Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

III

III

A la mañana siguiente comenzaron a acaronar sus bestias para proseguir el viaje.

Enormes nubarrones oscuros manchaban por retazos el cielo azul y en la playa reventaba el río con voz hasta entonces desconocida por los costeños.

—Tengan cuidado el río está de avenida. Será mejor que se queden —les aconsejó el valluno, entre interesado y compasivo.

Los viajeros no hicieron caso. Desde el albergue de Choque se veía la playa, y por ella caminaban algunos viandantes.

Partieron.

Ya en la playa, les impresionó el aspecto de la corriente.

Las aguas, ahora lodosas, corrían vertiginosamente, chocando con los enormes pedrones de granito y alzándose en tumbos altos y de siniestro aspecto. En sitios parecían amansarse y se deslizaban formando ondulaciones pero era imposible seguirlas en su precipitado curso, porque pronto se cansaban los ojos.

Los sunichos tomaron el partido de incorporarse a un grupo de viajeros vallunos que de la ciudad iban camino de sus pagos, y eran los solos que llevaban su ruta, porque los demás marchaban playa arriba, en opuesto sentido, pero bien pronto se quedaron los amigos sin compañía, porque los vallunos conducían mulas  avezadas en esos caminos, y los menguados borricos de los puneños, acostumbrados a caminar por la pampa, no podían igualarles en el paso, aunque se había disminuido  considerablemente el peso de su carga.

Al alejarse, uno de los vallunos se volvió hacia los puneños y les gritó, dominando el ruido de las aguas:

—Si se quedan, tengan cuidado. Puede cogerlos la mazamorra.

Serían, poco más o menos, las nueve de la mañana. El cielo se había limpiado de nubes y el sol lucía con extraordinario esplendor sobre la osamenta rocosa de esos cerros, que tan pronto caían escarpados sobre la playa, estrechando al río en angostos callejones, como se abrían indolentes, presentando sus flancos fecundos al brazo del hombre, que los había cubierto con viñedos y huertas de árboles frutales.

Llegaron a un vado. El río mostrábase dividido en diversos brazos, reunidos entre sí por la huella de los  viajeros, húmeda todavía, y fácil les fue a los sunichos atravesar los primeros; mas en el último, uno de los asnos fue cogido por una piedra y cayó al agua. Manuno corrió a levantarlo antes de que lo arrastrase la corriente, que a los pocos metros volvía a juntarse, y, tras largos esfuerzos, pudo ponerlo en pie y ayudarle a ganar la orilla.

Andaba apenas el borriquillo: la piedra le había desgarrado la piel del corvejón y el hueso blanqueaba entre el rojizo pelaje.

Le quitaron la carga y se la repartieron entre Quilco y Agiali. Manuno les dijo:

—Sigan caminando. Yo me quedaré a vendarle y déjenme los burros cansados. Si no los alcanzo de pronto, me esperan. Ustedes no conocen esto y pueden caer en algún mal paso.

Así lo hicieron, y a la media legua se les reunió un valluno.

Era un hombre entrado en edad, alto, seco, de nariz afilada, labios delgados y airoso continente. Vestía con cierta elegancia y sus ropas hablaban del buen estado de su bolsa.

Al ver a los costeños, detuvo el paso y los saludó con inusitada cortesanía.

—Buenos días, tatai —respondieron humildemente los sunichos, con esa humildad del indio cuando se encuentra lejos de su comarca.

—¿Dónde?

—A Usi.

—¿Y de dónde?

—Del lago.

—Dicen que allá no andan bien las cosechas.

—Hace tres años. En éste creo que ni las semillas hemos de sacar. ¿Y por aquí?

—¡Psh! Las heladas cayeron a des tiempo y secaron las flores primerizas, pero hubo algo. Son los pájaros, que nos ocasionaron mayores daños. En ese mundo también hay hambre.

—Lo mismo que allá arriba; los gusanos se lo comen todo.

—¿Y han de tardar mucho ?

—Según. Si no encontramos granos en Usi, pasamos a Cohoni.

—Van lejos. Seguramente llevarán carnes saladas y quesos para cambiar.

—Un poco de pescado y charqui y casi nada de chalonas. Este año tampoco hubo ganado para degollar: el muyumuyu ha acabado con él.

—Dicen que es un mal terrible. Felizmente, no le conocemos por acá.

