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El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Se
arrojó Messua sollozando a los pies de Mowgli, pero él la
puso en pie al momento,
sintiendo
como un escalofrío. Luego ella le echó los brazos al
cuello, y, de todas las
formas
que se le ocurrieron, lo llenó de bendiciones. Su marido,
empero, miró con ojos
envidiosos
hacia sus propios campos, y dijo:
-Si
llego a Khanhiwara y me hago oír de los ingleses, le pongo
tal pleito al bracmán, al
viejo
Buldeo y a los demás, como para comerse vivos a todos los
de la aldea. ¡Me
pagarán
el doble de lo que valen mis cosechas abandonadas y mis búfalos
privados de
alimento!
Se hará justicia seca contra ellos.
Mowgli
rió.
-Ignoro
lo que es justicia, pero.., vengan en el tiempo de las próximas
lluvias y verán lo
que
habrá quedado.
Se
alejaron en dirección a la selva, y mamá Loba saltó
entonces del lugar donde se
había
escondido.
-¡Síguelos!
-le dijo Mowgli-. Cuida de que toda la selva sepa que esa
pareja ha de pasar
sana
y salva. Haz que corra la voz. Yo llamaría a Bagheera.
El
largo y grave aullido alzóse y luego se extinguió, y
Mowgli vio que el marido de
Messua
vacilaba y giraba en redondo, medio decidido a regresar
corriendo a la choza.
-¡Adelante!
-gritóle Mowgli alegremente-. Ya les dije que habría un
poco de canto. Ese
grito
os seguirá hasta Khanhiwara. Es una prueba de amistad que
os tributa la selva.
Hizo
Messua que su marido siguiera adelante; la oscuridad se cerró
sobre ellos y mamá
Loba,
en tanto que Bagheera se levantaba del suelo casi a los pies
de Mowgli,
temblorosa
del júbilo que le produce la noche al pueblo de la selva,
al cual vuelve feroz.
-Siento
vergüenza de tus hermanos -dijo, ronroneando.
-¿Qué?
¿No era dulce la canción que le cantaron a Buldeo? -dijo
Mowgli.
-¡Demasiado!
¡Demasiado! Inclusive a mí me hicieron olvidarme de mi
orgullo, y, ¡por
la
cerradura rota que me liberté!, yo también me fui cantando
por la selva, como si
estuviera
haciendo el amor en primavera. ¿No nos oíste?
-Tenía
yo otras cosas en qué pensar. Pregúntale a Buldeo si le
gustó la música. Pero,
¿dónde
están los Cuatro? No quiero que ni uno solo de los de la
manada humana cruce
esta
noche las puertas.
-¿Qué
necesidad hay entonces de los Cuatro? -dijo Bagheera
preparando las garras, los
ojos
llameantes y elevando más que nunca el tono de su sordo
ronquido-. Yo puedo
detenerlos,
hermanito. ¿Habrá que matar a alguien, al fin? El canto y
la vista de los
hombres
subiéndose a los árboles, me pusieron en buena disposición.
¿Quién es el
hombre
para que nos preocupemos por él... ese cavador moreno y
desnudo, sin pelo ni
buenos
dientes y comedor de tierra? Lo he seguido todo el día..,
al mediodía. . . a la
blanca
luz del sol. Lo he hecho ir delante de mí como los lobos lo
hacen con el gamo.
¡Soy
Bagheera! ¡Bagheera! ¡Como
bailo con mi sombra, así bailaba con aquellos
hombres!
¡Mira!
La
enorme pantera saltó como salta un gatito para alcanzar la
hoja seca que pende,
dando
vueltas, sobre su cabeza; dio zarpazos en el aire a derecha
e izquierda, y el aire
silbaba
con los golpes; se dejó caer, sin el menor ruido y saltó
una y otra vez, en tanto
que
aquella especie de ronquido o gruñido que emitía iba
creciendo, como vapor que
ruge
sordamente en la caldera.
-¡Soy
Bagheera. . en la selva.., en la noche.., y estoy en posesión
de toda mi fuerza!
¿Quién
resistiría mi ataque? Hombrecito, de un zarpazo echaría
por tierra tu cabeza,
como
si fuese una rana muerta en mitad del verano.
