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IX - Después de leer...

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación) 

Después de leer los primeros cuentos de esta obra, debemos recordar que, una vez que Mowgli clavó la piel de Shere Khan en la Peña del Consejo, dijo a cuantos quedaban en la manada de Seeonee que de ahí más, cazaría solo en la Selva; entonces, los cuatro hijos de papá Lobo y de su esposa dijeron que ellos también cazarían en su compañía.

Mas no es cosa fácil cambiar de vida en un momento... sobre todo en la selva. Lo primero que hizo Mowgli cuando se dispersó la manada al marcharse los que la formaban, fue dirigirse a la cueva donde había tenido su hogar y dormir allí durante un día y una noche. Después les refirió a papá Lobo y a la mamá cuanto creyó que podrían entender de todas las aventuras que había corrido entre los hombres. Luego, cuando, por la mañana, se entretuvo en hacer que brillara el sol sobre la hoja de su cuchillo (que le había servido para desollar a Shere Khan), confesaron ellos que algo había aprendido.

Después Akela y el Hermano Gris hubieron de narrar la parte que habían tomado en la gran embestida de los búfalos del barranco; con tal de oírlo todo, Baloo subió penosamente la montaña, y por su parte Bagheera se rascaba de gusto al ver cómo había dirigido Mowgli su batalla.

Ya hacía rato que había salido el sol pero nadie pensaba aún en irse a dormir, antes bien, durante el relato, mamá Loba levantaba frecuentemente la cabeza y olfateaba a menudo y con satisfacción cuando el viento le traía el olor de la piel de tigre desde la Peña del Consejo.

-Si no me hubieran ayudado Akela y el hermano Gris, nada hubiera podido hacer -concluyó Mowgli-. ¡Ah, madre, madre! ¡Hubieras visto a aquellos toros negros bajar por el barranco y precipitarse por las puertas de la aldea cuando me apedreaba la manada de hombres!

-Me place no haber visto que te apedreaban -dijo mamá Loba muy tiesa-. No acostumbro permitir que traten a mis cachorros como si fueran chacales. Buen desauite me hubiera tomado contra la manada humana, pero perdonando a la mujer que te dio la leche. Sí; a ella la hubiera perdonado. . . sólo a ella.

-iCalma, calma, Raksha! -intervino perezosamente papá Lobo-. Nuestra rana ha vuelto y ahora es tan sabia, que hasta su propio padre ha de lamerle los pies. Después de esto, ¿qué significado tendría una cicatriz de más o de menos en la cabeza? Deja en paz a los hombres.

Como un eco, repitieron juntos Baloo y Bagheera:

-Deja en paz a los hombres.

Sonrió Mowgli tranquilamente y con la cabeza colocada sobre uno de los ijares de mamá Loba, dijo que, por su parte, no deseaba ver u oír a hombre alguno, ni husmearlo siquiera.

A lo que respondió Akela, levantando una oreja:

-Pero, ¿y si precisamente fueran los hombres los que no te dejaran a ti en paz, hermanito?

-Cinco somos... -afirmó el Hermano Gris mirando a los allí reunidos, y castañeteó los dientes al pronunciar la última palabra.

-Nosotros podríamos también tomar parte en la caza -observó Bagheera moviendo un poco su cola y mirando a Baloo-. Pero, ¿para qué pensar ahora en los hombres, Akela?

A lo que respondió el Lobo Solitario:

-Por esto: cuando sobre la peña quedó extendida la piel amarilla de ese ladrón, regresé yo hacia la aldea, siguiendo nuestra acostumbrada pista, pisando en mis huellas, volviéndome de lado y echándome, con objeto de hacer perder todo rastro a quien intentara seguirnos. Una vez que hube enmarañado ese rastro de tal manera que ni yo mismo era capaz de reconocerlo, llegó Mang, el murciélago, vagando entre los árboles y púsose a revolotear sobre el sitio en que me hallaba. Y me dijo:

-Como un avispero está la aldea en que vive la manada de hombres que arrojó al cachorro humano.

-Es que fue muy grande la piedra que les arrojé yo -interrumpió, riéndose, Mowglí, porque muchas veces, por diversión, había tirado papayas secas a los avisperos, y luego echaba a correr hasta la laguna más próxima para zambullirse, antes de que las avispas se le echaran encima.

