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III Orlaba
el terciopelo de la noche la celistia, claror de astros que
da a las tinieblas una transparencia misteriosa, dentro
de la que se adivinan los objetos sin precisar sus
contornos. Rutilantes y numerosas brillaban en el cielo
las estrellas, tan vastas y tan puras, que aquello resultaba
el apogeo del oro en el espacio, y para Choquehuanka,
abstraído en sus pensamientos caminaba con paso cauteloso
por la orilla del río, rumbo a la —¡Lek...
lek... lek, lek!... ¡Lek... lek... lek, lek!... Alzóse
el leke-leke de entre sus pies, y el estridente
alarido del ave repercutió dolorosamente en el enorme Es
ave noctámbula y vigilante. Al menor ruido insólito en la
noche profunda levanta el vuelo y lanza su grito de Estremecióse
Choquehuanka y se detuvo un instante para escuchar el latido
de las alas del ave que huía, y En
la atmósfera hubo un soplo y, repentinamente, se alzó el
viento, arrancando agudos y prolongados silbidos Aquí
y allá, entre la sombra y como sombras de sombra, se
levantaban en relieve las casas de los colonos. Al
acercarse a la del hilacata, lindante con el río,
fue detenido Choquehuanka por el desesperado ladrido de un ¡Condenado
animal! ¿Es que ya no conocía al viejo Choquehuanka, el
consejero del amo, y había perdido la Una
voz soñolienta y dura surgió de improviso desde el
interior de un cuartucho débilmente iluminado. —¿Quién
es? —Soy
yo, Tokorcunki, y ataja tu perro, que ya no me conoce. —¡Ah!
¿Eres tú, anciano (achachila)? Espera,
voy a castigar a este holgazán... Se
oyó el zumbido de una piedra y un aullido de dolor. El can
huyó quejándose y sus lastimeras quejas —De
balde le castigas. No es culpa suya si los años ya no le
permiten reconocer a los amigos. —A
ti no debe ladrarte; eres más que amigo... Pero entra,
corre frío esta noche. Avanzó
Choquehuanka, esquivando tropezar con los toros que estaban
tendidos en el suelo, atados a las Sobre
el poyo de barro y encima de tejidos (kesanas) de totora,
crujiente por lo seca, estaban recostados tres En
las paredes, ennegrecidas por el humo, había estacas
clavadas, y en ellas pendían vestidos, aparejos, —Buenas
noches, mamita —saludó Choquehuanka al entrar. La
mujer contestó con un gruñido y siguió rascándose la
cabeza. Los chicos miraron un instante con curiosos Tokorcunki
acercó al fuego un cajón vacío y le invitó a sentarse. —¿Traes
algo, abuelo? —Nada.
Sólo vine a recordarte que mañana debemos consultar el
tiempo. Yo iré al lago y tú al cerro. —Me
parece inútil. También este año ha de ser seco, como los
otros. —Así
parece; pero pudiera ser que nos equivoquemos. Las bestias
no se equivocan nunca. —Quizá... Callaron.
Afuera, el viento gemía entre los pajonales. —¿Y
viste a Quilco? —Le
vi en la tarde. Sigue mal. Le duelen los huesos y no cesa de
tiritar. —Capaz
de morirse. —Como
tantos, no sería el único. —Es
culpa de ellos. Se obstinan en traer las semillas del
valle, cuando las tenemos en toda la comarca —Es
que cuestan menos en el valle y él solo piensa en
economizar. —Está
resultando peor que el padre: más cruel y más avaro. —Se
ha de pudrir, por miserable. Limachi acaba de llegar de pongo
y ha traído las vituallas para los trabajos —¿Y
qué quiere que hagamos con eso? —preguntó con rabia
Choquehuanka—. Apenas ha de alcanzar para —El
padre era más generoso: nos enviaba lo menos un cesto de
coca y dos latas de alcohol. —¿Y
vendrá este año? —Limachi
dice que no, pero ha prometido venir para las cosechas.
Hasta en eso es miserable. —¡Cobardes
ustedes que lo soportan! ¡Yo ya me habría levantado!
