![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
II Pasó
la fiesta de San Juan, y con las heladas de junio, en ese año
rigurosas, desapareció toda huella verde en la
estepa, que era inmensa sabana gris, por donde vagaban las
columnas de polvo levantadas por los ganados al trajinar por
eras y senderos, y que el viento disolvía en el cielo de un
azul bruñido, implacable, que daba
más tonalidad al contraste entre el blanco purísimo de las
montañas de la cordillera y el gris pardusco del yermo,
pelado, inmenso y seco. Menguadas
resultaron las cosechas, y ahora se hacían, sin entusiasmo,
las labores de la matanza y de la elaboración
del chuño, tunta, caya y otros productos exclusivos
del altiplano, de fácil expendio en la meseta andina. Los
encargados de hacer tunta y caya atravesaron
los remansos del río con redes de eneales (totora),
cubrieron
el fondo del lecho con un espeso tejido de paja sostenido
por gruesas piedras y echaron encima, en sitios
diferentes, las patatas y las ocas, donde quedarían
hasta desprenderse de la cáscara, para luego exponerlas
al aire, aprensarlas en seguida con los pies y secarlas por
fin al hielo de media noche y al sol meridiano.
Se veían sus chozas de paja en las orillas del río, a
entrambos lados, redondas, en forma de colmena,
bajas y de puerta angosta, por donde se deslizaban de noche
los vigilantes, arrastrándose como larvas,
a reculones, para quedar tendidos allí, desvelados y con
los ojos fijos en las aguas del río, silenciosas, mansas.
Unos pingajos tapaban el redondo agujero de la puerta, y en
el interior, sobre el suelo apelmazado, no
había sino dos cueros esquilmados de carnero, sobre los que
reposaban como en el más mullido de los colchones. Los
encargados del chuño tenían sus chozas en torno a
los enormes tendales de patatas, que formaban cuadros
de colores variados —rojos, blancos, negros, amarillos,
amoratados, según la familia del tubérculo—, y
estaban tendidos parejo, sobre camas de paja dorada o fino césped,
para recibir por igual el hielo y el sol, que
en el yermo tuesta, y que, combinados, cuecen el fruto y lo
secan, después de que los peones han penado
por arrancarle la cáscara estrujándolo con los pies
desnudos, antes de que salga el sol, cuando el frío de
la aurora, que los indios llaman kalatakaya, porque
en verdad revienta las piedras, lo ha convertido en Así
se pasó el mes de las heladas crudas y de sol radioso,
viendo venir a lo lejos el espectro del hambre, porque
los más de los colonos habían recogido flaca cosecha, y
muchos estaban decididos a marchar a la ciudad
para conchabarse como jornaleros y poder reunir algún pequeño
caudal, fondo que les permitiese comprar
semillas y subvenir a sus exiguos gastos de vida diaria, que
en el indio sólo se suman por centésimos,
dada la mediocridad de sus gustos y la inverosímil
parquedad de sus necesidades. El
éxodo se hizo general en la región que los yatiris
dieron
en creer condenada, ya que el mismo lago, siempre
pródigo en dones, ahora se mostraba esquivo con sus
riquezas de peces, aves y totoras, explotadas sin
medida ni control desde tiempo inmemorial, hasta el punto de
agotarse día a día por falta de una rudimentaria
legislación que resguardase el raro tesoro de su fauna y
flora, únicas en el mundo. Las
noticias de los pescadores, a este respecto, eran cada año
más y más alarmantes. ¡El lago sagrado de la leyenda
incásica se moría! Poco a poco se retiraba, en los
veranos, para dejar en seco a los totorales, que se les
veía amarillear, mustiarse sobre sus flexibles tallos y
acamarse por fin, sin tentar el apetito de los bueyes, que
pasaban hollándolos, desdeñosos, la cabeza alta,
brillantes los ojos y las astas levantadas hacia el cielo, a
buscar
su alimento de verdes algas y tiernas totoras allá
dentro, cerca las libres aguas... Se pudrían en las orillas
lodosas, al contacto del agua impura, e infestaban con sus
miasmas ponzoñosos ese ambiente estremecido
por los hálitos fríos de la cordillera, cuyas cumbres
blancas y enormes soplaban sobre el lago el aliento
de sus nieves eternas. Se veía enormes extensiones de
tierras negras, resquebrajadas, secas por los bordes
y lodosas en las márgenes acribilladas de huellas animales,
donde se estancaban las aguas de las lluvias,
para congelarse de noche con una capa dura de cristal. En
las hendiduras hormigueaban millares de sapitos
negros y de patas amarillas, menudos, invisibles casi al
primer golpe de vista, regalo de los pájaros bobos,
de las gaviotas, flamencos y patos, que en numerosas y
bulliciosas bandadas trazaban enormes parábolas
en el aire o se detenían en las orillas, reflejando su plumón
en las quietas aguas azules. ¡Se
secaba el lago y se iban las totoras, que no
solamente son alegre fleco de sus riberas, sino el más precioso
producto de su limo, pues con ellas se construyen las balsas
en que los costeños transportan los productos
de la tierra, sirven de alimento a los hombres y a las
bestias, se cubren los techos del hogar y dan mullido
colchón a los enfermos! Y con las totoras y las
