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CAPÍTULO II
Ese fue el ambiente en que Bambi pasó su primera infancia. Trotaba en pos de su madre por un estrecho sendero que atravesaba el centro de la espesura. ¡Cuan agradable era andar por ahí! El tupido follaje acariciaba dulcemente sus flancos y se ladeaba con suavidad a su paso. El camino parecía cerrado por todas partes; sin embargo, podían recorrerlo sin inconvenientes. En el bosque había muchos caminos como ése, y por ellos podía recorrerse la espesura en todas direcciones. La madre los conocía todos. A veces, cuando Bambi se detenía frente a unas matas como ante una impenetrable pared verde, ella encontraba siempre y sin titubear el punto por donde el paso estaba abierto. Bambi formulaba preguntas. Gustaba interrogar a su madre. No había para él diversión más entretenida que preguntar continuamente y escuchar con atención las respuestas que su madre le daba. El pequeño no se asombraba de que las preguntas acudiesen a su mente de una manera continua y sin esfuerzo; lo encontraba perfectamente natural. Más aún, le encantaba sobremanera. Resultaba muy divertido, asimismo, esperar ansiosamente la respuesta. Si ésta era tal como él mismo la imaginara, quedaba satisfecho. Es verdad que a menudo no las comprendía; pero eso también lo encontraba encantador, porque le permitía interpretar a su gusto lo que no había entendido. Había oportunidades en que tenía la seguridad de que su madre no le daba una respuesta completa, callando de propósito todo lo que sabía al respecto. Y hasta eso, al principio le resultó grato, porque así quedaba presa de una vivísima curiosidad; y se sentía invadido de tales barruntos que experimentaba a la vez ansiedad y contento; y, como consecuencia de tan opuestas emociones, terminaba por quedarse mudo, absorto. Una vez preguntó: —¿De quién es esta senda, mamá? La madre repuso: —Nuestra. Él preguntó entonces: —¿Tuya y mía? —Sí. —¿De nosotros dos? —Sí. —¿De nosotros dos solos? —No —dijo la madre—; es de todos los ciervos. —¿Qué son los ciervos? —preguntó Bambi, y rió. La madre le miró de pies a cabeza y rió también. —Tú eres un ciervo, y también lo soy yo. Los dos somos ciervos —agregó—. ¿Entiendes? Bambi dio un salto de alegría. —Sí, comprendo —dijo—. Yo soy un ciervo pequeño, y tú una cierva grande. La madre asintió. —Eso mismo. Pero Bambi volvió a ponerse serio. —¿Existen otros ciervos, además de ti y de mí? —preguntó. —Ciertamente. Hay muchos además de nosotros dos. —¿Y dónde están? —Aquí, en todas partes. —Pero yo nos los veo. —Los verás pronto —aseguró ella. —¿Cuándo? —preguntó Bambi, quedándose tieso de curiosidad. —Pronto. La madre siguió caminando tranquilamente. Bambi la siguió. Se había quedado mudo, preguntándose qué podía significar “pronto”. Y llegó a la conclusión de que “pronto” no era lo mismo que “ahora”. Pero en cambio no estaba seguro de cuándo “pronto” dejaría de ser lo que era para empezar a ser “hace mucho tiempo”. Luego preguntó: —¿Quién hizo este sendero? —Nosotros —repuso la madre. El hijo la miró sorprendido. —¿Nosotros? ¿Tú y yo? La madre dijo: —Quiero decir nosotros, los ciervos. Él insistió: —¿Qué ciervos? —Todos los ciervos —replicó ella, un tanto fastidiada. Siguieron caminando. Bambi se sentía lleno de alegría y experimentaba el deseo de salir a saltos del sendero; pero se contuvo y siguió junto a la madre. De pronto vieron que, delante de ellos, se movía algo. Alguien avanzaba con movimientos bruscos; alguien a quien oculta la fronda de helechos y lechugas silvestres. Una voz débil, un hilito de voz hendió el aire; enseguida volvió a reinar el silencio. Hubo un sacudimiento entre las hojas de las plantas pequeñas y entre el pasto. Un hurón acababa de dar caza a un ratón. Avanzando a hurtadillas, se agazapó a un lado disponiéndose a devorar su presa. —¿Y eso... qué fue? —preguntó Bambi. —Nada —le tranquilizó la madre. —Pero... —insistió Bambi, trémulo—; sin embarga... yo vi... —Bueno, bueno —dijo la