Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

III

III

Orlaba el terciopelo de la noche la celistia, claror de astros que da a las tinieblas una transparencia misteriosa, dentro de la que se adivinan los objetos sin precisar sus contornos. Rutilantes y numerosas brillaban en el cielo las estrellas, tan vastas y tan puras, que aquello resultaba el apogeo del oro en el espacio, y para celebrarlo se había recogido la llanura en un enorme silencio, turbado de tarde en tarde por el medroso ladrido de un perro o el chillido de alguna ave noctámbula. Y después, nada. Ningún rumor, ni el del río; ningún susurro, ni el de la brisa. Aquel silencio era más hondo que el del sueño; parecía el de la muerte.

Choquehuanka, abstraído en sus pensamientos caminaba con paso cauteloso por la orilla del río, rumbo a la vivienda de Tokorcunki. La perspicacia de sus ojos, habituados a ver en la noche, y la costumbre de andar por ese suelo, lo llevaban con una seguridad absoluta por entre las sombras. Iba recto, sin titubear, evitando los obstáculos insalvables y traidores para los extraños, aun con luz de pleno día; aquí, una guarida de conejos; allá, un atolladero bajo el limpio terciopelo del musgo; más lejos, una grieta disimulada entre el pajonal o el montón de piedras defendido por punzantes espinos.

—¡Lek... lek... lek, lek!... ¡Lek... lek... lek, lek!...

Alzóse el leke-leke de entre sus pies, y el estridente alarido del ave repercutió dolorosamente en el enorme silencio de las tinieblas.

Es ave noctámbula y vigilante. Al menor ruido insólito en la noche profunda levanta el vuelo y lanza su grito de alerta alborotando las sombras y encogiendo de angustia el corazón. Los indios la veneran y escuchan con gozo su ajeo, pues les anuncia el paso furtivo de alguien por la llanura o les señala el vagar premioso de las bestias que huyen del aprisco causando desperfectos en los campos de cultivo.

Estremecióse Choquehuanka y se detuvo un instante para escuchar el latido de las alas del ave que huía, y prosiguió luego su marcha, investigando de tiempo en tiempo los fuegos encendidos todavía en los fogones de las cocinas o en los cerros de las islas, donde se confundían con las estrellas, rojizas unas, azuladas otras, albas y diamantinas las más.

En la atmósfera hubo un soplo y, repentinamente, se alzó el viento, arrancando agudos y prolongados silbidos de las duras matas de paja que crecían en las orillas escarpadas del río, y temblaban, vibrantes, cual cuerdas de un sutil instrumento...

Aquí y allá, entre la sombra y como sombras de sombra, se levantaban en relieve las casas de los colonos.

Al acercarse a la del hilacata, lindante con el río, fue detenido Choquehuanka por el desesperado ladrido de un perro. Requirió el viejo su cayado y quedó en espera del can. Este, acobardado, detúvose en seco, pero puso más concentrado furor en sus ladridos.

¡Condenado animal! ¿Es que ya no conocía al viejo Choquehuanka, el consejero del amo, y había perdido la vista y el olfato hasta el punto de confundirlo con un vulgar ladrón de gallinas? ¡Qué palo le asestaría si se pusiese al alcance de su arma!...

Una voz soñolienta y dura surgió de improviso desde el interior de un cuartucho débilmente iluminado.

—¿Quién es?

—Soy yo, Tokorcunki, y ataja tu perro, que ya no me conoce.

—¡Ah! ¿Eres tú, anciano (achachila)?

Espera, voy a castigar a este holgazán...

Se oyó el zumbido de una piedra y un aullido de dolor. El can huyó quejándose y sus lastimeras quejas provocaron el ladrido de otros perros.

—De balde le castigas. No es culpa suya si los años ya no le permiten reconocer a los amigos.

—A ti no debe ladrarte; eres más que amigo... Pero entra, corre frío esta noche.

Avanzó Choquehuanka, esquivando tropezar con los toros que estaban tendidos en el suelo, atados a las estacas, y rumiaban lenta y ruidosamente. Los dos hombres se metieron doblados por el angosto y bajo agujero de la puerta y entraron a la caverna, tenuamente alumbrada por los últimos centelleos del fogón.

