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LIBRO
SEGUNDO I La
noticia de la trágica muerte de Manuno cundió con pasmosa
celeridad en el disperso caserío de la hacienda y
de los contornos y fue recibida con sordo encono por los
peones, que atribuyeron a la codicia del terrateniente
y sus servidores mestizos las irreparables desgracias que
sobre ellos y sus bestias se abatían, periódicamente,
cada año. Ellos,
los amos, por economizar unos céntimos y poner a prueba su
mansedumbre urdían ardides para hacerles
caer en faltas, y luego, por castigo, enviarlos a esas
regiones malditas, donde atrapaban dolencias a veces
incurables, sin recibir ninguna recompensa y más bien
utilizando sus bestias, que a raíz de cada viaje resultaban
enfermas por meses de meses y a veces definitivamente
ellos... En
todas las casas, de todas las bocas se elevó, en secreto,
un coro de anatemas contra los criollos detentadores
de esas tierras, que, por tradición, habían pertenecido a
sus antepasados, y de las que fueron desposeídos,
hace medio siglo, cuando sobre el país, indefenso y
acobardado, pasaba la ignorante brutalidad de
Melgarejo. Entonces,
so pretexto de poner en manos diligentes y emprendedoras la
gleba, en las suyas infecunda, arrancaron,
con mendrugos o a balazos, la tierra de su poder, para
distribuirla, como gaje de vileza, entre las mancebas
y los paniaguados del mandón, cayendo así en su aridez de
ahora, porque el brazo indígena, que por
interés, codicia y sarcasmo dieron en llamar inactivo los
congresales de ese año triste de 1868, resultó más
pobre, más ocioso, que el de los improvisados
terratenientes, que sólo tuvieron la habilidad de encontrar
en
el indio un producto valioso de fácil explotación y el
talento de inventar nuevas cargas sin osar ningún esfuerzo
de modernización, inhábiles del todo para emprender... La
familia ilegítima del caudillo bárbaro fue la primera en
acaparar, aunque sin provecho, extraordinarias extensiones
de tierras feraces a orillas del lago, y el despojo se
consumó vertiendo a torrentes la sangre de más
de dos mil indios que rehuyeron aceptar los mendrugos señalados
como precio de su heredad. Fueron
los propios miembros de la fatal familia los encargados de
poner en ejecución el decreto presidencial autorizado
por el servil Congreso. El hermano de la manceba, casado con
la hija legítima del presidente Melgarejo,
estrenó las insignias de su generalato yendo a balear
montoneras de indios armados de palos y de hondas. Entonces
se improvisaron fortunas y se vieron cosas inauditas. El
incendio, el robo, el estupro, la violación, el asesinato,
campearon sin control en los campos de Taraco, Guaycho,
Ancoraimes y Tiquina, a la vera del lago azul y de leyendas
doradas. Y el frío mes de junio de 1869 fue
testigo del furor bestial que a veces gasta el hombre para
con otros que considera inferiores en casta y estirpe. Se
cogía a los adolescentes de ambos sexos para fusilarlos en
presencia de los padres, trincados como fieras, con
lazos y grillos a pilares de barro o madera; los soldados
infantes se hartaron con forzadas caricias de doncellas
y llegaron a sentir asco por la pegajosa humedad de la
sangre tibia, los de a caballo ataron a los principales
indios a la cola de sus brutos, y con el trote duro de sus
corceles hollaron, como otrora los guerrilleros
de la independencia, pero innoblemente ahora, la grave calma
de la estepa, tiñéndola de sangre, y todos
se mostraron cínicamente crueles y heroicos... Así,
a fuerza de sangre y lágrimas, fueron disueltas, en tres años
de lucha innoble, cosa de cien comunidades
indígenas,
que se repartieron entre un centenar de propietarios nuevos,
habiendo no pocos que llegaron a acaparar
más de veinte kilómetros seguidos de tierras de pan
llevar. De ese modo más de trescientos mil indígenas