-Le pregunté a Mang lo que había visto -prosiguió el Lobo Solitario. Me contó que la Flor Roja florecía a las puertas de la aldea, y que, en derredor de ella, se sentaban hombres que llevaban escopetas. Ahora bien -añadió Akela, mirándose las antiguas cicatrices que tenía en los lados y en las ijadas- yo sé, porque tengo mis razones para ello, que los hombres no llevan escopetas por mero gusto. No mucho tiempo pasará, hermanito, antes de que un hombre nos siga el rastro. . . si es que no lo está haciendo ya.

-Pero, ¿por qué habrían de seguirlo? Me arrojaron ellos de su seno. ¿Qué más quieren? dijo Mowgli disgustado.

-Tú eres un hombre, hermanito -respondió Akela-. Lo que hacen los de tu casta y las razones que tengan para obrar así, no somos nosotros, los cazadores libres, los que hemos de decírtelo.

Apenas si tuvo tiempo de levantar la pata cuando ya el cuchillo de Mowgli se clavaba en el suelo en el lugar en que aquélla había estado. El muchacho había tirado el golpe con mucha mayor velocidad de la que el ojo humano está acostumbrado a ver y a seguir.

Pero Akela era un lobo; e inclusive un perro, que dista ya mucho de los lobos salvajes, sus abuelos, es capaz de salir de un profundo sueño cuando siente que la rueda de un carro lo toca un un lado, y escapar ileso antes de que aquella le pase por encima.

-Otra vez piensa dos veces antes de hablar de la manada de los hombres y de mí dijo Mowgli con calma, volviendo el cuchillo a la vaina.

-¡Pche! Afilado está ese diente -observó Akela en tanto olfateaba el corte que había dejado el cuchillo en el suelo; pero has perdido el buen ojo, hermanito, al vivir entre la manada de los hombres. En el tiempo que tardaste tú en dejar caer el cuchillo, yo hubiera podido matar a un gamo.

De pronto, púsose Bagheera en pie de un salto, levantó la cabeza cuanto pudo, resopló y cada curva de su cuerpo púsose tirante. El Hermano Gris pronto hizo lo mismo; se echó un tanto hacia la izquierda para recibir mejor el viento que soplaba de la derecha. Entre tanto, Akela saltó a una distancia de cerca de cincuenta metros y se quedó medio agachado, tirantes también todos los músculos.

Mowgli sintió envidia al mirarlos. Pocos hombres tenían tan fino el olfato como el suyo, pero nunca pudo llegar a aquella finura extremada que caracteriza a toda nariz del pueblo de la selva, que hace que cada una se parezca a un gatillo sensible hasta a la presión de un cabello. Por otra parte, su facilidad para percibir olores se había embotado mucho con los tres meses que había pasado en la ahumada aldea. Pero humedeció un dedo, lo frotó contra la nariz y se irguió para tomar mejor el viento alto, que, aunque es el más débil, es, con todo, el que no engaña.

-¡El hombre! -gruñó Akela, y se dejó caer sobre las ancas.

-¡Es Buldeo! dijo Mowgli sentándose-. Sigue nuestro rastro. Allá abajo veo brillar su escopeta al sol. ¡Miren!

No fue sino una chispa de luz que no duró ni un segundo y que había brotado de las grapas de latón del viejo mosquete; pero en la selva nada hay que brille de aquel modo, con tal chispazo, excepto cuando las nubes se mueven rápidamente en el cielo, porque entonces un trozo de mica, una charca de agua y aun una hoja muy barnizada brillan como un heliógrafo. Pero aquel día no había nubes y todo estaba en calma.

-Ya sabía yo que los hombres seguirían el rastro. Por algo he dirigido la manada.

Los cuatro cachorros permanecieron mudos, pero echaron a correr montaña abajo, casi aplastados contra el suelo; parecían fundirse con los espinos y las malezas, como un topo que desaparece bajo la tierra de un prado.

-¿A dónde van así, sin decir palabra? -les gritó Mowgli.

-iChis! Antes de mediodía rodará aquí su cráneo -respondió el Hermano Gris.

-¡Atrás! ¡Atrás! ¡Esperen! ¡Los hombres no se comen los unos a los otros! -chilló Mowgli.

-¿Quién, si no tú, hace un momento, quería ser lobo? ¿Quién me tiró una cuchillada por creer yo que podías ser tú un hombre? dijo Akela en tanto que los cuatro lobos regresaban de mala gana y se dejaban caer sobre las patas traseras.

-¿Debo explicar siempre los motivos de todo lo que me dé la gana hacer? -replicó,

furioso, Mowgli.