Sobre el poyo de barro y encima de tejidos (kesanas) de totora, crujiente por lo seca, estaban recostados tres chiquillos de caras mugrientas, junto a la madre, que por lo ajada y fea parecía una momia o una bruja. El áspero cabello hacía maraña en su cabeza y por la abertura de la camisa se le veían los senos, secos y pendientes como dos vejigas desinfladas. Sentada en el lecho, al lado de las crías, refregábase con una mano los ojos, con gesto de fatiga y mal humor, y con la otra se rascaba la crin hirsuta y sin brillo.

En las paredes, ennegrecidas por el humo, había estacas clavadas, y en ellas pendían vestidos, aparejos, sogas, cabestros, canastillas y útiles de pesca. Metido en un agujero cuadrado hecho en la pared, la embocadura de cobre del cuerno (pututo) lucía y centelleaba al fulgor de la lumbre agonizante. Más alto, en posición horizontal, sostenido por dos estacas, se veía el bastón de chonta con empuñadura y anillos de plata labrada, instrumentos ambos que son insignia de los jefes y lo único de algún valor artístico en toda la vivienda.

—Buenas noches, mamita —saludó Choquehuanka al entrar.

La mujer contestó con un gruñido y siguió rascándose la cabeza. Los chicos miraron un instante con curiosos ojos al intruso y luego se tendieron sobre su dura kesana, y, como los perros, hicieron rosca, y a poco roncaban apaciblemente.

Tokorcunki acercó al fuego un cajón vacío y le invitó a sentarse.

—¿Traes algo, abuelo?

—Nada. Sólo vine a recordarte que mañana debemos consultar el tiempo. Yo iré al lago y tú al cerro.

—Me parece inútil. También este año ha de ser seco, como los otros.

—Así parece; pero pudiera ser que nos equivoquemos. Las bestias no se equivocan nunca.

—Quizá...

Callaron. Afuera, el viento gemía entre los pajonales.

—¿Y viste a Quilco?

—Le vi en la tarde. Sigue mal. Le duelen los huesos y no cesa de tiritar.

—Capaz de morirse.

—Como tantos, no sería el único.

—Es culpa de ellos. Se obstinan en traer las semillas del valle, cuando las tenemos en toda la comarca abundantes.

—Es que cuestan menos en el valle y él solo piensa en economizar.

—Está resultando peor que el padre: más cruel y más avaro.

—Se ha de pudrir, por miserable. Limachi acaba de llegar de pongo y ha traído las vituallas para los trabajos del barbecho. ¿Sabes cuánto? Admírate: algunas libras de coca y media lata de licor...

—¿Y qué quiere que hagamos con eso? —preguntó con rabia Choquehuanka—. Apenas ha de alcanzar para medio día de trabajo.

—El padre era más generoso: nos enviaba lo menos un cesto de coca y dos latas de alcohol.

—¿Y vendrá este año?

—Limachi dice que no, pero ha prometido venir para las cosechas. Hasta en eso es miserable.

—¡Cobardes ustedes que lo soportan! ¡Yo ya me habría levantado! —interrumpió la mujer, con voz agria.

Los dos viejos volvieron los ojos hacia la momia y la miraron en silencio. Y Choquehuanka, con voz lenta, repuso:

—¿Y para qué? ¿Quieres que nos maten o nos pudramos años de años en los calabozos de una cárcel?

Nosotros no podemos nada; nuestro destino es sufrir.

Y su acento se hizo triste.

—Además —agregó el marido—, recuerda lo que nos pasó la última vez que intentamos sublevarnos. ¿Lo has olvidado ya?

—¡Ay, no! —repuso la bruja con miedo. Y se estremeció.

Y ellos, los hombres, temblaron también.

Es que el recuerdo latía, terrible y vivo, en su memoria.

Exasperados por las crueldades del patrón, se propusieron acabar con él, una vez que había ido, por excepción, solo a la hacienda. Reuniéronse una noche algunos de los más descontentos, rodearon la casa, atrancaron por fuera las puertas, le prendieron fuego por los cuatro costados y se fueron tranquilamente a la suya para contemplar el desastre, después de haberse prometido, con juramento, no revelar jamás a nadie el secreto de su fechoría.