madre—. No te asustes. El hurón acaba de matar a un ratón. Bambi estaba terriblemente asustado. Un terror desconocido e inmenso le oprimía el corazón. Pasó tiempo antes de que pudiese volver a hablar. Y entonces preguntó: —¿Por qué lo mató? —Porque... —dijo la madre, titubeando—. Caminemos más ligero —agregó, como si acabara de ocurrírsele algo y hubiese olvidado la pregunta de su hijo. Apresuró el paso, y Bambi la siguió alargando el suyo. Siguió una larga pausa. Ahora estaban caminando lentamente, como al principio. Finalmente, Bambi preguntó con ansiedad: —¿Mataremos nosotros también un ratón alguna vez? —No —replicó la madre. —¿Nunca? —preguntó él. —Nunca. —¿Por qué no? —preguntó Bambi, aliviado. —Porque nosotros no matamos nunca —dijo sencillamente la madre. Bambi volvió a ponerse contento. De un joven fresno que se levantaba junto al sendero, salían fuertes gritos. La madre prosiguió la marcha sin prestar atención; pero Bambi se detuvo, curioso. Dos grajos se disputaban allá arriba, entre las ramas, un nido que habían robado. —¡Largo de aquí, asesino! —gritó el uno. —Vamos, vamos, no te sulfures —replicó el otro—. No te tengo miedo. El primero se exasperó. —¡Búscate tú mismo tus nidos, ladrón! ¡O te romperé la cabeza! Fuera de sí, rugió: —¡Qué infamia! ¡Qué infamia! El otro había notado la presencia de Bambi, y voló a una rama más baja para decirle: —¿Qué miras tú con la boca abierta, mamarracho? ¡Largo de aquí! Amedrentado, Bambi echó a correr, alcanzó a su madre, y acomodó el paso al de ella, temeroso y azorado; creía que su madre no se había percatado de su ausencia. Tras una pausa, preguntó: —Madre, ¿qué es una infamia? —No sé —repuso la madre. El cervatillo inflexionó un momento e insistió de nuevo: —Mamá, ¿por qué estaban enojados esos dos? —Disputaban por cuestión de la comida —contestó ella. —¿Disputaremos nosotros alguna vez por esa misma causa? —No —aseveró la madre. Bambi prosiguió: —¿Por qué no? —Porque siempre hay comida suficiente para nosotros —replicó la madre. Bambi quiso saber algo más. —Mamá... —empezó. —¿Qué quieres ahora? —¿Nos enfadaremos alguna vez tú y yo? —No, hijo mío —declaró la cierva—; entre nosotros eso no ocurrirá nunca. Prosiguieron su camino. De repente apareció, hacia el frente, una claridad brillante. Allí terminaba la maraña verde y frondosa, y también el camino. Unos pocos pasos más, y saldrían al espacio luminoso que se abría frente a ellos. Bambi quiso seguir avanzando a saltos, mas se detuvo al ver a su madre inmóvil. —¿Qué es eso? —gritó impaciente el pequeño, completamente deslumbrado. —El prado —contestó la madre. —¿Y qué es un prado?—insistió Bambi. —Ya lo verás tú mismo. Ahora la madre estaba seria, vigilante. Permaneció inmóvil, levantó la cabeza, escuchó con atención, tomó el viento, aspirando fuertemente. Su semblante estaba lleno de gravedad. —Está bien —dijo por fin—; ya podemos salir. Bambi dio un salto adelante, pero ella le cerró el paso. —Tú esperarás hasta que yo te llame. Bambi se detuvo, obediente. —Así, muy bien —le ponderó la madre—. Y ahora, acuérdate bien de lo que voy a decirte. El hijo notó la gravedad con que hablaba la cierva, y prestó atención, intrigado, para oír bien lo que iba a decirle. —No es tan fácil salir al prado —continuó la madre—; es una empresa grave y peligrosa. No pregunte» por que. Más tarde lo sabrás. Por ahora debes obedecer exactamente las indicaciones que te daré. ¿Comprendes? —Sí —prometió Bambi. —Pues bien. Por lo pronto saldré yo sola. Quédate aquí y espera. Y mírame siempre. No apartes la vista ni un instante de mí. Si ves que vuelvo corriendo otra vez aquí, da vuelta al momento y aprieta a correr lo más rápidamente que puedas. Yo te alcanzaré. Calló, pareció reflexionar, y prosiguió luego con entonación grave: —De todos modos, corre, corre a todo lo que den tus patas... Aun en el caso de que me sucediese algo, corre... Aunque vieras que yo..., que yo caigo al suelo..., no te fijes en mí, ¿comprendes?... Veas lo que