—Es contagioso y ataca en grupo. A los mejor, las ovejas comienzan a girar sobre las patas, dan algunas vueltas y caen como fulminadas.

—Será alguna maldición.

—Seguro. Por eso no comemos su carne; pero..., ¡ja, ja, ja!..., los otros, no.

Los "otros" eran los blancos, y así lo comprendió el valluno.

Ahora seguían por un angosto sendero que caracoleaba entre peñascos de granito, blancos y rojos, y aspirando el áspero perfume de unas plantas de hoja clara y flor amarilla.

El valluno, que dijo llamarse Cisco, abrió su bolsa, cogió algunas hojas de coca, quitóles de un pellizco el rabo, hizo con ellas la señal de la cruz sobre su boca y las mordió, haciendo crujir sus dientes blanquísimos, agudos y limpios como los de un perro joven. Luego cascó un retazo de lejía y, sosteniendo con ambas manos la bolsa abierta, presentó su ofrenda a sus compañeros.

—¿Luego no conocen estos parajes? —inquirió cerrando la bolsa y colgándosela de la faja.

—Nosotros, no; pero, sí Manuno —repuso Agiali.

—¿Y dónde está ese Manuno?

—Se ha quedado atrás, con los burros cansados. No tardará en darnos encuentro.

—¡Hum! Burro que se cansa, no corre ni apura en playas. Yo les aconsejo no adelantarse mucho.

  —¿Por qué?

—Porque estos caminos no son como los de allá arriba. Allá todo es parejos limpio, claro. El cielo se extiende a lo lejos, y caso de venir la tempestad, se la esquiva, o se la soporta, pero sin riesgo. Acá, no; hay que aguantarla. En la pampa, cuando se tropieza con una ciénaga o un mal paso, se rodea, se busca otro camino; acá hay uno solo, que corre junto a las aguas, y éstas lo borran cuando vienen un poco gruesas, y entonces hay que abrírselo por entre las peñas y los troncos secos. Esto no es como aquello. Es más difícil... Pero vayan a atajar la recua; me parece que el vado no está practicable.

Agliali corrió y detuvo a los asnos al borde de las aguas.

Corrían tumultuosas y habían cambiado de color: eran ahora negras.

El valluno tenia razón, un repentino cambio había reunido la corriente en un solo brazo. Aún se veía el húmedo lecho de los otros, y las piedras, sin tiempo para secarse todavía, presentaban una capa de fino lodo en su superficie.

Estos cambios son rápidos, casi bruscos. Una piedra arrastrada al arranque de dos brazos, un tronco que se cruza, aumentan la presión de las aguas, que, al punto, se vuelcan del lado que ofrece menos resistencia.

La playa seguía desigual y multiforme; pero en partes se ensanchaba, y entonces la luz caída en triunfo de las alturas y bañaba las vertientes de los montes, implacablemente alzados contra el alto cielo.

Cortados a pico y acribillados de rajaduras, en la cumbre solitaria y altísima parecían florecer en un hacinamiento de rocas y pedruscos inclinados sobre el abismo, cual si eternamente amenazasen caer desde su cima, aplastar al caminante, pulverizarlo.

Allí, en las oquedades, anidan los cóndores.

Veíaseles revolotear lentamente por bajo de las cumbres, en tanto que otros, parados en las aristas, avizoraban la playa, buscando la presa sobre la que han de caer o la carroña que las tumultuosas aguas arrojaron en el intersticio de los pedrones, y celebrar su festín junto a los cuervos, que, más atrevidos, no se apartan de la playa y se pasan posados horas de horas en los pedrones, piojosos y cavilosos.

—¿De veras crees que entrará el río? —preguntó Quilco al comarcano.

Detúvose éste, volvió los ojos hacia el Norte y, levantando el brazo en esa dirección repuso:

—Cuando llueve allá arriba, seguro. Y ahora está lloviendo a torrentes; basta ver esas nubes. Pudiera que nos ataje la mazamorra, de Huanuni, y en ese caso no hay más que dormir al aire, en el campo, o retroceder para buscar abrigo en Guaricana o en cualquier otra finca.

—¿Y qué hacemos?

—Deben apurarse. En estas cercanías no hay ningún caserío, y, por lo que veo, ustedes no llevan bastante forraje para sus bestias. Para encontrarlo aún tienen que andar unas dos leguas, y creo que hasta entonces los coge el agua.