resultaron desposeídos de sus tierras, y muchos emigraron
para nunca más volver, y otros, vencidos
por la miseria, acosados por la nostalgia indomable de la
heredad, resignáronse a consentir el yugo mestizo
y se hicieron colonos para llegar a ser, como en adelante
serían, esclavos de esclavos... Con
estos procedimientos había logrado entrar en posesión de
la comunidad de Kohahuyo don Manuel Pantoja,
el padre del actual poseedor de la hacienda en que servían
nuestros maltraídos viajeros. Asociado
a un general favorito de Melgarejo, hombre de instintos
feroces, cobarde, pero traidor y malo, borrachín
y sucio, había asolado las regiones de Chililaya, Aigachi y
Taraco, lanzando a la soldadesca iletrada contra
los comunarios, que, no obstante su pavor, apercibiéronse
para la defensa de sus tierras, adjudicadas a don
Manuel por un alto precio nominal, pero casi de balde,
porque sólo alcanzó a cubrir menos de un tercio del valor
estipulado, y sus hazañas, silenciadas entonces por la
prensa servil, sólo llegaron a conocerse tarde ya, cuando
se hubo disipado con la muerte la sombra del soldado audaz y
nuevos hombres se hicieron cargo de los
destinos de la nación agonizante. Entonces
apareció la figura de don Manuel en toda su fea desnudez
moral. Incondicional
partidario de Melgarejo, le había servido con decisión
inquebrantable, primero en calidad de escribiente
y luego como su secretario de Hacienda; y su labia fácil,
aunque vulgar, que se desbordaba cálida y
humilde en los orgiásticos banquetes servidos con cualquier
motivo en palacio, le valieron la singular estima de
Melgarejo, que le placía verse comparado con las más
grandes figuras de la Historia por sus ministros juguetes
y sus demás obedientes servidores, civiles y militares,
quienes sabían que adular al amo era conseguir
sus favores y, con ellos, fortuna y honores. Aduló
como nadie don Manuel; fue obediente y comedido; supo ser
feliz y bastante cínico en sus discursos de bacanal
y sus escritos de prensa, y Melgarejo lo premió concediéndole
enormes extensiones de tierras Hizo
más. Le
prestó la ayuda de uno de sus generales para reducir a la
obediencia a los comunarios rebeldes y castigar Y
estos dos hombres, el uno alto, jetón y ventrudo, y el otro
rechoncho, grueso y picado de viruelas, se Tamaño
latifundio, que de subsistir habría hecho de don Manuel uno
de lo más poderosos hacendados de que Isaac
Pantoja era avaro y se mostraba brutal, como su padre, con
el indio. El
indio carecía para él de toda noción de sentimiento, y su
única superioridad sobre los brutos era que podía Indolente
para realizar ninguna tentativa que rompiese con la secular
rutina, y menos para innovar; se Era
el administrador quien dirigía el fundo. El joven Pantoja
se contentaba con visitarlo de tarde en tarde, para Y
los peones le odiaban y le temían, porque nunca supieron
encontrar apoyo en él contra los abusos inauditos De
ahí sus exigencias cada día renovadas, su impasibilidad
egoísta ante las quejas de los esclavos y su Troche
supo aprovechar a maravilla la terrible concesión. Instaló
en la casa de hacienda un tenducho de Su
casa resultó con el tiempo un almacén de telas sólidas y
bellamente tejidas que él las enviaba a la ciudad, Y
todo esto, agravado sin cesar, traía en extremo disgustados
a los colonos de Kohahuyo, los cuales Y
su conciencia sobresaltada les decía que tamaña falta de
equidad se hacía indispensable enmendar por Los
más de los colonos desfilaron por la casa de Agiali, unos
para pedir detalles sobre los desgraciados Ni
Coyllor-Zuma ni su hija aparecieron por casa del viajero, y
esto quería decir que no miraban con desagrado Así
lo comprendió el enamorado, y se hallaba gozoso de su
suerte. Se había echado de espaldas sobre la Una
dulce languidez se fue apoderando de sus cansados miembros.
