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IV El
terror al río ganó de lleno el corazón de los viajeros. Iban
ahora intranquilos, miedosos. Cuando
tenían que atravesar la corriente, todavía más gruesa con
la junción del río de Palca, quedaban en la orilla
a esperar que algún viajero de la comarca se aventurase en
sus aguas turbias, y la atravesaban con La
playa, siempre idéntica, ofrecía a los ojos el mismo
espectáculo imponente y hosco: a ambos costados cerros
altísimos que se echaban hacia atrás, mostrando sus faldas
verdes y pobladas de huertas, o se estrechaban,
cayendo a plomo sobre el río, para enseñar la estructura
de sus rocas rayadas horizontalmente, como
las perforadas hojas de un libro. Y siempre el ruido bravo
de la linfa opaca, combinado con el del viento incansable,
tenaz, formando todo un concierto de voces duras, que los
puneños escuchaban con el corazón encogido
de angustia... Hacia
el atardecer llegaron a Tirata, donde vendieron el resto de
su carguío pero sin obtener los precios indicados
por el difunto. Comenzaban a cansarse de veras del viaje
riesgoso; y la playa, sin camino, sin puentes,
calentada como plancha por el sol, les causaba una
indefinible angustia. Únicamente anhelaban llegar
a su destino, comprar el grano y tornar a sus pagos, para no
alejarse nunca de ellos, ni a la fuerza. En
Tirata, la playa se abría con gesto pródigo, dejando en
medio una extensa llanura fértil, toda plantada de cañaverales
que se mecían al soplo de la brisa, con rumor tenue de
hojas frotadas entre sí, y los árboles adquirían
gigantescas proporciones. Las
casitas de caña eran miserables, a pesar de las enredaderas
silvestres que trepaban por el techo, festoneando
su sordidez con flores de vivos colores y penetrante
perfume. Algunas ostentaban un emparrado o
yacían a la sombra de añosos y retorcidos algarrobos, en
cuyos troncos se colgaban con fuerte abrazo las granadillas,
y los lacayotes
dejaban reposar sus enormes calabazas amarillas sobre el
soporte de las ramas. Enjambres
de aves de brillante y encendido plumaje picoteaban, entre
silbos y trinos, la cosecha de los árboles.
Diamantinos colibríes venían a libar la miel de los tumbos,
y revoloteaban, haciendo cabrillear al sol, como
piedras preciosas, sus plumas metálicas y doradas; zumbaban
las abejas silvestres en torno a sus colmenas
colgadas de las ramas, y las mariposas —verdes, rojas,
tornasoles, amarillas— iban por los campos floridos
reflejando el polvo luminoso de sus alas tenues... Pidieron
hospitalidad en casa de un indio viejo que hablaba con voz
gangosa, apenas perceptible, porque un enorme
bocio le cubría toda la garganta, y era encorvado, canijo y
de una palidez cadavérica. Su
casucha de carrizo medraba a la benigna sombra de una
opulenta higuera, la sola que se veía en la rinconada,
a la vera del cañaveral rumoroso y ondulante. Vino
la noche: una noche serena, tibia, plácida y de infinita
melancolía. La luna brillaba en el alto cielo, y de cada
brizna de hierba se alzaba el canto de un grillo, monocorde
e igual; de los charcos venía el largo croar de las
ranas, y de lejos, el incesante rumor de la turbia onda,
lento, regular, incansable. En el corral, los asnos pateaban
impacientes el suelo para librarse de las picaduras de los
murciélagos, a los que, a la luz de la naciente
luna, se les veía revolotear en torno de la casa, agitando
incesantemente las alas. Pequeñas chispas de
luz se encendían y apagaban en el aire, y se oía el
zumbido de los noctámbulos insectos... Fatigados
por el calor, molidos de cansancio, abrumados por la pena,
los sunichos se tendieron en el suelo a descansar,
junto al lugareño, que se había echado con pereza sobre su
poyo y dormía con trabajosa respiración,
medio ahogado por el bocio. —Oye
—dijo Quilco a Agiali en uno de esos momentos—: vamos a
coger cañas. —¿Y
si nos ven? objeto Agiali de mala gana y deseando más
dormir. —No
hay nadie por ese lado. —Vamos
contigo —Se brindó Cachapa. Levantáronse
cautelosamente y desaparecieron entre la maraña del cañaveral.
De vez en cuando se oía el ruido
de las cañas al quebrarse, y estuvieron de regreso a la
media hora. Cada uno traía la bufanda llena de cañas
cortadas, y pronto las hicieron desaparecer en el fondo de
los costales vacíos. —¡Toma!
