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II - Continuación

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación I) 

Mowgli obedeció estrictamente lo que se le ordenaba.

Y creció, creció tan robusto como es forzoso que crezca un niño que no tiene que preocuparse por estudiar las lecciones que aprende por modo natural, y para quien no existen más cuidados que el de conseguir la comida.

Una o dos veces le intimó mamá Loba que desconfiara de Shere Khan, y asimismo le dijo que tendría que matarlo un día u otro. Pero, aunque un lobato hubiera recordado este consejo a cada momento, Mowgli lo olvidó por completo, como niño que era, por más que él mismo, indudablemente, se hubiera calificado a sí mismo de lobo a haber podido hablar en alguna lengua de las que usan los hombres.

Shere Khan salíale continuamente al paso, porque como Akela se hacía ya viejo y cada día disminuían sus fuerzas, el tigre cojo había llegado a tener estrecha amistad con los lobos más jóvenes de la manada que le seguían para recoger sus sobras; nunca hubiera tolerado esto Akela, de haberse atrevido a ejercer su autoridad llevándola al extremo.

En estas ocasiones los halagaba Shere Khan mostrándose sorprendido de que tales cazadores, tan jóvenes y excelentes, se dejaran guiar por un lobo que ya estaba medio muerto y por un cachorro humano.

-Me dicen -afirmábales Shere Khan- que no se atreve nadie de ustedes a mirar en los ojos al hombrecito cuando se reúnen en consejo.

Y los lobos le contestaban gruñendo, erizado el pelo.

Algo de esto llegó a oídos de Bagheera, que parecía estar en todas partes viéndolo y oyéndolo todo, y en más de una ocasión le explicó a Mowgli en pocas palabras que Shere Khan lo mataría algún día. A esto respondía Mowgli, riéndose:

-Cuento con la manada y contigo. E inclusive Baloo, con toda su pereza, no dejaría de dar algunos golpes en mi defensa. ¿Por qué, pues, inquietarme?

Un día en que el calor era excesivo, se le ocurrió una idea a Bagheera, idea nacida de algo que había oído. Probablemente debía la noticia a Ikki, el puerco espín. Ello fue que le dijo a Mowgli, cuando se encontraban ambos en lo más profundo de la selva, y en tanto que el muchacho reclinaba la cabeza sobre la hermosa y negra piel de Bagheera:

-¿Cuántas veces te he dicho, hermanito, que Shere Khan es enemigo tuyo?

-Tantas veces cuantos frutos tiene esa palmera -respondió Mowgli que, por supuesto, no sabía contar-.

¡Bueno! ¿Y qué? Tengo sueño, Bagheera, y Shere Khan no tiene sino mucha cola y muchas palabras. . . como Mao, el pavo real.

-No es hora de dormir. Baloo sabe que es verdad; lo sabe toda la manada, y hasta los infelices y simplicísimos ciervos lo saben. Además, a ti mismo te lo ha dicho Tabaqui.

-¡Oh! -respondió Mowgli-. El otro día llegóse a mí con impertinencias de que si yo era un desnudo cachorro de hombre y que no servía ni para desenterrar raíces. Pero lo cogí de la cola y le di contra una palmera dos veces para enseñarle a tener mejores modales.

-¡Vaya tontería! Aunque Tabaqui es un chismoso, te hubiera dicho algo que te interesa mucho. ¡Abre esos ojos, hermanito! Shere Khan no se atreve a matarte en la selva; acuérdate, sin embargo, de que Akela es ya muy viejo, y que no tardará en llegar el día en que le será imposible cazar un solo gamo. Ese día dejará de ser jefe. Son ya viejos también muchos de los lobos que te admitieron cuando que los son jóvenes creen, porque así fuiste presentado al consejo, y se lo enseñó Shere Khan, que un cachorro humano no tiene derecho a estar en la manada. En poco tiempo serás ya un hombre.

-¿Qué es, pues, un hombre, para que no pueda juntarse con sus hermanos? -dijo Mowgli-. Nací en la selva; he obedecido su ley, y no hay un solo lobo entre los nuestros de cuyas patas no haya yo arrancado alguna espina. ¿Cómo dudar de que son mis hermanos?

