Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

XIV - Se alegraron...

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)   

Se alegraron de nuevo al ver la luz del día; y, cuando ya estuvieron de regreso en su propia selva y Mowghi hizo brillar el ankus a la luz matinal, se sintió casi tan contento como si hubiera hallado un ramo de flores nuevas para adornarse el cabello.

-Esto es más brillante que los ojos de Bagheera -dijo alegremente haciendo girar el rubí-. Se lo enseñaré. Pero, ¿qué quiso dar a entender Thuu cuando habló de la muerte?

-No sé. Lo que siento hasta el extremo de mi cola es que no le hicieras probar tu cuchillo. Siempre hay algo malo en las moradas frías... sobre el suelo o debajo de él. Pero ahora tengo hambre. ¿Cazas conmigo esta mañana? -dijo Kaa.

-No; Bagheera debe ver esto. ¡Buena suerte!

Se marchó Mowgli danzando, blandiendo el gran ankus y deteniéndose de tiempo en tiempo para admirarlo, hasta que llegó a la parte de la selva donde Bagheera acostumbraba estar con preferencia, y la halló bebiendo, después de una fatigosa caza.

Mowgli le contó todas sus aventuras desde el principio hasta el fin; Bagheera olfateaba el ankus de cuando en cuando.

Cuando Mowghi le narró las últimas palabras de la cobra blanca, la pantera ronroneó afirmativamente.

-Entonces, ¿dijo la cobra blanca lo que realmente es? -preguntó prontamente Mowgli.

-Nací en las jaulas del rey de Oodeypore, y estoy segura de conocer algo a los hombres.

Muchos de ellos cometerían un triple asesinato en una sola noche nada más que por apropiarse esa gran piedra roja.

-Pero esa piedra tan sólo sirve para añadir peso. Mi brillante y pequeño cuchillo es mejor; y... ¡mira! La piedra roja no sirve para comer. Entonces, ¿por qué esas muertes de que hablas?

-Mowgli, vete a dormir. Has vivido entre los hombres, y...

-Me acuerdo, sí. Los hombres matan aunque no estén de caza... por ociosidad y por gusto. Despiértate, Bagheera. ¿Para qué uso destinaron esta cosa con punta de espina?

Bagheera entreabrió los ojos -pues tenía mucho sueño-, guiñando maliciosamente.

-La hicieron los hombres para meterla en la cabeza de los hijos de Hathi, de modo que corriera la sangre. Yo vi una semejante en las calles de Oodeypore, delante de nuestras jaulas. Esa cosa ha probado la sangre de muchos como Hathi.

-¿Pero por qué la meten en la cabeza de los elefantes?

-Para enseñarles la ley del hombre. No teniendo ni garras ni dientes, los hombres fabrican esas cosas... y otras peores.

-Siempre más y más sangre cuando me acerco a escudriñar, aun en las cosas que hizo la manada humana -dijo Mowgli, asqueado. Empezaba a sentirse cansado de sostener el peso del ankus-. Si hubiera sabido todo esto, no lo hubiera traído conmigo. Primero, sangre de Messua en sus ataduras; y ahora, sangre de Hathi. ¡No usaré esto! ¡Mira!

Lanzando chispas, voló el ankus por el aire, y se ciavó de punta a veinticinco metros de distancia, entre los árboles.

-Así quedan limpias mis manos de toda muerte -dijo Mowgli, frotándoselas en la fresca y húmeda tierra-. Thuu dijo que la muerte seguiría mis pasos. Es vieja y blanca, y está loca.

-Blanca o negra, muerte o vida, yo me voy a dormir, herrnanito. No puedo andar cazando toda la noche y aullando todo el día, como hacen algunas personas.

Se dirigió Bagheera a un cubil que conocía y que usaba al ir de caza, a dos millas de distancia. Mowgli se encaramó en un árbol que le pareció apropiado, anudó tres o cuatro enredaderas, y en menor tiempo del que se emplea en decirlo, se balanceaba en una hamaca, a quince metros del suelo. Aunque no le molestara en realidad la fuerte luz del día, Mowgli seguía la costumbre de sus amigos, usándola lo menos posible. Al despertarse en medio del coro de las chillonas voces de los habitantes de los árboles, era ya de nuevo la hora del crepúsculo, y había soñado con las hermosas piedrecillas que había tirado.