algas se iban también los finos peces: el kesi, de
vientre blanco
y lomo azulado; el mantus sabroso, de plateadas
escamas; el suche, ágil y espinoso, pero de carne deliciosa,
y sólo quedaba el ordinario karachi, el menudo hispi
y el inútil chajana. Al
amanecer, cuando los pescadores tornaban a sus hogares,
luciendo al sol las velas de sus balsas, venían cabizbajos
y entristecidos porque únicamente lograban coger algunos
peces para la comida de una jornada a cambio
de pasar toda la noche mecidos por el viento helado,
azotados por la lluvia, mal comidos y sin dormir. Y
decían los yatiris que el lago de Wiñaymarka, hogaño
generoso de recursos, ahora expulsaba, enfermo de males
hechiceros, el mundo vivo de sus entrañas, arrojándolo
hacia el estrecho de Tiquina, a las cercanías de la
isla de Watajata, o la embocadura del río Desaguadero, pero
tampoco se veía pasar a los isleños, en viaje al mercado
de la capital, con sus cargas de pescados frescos, y los
indios urus, que viven y mueren en el lago sobre
sus balsas y alimentándose de peces, de poco a esta parte
se hacían más insociables y más hoscos, porque
disminuía su tribu, mermada por el hambre y las
privaciones... Era,
pues, preciso poner algún remedio a tan grande aflicción.
Urgía no descuidarse en ofrendar a las divinidades
lacustres, quizá celosas por el abandono en que las tenía
la incuria de los hombres. Así
lo pensó Choquehuanka. Y una mañana radiosa de julio en
que el sol lucia con extraordinario esplendor arrancando
áureos destellos de las olas irisadas por la brisa, convocó
a los moradores de la hacienda para advertirles
que al siguiente día debían celebrar la fiesta del chaulla
katu, casi perdida ya, con los afanes que demanda
el cultivo diligente de la tierra. Puntuales
fueron los pescadores... Presentáronse
vestidos con sus trajes de gala y rematada la punta de sus
largos remos por un rodelete de paja
tejida. Eran sesenta, y formados en la orilla, cada uno
delante de su balsa, daban la ilusión de una compañía
de lanceros. A
una seña de Choquehuanka comenzaron a desfilar los balseros
por el canal abierto entre la maraña de los totorales.
Delante
iba el anciano conduciendo la red y le acompañaban el
remero y dos músicos: el uno provisto
de un tamboril engalanado con flecos de colores, y el otro,
de su flauta revestida de papeles plateados. Y
al redoble acompasado del tambor y al son gemebundo de la
flauta, iban los pescadores en fila, apoyando sus
enormes perchas en el limo del fondo, y a cuyo impulso las
balsas se deslizaban lentas y silenciosas. A su paso,
las gaviotas levantaban el vuelo lanzando agudos chillidos,
los patos escapaban por bandadas, las chocas
huían
azotando el agua con sus cortas alas y produciendo un ruido
de cascada, las panas se zambullían
o se ocultaban entre los gramadales, sacando sólo las
cabezas negras, que brillaban como flores entre
las verdosas algas. Salieron
así del limite de los totorales verdes y llegaron a
la planicie ondulante de las libres aguas, transparentes
como cristal. Los remeros adoptaron otra postura, porque las
perchas ya no tocaban el fondo, y tuvieron
que sentarse a remar para impulsar las balsas. El
sol hería oblicuamente las aguas y se veía el fondo de su
lecho en sus menores detalles. Estaba tapizado de
musgo de un verde claro. Aquí y allá brillaban, cual
perlas, los moluscos de reflejos rosas y plateados, y se veía
huir en bandada los peces, cuyos vientres blancos
centelleaban como puñales al perderse entre las algas o
a la sombra de las embarcaciones, que con su proa quebraban
en prismas el fino cristal de la onda. Llegaron
a los dominios de la isla Ampura o Patapatani y allí
se detuvieron, pues era imprudente seguir avanzando
en aguas ajenas y no deseaban enconar aún más la cólera
de los isleños, con quienes de tiempo inmemorial
estaban en constante guerra; Se reprochaban mutuamente
robarse la totora y cosechar los huevos de
las panas en sus jurisdicciones, y muchas veces, tras
cruenta lucha, habían tenido que dejar unos y otros sus
muertos flotando sobre el agua, en la precipitación de la
derrota. Y pues de algún tiempo a esta parte diezmaban
sensiblemente las fuerzas de los costeños, obligados a huir
o a emigrar para librarse de las crueldades
del patrón, no era prudente provocar nuevos conflictos, que
se resolverían a costa de sus propios intereses. —Podemos
detenernos aquí —dijo Choquehuanka, poniéndose en pie
sobre su frágil embarcación. Los
pescadores suspendieron sus remos y las balsas se agitaron rítmicamente
al impulso de la brisa mañanera. El
remero de Choquehuanka cogió la red y la echó al agua,
inclinándose luego sobre la borda para verla bajar horizontalmente,
arrastrada por las piedras aseguradas en el tejido. Los demás
pescadores se fueron apartando
poco a poco para formar un círculo casi perfecto, cuyo
centro era la balsa del viejo Choquehuanka. —¡Adelante
y cuidado! —gritó éste. Y
los sesenta remeros, a un solo impulso, hundieron sus
perchas hasta el fondo, bruscamente y con seco golpe.