—interrumpió la mujer, con voz agria. Los
dos viejos volvieron los ojos hacia la momia y la miraron en
silencio. Y Choquehuanka, con voz lenta, —¿Y
para qué? ¿Quieres que nos maten o nos pudramos años de años
en los calabozos de una cárcel? Nosotros
no podemos nada; nuestro destino es sufrir. Y
su acento se hizo triste. —Además
—agregó el marido—, recuerda lo que nos pasó la última
vez que intentamos sublevarnos. ¿Lo has —¡Ay,
no! —repuso la bruja con miedo. Y se estremeció. Y
ellos, los hombres, temblaron también. Es
que el recuerdo latía, terrible y vivo, en su memoria. Exasperados
por las crueldades del patrón, se propusieron acabar con él,
una vez que había ido, por Al
fragor del incendio despertaron el patrón y el mayordomo,
rompieron a martillazos las puertas, y en tanto Una
vez en su casa y ya repuesto del susto, quiso tomar debida e
inmediata venganza de los indios. Requirió Los
revoltosos, aunque dispuestos para al ataque, fueron
sorprendidos, pues nunca pensaron que de un día Ya
claro el día con el sol, repicó la campana de la capilla
llamando a la peonada. Se dieron prisa en acudir los En
el solar de la casa los soldados, arma al brazo, formaban
cuadro y yacían en actitud de fuerza confiada y Entraban
al solar los indios temblando como bestias enfermas, con los
ojos fugitivos, y poniéndose de rodillas Se
llenó pronto el patio. Entonces, Pantoja, con severo
continente y acento de profundo rencor, increpó a la —Malagradecidos,
yo nunca les he ocasionado ningún mal y han intentado
matarme... Son ustedes unos ¿Qué
motivos de queja les he dado para que no estén contentos
conmigo? ¿Les obligo acaso a trabajar como Y
dirigiéndose al viejo hilacata, que estaba allí, en
primera fila, pálido y miedoso, le increpó: —Di,
tú, Choquehuanka, que eres el más racional de estos
asesinos, ¿de veras soy malo con ustedes?... El
indio irguió la cabeza por un segundo y clavó sus ojos,
cansados de contemplar la tristeza de esa tierra, en —No,
tata; no eres malo. —¿Es
que les pego sin motivo? El
viejo guardó silencio; estaba grave, y su rostro, como los
demás, permanecía rígido e inmóvil. Pantoja, ante —No,
tata; sólo nos pegas cuando tenemos culpa... —¿Y
de qué están descontentos entonces? Tampoco
habló el hilacata. Con los brazos cruzados sobre el
pecho, en humilde postura, y los ojos bajos, —Di:
¿por qué se quejan? —insistió Pantoja, ya medio
irritado ante el silencio del viejo. Entonces,
éste, con voz más firme, hablo: —Bueno,
señor; te lo he de decir... Cuando estos tus hijos —señalando
con un gesto de la mano a la Se
puso a sollozar, y los otros le imitaron. Y del grupo se
levantó un gemido doloroso y profundo. Pantoja, que —¡Mentiras
de ustedes, bribones!... Lo que ustedes quieren es vivir
libres de toda obligación, haciendo su Hablaba
con creciente cólera y era sincero en lo que decía: tenía
gente de sobra. Con ciento cincuenta peones —¡No;
quien no esté contento conmigo, que se vaya; no lo
necesito! Yo tampoco estoy satisfecho con ustedes: son
mañudos, insolentes y levantiscos. ¿Acaso no intentaron
asesinarme la otra noche? ¿Y quién me ha de Al
recuerdo del atentado, tembló de coraje Pantoja. Desde esa
noche se sentía decaído, enfermo, con un dolor —¿Lo
ven, pícaros? Estoy enfermo, y ustedes tienen la culpa.
Huyendo de sus manos criminales cogí frío, y No,
eso merecía un castigo ejemplar... Hizo
una señal al sargento. Este, de antemano ya instruido, casi
ebrio con el vino del terrateniente, llamó a dos Entonces
uno de los cabos desligóse de la cintura su látigo,
rematado en la punta por una porra de estaño, y Cada
golpe marcaba surco azul con cabeza roja en la bronceada
piel, y a poco brotó la sangre, salpicando la Pantoja,
de bracero con el oficial, paseaba a lo largo del patio,
fumando cigarrillos, y los dos acariciaban de A
los diez minutos el cabo dio signos de fatiga y fue
reemplazado por otro. Después vino un tercero, y así, por Entretanto,
el hijo del patrón y algunos de sus amigos cazaban en el
lago. Se oía el incansable traquido de sus —¡Perdón,
tata, perdón, por Dios! Yo no he incendiado la
casa... ¡Perdón!... —se quejaba y plañía Aproximósele
Pantoja, y ordenando a los cabos que se detuvieran un
momento, interrogó al miserable: —¿Y
quién ha sido entonces? —No
sé, tata —gimió el otro debajo las nalgas del
soldado. —Mientes,
canalla; sabes. ¿Quien ha sido? —No
sé, tata... ¡Por Dios, que no me atormenten más!... Se
alzaban sus espaldas con sollozos y le temblaban las carnes
de las piernas con temblores intermitentes y —¿Quién
ha sido? —insistió Pantoja, testarudo y gozoso de mostrar
semejante espectáculo a los indios, —No
sé, tata; yo no he sido... Estaba pescando en el
lago esa noche y no vi nada. El
patrón sonrío, incrédulo. El conocía bien a su gente,
pues no en balde había vivido más de treinta años Hizo
otra seña y el cabó púsose a pegar con más ganas todavía,
vanidoso de su habilidad consumada en el Un
mocetón alto, fornido, musculado, no pudo reprimir por más
tiempo su angustia. Echóse a los pies del —¡Perdón,
tata! Es mi padre... Tiene sesenta años. —Sí,
¿eh? Pues para que no sepa sublevarse otra vez —y de una
patada echó a rodar al fornido labriego. Los
otros, aterrorizados, gimientes, cayeron en masa de
rodillas: —¡Perdón!
