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CAPÍTULO IV Una tarde Bambi volvió de paseo a la pradera con su madre. Ya creía conocer todo lo que allí había para ver u oír. La verdad era que no sabía tanto como creía. Esta vez fue exactamente como la primera: jugueteó con su madre, corrió describiendo círculos; y el espacio abierto, el cielo profundo y el aire fresco le embriagaron de tal manera que se puso loco de júbilo. Al cabo de un instante notó que su madre estaba inmóvil. El pequeño se detuvo en medio de un salto de manera tan brusca que cayó con las cuatro patas abiertas, muy separadas. Para recuperar el equilibrio dio un nuevo salto en el aire y luego permaneció erguido, tieso. Su madre parecía estar de conversación con alguien a quien él no alcanzaba a distinguir a través del alto pastizal. Bambi se irguió curioso, tratando de ver mejor. Cerca de su madre se veían mover dos orejas largas que emergían de la maraña. Eran unas orejas de un color pardo grisáceo, con un bonito dibujo consistente en unas rayas negras. Bambi se detuvo, pero su madre le dijo: —Acércate. Ésta es nuestra amiga, la liebre. Ven aquí; sé buenito, deja que nuestra amiga te vea. Bambi se acercó. La liebre estaba allí tranquilamente sentada; su cara era la de una persona honesta y buena. Por momentos sus enormes orejas acucharadas se erguían vivamente; y enseguida se dejaban caer con blandura, como si hubiesen perdido las fuerzas. Bambi observó con desconfianza los bigotes que la liebre tenía a ambos lados de la boca, tiesos y largos. Mas echó de ver al mismo tiempo que tenía una cara inofensiva, de expresión bondadosa, y que sus ojos redondos y grandes miraban con timidez todo lo que la rodeaba. Sí; la liebre parecía una persona de buenas disposiciones. Las dudas de Bambi se desvanecieron inmediatamente. Pero, cosa extraña, al mismo tiempo le perdió todo el respeto que le inspirara en el primer momento. —Buenas noches, jovencito —le saludó la liebre con estudiada cortesía. Bambi le contestó con una simple inclinación de cabeza. No sabía por qué; pero la verdad es que por todo saludo le salió apenas una inclinación de cabeza. Su actitud para con ella era amistosa, cortés, pero al mismo tiempo un tanto condescendiente. No podía evitarlo. Acaso había nacido así... —¡Qué principillo más encantador! —dijo la liebre a la madre de Bambi. Y miró atentamente al pequeño, levantando primero una, después la otra, y a continuación las dos orejas juntas, para dejarlas caer enseguida, cosa que desagradó a Bambi. El movimiento de esas orejas parecía querer decir: “Este pequeño no vale la pena de que uno se tome la molestia de mirarle.” Mientras tanto, la liebre seguía estudiándole con sus ojos grandes y redondos. Su nariz y su boca con los hermosos bigotes se movían incesantemente, con los mismos movimientos que hace un hombre cuando contrae la nariz y los labios para reprimir un estornudo. Bambi no pudo contener la risa. Ella rió también, pero sus ojos adquirieron una expresión más reflexiva. —La felicito —dijo a la cierva—. La felicito sinceramente por el hijo que tiene. Ciertamente, se convertirá en un espléndido príncipe con el tiempo. Eso salta a la vista. Con profunda sorpresa por parte de Bambi, la liebre se sentó sobre las dos patas traseras, y después de atisbar los alrededores, con las orejas muy erguidas y moviendo constantemente el hocico, volvió a sostenerse sobre las cuatro patas. —Y ahora —dijo— si queréis ser tan buenos y excusarme, yo me iré, pues tengo muchas cosas que hacer esta noche... Con estas palabras volvió la espalda y se alejó echando las orejas hacia atrás, de manera que casi le tocaban los hombros. —Buenas noches —saludó Bambi. La madre sonrió. —La buena liebre —dijo—. Es muy delicada y prudente. La pobre no tiene, por cierto, una vida fácil