Se tendió Bagheera cuan larga era, y, con los ojos entrecerrados, dijo:

-Toca aquí, hermanito, bajo mi quijada.

Levantó Mowgli su áspera y tostada mano, y, precisamente debajo de la sedosa barbilla de Bagheera, donde los enormes y movibles músculos quedaban ocultos por el luciente pelo, encontró un espacio raído.

-Nadie, en toda la extensión de la selva sabe que yo, Bagheera, tengo esta marca, la marca que deja el collar. Y, con todo, hermanito, yo nací entre los hombres, y entre ellos murió mi madre. .. en las jaulas del Palacio Real, en Oodeypore. Tal fue el motivo que me impulsó a pagar por ti el precio convenido en el consejo, cuando no eras más que un desnudo cachorrillo. Sí; también yo nací entre los hombres. Desconocía yo la selva. Me alimentaban en artesas de hierro tras los barrotes de la jaula, hasta que una noche despertó dentro de mi ser el sentimiento de que yo era Bagheera, la pantera, y no un juguete para la diversión de los hombres, y entonces, de un zarpazo, rompí la estúpida cerradura y escapé. Y precisamente porque aprendí las costumbres de los hombres, infundí en la selva más terror que Shere Khan. ¿No es cierto?

-Así es -dijo Mowgli-. Todos en la selva temen a Bagheera... todos, excepto Mowgli.

-¡Oh!... Tú eres un cachorro humano -dijo con gran ternura la pantera negra-, y de la misma manera que yo volví a mi selva, así tú deberás volver, finalmente, a donde están los hombres.., los hombres que son tus hermanos. Pero esto, si no te matan antes en el Consejo.

-¿Por qué ha de querer alguien matarme? ¿Por qué? -dijo Mowgli.

-¡Mírame! -contestó Bagheera..

Mowgli la miró fijamente en los ojos. Al cabo de algunos momentos, la enorme pantera volvió la cabeza.

-Por esto -dijo cambiando de posición una de sus patas, que colocó sobre un lecho de hojas-. Aun para mí es imposible mirarte a los ojos, a pesar de que yo nací entre los hombres y de que te quiero, hermanito. Pero los otros te odian porque no pueden resistir el choque de tu mirada; porque eres sabio; porque en muchas ocasiones arrancaste espinas de sus patas. . ¡ Porque eres un hombre!

-Ignoraba todo eso -respondió rudamente Mowgli, y arrugó las negras y pobladas cejas.

-¿Cuál es la ley de la selva? Esta: pega primero y avisa después. Conocen que eres un hombre hasta por el descuido con que te conduces. Pero sé prudente. El corazón me avisa que en cuanto Akela no pueda cobrar el primer gamo sobre el que se arroje (y cada día es más difícil para él apoderarse de los gamos que persigue), la manada se pondrá en contra de él y de ti. Tendrá lugar un consejo de la selva en la Peña, y entonces.., y entonces. . ¡Ya tengo una idea! -prosiguió Bagheera levantándose de un salto-. Dirígete de inmediato a las chozas de los hombres, allá en el valle y coge una parte de la Flor Roja que allí cultivan; con esto podrás contar en el momento oportuno con un apoyo más fuerte que yo, o que Baloo, o que el de los que bien te quieren en la manada. ¡Anda! ¡Ve a buscar la Flor Roja!

Con la expresión "Flor Roja", Bagheera quería significar el fuego; pero así hablaba porque en toda la selva no hay ser viviente que desee llamar el fuego por su nombre. Un miedo mortal se apodera de todas las fieras ante él, y para describir lo que tal pavor les causa inventan cien modos distintos.

-¿La Flor Roja? -dijo Mowgli-. Es la que crece fuera de las chozas en la hora del crepúsculo. Me apoderaré de ella.

-Así es como deben hablar los cachorros de los hombres -dijo Bagheera con orgullo-. Deberás recordar que esa flor crece en unas macetas pequeñas. Arrebata una y guárdala para cuando llegue la hora en que podrás necesitarla.