-A lo menos, veré aquello una vez más -díjose; y se deslizó hasta el suelo por una enredadera. Bagheera estaba delante de él. En la relativa oscuridad, Mowgli podía oírla olfatear.

-¿Dónde está la cosa que tiene punta de espina? -exclamó Mowgli.

-Un hombre se apoderó de ella. Aquí está el rastro.

-Ahora veremos si dijo la verdad Thuu. Si esa cosa puntiaguda es la muerte, ese hombre morirá. Sigámoslo.

-Mata primero -respondió Bagheera-. Con el estómago vacío, no hay ojo agudo. Los hombres andan muy despacio y la selva está lo suficientemente húmeda para conservar cualquier huella.

Mataron lo más pronto que pudieron, pero transcurrieron casi tres horas hasta que comieron y bebieron y se prepararon para seguir la pista. Ya sabe el pueblo de la selva que nada compensa el daño causado por la precipitación de las comidas.

-¿Crees que la cosa puntiaguda se revolverá en las mismas manos del hombre, y matará a éste? -preguntó Mowgli-. La Thuu dijo que era la muerte.

-Lo veremos al llegar -fue la respuesta de Bagheera, la cual siguió al trote con la cabeza gacha-.

Sólo hay un pie (quería decir que no había más que un hombre); el peso de la cosa le hizo apretar fuerte el talón en el suelo.

-Así es; está claro como un relámpago de verano -confirmó Mowgli.

Ambos tomaron el cortado y rápido trote con que se sigue un rastro, ya metiéndose en trozos de tierra iluminados por la luna, ya saliendo, y siempre detrás de las huellas de aquellos pies desnudos.

-Ahora corre muy aprisa dijo Mowgli-. Están muy separadas las señales de los dedos.

Pisaban sobre una tierra húmeda.

-Ahora, ¿por qué tuerce hacia un lado?

-¡Espera! dijo Bagheera, y se lanzó de frente con un salto magnífico, tan lejos como pudo.

Lo primero que debe uno hacer cuando una pista deja de ser clara, es seguir adelante, no dejando en el suelo las propias huellas, pues acabarían por embrollarlo todo. Se volvió Bagheera en cuanto tocó tierra y le gritó a Mowgli:

-Aquí hay otra huella que viene a encontrarse con la primera. Es de un pie más pequeño; los dedos de los pies se vuelven hacia adentro.

Corrió Mowgli y miró también.

-El pie de un cazador gondo -dijo-. ¡Mira! Aquí arrastró el arco sobre la hierba; por eso torció a un lado tan rápidamente el primer rastro. Pie grande quiso esconderse de pie pequeño.

-Es cierto -respondió Bagheera-. Ahora, para no confundir las señales cruzando el rastro del uno con el del otro, sigamos cada quien el suyo. Yo soy pie grande, hermanito, y tú eres pie pequeño, el gando.

Bagheera saltó hacia atrás para tomar el primer rastro y dejó a Mowgli agachado curiosamente sobre las estrechas huellas del salvaje habitante de los bosques.

-Ahora dijo Bagheera, siguiendo paso a paso la cadena de huellas-, yo, pie grande, tuerzo aquí. Luego, me escondo detrás de una roca y permanezco quieto sin atreverme a levantar ni un pie. Di cómo es tu rastro, hermanito.

-Ahora, yo, pie pequeño, llego a la roca -dijo Mowgli, siguiendo su pista-. Ahora me siento debajo de ella, apoyándome en mi mano derecha, con el arco entre los dedos de los pies. Espero largo rato, porque mis huellas son aquí profundas.

-Lo mismo ocurre conmigo -observó Bagheera, escondida detrás de la roca-; espero, descansando en una piedra el extremo de la cosa que llevo y que tiene punta de espina.

Resbala: aquí está la huella sobre la piedra. Ahora, di tú tu pista, hermanito.

-Aquí se ven rotas, una, dos ramillas y una rama grande -dijo Mowgli en voz baja-.

Ahora, ¿cómo explicaré esto? ¡Ah! ¡Está claro! Yo, pie pequeño, me marcho, haciendo ruido y pisando fuerte, para que pie grande pueda oírme.