¡Perdón!... Pantoja,
triunfante, paseó la mirada sobre esos trescientos esclavos
humillados. —¡Ah,
pícaros! ¿Les duele?... ¡Me alegro! ¿Y por qué
quisieron asesinarme? —¡Perdón!
¡Perdón! —gemía Choquehuanka, tembloroso y hundiendo en
el suelo su rostro mojado por las —¡Ya
no más, tata; te vamos a querer y a respetar
siempre!... ¡Ya no más! —seguían gimiendo los otros,
que Así
lo comprendió Pantoja. Y en vez de deponer su encono a la
vista de la sangre y de las lágrimas, sintióse Los
soldados, excitados por la promesa de una buena prima y con
el alma sorda a los sufrimientos de los —¿Cuántos
van, sargento? —Setecientos,
teniente. —Bueno,
basta, ahora a otro. Y
así, uno a uno, fueron flagelados los sindicados, sin que
uno solo de esos siervos hiciese un movimiento de Todo
el día duró la azotaina, y el día entero también
permanecieron los patrones como testigos exasperados, Cuando
los soldados hubieron arrojado, desfallecido de dolor, al último
sobre una manta deshilachada y lo —¿Lo
han visto ? Pero esto no es nada todavía. Si en otra
tuvieran la desgracia de sublevarse, los hago matar Luego
repuso, con inflexible acento de mando: —Ahora
tienen que trabajar la casa, ponerla en el estado en que
estaba y pagarme todo lo que allí se quemó... ¿Entienden?... —Sí,
tata; entendemos —sollozaron los siervos, siempre
de rodillas. Y
se sometieron por el rigor, como las bestias; pero creció
su odio hacia los blancos. El viejo Choquehuanka lo —Bien
está. También las llamas andan cuando se las pega, pero
saben patear. El camino de la vida es largo y Volvieron
los peones a sus faenas, aparentemente sometidos; pero
muchos, después de sacar sus cosechas Pantoja,
con pretexto de indemnizarse por los daños, reedificó la
casa incendiada, y al lado hizo construir una Todo,
pues, recuperó su aspecto de costumbre. Sólo que ahora los
peones dejaron de acudir a la casa Algo
más hizo Pantoja. Mandó como administrador de la hacienda
a uno de sus ahijados, Tomás Troche, Troche
llevaba muchas víctimas a cuestas Bruto, intemperante y
sensual, se había ganado legítima fama de Pero,
como buen cholo, únicamente era audaz cuando estaba con sus
amigos o contaba con el apoyo de Como
en el tiempo que ejerciera su oficio de sayón se había
concitado muchos y temibles enemigos, andaba Troche
puso en inmediata ejecución el consejo de su compadre; pero
con tan buenas mañas, que en menos Inventaban
las hembras mil ardides para enriquecer a costa de los
indios, quienes pronto hubieron de ver el Vanamente
elevaron sus quejas al patrón, creyendo ser oídos. No les
escuchaba o daba razón al Los
colonos, pese a su exasperación, no se atrevían a intentar
ninguna demostración belicosa, aleccionados Poco
después murió Pantoja. Entonces
creyeron los colonos que disminuiría el duro peso de su
yugo y bendijeron sinceramente la muerte Soportaban,
pues, ahora, entristecidos, la dura esclavitud. ¿Para qué
sublevarse o protestar si estaban ¿Hasta
cuándo? ¡Quién sabe! Acaso por siempre, hasta morir... —Sí;
duro la hemos pagado—repitió el viejo Choquehuanka al
recuerdo de estas crueldades, y quedó caviloso Los
otros no respondieron. Acaso repasaban en su imaginación
las desdichas que de entonces acá venían Después
de un momento de profundo silencio, Choquehuanka se puso en
pie y dijo: —Me
voy, y no olvides lo de mañana: tú, al cerro, y yo, al
lago. Y
salió. Un
gallo cantó en la lejanía saludando la media noche; le
respondió otro. El
viento seguía silbando.
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