Parecen de miel —dijo Quilco, ofreciendo una a Agiali. —¿Comiste
muchas? —Hartado
estoy de comer. —Cuidado
con enfermarse. Le oí decir a Manuno que hacían daño tomándolas
en el sitio donde se producen. —¿Y
qué hacen? —Traen
las tercianas. Y en Tirata dicen que hasta las aves
enferman. —¡Demonio!
¡Si me hubiese acordado antes! —dijo preocupado Quilco. Y
se tendió a dormir, en tanto que el otro guardaba
prudentemente el fruto entre su chal. Se
levantaron al amanecer y emprendieron la marcha. Al pasar
por la orilla de los cañaverales echaban una ojeada
por todos lados, y de un tirón arrancaban desde raíz los
frutos. Así lograron formar casi una carga. El
río había bajado mucho y las aguas ya no tenían el tinte
lodoso que tanto impresionaba a los puneños. Corrían
turbias por entre arroyuelos cristalinos, que se iban a
perder a la sombra de los gramales y bejucos que
crecían en medio de pantanos podridos. El
aire era tibio, a pesar de que el sol no doraba aún la
playa, y en el alfoz de los cerros crecían enormes algarrobos
de tronco atormentado, gigantescos cactos y otras plantas y
arbustos cubiertos de salvajina o de enredaderas.
Bandadas de loros recorrían la playa, y sus gritos
estridentes llenaban de salvaje ruido esas regiones
desiertas y hoscas. A
eso de mediodía echáronse a descansar un momento al pie de
unos algarrobos que proyectaban espesa sombra
en el suelo, formando ancho círculo. Pegadas al tronco había
dos piedras puestas de filo y ennegrecidas
por el humo de las fogatas encendidas por los viajeros. —No
estoy bien —dijo Quilco cuando se disponían a emprender
la marcha. —¿Qué
tienes? —Me
duele la cabeza y siento escalofríos —repuso, estremeciéndose
y dando diente con diente. —¿No
serán las tercianas? —advirtió Agiali, mirándole con
interés. —Pudiera. Estaba
desencajado, pálido, y tenía los ojos acuosos y algo
hundidos. —Sigamos
andando; acaso te mejores con la marcha. Llegaron
a Llujrata. Y un caminito empinado que subía por el talud
les condujo a una estrecha plataforma encajada
entre los altos cerros y partida en medio por un riachuelo
de lecho pedregoso y escarpado, y en cuyas
orillas medraban los algodoneros, ofreciendo al aire sus
grandes flores amarillas y sus nueces reventadas,
de las que emergían los copos blancos con los que estaba
cubierto el suelo. Vibraba
de claridad el aire, y su tibieza hacía pensar en las
emanaciones de una fragua. Zumbaban enjambres de
hormigas aladas, grandes moscardones de cuerpo negro, peludo
y alas tornasoladas, avispas de talle estrecho
y cuyos nidos se balanceaban pendientes de las ramas de los
algarrobos altos y retorcidos; peligrosos
e invisibles zancudos zumbaban incansables en los oídos de
los cansados y dolidos viajeros. A
poco andar, buscaron el refugio de la sombra. Sentíanse
sofocados por ese aire de fuego y Quilco se quejaba
de una sequedad terrible en la garganta. Las bestias,
chorreando sudor, caminaban al paso, con las cabezas
inclinadas, pendientes y yertas las orejas. Se
internaron en un bosque de pakaes que encontraron a
la izquierda del camino, al pie de una cuesta; descargaron
los borricos bajo lo más espeso de la enramada y se
tendieron a dormir la siesta. Los
elevadísimos árboles estaban agobiados por granadillas,
cuyos sarmientos, cual cuerdas, se anudaban a las
ramas; trepaban por ellas hasta la copa, y allí, entre las
redondas y lustrosas hojas, verdes unas, rojas y amarillas
otras por la vejez, colgaban sus flores moradas con pistilos
en forma de cruz, y sus redondas frutas como
huevos y de color que iba del verde y llegaba al rojo oscuro
pasando por el amarillo de tonos delicados. Las
bandadas de loros discurrían de un monte a otro
incesantemente, y sus agudos chillidos resonaban con tal fuerza
en el estrecho alfoz, que dejaban un sordo zumbido en los oídos.