Al oír esto, volviéronse los otros para ver si llegaba Manuno y el camino estaba vacío. Se sentían tímidos, acobardados, cual si estuviesen frente a enemigos invisibles e implacables. Adivinó su perplejidad Cisco, y les propuso:

—Páguenme un poco de pescado y yo los conduzco. Soy de la región y conozco todo esto como mi casa.

—Que venga Manuno y él lo diga; ha viajado mucho por acá.

—Le esperaremos entonces, porque tampoco podríamos seguir adelante. Oigan: está entrando la mazamorra —les dijo señalando con el dedo a lo largo del camino.

  Un ruido sordo y profundo parecía surgir de las entrañas de una planicie gris y desnuda abierta entre dos cerros elevados, cortada en medio por el cauce hondo y estrecho de un torrente amurallado en la superficie por albergadas de piedras y troncos.

Llenando el fondo del cauce, casi manso por su densidad y sin ruido, corría un barro líquido, embadurnando las piedras del angosto alfoz.

—¿Pasamos? —preguntó Agiali al velluno.

Este le miró con expresión de burla.

—Ni el demonio pasaría a pie en ese instante. El agua es poca, pero tiene mucha fuerza. Además, miren: viene la mazamorra.

Una masa terrosa avanzaba, llenando el cauce hasta tocar en los reparos de piedra y troncos levantados en lo alto. Avanzaba lentamente, como con cautela, rodando sobre sí misma, deteniéndose breves segundos, cual si se replegase para dar un salto, y, de pronto, se deshacía con un estallido breve y rotundo. Entonces corría la masa con alguna rapidez, hasta que tornaba a calmarse, para volver a rodar en tumbos, y de su interior surgía el ruido sordo de piedras que se aglomeran y chocan al juntarse. A veces, detenida por su misma densidad o por algún saliente del terreno, suspendía del todo su lento caminar, y entonces nuevas capas de lodo venían a acumularse sobre la quieta superficie, para luego volver a estallar y correr. Y temblaba el piso con vibraciones repetidas, como si dentro trabajase una caldera en ebullición.

Los viajeros se retiraron con espanto del cauce cuando la masa estaba por llegar a su altura, dándose prisa en alejar a sus bestias del borde de ese caos siniestro.

Llegó Manuno.

Venía bañado en sudor, porque, para seguir el camino, le había sido forzoso aliviar la carga de uno de los burros, echándosela, y ya no podía más. Las acémilas, también sudorosas, temblaban sobre sus débiles patas.

—Han avanzado mucho; parece que están muy apurados —dijo torvamente y sin saludar a Cisco, pues traía endiablado mal humor.

—No podemos seguir; ha entrado la mazamorra —dijo Agiali, sin responder directamente al colérico.

—Y eso los ha detenido. Si no, me dejan —insistió el otro, arrojando la carga en el suelo y echándose encima.

Las nubes habían desaparecido completamente, y el sol lucía en lo alto con todo esplendor, cual en invierno, pues el cielo era azul como una turquesa.

—¿Y qué hacemos ahora? No podemos quedarnos en esta pampa, porque las bestias se morirían de hambre —dijo Manuno al ver que los otros no respondían nada a sus quejas.

—Este hombre —y Quilco señaló al valluno nos pide un poco de pescado para llevarnos por buen camino. Es de Millocato.

Manuno se volvió hacia Cisco:

—¿Y por dónde nos llevarías si no podemos atravesar la mazamorra?

—Hay un puente más arriba, pero se paga peaje, porque es de la hacienda.

—¿Y cuánto se paga?

—Un real por cada bestia.

—Prefiero volver a Huaricana.

Cisco se alarmó.

—Es que yendo conmigo no pagarán nada.

—¿Y es lejos?

—Una legua corta.

—Mucho es. Sería mejor esperar a que bajase el río, y entretanto, descansarían un poco nuestras bestias; ya no puedo más.

—Como quieran; pero a veces hay que esperar hasta la tarde o todo un día... Yo me voy; ¿no quieren ofrecerme un poco de pescado? Si pasan el río, pueden llegar a casa; está sobre el camino.

