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V Rayando
el alba despertóles la mujer del valluno para pedirles
fuesen a cosechar mazorcas en un maizal alga distante
de la casa, pues los pequeños debían estar antes del
amanecer en la viña, donde llenaban faenas de espantajos,
y el mayor había marchado con su padre a la ciudad.
Recibieron con agrado la comisión y se encaminaron
al través de la huerta, por entre un almarjal, al maizal
lejano. Hacía
frío y era la hora en que cuaja el aljófar. Aún
chirriaban los grillos y la brisa estaba saturada con hálitos
de
flores silvestres. Ya,
al marchar por la huerta, se dieron los sunichos un
buen atracón de duraznos y manzanas, que un insólito viento
de tempestad había hecho caer en la noche. Y aprovecharon
su aislamiento para reunir en un poncho una
buena provisión de frutos, sin más trabajo que bajarse y
recoger los del piso. Llegados al maizal, fue un segundo
atracón de cañas. Arrancábanlas con glotonería
insaciable, y después de despojarlas de sus mazorcas
chupaban las varillas, apretujándolas con sus fuertes
dientes de lobos, y bebían el azucarado líquido con
fruición indecible. Les parecía que una vez en la huerta
tenían derecho a saciar su apetito, romper sus privaciones
de toda la vida, ya que esas cosas deliciosas estaban al
alcance de sus manos y no había alma viviente
que les privase de gustarlas. Volvieron
a la media hora, después de haber ocultado su rapiña en lo
espeso de un cañahejal que crecía, impenetrable,
al borde de una acequia. La dueña les dijo: —Han
tardado mucho; probablemente, se han atracado de huiros.
Hacen mal puede que los atrape la terciana. Cocidos
los choclos, los ató en su tari y entregó el
retovo al que debía suplir al amo ausente. Fue
Agiali quien se prestó voluntariamente para la faena del día,
y por consejo de la casera le acompañó Cachapa,
porque le aseguró que como había mucho trabajo, el
mayordomo le pagaría tres reales por la jornada.
Marcháronse, pues, los dos, y cuando llegaron a la viña,
vieron que eran los primeros en llegar. El
sol, ausente todavía del valle, doraba los picos de los
cerros de Occidente. Las aves cantaban bullangueras y
había rumor de alas en la floresta. Una escarcha fina
perlaba las hojas de los alfalfares y humedecía los pies de
los pasantes. El viñedo, inmenso y empalidecido, estaba
desierto. En medio se erguía la atalaya de los pajareros,
hecha de carrizos, junto a la choza de paja y mimbre, que
ocupan los pastores desde que endulza la
uva hasta el momento de la vendimia; de su cono se alzaba
una columna de humo recta y fina, como el tronco
azulado de una palmera. Una
chicuela, de pie sobre la atalaya agitaba su latiguillo
haciendo restallar el ñudo que lo remataba, hecho Los
sunichos, al verse tan al alcance de la codiciada
fruta, sufrieron una especie de atolondramiento. Las
cepas empalidecían al sol, cuyos besos ardientes arrancan
fuego de las piedras, y ya sus hojas amarilleaban
por el largo estío. Colgaban los racimos pesadamente,
rindiendo a las débiles ramitas o descansando
en el suelo, y ostentaban sus granos, opacados por una
especie de polvo. Las higueras agitaban sus
grandes y elásticas ramas, cargadas de fruto, sobre el que
se abatían las aves con feroz insistencia, picoteándolos
todos sin acabar ninguno. . . Cuando la bandada crecía
hasta poblar el espacio con sus gorjeos, el
pastor dirigía un hondazo a las cimeras desde su atalaya, y
entonces las glotonas bestezuelas remontaban el
vuelo para buscar refugio en la huerta lindante, interrumpían
su gritería y tornaban a poco, más tenaces y mas
destructoras. -¡Higos!
