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El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Saltó
Amoraq del banco en que estaba sentada y empezó a arrojar
cosas en la falda de la
muchacha:
lámparas de piedra, raederas de hierro para las pieles,
cafeteras de hojalata,
pieles
de reno con bordados hechos de dientes de buey almizclado y
verdaderas agujas
capoteras
de las que usan los marineros para coser las velas... la
mejor dote que jamás
había
sido dada en los confines del Círculo Polar Ártico, y, al
recibirlo, la muchacha del
Norte
inclinaba la cabeza hasta el suelo.
-¡También
esto! -dijo Kotuko riendo y señalando a los perros que
acercaron sus fríos
hocicos
a la cara de la joven.
-¡Ah!
-exclamó el angekok, tosiendo con aire importante, como si
todo aquello lo
hubiera
él ya previsto. En cuanto Kotuko abandonó la aldea, me fui
a la Casa del Canto
y
entoné canciones mágicas. Canté durante muchas noches e
invoqué al espíritu del
reno.
Mis cantos hicieron que soplara el vendaval que quebró el
hielo y llevó los perros
a
donde se hallaba Kotuko cuando por poco muere aplastado. Mis
canciones hicieron
que
la foca siguiera detrás del roto hielo. Mi cuerpo permanecía
inmóvil en el quaggi,
pero
mi espíritu vagaba lejos de él y guiaba a Kotuko y a los
perros en todo cuanto se
hizo.
Yo lo hice todo.
Todos
los que se hallaban presentes estaban hartos de comida y soñolientos;
así pues,
nadie
se tomó el trabajo de contradecir tales afirmaciones, y el
angekok, en virtud de su
oficio,
se sirvió aun otro pedazo de carne hervida y se acostó
después con los demás en
la
tibia y bien iluminada casa que olía a aceite.
Ahora
bien, Kotuko, que dibujaba muy bien al estilo ínuit, grabó
ciertos cuadros de
todas
sus aventuras en un largo pedazo de marfil en forma de
plancha y con un agujero
en
uno de sus extremos. Cuando él y la muchacha fueron hacia
el Norte, a la Tierra de
Ellesmere
en el año del llamado "invierno maravilloso" dejó
aquella historia grabada a
Kadlu,
quien perdió la tablilla entre los guijarros un verano en
que se le rompió el
trineo,
en la orilla del lago Netilling, en Nikosíring, hallándola
allí a la primavera
siguiente
uno de los habitantes del país, el cual se lo vendió, en
Imigen, a un hombre
que
era intérprete de un ballenero del estrecho de Cúmberland,
y éste, a su vez, se lo
vendió
a Hans Olsen, que posteriormente fue contramaestre de un
vapor que llevaba
viajeros
al cabo norte de Noruega. Cuando terminó la estación turística
para estos
viajes,
el vapor hizo travesías entre Londres y Australia, haciendo
escala en Ceilán; allí
vendió
Olsen la plancha de marfil a un joyero cingalés por dos
zafiros falsos. Por
último,
yo la encontré bajo un montón de cosas inútiles en una
casa de Colombo, y la
descifré
del principio al fin.
ANGUTIVAUN
TAINA
(Esta
es una traducción muy libre de la "Canción del
Cazador que Regresa", como los
hombres
la cantaban después de cazar focas. El ínuit repite
siempre una y mil veces lo
mismo.)
Nuestros
guantes están endurecidos por la sangre helada
y
nuestras pieles por la nieve que en montón se junta.
Regresamos
de cazar focas... focas
que
vivir suelen en los bancos de hielo.
¡Au jana! ¡Oha! ¡Aua! ¡Haq!
Veloces
los tiros de perros pasan,
hay
chasquidos de látigos, y los hombres regresan,
regresan
de cazar focas, de los bancos de hielo.
Seguimos
a la foca hasta su escondite secreto
oímos
cómo escarba bajo tierra;
tendidos
en la nieve las acechamos
en
el límite de los bancos de hielo.
Le
arrojamos la lanza cuando a respirar sale,
se
la arrojamos así.. . y así.
hiriéndola
de tal manera, matándola
de
tal suerte allá en los bancos de hielo.