vieres, oigas lo que oyeres, corre siempre hacia adelante y todo lo más velozmente que puedas... ¿Me prometes hacer eso? —Sí —afirmó Bambi en voz baja, impresionado por la gravedad de tu madre. —Mas, si te llamo —agregó ella—, puedes venir. Puedes jugar afuera, en el prado. Es muy hermoso. Te gustará mucho. Sólo que... Esto también tiene» que prometérmelo: a mi primer llamada debes estar a mi lado. ¡Sin falta! ¿Me oyes? —Sí —prometió él, en voz más baja aún. Y ella agregó: —Una vez allí, cuando te llame..., nada de distraerte; nada de perder tiempo en preguntas: corre detrás de mí como el mismo viento, sin pensar, sin titubear. No bien yo comience a correr será cuestión de apretar el paso y no volver a detenerse hasta que estemos otra vez aquí, dentro del bosque. ¿No lo olvidarás? —No —aseguró el pequeño, cohibido. —Entonces, saldré —resolvió la madre recobrando la tranquilidad. Y salió. Bambi, que no apartaba la mirada de ella, la vio avanzar lenta, cautelosamente. Permaneció en su lugar lleno de expectativa, de miedo y de curiosidad. Vio que su madre escuchaba en todas direcciones; la vio estremecerse y se estremeció él, dispuesto a volverse y saltar hacia la espesura. Pero al instante ella recobró la calma. Finalmente volvió la cabeza y dijo: —Ven. Bambi salió de un brinco. Una alegría inmensa le embargó con fuerza tan maravillosa que olvidó en el acto su zozobra. Dentro de la espesura sólo había visto las copas verdes de los árboles sobre su cabeza, y sólo de vez en cuando había vislumbrado el azul del cielo. Ahora veía todo el cielo, que se extendía bastante más allá de donde alcanzaba la vista. Esto le hizo sentirse regocijado, sin saber por qué. En el bosque sólo había visto el rayo del sol, o el tenue haz de luz que jugueteaba entre las ramas. Ahora se encontraba de repente bajo el sol ardiente y enceguecedor, cuya majestuosa grandeza le causó una gran emoción; al mismo tiempo que le obligaba a cerrar los ojos, el astro rey le abría el corazón, penetrándole con su grandeza. Bambi se sentía como hechizado; estaba completamente fuera de sí de placer, loco de contento. Saltaba torpemente, sin apartarse del lugar, tres, cuatro, cinco veces. No podía menos que hacerlo; era un imperativo. Algo que le forzaba a brincar de ese modo. Sus miembros jóvenes se estiraban con energía, su respiración era profunda y fácil; y al aspirar el aire perfumado de la pradera, su contento llegaba a tal extremo que volvía a saltar para dar rienda suelta al mismo. Si hubiese sido una criatura humana, habría gritado de júbilo. Pero era un cervatillo, y los ciervos no saben gritar; al menos, no saben hacerlo en la forma que lo hacen los niños. Manifestaba su alborozo, pues, a su manera, moviendo las patas, el cuerpo todo, lanzándose al aire. Su madre estaba junto a él, feliz de verle así. Veía que Bambi estaba contentísimo. Le vio dar grandes saltos, caer torpemente, siempre en el mismo sitio, mirar sorprendido y embriagado, y al instante saltar de nuevo una y otra vez. Comprendió que su hijo sólo conocía las angostas sendas de los ciervos en el bosque, que en los pocos días de su existencia se había acostumbrado a la estrechez de la espesura, y que no se movía del lugar porque aún no sabía correr libremente por la extensa pradera. Así, la cierva estiró las patas delanteras, sonrió a Bambi, dio un respingo y empezó a correr describiendo círculos, tan velozmente, que el alto pastizal parecía zumbar. Bambi, asustado, se quedó inmóvil. ¿Era ésa la señal de que debía regresar al bosque? “No te preocupes por mí —le había dicho—; veas lo que vieres, oigas lo que oyeres, tú aprieta a correr lo más velozmente que puedas”. Quiso volverse y huir, según se le había ordenado. Pero entonces la madre se acercó al galope, se detuvo bruscamente a dos pasos de él, se inclinó cariñosamente sobre la cabeza del hijo, y dijo vivamente: —¡A ver, alcánzame! —Y volvió a alejarse veloz como el rayo. Bambi permaneció inmóvil, perplejo. ¿Que significaba