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CAPÍTULO V El “Mariana” había rebasado ya la zona del incendio, y en aquel momento navegaba entre dos orillas llenas de verdor, en las cuales los duriones, los árboles de alcanfor, los sagús, los plátanos de hojas gigantescas y las espléndidas arenghas sacaríferas entrelazaban sus ramas. Había servido de barrera al fuego por aquel lado un riachuelo que desaguaba en el Kabataun. Calma absoluta reinaba en ambas riberas, por lo menos en aquellos instantes. No debían haber llegado hasta allí los dayakos, porque se veían una porción de aves acuáticas bañarse tranquilamente, señal evidente de que se creían seguras. Grandes y gruesos pelargopsis, cuyo enorme pico es del color del coral, nadaban a lo largo de los cañaverales, pescando los bellos peces llamados alcedos, y saludaban al velero lanzando un largo silbido; meciéndose en sus nidos, de la forma de una bolsa, piaban blandamente, mientras que dormitaban sobre los bancos de arena buen número de cocodrilos de cinco o seis metros de longitud, cuyos rugosos lomos estaban cubiertos por una espesa capa de fango. -Ahí están los encargados de hacerle soltar la lengua a ese condenado malayo- murmuró Yáñez, mirando fijamente a los formidables reptiles-. ¡Qué ocasión tan hermosa! ¡Sambigliong! El contramaestre acudió enseguida. -Manda echar al agua un anclote. -Nos detenemos aquí, capitán Yáñez? -Solamente algunos minutos. Y además, acércanos cuanto puedas a uno de esos bancos. -¿Quiere usted pescar algún cocodrilo? -Ya lo verás; pero entretanto prepara una cuerda sólida. En aquel momento apareció el piloto en la cubierta, con las manos atadas atrás y marchando delante del mestizo, que le gritaba y le amenazaba. El desgraciado parecía presa de un terror muy grande; pero a pesar de eso no parecía dispuesto a confesar. -Sambigliong- dijo Yáñez tan pronto como calaron el anclote, echa unos trozos de carne salada a esos monstruos, a ver si se les despierta el apetito. El “Mariana” se había detenido a muy corta distancia de uno de aquellos bancos de fango, en el cual es habían reunido cinco o seis cocodrilos: entre ellos había uno al que le faltaba la cola, perdida, según todas las probabilidades, en alguna de sus inverosímiles luchas. Calentábanse al sol tranquilamente, y seguían medio adormilados, sin cuidarse de la cercanía del velero, pues dichos reptiles son por naturaleza poco desconfiados. -¡Despertaos, “boyos”!- gritó Sambigliong, arrojando al banco varios pedazos de carne salada. -Al ver caer aquel maná los cocodrilos se levantaron; en seguida se lanzaron sobre las presas, disputándoselas ferozmente. Durante un momento no se vio más que una masa de escamas y de colas agitándose con poderosa furia, que se movían en todas direcciones; después se colocaron en la orilla del banco abriendo las enormes mandíbulas, armadas de agudos dientes, en dirección del velero, en espera de otra distribución de comida, pues se les había despertado el apetito. -Señor Yáñez- dijo el piloto mirando al portugués, como si hubiese comprendido que el hombre destinado a los cocodrilos era él, contemplando medio muerto de miedo las fauces abiertas de los monstruos-. ¡Señor!- balbució acercándose a Yáñez. -¡Calla!- le contestó secamente. El contramaestre ató una sólida cuerda en derredor del cuerpo del desgraciado malayo, y enseguida, suspendiéndole con sus poderosos brazos, lo arrojó fuera de la borda antes de que hubiera pensado en oponer resistencia alguna. Podada dio un grito horrible, creyendo que iba a caer entre las mandíbulas de aquellos reptiles formidables; pero quedó suspenso entre el agua y la borda. Al ver aquella presa humana los cocodrilos se precipitaron en el agua, poniéndose a nadar con toda velocidad hacia el “Mariana”. El piloto, loco de terror, se debatía como un desesperado, dando vueltas sobre sí mismo y lanzando gritos espantosos. En su rostro, cuyas facciones se contrajeron horriblemente, se retrataba una angustia indescriptible. -¡Socorro! ¡Socorro! ¡Perdón! ¡Salvadme!