-¡Bueno! -respondió Mowgli-. Voy allá. -Le deslizó un brazo en torno del espléndido cuello y la miró profundamente en los grandes ojos, y continuó-: Pero, ¿estás segura, ¡Bagheera mía!, de que todo esto es obra de Shere Khan?

-Por la cerradura que me dio la libertad, te aseguro que sí, hermanito.

-Pues si así es, ¡por el toro que sirvió como rescate de mi vida!, te prometo que saldaré mis cuentas con Shere Khan, y hasta es posible que le pague inclusive algo más de lo que le debo.

Y al decir esto, salió rápidamente.

-este es un hombre.., todo un hombre -se dijo Bagheera, tendiéndose de nuevo en el suelo-. ¡Ah, Shere Khan! ¡Nunca emprendiste más funesta cacería que la de esta rana, diez años hace!

Mowgli se alejó por el interior del bosque a todo correr, y sentía como si el corazón le ardiera en el pecho.

A la hora en que empezaba a elevarse la niebla vespertina, llegó a la cueva; se detuvo para tomar aliento y miró hacia el fondo del valle. Los lobatos estaban ausentes. pero mamá Loba, desde la profundidad de la caverna, conoció que algo le pasaba a su rana, por el modo de respirar de ésta.

-¿Qué sucede, hijo? -preguntó.

-Habladurías propias de murciélagos, de ese Shere Khan -le respondió Mowgli-. Esta noche cazo en terreno labrantío.

Hundióse luego entre los arbustos y se dirigió al sitio por donde corrían las aguas en el fondo del valle. Oyó los salvajes alaridos de la cacería en que se hallaba la manada, y se detuvo: el mugido del sambhur perseguido; el resoplar del gamo cuando se ve acorralado.

Resonó entonces el coro de perversos e insultantes aullidos de los lobos más jóvenes:

-¡Akela! ¡Akela! ¡Que el Lobo Solitario muestre su fuerza! ¡Paso al jefe de la manada!

¡Salta, Akela!

Debió saltar el Lobo Solitario, marrando el golpe, porque Mowgli oyó el chasquido de los dientes y luego una especie de ladrido cuando el sambhur lo hizo rodar al suelo al empujarlo con las patas delanteras.

No quiso esperar más para ver lo que sucedía. Siguió adelante y los gritos se oyeron cada vez más débiles a medida que se alejaba en dirección de las tierras de labor, donde vivían los campesinos.

-Bagheera tenía razón -se dijo, jadeando fuertemente en tanto se arrellanaba sobre unos forrajes que encontró bajo la ventana de la choza-, Mañana será un día muy importante para Akela y para mi.

Pegando luego la cara a la ventana, miró el fuego que ardía en el suelo. Durante la noche vio a la mujer del labriego levantarse y arrojar sobre las llamas unos trozos de algo negro. Y por la mañana, cuando aún estaba todo envuelto en blanca y fría neblina, vio a un pequeño, hijo del campesino, coger algo como una maceta de mimbres, enjalbegada por dentro con tierra, llenarla de enrojecidas brasas, colocarla bajo una manta y salir para cuidar las vacas en el establo.

-¿Es esto todo? -dijo Mowgli-. Si un cachorro como ése puede hacerlo, entonces nada debo temer.

Dobló la esquina de la casa, corrió hacia el muchacho, le arrebató aquella como maceta y desapareció con ella entre la niebla en tanto que el chico chillaba, atemorizado.

Se parecen mucho a mí -dijo Mowgli soplando en la maceta, pues así había visto que la mujer hacía-. Esto se me morirá si no lo alimento, añadió. Y púsose a arrojar ramitas de árbol y cortezas secas sobre aquella materia de un color rojo tan vivo.

A mitad de la colina se encontró con Bagheera, cuya piel, por el rocío matinal, parecía salpicada de piedras preciosas.

-Akela erró el golpe -dijo la pantera-. A no ser porque te necesitaban también a ti, lo hubieran matado anoche. Fueron en busca tuya a la colina.

