendido en su interior cuando sus pupilas recalaban en la persona de Fahd. Contemplaba el exterior cuando vio que Fahd miraba alrededor del manzil con los ojos abiertos de par en par.

-¡Billah, Ibn Jad! -gritó el hombre-. ¡Mirad!

Al igual que el resto, Ateja miró en la dirección que señalaba Fahd, y ahogó un grito de sorpresa que los hombres expresaron con una maldición. En pleno manzil, en dirección a la tienda del jeque, caminaba un gigante de piel broncínea armado con una lanza, flechas y un cuchillo. A su espalda llevaba colgado un escudo, y alrededor del hombro hasta caer en su pecho, una cuerda cuyas largas fibras sostenía con una de sus manos.

-¡Tarzán de los Monos! -exclamó Ibn Jad-. ¡Que la maldición de Alá caiga sobre él!

-Seguro que ha traído a sus guerreros negros, y que le esperan ocultos en la espesura -susurró Tollog-. De otra forma no se atrevería a entrar en el manzil de los Beduw.

A Ibn Jad le dolía el pecho, y pensaba rápidamente en algo que hacer cuando el hombre mono se detuvo frente a la abertura de la tienda.  Tarzán paseó la mirada sin dilación entre los presentes, hasta dar con Stimbol.

-¿Dónde está Blake? -preguntó al americano.

-Tú deberías saberlo -gruñó Stimbol.

-¿Le has visto desde que os separasteis?

-No.

-¿Seguro? -insistió el hombre mono.

-Por supuesto que sí. Tarzán se volvió hacia Ibn Jad.

-Me has mentido. No has venido aquí para comerciar, sino para saquear una ciudad, apoderarte de su tesoro y secuestrar a sus mujeres.

-¡Eso es mentira! -gritó Ibn Jad-. No sé quién te habrá contado eso, pero te ha mentido.

-No creo que mintiera -respondió Tarzán-. Parecía un joven muy honesto.

-¿De quién se trata? -exigió lbn Jad.

-Se llama Said. -Ateja lo oyó y de pronto se descubrió escuchando con mayor interés-. Eso afirma, aparte de muchas cosas más, y yo le creo.

-¿Qué más te ha contado, nasraní?

-Que otra persona robó su mosquete e intentó matarte, Ibn Jad, para que después toda la culpa recayera sobre él.

-¡Eso es mentira, como todo lo que os ha explicado! -gritó Fahd.

Ibn Jad se sentó dispuesto a meditar, con las cejas encogidas para dar forma al ceño fruncido.

Sin embargo, miró a Tarzán con una sonrisa torcida en los labios.

-No dudo que ese joven desgraciado creyera de veras que decía la verdad -dijo-. Igual que creyó que podría matar a su jeque y salirse con la suya. Siempre estuvo mal de la cabeza, pero jamás creímos que pudiera ser peligroso. Tarzán de los Monos, te ha engañado, y eso puedo probarlo con el respaldo de toda mi gente, al igual que con el del nasraní del que me he hecho amigo, ya que lo único que debo decirte es que pretendo obedecerte y abandonar este país. ¿Por qué otra razón podría haber viajado tan lejos hacia el norte, en dirección a mi propio beled?

-Si deseabas obedecerme, ¿por qué me hiciste prisionero y luego enviaste a tu hermano a matarme en plena la noche? -preguntó Tarzán.

-De nuevo confundes a Ibn Jad -dijo el jeque con tristeza-. Mi hermano se acercó para cortar tus ataduras y ponerte en libertad, pero la emprendiste con él y después llegó al-fil y te llevó lejos.

-¿Y qué quiso decir tu hermano cuando levantó el cuchillo y gritó:

«¡Muere, nasraní!» -preguntó el hombre mono-. ¿Dirías que alguien así entra en una tienda de noche para liberar a un prisionero?

-Sólo bromeaba -murmuró Tollog.