Yo creí que se daban en árbol bajo—dijo Cachapa, que era
expansivo y no sabía disimular sus impresiones. Agiali,
sin responder, estiró la mano, cursó una rama y arrancó
un higo, el más grande, el más negro, el más lucio;
mas apenas hubo mordido en el fruto lo escupió haciendo un
gesto. —¿Malo? —Quema;
parece de fuego. En
ese momento apareció el primer jornalero. Traía
pendiente de su brazo una canasta y dentro las tijeras de
podar. A poco llegaron los restantes. Eran
como cuarenta y venían mascando coca o engullendo retazos
de carne con maíz tostado. A eso de las siete,
y cuando el sol descendía al valle, apareció el
administrador. Montaba una yegua zaina y de la muñeca le
pendía un grueso y flexible rebenque. —¡A
la faena! ¡A la faena! —ordenó—; hoy acabamos de
vendimiar. Los
peones se despojaron de sus ponchos, se ajustaron al talle
las fajas y empuñaron sus herramientas. —¿Son
ustedes los que han venido en lugar de José? —interrogó
el empleado viendo a los dos puneños, que permanecían
aún emponchados y medio corridos por la malicia con que los
miraban los comarcanos. —Sí,
tata. —¿Y
saben vendimiar? —No,
tata. El
empleado se molestó: —Si
se les deja a estos animales, han de estropear la viña; más
vale hacerles pisar uva. Fueron
enviados al lagar, pero a eso de mediodía ya estaban
deshechos los novicios. El calor les sofocaba y dentro
del lagar no sabían qué hacer. El caldo pegajoso de la uva
les producía mareos y un malestar indefinible
en la cabeza. Las
moscas revoloteaban incansables alrededor del torno, muchas
caían, borrachas, sobre la pegajosa masa. Del
techo pendían anchas cortinas de telarañas, cuajadas con
los despojos de moscardones, cucarachas y gusanillos,
en medio de los cuales yacían inmóviles las arañas,
ventrudas y con sus patas gruesas y peludas. Una
luz indecisa y escasa se cernía por una ventana, guarnecida
de sólidos barrotes, abierta en el grueso muro,
sin conseguir ahuyentar las sombras adueñadas de los
rincones. Chirriaba
el torno al aprensar la masa; cantaba el mosto cayendo sobre
los anchos y robustos tinajones de cinc,
y se oía fuera el alborotado cacareo de las aves caseras,
sueltas en el vasto patio de la casa, donde jugueteaban
los chicos de la servidumbre arrastrándose sobre el suelo
cubierto de verde pelusilla. —¿Tienes
hambre? —interrogó a su compañero Agiali, apenado porque
su calzón nuevo había cogido miel. —Me
estoy muriendo. Llegó
la hora de la merienda, y fue una fruición para los
maltrechos sunichos el poder estirar sus enmeladas piernas
a la vera de un arroyo que corría murmurador, besando las
robustas raíces de una vieja ceiba, cuyas flores
habían tapizado de rojo el jugoso césped... Frugal
fue la merienda: cuatro choclos cocidos, un poco de chuño,
manzanas e higos, mas no bien hubo devorado
Cachapa su ración, huyó a la huerta, sin ánimo de cobrar
su jornal, y decidido a pagarse, con la fruta de
cercado ajeno, su trabajo de medio día. Encontrábase
el rebelde verdaderamente nostálgico del limpio horizonte
de las llanuras. Ese aire cálido e impregnado
de perfume de azahares no cuadraba a sus pulmones ni era
grato a sus oídos el sordo mugir del río,
que le recordaba incesantemente el fin trágico del pobre
Manuno. Quedó
en la huerta, oculto en la maraña y hartándose con fruta,
hasta el atardecer, y distrajo su ocio interesándose
con rara obstinación en las aves, en las plantas y en los
insectos. Le entusiasmó seguir los afanes
del pico (carpintero), ave de fuerte garra y recio
pico, que vive mal golpeando y taladrando los troncos, barrenándolos
con suprema habilidad. Entretanto,
había vuelto al trabajo Agiali de muy mal talante y llenaba
su faena con pereza, furiosamente arrepentido
de haberse prestado a suplir a su casero cuando bien podía
a esa hora estar merodeando por las huertas,
libre de fatigas y ahíto de frutas escogidas y abundantes. —¿Qué
tiene ese hombre? Parece que está enfermo —dijo en ese
momento el patrón entrando al lagar. Era
un hombre de cuarenta o más años, alto, grueso, moreno, de
nariz aguileña, ojos pequeños y cenicientos, bigote
y ceja poblados. —No
sabe trabajar, señor; es la primera vez que viene al valle. El
patrón, con el entrecejo fruncido, se volvió hacia Agiali. —¿De
dónde eres? —Del
lago. —¿Quién
es tu patrón? —El
caballero Pantoja. —Entonces
tú has de saber servir, porque conozco a tu patrón y sé
que nunca gasta servidumbre fuera de sus pongos.