-¡Pega,
pues! dijo Mowgli en el dialecto de la aldea, no en el
lenguaje de la selva, y las
palabras
humanas detuvieron en seco a Bagheera, y la obligaron a
sentarse temblando,
manteniendo
la cabeza al mismo nivel que la de Mowgli. Una vez más,
Mowgli la miró
fijamente,
como había mirado antes a los cachorros que se habían
rebelado, en el centro
mismo
de aquellos ojos de un color verde de berilo, hasta que la
llama roja que parecía
brillar
detrás de aquel verde se extinguió, como la luz de un faro
que apagan a veinte
millas
al través del mar. Mantuvo fija aquella mirada hasta que
los ojos de la fiera se
bajaron
y con ellos la enorme cabeza se agachó más y más a cada
momento, y el
encarnado
rayo de una lengua frotó el empeine del pie de Mowgli.
-iHermana!...
¡Hermana!... ¡Hermana! -murmuró el muchacho, acariciando
firme y
suavemente
al animal en el cuello, y en el lomo, que se arqueaba-. ¡Quieta!
¡Quieta! La
culpa
no es tuya, sino de la noche.
-Sí,
los olores de la noche dijo Bagheera con aire arrepentido.
Este aire me habla a
gritos.
Pero, ¿cómo sabes tú eso?
Claro
está que el aire, alrededor de una aldea india, está lleno
de toda clase de olores, y
para
toda criatura que tiene el olfato casi como único vehículo
del pensamiento, los
olores
son tan enloquecedores, como la música y las drogas lo son
para los seres
humanos.
Mowgli acarició a la pantera durante unos minutos más, y
ésta se tendió como
un
gato ante el fuego, con las patas bajo el pecho y los ojos
medio cerrados.
-Tú
eres y no eres uno de los de la selva dijo al fin-. Y yo tan
sólo soy una pantera
negra.
Pero te quiero, hermanito.
-Mucho
prolongan su conversación los que están bajo el árbol
dijo Mowgli sin atender a
la
última frase de la pantera-. Seguramente Buldeo contó
muchos cuentos. Pronto
vendrán
para sacar a la mujer y al hombre de la trampa y ponerlos
sobre la Flor Roja.
Pero
se encontrarán con que la trampa se ha abierto. ¡Ja, ja!
-¡Vaya,
escucha! dijo Bagheera-. Ya se me pasó la fiebre. Permíteme
ir allá para que se
encuentren
conmigo. Pocos regresarían a sus casas después de haberse
encontrado
conmigo.
No será la primera vez que me vea metida en una jaula; y no
creo que puedan
amarrarme
con cuerdas.
-Entonces,
ten juicio -dijo Mowgli, riendo, pues él mismo se empezaba
a sentir tan
impaciente
y atrevido como la pantera, la cual se había deslizado
dentro de la choza.
-¡Uf!
-gruñó Bagheera-. Este
lugar apesta a hombre, pero aquí hay una cama
exactamente
igual a la que me dieron para que descansara en las jaulas
del rey, en
Oodeypore.
Me echaré en ella.
Mowgli
oyó cómo crujían las cuerdas que formaban el fondo de la
cama, con el peso de
la
enorme fiera.
-Por
la cerradura rota que me libertó, creerán que ha caído en
sus manos una pieza de
caza
mayor. Ven y siéntate a mi lado, hermanito, y así les
gritaremos juntos: "¡Buena
suerte
en la caza!"
-No,
Tengo otra idea en la cabeza. La manada de hombres no sabrá
la parte que tengo
yo
en este juego. Caza tú sola. No quiero verlos.
-Que
así sea -respondió Bagheera-. ¡Ah! Ahora vienen.
La
conferencia que se celebraba al pie del árbol, allá en el
extremo de la aldea, se
tornaba
más y más ruidosa. Estalló, al cabo, en salvajes alaridos
y en una especie de
alud
de hombres y mujeres que subían por la calle blandiendo
garrotes, bambúes, hoces
y
cuchillos. Buldeo y el bracmán iban al frente, pero la
turba los seguía pisándoles los
talones,
y gritaban:
-¡A
la bruja y al brujo! ¡A ver si la moneda enrojecida al
fuego los hace confesar!
¡Quememos
la choza sobre sus cabezas! ¡Les enseñaremos a recoger
lobos diablos! No,
primero
hay que apalearlos. ¡Antorchas! ¡Más antorchas! ¡Buldeo,
calienta los cañones
de
la escopeta!