Pegajosos
están nuestros guantes de sangre helada,
pesan
nuestros párpados con la nieve;
pero
a la esposa y al hogar
volvemos,
de allá, de los bancos de hielo.
¡Au jana! ¡Aua! ¡Oha! ¡Haq!
Los
cargados trineos parecen volar;
las
mujeres oyen cómo vuelven sus hombres
de
allá, desde lejos, de los bancos de hielo.
Rikki-tikki-tavi
Desde
el hueco en que entró
Rikki-tikki
llamó a Nag;
oíd
lo que le dijo:
Nag,
ven con la muerte a bailar.
Ojo
con ojo, testa con testa,
(lleva
el paso, Nag);
termina
esto cuando uno muere
(cuanto
gustes, durará).
Vuélvete
allá, tuécete ahora...
(¡corre
y escóndete, Nag!)
¡Ah!
¡Vencido te ha la muerte!
(¡Qué
mala suerte, Nag!)
Esta
es la historia de la gran guerra que Rikki-tikki-tavi llevó
al cabo, sola, en los
cuartos
de baño del gran bungalow en el acantonamiento de Segowlee.
Darzee, el pájaro
tejedor,
la ayudó, y la aconsejó Chuchundra, el almizclero, que
nunca camina por en
medio
del piso, sino que se arrastra pegado a las paredes; pero
Rikki-tikki-tavi llevó el
peso
de la lucha.
Era
una mangosta, muy parecida a un gatito en la piel y en la
cola, pero más semejante a
una
comadreja por su cabeza y sus costumbres.
Sus
ojos y el extremo de su inquieto hocico eran de color de
rosa; podía rascarse en
cualquier
parte de su cuerpo con cualquiera de sus patas, ya fueran
las anteriores, ya las
posteriores;
podía enarbolar su cola poniéndola como si fuera un
escobillón, y su grito
de
guerra, mientras se deslizaba por la hierba, era:
Rikk-tikk-tikki-tikki-tchik.
Un
día, una gran avenida veraniega se la había llevado de la
madriguera en que vivía
con
su padre y su madre, y la arrastró, pateando y cloqueando
como una gallina, hasta
depositarla
en una zanja a la vera del camino. Allí encontró un pequeño
haz de hierbas
que
flotaba en el agua, y se asió de él hasta que perdió el
sentido. Cuando revivió, vio
que
estaba echada al sol en la mitad de un sendero de jardín,
muy mal cuidado por
cierto,
y oyó que un niño decía:
-Aquí
está una mangosta muerta. Vamos a enterrarla.
-No
-dijo su madre-. Llevémosla adentro para secarla. Quizás
no está realmente muerta.
La
llevaron a la casa, y un hombre grueso la tomó con el
pulgar y el índice, y dijo que
no
estaba muerta, sino medio ahogada; así pues, la envolvieron
en algodón y le dieron
calor,
y entonces ella abrió los ojos y estornudó.
-Ahora
-dijo el hombre grueso (el cual era un inglés que acababa
de mudarse al
bungalow)
- no la asusten, y veremos lo que hace.
La
cosa más difícil del mundo es asustar a una mangosta,
porque, de la cabeza a la cola,
se
la come viva la curiosidad.
El
lema de toda la familia de mangostas es: "Corre y
busca." Rikki-tikki le hacía honor
a
estas palabras. Miró el algodón, juzgó que no era bueno
para comer, correteó por la
mesa,
se sentó y se alisó la piel, se rascó y saltó sobre el
hombro del niño.
-No
tengas miedo, Teddy -le dijo su padre-. Es su manera de
hacerse amiga.
-¡Oh!
Me hace cosquillas en la barba -dijo Teddy.
Rikki-tikki
se asomó por el cuello del niño mirando hacia adentro, le
olió una oreja y
saltó
al suelo, restregándose el hocico.
-¡Jesús!
-dijo la mamá de Teddy-. ¿Y eso es un animal salvaje?
Supongo que es tan
manso
porque lo tratamos bien.