-Aquí estoy de nuevo -dijo Tarzán-, pero no para bromear. Mis waziri están de camino. Juntos nos encargaremos de asegurarnos de que nada os retrase en vuestro regreso al desierto.

-Es lo único que queremos -se apresuró a decir el jeque-. Pregunta a los demás nasraní si es cierto que nos hemos perdido y si no sería estupendo que nos llevaras por el camino correcto. Aquí nos acechan guerreros galla. Su jefe lleva días enteros reuniéndolos y tememos que nos ataquen. ¿No es cierto, nasraní? -preguntó volviéndose hacia Stimbol.

-Sí, cierto -dijo Stimbol.

-Es cierto que vais a abandonar este país -dijo Tarzán-, y yo permaneceré con vosotros para asegurarme de ello. Mañana levantaréis el campamento. Entretanto disponed una tienda para mí; espero que no se produzcan más traiciones.

-Nada debes temer -aseguró Ibn Jad. Después se volvió hacia la tienda de las mujeres-. ¡Hirfa! ¡Ateja! -llamó-. Preparad la tienda de Said para el jeque de la jungla.

A un lado, pero no a mucha distancia de la tienda de Ibn Jad, las mujeres levantaron la negra tienda para Tarzán. Cuando acabaron de colocar y enderezar el am’dan, y aseguraron el tunb a al-bait con la ayuda de algunas piquetas que Ateja clavó en la tierra, Hirfa regresó a cumplir con sus tareas cotidianas, mientras su hija se dedicaba a extender las cortinas. En cuanto Hirfa no pudo oírla, Ateja corrió hacia Tarzán.

-Oh, nasraní -dijo entre sollozos-, ¿has visto a mi Said? ¿Se encuentra bien?

-Le dejé en un poblado donde el jefe cuidará de él hasta que tu gente haya regresado al desierto. Está bien y a salvo.

-Háblame de él, oh, nasraní, porque mi corazón anhela saber de él - imploró la muchacha-. ¿Cómo le encontrasteis? ¿Dónde estaba?

-Al-adra, que merodeaba para despachar a tu amado, había embestido a su mula. Yo estaba por casualidad en los alrededores y ataqué a aladra.  Entonces llevé a Said al poblado de un jefe amigo mío, puesto que sabía que solo no podría sobrevivir a los peligros de la jungla si lo dejaba marchar.

Pensaba sacarlo del país a salvo, pero me rogó quedarse hasta que pasaras por allí, cosa a la que accedí. Dentro de unas semanas podrás verlo.

De las pestañas largas y negras de Ateja manaban lágrimas de alegría cuando cogió la mano de Tarzán y la besó.

-Mi vida te pertenece, nasraní -dijo entre sollozos-, porque tú me has devuelto a mi amado.

Aquella noche el esclavo de galla, Fejjuan, caminaba por el manzil de sus amos y vio sentados a Ibn Jad y Tollog susurrando en el mukad del jeque. Fejjuan, muy consciente de la vileza inherente a la inefable pareja, se preguntó qué estarían tramando. Tras la cortina del harén, Ateja yacía tumbada y hecha un ovillo sobre el camastro, incapaz de conciliar el sueño. En lugar de ello escuchaba lo que susurraban su padre y su tío.

-Debemos librarnos de él -insistió Ibn Jad.

-Pero sus waziri estarán al llegar -objetó Tollog-. ¿Qué hacemos si no le encuentran aquí? No nos creerán, digamos lo que digamos, y la tomarán con nosotros. He oído que son despiadados guerreros.

-¡Por Alá! -gritó Ibn Jad-. Estamos apañados si sigue con nosotros.

Mejor arriesgar algo que volver con las manos vacías a nuestro país, después de todo lo que hemos recorrido.

-Si crees que voy a encargarme otra vez de este asunto, estás muy equivocado, hermano -dijo Tollog-. Tuve suficiente con la primera.