Se los veía posarse en las ramas altas,
dar pico con pico, colgarse hasta quedar con el pecho blanco
al cielo, morder los verdes frutos, pasando de
unos a otros con rabia de destrucción, y los cuales, ya dañados,
se pudrían y secaban, no quedando sino las
vainas huecas, que al chocar entre sí con el viento producían
extraño y triste rumor. Los
sunichos no pudieron dormir. Tábanos y zancudos se
abatían sobre ellos con voracidad; la sed les torturaba
las entrañas y los loros no cesaban de atronar la encañada
con sus chillidos. Quilco
rogó a Agiali fuese a ver si en el riachuelo podía
conseguir un poco de agua. Se moría de sed y no se sentía
con ánimos de continuar el camino si no bebía algo que
aliviase la sequedad de su garganta. Fue el mozo,
pero el riachuelo estaba seco se puso a cavar en el cauce, y
las piedras quemaban. Cuando
volvió, Quilco deliraba. Creía encontrarse a orillas de su
lago y que de las ondas mansas emergía la cabeza
trágica de Manuno... Agiali
propuso a Cachapa —mozo ágil y listo— cosechar frutas.
Acaso su jugo causaría algún alivio al enfermo,
y ellos mismos aplacarían su sed, porque no se atrevían a
tocar las cañas, a las que atribuían el mal de
Quilco. Aceptó Cachapa, y despojándose ambos de sus
chaquetas, treparon a los pakaes izándose por los sarmientos
de las granadillas, y luego de hacer una buena
provisión de frutas, exprimieron el jugo de algunos limones
dulces y se lo dieron a beber al enfermo. Quedaron
allí hasta la tarde, y emprendieron la marcha por la
empinada cuesta cuando el sol había desaparecido
tras el alto cerro. Ganaron
las alturas de Cotaña antes de que el sol se ocultase en el
ocaso, y allí un nuevo espectáculo se presentó
a los atónitos ojos de los viajeros. Todo
era color, perfume y ruido en aquellas alturas. El
verde, con sus infinitas gamas, ostentábase en la cimera de
los árboles escalonados a lo largo de los montes.
Los naranjos y limoneros lucían su verde claro y lustroso;
los granados, un verde oscuro que ponía de relieve
la púrpura de sus flores; casi negros eran los eucaliptos,
las ceibas, enormes y copudas, tenían color de
esmeralda con flores de rubíes; los nísperos ondulaban a
la brisa su apergaminado follaje oscuro, y los pinos
araucaria recortaban su elegantísima silueta sobre la nieve
de Illimani, que, allá arriba, sobre el esplendor
de tanto follaje loco, señoreando cimas, se ostentaba por
la primera vez, erguido; majestuoso, inaccesible. Hicieron
noche en la huerta de un montañés. Y al siguiente día,
temprano, arribaron, por fin, al lugar de su Muy
a pesar suyo hubieron de permanecer dos días en Ursi,
porque Quilco deseaba mejorarse para Tan
fuerte era la visión del paisaje, que los viajeros, no
obstante su absoluta insensibilidad ante los ante
sus ojos atónitos y por el silencio que, en ese concierto
del agua y del viento, parecía sofocar con su peso Era
un silencio penoso, enorme, infinito. Pesaba sobre el
ambiente con dolor. El
mismo trinar de mirlos y gorriones, el ajeo estridente de
las perdices, el bramar y el mugir de toros y llamas, Y
bajo el esplendor del sol, a la luz cruda del astro vivo, ¡cómo
parecía muerto el enorme paisaje! Únicamente
los cóndores osaban mostrarse allí ensoberbecidos por el
poder de sus recias alas. Se los veía La
tarde fue cayendo dulcemente, mansamente, y la cuesta no
llevaba trazas de acabar nunca. A una loma se Todo
allí eran barrancos, desfiladeros, laderas empinadas,
insondables precipicios. Por todas partes, Sentían
miedo de ser hombres. En
este dulce atardecer caminaban viéndolo de más cerca que
nunca. Apenas les separaba una quiebra Desde
esa atalaya de montes, veían los viajeros extenderse las
playas de todos los valles que van a verter sus En
la quiebra no se veía vestigio de huella viviente. Sólo un
senderito empinado y blanco rastreaba con timidez Unicamente
los cóndores parecían vivir sin la angustia de lo grande
en aquellos sitios que otro día los poetas Pronunciábase
la noche cuando llegaron a media cuesta de Tamipata, a un
punto en que el camino reposaba Una