Sentíase a gusto en su casa, con los ¡Qué
bien estaba allí, después de haber visto tantas veces cara
a cara la muerte! Pero
en esto de la muerte pensó de pasada, porque jamás para él
constituía una preocupación. Se muere en Entró
su madre, una viejecita de cara redonda y arrugada, todavía
fuerte a pesar de sus cincuenta y pico de Se
acordó de la vaca que adquiriera en la feria de Laja, días
antes de partir, y la dejara a punto de tener su —¿Y
ha parido la Choroja? —preguntó con vivo interés. —Ayer
de mañana. —¿Hembra
o macho? —Hembra. Hizo
un gesto de contrariedad. El habría preferido un macho para
formar yunta con el ternero que ya tenía Salió
fuera de casa para ver la bestia. Estaba tendida junto al
muro del aprisco y la cría dormitaba hecha una Aflojóse
la correa que le sujetaba el calzón, tendióse sobre la
tarima, encima los gastados cueros que le Pensó
en Wata-Wara, su novia. Y con voz soñolienta, fatigada,
preguntó: —¿Ha
venido Coyllor-Zuma? Hacía
rato que la madre esperaba la pregunta, y repuso haciendo un
gesto de malicia: —No
ha venido... Sonrió
apenas el mozo, volvióse hacia la pared y a poco roncaba
apaciblemente. Tuvo
pesadilla. Soñó con montañas que se desgajaban, con ríos
caudalosos y de corriente tumultuosa, con Se
levantó con el alba y corrió a ver sus bestias. Los burros
habían botado en la noche las caronas y Meneó
la cabeza con desaliento y fue a ver el ganado. Los
toros, amarrados en sus estacas y tendidos en el suelo,
rumiaban gravemente y en silencio; en sus pieles El
cielo tenía un color pálido y estaba limpio de nubes. El
sol comenzaba a dorar las lejanas cimas de los .Enfrente
a ese horizonte vasto y limpio, respiró Agiali con
satisfacción. ¡Cómo era bella su tierra, plana, Fue
hasta el río, y al acercarse a uno de sus remansos levantó
el vuelo una bandada de patos salvajes. Apareció
el sol. Un sol claro, rutilante, pero frío. De las casitas
comenzaron a elevarse columnas de humo Siguió
andando hasta el lago, deseoso de ver sus balsas. A lo lejos
bogaban los pescadores nocturnos en Un
pescador se abrió paso entre los totorales y tomó
uno de los canales, que venía a morir en el sitio mismo —Buenos
días nos dé Dios —saludó al marino, saltando sobre el
lodo de la orilla. —Buenos
días, Agiali. —¿Qué
tal la pesca? El
pescador se alzó de hombros, apenado: —Mal
y todos los días peor. Yo no sé adónde van ahora los
peces. Por aquí ya tenemos pocos, creo que Con
el pie empujó hacia la proa un montón de algas que había
en medio de la balsa y puso al descubierto —¿Nada
más? —Nada
más y entré a media noche... Despidióse
Agiali y siguió andando hasta el sitio en que tenía por
costumbre dejar sus balsas. Estaban
allí, atracadas a la salida de un canal. Eran nuevas y aún
no habían perdido su color de paja seca. Las
acarició con los ojos, y luego de probar la firmeza de las
amarras, volvió a casa, donde su madre le Comió
de prisa, ansioso de operar cuanto antes la primera curación
en sus bestias, en lo que puso esmerosa Iba
sonriente, dichoso, deteniéndose como nunca en las
particularidades del paisaje, atento a los ruidos de la Al
llegar a media cuesta se detuvo para mirar el caserío de la
peonada agrupada en torno a la casa de hacienda,
construida en el lomo de un alto zano. Su portalón se abría
mirando a lago y los muros bajos de los Constaba
de un solo piso la casa y sus paredes enjalbegadas de blanco
eran la única nota de color limpio en Agiali
siguió trepando por el angosto sendero, y a medida que
ganaba la cumbre, el paisaje se dilataba y Los
menudos ruidos llegaban hasta él nítidos y en toda su
sonoridad: el ladrido de algún perro, el cacarear de Ya
en la cuesta, volvió a detenerse el mancebo para engullir
unas cuantas hojas de coca. Abrió su bolsa, y, al La
pampa, surcada en medio por el río, se alargaba hasta el
fondo de la rinconada en multitud de colinas y El