-No, tú no; pero debemos encontrar algún modo. ¿Acaso ninguno de nosotros estará dispuesto a librarnos del nasraní? -preguntó Ibn Jad entre dientes, como si se lo preguntara a sí mismo.

-¡El otro nasraní! -exclamó Tollog-. Él le odia.

-¡Qué buena idea, hermano! -aplaudió Ibn Jad.

-Pero aún así nos responsabilizarán a nosotros -reflexionó Tollog.

-¿Y qué importa si nos libramos de Tarzán? No podemos estar peor de lo que estamos ahora. Supón que Batando llegase mañana con los guías.  El jeque de la jungla sabría a ciencia cierta que le habíamos mentido, y eso podría suponer un peligro para nosotros. No, tenemos que librarnos de él esta misma noche.

-Sí, pero ¿cómo? -preguntó Tollog.

-¡Aguarda! Tengo un plan. ¡Escucha con mucha atención, oh hermano!

-Ibn Jad se frotó las manos y sonrió, aunque quizá no habría sonreído de saber que Ateja escuchaba la conversación, o de haber visto la figura silenciosa que se agazapaba en la oscuridad, justo al otro lado de la cortina exterior de su bait.

-Habla, Ibn Jad -le conminó Tollog-, explícame tu plan.

-Wallah, todos saben que el nasraní Stimbol odia al jeque de la jungla, pues muchas veces lo ha proclamado a los cuatro vientos en presencia de todos los reunidos en mi mukad.

-¿Enviarías a Stimbol a matar a Tarzán de los Monos?

-Has acertado -admitió Ibn Jad.

-Pero ¿cómo puede eso librarnos de toda responsabilidad? Habrá muerto por orden nuestra y en nuestro propio manzil -objetó Tollog.

-¡Aguarda! No pretendo ordenar a un nasraní que mate al otro; tan sólo lo sugeriré, y cuando lo haya hecho me mostraré furioso y lleno de ira porque el asesinato se haya cometido en mi propio manzil. Y como prueba de buena voluntad, ordenaré que el asesino sea ejecutado como castigo por su crimen. De ese modo nos libraremos de dos pájaros de un tiro, y podremos convencer a los waziri de que éramos amigos del jeque, ya que lloraremos su pérdida a grito pelado cuando ellos lleguen.

-¡Alá sea loado por haberme dado a este hermano! -exclamó Tollog entusiasmado.

-Ve ahora mismo y trae al nasraní Stimbol -ordenó Ibn Jad-. Envíamelo solo, y después de que hable con el nasraní y éste vaya a cumplir con su misión, vuelve aquí a mi tienda.

Ateja se puso a temblar tendida en el camastro. Después que Tollog abandonara el bait, la silenciosa figura agazapada en el exterior de la tienda se levantó y desapareció fundida en la oscuridad de la noche.  Stimbol, a quien Tollog había ido a buscar con prisas a la tienda de Fahd, y a quien había aconsejado discreción, se dirigió silenciosamente al amparo de la oscuridad, hacia el mukad del jeque, donde encontró a Ibn Jad esperándole.

-Siéntate, nasraní -invitó el beduino.

-¿Qué diablos quiere de mí a estas horas de la noche? -preguntó Stimbol.

-He estado hablando con Tarzán de los Monos -dijo Ibn Jad-, y porque tú eres mi amigo y él no, he enviado a buscarte para explicarte qué planea hacer contigo. Ha interferido en todos mis designios y me ordena salir del territorio, pero eso no es nada comparado con lo que tiene reservado para ti.

-¿Qué diablos pretende ahora? -preguntó Stimbol-. Ese tipo siempre anda metido en los asuntos de los demás.

-¿Por qué no simpatizas con él? -preguntó Ibn Jad.

-¿Y por qué tendría que simpatizar con él? -Stimbol añadió un vil epíteto a la pregunta que acababa de hacer.

-Pues aún será peor cuando te lo explique -dijo Ibn Jad.