-Así
son todas las mangostas -díjole su marido-. Si Teddy no la
coge por la cola y no la
enjaula,
entrará y saldrá de la casa todo el día. Démosle algo de
comer.
Le
dieron un poco de carne cruda. A Rikki-tikki le gustó muchísimo;
cuando terminó de
comerla
se fue a la galería de la casa, se sentó al sol y erizó
todos los pelos de su piel
para
que se secaran hasta la raíz. Después de esto, se sintió
mejor.
-Hay
más cosas que descubrir en esta casa -se dijo-, que cuantas
pudiera hallar toda mi
familia
en su vida. Aquí me quedaré ciertamente para
inspeccionarlo todo.
Todo
el santo día se lo pasó dando vueltas por la casa. Casi se
ahogó en las bañeras;
metió
el hocico en la tinta, sobre la mesa de escribir, y luego se
lo chamuscó con la
punta
del cigarro que fumaba el hombre grueso, pues se había
subido a sus rodillas para
ver
lo que era escribir. Al anochecer se fue al cuarto de Teddy
para ver cómo se
encendían
las lámparas, y cuando Teddy se acostó, Rikki-tikki se
encaramó también en
su
cama; pero era una compañera sumamente inquieta, porque
cada ruido la ponía alerta
y
tenía que averiguar lo que lo había producido. A última
hora los padres de Teddy
entraron
en la habitación para ver a su hijo, y allí estaba Rikki-tikki
despierta, sobre la
almohada.
-No
me gusta esto -dijo la mamá de Teddy-; podría morderlo.
-No
lo hará -respondió el padre-. Teddy está más seguro con
esa fierecilla a su lado que
si
lo acompañara un perro de presa. Si entrara ahora en el
cuarto alguna serpiente...
Pero
la mamá de Teddy no quería ni pensar en semejante cosa.
Al
día siguiente, muy temprano, Rikki-tikki se fue a almorzar
a la galería, cabalgando
sobre
el hombro del niño, y le dieron plátano y huevo pasado por
agua, y ella se puso
sucesivamente
sobre las rodillas de cada uno, porque toda mangosta bien
educada
abriga
siempre la esperanza de convertirse algún día en animal
doméstico y de tener
salas
en donde corretear; además, la madre de Rikki-tikki (que
había vivido en la casa del
general, en Segowlee) le había enseñado cuidadosamente a
Rikki qué debía hacer si
algún
día se hallaba entre hombres blancos.
Después,
Rikki-tikki se fue al jardín para ver lo que era digno de
ser visto. Era un jardín
grande,
a medio cultivar, con espesos rosales de los llamados
"Mariscal Niel", grandes
como
cenadores; naranjos y limoneros, bambúes y montones de
hierba alta. Rikki-tikki
se
relamió de gusto.
-¡Magnífico
cazadero! -se dijo, y la cola se le puso como escobillón de
sólo pensarlo.
Correteó
de un lado a otro, husmeando aquí y allá, hasta que oyó
plañideras voces en un
espino.
Eran
Darzee, el pájaro tejedor, y su esposa. Habían construido
un hermoso nido
juntando
dos grandes hojas, cosiendo los bordes con fibras y llenando
el hueco con
algodón
y pelusa, blanda como fino plumón. El nido se balanceaba
mientras ellos
estaban
sobre el borde lamentándose.
-¿Qué
sucede? -preguntó Rikki-tikki.
-Nos
sentimos inconsolables -dijo Darzee-. Uno de nuestros cuatro
pequeñuelos se cayó
del
nido y Nag se lo comió.
-¡Ah!
-respondió Rikki-tikki-. ¡Qué cosa tan triste! Pero yo
soy aquí forastera. ¿Quién
es Nag?