-Yo andaba por las tierras de labor. Estoy listo. ¡Mira!

Y Mowgli le mostró aquella especie de maceta llena de fuego.

-¡Bueno! Falta aún otra cosa. Yo he visto a los hombres arrojar una rama seca sobre esto, y al poco rato se abría la Flor Roja al extremo de la rama. ¿No tienes miedo de hacer lo mismo?

-No. ¿Por qué he de tener miedo? Recuerdo ahora (si no es esto un sueño) que, antes de ser lobo me acosté junto a la Flor Roja, y la sentía caliente y agradable.

Todo aquel día lo pasó Mowgli en la caverna cuidando su maceta y echando dentro de ella ramas secas para ver el efecto que producían después. Halló una rama a su gusto. Al anochecer, cuando Tabaqui llegó a la cueva y le dijo muy rudamente que lo necesitaban en el Consejo de la Peña, se estuvo riendo hasta que Tabaqui echó a correr. Se dirigió entonces al Consejo, pero riendo aún.

Junto a la roca, como signo de que la jefatura de la manada se hallaba vacante, estaba echado Akela, el Lobo Solitario. Shere Khan, con su cohorte de lobos ahítos de sus sobras, paseaba de un lado a otro con aire resuelto y satisfecho. Bagheera estaba echada junto a Mowgli éste tenía, entre sus piernas, la maceta del fuego.

Cuando estuvieron todos reunidos. Shere Khan empezó a hablar, cosa que jamás hubiera osado hacer en los buenos tiempos de Akela.

-No tiene derecho a hablar- murmuró Bagheera-. Díselo. Es de casta de perro; verás cómo se atemoriza.

Mowgli se puso en pie.

-¡Pueblo Libre! -gritó--. ¿Dirige acaso la manada Shere Khan? ¿Qué tiene que ver un tigre con nuestra jefatura?

-Al ver que el puesto estaba vacante y como se me suplicó que hablara... -empezó a decir Shere Khan.

-¿Quién lo ha suplicado? ¿Es que nos hemos convertido todos en chacales para adular a este carnicero, matador de reses? La jefatura de la manada pertenece en exclusiva a miembros de la manada misma.

Dejáronse oír feroces aullidos que significaban:

-¡Silencio, cachorro de hombre!

-¡Que hable! Observó fielmente nuestra ley.

Al fin, los ancianos de la manada Gritaron con voz tonante:

-¡Dejad que hable el Lobo Muerto!

Cuando un jefe de la manada yerra el golpe en la caza y no mata a la pieza que perseguía, recibe el nombre de Lobo Muerto durante el resto de su vida, que ya no es muy larga, por regla general.

Akela levantó la cabeza con aire de fatiga, porque en ella había ya impreso su sello la vejez.

-¡Pueblo Libre, y vosotros también, chacales de Shere Khan! -dijo-. Os dirigí en la caza durante doce estaciones, y siempre os volví de ella sin que ninguno cayera en una trampa o quedara inutilizado. Ahora erré el golpe. Sabéis bien que me hicisteis atacar a un gamo que no había sido corrido previamente para que así resaltara más vivamente mi debilidad. ¡Hábiles fueron vuestros manejos! Os asiste el derecho de matarme aquí, ahora mismo, en el Consejo de la Peña. Por tanto, me limito a preguntar esto: ¿quién le quitará la vida al Lobo Solitario? Porque, según la ley de la selva, a mí me asiste también otro derecho: exigir que os acerquéis a mí uno a uno.

Se hizo entonces un prolongado silencio, porque no le parecía muy agradable a ningún lobo tener un duelo a muerte con Akela.

De pronto, Shere Khan rugió:

-¡Bah! ¿Qué nos importa lo que masculle ese viejo chocho y sin dientes? ¡Pronto morirá! Ese hombrecito es quien ya ha vivido demasiado... ¡Pueblo Libre! Fue mi presa desde el primer día: dádmelo. Ya me cansa ese loco empeño de querer hacer de él un hombre lobo. Durante diez estaciones no hizo sino molestar a todo el mundo en la selva.