- gritaba haciendo sobrehumanos esfuerzos para romper las cuerdas que le sujetaban las manos. Yáñez, de pie sobre la borda, agarrado a la escalera de alambre de babor del trinquete, lo miraba impasible, mientras que los cocodrilos procuraban agarrar la presa lanzándose hasta la mitad del cuerpo fuera del agua, ayudados con enérgicos coletazos dados en ella. -Si no muere de miedo Podada- dijo Tangusaserá un milagro. -Los malayos tienen dura la piel- contestó Yáñez-. ¡Dejémosle gritar un poco! El pobre hombre seguía gritando y diciendo siempre: -¡Socorro! ¡Perdón...! ¡Que me alcanzan!... ¡Perdón, señor! Yáñez hizo una seña a Sambigliong para que tirase un poco de la cuerda, pues un cocodrilo había rozado la presa con la extremidad del hocico; enseguida, volviéndose hacia el piloto, que seguía golpeándose y encogiendo cuanto podía las piernas. -¿Quieres que te deje caer en la boca de los “boyos”, o que mande izarte?- dijo-. Tu vida la tienes en las manos. -¡No... señor... me tocan...; me alcanzan...; no puedo más! -¿Hablarás? -¡Sí; hablaré... lo diré todo...; todo!... -Júralo por “Vatrang Kidul”, ya que es la protectora de los cazadores de nidos de golondrinas de mar. -¡Lo juro..., lo juro!... -Pero antes te advierto que si te niegas a confesarlo todo te mando arrojar entre las fauces de los cocodrilos más grandes que haya. -¡No; no tengo ganas de eso, y!... -Continúa- dijo Yáñez. -Pero, ¿me matarán después de haberlo confesado todo? -No sé qué haré con tu pellejo. Seguirás prisionero hasta nuestra vuelta; después podrás ir a que te ahorquen donde quieras. Seguidme a la cámara; y tú también, Tangusa. El malayo, a quien no le parecía verdad verse vivo todavía y que castañeteaba con terror los dientes, siguió al portugués y al mestizo sin hacerse rogar. -Ahora escuchemos tu interesante confesión- dijo Yáñez medio tendiéndolo en un pequeño diván y volviendo a encender el cigarrillo, que había dejado apagar para ver mejor el asalto de los cocodrilos y las contorsiones del piloto-. Acuérdate de que lo has jurado y de que no soy hombre para dejar que jueguen impunemente conmigo. -¡Lo diré todo, patrón! -Bueno. Los dayakos te han enviado al encuentro del “Mariana”. -No puedo negarlo- contestó el malayo. -¿Fue el peregrino? -No, señor. Yo no he hablado nunca con ese hombre. -¿Quién es? -Me sería un poco difícil decirlo; no sé siquiera de dónde ha venido. Ha llegado hace algunas semanas, trayendo consigo muchas cajas llenas de armas y mucho dinero en guineas y florines holandeses. -¿Solo? -Eso creo. -¿Y qué es lo que ha hecho? -Se presentó a los jefes de tribu, que lo recibieron con gran deferencia al ver que llevaba puesto el turbante verde de los peregrinos que han ido a visitar el sepulcro del Profeta. Lo que les haya contado y ofrecido, lo ignoro: sé únicamente que pocos días después los dayakos se levantaron en armas y pedían la cabeza de Tremal-Naik, que hasta el presente había sido su protector. -¿Les regaló las armas a esos imbéciles fanáticos? -Y mucho dinero. -¿Es verdad que un día un barco inglés llegó a la boca del Kabataun y que ese peregrino habló con el comandante?- preguntó Yáñez. -Sí, señor; y además le diré que la tripulación desembarcó durante la noche otras cajas con armas. -¿No sabes a qué raza pertenece ese hombre? -No, señor; lo que puedo decir es que su epidermis es muy oscura y que habla con dificultad el borneo. -¡Qué misterio tan impenetrable!- murmuró Yáñez-. ¡Aunque me quiebre la cabeza, no acertaré a descifrarlo! Quedó silencioso un instante, como si buscase en las profundidades de un pensamiento sin fin; después, volvió a preguntar: -¿Cómo han podido saber que el “Mariana” venía en socorro de Tremal-Naik? -Creo que ha sido un criado del indio el que dio la noticia a los jefes dayakos y al peregrino. -¿Qué encargo te dieron a ti? El malayo tuvo un momento de indecisión, pero enseguida contestó: -Ante todo, el de embarrancar el “Mariana”. -¡No me había engañado al dudar de ti! ¿Y qué más? -Déjeme, señor, que no confiese el resto. -Habla sin temor: te he prometido conservarte la vida, y yo no falto nunca a mi palabra. -Pues... aprovechar el asalto de los dayakos para incendiar el velero. -¡Gracias por tu franqueza!- dijo Yáñez riendo-. ¿Es decir, que habían decidido matarnos? -Sí, señor. Según creo, el peregrino tenía algún motivo para quejarse de los tigres de Mompracem -¡También de nosotros!