-Adelante.

-Él asegura que tú mataste a tu compañero, a Blake -explicó el jeque-, y por ello Tarzán te matará por la mañana.

-¿Eh? ¿Qué? ¿Matarme? -preguntó atropelladamente Stimbol-. ¡Vaya, pero eso es ilegal! ¿Pero quién se cree que es, un emperador romano?

-Sin embargo lo hará -insistió Ibn Jad-. Aquí en la jungla es todopoderoso. Nadie cuestiona los actos del gran jeque de la jungla.  Mañana te matará.

-¡Pero... usted no se lo permitirá, Ibn Jad! Seguro que no -Stimbol temblaba horrorizado e Ibn Jad levantó las palmas de las manos.

-¿Y qué puedo hacer? -preguntó.

-Puede... puede... Debe de haber algo que usted pueda hacer -gimió el hombre, asustado.

-No hay nada que yo pueda hacer... Sálvate tú mismo -susurró el jeque.

-¿Qué quiere decir?

-Yace dormido en su tienda y... tú tienes un afilado juxa.

-Nunca he matado a un hombre -susurró Stimbol.

-Y tampoco han estado a punto de matarte -recordó el jeque-, pero esta noche debes matar, o mañana morirás.

-¡Dios! -exclamó Stimbol antes de ahogar un grito.

-Es tarde -dijo Ibn Jad-, y debo retirarme a dormir. Ya te lo he advertido: haz lo que te dicte tu conciencia. Ibn Jad se levantó como si fuera a dirigirse a la tienda de las mujeres.

Tembloroso, Stimbol trastabilló al volver hacia su tienda. Titubeó por un instante, pero después se agazapó y se puso a caminar a gatas en silencio y en plena oscuridad hacia la tienda que habían levantado para el hombre mono.

Pero Ateja corría por delante de él para advertir al hombre que había salvado a su amado de los colmillos de al-adra. Casi había llegado al bait que había levantado con la ayuda de Haifa para el hombre mono, cuando una figura salió de otra tienda, le tapó la boca con la palma de la mano, y la cogió con fuerza del brazo por la muñeca.

-¿Adónde ibas? -susurró una voz a su oído, que ella reconoció como la de su tío; pero Tollog no esperó a recibir una respuesta: él mismo respondió por ella-: ¡Ibas a avisar al nasraní porque es amigo de tu amante! ¡Vuelve al bait de tu padre! ¡Si se entera de esto te ejecutará!  ¡Vete! -Y la empujó con fuerza en la dirección por donde había venido.  Tollog tenía una desagradable sonrisa en los labios al pensar lo sencillo que había resultado manejar a la chica, y dio las gracias a Alá por la suerte que había tenido al encontrarse en el lugar y el momento oportunos, antes de que la chica arruinara sus planes; y mientras Tollog, hermano del jeque, seguía sonriendo tras la espesa barba, una mano surgió a su espalda de la oscuridad y lo cogió por la garganta con fuerza, para posteriormente tirar de él hacia atrás.

Tembloroso, cubierto de sudor frío, empuñando con fuerza el cuchillo, Wilbur Stimbol se arrastraba a través de la oscuridad hacia la tienda de su víctima. Stimbol era un hombre irritable, un fanfarrón y un cobarde; pero no era ningún criminal. Cada átomo de su ser se rebelaba contra lo que estaba a punto de acometer. No quería matar, pero en aquel momento no era más que una rata acorralada; la muerte lo miraba de frente y tan sólo le proporcionaba una única vía de escape.  Al entrar en el bait del hombre mono, se infundió ánimos para cumplir con el cometido que le había llevado tan lejos. Era muy peligroso, se sentía formidable mientras se arrastraba junto a la figura que yacía tumbada en la oscuridad, envuelta en una vieja tela.

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Tarzán de los Monos | El Regreso de Tarzán | Tarzán, El Señor de la Jungla


 


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