O me dáis a ese hombrecito, o de lo contrario os prometo que cazaré siempre aquí y no os daré ni un solo hueso. Él es un hombre, un chiquillo de los que tienen los hombres, y yo lo odio hasta los tuétanos.

Y entonces, más de la mitad de los lobos que formaban la manada, aulló:

-¡Un hombre! ¡Un hombre! ¿Qué tiene que ver con nosotros ningún hombre? ¡Que se vaya con los suyos!

-¿Y que alce contra vosotros a toda la gente de los pueblos? ¡No! Dádmelo a mí. Es un hombre, y ninguno de nosotros puede mirarlo fijamente en los ojos.

Levantó de nuevo Akela la cabeza y dijo:

-Ha comido de lo nuestro; durmió con nosotros hasta hoy; nos proporcionó caza; nada hizo que fuera contrario a la ley de la selva...

-Además, yo pagué por él un toro cuando se le aceptó. Vale poco un toro, pero el honor de Bagheera es algo por lo que acaso esté dispuesta a pelearse -dijo la pantera en un tono de voz que suavizó cuanto pudo.

-¡Un toro que fue pagado diez años atrás! -gruñeron entre dientes los lobos de la manada-. ¡Qué nos importan unos huesos roídos hace ya diez años!.

-Decid mejor: ¿qué nos importa una promesa? -respondió Bagheera, enseñando sus blancos dientes por debajo del labio-. ¡Bien os queda el nombre de Pueblo Libre!

-No puede juntarse con el Pueblo de la selva un cachorro humano -rugió Shere Khan-. ¡Deberéis entregármelo!

-Por todo es hermano nuestro, excepto por la sangre -continuó Akela-. ¡Y quisierais matarlo aquí! A la verdad, harto he vivido. Algunos de vosotros comen ganado; de otros oí decir que, bajo la dirección de Shere Khan, van de noche, amparados por las sombras, a robar niños a las mismas puertas de las aldeas. Deduzco de esto que sois cobardes y que hablo con cobardes. Ciertamente he de morir y mi vida carece ya de valor, mas, a tenerlo, la ofrecería en lugar de la del hombrecito. Pero prometo, por el honor de la manada (honor.. . una bagatela que habéis olvidado desde que no tenéis jefe), os prometo que, si permitís que ese hombre cachorro vuelva con los suyos, no he de enseñaros los dientes cuando me llegue la hora de morir; esperaré la muerte sin resistencia. De esta manera, se ahorrarán a lo menos tres vidas. No puedo hacer mas. Si aceptáis lo que os digo, os ahorraréis la vergüenza de matar a un hermano que no ha cometido ningún delito... un hermano cuya vida fue defendida y comprada cuando se le incorporó a nuestra manada, de acuerdo con la ley de la selva.

-¡Es un hombre.., un hombre. un hombre! -gruñeron los lobos, y la mayor parte de ellos se agruparon en torno de Shere Khan, que se azotaba los flancos con la cola.

-En tus manos queda ahora todo el asunto -dijo Bagheera a Mowgli-. No queda ya otra cosa para ti o para mí que luchar ambos contra todos.

Mowgli se puso en pie teniendo entre sus manos la maceta de fuego. Estiró los brazos y bostezó mirando a los del Consejo; pero se sentía loco de ira y de pena al ver que los lobos, actuando como lo que eran, le habían ocultado siempre el odio que sentían por él.

-¡Escúchenme! -gritó-. No existe ninguna necesidad de que estén aquí charlando como perros. Tantas veces me dijeron ya esta noche que soy un hombre -y, a la verdad, por mi gusto hubiera sido un lobo hasta el fin de mi vida-, que empiezo a comprender que están en lo cierto. Ya, en adelante, no les llamaré hermanos míos, sino sag (perros), como los llamaría un hombre. Ustedes no son quién para decir lo que harán o dejarán de hacer.