en este mundo. En su voz se notaba una profunda simpatía. Bambi se paseó por las proximidades, alejándose un poco de la madre, que estaba comiendo. Sentía deseos de encontrarse con su amigo el saltamontes, y quería además hacer nuevas amistades. Sin saber a ciencia cierta lo que deseaba, sentía, sin embargo, cierta expectación. Súbitamente oyó a cierta distancia un susurro, y al mismo tiempo el ruido de unas pisadas suaves y rápidas sobre el terreno. Miró hacia adelante. Viniendo de la proximidad del lindero del bosque, alguien se acercaba deslizándose entre el pasto. ¿Sería algún ser viviente? Pero... no; parecía que se trataba de dos y no de un solo animal. Bambi dirigió una rápida mirada a su madre, pero ésta no prestaba atención a nada y tenía la cabeza metida entre la hierba. Mientras tanto, los dos animales desconocidos se habían puesto a jugar describiendo círculos a la carrera, exactamente como hicieran su madre y él. Bambi estaba tan excitado que dio un salto atrás como si tuviese intención de huir. Entonces la madre se dio cuenta y levantó la cabeza. —¿Qué ocurre? —le preguntó. Pero el pobrecillo estaba mudo de puro asustado. No podía dominar la lengua, y sólo al cabo de unos minutos pudo tartamudear: —Mira... hacia allá... Ella miró: —Ah, ya veo —dijo—; ésa es mi prima; y con toda seguridad que ella ya tiene un hijito, como yo. ¡Pero, no; veo que tiene dos! Al principio la madre había hablado con alegría; pero ahora estaba seria. —¡Pensar que Ena tiene dos hijos —murmuró—; dos hijos!... Bambi se quedó mirando a través de la pradera. Y vio a un animal que se parecía extraordinariamente a su madre. Era la primera vez que lo veía. También observó que los círculos que se describían alrededor de la cierva a quien su madre llamaba Ena, eran dos; y que por momentos se alcanzaban a distinguir dos lomos de pelaje rojizo, que al girar formaban dos circunferencias rojas sobre el verde prado. —Ven —dijo la madre—; acerquémonos. Los hijos de Ena te harán compañía. Bambi habría preferido ir corriendo, pero como su madre avanzó mirando a derecha e izquierda a cada paso, se contuvo. Sin embargo, estaba ardiendo de curiosidad e impaciencia. —Yo sabía que alguna vez íbamos a encontramos con Ena —prosiguió diciendo la madre mientras avanzaba—. ¿Dónde habrá estado metida durante todo este tiempo? Estaba segura, además, de que la iba a encontrar madre de un hijo; eso no era difícil de profetizar. ¡Pero encontrarla con dos!... Por fin los de la otra partida les vieron y salieron a su encuentro. Bambi tuvo que saludar a su tía; pero lo hizo con la mente puesta en sus primitos. La tía se mostró muy cariñosa. —Bien —le dijo—, estos son Gobo y Falina. Ahora id a jugar juntos. Los pequeños permanecieron tiesos, mirándose mutuamente, Gobo junto a Falina, y Bambi frente a él. Ninguno se decidía a moverse. Permanecían en la misma posición, mirándose con la boca abierta. —Vamos, corred juntos —dijo la madre de Bambi—; pronto seréis amigos. —Qué criatura encantadora —dijo Ena—. Es un verdadero encanto. Fuerte, bien formado, se mantiene muy bien, erguido. —Oh, sí —repuso la madre de Bambi con modestia—; estoy contenta de él. Pero más contenta has de sentirte tú teniendo dos... —Sí, es cierto —declaró Ena—; pero tú bien sabes querida que no es ésta la primera vez que yo tengo hijos. —Bambi es mi único hijo. —Ya verás —la confortó Ena—; es probable que la próxima vez tengas más suerte. Los pequeñuelos seguían inmóviles, mirándose fijamente. Nadie decía una palabra. De pronto Falina dio un brinco y salió corriendo. Ella no podía seguir más tiempo en esa inmovilidad. Un segundo después Bambi salía en pos de ella, a toda velocidad. Gobo le siguió. Corrieron describiendo un semicírculo, viraron, y en el viraje cayeron el uno sobre el otro. Después se persiguieron