Sin
responder, Darzee y su esposa se metieron en su nido, porque
de la espesa yerba que
crecía
al pie del arbusto salió un silbido sordo... un sonido
horrible, frío, que hizo saltar
hacia
atrás a Rikki-tikki a medio metro de distancia. Entonces
fueron saliendo de la
hierba,
pulgada a pulgada, la erguida cabeza y la extendida capucha
de Nag, la gran
cobra
negra, cuya longitud era de metro y medio desde la lengua
hasta la cola. Cuando
hubo
levantado del suelo una tercera parte de su cuerpo,
permaneció balanceándose, tal
y
como se balancea en el aire un corimbo de "dientes de
león", y miró a Rikki-tikki con
aquellos
malvados ojos de las serpientes que nunca cambian de expresión,
cualquiera
que
sea la cosa en que esté pensando la serpiente.
-¿Quién
es Nag? -dijo-. Yo soy Nag. El gran dios Brahma puso sobre
nuestra gente su
marca
cuando la primera cobra extendió su capucha para que el sol
no tocara a Brahma
mientras
dormía. ¡Mírame y tiembla!
Extendió
entonces más que nunca su capuchón, y Rikki-tikki pudo ver
detrás de él la
señal
como de unos anteojos y comparable en todo a la hembra en
que encajan los
corchetes.
Durante un minuto sintió miedo; pero es imposible que una
mangosta sienta
miedo
durante mucho tiempo, y aunque Rikki-tikki nunca había
visto a una cobra viva,
su
madre la había alimentado con cobras muertas, y sabía muy
bien que la misión de
una
mangosta grande en esta vida, es pelearse con serpientes y
comérselas. También
Nag
sabía esto, y en el fondo de su frío corazón también
sintió miedo.
-Bueno
-dijo Rikki-tikki, y su cola empezó a erizarse de nuevo: Señales
o no señales,
¿crees
que es correcto comerse los pajarillos que se caen del nido?
Nag
meditaba y vigilaba hasta el más mínimo movimiento que se
produjera en la hierba
detrás
de Rikki-tikki. Sabía que, haber mangostas en el jardín
significaba la muerte,
tarde
o temprano, para ella y para su familia: pero deseaba coger
a Rikki-tikki
descuidada.
Así, bajó un poco la cabeza y la echó a un lado.
-Hablemos
-dijo-. Tú comes huevos. ¿Por qué yo no había de comer pájaros?
-¡Cuidado,
mira atrás! ¡Mira atrás! -cantó Darzee.
Rikki-tikki
era demasiado lista para perder el tiempo mirando hacia atrás.
Dio un salto
en
el aire, tan alto como pudo, y exactamente en aquel momento
pasó por debajo de
ella,
silbando, la cabeza de Nagama, la malvada esposa de Nag. Se
había deslizado
detrás
de la mangosta mientras ésta hablaba, para darle muerte;
Rikki-tikki escuchó su
rabioso
silbido por haber errado el golpe. Saltó esta última casi
atravesada, sobre su espalda,
y si hubiera sido una mangosta vieja, hubiera sabido que
entonces era el
momento
de partirle el espinazo de una dentellada; pero temió el
terrible latigazo que
con
la cola daba la cobra Mordió, sin embargo, pero no lo
suficiente, y luego saltó fuera
del
alcance de aquella cola, dejando a Nagaina herida y furiosa.
-¡Malvado,
malvado Darzee! -gritó Nag, azotando el aire a tanta altura
cuanto le fue
posible,
en dirección al nido que había en el espino; pero Darzee
lo había construido
fuera
del alcance de las serpientes, y no hizo más que
balancearse.
Rikki-tikki
sintió que sus ojos le ardían y se le inyectaban de sangre
(esto es una señal
de
ira en las mangostas), y se sentó apoyándose en la cola y
en las patas traseras, como
un
canguro, y miró en torno suyo, rechinando los dientes de
rabia.
Pero
Nag y Nagaina habían desaparecido ya en la hierba. Cuando
una serpiente yerra el
golpe,
nunca dice nada ni da ninguna señal de lo que hará en
seguida. A Rikki-tikki no
se
le antojó seguirlas, porque no se sintió segura de poder
combatir con dos serpientes a
la
vez. Así pues, se dirigió al caminillo enarenado, cerca de
la casa, y allí se sentó para
pensar.
Era un asunto muy importante para ella.
