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CAPÍTULO VI ![]() Ahora Bambi se quedaba solo con frecuencia. Pero no se alarmaba tanto como le ocurriera la primera vez. Su madre desaparecía, y por más que la llamase no acudía a su lado. Después, inesperadamente, reaparecía para quedarse con él, como siempre. Una noche empezó a vagar; su madre acababa de dejarle. Y Bambi no podía encontrar siquiera a Gobo y a Falina. El cielo se había puesto de un color gris pálido y empezó a oscurecerse de manera que las copas de loa árboles parecían formar una cúpula por encima de los arbustos y las zarzas. De pronto se oyó como un silbido en los matorrales; luego por entre las hojas llegó un fuerte crujido, y su madre pasó huyendo en veloz carrera. Alguien corría detrás de ella, muy cerca. Bambi no sabía si era la tía Ena, su padre u otro cualquiera de sus conocidos. A quien reconoció inmediatamente fue a su madre. Aunque pasó corriendo a mucha velocidad, supo que era ella por la voz, pues iba gritando. Por esos gritos Bambi infirió que estaría jugando, por más que el tono de los mismos le pareció más bien de terror. Un día Bambi vagó durante horas a través de la espesura. Y por fin empezó a llamar. Ya le resultaba completamente imposible seguir solo. Sentía que pronto iba a desmoralizarse y tal vez a llorar; por eso, empezó a llamar a su madre. Y de pronto uno de los príncipes se encontró frente a él, mirándole con suma gravedad. Bambi no le había oído llegar, y por eso estaba un poco aterrorizado. Este ciervo parecía más fuerte que los otros; era más alto, más gallardo. Su pelambre era de un tono rojizo más brillante e intenso, pero en su cara había reflejos de color gris plateado. Por encima de las orejas nerviosas se elevaban unas cuernas enormes, manchadas de puntos negros. —¿Por qué lloras? —preguntó severamente el viejo ciervo. Bambi tembló, deslumbrado y atemorizado a la vez, sin atreverse a contestar. —Tu madre ahora no tiene tiempo para perderlo contigo —prosiguió el ciervo. Bambi se sentía dominado por su voz imperiosa, a la vez que no podía dejar de admirarla. —¿No puedes arreglártelas solo? ¡Qué vergüenza! El cervatillo quiso decir que él era capaz de arreglárselas solo; que ya se había quedado solo muchas veces; pero no logró articular palabra. Así permaneció callado, sintiéndose lleno de vergüenza. El ciervo dio media vuelta y se fue. Bambi no sabía a donde había ido ni cómo, así como tampoco si se había alejado lenta o rápidamente. Se había ido de la misma manera repentina como apareciera. Irguió las orejas para escuchar, pero no logró captar el ruido de las patas del ciervo golpeando el suelo; ni siquiera oyó el rumor de una hoja. Por eso mismo pensó que debía estar cerca y venteó hacia todas direcciones. Pero eso también resultó inútil, pues no percibió ningún olor. Entonces suspiró aliviado al pensar que ya no estaba allí el ciervo. Sin embargo, también experimentaba un fuerte deseo de volver a verlo para ganarse su aprobación. Cuando su madre regresó no le contó nada del encuentro que acababa de tener. Tampoco la llamó cuando ella volvió a irse dejándole solo. Mientras vagaba por el bosque iba pensando en el viejo ciervo. Tenía grandes deseos de encontrarse con él. Quería decirle: —¿Ves? Ya no llamo más a mi madre —para que él le hiciese algún elogio. Cuando se encontró la vez siguiente con Gobo y Falina en la pradera, les contó de su encuentro con el ciervo. Ellos le escucharon atentamente; y no tuvieron nada que contar que pudiese compararse con el relato de Bambi. —¿Y no te asustaste? —preguntó Gobo lleno de excitación. —Oh, bueno... —confesó Bambi—. Sí: había tenido miedo. Pero sólo un poco. —Pues yo habría tenido un miedo horrible —declaró Gobo. Bambi replicó que no; que él no se había asustado mucho, porque el ciervo era muy hermoso. —Pues eso no habría mitigado mi terror —agregó Gobo—. Ni siquiera he podido ver al ciervo todavía. Cuando me asusto noto como rayas delante de los ojos que me impiden ver; y el corazón me palpita tan velozmente que no puedo resollar. Después de