Manuno dijo que se le dieran unos cuantos pescados, y el valluno se fue contentísimo. Al partir les advirtió:

—Ya va cesando la corriente y pueden pasarla en la tarde. Después, sigan el camino hasta otra mazamorra y bajen por el lecho, que es seguro, hasta encontrar el río, pero sin abandonar la orilla. El agua es siempre menos peligrosa que el barro.

—¿Y cuánto dista de aquí al río de Palca?

—Una legua corta.

Despedióse Cisco y se fue.

Los sunichos descargaron las bestias, les dieron el resto de la cebada seca que traían sobre las cargas y se tendieron a merendar.

El ruido del río menguaba de sonoridad y ya no se oían los fuertes estampidos de la mazamorra.

Quedaron allí hasta que el sol estaba por esconderse tras los altos cerros, y emprendieron otra vez la marcha, reconfortados con la merienda y el reposo.

—Deben de ser las tres, y llegaremos temprano a la casa de Cisco —dijo Manuno mirando el sol.

Atravesaron sin incidente el lecho de la mazamorra, lavado por las aguas turbias, y salieron a otra llanura cortada también en medio por el cause de una nueva mazamorra.

—Ha dicho que bajemos por la orilla, hasta encontrar el río grande...

—No hay que creerle —repuso el guía—. Lo dijo porque tenemos que atravesar algunas huertas y los vallunos temen que les roben su fruta.

—¿Y si no fuera por eso? —arguyó Quilco.

—Por eso es. El camino por la huerta es más corto; pero si quieren, sigamos la mazamorras lo mismo me da.

Así lo hicieron, sin más discusión. Y para no sufrir mayores contratiempos ni correr el riesgo de extraviarse, Agiali, el más ágil, se puso a la cabeza del convoy.

Se fue abriendo la playa. Las vertientes de los cerros estaban talladas en plataformas donde verdeaban huertas de duraznos y viñedos, pero en sus cumbres peladas sólo florecían las chumberas o los cardos enhiestos y agudos.

Al fin, treparon a una ancha llanura que se extendía sin ondulaciones hacia el fondo de la playa. Los rebalses de sus mazamorras, esparcidos en una gran extensión, aprisionaban las aguas al fondo del mismo cerro contra la roca viva; pero éstas habían vuelto a ganar terreno, carcomiendo la espesa muralla y llevándosela retazo a retazo, hasta convertir el callejón en un pasaje ancho y de poco pedrusco.

Sobre el suelo de la llanada, duro como la piedra, no medraba ni la más pequeña hierba. Hecho de argamasa, arena y lodo batido y rodado por muchas pendientes, su tierra no lleva ninguna virtud germinativa, y tienen que caer sobre ella muchas lluvias y el polen de muchas flores para recubrirse en partes con el verdor de plantas inútiles, que, en su afán de vivir, serían capaces de echar raíces sobre el mismo hierro batido.

A poco andar sobre la meseta, Agiali se volvió hacia sus compañeros. Estaba azaroso, inquieto.

—Por este camino hace tiempo que no ha venido nadie; no hay rastro fresco y debe conducir a malas partes.

Manuno halló justa la observación de su compañero. Ni polvo tenía la senda, y sólo guardaba sobre el lodo seco la antigua huella de una tropa de ovejas.

—¿Qué será?

—No sé. A no ser que fuéramos hasta aquella casa —opinó Quilco, señalando el confín de la meseta, donde verdeaba una huerta.

Por entre los árboles se alzaba una derecha columna de humo tenue y azulado.

Los borricos avanzaban con paso ligero sobre ese terreno llano, parecido al de la querencia, y el mismo Supaya se mostraba locuaz con sus alegres ladridos.

De repente, los asnos se detuvieron formando grupo. Quilco se alzó de puntas, y lanzando una exclamación de angustia corrió hacia las bestias. Sus compañeros, presintiendo una desgracia, corrieron tras él.

¡Lo de siempre!

La planicie, rellenada con los rebalses de una mazamorra que se había endurecido por encima con el sol, presentaban una superficie lisa y, al parecer, compacta; pero en lo hondo el lodo permanecía fresco y cedía con facilidad a cualquier presión de encima, sobre todo en las primeras semanas de su estancamiento.