Si
leen ustedes libros antiguos de Historia Natural, verán que
se dice en ellos que,
cuando
una mangosta lucha contra una serpiente y es mordida por ésta,
corre a comer
una
yerba que la cura. Esto no es cierto. La victoria sólo es
cuestión de rapidez de
miradas
y de movimientos (a cada golpe de la serpiente, un salto de
la mangosta), y
como
ningún ojo puede seguir el movimiento de la cabeza de una
serpiente cuando
ataca,
las cosas ocurren de un modo más maravilloso que si
interviniera alguna yerba
mágica. Rikki-tikki sabía que todavía era joven, y esto la hizo
alegrarse mucho más al
pensar
que había logrado evitar el golpe que le habían dirigido
por la espalda. Esto le
dio
confianza en sí misma, y cuando Teddy vino corriendo por el
sendero, ya Rikki-tikki
estaba
en disposición de que la acariciaran.
Pero,
exactamente cuando Teddy se agachaba, algo se movió un poco
entre el polvo, y
una
vocecilla dijo:
-¡Cuidado!
Yo soy la muerte.
Era
Karait, la pequeñísima serpiente color de tierra, que
gusta de echarse en el polvo; su
mordedura
es mortífera como la de una cobra. Pero es tan pequeña que
nadie piensa en
ella,
y así resulta mucho más dañina.
Los
ojos de Rikki-tikki se inyectaron de nuevo, y bailó delante
de Karait con aquel
balanceo
particular heredado de su familia. Es algo muy curioso, pero
es una marcha tan
perfectamente
balanceada, que puede salirse disparado cuando se quiere
desde cualquier
ángulo
de la misma, lo que significa una ventaja para habérselas
con una serpiente. Si
Rikki-tikki
hubiera tenido más experiencia, sabría que se había
metido en una empresa
mucho
más peligrosa que la de luchar contra Nag, porque Karait es
tan pequeña y puede
revolverse
tan rápidamente, que a menos que Rikki la mordiera
precisamente detrás de
la
cabeza, recibiría ella la mordida en un ojo o en un labio.
Pero Rikki no sabía esto;
tenía
los ojos como ascuas y se balanceaba hacia atrás y hacia
adelante, mirando dónde
podría
morder mejor. Karait atacó. Rikki saltó de lado e intentó
lanzarse sobre ella; pero
la
malvada cabeza, gris y polvorienta, embistió, rozándole
casi el hombro, y Rikki saltó
por
encima del cuerpo mientras la cabeza seguía muy de cerca
sus patas.
Teddy
gritó a la gente de la casa:
-¡Miren,
miren! Nuestra mangosta está matando una serpiente.
Rikki-tikki
oyó el grito de la madre de Teddy, y el padre corrió
provisto de un bastón.
Pero
cuando llegó, ya Karait había embestido con poca
prudencia, y Rikki-tikki saltó, se
arrojó
a la espalda de la serpiente, bajó la cabeza entre las
patas delanteras cuanto pudo,
e
hincó los dientes en la espalda, lo más alto posible, y
cayó rodando a alguna distancia.
La
mordida paralizó a Karait, y Rikki-tikki se preparaba para
devorarla empezando por la
cola, según costumbre de su familia a la hora de la comida,
cuando se acordó de que
un
estómago lleno hace que una mangosta se sienta pesada, y
que, si quería conservar
toda
su fuerza y agilidad, debería mantenerse flaca.
Así
pues, se fue a tomar un baño de polvo a la sombra de unas
matas de ricino, mientras
el
padre de Teddy golpeaba a la muerta Karait.
-¿De
qué sirve eso? -pensó Rikki-tikki-. ¡Yo ya dejé todo
listo!
Entonces,
la madre de Teddy la levantó del polvo y la acarició,
diciendo que había
salvado
la vida de su hijo; el padre manifestó que todo había sido
providencial, y Teddy
mismo
miraba todo con grandes y espantados ojos. Rikki-tikki
estaba muy divertida con
todo
esto, y desde luego no entendía ni una palabra. La madre de
Teddy podía haberla
acariciado
lo mismo por haberla visto jugando en el polvo. Rikki-tikki
se regodeaba de
lo
lindo.