Anda,
pues, a ayudar a la señora, y que el pongo de casa
venga a reemplazarte en el lagar. Agiali
se fue a la galería, donde la esposa del terrateniente,
esbelta, pálida, de ojos infinitamente tristes y piadosamente
dulces, desmochaba maíz acompañada de algunas indias,
sentadas en torno a una enorme hacina
de mazorcas secas, y recibió la orden como una liberación,
que bien pudo ser su sentencia de muerte, si
la fortuna no se le hubiese mostrado propicia en esa tarde
indeleble en su memoria. La
aventura que hasta su muerte no pudo olvidar aconteció así: Días
atrás, concluido el yantar, la familia del terrateniente
había dejado el comedor y fue a sentarse en los poyos
circundantes del largo patio, embellecido por un jardín
central, donde un frondoso naranjo, un ciprés de copa
torcida y un pimiento cuajado de fruto ofrecían cómodo
reposo a las torcaces y a los mirlos, que aún entre
las luces del crepúsculo ensayaban sobre el techo de paja
sus últimos gorjeos. De barro eran los poyos, pero
en los ángulos estaban cubiertos de grandes y anchas losas
sin pulir o pulidas por el uso, sobre las cuales,
en tiempo de cosecha, se ponían a secar las frutas
mondadas, o se muele el maíz tierno para las humintas,
después
de borrar de su superficie las huellas que dejan las aves de
corral, en sus devaneos amorosos
o sus querellas con odio, aunque sin rencor. La
madre, como de costumbre, ocupó su asiento, tibio aún por
los rayos del sol, junto a la puerta de la sala, al pie
de un limonero cuajado de azahares y de frutos verdes y
maduros a la vez púsose a la diestra su primogénito,
bachiller en letras, mozo de quince años, alto, paliducho y
de rostro serio; a la siniestra, el del medio,
que daba ocupación a las manos tallando el mango de un bastón
de jamillo, y fuese el más pequeño, del
brazo del padre, al establo para ver la distribución de
alfalfa a las bestias de servicio y ayudar, si cabe, al recuento
de las aves, reacias siempre a cobijarse bajo de techo,
donde quedan libres de la garra del gato montés,
ávido de carne fresca. Tarde
tranquila y de indefinible dulzura. Del follaje de las
huertas aledañas venía el postrer gorjeo de las aves, cuyos
fuertes aletazos se escuchaban entre el incesante trinar de
gorriones instalados ya entre la espesura de la
querencia; zumbaba en el aire el élitro de los insectos
nocturnos; los gusanos de luz "gotas de luna", rayaban
las sombras con el brillo de sus alas, y los murciélagos
vagabundeaban por el cielo, en vuelo bajo, rozando
con sus alas de pergamino el ramaje de los limoneros y
haciendo caer lluvia de azahares marchitos. A
lo lejos, el río cantaba su enorme y larga canción de
espumas. —¡Un
cuento, mamá, un cuento! Y
en tanto que la pálida matrona, de aire modesto y
enfermizo, aliviada por entretenidas lecturas, urdía algún
cuentecillo inocente con que colmar la despierta imaginación
del rapaz, el mayor de los mozos, perito ya en la lectura
de Julio Verne, dirigía los ojos por sobre la colina
arboleada, a cuyas faldas parecía soñar la casa de hacienda,
para fijarlos, ya en el cielo enrojecido por el crepúsculo,
ya en el monte alto y desgarrado que se alzaba
al fondo como una muralla, y entre cuyos peñascales
hallaban reposo los cóndores y cómoda guarida las
vizcachas. Era