Surgió
una leve dificultad con el pestillo de la puerta. Estaba
firmemente asegurado,
pero
la multitud lo arrancó por completo, y la luz de las
antorchas iluminó la habitación,
donde,
tendida cuan larga era sobre la cama, cruzadas las patas,
colgando un poco hacia
un
lado, negra como el abismo y terrible como un demonio,
estaba Bagheera. Se hizo
medio
minuto de mortal silencio, mientras las primeras filas de la
multitud clavaban las
uñas
en los que tenían detrás para retroceder hasta el umbral,
y en aquel momento
Bagheera
levantó la cabeza y bostezó, trabajosa, cuidadosa y
ostentosamente, como lo
hacía
cuando quería insultar a uno de sus iguales. Sus labios se
encogieron y se alzaron;
la
roja lengua se enroscó; la mandíbula inferior descendió y
descendió hasta mostrar la
mitad
del hirviente gaznate, y los enormes caninos se destacaron
en las encías, hasta que
los
superiores y los inferiores sonaron con un ruido metálico
al chocar, como las
aceradas
guardas de una cerradura que vuelven a su lugar en los
bordes de un arca. Un
momento
después, la calle estaba vacía. Bagheera había saltado
por la ventana y se
hallaba
al lado de Mowgli, en tanto que el torrente humano aullaba y
gritaba y se
atropellaba
en su pánico y en su prisa por llegar cada quien a su
propia choza.
-No
se moverán hasta que se haga de día dijo Bagheera
calmosamente-. ¿Y ahora?
El
silencio de la siesta parecía haberse apoderado de la
aldea; pero, escuchando
atentamente,
pudieron oír el ruido de pesadas cajas para guardar el
grano que eran
arrastradas
sobre los pisos de tierra y apoyadas contra las puertas.
Bagheera tenía razón:
la
gente de la aldea no se movería hasta que se hiciera de día.
Mowgli
se sentó en silencio y pensó, y su rostro se tornaba cada
vez más sombrío.
-Pero,
¿qué hice? dijo Bagheera al cabo, echándose a sus pies,
zalamera.
-Nada
sino un gran bien. Vigílalos hasta que apunte el día. Yo
me voy a dormir.
Corrió
Mowgli hacia la selva y se dejó caer como muerto sobre una
roca, y durmió sin
interrupción
todo el día y toda la noche siguiente.
Cuando
se despertó, Bagheera estaba a su lado; a sus pies había
un gamo que ella
acababa
de matar. Bagheera miraba curiosamente en tanto que Mowgli
comenzó a
manejar
el cuchillo, comió y bebió, y, al cabo, se volvió de lado
con la barbilla apoyada
en
las manos.
-El
hombre y la mujer llegaron sanos y salvos a la vista de
Khanhiwara -dijo Bagheera- Tu
madre mandó el aviso por medio de Chil, el milano. Hallaron
un caballo antes de la
medianoche
(de la noche en que fueron libertados) y así pudieron ir de
prisa. ¿No te
alegras
de esto?
-Está
muy bien -dijo Mowgli.
-Y
tu manada humana, en la aldea, no se movió hasta que ya el
sol estaba alto, esta
mañana.
Entonces comieron su alimento y luego corrieron rápidamente
de nuevo a sus
casas.
-¿Te
vieron, por casualidad?
-Probablemente.
Estaba yo revolcándome a la hora del alba ante la puerta, y
pude
también,
por diversión, haber cantado un poco. Ahora, hermanito, no
hay más que
hacer.
Ven a cazar conmigo y con Baloo. Ha encontrado unas colmenas
nuevas que
quiere
mostrar, y todos nosotros queremos que vuelvas, como antes.
¡No mires de ese
modo,
que hasta a mí me asusta! El hombre y la mujer ya no serán
puestos sobre la Flor
Roja
y todo va bien en la selva. ¿No es cierto? Olvidemos a la
manada de hombres.
-La
olvidaremos dentro de un rato. ¿Dónde comerá Hathi esta
noche?
-Donde
quiera. ¿Quién puede decir lo que hará el Silencioso? ¿Qué
puede hacer Hathi
que
no podamos hacer nosotros?
-Dile
que venga a verme él y sus tres hijos.
-Pero,
verdaderamente, y realmente, hermanito,.. No está bien...
no está bien que se le
diga
a Hathi: "ven" o "márchate". Acuérdate:
él es el dueño de la selva, y que antes que
la
manada de los hombres cambiara el aspecto de tu rostro, él
te enseñó las palabras
mágicas
de la selva.