Al punto, de la balsa inmóvil volvió a levantarse el
brioso redoblar del tambor y el melancólico son de la flauta. Remaban
mansamente los pescadores, hundiendo sus perchas en los
flancos de sus balsas, y las ondas se movían
alborotadas cual si dentro ardiese una llama y las hiciese
hervir. Cuando
sus balsas comenzaron a rozarse entre sí, quedábase uno y
avanzaba el otro, y pronto formaron dos círculos
concéntricos, luego tres, y por fin, cuatro. En medio
quedaba la red y a un lado la balsa de Choquehuanka. —¡Arriba!
—gritó el anciano cuando los quince remeros del primer círculo
tocaron con sus proas las borlas de la
red. Soltaron
al punto las perchas y cada remero empuñó un cable. Los
otros seguían hiriendo el agua, y eran tan fuertes
sus golpes que levantaban un agitado oleaje, haciendo danzar
las balsas, mojadas con las salpicaduras.
Los músicos habían dejado de tocar sus instrumentos y sólo
se oía el golpe de los remos y el resoplido
de los pescadores, sudososos, con los cabellos tendidos al
aire, los brazos cobrizos desnudos, surcados
de venas gruesas. Lucía
el sol ya en medio de su carrera y sus rayos se quebraban en
las ondas, arrancando de ellas destellos luminosos
teñidos con los colores del iris; una fuerte brisa hacía
mecer en la orilla los totorales, que de lejos parecían
sembríos de verde avena. —¡Arriba!
—volvió a gritar Choquehuanka. Tiraron
de la red los indios y fueron recogiéndola en sus balsas
conforme salía del agua; en el fondo se movían
los peces, chocando contra los hilos de la malla sin poder
escapar. —¡Alto!—ordenó
el anciano Choquehuanka cuando la red hubo aparecido del
todo y flotaba al ras de las Aprisionados
en el tejido estaban todos los moradores acuáticos del
sagrado charco, hasta las repulsivas kairas,
sapos
enormes, de piel lustrosa y granujienta; pero faltaban el suche
y sus vecinos los mauris, que huyen
del agua estancada y anidan en los remansos de los ríos. Levantaron
la red y la depositaron sobre la balsa de Choquehuanka. Los
peces, al sentirse fuera de su elemento,
comenzaron a saltar, agitándose con movimientos tan bruscos
que hasta la balsa parecía temblar, estremecida. Cogieron
los más gruesos de cada especie y los apartaron, aprisionándolos
en una lata de alcohol mediada de agua,
y volvieron a vaciar el resto al lago. Los que no estaban
heridos desaparecían, rápidos como centellas, bajo
las balsas de los pescadores, orientadas todas a la costa
hacia el naciente, y los otros quedaban flotando en
la superficie, maltrechos. Entonces
comenzó la ceremonia. Cada
una de las autoridades, según su rango, cogía de la lata,
con precauciones, un pez, le apretaba por las agallas
y le abría la boca, en la que el viejo Choquehuanka
introducía una hoja de coca y vertía algunas gotas de
alcohol, pronunciando las palabras mágicas forjadas al
calor del común deseo y de iguales esperanzas: —¡Vete,
pez, y fecunda en el misterio de tu morada la prole que ha
de matar en nosotros, les pobrecitos hombres,
el hambre que nos devora!... Cada
especie recibió el estupendo encargo y su ración de coca y
alcohol, mientras batía el tambor y se desgañitaba
el flautista; mas no bien se retiraron los pescadores rumbo
a sus moradas, que mijis,
keullas, patos
y macamacas revoloteaban lanzando agudos chillidos
alrededor de los pobres peces ebrios y lastimados,
y se abatían. con ruido. de picos y alas sobadas, a devorar
los pescados que llevaban la misión de reproducirse
para aplacar el hambre de los "pobrecitos
hombres"...
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||