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Capítulo XXII

CAPÍTULO XXII

Una noche en que el aire suspiraba con las hojas otoñales, el mochuelo soltó un grito chillón entre las ramas. Después esperó.

Bambi le había visto ya a través del follaje, y se detuvo.

El mochuelo voló cerca de él y chilló más fuerte. Y volvió a esperar. Pero Bambi no dijo nada.

Entonces el mochuelo ya no pudo contenerse más.

—¿Es que no te asustas ya? —preguntó con disgusto.

—Te diré —replicó Bambi—; me asustaste un poco.

—Sí, ¿eh? —replicó el ave con tono de ofendida—, ¿conque sólo un poco? Sin embargo, antes solías asustarte terriblemente. Era un verdadero placer ver cómo te espantabas. Pero por una u otra razón ahora resulta que sólo te asustas un poquito —y enfureciéndose repitió—: ¡Sólo un poquito!

El mochuelo estaba envejeciendo, y por eso mismo se estaba poniendo más vanidoso y mucho más sensible que antes.

Bambi deseó contestar: “Tampoco me asustabas antes”, pero decidió guardar eso para sí mismo. Sentía ver al pobre tan enfurecido. Por eso trató de serenarle.

—Tal vez sea que no bien chillaste pensé en ti —dijo.

—¿Qué? —exclamó el ave, poniéndose alegre otra vez—. ¿De veras pensaste en mí?

—Sí —contestó Bambi con indecisión—; no bien te oí chillar. De lo contrario, es natural que me hubiese asustado como siempre.

—¿De veras? —inquirió el mochuelo.

Bambi no tuvo corazón para negarlo. ¿Qué diferencia podía haber para él que ésa no fuese la verdad? Que el pobre quedase contento, ya que le bastaba con tan poco para ello.

—De veras —le aseguró; y agregó—: Cuando te oigo así, repentinamente, experimento una sensación muy emocionante; créeme, me gusta tu grito.

El mochuelo se infló de satisfacción, distendiendo las plumas de color gris castaño de manera que quedó convertido en una pelota. Se sentía feliz.

—Eres muy amable pensando en mí —dijo con voz emocionada— Muy amable. Hacía mucho que no nos veíamos.

—Mucho tiempo, en efecto —dijo Bambi.

—Ya no usas los viejos senderos, ¿verdad?

—No —dijo Bambi lentamente—; ya no uso más los viejos senderos.

—Yo también estoy viendo del mundo más de lo que solía en otro tiempo —observó el mochuelo con jactancia.

Naturalmente, no mencionó que había sido desalojado de su vieja heredad por un joven y despiadado rival.

—No se puede estar siempre en el mismo sitio —agregó. Y calló, esperando la respuesta de su interlocutor. Pero Bambi se había ido. Por entonces él también sabía, igual que el viejo ciervo, cómo desaparecer repentina y silenciosamente.

El mochuelo se enojó.

—Qué poca vergüenza —se dijo. Luego sacudió las plumas, hundió el pico en el pecho, y filosofó en silencio:

—No hay que esperar nunca llegar a ser amigo de los grandes. Estos pueden ser muy amables; pero hay momentos en que no hacen el menor caso de uno, y le dejan estúpidamente sentado, como me quedé yo ahora.

De pronto se dejó caer a tierra como una piedra. Acababa de descubrir a un ratón. La pobre bestezuela chilló una vez bajo sus garras, con las que lo despedazó, de furioso que estaba. Devoró a la diminuta presa comiéndola con mayor rapidez que de costumbre, y luego subió otra vez a su rama.

—¿Qué me importan todos los grandes? —dijo—. Nada; nada en absoluto.

Y empezó a gritar con tono tan chillón y tan seguido que dos palomas que estaban dormidas se despertaron y se alejaron de su nido con gran rumor de alas.

La tormenta se abatió sobre el bosque durante varios días, arrancando las últimas hojas de las ramas. Entonces los árboles quedaron desnudos.

Bambi vagaba en el gris amanecer; se encaminaba hacia el agujero donde dormía junto al viejo príncipe.

Una voz aguda le llamó repitiendo su nombre dos o tres veces, rápidamente. Al oír se detuvo. Entonces la ardilla descendió ágilmente por las ramas de un árbol y fue a ponerse en el suelo delante de Bambi.