-Da
lo mismo. Ahora yo tengo. una palabra mágica contra él.
Dile que venga a ver a
Mowgli,
la rana; y si no te escucha la primera vez, dile que venga
por la destrucción de
los
campos de Bhurtpore.
-"La
destrucción de los campos de Bhurtpore" -repitió
Bagheera dos o tres veces para
que
no se le olvidara-. Ahora voy allá. Lo peor que puede
suceder es que Hathi se enoje,
y
daría toda la caza que pudiera yo matar de una luna a otra,
con tal de oír una palabra
mágica
que pudiera obligar al Silencioso a hacer algo.
Se
marchó y dejó a Mowgli ocupado en dar furibundas
cuchilladas a la tierra con su
cuchillo
de desollador. En su vida había visto Mowgli sangre humana,
hasta que la vio,
y,
lo que significaba mucho más para él, hasta que olió la
sangre de Messua en las
ataduras
con que la ataron. Y Messua había sido bondadosa con él,
y, en cuanto al
muchacho
se le alcanzaba del cariño, amaba a Messua tan de veras,
como odiaba al
resto
de la humanidad. Pero, por profundamente que detestara a los
hombres, a su
charla,
a su crueldad y a su cobardía, por nada de cuanto pudiera
ofrecerle la selva se
hubiera
decidido a arrebatar una sola vida humana, ni a sentir de
nuevo ese terrible olor
de
sangre en sus narices. Su plan era mucho más sencillo, pero
mucho más completo
también;
y se rió para sus adentros cuando pensó que había sido
uno de los cuentos que
el
viejo Buldeo narrara bajo el árbol, al caer la tarde, lo
que le había inspirado aquella
idea.
-En
verdad que fue una palabra mágica -murmuró a su oído
Bagheera-. Estaban
comiendo
junto al río, y obedecieron como si fueran bueyes. Míralos:
ya vienen.
Hathi
y sus tres hijos habían llegado de la manera que les era
habitual: sin producir el
menor
ruido. Aún llevaban en sus flancos fresco el barro del río,
y Hathi mascaba
pensativo
el tallo de un plátano que acababa de arrancar con sus
colmillos. Pero cada
línea
de su vasto cuerpo le mostraba a Bagheera (capaz de ver con
claridad las cosas
cuando
las tenía delante) que no era el dueño de la selva quien
le hablaría a un cachorro
humano,
sino que era alguien que se presentaba con miedo ante otro
que carecía de él
por
completo. Los tres hijos se balanceaban lado a lado, detrás
de su padre.
Apenas
si Mowgli levantó la cabeza cuando Hathi lo saludó con el
usual: ¡Buena suerte!
Túvole
mucho rato, el muchacho, antes de hablar, meciéndose,
levantando una u otra
pata;
y cuando al cabo abrió la boca, fue para dirigirse a
Bagheera y no a los elefantes.
-Contaré
un cuento que me refirió el cazador que fuiste tú a cazar
hoy -dijo Mowgli-. Se
refiere
a un elefante, viejo y sabio, que cayó en una trampa; la
aguda estaca que había
en
el fondo de ella, le hizo una rasgadura desde un poco más
arriba de una pata hasta la
paletilla,
dejándole una señal blanca.
Tendió
Mowgli la mano, y, al moverse Hathi, la luz de la luna mostró
una larga cicatriz
semejante
a la que podría dejar un látigo metálico calentado al
rojo.
-Unos
hombres vinieron a sacarle de la trampa -continuó Mowgli-;
pero él rompió las
cuerdas,
porque era muy fuerte, y huyó, esperando hasta que se hubo
sanado la herida.
Entonces
regresó, furioso, de noche, a los campos de los cazadores.
Y ahora recuerdo
que
tenía tres hijos. Esto sucedió hace muchas, muchísimas
lluvias, y muy lejos, allá en
los
campos de Bhurtpore. ¿Qué ocurrió en esos campos al
llegar la época de la siega,
Hathi?
-Ya
los había segado yo junto con mis tres hijos -dijo Hathi.
-¿Y
acerca de la labor del arado que sigue a la siega?
-No
la hubo -dijo Hathi.
-¿Y
qué sucedió con los hombres que vivían cerca de los
verdes cultivos de la tierra?
-Se
marcharon.
-¿Y
qué sucedió con las chozas donde dormían los hombres?
-dijo Mowgli.
-Hicimos
pedazos los techos y la selva se tragó las paredes -dijo
Hathi.