este cerro el último eslabón de una cadena de montañas
cortadas en medio por el río de Palca, angosto como
un sajo. Uno de sus costados moría en saltos bruscos sobre
el río; el centro se desgajaba, casi perpendicular,
sobre una planicie, al pie de la cual se erguía la casa de
hacienda en medio de huertas de higos,
limoneros, granadas, pakaes y duraznos, y el otro
costado se cortaba también en sajo sobre un callejón de
paredes rectas, por el fondo del cual corría un arroyo de
aguas escasas en invierno, dividiendo en dos partes
el plano, lleno de oteros, altozanos y plataformas, que
constituía la hacienda. Mirando
la cumbre del cerro desde las honduras del valle, se le veía
a una distancia fantástica, cual si allí concluyese
el espacio o estuviesen asentadas las bóvedas del
horizonte; pero por el callejón, y poniendo raya negra
en la púrpura del cielo crepuscular, volaban los cóndores
o se posaban en las crestas de los peñascales,
inmóviles, hasta que las sombras se hacían densas. Decían
los indios de Collana, famosos montañeses hechos a trepar
riscos, que desde el otro lado de la cuesta veíase
en medio del despeñadero alzado sobre el abismo una honda
cueva donde anidaban los rapaces bajo la
protección de un mallcu, y la noticia traía
caviloso al estudiante, que en las tardes, desde el poyo de
su casa,
se la pasaba con los ojos fijos en la cuenca, siguiendo el
vuelo lento de los animales y con el propósito firme,
que llegó a poseerle con la cruel fijeza de una obsesión,
de matar algunos para disecar sus pieles y venderlas
a los indios, que las buscan con interés y las pagan a buen
precio, para disfrazarse con ellas en las festividades
de su devoción. —Papá,
regálame el Zorro —le dijo, al fin, un día el
bachiller a su padre. El
Zorro era un asno envejecido en servicio de la
hacienda. Durante diez años, una vez por semana, había trillado
los cuarenta kilómetros que separan el fundo de la ciudad,
cargando en sus lomos la fruta de las cosechas
en primavera, la dorada uva de las vendimias en otoño y el
maíz seco o el vino mosto en invierno, y el
propietario lo conservaba en gratitud de sus humildes
servicios, dejándole vegetar junto con las demás bestias
útiles de la recua. Tenía
el Zorro un color indefinible, entre pardo y rosillo,
como si el polvo del camino hollado en diez años de ajetreo
se hubiera infiltrado en su piel dándole ese color raro de
las cosas viejas. —¿Y
qué has de hacer con el Zorro? —preguntó con
indolencia el terrateniente. —Una
cosita, papá. Regálamelo, pues ya no sirve, y no me
preguntes más. —Te
lo regalo. No
lo dijera el caballero, pues al punto lanzóse el bachiller
a la sala y a poco apareció cargado de su enorme escopeta
de dos cañones y de atacar por la boca; traía al costado
la bolsa de municiones fabricada por su madre
y una jáquima con lazo en la diestra. —¿Qué
has de hacer con todo eso? —preguntó el padre, un poco
intrigado y pesaroso ya de haber consentido en
el obsequio. —Una
cosita, papá. . . Te lo diré mañana . . . Y
huyó el demonio para evitar indiscretas preguntas, ansioso
de sorprender a todos con sus hazañas. A
la salida del callejón, bajo la sombra de un emparrado y
junto a la acequia, encontró a su pequeño hermano, que
se entretenía en poner diques a la corriente. Le dio la jáquima