Se apartó de la roca paso a paso, entre los árboles, elevando la voz, desde lejos, conforme se acercaba a una cascada pequeña.

-Me voy.., muy lejos.., hasta donde.., el ruido.. . de la cascada... apaga... mi propio... ruido; y aquí.., espero... Ahora dime tú tu pista, Bagheera, pie grande.

La pantera había atisbado en todas direcciones para ver cómo se apartaba el rastro de pie grande, de la roca. Entonces gritó:

-Salgo de detrás de la roca sobre mis rodillas, arrastrando la cosa que tiene punta de espina. Como no veo a nadie, echo a correr. Yo, pie grande, corro velozmente. Está claro el rastro. Sigamos cada uno el suyo. ¡Voy corriendo!

Siguió Bagheera la pista claramente marcada; entre tanto, Mowgli hizo lo mismo siguiendo los pasos del gondo. Durante unos momentos se hizo silencio en la selva.

-¿Dónde estás, pie pequeño? -gritó Bagheera.

La voz de Mowgli le respondió a cuarenta metros de distancia, hacia la derecha.

-¡Huy! -exclamó la pantera, con una tos profunda-. Los dos corren lado a lado, acercándose cada vez más.

Continuó la carrera durante un rato, manteniéndose los dos casi a la misma distancia, hasta que Mowgli, cuya cabeza no quedaba tan cerca del suelo como la de Bagheera, exclamó:

-¡Se encontraron! Fue buena la caza... ¡Mira! Aquí se paró pie pequeño con una rodilla puesta sobre la roca... Más allá está realmente pie grande.

Frente a ellos, a unos nueve metros, tendido sobre un montón de rocas desmenuzadas, yacía el cuerpo de un aldeano de la comarca, atravesados pecho y espalda por un largo dardo de plumas cortas, como los que usan los gondos.

-¿Está la Thuu tan vieja y tan loca como tú decías, hermanito? -dijo Bagheera suavemente-. Ya encontramos a lo menos un muerto.

-Sigue adelante. ¿Pero dónde está la cosa que bebe la sangre de los elefantes... la espina del ojo colorado?

-La tiene en su poder pie pequeño... quizás. De nuevo ya no se ve sino un solo pie.

El rastro único de un hombre muy ligero que había corrido a gran velocidad llevando un peso sobre su hombro izquierdo, seguía en torno de una larga y baja tira de hierba seca que tenía forma de espuela; en ella cada pisada parecía, a los penetrantes ojos de quienes seguían la pista, como marcada con hierro al rojo.

Ninguno habló hasta que la huella los condujo a un lugar donde se veían cenizas de una hoguera, en el fondo de un barranco.

-¡Otra vez! -exclamó Bagheera, deteniéndose de pronto, corno petrificada.

Ahí yacía el cuerpo pequeño y apergaminado de un gondo, con los pies en las cenizas.

Al verlo, levantó Bagheera los ojos hacia Mowgli, como si lo interrogara.

-Le causaron la muerte con un bambú -dijo el muchacho, luego de lanzar una ojeada-.

Yo también lo usé para ir con los búfalos, cuando servía en la manada de los hombres.

El padre de las cobras -y siento haberme burlado de él-, conocía muy bien la raza, como debería haberla conocido yo. ¿No dije que los hombres mataban por ociosidad?

-A la verdad, mataron, y por culpa de esas piedras rojas y azules -respondió Bagheera-.

Recuerda: yo estuve en las jaulas del rey de Oodeypore.

-Uno, dos, tres, cuatro rastros -dijo Mowgli agachándose sobre las cenizas-. Cuatro huellas de hombres con los pies calzados. No corren éstos tan rápidamente como los gondos. ¿Pero, qué daño les había hecho ese hombrecillo de las selvas? Mira, los cinco charlaron juntos, de pie, antes que lo mataran. Regresemos, Bagheera. Mi estómago está lleno, y, sin embargo, lo siento moverse; sube y baja como nido de oropéndola en la punta de una rama.

-¡No es cazar como se debe, el dejar en pie una pieza! ¡Sigue! -dijo la pantera-. No fueron lejos esos ocho pies calzados.

No dijeron nada más durante una hora, en tanto que seguían el ancho rastro dejado por los cuatro hombres.

Ya era de día y el sol calentaba, y Bagheera dijo:

-Percibo olor de humo.

