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CAPÍTULO XVII Un día reapareció Marena. En el invierno en que desapareciera Gobo ya era casi adulta; pero después de aquella ocasión no se la había vuelto a ver, pues vivía sola y a su manera. Marena seguía siendo muy esbelta y su aspecto muy juvenil. Sin embargo, era muy callada y seria y más bondadosa que todos los demás. Por la ardilla y el grajo, la urraca y los zorzales se había enterado del regreso de Gobo y de sus extraordinarias aventuras. Y decidió hacer acto de presencia para verle. La madre de Gobo se alegró mucho con su visita. La cierva se sentía muy orgullosa y contenta con su buena fortuna, que le permitía ver al hijo que consideraba muerto. Le encantaba oír a todo el bosque hablar de su hijo. Se solazaba en la gloria de Gobo, y quería que todo el mundo supiese que su hijo era el más inteligente, hábil y mejor de los ciervos vivientes. —¿Qué opinas de él, Marena? —preguntó—. ¿Qué opinas de nuestro Gobo? Y no esperó la respuesta para agregar: —¿Recuerdas cómo la vieja Netla decía que mi Gobo no valía gran cosa, aquella vez que el pobrecito estaba caído, temblando sobre la nieve? ¿Recuerdas cómo profetizó que no sería otra cosa que un motivo de zozobra para mí? —Pues bien —contestó Marena—; mucho ha sido lo que tuviste que penar por causa de Gobo. —Eso ya pasó —exclamó la madre, preguntándose cómo era posible que alguien recordase aún tales cosas—. ¡Oh, lo siento por la pobre Netla! ¡Qué lástima que no haya podido vivir para saber las cosas que llegó a hacer Gobo! —Sí, pobre Netla —dijo dulcemente Marena—. Es una lástima que haya muerto. A Gobo le gustaba oír los elogios que le prodigaba la madre. Cuando eso ocurría se quedaba cerca, disfrutando tanto con los maternales elogios como quien goza del dulce calor del sol. —Hasta el anciano príncipe vino a visitar a Gobo —dijo Ena a Marena; esto lo dijo en voz muy baja, como si se tratase de algo solemne, misterioso—. Nunca se dejó ver por nadie, pero a Gobo le hizo una visita. —¿Por qué me llamó “pobrecillo”? —interrumpió Gobo, preguntando con disgusto—. Quisiera saber qué quiso decir con esa palabra. —No hagas caso —contestó su madre para tranquilizarlo—. El príncipe está viejo y tiene sus rarezas. Pero parecía que Gobo deseaba serenar su mente perturbada de una vez por todas. —Esa palabra no deja de resonar en mi cabeza en todo el día —dijo—. “¡Pobrecillo!” Yo no soy un pobrecillo; por el contrario, me considero muy afortunado. Yo he visto más cosas y he tenido más experiencias emocionantes que todos vosotros juntos. He visto más del mundo y sé más de la vida que cualquier habitante del bosque. ¿Tú qué opinas, Marena? —Sí —repuso ella; nadie puede negártelo. Desde ese día Marena y Gobo fueron vistos siempre juntos.
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