y se lo llevó consigo al alfalfar. Allí
pastaban las bestias en grupo, bajo el ojo vigilante de dos
harapientos rapaces provistos de hondas, y que prorrumpían
en grandes gritos cada vez que las bestias avanzaban más
allá de la línea indicada por el patrón. Holgaban
en medio alfalfar o entre retamales fraganciosos, con las
panzas hinchadas; y muchas, ahítas de rumiar,
dormían la siesta a la sombra de una coposa y corpulenta
ceiba, cuyas flores encarnadas tapizaban el suelo
ahora pelado e igual. El
Zorro reposaba bajo esta sombra. Como
su edad ya respetable y la hinchazón de sus patas no le
permitían quedar mucho tiempo en pie, dormitaba
con la cabeza yerta y recogidas bajo del vientre las nudosas
patas. Se le aproximaron sin que intentase
huir, como las demás bestias; le pusieron la jáquima y le
obligaron a levantarse. El
asno se puso en pie perezosamente y a los jalones que el
muchacho daba del ronzal comenzó a moverse, paso
a paso, lentamente, con la cabeza inclinada, las orejas
gachas, el continente cansado y humilde. Era
el atardecer. El sol brillaba en el cielo, próximo a
esconderse tras el elevado monte; a lo lejos se escuchaban
los gritos de los pastores que en huertas y viñedos
ahuyentaban a las aves sacudiendo tambores o
haciendo reventar sus fuetes estrepitosamente. Atravesaron
una huerta de manzanos y, cerro arriba, tomaron la cuenta
que en pronunciado zigzag va hasta la lejana
y alta cumbre. Zorro, al notar que le conducían por
un camino distinto al de la querencia, se detuvo y probó
empacarse, como para advertir a sus conductores que se
equivocaban de ruta pero un par de fuetazos dados
con la espinosa rama de un algarrobo le hizo doblar el lomo
como un arco y lo redujo a la obediencia. Siguió
adelante, mustio y perezoso; y como ya no tenía costumbre
de subir cuestas, a poco andar comenzó a ponerse
más pesado y más flojo. Estiraba con tiento las patas,
como para ver dónde iba a ponerlas el sudor le bañó
los flancos huesudos, sus ijares, de tanto resoplar parecían
fuelles, y se detenía a tomar aliento cada diez
pasos. Una
hora o más duró la pesada caminata y llegaron a la meseta
cuando el sol se había escondido tras la montaña
y el valle estaba iluminado con los últimos reflejos del
astro, que aún doraba los cerros de la banda opuesta
del río. Al
ver el estudiante que Zorro ya no podía más y
considerando que de intentar subir al primer tramo del monte
es
cogería la noche, que en los valles hondos de la sierra se
viene apenas puesto el sol, hizo que el rapaz se desviase
un poco del camino hacia la rinconada donde los flancos del
cerro caen como paredes sobre la meseta,
y se internaron por en medio de los cactos y espinos
gigantescos que crecen en ese suelo torturado por
peñones y lastras rodados de la hosca muralla. Se
detuvieron junto a un cerco de piedras, en cuyas junturas
crecían plantas silvestres de vistoso aspecto y penetrante
perfume, y sólo se oía el canto armonioso, pero
estridente de las calandrias... Zorro molido por el
paseo insólito, dobló las temblorosas y deformes patas y
se dejó caer pesadamente en tierra. Estaba bañado en sudor
y las fosas de su nariz se dilataban y recogían con
el resuello. Sentóse
el mozo sobre un cerco de piedras y cebó su vieja escopeta.