escuchar la historia de Bambi, Falina se quedó muy pensativa y no dijo nada. Pero cuando volvieron a verle, Gobo y Falina se apresuraron a correr a su encuentro. Ellos, lo mismo que él, estaban otra vez solos. —Te hemos buscado todo este tiempo —exclamó Gobo. —Sí —agregó Falina enfáticamente—, porque ahora sabemos quién es el ciervo con quien te encontraste la vez pasada. Bambi dio un salto de tan excitado que estaba por la curiosidad; y preguntó: —¿Quién es? Falina dijo con tono solemne: —Es el anciano príncipe. —¿Quién te lo dijo? —preguntó él. —Mamá —repuso Falina. Bambi estaba sorprendido. —¿Le contaste todo a tu mamá? —preguntó. Y los dos hermanos asintieron. —¡Pero, eso era un secreto! —exclamó con enojo. Gobo trató de justificarse. —Yo no fui; fue Falina —dijo. Pero Falina exclamó excitada: —¿Qué quieres decir con eso de que era un secreto? Yo quise saber de quién se trataba. Ahora todos lo sabemos, y así la cosa resulta más interesante. Bambi ardía de curiosidad por enterarse de todo lo que sabía Falina, y por eso se dejó convencer. Ella se lo contó todo. —El viejo príncipe es el ciervo más grande de todo el bosque. No hay nadie que pueda compararse con él. Nadie sabe la edad que tiene. Nadie puede descubrir dónde vive. Nadie conoce a su familia. Muy pocos son los que le han visto una vez. A veces se ha llegado a pensar en su muerte por no vérsele aparecer durante mucho tiempo. Pero entonces alguien le volvía a ver, aunque no más que por un segundo, y así todos sabían que seguía vivo. No hay quien haya osado jamás preguntarle dónde estuvo durante sus largas ausencias. No habla con nadie, y nadie se atreve a dirigirle la palabra. Utiliza senderos sólo conocidos por él; conoce el bosque hasta el rincón más escondido. Y para él no existe esa cosa llamada peligro. Los otros príncipes suelen luchar entre ellos, algunas veces, por pura diversión, para probar sus respectivas fuerzas, o porque riñen. Pero hace ya muchos años que nadie lucha con el anciano príncipe. Y de los que lucharon con él, hace ya muchísimo tiempo que no vive ninguno. En fin, es el Gran Príncipe. Bambi perdonó a Gobo y a Falina por haber contado su secreto a la madre. Más aún, se alegraba de haberse enterado de tantas cosas importantes; pero también se alegraba, y mucho, de que Falina y Gobo no lo supiesen todo. Porque no sabían, en verdad, que el gran príncipe le había dicho: “¿No puedes arreglártelas solo? ¡Qué vergüenza!” Ahora se alegraba infinitamente de no haberles dicho esas cosas. Porque Falina y Gobo las habrían contado como contaran el resto, y todo el bosque se habría hecho lenguas del asunto. Esa noche, al salir la luna, la madre de Bambi regresó. Él la vio repentinamente al pie del roble grande, en las proximidades del prado, mirando a su alrededor; sin duda le estaba buscando a él. En cuanto la reconoció corrió a su encuentro. Esa noche aprendió algo nuevo. Su madre estaba cansada y con hambre. Por eso no caminaron tanto como de costumbre. La cierva sació su apetito en el prado, donde él también solía hacer sus comidas. El uno junto al otro, mordisquearon la hierba y los arbustos; y rumiando plácidamente, se adentraron poco a poco en el bosque. De pronto oyeron fuertes crujidos de ramas y hojas. Antes de que Bambi pudiese darse cuenta de qué se trataba, la madre empezó a gritar fuertemente, como solía hacerlo cuando sentía terror por algo, o cuando se encolerizaba. —¡Aoh! —gritó, y pegando un brinco, volvió a gritar—: ¡Aoh! ¡Baoh! Bambi trató de reconocer las formas que se acercaban a ellos a medida que el ruido entre las matas se hacía más fuerte. Ahora ya estaban muy cerca. Se parecían a él y a su madre, a tía Ena y a toda su familia; pero eran tan gigantescos y robustos que se quedó mirándoles, estupefacto. De pronto él mismo empezó a balar. —¡Aoh! ¡Baoh! No se daba cuenta de que balaba. No podía evitarlo tampoco. La procesión pasó lentamente. Tres, cuatro gigantescas apariciones, una detrás de la otra. El último era el mayor de todos. Sobre el cuello lucía una hirsuta melena y sus astas eran parecidas a las