mutuamente por todo el prado. Era algo incomparable jugar así. Cuando se detuvieron mareados y casi sin aliento, ya se habían hecho buenos amigos. Y empezaron a conversar. Bambi contó a Falina y a Gobo cómo había conversado con el saltamontes y la mariposa. —¿Hablaste alguna vez con el escarabajo? —preguntó Falina. No, Bambi nunca había hablado con el escarabajo. Ni siquiera sabía quién era. —Yo he conversado con él a menudo —declaró Falina, dándose aires de importancia. —Pues a mí me insultó el grajo —dijo Bambi. —¿De veras? —dijo Gobo sorprendido—. ¿De veras que el grajo te trató mal? Gobo se sorprendía con suma facilidad y era excesivamente tímido. —A mí me pinchó el erizo en el hocico —dijo luego como quien menciona algo sin importancia. —¿Quién es el erizo? —preguntó Bambi con profundo interés. Para él era algo muy entretenido estar ahí con amigos, escuchando tantas cosas interesantes. —El erizo es un animal terrible —dijo Falina—. Está lleno de largas espinas por todo el cuerpo, ¡y es muy malvado! —¿Crees de veras que es un malvado? —preguntó Gobo—. Yo nunca la vi hacer mal a nadie. —¿De veras? —replicó prontamente Falina—. ¿Acaso no te pinchó a ti? —Oh, eso fue solamente porque yo quise hablarle —replicó Gobo—; además no fue un gran pinchazo, apenas me dolió. Bambi se volvió a Gobo. —¿Por qué no quería que le hablases? —le preguntó. —El erizo no habla con nadie —interpuso Falina—. Cuando ve que alguien se le acerca se tira al suelo y se arrolla de tal manera que no son más que espinas lo que se ve de él. Mamá dice que es una de esas personas que no quieren tener nada que ver con el mundo. —Tal vez sólo tenga miedo —reflexionó Gobo. Pero Falina parecía saber lo que decía. —Mamá afirma que no hay que mezclarse con gente así —dijo. Entonces Bambi preguntó tímidamente a Gobo: —¿Sabes tú lo que significa el “peligro”? Los tres se pusieron muy serios; juntando las cabezas, meditaron. Gobo pensó un poco. Y se esforzó mucho por recordar qué significaba la palabra “peligro”, pues veía que Bambi esperaba la respuesta con sumo interés. —El peligro —dijo por fin— es una cosa muy mala. —Sí —declaró Bambi lleno de excitación—; yo también sé que es una cosa muy mala. Pero ¿qué es? Y los tres temblaron de miedo. De pronto, Falina exclamó en voz alta, gozosamente: —¡Ya sé lo que es el peligro! Es aquello de lo que uno huye. Con esto dio un salto y emprendió veloz carrera. No podía seguir más tiempo allí, asustada como estaba. En un segundo Bambi y Gobo salieron corriendo en pos de ella. Y empezaron los tres a jugar de nuevo. Se revolcaron en el pasto suave y verde, y en un minuto se olvidaron de la pregunta que tanto les atemorizara. Al cabo de un rato volvieron a detenerse y a entablar conversación, como antes. Mientras tanto no dejaban de dirigir miradas hacia donde estaban las madres, que continuaban juntas, comiendo y matizando cada bocado con un poco de amena conversación. Tía Ena levantó la cabeza y llamó a sus hijos. —¡Gobo, Falina, venid! Ya es hora de irnos. Y la madre de Bambi dijo al suyo: —Ven, hijito; ya debemos regresar. —Quedémonos otro poquito —suplicó Falina—. ¡Un poquito nada más! —Sí, quedémonos un poquito más —agregó Bambi uniendo sus súplicas a las de ella—. Aquí se está muy bien. Y Gobo repitió tímidamente: —Aquí se está muy bien... —Quedémonos otro poquito más... —los tres suplicaron al unísono. Ena miró a la madre de Bambi. —¿Qué te dije? Ahora no van a querer separarse. De pronto ocurrió algo mucho más excitante que todo lo que le sucediera a Bambi en ese día. Del bosque llegó hasta ellos un ruido de pezuñas golpeando la tierra. Se rompieron algunas ramas, otras hicieron el ruido característico que se oye cuando un cuerpo pasa rozándolas, y antes de que Bambi tuviese tiempo de darse cuenta de lo que sucedía, alguien salió