Este asunto me corresponde a mí. Y para que puedan hacerse cargo más claramente de esto, yo, el hombre, traje aquí una pequeña porción de la Flor Roja que tanto les atemoriza, como perros que son.

Arrojó al suelo la maceta de fuego; algunas de las brasas prendieron en un montón de musgo seco, que ardió de inmediato, en tanto que retrocedía aterrorizado todo el Consejo al ver elevarse las llamas.

Luego, lanzó Mowgli sobre el fuego la rama que llevaba, y cuando se encendió chisporroteando, empezó a agitarla rápidamente por encima de los acobardados lobos.

-Ya no queda aquí más amo que tú -dijo Bagheera en voz baja-. Salva la vida a Akela; fue siempre tu amigo.

Akela, el serio y viejo lobo que jamás había pedido misericordia a nadie, dirigió a Mowgli una triste mirada, en tanto que éste se erguía completamente desnudo, la negra y larga cabellera caída sobre los hombros, iluminado por las llamas de la encendida rama que agitaba y hacía temblar a las sombras.

-¡Bueno! -prosiguió Mowgli mirando pausadamente en torno suyo-. Ya veo que no son sino unos perros. Los dejo, para irme con mi gente... si es que hay en el mundo semejante cosa. Desde hoy la selva será campo vedado para mí y debo olvidarme de su amistad. Pero me mostraré más generoso que ustedes, por la sola razón de que, excepto el ser hermano por la sangre, fui todo para ustedes, por esta sola razón les prometo que, cuando sea un hombre entre los hombres, no les haré traición, como ustedes me la hicieron a mi..

 

Golpeó el fuego con el pie y el aire se llenó de chispas.

-Ninguna guerra habrá entre nosotros -prosiguió-. Pero antes de dejarlos, he de saldar una deuda.

Y a grandes pasos se dirigió hacia donde se hallaba sentado Shere Khan sobre sus patas y parpadeando con aire confuso al mirar las llamas, lo cogió por el puñado de pelo que tenía bajo la barba. Bagheera lo siguió, en previsión de lo que pudiera suceder.

-¡De pie, perro! -gritó Mowgli-. ¡ Levántate cuando te habla un hombre, o si no, te abrasaré la piel!

Shere Khan bajó las orejas hasta aplastarlas sobre su cabeza y entornó los ojos, porque veía muy cerca de él la rama ardiendo.

-Este cazador de reses dijo que me mataría en el Consejo, porque no pudo matarme cuando yo no era sino un cachorro. Así pagamos nosotros a los perros cuando llegamos a ser hombres. ¡Si mueves uno solo de tus bigotes, Lungri, te hundo la Flor Roja en el gaznate!

Golpeó a Shere Khan en la cabeza con la rama y gimoteó el tigre con voz plañidera, agonizante de terror.

-¡Bah! ¡Lárgate ahora, chamuscado gato de la selva! Pero deberás recordar lo que digo: cuando yo vuelva al Consejo de la Peña, como es debido que todo hombre vuelva, lo haré con mi cabeza cubierta con tu piel. Por lo demás, Akela queda en libertad de seguir viviendo, del modo que mejor le cuadre. Nadie lo matará, porque no es ésa mi voluntad.

Ni creo, tampoco, que estarán aquí más tiempo con la lengua colgando, como si fueran más que perros que yo arrojo de este lugar.

Por tanto, ¡andando!

El extremo de la rama ardía furiosamente; Mowgli empezó a vapulear con ella, a un lado y a otro, a todos los que formaban el círculo. Echaron a correr los lobos aullando al sentir que las chispas les quemaban el pelo. Y, al cabo, no quedaron sino Akela, Bagheera, y unos diez lobos que se habían puesto del lado de Mowgli.

Y entonces sintió éste en su interior un dolor como jamás lo había experimentado, y, tomando aliento, sollozó, y las lágrimas le corrieron por las mejillas.

-¿Qué es esto?.. . ¿Qué es esto?... -exclamó-. No quiero abandonar la selva y no sé qué me ocurre. ¿Estoy muriéndome acaso, Bagheera?