Cuando hubo atacado la doble carga de perdigones,
echósela a la cara e hizo puntería bajo la oreja del asno.
Zorro, como si adivinara la intención matadora
del estudiante, volvió en ese momento la cabeza y se quedó
inmóvil, mirándole fijamente con sus ojos
hundidos y cansados. Se estremeció el mozalbete, pues era
algo sentimental, creyó leer en la mirada de la
bestia vieja una súplica. Y bajó su arma, turbado de un
miedo y de una piedad que hasta entonces jamás había
sentido por las bestias. —No;
no puedo. ¡Pobrecito! —¿Quiéres
que le mate yo? —preguntó el minúsculo hombrecillo,
lleno de atrevimiento inconsciente. —¡Qué
disparate! Lo harías sufrir. —¡Sí,
sí, yo le mato! —repuso el pequeño dándoselas de hombre
hecho y derecho. —No;
hazlo parar más bien. Descargó
el rapaz una patada en las costillas de Zorro, y éste
se alzó de pie dio dos perezosos pasos y se puso
a pastar la hierba que crecía entre la rocalla derrumbada.
Al ver esto enternecióse más el bachiller, y dominado
por la pena, pensó desistir de sus fatales propósitos si
la idea de la segura ganancia no le decidiera a
mostrarse valeroso y despiadado. Apuntó por segunda vez, y
ésta sin esperar mucho tiempo, dio un firme apretón
al gatillo, mas el tiro no partió. Se había olvidado
amartillar el arma y tomó el olvido como un anunció de
la Providencia para respetar la vida de un ser que en
luengos años de trabajo había adquirido el incontestable
derecho de morir cuando buenamente le llegase su hora. —¡Yo
le mato! ¡Yo le mato!—insistía el rapaz frente a la
indecisión de su hermano. —¡No,
hombre! —repuso el otro con cierto mal humor por la
crueldad del pequeño. Y
seguramente dejara con vida al menguado pollino si por
desgracia para él no acudiesen en ese instante a la memoria
del colegial las ideas generales de una teoría aprendida en
uno de sus libros y según la cual la vida no
era sino un combate rudo e incesante en todos los elementos
de la Naturaleza y entre todos los seres vivos de
la creación: una cruel y enorme carnicería en que los más
fuertes vivían a costa de los menos fuertes. Y pensó
(acababa de pasar su examen de filosofía escolástica): los
cóndores se comen a las reses útiles y son dañosos;
para matar cóndores hay que ofrecerles carroña, luego... Preparó
el arma hizo puntería parapetándose en el cerco de
piedras, cerró los ojos y apretó el gatillo. Una
fragorosa detonación turbó la paz del crepúsculo e hizo
huir de espanto a las aves que gorjeaban quedamente
en sus nidos. Abrió los ojos el desalmado y vio al viejo
borrico caído de costado, con las patas temblantes
y rígidas, tendido el cuello. Un hilillo de sangre le corría
a lo largo del hocico y un grueso lagrimón se
desprendía de sus ojos enormemente abiertos... El
estudiante huyó, sollozando. Al
día siguiente, al atardecer, fue a ver su víctima. Estaba
allí, con los ojos turbios mirando al cielo. En lo alto volaban
los cóndores sin atreverse a descender al valle. Volvió
al otro. Tampoco nada; pero al olor penetrante de la carne
descompuesta comenzaban a acudir los hambrientos
canes de los colonos, se les veía agazapados contra los
gruesos pedruscos o a la sombra de los algarrobos. Y
por los perros fue devorada la carroña, pues los cóndores,
intimidados de bajar al valle, cerca del camino, se contentaban
con voltear en lo alto, los ojos fijos en la hondonada. —¿Y
qué has hecho con el Zorro? —le preguntó esa
tarde, la de nuestra historia, el padre, sonriendo socarronamente. El
estudiante enrojeció, reacio a la confesión. —Me
han dicho —prosiguió el caballero—que ibas a matar cóndores;
¿dónde están? —Espérate,
papá; ya verás. ¿Quieres prestarme al pongo por
algunas horas? —repuso súbitamente iluminado por
una idea y resuelto a conseguir por la audacia lo que con la
astucia no había podido alcanzar. —¿Para
qué? Tiene que hacer. —Quisiera
que me acompañe un momento... -
¿Pero adónde? -
No; ahora no te lo digo. . . Después. —Al
pongo no te lo presto. Si quieres, llévate a ése
-dijo; el padre señalando a Agiali, que acababa de salir de
la
cocina, donde había ido a beber un trago de agua. El
mozo le llamó y entregándole su venerable escopeta se lo
llevó consigo. . . ¡Sí;
qué diantre! Había que salirles al encuentro. Ya que ellos
no tenían el coraje de descender al valle, él iría a sus
riscos y los atacaría, como hombre, junto a sus cubiles. .