-¡Ya apareció el hombre! ¡Así hablan los hombres! -murmuró entre dientes Bagheera-.

¡Así hablaban en derredor de las jaulas del rey de Oodeypore! A todos nosotros los de la Selva nos consta que el hombre es, de todos los seres creados, el más sabio. Pero, a dar fe a nuestros propios oídos, creeríamos que es lo más tonto de este mundo.

Y elevando la voz añadió:

-En esto tiene razón el hombrecito. Los hombres cazan en grupos. Es cazar mal, matar a uno solo, en tanto no sepamos qué harán los demás. Vengan todos; veamos qué intenta hacer ése contra nosotros.

-No iremos -refunfuñó el Hermano Gris-. Ve a cazar solo, hermanito. En cuanto a nosotros... sabemos lo que queremos. En este momento, ya hubiera estado su cráneo a punto de traerlo aquí.

Mowgli miraba ya a uno, ya a otro de sus amigos, palpitante el pecho y llenos de lágrimas los ojos. Avanzó a grandes pasos hacia los lobos, e hincando una rodilla en tierra, dijo:

-¿Acaso no sé lo que quiero? ¡Mírenme!

Lo miraron con cierta turbación, y cuando sus ojos se desviaban los llamaba de nuevo una y otra vez hasta que se les erizó el pelo en todo el cuerpo y les temblaron los miembros, en tanto que Mowgli seguía clavándoles la vista.

-Ahora -dijo-, ¿quién es aquí el jefe de nosotros cinco?

-Tú, hermanito -dijo el Hermano Gris, y se acercó a lamer el pie de Mowgli.

-Entonces, síganme -dijo éste. Y lo siguieron los cuatro, pisándole los talones y con la cola entre las piernas.

-He allí la consecuencia de haber vivido entre la manada de los hombres. Hay ahora en la selva algo más que su ley, Baloo -observó Bagheera deslizándose tras ellos.

El oso no respondió nada, pero se quedó pensando en infinidad de cosas.

Mowgli atravesó la selva sin producir el menor ruido, en ángulo recto respecto del camino que seguía Buldeo, hasta llegar a un momento en que, separando la maleza, vio al viejo con el mosquete al hombro siguiendo el rastro de la noche anterior con un trotecillo como de perro.

Conviene recordar que Mowgli había salido de la aldea llevando sobre su cabeza la pesada carga de la piel sin adobar de Shere Khan, en tanto que Akela y el Hermano Gris corrían detrás, de tal manera que el triple rastro había quedado marcado con toda claridad. De pronto se halló Buldeo en el lugar en que Akela había retrocedido y embrollado todas las señales de la pista, como antes se dijo. Entonces se sentó, tosió, refunfuñó, echó rápidas ojeadas en torno suyo y en dirección de la selva tratando de recobrar el perdido rastro; durante todo el tiempo que estuvo haciendo esto hubiera podido alcanzar de una pedrada a los que estaban observándolo. Nadie hace las cosas tan silenciosamente como un lobo cuando él no quiere ser escuchado; en cuanto a Mowgli, aunque creyeran sus compañeros que se movía muy pesadamente, lo cierto es que sabía deslizarse como una sombra. Como una manada de puercos marinos rodean a un vapor que marcha a toda máquina, así todos rodeaban al viejo, y en tanto que lo tenían encerrado en un círculo, hablaban sin cuidarse mucho, pues mantenían sus voces en un diapasón muy por debajo de lo que pudieran llegar a percibir los oídos humanos.

(En el otro extremo de la escala se halla el agudo chillido de Mang, el murciélago, que no oyen poco ni mucho incontables personas. De esta nota participa el lenguaje de los pájaros, de los murciélagos y de los insectos.)

-Esto es más divertido que la caza propiamente dicha dijo el Hermano Gris viendo a Buldeo agacharse, mirar a hurtadillas y resollar fuertemente-. Parece un puerco perdido en las selvas de la orilla del río. ¿Qué dice? -añadió, al ver que Buldeo musitaba algo con aire furioso.

Mowgli tradujo:

-Dice que en torno mío debieron bailar manadas enteras de lo....., que en toda su vida no había visto nunca un rastro como éste.., y que está muy cansado.

-Ya descansará antes que pueda desembrollar la pista -dijo fríamente Bagheera, y se deslizó en torno del tronco de un árbol, como si todos jugaran a la gallina ciega-. Pero ahora, ¿qué está haciendo ese viejo?