Y al lodo había caído una mula de Agiali, la delantera, y se debatía metida hasta el pecho en el atolladero, sin poder arrancarse de él, y antes hundiéndose más a cada nuevo movimiento que intentaba zafarse de la traidora sima. Con la cabeza levantada, las orejas rígidas, inmensamente dilatadas las fosas nasales por el terror, daba resoplidos como demandando pronto socorro.

Manuno, más previsor que sus compañeros, sacó de su faja un cuchillo y se lo pasó a Agiali, ordenándole cortar la cuerda que sujetaba la carga; mas el mozo, dolido por la pérdida, no se atrevió de pronto a ejecutar la orden.

Ante su vacilación, Manuno gritó colérico:

—¿No ves que ya no puede tu animal? Si no cortas, lo pierdes.

Ciertamente, la mula ya no podía. Los continuos esfuerzos agotaron pronto sus bríos, y ahora, inmóvil, paciente, manteníase quieta, como resignada a su suerte, en santa humildad. Las otras bestias, muertas de hambre, vagabundeaban bajo la vigilante mirada de uno de los puneños, lejos del peligro. Supaya, sentado sobre sus patas traseras y el hocico al cielo, ladraba sin reposo.

—Voy a pedir ayuda a aquella casa —dijo Agiali, confundido con su desventura.

Y sin esperar respuesta ni ver dónde ponía los pies, se lanzó por la traidora llanura, andando de puntillas, como para aligerar el peso de su corpacho.

En la casa topó con Cisco. Yacía sentado sobre una piedra, al pie de un peral, y departía con otros tres vallunos, al parecer dueños de la vivienda.

—¿A qué vienes? —le preguntó.

Una mula..., ¡mi mula se ha hundido! —repuso, sofocado.

—¿Dónde?

—Allí, en la mazamorra... ¡Ayúdennos, por Dios!

Se levantaron los vallunos con piadosa diligencia, y, armándose de picos, azadas, cuerdas y algunas vigas, se fueron al lugar del accidente.

El lodo estaba acuoso y deleznable.

Cruzaron los maderos en torno de la bestia atollada, y cavando un círculo en su derredor, pasáronle dos cuerdas bajo el pecho, atáronle otras a la cola y al hocico y una mano, tiraron unos de los lazos y otros introdujeron las vigas bajo el cuerpo de la mula, la cual, poniendo de su parte alguna buena voluntad y tras pocos esfuerzos y gritos y algunos varazos bien aplicados en las ancas, pudo saltar a lo seco, cubierta de sudor y de lodo.

—¿No les dije? Esto no es lo mismo que la pampa. Aquí hay que andar con cuidado.

Engulló Cisco unas hojas, mordió un retazo de lejía y añadió con acento distraído:

—Pero tienen suerte. El otro día, aquí mismo, se hundió un burro y se fue adentro, como si los demonios lo jalasen por las patas.

—¿Y no hubo manera de sacarlo?

—Se podía, pero el mestizo quiso obligarnos a trabajar por la fuerza, y lo dejamos...

Comenzó a reír con malicia, coreado por los otros, que rompieron en unánime carcajada.

Y añadió luego:

—Otro día, más lejos, se hundió toda una recua, y los dueños, para salvarse, tuvieron que ganar la orilla pisando sobre los cadáveres de sus mulas... Ustedes anduvieron felices... El susto, y nada más.

Y viendo que los puneños se disponían a emprender la marcha, les dijo:

—Vayan con cuidado y no sean muy atrevidos. Si se deciden a pasar el río, pregunten por mí y quédense en casa. Está sobre el camino.

Y añadió, insistiendo en sus consejos:

—Es preferible marchar con la corriente, meterse en ella, porque el agua, aunque traicionera, no lo es tanto como el lodo... Yo sé eso, y les advertí, ¡pero no me han hecho caso!

Se encogió de hombros y se puso a maldecir del río, lleno de rencor.

¡Cómo era condenado el maldito! En invierno, cuando no hay nada para conducir a la ciudad y el sol luce y la tierra es yesca seca, apenas unas cuantas gotas para refrescar el casco de las bestias y sólo la playa desnuda y polvorienta. En otoño, rico en frutos y pródigo en verdura, diluvios de agua, avenidas, tempestades, el desplome incontenible de los cerros trocados en lodo...

El río es traicionero, veleidoso, implacable. Hay que arrojarlo palmo a palmo, sin reposo ni desfallecimientos.