pobre casucha de pastor, defendida por seto vivo de arbustos
salvajes, erguía su negro y bajo techo de Fue
Quilco quien propuso quedarse allí para pasar la noche. Ya
no podía más con la debilidad de sus piernas. Se
había arrastrado penosamente toda la tarde, y ahora, sus
miembros, fatigados y doloridos, se negaban El
enamorado Agiali, no obstante su empeño en llegar a los
distantes pagos, aprobó la idea, no únicamente Uno
de ellos haló la caravana y enderezó el paso de las
bestias perezosas hacia la al parecer abandonada —Buenas
tardes nos dé Dios, tatito —saludó Agiali. Repuso
el indio al saludo con una especie de gruñido malhumorado,
pero sonriendo tontamente. —¿Quieres
ofrecernos hospedaje por esta noche en tu casa? Hemos de
pagarte. El
pastor envolvióles en una mirada detenida y escrutadora, y
al punto vio, por las trazas, que esos viajeros —¿Y
qué me han de pagar? —preguntó con recelo. Agiali
púsose a enumerar todos los productos de sus pagos. La
experiencia del difunto Manuno le había Descargaron
las bestias y metiéronlas al corral, sobre cuyas tapias la
yerba erguía también sus salvajes tallos. El
pastor los dejó un momento solos, y a poco estuvo de
vuelta, trayendo en brazos dos pobres manojos de —Es
un real —les dijo entrando al patio, donde los sunichos
habían ya dispuesto la cama de Quilco bajo los —¿Cómo
te llamas? —le preguntó Agiali, ofreciéndole su bolsa
para que tomara algunas hojas de coca. —¡Mallcu!
—repuso con énfasis el idiota. Y su rostro se iluminó
con una sonrisa de soberbia y orgullo. Porque,
en verdad, el solo sentimiento que animaba con su divina
chispa esa alma dormida era el orgullo. Estaba
orgulloso de su nombre, o más bien, de su apodo, porque
cuando algún habitante del otro lado le
llamaba Kesphi, su verdadero nombre, se enojaba. Y quien le
viera no alcanzaba a explicarse la analogía o Fue
un hecho notable en la región lo que le puso el sobrenombre
que con tanta fiereza ostentaba. Y
sucedió así: Profunda
consternación reinaba en la montaña. De
años atrás, eran contados los días que no se notase la
desaparición de alguna res de entre los ganados Muchos
de éstos, haciendo la cruz sobre el escupón, juraron haber
visto al mallcu vencer las reses viejas y Así
había desolado la montaña. Alarmáronse
los indios, y en ellos surgió la creencia de que el mismo
demonio se ocultaba bajo la piel del Un
día. . . ¡Oh, fue el gran día! . . . Un día un pastor
joven y aguerrido llevó al patrón de una hacienda la
noticia El
patrón, perito en el manejo de las armas, echóse la
carabina a la cara, hizo fuego, y el ave, en línea oblicua, Hombres
y perros se lanzaron sobre el caído. El
primer perro que llegó, anheloso de hacer presa, rodó a
los pies del mallcu con el cráneo hendido de un El
patrón, entusiasmado por el bello plumaje del bicho y
sabiendo que se habitúan pronto a la esclavitud, No
fue larga la convalecencia del cautivo. Cuando acudió el
curandero (kolliri) para examinar la herida, El
hacendado, gozoso con su presa, ciñó el desnudo y arrugado
cuello del ave, encima de su albo collar de Y
pasaron los días, las semanas y aun los meses. Humillada
la dignidad del cóndor con la oportuna y necesaria mutilación
de las guías de sus alas, se le dejó en Desde
lo alto de una pared que había elegido por morada, quizá
porque era el sitio más culminante de toda la Y
distraía su nostalgia siguiendo los pesados andares del
puerco, señor y vil, por el que parecía sentir testigo
impotente del asalto, escaló los aires con su presa y
desapareció raudo en el azul, para recomenzar, Volvió
a cundir el abatimiento entre los moradores de la montaña,
pero fue de corta duración, porque a los Era
una tarde hibernal, clara y vibrante de luz. Ni una nube, ni
la menor sombra en los cielos. Arriba, Kesphi
vigilaba aquella tarde su majada. De
bruces sobre el plano de una roca, cuyas hendiduras ennegrecía
el musgo, soplaba en su zampoña los De
pronto oyó zumbido de alas y una sombra colosal se proyectó
en el suelo. Las ovejas, juntando las Lento,
lento, a cada parábola de su enorme vuelo se aproximaba con
desfachatez y sangre fría al montón Kesphi,