-O comen, o echan humo por la boca. Los hombres siempre juegan con ella -respondió Mowgli.

Los silenciosos ojeadores vieron que el viejo cargaba de tabaco, encendía y chupaba su pipa, y se fijaron especialmente en el olor del tabaco; querían estar seguros de reconocer por él a Buldeo, en medio de la más negra noche, si era preciso.

En esos momentos descendió por el camino un grupo de carboneros, y, cosa muy natural, se detuvieron a hablar con el cazador, cuya fama de tal había corrido por lo menos a cinco leguas a la redonda. En tanto que Bagheera y los demás se acercaron para observarlos, se sentaron todos y fumaron, y Buldeo empezó a contar la historia de Mowgli, el niño-diablo, del principio al fin, con adiciones y mentiras. Les narró cómo él, él mismo, había matado realmente a Shere Khan, cómo Mowgli, transformado en lobo, había luchado con él toda la tarde; luego, el lobo se había transformado de nuevo en muchacho y le había embrujado el rifle, de tal manera que, cuando le apuntó a Mowgli, la bala se desvió y fue a matar a uno de los búfalos del mismo Buldeo; y finalmente, cómo, puesto que los de la aldea sabían que él era el más valiente de todos los cazadores de Seeonee, lo habían comisionado para que buscara al niño-diablo y lo matara. Pero, entre tanto, los aldeanos se apoderaron de los padres del niño-diablo y los encerraron en su propia choza y dentro de poco los torturarían para hacerlos confesar que él era un brujo y ella una bruja, y después de esto los quemarían vivos.

-¿Cuándo? -preguntaron los carboneros, porque deseaban muchísimo estar presentes en la ceremonia.

A lo que respondió Buldeo que nada se haría sino hasta que él regresara, porque en la aldea querían que matara antes al Niño de la Selva. Una vez hecho esto, matarían a Messua y a su marido, y sus tierras y sus búfalos se repartirían entre los demás habitantes. Y era cierto que el marido de Messua poseía unos búfalos magníficos. Cosa muy conveniente era, en opinión de Buldeo, ir quitando de en medio a todos los hechiceros; ahora bien, esa gente que mantiene niños-lobos venidos de la selva, se cuenta entre la peor clase de brujos, evidentemente.

-Pero, ¿qué ocurrirá si se enteran de eso los ingleses? -replicaron los carboneros. Ellos habían oído decir que los ingleses eran gente de tan pocas entendederas, que se obstinaban en no permitir que los honrados labradores mataran en paz a los brujos.

-¿Qué? -respondió Buldeo-. Pues que el jefe de la aldea daría parte de que Messua y su marido habían sido mordidos por una serpiente y habían muerto. Tocante a eso, era ya cosa hecha, podía decirse; tan sólo faltaba ahora matar al niño-lobo. ¿Por casualidad, no se habían topado ellos con aquel engendro?

Atisbaron a uno y otro lado los carboneros, dando gracias a su buena estrella de que podían contestar que no. Manifestaron, sin embargo, que quién más que él, Buldeo, podría indudablemente encontrarle mejor que nadie, ya que su valor era de todos conocido.

El sol pronto se pondría: pensaron ellos que quizás pudieran darse una vuelta por la aldea de Buldeo para ver a la bruja malvada. Pero el cazador les hizo ver que, aunque su deber actual era matar al niño-diablo, no permitiría que atravesara la selva sin él, un grupo de hombres que no iban armados, siendo así que el niño-diablo podía salir a cada momento por donde menos se pensara. Por tanto, él los acompañaría, y si el hijo de los hechiceros se presentaba. . . ya verían ellos cómo se las había con esa clase de seres el mejor cazador de Seeonee. Les explicó que el bracmán le había dado un amuleto que lo protegería contra aquel maligno espíritu; así pues, nada había que temer.

-¿Qué dice? ¿Qué dice? ¿Qué dice? -repetían cada cinco minutos los lobos, y Mowgli les traducía; llegaron a aquella parte del relato en que se hablaba de la bruja, y esto era ya superior a las facultades de los lobos, de modo que se concretó a decirles que el hombre y la mujer que se habían portado tan amablemente con él, estaban metidos en una trampa.

-¿Acaso los hombres se encierran los unos a los otros en trampas?

-Así dice él. No entiendo su charla. Todos se han vuelto locos. ¿Qué hay de común entre Messua, su marido y yo para que los metan en una trampa? ¿Y qué significa todo lo que dice de la Flor Roja? Habré de ver lo que es. Por último, cualquier cosa que sea lo que le hagan a Messua, nada llevarán al cabo hasta que regrese Buldeo. Por tanto...