eso? La madre volvió, siempre a la carrera y con una velocidad que confundía al pequeño; y dándole con el hocico en el costado, insistió: —¡Vamos, vamos! ¡A ver si eres capaz de alcanzarme! Y se alejó nuevamente, siempre a toda velocidad. Bambi se dispuso entonces a seguirla. Primero dio unos pocos pasos; pero enseguida esos pasos se convirtieron en saltos. Y ahora se sentía como si estuviese volando, sin hacer el menor esfuerzo. Bajo sus patas había mucho espacio libre; parecía realmente suspendido en el aire. El cervatillo estaba fuera de sí de alegría. El zumbido del pasto sonaba a deliciosa música en sus oídos. Al rozar sus flancos, era maravillosamente suave, como la seda. Así corriendo, describió un círculo. Dio media vuelta y emprendió a la carrera otro nuevo; y después otro, y otro, siempre corriendo a saltos, loco de contento. La madre se había detenido hacía un instante para recobrar el aliento. Mientras descansaba, no perdía de vista a Bambi, quien seguía, corriendo alocadamente. Por fin el pequeño dejó de correr.. Moviendo graciosamente las patas se acercó a la madre y la miró con expresión jubilosa. Entonces se alejaron juntos, llenos de satisfacción. Desde que saliera al prado, Bambi gozaba infinitamente viendo el cielo, el sol y el amplio espacio verde. Todo su cuerpo parecía vibrar de emoción ante tanta belleza. deslumbrado, trató de mirar al sol cuyos rayos le acariciaban el lomo. Ahora disfrutaba de la magnificencia de la pradera también con los ojos, que a cada paso experimentaban la sorpresa de nuevas maravillas. Allí no se veía la tierra, como en el bosque; el pasto crecía apretujado, cubriéndola enteramente. El pastizal todo se mecía en movimientos ondulantes; la hierba se inclinaba suavemente bajo las pisadas, para volver a erguirse sin experimentar el menor daño. La dilatada pradera verde estaba estrellada de blancas margaritas, flores de trébol de color rojo y púrpura, redondas, y botones de diente de león, de un dorado muy vivo. —¡Mira, mira, mamá! —exclamó de pronto Bambi—. ¡Una flor volando! —No es una flor —explicó la madre—; es una mariposa. Bambi siguió con la vista, encantado, a la mariposa que salió velozmente de entre la hierba y ahora volaba describiendo círculos, en una especie de atolondramiento. Enseguida vio que eran muchas las mariposas que volaban por el prado. Daban la impresión de tener mucha prisa, y sin embargo avanzaban con lentitud, revoloteando de arriba para abajo, en una especie de juego que le deleitaba. Realmente parecían verdaderas flores voladoras que se habían librado de su respectivo pedúnculo para bailar un poquito. También daban la impresión de flores que a la puesta del sol se recogían para descansar; mas no teniendo un sitio fijo donde cobijarse, tenían que buscarlo; y así, desaparecían como si acabaran de encontrarlo; pero volvían a aparecer enseguida volando bajo para ir elevándose poco a poco, buscando cada vez más lejos, como si todos los buenos lugares hubiesen sido ocupados ya. Bambi las miraba a todas. Y hubiera querido poder fijarse en una de cerca. Hubiera deseado estar viendo constantemente aparecer una ante su vista. El aire estaba lleno de mariposas. Cuando volvió a mirar hacia el suelo, se sintió deleitado viendo una gran multitud de seres vivientes agitándose debajo de sus patas. Eran unos seres pequeñitos que corrían y saltaban en todas direcciones. En un momento veía un grupo numeroso, y en el siguiente había desaparecido por debajo del pasto. —¿Y esto? —preguntó—. ¿Qué son, mamá? —Son hormigas —repuso su madre. —¡Mira! —exclamó Bambi—. ¡Mira ese montoncito de pasto saltando! ¡Y qué alto lo hace! —Eso no es pasto —le explicó ella—; es un simpático saltamontes. —¿Y por qué salta de ese modo? —Porque nosotros caminamos por aquí y tiene miedo de que le pisemos. —¡Oh! —dijo Bambi volviéndose al saltamontes, que estaba sentado sobre una margarita—. Oh —repitió, y añadió cortésmente—: no tienes nada que temer; nosotros no te haremos ningún daño. —No