-¿Y
qué más? -preguntó Mowgli.
-Tanto
terreno cultivable como puedo yo recorrer en dos noches de
este a oeste, y en
tres,
de norte a sur, pasó a ser dominio de la selva. Sobre cinco
aldeas arrojamos
nosotros
a quienes la pueblan; y en esas aldeas, y en sus terrenos,
ya sean de pasto, ya
de
labor, no hay un solo hombre el día de hoy que se alimente
de lo que produce esa
tierra.
Esto fue la destrucción de los campos de Bhurtpore,
realizada por mí y por mis
tres
hijos. Y ahora te pregunto, hombrecito, ¿cómo supiste tú
todo esto?
-Un
hombre fue quien me lo dijo, y ahora me doy cuenta de que
hasta Buldeo es capaz
de
decir la verdad. Fue una cosa bien hecha, Hathi, el de la
cicatriz blanca; pero la
segunda
vez, se hará todavía mejor, porque habrá un hombre que
dirija todo. ¿Conoces
la
aldea de la manada humana que me arrojó de ella? Son
perezosos, sin sentido común
y
crueles; juegan con su boca, y no matan al débil para
procurarse comida, sino por
juego.
Cuando están hartos, son capaces de arrojar sobre la Flor
Roja a sus propios
hijos.
Yo he visto esto. No está bien que sigan viviendo más aquí.
¡Los odio!
-iEntonces,
mata! -dijo el más joven de los tres hijos de Hathi,
recogiendo un manojo de
hierba,
sacudiéndolo sobre sus patas delanteras y arrojándolo
lejos, en tanto que sus
pequeños
ojos rojizos miraban de soslayo a uno y otro lado.
-¿Y
para qué necesito yo huesos blancos? -respondió Mowgli de
mal humor-. ¿Soy
acaso
algún lobato para jugar al sol con cráneos? Maté a Shere
Khan y su piel se pudre
allá,
en la Peña del Consejo; pero... pero no sé a dónde se ha
ido, y aún siento mi
estómago
ayuno de su carne. Esta vez quiero algo que pueda yo ver y
tocar. ¡Lanza a la
selva
en masa contra la aldea, Hathi!
Estremecióse
Bagheera y se acurrucó. Comprendía, si las cosas se
llevaran hasta el
extremo,
una rápida embestida por la calle de la aldea, unos cuantos
golpes repartidos a
la
derecha y a la izquierda entre la multitud, o matar por
astutos medios a algunos
hombres,
mientras se dedicaban a arar, allá a la hora del crepúsculo;
pero aquel proyecto
de
borrar deliberadamente una aldea entera de la vista de los
hombres y de las fieras, la
aterrorizaba.
Ahora se daba cuenta de por qué Mowgli había mandado
llamar a Hathi.
Nadie,
excepto el viejo elefante, podía trazar el plan de
semejante guerra y llevarla al
cabo.
-Que
corran, como corrieron los hombres de los campos de
Bhurtpore, hasta que el agua
de
lluvia sea el último arado que trabaje la tierra; hasta que
el ruido de aquella cayendo
sobre
las gruesas hojas, reemplace al del huso; hasta que Bagheera
y yo podamos
echarnos
en la casa del bracmán y el gamo venga a beber en el
estanque que hay detrás
del
templo. . . ¡Lanza sobre la aldea a toda la selva, Hathi!
-Pero
yo... pero nosotros no tenemos ninguna cuestión pendiente
contra ellos, y es
preciso
sentir toda la rabia de un gran dolor para destrozar los
sitios donde duermen los
hombres
-dijo Hathi, dudando.
-¿Sois
vosotros los únicos comedores de yerba de la selva? Trae a
todas tus gentes. Deja
que
se encarguen de ello el ciervo, el jabalí y el nilghai. No
necesitan ustedes mostrar ni
un
palmo de piel hasta que los campos hayan quedado
completamente limpios. ¡Lanza
allí
a toda la selva, Hathi!
-¿No
habrá matanza? Mis colmillos se tornaron rojos de sangre en
la destrucción de los
campos
de Bhurtpore y no quisiera despertar de nuevo el olor que
sentí entonces.