atolondrado de estupor, de cólera bravía, pero impotente,
al verle posar tan junto a la majada supuso Cogió
su cayado, y deslizándose y trepando por entre las quiebras
del barranquerío, llegó a unos veinte pasos Kesphi,
aturdido, sin saber aún fijamente lo que había hecho, pero
presintiendo la catástrofe, se lanzó Aquella
tarde, contra su costumbre, llegó temprano al caserío,
conduciendo sobre sus hombros, Al
verle llegar así acudió la indiada al establo, consternada
de veras por la inaudita proeza del canijo pastor, y Las
mujeres se precipitaron sobre el cadáver y se pusieron a
arrancar el plumón para ahuyentar de sus casa —¿Y
cómo fue?—preguntó el hilacata, haciendo uso de
su autoridad. Kesphi
abrió la boca y enseñó su fuerte dentadura de lobezno,
pero no articuló palabra. No sabía razonar y era —¿A
palo? ¿A piedra? Kesphi
comprendió y mostró su honda anudada alrededor del talle. —Eres
un valiente: has matado al mallcu. Eres más que el mallcu. A
estas palabras volvió a sonreír Kesphi, pero ahora había
orgullo y vanidad en su sonrisa. Y
articuló, apoyando la mano sobre el pecho: —Sí;
yo, Mallcu. Le
quedó el apodo. Y desde entonces todos le llamaron así, y
al que por descuido o por olvido le llamaba Y
nadie se hacía despreciar. Esta
proeza les refirió con torpe frase y media lengua el tonto,
cuya vida era simplemente animal, porque no la La
montaña y la soledad habían aplastado completamente su espíritu.
Jamás se ponía en comunicación con Había
cerrado la noche, y una vaga claridad comenzó a dorar las
cumbres de los montes sumidos en silencio Los
viajeros se dieron a la faena de preparar su merienda. Uno
de ellos, Cachapa, cogió una pequeña chonta que
encontró sobre una piedra plana que servía de muela En
uno de ellos Agiali alargó el cuello en el interior de la
vivienda de Mallcu, iluminada por un pabilo puesto —Este
es más pobre que el Leque. Era
el tal un miserable sin más bienes en el mundo que los
andrajos con que se cubría. Cachapa,
curioso, se asomó al agujero negro. Casi
nada había en la desamparada vivienda. Un poyo de barro por
lecho y encima dos cueros carcomidos y La
luna, en su plenitud, brillaba en lo alto del cielo, limpio
de nubes, y velaba el fulgor de las estrellas, que Repentinamente,
en medio del silencio infinito de la montaña, agrandado
quizá por el lento y perenne golpear El
trueno, largo, sordo e inacabable, parecía surgir del seno
mismo del nevado. Volvieron hacia allí los ojos y —¡Es
una avalancha! —dijo el tonto desde el fondo de su
agujero, con la tranquilidad del que está habituado a Al
día siguiente, Quilco amaneció peor y tuvieron que demorar
en casa de Mallcu hasta mediodía, hora en que,
a
paso de procesión, emprendieron la marcha por las alturas
para dirigirse a la hacienda de Phinaya al pie Llegaron
al anochecer y se alojaron en casa de un indio de holgada
apariencia, que prometió proveerles de —¿Y
cómo era tu mula? —le preguntó, demostrando tomar parte
en su infortunio. —Era.
. . ¡No; yo la he de encontrar! Lo único que les pido es
que me ayuden -repuso evasivamente y mirando —Como
quieras —contestó Kalahumana sin dar importancia a la
evasiva de Agiali. —Quilco
puede quedarse con las bestias; Cachapa que vaya a buscar
por los alrededores, y tú, si eres bueno, Se
dispersaron. Agiali,
siempre con los ojos en el suelo, como un sabueso, iba
delante, cerro arriba, sin detenerse, cual si en —Pero
¿dónde crees que haya ido por acá? —le preguntó el
casero con cierta desconfianza. —No
sé, pero por acá ha ido; conozco sus huellas. —Será
mejor preguntar por aquí —dijo, señalando una casita
levantada a la orilla del empinado sendero y A
poco apareció sonriendo socarronamente: —Tienes
razón. Dicen que esta mañana, al amanecer, ha pasado un
pastor conduciendo una recua a la —¡Mi
mula! —le interrumpió Agiali, radiante—. ¡Si ya sabía
que vino por acá!... —Entonces
ya no tienes necesidad de mí. Sigue el rastro, y si lo
pierdes, pregunta por el pastor Walpa, que es Y
con el brazo señaló la blanca montaña que se erguía
serena, majestuosa y radiante, bajo el cielo azul. |