Al
anochecer, a la hora de la comida, mientras caminaba por
entre las copas de vino,
sobre
la mesa, hubiera podido atiborrarse tres veces más de lo
que necesitaba, con muy
buenas
cosas; pero se acordó de Nag y de Nagaina, y aunque era muy
agradable verse
halagada
y acariciada por la madre de Teddy y ponerse en el hombro de
éste, los ojos se
le
inyectaban de cuando en cuando y lanzaba su largo grito de
guerra: iRikk-tikk-tikki-tikki-
tchik,
Se
la llevó Teddy a la cama y se empeñé en que se durmiera
debajo de su barba. Rikki
era
demasiado bien educada para morderle o arañarle; pero, en
cuanto Teddy se quedó
dormido,
se marchó a dar su acostumbrado paseo en derredor de la
casa, y en la
oscuridad
se tropezó con Chuchundra, el almizclero, que se arrastraba
junto a una pared.
Chuchundra
es un animalito que vive desconsolado. Llora y se queja
durante toda la
noche,
tratando de decidirse a correr por el centro de las
habitaciones, pero nunca llega
hasta
allí.
-No
me mates dijo Chuchundra sollozando-. ¡No me mates, Rikki-tikki!
-¿Crees
que el que mata serpientes, mata almizcleros? -respondió
Rikki,
desdeñosamente.
-Los
que matan serpientes, serán muertos por ellas dijo
Chuchundra más desconsolado
que
nunca-. ¿Cómo puedo estar seguro de que Nag no me
confundirá contigo cualquier
noche
oscura?
-No
hay la menor probabilidad de eso -respondió Rikki-tikki-;
Nag está en el jardín, y
yo
sé que tú nunca vas por allí.
-Mi
prima Chua, la rata, me habló... -dijo Chuchundra, y luego
enmudeció.
-¿De
qué te habló?
-¡Chito!
Nag está en todas partes, Rikki; deberías haber hablado
con Chua, allá en el
jardín.
-Pues
no hablé con ella, por tanto ahora tú hablarás. ¡Pronto,
Chuchundra, o te muerdo!.
Sentóse
Chuchundra y se puso a llorar de tal modo que las lágrimas
le escurrían por los
bigotes..
-¡Soy
un desdichado! -sollozó-. Nunca tuve suficiente fortaleza
de espíritu para correr
por
el centro de la sala. ¡Chitón! No debo decirte nada. ¿No
oyes, Rikki-tikki?
Ésta
puso atención. La casa estaba completamente tranquila, pero
le pareció que oía un
suavísimo raerae, muy apagado (ruido semejante al que produce una
avispa caminando
por
el cristal de una ventana), el seco rumor que produce una
serpiente al rozar sobre
ladrillos.
-Es
Nag o Nagaina -pensó- que entran por la compuerta del
cuarto de baño. Tienes
razón, Chuchundra; debí hablar con Chua.
Se
deslizó suavemente hacia el cuarto de baño de Teddy, pero
allí nada había, de
manera
que se dirigió al de la madre del niño. En la parte baja
de una de las paredes de estuco
había un ladrillo levantado, a guisa de compuerta, por
donde penetraba el agua
del
baño, y cuando Rikki-tikki entró, caminando por la orilla
de los bordillos de
albañilería
sobre los cuales está el baño, oyó que Nag y Nagaina
charlaban muy bajo en
la
parte de afuera, a la luz de la luna.
-Cuando
la casa esté vacía -decía Nagaina a su marido-, ella se
verá obligada a
marcharse,
y el jardín volverá a ser nuestro. Entra sin hacer ruido,
y acuérdate de que el
primero
que hay que morder, es al hombre que mató a Karait. Luego
sales, y vienes a
decírmelo,
y entre los dos le damos caza a Rikki-tikki.
-¿Pero
estás segura de que ganaremos algo matando a la gente?
-dijo Nag.