-Ni
yo tampoco. Ni siquiera quisiera ver cómo sus huesos andan
esparcidos por la
desnuda
tierra. Que se vayan y busquen frescos cubiles. No pueden
quedarse aquí. He
visto,
he olido la sangre de la mujer que me alimentó... la mujer
a quien hubieran ellos
matado,
a no ser por mí. Sólo el olor de la hierba fresca
creciendo en los umbrales de
sus
casas, puede borrar de mi memoria a aquel otro olor. Parece
como si me quemara en
la
boca. ¡Lanza sobre ellos a toda la selva, Hathi!
-¡Ah!
-dijo Hathi-. Así me quemaba a mí la piel la herida que me
hizo aquella estaca,
hasta
que vimos cómo desaparecían las aldeas bajo la vegetación
de la primavera. Ahora
me
doy cuenta. Tu guerra deberá ser nuestra guerra. ¡
Lanzaremos toda la selva contra
ellos!
Apenas
tuvo tiempo Mowgli de recobrar el aliento -pues todo él
temblaba de coraje y de
odio-,
cuando ya el sitio donde habían estado los elefantes se
hallaba vacío, y Bagheera
lo
contemplaba a él aterrorizada.
-¡Por
la cerradura rota que me dejó escapar! -dijo por último la
pantera negra-. ¿Eres tú
aquella
cosita desnuda por quien yo hablé en la manada cuando todas
las cosas eran más
jóvenes
que ahora? Dueño de la selva: cuando decrezcan mis fuerzas,
habla en favor
mío...
habla también en favor de Baloo.., habla por todos
nosotros. ¡Ante ti no somos
más
que cachorros..., ranillas que tu pie aplaste... cervatos
que han perdido a su
madre!...
La
idea de que Bagheera fuera un cervatillo perdido causó tal
impresión en Mowgli que
se
echó a reír, perdió el aliento, lo recobró y rió de
nuevo, hasta que por fin hubo de
zambullirse
en una laguna para que se detuviera su risa. Entonces nadó
dando vueltas y
vueltas
en ella, hundiéndose de cuando en cuando en el agua, ya a
la luz de la luna, ya
fuera
de ella, como una rana, nombre que a él mismo le daban.
Entre
tanto, Hathi y sus tres hijos habían partido separados,
cada uno hacia uno de los
puntos
cardinales y se alejaban silenciosamente por los valles, a
una milla de distancia.
Siguieron
su marcha durante dos días -es decir, caminaron sesenta
millas- al través de la
selva;
y cada paso que dieron y cada balanceo de sus trompas, era
visto, observado y
comentado
por Mang, Chil, el pueblo de los monos y todos los pájaros.
Luego
empezaron
a comer, y comieron tranquilamente por espacio de una
semana, o cosa así.
Hathi
y sus hijos son como Kaa, la serpiente pitón de la Peña:
nunca se apresuran más
que
cuando deben hacerlo.
Pasado
ese tiempo, y sin que nadie supiera cómo había empezado,
empezó a correr un
rumor
por la selva de que en tal o cual valle podía hallarse
mejor comida y agua de lo
acostumbrado.
Los jabalíes -capaces, por supuesto, de ir hasta el fin del
mundo por una
buena
comida-, fueron los primeros que empezaron a marcharse en
grandes grupos,
empujándose
los unos a los otros por encima de las rocas; siguieron los
ciervos, con las
pequeñas
y salvajes zorras que viven de los muertos y moribundos de
las manadas de
aquéllos;
el nilghai de pesados hombros marchó en línea paralela con
los ciervos, y los
búfalos
salvajes que viven en los pantanos marcharon detrás del
nilghai. La cosa más
insignificante
hubiera hecho volver a las esparcidas e indóciles manadas
que pacían, vagaban,
bebían y pacían de nuevo; pero siempre que se producía
alguna alarma, no
faltaba
quien surgiera y los calmare a todos. Algunas veces era
Sahi, el puerco espín,
que
traía noticias de buena comida que podía encontrarse un
poco más adelante; otras,
era
Mang que gritaba alegremente y se lanzaba por un claro del
bosque para mostrar que
no
había obstáculos; o Baloo, con la boca llena de raíces,
que caminaba bamboleándose,
a
lo largo de alguna indecisa fila, y mitad asustando a todos,
mitad retozando con ellos
los
hacía retomar el verdadero camino. Muchos de los animales
volvieron atrás, se
escaparon
o perdieron interés, pero también quedaron muchos
decididos a seguir la
marcha.
Al cabo de diez días, la situación era la siguiente: los
ciervos, jabalíes y nilghai
iban
pulverizándolo todo en un círculo de ocho o diez millas de
radio, en tanto que los
animales
carnívoros libraban sus escaramuzas en los bordes de aquel
gran círculo.