-No, hermanito. Eso no son sino lágrimas, como las que derraman los hombres -le explicó Bagheera-. Ahora sí eres un hombre, y no sólo un cachorro humano, como antes. A la verdad, la selva se ha cerrado para ti desde hoy. Que corran, Mowgli; no son más que lágrimas.

Mowgli se sentó y lloró como si su corazón fuera a rompérsele en pedazos. Era la primera vez que lloraba.

-Ahora me iré con los hombres -dijo-; pero antes debo despedirme de mi madre.

Dicho esto, se dirigió a la cueva donde ella vivía junto con papá Lobo, y sobre su piel derramo nuevas lágrimas en tanto que los cuatro lobatos aullaban tristemente.

-¿No me olvidarán? -les preguntó Mowgli.

-Nunca, mientras podamos seguir una pista -respondieron los cachorros-. Cuando seas un hombre, llégate hasta el pie de la colina, para que hablemos contigo. Iremos también nosotros, de noche, a las tierras de cultivo y jugaremos juntos.

-¡Vuelve pronto! -dijo papá Lobo-. ¡Vuelve pronto, pequeña rana sabia, porque tu madre y yo somos ya viejos!

-¡Vuelve pronto! -repitió mamá Loba-. ¡Vuelve pronto, desnudito hijo mío! Porque... oye esto que voy a decirte...: siempre te quise más a ti, aunque seas hijo de hombre, que a mis cachorros..

-Volveré sin duda -respondió Mowgli-. Y cuando lo haga, será para extender sobre la Peña del Consejo la piel de Shere Khan. ¡No me olviden! ¡Digan a todos en la selva que ellos tampoco me olviden nunca!...

Y apuntaba el día cuando Mowgli bajó de la colina, completamente solo, para dirigirse en busca de esos seres misteriosos que se llaman hombres.

Canción de Caza de la Manada de Seeonee

Ya el sambhur baló al amanecer
¡una vez, dos veces, tres!
Saltó un gamo, un gamo saltó
del lago, do va el ciervo a beber.
Lo pude ver yo, yo solo en acecho,
¡una vez, dos veces, tres!
Ya el sambhur baló al amanecer
¡una vez, dos veces, tres!
Regresóse el lobo, tornóse atrás
para la noticia pronto llevar a los demás:
de la ansiada pista, vámonos detrás
¡una vez, dos veces, tres!
La tribu ululó al amanecer
¡una vez, dos veces, tres!
Pies que pisan, y ni huella notarás!..
¡Ojos abiertos en la noche, y ven claro al mirar!...
¡Gritos! ¡Estruendo!... ¡Torna a escuchar!...
¡Una vez, dos veces, tres!
La Casa de Kaa
Del leopardo orgullo son sus manchas,
honor del búfalo son sus cuernos.
¡Limpio! Pues del que caza se juzga
a fuerza por el color de su piel.
Si acaso el toro te embiste y aterra,
o una cornada del sambhur recibes,
por narrarlo el trabajo no abandones,
pues cosa es que tenemos ya olvidada.
Nunca del cachorro débil y ajeno abuses;
cual a un hermano debes mirarle,
que, aunque débil y torpe, es probable
que a una osa -puede ser- tenga por madre.
Nadie corno yo! -jáctase el cachorro
cuando a sus plantas ve la primera pieza.
Pero él es pequeño, y grande, la Selva:
que medite en calma, porque ahora apenas empieza.
Máximas de Baloo.


Narramos aquí lo que sucedió algún tiempo antes de que Mowgli fuera expulsado de la manada de lobos de Seeonee y tomara venganza de Shere Khan, el tigre.

Era el tiempo en que Baloo lo instruía acerca de la ley de la selva. Muy contento y ufano estaba el serio, viejo y enorme oso pardo con aquel discípulo tan listo, pues a los lobatos no les gusta aprender de la ley de la selva sino lo que se refiere a su propia manada y tribu, y se escapan en cuanto aprenden de memoria estas palabras de la Canción de Caza: "Pies que pisan sin el menor ruido; ojos que ven en plena oscuridad; orejas capaces de oír los diferentes vientos desde el cubil; blancos y afilados dientes: características son todas estas de nuestros hermanos, exceptuando a Tabaqui, el chacal, y a la hiena, que odiamos."