Mowgli se quedó pensando profundamente en tanto que sus dedos jugaban con el mango del cuchillo. Buldeo y los carboneros se alejaron tranquilos, formando una hilera.

-Regreso corriendo a la manada de los hombres -dijo al cabo Mowgli.

-¿Y ésos? -interrogó el Hermano Gris mirando, hambriento, hacia los carboneros.

-Canten un poco para ellos mientras se encaminan a casa -respondió Mowgli riendo. No quiero que lleguen a las puertas de la aldea sino hasta que sea de noche. ¿Pueden ustedes entretenerlos?

Despreciativamente, el Hermano Gris enseñó los dientes.

-O ignoro totalmente lo que son hombres, o podremos hacer que den vueltas y vueltas como cabras atadas a una cuerda...

-No es eso lo que necesito. Canten un poco para ellos, a fin de que no hallen tan solitario el camino; y desde luego, no es necesario que sea de lo más dulce, Hermano Gris, la canción que ustedes entonen. Bagheera, acompáñalos y ayuda a entonar la canción. Cuando haya oscurecido, vendrás a encontrarme junto a la aldea... Ya el Hermano Gris sabe dónde.

-No es liviano trabajo cazar para el hombrecito. ¿Y cuándo dormiré? -respondió Bagheera bostezando, pero en los ojos se notaba su alegría de prestarse a aquel juego.

¡Cantarles yo a hombres desnudos!... En fin, probemos.

Agachó la cabeza para que las ondas sonoras llegaran más lejos y lanzó un larguísimo grito de "¡Buena suerte!...", un grito que debería ser lanzado en mitad de la noche, y que en este momento, por la tarde, sonaba de un modo horrible, sobre todo como comienzo.

Mowgli oyó que aquel grito retumbaba, se elevaba, caía y se extinguía finalmente en una especie de lamento que parecía arrastrarse, y sonrió a solas en tanto que corría al través de la selva.

Veía perfectamente a los carboneros agrupados en círculo, en tanto que el cañón de la escopeta de Buldeo oscilaba como hoja de plátano, ya a uno, ya a otro de los cuatro puntos cardinales. Entonces el Hermano Gris lanzó el ¡ya-la-hi! ¡yalaba!, el grito de caza para los gamos, cuando la manada corretea al nilghai, la gran vaca azul, y pareció como si el grito viniera del fin del mundo acercándose, acercándose cada vez más, hasta que, al cabo, terminó en un chillido cortado bruscamente. Contestaron los otros tres lobos de tal manera que inclusive el mismo Mowgli podía jurar que toda la manada gritaba a la vez, y luego, todos a un tiempo, prorrumpieron en la magnífica "Canción matutina en la selva", incluyendo todas las variaciones, preludios y demás que sabe hacer la poderosa voz de un lobo de los de la manada. esta es la canción, toscamente traducida a nuestro lenguaje, pero que el lector se imagine cómo suena al romper el silencio de la tarde, en la selva:

Ningunas sombras vagaban en la llanura  
sólo un instante hace,  
de ésas tan negras que sobre nuestra pista  
pretenden lanzarse.  
Rocas y arbustos en el reposo  
matinal del aire,  
duros contornos dibujando  
álzanse gigantes.  
Llegó el momento: gritad: Reposen cuantos nuestra ley cuidadosos guarden.  
Ya recógense nuestros pueblos todos marchando a ocultarse;  
cobardes arrástranse los fieros varones que la selva tiene,  
o allá, quietos, en sus guaridas yacen en tanto el buey sale y uncido en yuntas hala del arado que cien surcos abre.  
Imponente y desnuda la aurora al alzarse  
en el horizonte fulgura y arde.  
¡A la guarida! El sol ya despierta a la hierba chispeante;  
percíbense entre los bambúes susurros que se lleva el aire.  
Cruzamos los bosques que el día ilumina:  
¡rudo contraste!  
Arden los ojos; casi cerrarlos tanta luz nos hace.  
Volando pasa el pato salvaje  
y, ¡ya es de día!, grita alejándose.  
Secóse en vuestras pieles el rocío que humedeciólas antes;  
secos los caminos que él mojara, y en los lodazales  
en frágil arcilla truécanse los charcos,  
arcilla crujiente al quebrarse.  
Aleve la noche revela huellas que ocultó antes, y parte.  
Por eso gritamos: ¡Reposen  
cuantos nuestra ley cuidadosos guarden!  