lago brillaba a los rayos del sol temprano, terso como un
cristal, roto en primer término por los cerros Difundió
Agiali la mirada en torno, respiró con ansias ese aire frío
y puro y siguió su marcha por la meseta, Estaba
la pastora sentada en el suelo, al abrigo de unas rocas, y
se entretenía en zurcir una red de pesca. Había
enganchado uno de los extremos en el dedo mayor de su pie, y
los de la mano se movían ágiles con el —Buenos
días, Wata-Wara —saludó Agiali, risueño. La
joven, sin responder directamente al saludo ni alzar la
cabeza de la empeñosa labor, preguntó con acento —¿Has
traído semillas? Sí. —¿Y
frutas? —También. —Habrá
algunas para mí —dijo, siempre con la cabeza inclinada a
la tarea. Cogió
el otro las manzanas y se las entregó. —¡Ay,
qué lindas! ¡Y cómo huelen bien!—dijo Wata-Wara
cogiendo el presente y respirando con fruición el Luego
las enfiló en su regazo, sobre la red, y se entretuvo en
hacer una imaginaria distribución, comenzando —Esta,
para mi madre; esta otra, para Choquehuanka; ésta, para mi
hermanito menor, y ésta, para mí. Y
cogiendo la dedicada a su madre, hincó en ella los dientes
con glotonería, haciendo crujir la lustrosa y Agiali
la contemplaba en silencio, con codicia, y parecía placerle
su voracidad. ¡Cómo hubiese querido, él —¿De
veras ha muerto Manuno? —interrogó, con la boca llena y
los labios humedecidos por el jugo. Al
recuerdo de la desgracia se nubló el rostro del enamorado.
Y púsose a contar con detalles la desgracia. —¡Pobrecito!
—dijo la joven con indiferencia, y calló. —Y
tú, ¿qué has hecho? Mi madre me dijo que fuiste a servir
de mitani. La
zagala suspendió su trabajo y miró por primera vez a su
novio, fijamente. —Sí.
Me hizo llamar el mayordomo, al día siguiente mismo de tú
marcha, y tuve que ir. —¿Y
quedaste muchos días? —Toda
la semana. —Te
trataría mal. Hizo
un gesto vago la moza, sin responder. Luego metió las manos
al seno por entre la ajustada chaqueta, y —Me
ha dado esto. Tomóla
Agiali y la sintió tibia. En el suave tejido dibujaban las
monedas sus contornos circulares. Una
gran zozobra penetró como una cuchillada en el corazón del
mozo a la vista del obsequio. Jamás Troche —Entonces—dijo
con voz alterada—, tú te has quedado a dormir en la casa
de hacienda... —Si
—confesó con voz débil y lenta la pecadora. —¿Todas
las noches? —Todas...,
pero... Agiali
no la dejó disculparse. De un brinco estuvo a su lado, cogióla
por los cabellos y con la diestra pósose a —¡Eso
no más, Agiali; basta! —imploró con voz suplicante y
cuando le hubo parecido que ya estaba bien Al
oír el quejido miróla fijamente un rato, y sin proferir
palabra, se alejó algunos pasos, sentóse sobre una La
maltrecha no se movió de su sitio. Lloraba con la cabeza
inclinada sobre el regazo, dulcemente, sin Al
verle inmóvil, le dijo: —Yo
no tengo la culpa, Agiali; me ha forzado... El
otro, sin alzar la cabeza, repuso con voz sorda y baja: —Mientes... —No
miento, Agiali, créeme; Dios nos escucha. El
mozo se puso en pie y se aproximó a la cuitada. —Eres
malo, me has lastimado... —dijo ésta con los ojos húmedos
y frotándose las heridas del rostro. Agiali
se sentó a su lado y abrió la bolsa. Contenía ocho
monedas de a diez céntimos... —Ya
tienes para comprar cuatro gallinas o un cordero, cuando nos
casemos —dijo tranquilamente. —No;
he de reunir para comprarme un rebozo, pero no me voy a
casar contigo. Me has lastimado —repuso la —Si
me hubieses obedecido, no te habrías quedado en casa del
patrón y ahora estaríamos en paz —arguyó el —¿Y
lo hice acaso por mi gusto? —le interrumpió la joven,
gozosa al ver la tribulación del enamorado. Me El
reparo era justo y así lo sabía Agiali. Y repuso
mansamente, con humildad: —Tienes
razón, pero no soy malo. La sangre me ha subido a la
cabeza... —Y
ya no me has de pegar por eso?... Agiali
frunció el ceño, pero al punto arregló el rostro. —Nunca.