violentamente del bosque al prado. Era un animal grande, soberbio, a quien siguió inmediatamente otro parecido. Los dos, corriendo, como el viento, describieron un amplio círculo en el prado, y volvieron a desaparecer en el interior del bosque, donde se les oyó galopar. Después salieron velozmente de la espesura para quedarse súbitamente inmóviles a unos veinte pasos de distancia. Bambi les miró sin que su sorpresa cediese un ápice. Esos dos seres se parecían a su madre y a tía Ena. Pero sus testas estaban coronadas con resplandecientes astas, cubiertas por bolitas de color castaño y pitones de un color blanquísimo. Bambi estaba completamente deslumbrado. Miraba a uno y al otro alternativamente. Uno de ellos era más pequeño y de astas menos desarrolladas. El otro se erguía majestuoso, lleno de magnificencia, hermoso. Llevaba la cabeza muy alta, y sobre ella se elevaban las astas en toda su majestad. Debido al juego de luz y sombra, la maravillosa cornamenta relumbraba, adornada con el esplendor de sus bolitas de color castaño y negro y de los pitones blancos. —¡Oh! —exclamó Falina, admirada. —¡Oh! —repitió Gobo suavemente. Pero Bambi no dijo nada. Estaba silencioso, como fascinado. Después, los dos recién llegados se separaron y volvieron lentamente al bosque, tomando direcciones opuestas. El mayor de los dos ciervos pasó cerca de los pequeños y de la madre de Bambi y tía Ena. Llevaba la cabeza siempre erguida con nobleza, sin dignarse honrar a nadie con una mirada siquiera. Los niños no se atrevieron a respirar hasta que le vieron desaparecer en el interior del bosque. Después se volvieron a mirar al otro; pero en ese mismo instante acababa de desaparecer también en la verde espesura de la floresta. Falina fue la primera en romper el silencio. —¿Quiénes son? —preguntó; y esta vez su tono lleno de importancia le falló, pues en su lugar le salió una voz trémula de emoción. —¿Quiénes son? —repitió Gobo con una voz apenas audible. Bambi siguió silencioso. Tía Ena dijo entonces, solemnemente: —Son vuestros respectivos padres. No se volvió a decir nada más. Enseguida se separaron. Tía Ena condujo a sus hijos a la espesura más próxima; allí estaba su sendero. Bambi y su madre tenían que atravesar todo el prado, hasta el roble, para llegar a su propio sendero. El pequeño guardó silencio durante largo rato; finalmente preguntó: —Di, mamá, ¿nos vieron ellos a nosotros? La madre comprendió perfectamente su pregunta y contestó: —Naturalmente; nos vieron a todos. Bambi se sentía turbado. Tenía vergüenza de seguir haciendo preguntas, pero la curiosidad pudo más que la timidez. —Entonces, ¿por qué?... —empezó a preguntar y calló. La madre le ayudó diciéndole: —¿Qué deseas saber, hijo mío? —¿Por qué no se quedaron con nosotros? —Ello» nunca se quedan con nosotros —repuso ella—; aunque lo hacen algunas veces. Bambi agregó: —Pero, ¿por qué no nos dirigieron la palabra? Su madre le contestó entonces: —Porque ahora no nos hablan; sólo nos dirigen la palabra algunas veces. Nosotros no podemos hacer otra cosa que esperar a que se decidan a hablarnos. Y ellos lo hacen cuando así lo quieren. Con el corazón acongojado, Bambi preguntó: —¿Me hablará alguna vez mi padre? —Naturalmente que lo hará —prometió la madre—. Cuando seas grande te hablará; y alguna vez tendrás que quedarte con él. El hijo caminó en silencio junto a la madre; tenía la mente llena con la imagen de su padre. ¡Qué hermoso es!, pensaba. ¡Qué hermoso! Como si la madre pudiese leer sus pensamientos, le dijo: —Si tú vives, hijito, si eres prudente y no corres hacia el peligro, llegarás a ser tan fuerte y hermoso como tu padre; y también tendrás astas como las de él. Bambi hizo una profunda inspiración. El corazón le bailaba de alegría y esperanzas.
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