Sin embargo, no hay traducción que pueda dar idea clara del efecto que esta canción producía, ni del tono desdeñoso de los aullidos con que los Cuatro pronunciaban cada palabra de ella, al escuchar que las ramas crujían cuando, con toda rapidez, los hombres se encaramaban a ellas, en tanto que Buldeo empezaba a musitar encantos y maleficios.

Después de esto, se echaron y durmieron, ya que, como todos los que viven por su propio esfuerzo, eran de carácter metódico, y nadie puede trabajar bien sin dormir.

Mowgli, mientras tanto, devoraba leguas, mucho más de dos por hora, balanceando el cuerpo, contentísimo de sentirse tan ágil después de todos los meses de sujeción que había pasado entre los hombres. Sacar a Messua y a su marido de aquella trampa, fuera de la clase que fuera, era su idea fija; todas las trampas le inspiraban la misma desconfianza. Se prometía para más tarde pagar con creces las deudas que tenía pendientes con la aldea.

Anochecía ya cuando contempló de nuevo las tierras de pastos que tan bien recordaba, y el árbol del dhâk, donde, aquella mañana en que mató a Shere Khan, lo había esperado el Hermano Gris.

Irritado como estaba con toda la raza humana, experimentó una opresión en la garganta que lo obligaba a recuperar con fuerza el perdido aliento cuando divisó los tejados de la aldea. Según pudo observar, todo el mundo había regresado del campo más temprano que de costumbre; además, en vez de ir a cuidar la cena, estaban reunidos en un gran grupo bajo el árbol de la aldea, hablando y gritando.

-Es cosa manifiesta que sólo están contentos los hombres cuando pueden construir trampas para sus semejantes -se dijo Mowgli-. La otra noche era yo... Pero parece como si ya hubieran pasado muchas lluvias desde aquella noche. Ahora les ha tocado el turno a Messua y su hombre. Mañana -y muchas noches más después de mañana-, otra vez le tocará el turno a Mowgli.

Se deslizó a lo largo de la parte exterior del muro hasta que llegó a la choza de Messua.

Una vez allí, arrojó una mirada hacia el interior de la habitación. Allí estaba echada Messua, amordazada, con los pies y las manos atados, respirando fuertemente y dando gemidos; su marido estaba atado a la cama pintada de alegres colores. Veíase fuertemente cerrada la puerta que daba a la calle; tres o cuatro personas estaban sentadas con la espalda contra ella.

Mowgli estaba bastante bien enterado de los usos y costumbres de los aldeanos. Así pues, sus observaciones le hicieron ver que, mientras pudieran aquellos comer, charlar y fumar, se concretarían a hacer nada más esto. Pero, en cuanto estuvieran hartos, empezarían a ser peligrosos. Un poco más, y estaría de regreso Buldeo, y si al darles escolta a los demás había cumplido con su deber, el cazador ya tendría un interesantísimo cuento más que contar.

Por tanto, Mowgli entró por la ventana, se agachó junto al hombre y a la mujer, cortó sus ligaduras, les quitó la mordaza y buscó un poco de leche en la choza.

Messua estaba medio loca de dolor y de miedo, pues durante toda la mañana la habían apaleado y apedreado; en el preciso instante en que iba a proferir un chillido, le tapó Mowgli la boca con la mano, y así nadie pudo oír nada. En cuanto a su esposo, tan sólo estaba desconcertado y colérico; se sentó y procedió a limpiarse el polvo e inmundicias adheridos a su barba, medio arrancada.

-¡Lo sabía! ¡Ya sabía yo que vendría! -sollozó al fin Messua-. ¡Ahora sí sé positivamente que es mi hijo! -y al decirlo apretaba a Mowgli contra su corazón.

Completamente sereno se había mostrado hasta aquel momento el muchacho, pero entonces, de pronto, empezó a temblarle todo el cuerpo, y grande fue su sorpresa al notarlo.

-¿Qué quieren decir estas ligaduras? ¿Por qué te ataron? -preguntó después de un momento.

-¡Verse a punto de morir porque te hicimos nuestro hijo!.. ¿Qué otra cosa quieres que sea? -prorrumpió el hombre ásperamente-. ¡Mira! ¡Sangre!.