. Y
esgrimía con fiereza un gran cuchillo de monte, de que se
había provisto el bachiller, imaginándose luchas feroces
entre él y los rapaces con pico y garras de hierro. Eran
próximamente las tres de la tarde. El camino, llano en lo
hondo, se levantaba en empinadísimo zigzag por
los flancos riscosos de la montaña, y estaba obstruido en
partes por los derrumbes que habían producido las
recientes lluvias, y a medida que ganaban la altura, la masa
del Illimani crecía y se achataban las de los montes
arremolinados a sus plantas. Llegaron
a un punto bravío. Metíase el camino a un recodo de tierra
amarilla bautizado por los indios de la región
con el nombre de kellu-kelluni, y dieron frente a un
cerro cortado a pico sobre el riachuelo de Collana, que
corre al fondo de la cima profunda, invisible desde el
camino por las rocas que sobresalen del despeñadero
liso. Cuando
los cazadores llegaron a este punto comenzaron a caer de la
bóveda menudas piedrecillas y un hilo de
arena amarilla se deslizó con blando ruido por la pared
tosca. —¡Vizcachas,
señor, vizcachas! —exclamó Agiali radiante de contento. —¿Crees? —Sí,
señor; son vizcachas. El
estudiante y el indio levantaron los ojos y sólo tropezaron
con las paredes toscas y rajadas, inclinadas sobre el
camino limpio de toda huella animal. -
Espérame aquí, niño; voy a ver lo que es. Y
Agiali, andando sobre las puntas de los pies, se alejó del
borde del precipicio yendo hacia el final superior de la
zeta desde donde se dominaba el peñón amarillo. El
mozo quedó bajo la bóveda, los ojos levantados a la pared
y en las manos la escopeta amartillada, lista a hacer
fuego. —¿Qué
hay? —preguntó por señas cuando Agiali hubo llegado al
final de la zeta. Agiali
levantó la mano a la altura de la cara e indicó que nada
veía. El
mozo se puso en marcha; mas no bien hubo salido de debajo de
la bóveda cuando un ruido sordo que hizo temblar
el suelo le obligó a volver la cabeza. Al
punto nada pudo distinguir. Una densa polvareda se había
alzado entre él y los objetos, pero sintió crujir el piso
a la fuerza irresistible con que los peñascos rodaban
precipicio abajo, hasta saltar en el vacío e ir a chocar
en
la pared del otro cerro, a no menos de treinta metros, para
volver a rebotar al primero, contra los peñones incrustados
en la pendiente y desgajarlos, para rodar todos hasta el
riachuelo en medio de un ruido espantoso. El
mozo echó a correr cuesta arriba, pálido y despavorido, en
alcance de su compañero, y cuando llegó junto a él,
daba diente con diente, con el rostro lívido y desencajado
de horror. Agiali se había sentado en una piedra y cascaba la argamasa de su llucta, al parecer impasible, pero mudo de angustia y de sufrimiento...
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