ramas de un árbol. Viéndoles, Bambi se quedaba sin aliento de puro admirado. Miraba y balaba, con el corazón lleno de ansiedad, pues se sentía profundamente afectado; tanto como no lo estuviera nunca hasta entonces. Tenía miedo; pero era el suyo un miedo peculiar. Se daba cuenta de lo lastimosamente pequeño que era; hasta le parecía que su madre se había encogido, achicándose. se sentía avergonzado sin precisar exactamente por qué, y al mismo tiempo le dominaba el terror. Y volvió a balar una vez más. —¡Baoh! ¡B-a-o-h! Después de lo cual se sintió más tranquilo. La procesión ya había pasado. Ya no se veía ni oía nada. Hasta su madre estaba silenciosa. Sólo él soltaba breves balidos aún. Todavía experimentaba la fuerte impresión recibida al ver a los gigantes. —Tranquilízate —le dijo la madre—; ya se han ido. —¡Oh, mamá! —balbució Bambi—. ¿Quiénes eran? —No temas —agregó la cierva—; no son peligrosos. Esos son tus primos, los alces; son fuertes, poderosos. Mucho más fuertes que nosotros. —¿Y dices que no son peligrosos? —Generalmente, no —explicó ella—. Es claro que se dicen muchas cosas de ellos; tú sabes cómo se murmura en el bosque. Se ha dicho mucho, pero yo no sé si hay algo de verdad en toda esa chismografía. Por lo menos, a mí y a todos mis conocidos jamás nos han hecho el menor daño. —¿Y por qué habrían de hacernos daño a nosotros —preguntó Bambi— si son nuestros primos? Quería tranquilizarse con ese pensamiento; pero siguió temblando. —A nosotros nunca nos hacen nada —contestó la madre—; y sin embargo, yo no sé por qué me asusto cada vez que los veo. Yo misma no consigo explicármelo. Pero me ocurre siempre lo mismo. Bambi fue recobrando la calma con las explicaciones de su madre; pero asimismo se quedó pensativo. Justamente por encima de él, en las ramas de un aliso, el mochuelo estaba ululando de una manera que helaba la sangre en las venas. Como estaba distraído, se olvidó de fingir terror. El mochuelo se pasó a otra rama y preguntó: —Cómo, ¿no te asusté? —Naturalmente que sí —contestó Bambi—; tú siempre me asustas. El ave rió para sus adentros, complacida. —Espero que no me guardes rencor por ello —agregó—; no lo hago intencionadamente; yo soy así. Enseguida estiró las plumas de manera que quedó redonda como un globo, hundió el pico entre el plumaje blanco del pecho y puso una cara seria, terrible. Estaba muy satisfecha consigo misma. El cervatillo decidió hacerle una confidencia. —¿Sabes una cosa? —le dijo tímidamente—. Acabo de recibir un susto mucho mayor de los que me das tú. —¡No me lo digas! —repuso el mochuelo con disgusto. Y Bambi le contó lo de su encuentro con sus gigantescos parientes. —Oh, no me hables de parientes —exclamó su interlocutor—. Yo también los tengo. Como ahora sólo vuelo de día, todos mis parientes me tienen inquina. No, no; la parentela no sirve para nada. Si son más grandes, se portan con uno pésimamente; y si son más pequeños, se portan peor aún. Si son más grandes, uno no puede aguantarlos porque se muestran orgullosos; y si son más pequeños, ellos son los que no pueden aguantar el orgullo que uno puede sentir por esa razón. No; yo prefiero no tener tratos con la parentela. —Pues yo no conozco a mis parientes —repuso Bambi riendo con timidez—; nunca oí hablar de ellos; ni les vi jamás, hasta hoy. —No des confianza a esa gente —le aconsejó el mochuelo—. Créeme —agregó revoleando significativamente los ojos—, créeme que es mejor así. Los parientes nunca son tan buenos como los amigos. Fíjate en nosotros; no tenemos el menor parentesco y, sin embargo, somos buenos amigos, que es lo que realmente importa a la postre. Bambi hubiese querido agregar algo más, pero el otro siguió diciendo: —Yo he tenido muchas experiencias a ese respecto. Tú eres muy joven todavía; créeme: yo sé lo que te digo. Pero, en fin: a mí no me gusta entrometerme en cuestiones de familia —dijo. Y volvió a revolear los ojos con aire pensativo; y puso una cara tan seria e impresionante, que el joven ciervo guardó un silencio discreto.
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