Al fragor del incendio despertaron el patrón y el mayordomo, rompieron a martillazos las puertas, y en tanto que el empleado, con pretexto de salvar las bestias encerradas en el corral, se daba a la fuga en el caballo del patrón, éste en calzoncillos y desarmado, buscaba refugio en un cebadal a orillas del lago, donde seguramente le dieran muerte sus colonos si por su buena fortuna no hubiese encontrado al alcance de su miedo una balsa de pescador con los remos encima, y en la que emprendió la huida con toda la salvaje energía de un coraje poderosamente estimulado. Amaneció en la isla de Patapatani, donde el empleado le procuró lo preciso para su viaje a La Paz.

Una vez en su casa y ya repuesto del susto, quiso tomar debida e inmediata venganza de los indios. Requirió de la autoridad un piquete armado, que le fue concedido sin la menor dificultad, porque el prefecto, a más de amigo íntimo, era su colindante y le convenía, como a pocos, que de tiempo en tiempo algún patrón ofendido mostrase de lo que eran capaces los blancos cuando se trataba de defender sus propiedades. Puso, pues, sin dilación y a su inmediata orden una veintena de gendarmes comandados por un oficial. Y con éstos y los diez o doce amigos que él y su heredero pudieron reunir encamináronse todos, armados hasta los dientes, a la hacienda, donde llegaron, de intento, al amanecer.

Los revoltosos, aunque dispuestos para al ataque, fueron sorprendidos, pues nunca pensaron que de un día para otro tornase en armas el agraviado patrón. Alboreaba el día, y al oír el lejano ajeo de los leke-lekes aplicaron el oído al suelo, recelosos, y al escuchar tropel de bestias herradas, se dieron prisa en huir los diligentes, arrastrando a sus familias, sus ganados y sus enseres, y desaparecieron definitivamente, abandonando en manos del vengativo patrón sus chacarismos ya maduros y a punto de cosechar. Los perezosos o los confiados, sin tiempo para nada, huyeron, solos, de sus casas, dejando a su suerte padres, hijos, esposas y bienes y como la fuga era indicio de culpabilidad, ardieron las casas luego de ser saqueadas, las bestias fueron incorporadas a los ganados de la hacienda, y padres, hijos y esposas fueron conducidos a rastras a la casa patronal, ayer limpia y alegre y hoy convertida en viejo y sucio solar ennegrecido por el humo del incendio, y arrojados, en montón, en medio del patio.

Ya claro el día con el sol, repicó la campana de la capilla llamando a la peonada. Se dieron prisa en acudir los siervos, y entonces fueron testigos de una escena que puso espanto en sus almas y curó en ellas, de inmediato a lo menos, todo conato de venganza, aunque añadió recio combustible a la hoguera de su odio.

En el solar de la casa los soldados, arma al brazo, formaban cuadro y yacían en actitud de fuerza confiada y de indomable serenidad, que en ellos resultaban cómicas, porque casi todos ostentaban en el rostro cobrizo y en la áspera crin los signos de su procedencia genuinamente indígena, sin la menor gota de sangre extraña, diferenciándose de los otros únicamente en el uniforme militar, que en la imaginación de los indios despierta penosas remembranzas.

Entraban al solar los indios temblando como bestias enfermas, con los ojos fugitivos, y poniéndose de rodillas besaban la mano del patrón con rendida humildad y ciega hipocresía.

Se llenó pronto el patio. Entonces, Pantoja, con severo continente y acento de profundo rencor, increpó a la consternada servidumbre:

—Malagradecidos, yo nunca les he ocasionado ningún mal y han intentado matarme... Son ustedes unos desalmados no saben respetar al patrón, que es el representante de Dios en la tierra, después de los curas...

¿Qué motivos de queja les he dado para que no estén contentos conmigo? ¿Les obligo acaso a trabajar como otros patronos?

Y dirigiéndose al viejo hilacata, que estaba allí, en primera fila, pálido y miedoso, le increpó:

—Di, tú, Choquehuanka, que eres el más racional de estos asesinos, ¿de veras soy malo con ustedes?...

El indio irguió la cabeza por un segundo y clavó sus ojos, cansados de contemplar la tristeza de esa tierra, en los ojos del patrón. Luego, abarcó el grupo tembloroso de sus iguales, y volviendo a humillar la cerviz, repuso con acento balbuciente:

—No, tata; no eres malo.