Ahora
bien: el centro de aquel círculo era la aldea, y alrededor
de ella iban madurando
las
cosechas, y en medio de los campos había hombres sentados
en lo que allí llaman
machans
(plataformas parecidas a palomares hechos de palos colocados
sobre cuatro
puntales),
para espantar a los pájaros y a otra clase de ladrones.
Entonces, ya no hubo
contemplación
con los ciervos. Los carnívoros estaban colocados cerca y
detrás de ellos
y
los empujaron hacia adelante y hacia el interior del círculo.
Era
una noche oscura cuando Hathi y sus tres hijos llegaron,
como deslizándose, a la
selva
y rompieron los puntales de los machans con sus trompas;
cayeron éstos como si
fueran
tallos rotos de cicuta en flor, y los hombres que cayeron
junto con ellos, oyeron
en
sus orejas el ronco ruido que hacen los elefantes. Entonces,
la vanguardia de los
azorados
ejércitos de ciervos irrumpió e inundó las tierras de
pasto y de cultivo de la
aldea;
llegó con ellos el jabalí de agudas pezuñas y de
inclinado hozar, y así lo que el
ciervo
dejaba lo estropeaba él; de cuando en cuando, una alarma
producida por los lobos
agitaba
a todas las manadas, las cuales corrían de un lado para
otro desesperadamente
pisoteando
la cebada verde y cegando las acequias. Antes de que
apuntare el alba, la
presión
sobre la parte exterior del círculo cedió en un punto de
éste. Los carnívoros
habían
retrocedido y dejado abierto un paso en dirección al sur, y
por allí escapaban los
gamos
a manadas. De los demás animales, los más atrevidos se
tendían entre los
matorrales
para terminar su comida a la noche siguiente.
Pero
el trabajo ya estaba prácticamente hecho. Cuando los
aldeanos, ya de día, miraron
sus
campos, vieron que sus cosechas estaban perdidas. Y esto
significaba la muerte para
ellos
si no se marchaban, porque vivían un año sí y otro no tan
próximos a morirse de
hambre
como cercana a ellos tenían la selva. Cuando los búfalos
fueron enviados a
pacer,
los hambrientos animales se encontraron con que los ciervos
habían dejado
limpias
las tierras de pasto, y así vagaron por la selva y se
esparcieron y se juntaron con
sus
semejantes no domesticados. Y cuando llegó el crepúsculo,
los tres o cuatro
caballitos
que había en la aldea yacían en sus establos con la cabeza
destrozada. Sólo
Bagheera
podía haber dado golpes como aquéllos, y a sólo ella se
le hubiera ocurrido la
insolente
idea de arrastrar hasta la calle al último cuerpo muerto.
No
tuvieron ánimos los ancianos para encender fogatas en los
campos aquella noche;
así,
Hathi y sus tres hijos espigaron entre lo que había
quedado, y donde espiga Hathi,
ya
no hay necesidad de que nadie vaya detrás de él. Los
hombres decidieron vivir del
trigo
que guardaban para semilla hasta que llegaran las lluvias, y
entonces ponerse a
servir
como criados para recuperar lo perdido aquel año. Pero,
cuando el negociante de
granos
pensaba en sus rebosantes graneros y en los precios que
obtendría al vender lo
almacenado,
los afilados colmillos de Hathi arrancaron toda una esquina
de su casa,
hecha
de tapia, y despanzurraron la gran arce de mimbres, cubierta
de estiércol de vaca,
en
la que guardaba el precioso grano.
Los Hermanos de Mowgli | II - Continuación | III - Continuación | IV - Continuación | V - Continuación | VI - Entre tanto, Tha... | VII - Retrocedamos ahora... | VIII - Muy grande... | IX - Después de leer... | X - Se arrojó Messua... | XI - Cuando se descubrió... | XII - Con su brazo... | XIII - Mowgli apoyó... | XIV - Se alegraron... | XV - Dos años después... | XVI - Mowgli no podía... | XVII - Kotuko siguió ... | XVIII - Pronto sus voces ... | XIX - Saltó Amoraq ... | XX - Era Darzee... | XXI - El camello... | XXII - Lo que voy a narrar... | XXIII - Este encuentro... | XXIV - En agosto nació... | XXV - En la India había... | XXVI - Movió su ...
El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India

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