-Lo
ganaremos todo. Cuando no había nadie en el bungalow, ¿había
acaso alguna
mangosta
en el jardín? Mientras el bungalow esté deshabitado,
seremos el rey y la reina
del
jardín; y recuerda que, tan pronto como se rompan los
huevos que pusimos en el
melonar
y nazcan nuestros pequeñuelos (lo que podría ocurrir mañana
mismo), nuestros
hijos
necesitarán espacio y tranquilidad.
-No
había pensado en eso -dijo Nag-. Iré, pero no es preciso
que le demos caza a Rikki-tikki
después.
Mataré al hombre grueso y a su esposa, y al niño, si
puedo, y luego
regresaré
tranquilamente; entonces, como quedará vacío el bungalow,
se marchará
Rikki-tikki.
Al
oír esto, Rikki se estremeció de coraje y odio, y la
cabeza de Nag apareció en la
compuerta,
y luego, todo el helado cuerpo de metro y medio de largo.
Rabiosa como
estaba, Rikki-tikki sintió miedo al ver el tamaño de la cobra. Nag
se enroscó en espiral,
levantó
la cabeza y miró el cuarto de baño en medio de la
oscuridad y Rikki pudo ver
cómo
brillaban sus ojos.
-Ahora,
si la mato aquí, Nagaina lo sabrá; y si la ataco en campo
abierto, en mitad del
cuarto,
las probabilidades estarán a su favor -díjose Rikki-tikki-tavi-.
¿Qué haré?
Se
balanceó Nag, y luego la oyó Rikki-tikki beber en la jarra
grande que servía para
llenar
el baño.
-Está
bien -dijo la serpiente-. Veamos: cuando mataron a Karait,
el hombre grueso
llevaba
un bastón. Puede ser que todavía lo tenga; pero cuando
venga a bañarse en la
mañana,
no lo tendrá. Esperaré aquí hasta que venga. ¿Oyes,
Nagama? Esperaré aquí, al
fresco,
hasta que sea de día.
No
hubo contestación desde fuera, y así supo Rikki-tikki que
Nagama se había
marchado.
Nag enroscó sus anillos, uno a uno, en torno del fondo de
la jarra, y Rikki-tikki
permaneció
quieta, como una muerta. Al cabo de una hora empezó a
moverse,
músculo
a músculo, hacia la jarra. Nag estaba durmiendo, y Rikki-tikki
contempló su
ancha
espalda, pensando cuál sería el mejor sitio para morderla.
-Si
no le rompo el espinazo al primer salto -díjose Rikki-,
podrá luchar todavía; y si
lucha.
-¡ay, Rikki!
Contempló
la parte más gruesa del cuello, bajo la capucha, pero
aquello era demasiado
ancho
para ella, y en cuanto a una dentellada cerca de la cola, sólo
haría que Nag se
enfureciera
más.
-Necesariamente
el ataque debe ser a la cabeza -díjose por último; a la
cabeza, por
encima
de la capucha, y una vez hincados allí mis dientes, no debo
soltar la presa.
Entonces
saltó sobre la cobra. Tenía ésta la cabeza un tanto
apartada de la jarra, bajo la
curva
de ésta; en cuanto clavó los dientes, Rikki pegó su
cuerpo al rojo recipiente de
tierra,
para mejor sostener contra el suelo aquella cabeza. Esto le
dio un momento de
ventaja
y le sacó todo el partido posible. Luego se vio sacudida de
un lado a otro, como
ratón
cogido por un perro, de aquí para allá, de arriba abajo,
dando vueltas, describiendo
grandes
círculos; pero sus ojos estaban inyectados de sangre, y
mantuvo cogida a su
presa,
aunque el cuerpo de la serpiente azotaba el suelo como un látigo
de carretero, arrojando
al suelo un bote de hojalata, la jabonera y un cepillo para
friccionar la piel, y
aunque
lo golpeara contra las paredes metálicas del baño.
Rikki
aguantaba de firme y apretaba cada vez más, porque estaba
muy segura de que
recibiría
un golpe que acabaría con ella, y, por el honor de su
familia, deseaba que la
encontraran,
al menos, con los dientes bien apretados. Estaba mareada,
dolorida, y le
parecía
que estaban descuartizándola, cuando de pronto, estalló
algo semejante a un
trueno,
exactamente detrás de ella; cierto aire caliente la hizo
rodar sin sentido, en tanto
que
un fuego muy rojo le quemaba la piel. El hombre grueso había
despertado con el
ruido,
y había disparado los dos cañones de una escopeta de caza
precisamente detrás de
la
capucha de Nag.