—¿Es que les pego sin motivo?

El viejo guardó silencio; estaba grave, y su rostro, como los demás, permanecía rígido e inmóvil. Pantoja, ante el silencio del viejo, volvió a repetir su pregunta. Choquehuanka tornó a mirar a los suyos y contestó con el mismo tono:

—No, tata; sólo nos pegas cuando tenemos culpa...

—¿Y de qué están descontentos entonces?

Tampoco habló el hilacata. Con los brazos cruzados sobre el pecho, en humilde postura, y los ojos bajos, miraba el suelo fijamente, sin moverse, duro como una estatua, igual a los otros. Todos guardaban el más profundo silencio y hasta allí llegaban los menores ruidos del campo: una gaviota que crotaba siguiendo las curvas del río, el lejano castañear de las gallinetas o el bufido de un toro en celo.

—Di: ¿por qué se quejan? —insistió Pantoja, ya medio irritado ante el silencio del viejo.

Entonces, éste, con voz más firme, hablo:

—Bueno, señor; te lo he de decir... Cuando estos tus hijos —señalando con un gesto de la mano a la peonada— van de pongos a la ciudad, dicen que no les das bastante de comer y que la señora y los niños los castigan con rigor por cualquier cosa. Nos exiges diez cargas de taquia semanales y dos pesos de huevos, y apenas dan las bestias para seis cargas y los huevos los compramos nosotros a dos por medio para dártelos a ti por tres. En tiempos de siembras o cosechas jamás nos regalas, como otros patronos o como tu mismo padre, con licor, coca y merienda, y el avío nos lo ponemos nosotros, sin merecerte nada a ti; cuando faltan semillas o tenemos la desgracia de incurrir en cualquier error, nos castigas enviándonos a los valles donde atrapamos males que a veces matan, y nuestras bestias se malogran, sin que haya quien nos indemnice de tanto daño... Esto nos apena el corazón, pues pase que nos pegues, que tu mujer y tus hijos nos rompan la cabeza o nos maltraten las espaldas; pero no nos obligues a perder nuestras bestias y a gastar nuestro dinero...

Se puso a sollozar, y los otros le imitaron. Y del grupo se levantó un gemido doloroso y profundo. Pantoja, que creyó que el miedo iba a atar la lengua de los cuitados, al ver revelada su tacañería a los ojos de sus amigos, se indignó de veras y, naturalmente, acudió al insulto y empleó el argumento de los terratenientes...

—¡Mentiras de ustedes, bribones!... Lo que ustedes quieren es vivir libres de toda obligación, haciendo su voluntad. Son flojos y no saben otra cosa que robar y mentir... Y es que yo he sido muy bueno; pero de hoy en adelante seré malo, ya que ustedes sólo obedecen a palos como las bestias... ¡Nos pegan!... ¿Y cómo no se les ha de pegar si son perezosos y ladrones?... Se quejan de que se les pide taquia y huevos y se les manda al valle por semillas... ¿Y qué obligaciones quieren cumplir en pago de los terrenos que se les da? ¿Creen que nosotros compramos haciendas para que ustedes vivan de balde en ellas y sin trabajar?... ¡Bonita cosa! El que crea que no está bien conmigo, que se vaya; no lo necesito. Al contrario, yo no quiero gente ociosa ni asesina...

Hablaba con creciente cólera y era sincero en lo que decía: tenía gente de sobra. Con ciento cincuenta peones podía doblar el área de tierra cultivable pero tenía trescientos, que acaparaban las mejores parcelas del fundo y le hacían vivir en constante inquietud y con la continua zozobra de ser fácilmente asesinado el mejor día de esos...

—¡No; quien no esté contento conmigo, que se vaya; no lo necesito! Yo tampoco estoy satisfecho con ustedes:

son mañudos, insolentes y levantiscos. ¿Acaso no intentaron asesinarme la otra noche? ¿Y quién me ha de pagar ahora lo que he perdido en el incendio de la casa?...

Al recuerdo del atentado, tembló de coraje Pantoja. Desde esa noche se sentía decaído, enfermo, con un dolor sordo en el costado. Y la tos, esa tos que no le dejaba hablar siquiera... ¡Ejem, ejem, ejem!...