Pero Mowgli, como hombrecito que era, tuvo que aprender muchas cosas más.

Bagheera, la pantera negra, se acercaba en algunas ocasiones, curioseando por la selva, para ver cómo andaba su niño mimado; apoyaba la cabeza contra un árbol y escuchaba, roncando sordamente, la lección que Mowgli recitaba a Baloo. Trepaba el muchacho a los árboles casi con la misma facilidad con que andaba; nadaba casi con la misma habilidad con que corría. Por esto Baloo, el maestro de la ley, le enseñó las leyes del bosque y del agua: cómo distinguir una rama carcomida de otra sana; cómo debería hablar cortésmente a las abejas silvestres cuando, a quince metros sobre el nivel del suelo, encontrara una de sus colmenas; qué debería decirle a Mang, el murciélago, cuando tuviera que molestarlo entre las ramas, durante el día; cómo tenía que avisar a las serpientes de agua que viven en las lagunas, antes de lanzarse a las aguas, entre aquellas...

A ningún habitante de la selva le gusta que lo molesten, por lo que todos están siempre dispuestos a arrojarse sobre los intrusos. Mowgli aprendió después de todo esto la "Consigna del cazador forastero" que debe repetirse una y otra vez en voz alta hasta que sea contestada por alguien, siempre que alguno de los habitantes de la selva cace fuera de sus propios terrenos. La consigna, ya traducida, significa: "Dadme permiso para cazar aquí, porque tengo hambre." Y la respuesta dice: "Puedes cazar para buscar comida, pero no para tu recreo."

Todo esto muestra las muchas cosas que hubo de aprender Mowgli de memoria; llegaba a cansarse de tanto repetir lo mismo más de cien veces. Pero, como le dijo un día Baloo a Bagheera, con motivo de que tuvo que pegarle al muchacho y éste se marchó enojado:

-Un cachorro humano es un cachorro humano, y tengo de deber de enseñarle toda la ley de la selva.

-Pero has de tener presente que es muy pequeño. -respondió la pantera negra, pues ella, sin duda, habría mimado excesivamente a Mowgli si la hubieran dejado que lo educara a su manera-. ¿Y cómo pueden caber tus largas pláticas en una cabeza tan pequeña?

-¿Existe acaso en la selva alguna cosa que por ser pequeña no pueda matarse? No.

Ahora bien: por esa causa le enseño todo lo que le enseño, y por lo mismo le pego con mucha suavidad cuando se le olvida algo.

-¡Con suavidad! ¿Qué sabes tú de suavidades, viejo patas de hierro?-gruñó Bagheera-. Le llenaste hoy toda la cara de cardenales con tu... suavidad. ¡Vaya!...

-Valdrá más que esté lleno de cardenales de la cabeza a los pies, causados por mi, que lo quiero, que no que le ocurra alguna desgracia por ignorancia -respondió Baloo con suma gravedad-. Le enseño ahora las Palabras Mágicas de la Selva que habrán de protegerlo contra los pájaros, contra el Pueblo de las Serpientes y contra todo cuadrúpedo de caza, excepto contra su propia manada. A partir de este momento y con sólo recordar esas palabras, podrá pedir protección a todos los habitantes de la selva. ¿No vale la pena recibir algunos golpes por todo esto?

-Sí, pero cuídate de matar al hombrecito. Mira que no es un tronco de árbol en donde puedas afilar tus embotadas garras. Pero, dime, ¿cuáles son esas Palabras Mágicas, de que estás hablando? Aunque es más probable que tenga yo que prestarle ayuda a alguien, que pedirla.

-Al decir esto, Bagheera estiró una de sus patas y contempló, admirado, los acerados cinceles de sus garras-. No obstante -añadió- me gustaría saberlo.

-Voy a llamar a Mowgli y él te dirá las palabras. . . si es que se le antoja. ¡Ven, hermanito!.

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