—¿Eres tú, ciertamente, eres tú? —chilló con sorpresa y deleite—. Te reconocí al verte pasar; pero me costó creerlo...

—¿De dónde saliste? —le preguntó Bambi. La carita alegre de la ardilla adquirió una expresión afligida.

—El roble ya no está —dijo quejosa—. Mi hermoso roble... ¿te acuerdas? Fue algo terrible: Él lo derribó.

Bambi inclinó la cabeza, entristecido. se sentía muy apenado por la muerte de aquel espléndido árbol.

—En cuanto ocurrió la desgracia —contó la ardilla—, todos los que vivíamos en el roble huimos y contemplamos tristemente, desde lejos, cómo Él daba feroces dentelladas sobre el tronco con un diente gigantesco y muy brillante. Al sentirse herido, el roble soltó un profundo gemido. Después, mientras el diente seguía mordiendo el tronco no cesó de quejarse. Era algo que destrozaba el alma oírlo. Después, el hermoso árbol cayó muerto en el prado. Todos lloramos mucho.

Bambi permaneció callado.

—Sí —suspiró la ardilla—. Él lo puede todo. Es todopoderoso.

Miró a Bambi con sus grandes ojos e irguió las orejas. Pero Bambi permaneció callado.

—A raíz de esa desgracia nos quedamos todos sin hogar —prosiguió la ardilla—. Ni siquiera sé a donde fueron las demás. Yo vine aquí. Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a encontrar otro árbol como aquél...

—El viejo roble... —balbuceó Bambi, hablando consigo mismo—. Yo lo conocía desde que era pequeñito.

—En fin —dijo la ardilla—. ¡Quién iba a decirme que volvería a verte! —agregó con tono de satisfacción—. Todos decían que habías muerto. Naturalmente, algunos afirmaban que debías estar vivo. Pero nadie podía saber nada con seguridad. Yo no hice caso a estos últimos —agregó mirando inquisitivamente a su interlocutor— desde que no te vi regresar.

Bambi vio que la ardilla estaba llena de curiosidad y ansiosa por recibir una respuesta aclaratoria.

Mas no por eso habló. Con todo, él mismo empezaba a sentirse acicateado por la curiosidad. Quería preguntar por Falina, por Ena, Roño y Karus, en fin, por todos los compañeros de su infancia. Pero al final se quedó callado.

La ardilla seguía frente a él, estudiándole.

—¡Qué astas tienes! —exclamó con admiración—. ¡Qué astas! Nadie las tiene iguales en todo el bosque, excepto el viejo príncipe.

En otro tiempo se hubiese sentido henchido de satisfacción, halagado por tal elogio. Pero ahora sólo contestó:

—Es posible.

La ardilla movió vivamente la cabeza.

—De veras —dijo sorprendida; y agregó—: Observo también que la pelambre se te está poniendo de color gris.

Bambi siguió vagando.

La ardilla se dio cuenta de que la conversación había terminado y se internó a su vez en la espesura, gritando:

—Adiós, adiós. Me alegro de haberte visto. Si encuentro a tus amigos les diré que estás vivo. Eso les llenará de alegría.

Él le oyó y volvió a sentir nuevamente el acicate de una tierna curiosidad. Pero no dijo nada. Cuando era pequeño el viejo ciervo le había enseñado que debía vivir solo, que debía saber arreglárselas solo. Después le había enseñado también las cosas que sabía, revelándole muchos secretos. Pero de todas sus enseñanzas, ésta era la más importante: “hay que vivir solo”. Si uno quería cuidarse, si uno comprendía la vida, si uno deseaba hacerse sabio, tenía que vivir solo.

—Pero —objetó una vez Bambi— tú y yo ahora andamos siempre juntos.

“No será por mucho tiempo”, contestó enseguida el viejo príncipe. Eso se lo había dicho unas semanas atrás. Ahora, recordando eso, a la mente de Bambi acudió el recuerdo de las primeras palabras que su protector y amigo le dirigiera: esas primeras palabras se habían referido también a la soledad. Aquel día en que Bambi, siendo aún una criatura, llamó llorando a su madre, el ciervo se le había acercado para decirle:

—¿Es que no puedes arreglártelas solo? Bambi siguió vagando.

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Bambi


 


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