Hoy corre por aquí, socava el terreno y lo derrumba. En vano se ponen muros a su veloz corriente; vanamente se construyen a la fuerza de paciencia y dinero esas grandes albergadas de troncos y asentadas con piedra acumulada en largos días de trabajo porfiado; de pronto se encapricha, toma nuevo rumbo y las deja en seco, para mostrarse allí donde no existen, cuando no las ataca por detrás, para cargárselas con toda su complicada trabazón, después de haberlas despojado de su armadura de piedra.

¡Oh, ellos bien conocían el río! Toda su vida no era sino una perpetua lucha con él. Lucha tenaz, porfiada, perenne eterna... ¡Pero él siempre triunfante, siempre devastador, siempre terrible!

De padres a hijos, era la misma cosa. El río es peor que la peste y que cualesquiera otras calamidades. La peste viene, calienta y se va, llevándose a algunos. Otros nuevos los reemplazan, y se vuelve a recomenzar la lucha. El río ataca la tierra, la carcome y la derrumba. Una vez caída, se convierte en playa y la playa es estéril como vientre de momia...

¡Y cómo mata el perverso!

En los ríos mansos, aunque hondos se puede flotar, nadar, tocar tierra, asirse a cualquier cosa, salvarse, aquí nada es posible. Las aguas, sobre un lecho inclinado de rocalla, corren encrespadas, furiosas, chocando contra peñascos, dando tumbos, y ¡guay del que se deje coger por las cochinas!...

Y Cisco, lleno de rencor, lanzó un escupitajo al lodo.

Caía dulcemente la tarde cuando los viajeros llegaron a la orilla del río.

Las aguas negras y lodosas, pero divididas en varios brazos, se arrastraban con violencia, y de sus entrañas surgían ruidos sordos producidos por el choque de las piedras. Rodaban éstas alzando tumbos que caían desflecándose como las barbas de una pluma, daban con otras y se detenían, avanzaban otra vez, volvían pararse.

En la playa no había viajeros. Habíanse detenido en la opuesta orilla, sobre tierra firme, cabe las huertas, y se les veía formar grupos al lado de sus bestias descargadas, que ramoneaban en los borles de la escarpa por entre floridos retamales. Yacían sentados junto a su cargamento, mirando la corriente negra y siguiendo los andares de esos nuevos caminantes que serían tan locos de atravesar esa corriente enfurecida.

—¿Qué hacemos? No podemos pasar —dijo Quilco, mostrando las aguas barrosas.

—¿Y cómo pasaron aquéllos? —repuso Manuno señalando a los viajeros de la banda opuesta.

—Acaso fue antes, cuando no entró la avenida.

—Yo creo que sería preferible volver —opinó prudentemente Agiali.

Manuno se enojó:

—Ustedes no parecen hombres. Ya está cerrando la noche y no sabríamos dónde dirigirnos para encontrar forraje, cuando de dos saltos podremos llegar a la orilla opuesta, alojarnos en casa de Cisco y hartarnos con choclos y buena fruta.

Al oír esto brillaron los ojos de los sunichos y se les cayó la baba. Tenían un apetito devorador, y era inhumano hablarles de cosas suculentas.

En ese momento llegó junto a ellos un hombre alto, delgado, musculoso amojamado, de piernas redondas, finas, llenas de nervios. Traía completamente remangados los calzones y se sostenía en una percha de más talla que él, nudosa, recta y fuerte un kuphi magnífico, endurecido y dorado al fuego.

Saludóles con urbanidad, y echando una rápida ojeada a los brazos del río, como para ver por dónde podía atravesarlos, comenzó a despojarse de sus ropas.

—¿Ven cómo ha de pasar éste? No tenemos sino que seguirle —dijo Manuno aflojándose los calzones.

Le imitaron los otros, contagiados por el ejemplo.

El valluno les miró y no dijo una palabra. Se había despojado de los calzones, la chaqueta y el chaleco, con los que formó un paquete que se lo puso sobre los hombros, sujetándolo con la correa del calzón alrededor del cuello, luego se solevantó la camisa hasta las axilas, hundió con un golpe el palo en la corriente y se metió en ella.

El agua le llegó hasta la cintura, y se levantó al chocar con el cuerpo del hombre, en brusco salto, con furia crispada; mas no pudo derribarlo. Avanzaba el indio con rapidez, siguiendo al sesgo el curso de la corriente, pero sin perder de vista el punto de arribo de la orilla opuesta.