- exclamó Yáñez, que iba de sorpresa en sorpresa-. ¿Quién podrá ser? Por nuestra parte, nunca hemos tenido nada con los fanáticos musulmanes. -No sé qué decirle, señor. -Si es cierto lo que acabas de contar, ese miserable seguirá persiguiéndonos. -No los dejará tranquilos, creedme, y pondrá en práctica todos los medios a su alcance para mataros a todos- dijo el piloto-. Me consta que ha hecho jurar a los jefes dayakos que no os respetarán. -Y nosotros haremos lo que podamos para matar cuantos nos sea posible; ¿verdad, Tangusa? -Sí, señor Yáñez- contestó el mestizo. -Podada- dijo el portugués-. ¿Sabes si la factoría de Pangutarang se halla cercada? -No lo creo, señor, pues el peregrino ha reunido casi todas sus fuerzas para deshacerse de usted. -Entonces, ¿estará libre el camino que va del embarcadero al “kampong” de Tremal-Naik? -Por lo menos, estará mal guardado. -¿Cuánto te ha dado el Peregrino para que embarrancases mi barco y lo incendiases? -Cincuenta florines y dos carabinas. -Te doy doscientos, si me guías hasta el “kampong” -Acepto, señor- respondió el malayo-; hubiera aceptado también sin recompensa alguna, pues le debo la vida. -¿Estamos todavía muy lejos del embarcadero? -Llegaremos dentro de un par de horas; ¿verdad?- dijo Tangusa mirando al malayo. -Quizás antes. Yáñez desató las cuerdas que sujetaban las manos del prisionero, y salió diciendo: -Subamos a cubierta. Reinaba todavía sobre el río una gran calma, y las ligeras ondas que desplazaba la embarcación iban a morir en las orillas cubiertas de soberbias hierbas arborescentes, de hermosas cycas, de pandamus y de palmas que desplegaban sus abanicos de hojas gigantescas. Entre los “rotangs” que pendían cual largos festones de los altísimos troncos de los árboles, se veían los horribles “kilmang”, monos negros que tienen la frente estrechísima, los ojos hundidos en las órbitas, enorme boca, aplastada la nariz, y bajo el cuello un gran bocio que les cuelga cual si fuese una vejiga inflada. Aquellos animales saltaban de rama en rama sin mostrar temor alguno. Algunas veces se veían nadar entre las hierbas multitud de “bewah”, gigantescos lagartos semiacuáticos que alcanzan a tener dos metros de largo. No se veía indicio alguno de los dayakos. Si estuviesen cerca, no mostrarían tanta tranquilidad los monos, en general muy recelosos. El “Mariana” que avanzaba con lentitud, aun cuando le ayudaban los remos, pues el viento penetraba apenas por entre aquellas dos enormes murallas de floresta, continuó su ruta, sin que nada se le opusiera, hasta el mediodía, que se detuvo delante de una especie de plataforma que avanzaba dentro del agua sostenida por varios pilotes. -¡El embarcadero del “kampong” de Pangutarang!- exclamaron simultáneamente Tangusa y el piloto. -¡Cala el ancla y arrima!- mandó el portugués-. ¡Los artilleros a las bombardas! Dos anclotes cayeron al fondo, y el velero, empujado por la corriente, se apoyó en el embarcadero, a cuyos pilotes se ataron unos cables. Yáñez había subido sobre la obra muerta para asegurarse de que no había dayakos emboscados en aquella orilla. No había duda de que los crueles salvajes habían pasado por allí, pues se veían varias cabañas destruidas por el fuego, y un gran cobertizo medio derruido y con los pilares ennegrecidos por el humo y las llamas. -Parece que no hay ninguno- dijo Yáñez volviéndose hacia el mestizo, que también se había subido en la obra muerta. -No esperaban que pudiésemos llegar hasta aquí- respondió Tangusa-. Estaban demasiado seguros de que podrían detenernos en la hoz del río, y allí concluir con todos nosotros. -¿Qué distancia hay de aquí al “kampong”? -Un par de horas, señor Yáñez. -Disparando los cañones de caza, ¿Podrá oírlos Tremal-Naik? -Es probable. ¿Piensa usted ponerse enseguida en camino? -Sería una imprudencia. Esperaremos a la noche; pasaremos con más facilidad, y acaso sin que nos vean. -¿Cuántos hombres vamos a llevar? -No llevaremos más de veinte. Es preciso que no quede sin gente el “Mariana”. Si perdiésemos el barco, se perdería para todos, incluso para Tremal-Naik y para Damna. Mientras tanto, haremos una ligera exploración por los alrededores para que no nos tiendan un lazo. Esta tranquilidad es muy sospechosa. Hizo poner en batería las bombardas y los cañones con la boca hacia el embarcadero, levantar una barricada con barriles llenos de hierros de modo que sirviesen para resguardar mejor a los servidores de la artillería, y mandó amainar las velas, sin quitarlas de los penoles, para que el buque pudiera zarpar en pocos minutos. Terminados aquellos preparativos, Yáñez, el mestizo y el piloto, escoltados por cuatro malayos de la tripulación y armados hasta los dientes, descendieron al embarcadero para reconocer los alrededores antes de aventurarse con el grueso de la gente bajo los espesos bosques que se extendían entre la orilla del río y el “kampong” de Pangutarang.
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