-Siempre los hombres están más dispuestos a comer que a correr -respondió Mowgli, corriendo por entre los arbustos bajos de la nueva selva que exploraban. Bagheera, un poco a su izquierda, hacía un indescriptible ruido con la garganta.

-Aquí está uno que ya no comerá más dijo aquél.

Un montón de ropas de vivos colores veíase bajo un arbusto, y alrededor había un poco de harina esparcida.

-También esto lo hicieron con un bambú -observó Mowgli-. ¡Mira! Ese polvo blanco es lo que comen los hombres. Le han quitado su presa -él llevaba los comestibles de todos-, y lo convirtieron en presa de Chil, el milano.

-Éste es el tercer muerto dijo Bagheera.

-Le llevaré ranas gordas al padre de las cobras, para engordarla -pensó Mowgli-. Eso que bebe la sangre de los elefantes, es la muerte misma... ¡ Pero aún no comprendo!.

-¡Sigue! -ordenó Bagheera.

Aún no habían caminado un cuarto de legua, cuando oyeron a Ko, el cuervo, que entonaba la canción de la muerte en la punta de un tamarisco, a cuya sombra yacían los cadáveres de tres hombres. Un fuego medio apagado se veía en el centro del círculo; sobre el fuego había un plato de hierro con una torta negra y quemada hecha de pan ázimo. Junto al fuego, brillando a la luz del sol, estaba el ankus de los rubíes y turquesas.

-Esa cosa trabaja muy aprisa; todo termina aquí -comentó Bagheera-. ¿Cómo murieron éstos, Mowgli? No tienen señales visibles.

Por medio de la experiencia, un habitante de la selva llega a aprender tanto como lo que saben muchos médicos sobre las propiedades de ciertas plantas y frutos venenosos.

Mowgli olió el humo que se levantaba de la hoguera, partió un trozo del ennegrecido pan, lo probó y luego lo escupió.

-La manzana de la muerte -respondió-. El primero debió mezclarla en la comida para éstos, los cuales lo mataron a él, después de haber matado al gondo.

-¡Ciertamente ha sido buena la cacería! Las muertes se siguen muy de cerca -dijo Bagheera.

"La manzana de la muerte" es lo que en la selva se llama manzana espinosa o datura, el veneno más activo de toda la India.

-¿Y ahora? -preguntó la pantera-. ¿Debemos matarnos uno al otro por ese asesino del ojo rojo?

-¿Puede hablar? -dijo Mowgli en voz baja como un susurro-. ¿Lo ofendí al lanzarlo lejos de mí? No puede causarnos daño a nosotros dos, porque no deseamos lo que desean los hombres. Si lo dejamos aquí, de seguro seguirá matándolos uno tras otro, con la prisa con que caen las nueces al soplo del huracán. No siento cariño por los hombres; pero aun así, no me gusta ver que mueran seis en una sola noche.

-¿Qué importa? Sólo son hombres. Se mataron el uno al otro, y quedaron tan satisfechos dijo Bagheera-. El primero, el hombrecillo de las selvas, cazaba bien.

-No son más que cachorros, a pesar de todo; y un cachorro sería capaz de ahogarse sólo por darle un mordisco a la luz de la luna que se refleja en el agua. La culpa es mía -prosiguió Mowgli, que hablaba como si lo supiera todo de todas las cosas-. Jamás traeré de nuevo a la selva cosas extrañas.. . aunque fueran tan hermosas como las flores. Esto -y al hablar manejaba cautelosamente el ankus- le será devuelto al padre de las cobras.

Pero antes debemos dormir, y no podemos dormir junto a durmientes como ésos.

También hay que enterrarlo a él, para que no se escape y mate a otros seis. Cava un hoyo bajo ese árbol.

-Pero, hermanito dijo Bagheeva dirigiéndose al lugar que se le indicaba-, la culpa no la tiene ese bebedor de sangre. El mal proviene de los hombres.

-Es lo mismo -respondió Mowgli-. Que el hoyo esté muy hondo. Cuando despertemos, cogeré eso e iré a devolverlo.

Dos noches después, en tanto que la cobra blanca se encontraba en la oscuridad de la caverna, desolada, solitaria y avergonzada, el ankus de las turquesas pasó dando vueltas por el agujero de la pared y fue a clavarse con estrépito en el suelo cubierto de monedas de oro.