Le imitó Agiali, con valentía, halando del ronzal al más débil de sus asnos, y detrás de Agiali se metió al agua Supaya, el perro. Tras él lanzáronse los demás, colocándose al lado de las bestias, para recibir ellos todo el choque de las aguas y quitarles algo de su fuerza, oponiendo la frágil resistencia de sus cuerpos.

Estaban en medio vado, cuando se oyó el sordo choque de una piedra y uno de los burros de Manuno fue envuelto por la corriente. Alzóse otro tumbo negro, y desapareció la bestia un instante, mas al llegar a un punto en que se explayaba la turbia onda, probó ponerse en pie, pero era tal la violencia de las aguas que sólo alcanzó a erguir la cabeza. Y río adentro se fue dando tumbos, en alto las patas rígidas, o mostrando el combo de la carga, que iba alejándose a una angostura, donde las aguas corrían en anchas ondulaciones por un cauce desigual y lleno de agujeros.

Manuno prorrumpió en un grito desolado. Y, ciego ante el peligro, atento únicamente a su desgracia, dejó la recua y se lanzó, corriente dentro, en auxilio de su bestia; pero, a unos cuantos pasos, perdió el equilibrio y también cayó.

Las aguas dieron otro salto.

—¡Hú-u-u! —aulló el indio, sacando al aire la mano crispada, como en busca de un asidero.

—¡¡Choy!! —gritó Agiali, sin atreverse a soltar el ronzal de su asno.

Y a su grito de sin igual espanto volvió la cabeza el valluno, y al ver rodar el cuerpo de Manuno, vaciló un segundo cual si quisiera prestarle socorro, pero siguió avanzando, con más presteza aún pues bien sabía que detenerse era morir.

Llegó a la ribera, y sin preocuparse del náufrago, gritó a los otros, indicándoles el camino:

—¡Avancen! ¡Avancen sin parar!... ¡Por aquí!... ¡Por aquí! —y con el palo mostrábales el punto en que las aguas saltaban entre las piedras y por el que acababa de ganar la banda.

Los otros, pálidos, despavoridos, con los ojos fuera de las órbitas, seguían avanzando. Agiali fue el primero en llegar, y apenas hubo tocado tierra firme, diose a correr playa adentro con los ojos fijos en su compañero, que seguía luchando con la corriente, irguiéndose a veces hasta ponerse en pie, queriendo nadar otras para ganar la orilla; mas las aguas lo derribaban a cada intento, arrastrándolo cual frágil rama de árbol seco.

En uno de esos momentos quedó, sin embargo, atravesado contra un peñasco que en medio del cauce hacía saltar las aguas, y probablemente hubo de asirse de alguna arista, porque en la base de la turbia onda aparecía la redonda forma de su cabeza como una bola de lodo, en la que blanqueaban los ojos con expresión de infinito terror... Y hasta ellos, por sobre el ruido impetuoso y cóncavo de las aguas, llegó su aullido horrendo que nada tenía de humano. Pero eso apenas duró un corto instante, porque resonó un postrer alarido, ahora de dolor, y el cuerpo desprendióse de la piedra para ir a reunirse al de la bestia, que seguía rodando, informe...

Se agruparon en la orilla, despavoridos, con los ojos agrandados por el más profundo de los espantos...

—¿Qué hacemos, tatai? —preguntó Quilco al valluno llorando.

—Nada —repuso éste con acento triste. Y añadió—: Seguir avanzando o quedarse.

Lo que es a su compañero ya no lo encuentran vivo.

—¿De veras? —interrogó Agiali ansiosamente.

—Seguro. Si no se ha ahogado, lo han destrozado las piedras... Pero ahora ustedes no pueden quedarse aquí. Pasen de una vez el río, y ya verán mañana si encuentran el cuerpo de ese desgraciado.

La noche se viene.

Efectivamente, se espesaban las sombras y en la orilla brillaban los fuegos encendidos por los viajeros. Las aguas ya se veían negras y en la penumbra parecía resonar más rabioso su hueco mugir.

—Yo sigo, y si quieren, vengan tras mí —dijo el valluno.

Y partió.

Siguiéronle, doloridos y sin voluntad. Todo su temple se había aflojado como un resorte roto, e iban