Messua permaneció silenciosa; las heridas que Mowgli miraba eran las de ella. Ambos, marido y mujer, oyeron cómo rechinaba los dientes cuando vio la sangre que manaba de aquellas heridas.

-¿Quién hizo eso? -interrogó-. ¡Caro lo pagará quien lo haya hecho!

-Toda la aldea ha sido. Era yo demasiado rico. Tenía demasiado ganado. En consecuencia, ella y yo somos brujos por haberte cobijado bajo nuestro techo.

-No entiendo. Que me lo diga Messua.

-Yo te di leche, Nathoo. ¿Recuerdas? -dijo Messua tímidamente-. Porque eras mi hijo, por eso te la di: el hijo que me arrebató el tigre; y porque, además, te quería de verdad.

Dijeron, pues, que yo era tu madre, la madre de un diablo, y que, por tanto, merecía la muerte.

-¿Qué es un diablo? -preguntó Mowgli-. Por lo que toca a la muerte, ya he visto.

El hombre miró al muchacho con aire melancólico, pero Messua se rió.

-¿Estás viendo? -díjole a su marido-. ¡Ya lo sabía yo!... Ya decía yo que él no era ningún hechicero. ¡Es mi hijo!... ¡Mi hijo!

-Hijo o hechicero..., ¿de qué puede servirnos ya? -respondió el hombre-. Ya podemos darnos por muertos.

Mowgli señaló al través de la ventana.

-Allí está el camino de la selva.. . Vuestros pies y manos están libres. Idos ahora mismo.

-Hijo mío -empezó a decir Messua-: no conocemos nosotros la selva como.., como tú.

Ni creo que yo pudiera llegar muy lejos.

-Hombres y mujeres nos seguirían para arrastrarnos de nuevo aquí -añadió el marido.

-¡Bah! -respondió Mowgli en tanto que, con la punta del cuáhilbo, se cosquilleaba en la palma de la mano-. No siento ningún deseo de hacerle daño a nadie en la aldea... por ahora; pero no creo que los detengan a ustedes. No pasará mucho sin que tengan otras muchas cosas en qué pensar. ¡Ah! -prosiguió levantando la cabeza y poniendo atención a los gritos y al ruido de pasos fuera de la casa-. ¡De manera que, finalmente, dejaron regresar a Buldeo!

-Esta mañana lo enviaron para que te matara exclamó llorando Messua-. ¿No lo encontraste?

-Sí... lo encontramos... lo encontré yo ... Trae algo nuevo que contar; mientras lo cuenta habrá tiempo para hacer muchas cosas. Pero antes, debo enterarme de sus propósitos.

Piensen a dónde quieren ir; ya me lo dirán cuando vuelva.

Saltando por la ventana, corrió de nuevo a lo largo del muro de la aldea por la parte exterior, hasta que llegó a una distancia en que podía oír a la muchedumbre reunida en torno del árbol comunal. Buldeo, echado en el suelo, tosía y gimoteaba, y todos lo agobiaban a preguntas. Tenía el cabello caído sobre los hombros; de tanto encaramarse a los árboles se le veía destrozada la piel de manos y piernas; apenas podía hablar; no obstante, estaba perfectamente poseído de la importancia de su situación. De cuando en cuando mascullaba algunas palabras, y se refería a diablos, a canciones entonadas por ellos y a encantamientos: lo suficiente para que la multitud fuera haciendo boca y disponiéndose para lo que vendría después. Luego, pidió que le trajeran agua.

-¡Bah! -exclamó Mówgli-. ¡Parloteo! ¡Parloteo! ¡Habladurías! Los hombres son hermanos de los Bandar-log. Necesita ahora enjuagarse la boca; luego querrá echar humo por ella, y una vez que acabe de hacer todo eso, todavía le quedará el cuento por contar. Los hombres son muy astutos... Nadie será capaz de vigilar a Messua, hasta que no tengan los oídos bien atiborrados de las mentiras de Buldeo. Y. . y yo me estoy volviendo tan perezoso como ellos.

Sacudió el cuerpo y se deslizó de nuevo en dirección a la choza.

Ya estaba sobre la ventana cuando sintió que algo le tocaba el pie.

-Madre dijo, pues de inmediato comprendió que lo tocaba una lengua no desconocida para él-: ¿qué haces aquí?

-Le seguí los pasos al hijo que quiero más que a todos, cuando oí que mis otros hijos cantaban en el bosque. Oye, ranita: deseo ver a la mujer que te dio la leche -prosiguió mamá Loba que se veía toda empapada de rocío.