-Padre de las cobras -dijo Mowgli (había tenido buen cuidado de quedarse al otro lado de la pared)-, busca entre las de tu raza a alguien más joven y más a propósito para que te ayude a guardar el tesoro del rey, para que ningún otro hombre salga de aqui vivo.

-¡Ah! ¡Ah! ¡Conque vuelve eso!... Te dije que esa cosa era la muerte. ¿Cómo es que tú estás aún vivo? -murmuró la vieja cobra, enroscándose amorosamente en el mango del ankus.

-¡Por el toro que me rescató, te aseguro que lo ignoro! Esa cosa mató seis veces en una sola noche. No la dejes salir jamás de aquí.

La Canción del Pequeño Cazador

Antes que Mor, el pavo real, bata sus alas,  
antes que el pueblo de los monos grite,  
antes que Chil, el milano, se arroje hendiendo  
el inmenso y adormido espacio;  
al través de la Selva vuela un susurro,  
y una sombra, suavemente, huye.  
¡Es el miedo, ¡oh cazador!, el miedo  
que cruza por la selva!  
Una sombra que vigila deslizase por los claros del bosque,  
poco a poco, y a ratos se para. El murmullo, entonces,  
blando y lento se extiende;  
se extiende, y sudores de angustia  
bañan, entonces, nuestra frente.  
¡Es el miedo, ¡oh cazador!, el miedo  
que cruza por la selva!  
Antes que la luna escale la montaña,  
antes que las rocas se adornen con festón de luz;  
cuando los hondos y húmedos senderos están sombríos,  
llega a tu espalda, cazador, un soplo  
que vuela al través de la noche...  
¡Es el miedo, ¡oh cazador!, el miedo  
que cruza por la selva!.

¡Arrodíllate y prepara bien el arco!  
¡Lanza ya la flecha penetrante!  
Tu lanza hunde en la tiniebla;  
hazlo, aunque muda de ti se burle.  
Pero tus manos débiles y flojas están,  
y aun de tu rostro huyó la sangre...  
¡Es el miedo, ¡oh cazador!, el miedo  
que cruza por la selva!  
Cuando la tempestad corre por el aire,  
y el pino herido cae en los montes;  
cuando la lluvia que nos azota el rostro  
y nuestros ojos ciega, desciende de los cielos,  
al través de todo el estruendo, más potente  
que ninguna otra, una voz ruge...  
¡Es el miedo, ¡oh cazador!, el miedo  
que cruza por la selva!  
Los cauces llenos están hasta desbordar;  
las peñas desprendidas se derrumban;  
en las plantas, a la luz del relámpago,  
hasta el último nerviecillo puede verse;  
pero seca y cerrada está tu garganta,  
y tu corazón en el costado golpea con fuerza...  
¡Porque ahora sabes, ¡oh cazador!, lo que es el miedo… !  
Correteos Primaverales  
¡El hombre retorna al hombre!  
Corred la voz por la selva;  
se marcha el que era nuestro hermano.  
Escucha, pues, ahora, y juzga,  
pueblo de la selva.  
Responde: ¿quién detenerlo puede,  
o quién tras él irá?  
¡El hombre retorna al hombre!  
Está llorando en la selva:  
el que era nuestro hermano, llora su dolor.  
¡El hombre retorna al hombre!  
(¡Oh, y cuánto se le amaba en la selva!)  
Allí seguirle, imposible es ya.

Los Hermanos de Mowgli | II - Continuación | III - Continuación | IV - Continuación | V - Continuación | VI - Entre tanto, Tha... | VII - Retrocedamos ahora... | VIII - Muy grande... | IX - Después de leer... | X - Se arrojó Messua... | XI - Cuando se descubrió... | XII - Con su brazo... | XIII - Mowgli apoyó... | XIV - Se alegraron... | XV - Dos años después... | XVI - Mowgli no podía... | XVII - Kotuko siguió ... | XVIII - Pronto sus voces ... | XIX - Saltó Amoraq ... | XX - Era Darzee... | XXI - El camello... | XXII - Lo que voy a narrar... | XXIII - Este encuentro... | XXIV - En agosto nació... | XXV - En la India había... | XXVI - Movió su ...

El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006