Rikki-tikki
siguió sin soltar su presa, con los ojos cerrados, porque
ahora estaba muy
segura
de estar muerta; pero aquella cabeza ya no se movía, y el
hombre grueso la cogió
a
ella y dijo:
-Alicia,
es nuestra mangosta otra vez; la pobrecilla nos salvó la
vida a nosotros.
Entró
entonces la madre de Teddy, muy pálida, y vio los restos de
Nag, mientras Rikki-tikki
se
arrastraba a la habitación del niño, para acabar de pasar
la noche, mitad
descansando,
mitad sacudiéndose suavemente, para ver si en realidad
estaba rota en
cincuenta
pedazos, como crema.
Al
llegar la mañana, apenas podía moverse, pero se sentía
muy contenta de lo que había
hecho.
-Todavía
me falta ajustar cuentas con Nagaina, lo cual será peor que
cinco Nag juntas, y
no
hay que decir lo que sucederá cuando se rompan los huevos
de que habló. ¡Santo
cielo!
debo hablar con Darzee -se dijo.
Sin
esperar la hora del almuerzo, Rikki-tikki corrió hacia el
espino donde se hallaba
Darzee
cantando una canción triunfal a voz en cuello. La noticia
de la muerte de Nag se
había
extendido por todo el jardín, porque el barrendero había
arrojado el cuerpo al
estercolero.
-¡Imbécil
montón de plumas! -dijo Rikki-tikki, incomodada-. ¿esta es
hora de cantar?
-¡Nag
ha muerto!... ¡Ha muerto... Ha muerto!... -cantó Darzee-.
¡La valiente Rikki-tikki
la
cogió de la cabeza y no soltó presa! El hombre grueso
trajo el palo que hace
estruendo,
y Nag cayó partida en dos. No volverá a comerse a mis
hijos.
-Es
verdad eso, pero, ¿dónde está Nagaina? -respondió Rikki-tikki,
mirando
cuidadosamente
en torno suyo.
-Nagaina
fue a la compuerta del baño y llamó a Nag -respondió
Darzee-; pero Nag salió
puesta
en el extremo de un palo..., porque el barrendero la cogió
de ese modo y la arrojó
al
estercolero. Cantemos a la grande Rikki-tikki, la de ojos
color de sangre.
Y
Darzee hinché el cuello y cantó.
-¡Si
pudiera llegar a tu nido, echaría abajo a todos tus
chiquillos! -dijo Rikki-tikki-. No
sabes
hacer la cosa debida,. a su debido tiempo. Estás a salvo
allí en tu nido, pero aquí
abajo
estoy en guerra. Deja de cantar por un momento, Darzee.
-Por
complacer a la grande, a la hermosa Rikki-tikki, dejaré de
cantar -respondió
Darzee-.
¿Qué sucede, matadora de la terrible Nag?
-Por
tercera vez te pregunto: ¿dónde está Nagaina?
-Entre
el estiércol del establo, llorando a Nag. ¡Grande es Rikki,
la de los blancos
dientes!
-¡Deja
en paz a mis blancos dientes! ¿Oíste decir dónde guarda
sus huevos?
-En
el melonar, en el extremo que está más cerca de la pared,
donde el sol da casi todo
el
día. Allí los escondió hace unas semanas.
-¿Y
nunca pensaste que valía la pena decírmelo? ¿En el
extremo, hacia el lado más
cercano
a la pared, dijiste?
-Rikki-tikki,
¿no se te antojará ahora ir a comerte los huevos?
-No
a comérmelos precisamente; no. Darzee, si tienes una pizca
de sentido común,
volarás
ahora hacia el establo y fingirás que tienes una ala rota,
y dejarás que Nagaina te
persiga
hasta este arbusto. Tengo que ir al melonar; pero, si voy
ahora, ella me verá.
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