-La habían atado y quieren matarla. Pero corté sus ligaduras, y ella escapará con su hombre hacia la selva.

-Yo iré detrás, también. Soy vieja pero aún tengo dientes.

Enderezándose mamá Loba sobre sus patas traseras, miró por la ventana hacia el interior de la oscura choza.

Luego, al cabo de unos momentos, se dejó caer sin ruido, y únicamente dijo esto:

-Yo fui la que te dio la primera leche. Pero es verdad lo que dice Bagheera: el hombre siempre vuelve al hombre.

-Es posible -respondió Mowgli, y su rostro descompuesto tomó un desagradable aspecto-; pero esta noche disto mucho de seguir esa pista. Espérame aquí y procura que no te vea ella.

-Tú nunca me tuviste miedo, renacuajo mío -añadió mamá Loba, y retrocedió hasta donde crecía la hierba alta y espesa, y se hundió allí para ocultarse, como tan bien lo sabía hacer.

-Y ahora -dijo Mowgli alegremente saltando de nuevo dentro de la choza-, allí están todos sentados en torno de Buldeo, quien les cuenta las cosas que no sucedieron.

Cuando termine de hablar, dicen que seguramente vendrán con la flor.., con fuego, quiero decir, y os quemarán a los dos. ¿Y entonces?...

-Ya he hablado con mi hombre -dijo Messua-. Khanhiwara está a treinta millas de aquí... Pero allí podríamos encontrar ingleses...

-¿Y de. qué manada son ésos? -preguntó Mowgli.

-No sé. Son blancos; dícese que gobiernan toda esta tierra, y no permiten que las gentes se quemen o se peguen los unos a los otros sin tener testigos. Si logramos llegar allí esta noche, viviremos; de otro modo, moriremos.

-Vivid, pues. Nadie pasará esta noche las puertas de la aldea. Pero... ¿qué está haciendo él, tu hombre?

El marido de Messua, a gatas, cavaba la tierra en un rincón de la choza.

-Son sus pequeños ahorros -respondió Messua-. Ninguna otra cosa podemos llevarnos.

-¡Ah, bien! Es esa cosa que pasa de mano en mano y permanece siempre frío. ¿También lo necesitan ellos fuera de este lugar? -preguntó Mowgli.

El hombre miró fijamente y de mal humor.

-Es un tonto, no un diablo -murmuró-. Con el dinero puedo comprar un caballo.

Estamos demasiado doloridos para caminar muy lejos, y toda la aldea estará tras de nosotros dentro de una hora.

-Pues yo afirmo que no os seguirán sino hasta que yo quiera. Pero está bien haber pensado en un caballo, pues Messua está cansada.

Se puso en pie el marido y anudó la última de sus rupias en la ropa que le ceñía la cintura. Mowgli ayudó a Messua a que pasara por la ventana y el fresco aire de la noche la reanimó, pero la selva, a la luz de las estrellas, estaba muy oscura y parecía terrible.

-¿Conocen el camino que lleva a Khanhiwara? -bisbisó Mowgli.

Ellos asintieron.

-Bueno. Ahora, recuerden que no deben tener miedo. Y no hay necesidad de apresurarse. Sólo que.. podría ser que, delante y detrás de vosotros, hubiera un poco de canturreo en la selva.

-¿Crees que nos hubiéramos arriesgado a pasar una noche en la selva, a no ser por el temor de ser quemados? Es mejor que lo maten a uno las fieras, que no los hombres -dijo el marido de Messua-. Pero ésta miró a Mowgli y sonrió.

-Digo -dijo Mowgli, exactamente como si fuera Baloo y estuviera repitiendo alguna antigua ley de la selva por centésima vez a un cachorrillo obtuso-, digo que ni un solo diente de los habitantes de la selva se clavará en las carnes de ustedes; ni una sola garra de la selva se levantará contra ustedes. Ni hombre ni bestia les cerrará el paso antes de que estén ustedes a la vista de Khanhiwara. Habrá quien los vigile -se volvió rápidamente hacia Messua, y dijo: él no me cree, pero tú, al menos, ¿me creerás?

-¡Ay, hijo mío! Ciertamente, te creo. Ya seas hombre, duende o lobo de la selva, te creo.

-Él sentirá miedo cuando oiga cantar a mi gente. Pero tú, ya enterada, comprenderás.

Idos ahora, y despacio, porque no hay necesidad de apresurarse. Las puertas de la aldea están cerradas.

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