tengo miedo —replicó el saltamontes con voz temblorosa—. Sólo me asusté por un momento, cuando estaba hablando con mi mujer. —Perdónanos entonces que te hayamos molestado —dijo Bambi tímidamente. —No es nada —contestó el saltamontes siempre con voz temblona—. Tratándose de vosotros no hay cuidado. Pero uno no sabe quién puede presentarse en el momento menos pensado, y por eso mismo hay que estar alerta. —Esta es la primera vez en mi vida que visito el prado —explicó Bambi—; me trajo mi madre... El saltamontes estaba ahora con la cabeza inclinada hacia adelante, como si fuese a topar. Puso cara seria y murmuró: —Eso a mi no me interesa en absoluto. Yo no tengo tiempo para estarme aquí charlando contigo. Tengo que ir a buscar a mi mujer. ¡Hopp! —agregó, y dio un salto. —¡Hopp! —repitió Bambi, sorprendido ante el enorme salto con que el saltamontes se perdió de vista. Enseguida corrió hacia donde estaba su madre. —Mamá —le dijo— estuve hablando con él. —¿Con quién? —preguntó la madre. —Con el saltamontes. Hablé con él. Se mostró muy amable conmigo. Me gustó mucho; es maravilloso, muy verde, y se puede ver a través de sus costados. Parecen hojas, pero no deben de serlo porque no se puede ver a través de las hojas. —Esas son sus alas —dijo la madre. —Oh —prosiguió Bambi—, y su cara es muy seria e inteligente. Con todo, a pesar de su seriedad, se mostró amable conmigo. ¡Y cómo salta! “¡Hopp!”, dijo; y brincó tan alto que ya no le volví a ver. Madre e hijo siguieron caminando. La conversación con el saltamontes había excitado y cansado un poco a Bambi, pues ésa era la primera vez que hablaba con un desconocido. Ahora sentía hambre, por lo que se apretó a su madre para mamar. Después permaneció inmóvil, mirando ensoñadoramente hacia el espacio en una especie de gozoso éxtasis que siempre se posesionaba de él después de haber recibido el alimento. De pronto vio a una hermosa flor moviéndose en el enmarañado pastizal. Bambi la miró más de cerca. No; no era una flor, sino una mariposa. Bambi se le acercó casi arrastrándose. La mariposa estaba apoyada sobre una brizna de hierba y movía las alas lentamente. —Por favor, quédate quieta —le dijo Bambi. —¿Y por qué he de estarme quieta? Yo soy una mariposa —repuso el insecto, sorprendido. —Oh, por favor, quédate quieta tan sólo un momento —rogó Bambi—. Tengo grandes deseos de verte de cerca. Por favor... —Bueno —dijo la mariposa—, lo haré por ti; pero no me estaré quieta mucho tiempo, ¿eh? Bambi se acercó más y la miró de frente. —¡Qué hermosa eres! —exclamó fascinado— ¡Qué maravillosamente hermosa, como una flor! —¿Cómo? —preguntó la mariposa, agitando las alas—. ¿Dijiste como una flor? Pues en mi ambiente se da por sabido que nosotras somos más hermosas que las flores. Bambi se sintió confundido. —Oh, sí —tartamudeó—; mucho más hermosas; excúsame, yo sólo quise decir... —Sea lo que fuere lo que quisiste decir, a mí me da lo mismo —repuso la mariposa. Y arqueó el delgado cuerpo con afectación, jugando con sus delicadas antenas. Bambi la miró encantado. —¡Qué elegante eres! —agregó—. ¡Qué elegante y delicada! ¡Y qué espléndidas y blancas son tus alas! La mariposa extendió las alas bien amplias y después las irguió y las juntó hasta que parecieron la vela de un barco. —Oh —prosiguió Bambi—, estoy seguro de que eres más hermosa que las flores. Además, tú puedes volar y las flores no, porque están unidas a su pedúnculo; por eso. La mariposa extendió nuevamente las alas. —El hecho de que puedo volar —dijo— es más que suficiente para demostrar mi superioridad sobre las flores. Y con estas palabras se remontó tan velozmente, que Bambi apenas pudo seguirla con la mirada. Moviendo las alas con gracia y elegancia se lanzó al espacio bañado de sol. Y volviendo para estar suspendida un instante frente a Bambi, le dijo: —Sólo estuve inmóvil durante tanto tiempo por ti. Ahora me voy. Así fue cómo Bambi pasó su primer día en el prado.
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