—¿Lo ven, pícaros? Estoy enfermo, y ustedes tienen la culpa. Huyendo de sus manos criminales cogí frío, y desde entonces...

No, eso merecía un castigo ejemplar...

Hizo una señal al sargento. Este, de antemano ya instruido, casi ebrio con el vino del terrateniente, llamó a dos soldados, y juntos arrastraron por los pies a uno de los que Pantoja señaló como principal cabecilla, le desnudaron por completo y le tendieron sobre el césped chamuscado del patio, cogiéndole cada uno por un brazo, mientras que el sargento cabalgaba en el cuello del peón, manteniendo inmóvil la cabeza bajo el peso de su cuerpo.

Entonces uno de los cabos desligóse de la cintura su látigo, rematado en la punta por una porra de estaño, y comenzó la azotaina, haciendo silbar su cuerda con fruición y hasta con entusiasmo.

Cada golpe marcaba surco azul con cabeza roja en la bronceada piel, y a poco brotó la sangre, salpicando la cara y la ropa de los soldados que sujetaban al paciente, el cual se retorcía aullando de dolor e implorando la piedad del amo.

Pantoja, de bracero con el oficial, paseaba a lo largo del patio, fumando cigarrillos, y los dos acariciaban de tiempo en tiempo las cachas de sus revólveres puestos en evidencia, como para advertir a los indios que al menor signo de protesta harían uso de sus armas.

A los diez minutos el cabo dio signos de fatiga y fue reemplazado por otro. Después vino un tercero, y así, por turno fueron macerando las carnes del infeliz, ebrios de vino, de sangre y de placer, sin acordarse ninguno que la sangre derramada corría pura, sin mazcla, por sus venas...

Entretanto, el hijo del patrón y algunos de sus amigos cazaban en el lago. Se oía el incansable traquido de sus armas, que llegaba hasta el patio, donde los indios, pálidos, descompuestos, miraban la feroz faena, sin decir palabra ni hacer un gesto; su inmovilidad era todavía más rígida y sólo se les veía pestañear con precipitación.

—¡Perdón, tata, perdón, por Dios! Yo no he incendiado la casa... ¡Perdón!... —se quejaba y plañía dolorosamente el flagelado.

Aproximósele Pantoja, y ordenando a los cabos que se detuvieran un momento, interrogó al miserable:

—¿Y quién ha sido entonces?

—No sé, tata —gimió el otro debajo las nalgas del soldado.

—Mientes, canalla; sabes. ¿Quien ha sido?

—No sé, tata... ¡Por Dios, que no me atormenten más!...

Se alzaban sus espaldas con sollozos y le temblaban las carnes de las piernas con temblores intermitentes y convulsivos.

—¿Quién ha sido? —insistió Pantoja, testarudo y gozoso de mostrar semejante espectáculo a los indios, muchos de los cuales lloraban enternecidos y miedosos.

—No sé, tata; yo no he sido... Estaba pescando en el lago esa noche y no vi nada.

El patrón sonrío, incrédulo. El conocía bien a su gente, pues no en balde había vivido más de treinta años manejando fincas y tratando a los indios. Eran hipócritas, mentirosos, ladrones; sólo querían vivir a costa de los patrones, sacando de los bolsillos de éstos todos sus bienes.

Hizo otra seña y el cabó púsose a pegar con más ganas todavía, vanidoso de su habilidad consumada en el manejo del infamante instrumento, impasible ante el dolor ajeno.

Un mocetón alto, fornido, musculado, no pudo reprimir por más tiempo su angustia. Echóse a los pies del patrón y abrazándole las piernas, sollozó:

—¡Perdón, tata! Es mi padre... Tiene sesenta años.

—Sí, ¿eh? Pues para que no sepa sublevarse otra vez —y de una patada echó a rodar al fornido labriego.

Los otros, aterrorizados, gimientes, cayeron en masa de rodillas:

—¡Perdón! ¡Perdón!...

Pantoja, triunfante, paseó la mirada sobre esos trescientos esclavos humillados.

—¡Ah, pícaros! ¿Les duele?... ¡Me alegro! ¿Y por qué quisieron asesinarme?

—¡Perdón! ¡Perdón! —gemía Choquehuanka, tembloroso y hundiendo en el suelo su rostro mojado por las lágrimas...