Tú no tienes la culpa; pero a él, si pudiera, le comería
el corazón... —¡Y
yo también! Le odiamos, ¿verdad? Nada
repuso Agiali. Con el entrecejo fruncido y el gesto duro,
acariciaba la cabeza de Leke y parecía pensar A
poco se levantó para ir a su casa y contarle todo a su
madre. Choquela
se puso furiosa. —¿Y
por qué quieres casarte todavía? —le dijo. Seguro que
has de tener hijo ajeno, y los hijos cuestan. —Pero
también ayudan. —No,
no; cuestan. ¡Si sabré yo, que te he tenido a ti y a los
otros que se han muerto! —Es
que, si quiere, puede hacer como las otras: botarlo al lago
o al río. —Así,
quién sabe. Pero es todavía muy tonta. Todo lo habla. ¿Por
qué te ha contado eso, cuando bien pudo —Tendría
pena la pobre. Y como no puede decirle nada a su hermano... —¡Merece
que la maten! —repuso Choquela, con esa inquina de las
madres pobres que viven a expensas de —A
ella, no, a él... —repuso con indolencia el mozo. Días
después, y ya decidido a formalizar sus relaciones con la
zagala, casi indiferente a las consecuencias de —Olvida
lo sucedido, como yo, y anda a ofrecer el jichi a los
Coyllor. No han venido a reclamar el anillo de —Como
quieras, pero has de criar hijo ajeno —repuso la otra,
rencorosa y suspicaz. —Te
digo que no. Se lo comerán los cerdos Crían muchos en su
casa para que no dejen ni los huesos —contestó
el joven, interrumpiéndola. Se
encogió de hombros Choquela, hizo un gesto de despecho y se
metió en la habitación donde guardaba las El
mozo le echó un vistazo y le dijo: —¿Por
qué no te pones tus zarcillos y tus prendedores de plata?
Han de creer que los has vendido y que ya Tuvo
que obedecer Choquela. El mozo le hablaba con tono
imperativo, y, además, era razonable su Fue
recibida con mayores miramientos de los que se imaginara, y
esto calmó su inquina contra la presunta —Que
sean felices y que nunca les falte ni el comer ni el vestir
—dijo elevando los ojos al cielo. Los
mozos imitaron a su madre y también mascaron la hierba, en
signo de aceptación y parentesco. —Anda
donde tu hermana y dile que su novio la espera —ordenó
Coyllor a uno de sus pequeños. Salió
éste y las dos comadres se entretuvieron en organizar el
porvenir de los novios. Debían pedir un terreno Wata-Wara
era laboriosa, económica y entendía bien el manejo de una
casa. Habíase captado desde muy Choquela
tampoco anduvo corta en alabar cumplidamente los
merecimientos de su hijo. Era,
de entre todos, hábil para las labores y animoso en los
esfuerzos. ¿Quién como él para roturar un campo Así,
intrigándose mutuamente, pasaron casi medio día. A
la caída de la tarde, Coyllor-Zuma y sus hijos se
presentaron en casa de Agiali. Iban todos trajeados de Agiali
salió a recibirlas hasta el borde de la casa. Coyllor-Zuma
abrió el tari y lo presentó al mozo. Cogió éste El
patio del lar estaba limpio de basuras y cacharros. En medio
se veía una pequeña mesa y, encima, una Comenzaron
a beber. A
la entrada del sol Agiali presentó al hermano de su novia
un tambor y plantó una bandera blanca en medio En
las casa aledañas hubo movimiento. Los peones, ya
advertidos, aparecieron tras las tapias de los corrales Comenzó
el desfile de los peones. Venían en grupos de dos o más
personas. Cada grupo batía su caja y Se
llenó la casa. Los retardados hubieron de esparcirse en sus
contornos, donde les alcanzó la primera copa, Estrecho
como era el patio para contener tanta gente, desbordaron de
él los bailarines e invadieron la llanura |