—¡Ya no más, tata; te vamos a querer y a respetar siempre!... ¡Ya no más! —seguían gimiendo los otros, que sentían vehementes deseos de escapar para librarse del horroroso espectáculo; mas ninguno abrigaba la mas remota intención de hablar y delatar a los compañeros: primero se harían matar todos a azotes, antes que traicionar a los suyos.

Así lo comprendió Pantoja. Y en vez de deponer su encono a la vista de la sangre y de las lágrimas, sintióse más enfurecido todavía y renovó su orden a los cabos, recomendándoles extremasen el rigor de sus músculos.

Los soldados, excitados por la promesa de una buena prima y con el alma sorda a los sufrimientos de los indios sus padres, así lo hicieron, y a poco blanquearon los huesos. El paciente no daba señales de vida. Sólo de rato en rato un ronco gemido se escapaba de su pecho.

—¿Cuántos van, sargento?

—Setecientos, teniente.

—Bueno, basta, ahora a otro.

Y así, uno a uno, fueron flagelados los sindicados, sin que uno solo de esos siervos hiciese un movimiento de protesta, atontados, embrutecidos por el terror y el espanto.

Todo el día duró la azotaina, y el día entero también permanecieron los patrones como testigos exasperados, pero importantes, ante la crueldad del agraviado y vengativo Pantoja.

Cuando los soldados hubieron arrojado, desfallecido de dolor, al último sobre una manta deshilachada y lo dejaron en brazos de sus parientes martirizados por la angustia, Pantoja, que desde hacía rato venía preparando un discurso, habló frente a los consternados peones.

—¿Lo han visto ? Pero esto no es nada todavía. Si en otra tuvieran la desgracia de sublevarse, los hago matar a palos... El señor prefecto es mi amigo y puede mandar toda la tropa que yo quiere...

Luego repuso, con inflexible acento de mando:

—Ahora tienen que trabajar la casa, ponerla en el estado en que estaba y pagarme todo lo que allí se quemó...

¿Entienden?...

—Sí, tata; entendemos —sollozaron los siervos, siempre de rodillas.

Y se sometieron por el rigor, como las bestias; pero creció su odio hacia los blancos. El viejo Choquehuanka lo dijo, frunciendo severamente la frente:

—Bien está. También las llamas andan cuando se las pega, pero saben patear. El camino de la vida es largo y no todas las veces ha de haber tropas en la hacienda.

Volvieron los peones a sus faenas, aparentemente sometidos; pero muchos, después de sacar sus cosechas en verde, abandonaron para siempre la hacienda, sin ánimo de someterse a las exigencias del patrón.

Pantoja, con pretexto de indemnizarse por los daños, reedificó la casa incendiada, y al lado hizo construir una nueva, con materiales gratuitamente transportados por los indios, más amplia que la antigua, por la abundancia de corralones, pesebres, depósitos y aijeros, y la dotó de algunos muebles, muchos de los cuales, no siendo posible llevarlos a lomo de bestia, fueron conducidos a pulso y en muchos días de viaje. Así pudo tener un pianito ordinario, pero de regular aspecto; armarios con espejos, catres de hierro y de madera, una mesa enorme de comedor y otros muebles poco o nada conocidos en las haciendas del altiplano, donde la dificultad de los transportes, generalmente invencible, y la miseria de los hacendados, hacen que la vivienda en el yermo sea pobre e ingrata. Los campos abandonados por los fugitivos se cosecharon para el patrón y luego se incorporaron al lote de la hacienda, que de mil hectáreas cultivables se convirtió en casi el doble...

Todo, pues, recuperó su aspecto de costumbre. Sólo que ahora los peones dejaron de acudir a la casa patronal cual si la hubiesen maldecido los brujos de la comarca (laikas), y si tenían que pasar cerca, lo hacían de prisa, tratando de esconderse entre los montones de piedras coronados de espinos, abundantes en los contornos, y que habían sido formados uno a uno, en barbechos sucesivamente labrados por muchas generaciones de labriegos indios.

Algo más hizo Pantoja. Mandó como administrador de la hacienda a uno de sus ahijados, Tomás Troche, cuyos puños conocía desde los no lejanos tiempos en que, nombrado intendente de La Paz, hacía castigar a golpes y patadas las opiniones políticas de sus adversarios, y eran los policiales sarta de forajidos ligados al mandatario imperante por lazos de parentesco espiritual.

Troche llevaba muchas víctimas a cuestas Bruto, intemperante y sensual, se había ganado legítima fama de matón entre los de su partido por la solidez de sus puños y la ferocidad de sus hazañas. Hacía ostentación de sus crímenes con desconcertante desenvoltura, y por el más insignificante motivo ofrecía dar de balazos y bofetadas, porque para él las únicas razones atendibles eran las que se dan con puñetazos, y tenía más confianza en la eficacia de sus golpes que en los más fundados razonamientos.

Pero, como buen cholo, únicamente era audaz cuando estaba con sus amigos o contaba con el apoyo de alguien. Solo, era incapaz de alzar la voz a un chiquillo, no obstante la fortaleza de su brazo, de ahí que jamás aflojaba el bastón ferrado o el revólver.

Como en el tiempo que ejerciera su oficio de sayón se había concitado muchos y temibles enemigos, andaba disgustado de su puesto y buscaba una colocación más segura en alguna hacienda o pueblo apartado de la comarca. Y le vino de perlas la proposición de su compadre Pantoja para enviarlo como administrador a su hacienda de orillas del lago, donde —le dijo— podría hacer buenos negocios con los indios rescatando sus cosechas y vendiéndolas en la capital.

Troche puso en inmediata ejecución el consejo de su compadre; pero con tan buenas mañas, que en menos de dos años logró reunir un pequeño capital, con la ayuda certera de su mujer y de su hija Clorinda.

Inventaban las hembras mil ardides para enriquecer a costa de los indios, quienes pronto hubieron de ver el poco acierto con que habían obrado levantándose.

Vanamente elevaron sus quejas al patrón, creyendo ser oídos. No les escuchaba o daba razón al administrador feliz de haber encontrado un hombre de hígados, capaz de reducir a esos caníbales que le obligaron a fugarse en calzoncillos y ocultarse, como bestia perseguida por hambrienta jauría, en el charco. Y agradecido, escribía a Troche aconsejándole no dejarse intimidar por ninguna queja, con lo que el cholo extremaba su tiranía y castigaba la más insignificante falta a golpes de puño y palo.

Los colonos, pese a su exasperación, no se atrevían a intentar ninguna demostración belicosa, aleccionados por los rigores que les había valido su hazaña de hacer dormir al patrón en el cebadal bajo la lluvia y el viento.

Poco después murió Pantoja.

Entonces creyeron los colonos que disminuiría el duro peso de su yugo y bendijeron sinceramente la muerte del amo pero bien pronto tuvieron que desengañarse, porque el hijo conservó la herencia del padre íntegra y mantuvo al empleado. Y pues vieron, a poco andar, que el joven Pantoja era aún más avaro y más cruel que el difunto, muchos buscaron sayarias en otra hacienda, y los demás, encariñados con su casa, resignáronse a sufrir todavía.

Soportaban, pues, ahora, entristecidos, la dura esclavitud. ¿Para qué sublevarse o protestar si estaban seguros de que iban a ser estériles sus esfuerzos y quedar inútiles sus quejas? ¿Qué podían ellos con sus primitivas armas de combate frente a los mortíferos instrumentos de muerte de los blancos? No vano resultaba el consejo de la mujer de Tokorcunki. Eran vencidos y estaban condenados a sufrir en silencio, pasivamente.

¿Hasta cuándo? ¡Quién sabe! Acaso por siempre, hasta morir...

—Sí; duro la hemos pagado—repitió el viejo Choquehuanka al recuerdo de estas crueldades, y quedó caviloso y mustio.

Los otros no respondieron. Acaso repasaban en su imaginación las desdichas que de entonces acá venían padeciendo.

Después de un momento de profundo silencio, Choquehuanka se puso en pie y dijo:

—Me voy, y no olvides lo de mañana: tú, al cerro, y yo, al lago.

Y salió.

Un gallo cantó en la lejanía saludando la media noche; le respondió otro.

El viento seguía silbando.

I | II | III | IV | V | VI | VII | VIII | IX | X | XI | XII | XIII | XIV

Libro Primero | Libro Segundo

 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006