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IX

IX

Una especie de bruma azulada difumina en el espacio el contorno de las cosas. El cielo tiene una claridad lechosa y se enciende con tonos violáceos a los rayos del sol, que aparece, enorme y rojizo, allá, en el lejano confín del horizonte, cual si surgiese del seno mismo de los montes.

Dondequiera que se vuelvan los ojos se ven brillar gotitas de diamante esparcidas por el suelo, del que parece levantarse el hálito frío de la nieve cuajada en escarcha sobre cada brizna de hierba seca, en las agujas de las pajas que son carámbanos agudos, o largos alfileres de cristal.

Cada charco es un espejo sobre cada manantial ha puesto el hielo su vidrio frágil; sobre cada piedrecilla luce una gota de rocío. La pampa entera es un enorme cristal sonoro, que vibra y se estremece...

De las casitas escalonadas en la falda de la colina, dispersas en la llanura o a lo largo del río sinuoso y ondulante se levanta, recta, una columna de humo azul, que raya el cielo; las aves salvajes entumecidas, apenas ensayan sus cantos.

Aquí y allá, al borde de los manantiales secos, los pájaros bobos perfilan sus delgadas siluetas sobre el vidrio del hielo; están inmóviles hieráticos y calientan al sol su plumón aterido. Una que otra gaviota revuela en el espacio, muda. Acaso de tarde en tarde resuena, cristalino, en el ambiente puro, el repiqueteo de un yaka-yaka, que, erguido sobre el muro de un solar abandonado o a la vera de un montón de piedras muestra al cielo su pico negro rayado de amarillo y el plumón yema de su pecho, también rayado.

De pronto, de alguna casa surge el redoble precipitado de un tambor y aparece una bandera blanca sobre la negrura del techo, tras los muros del corral; otro tambor le responde a lo lejos, de otra casa, y una nueva bandera aparece entre sus muros; después otros y otros. A poco la estepa se estremece toda con el hueco golpear de los timbales, profanando el recogimiento de esas primeras horas matinales, dulces y apacibles.

Es la señal convenida para la concentración de la indiada.

Los grupos, ataviados con ropas de vistoso colorido, aparecen en toda dirección, ora bajando por las colinas, ora surgiendo por la suave vertiente de un cerro, a campo traviesa por la llanura. Y todos se dirigen a la casa patronal de donde deben partir a un fundo cercano, célebre en la comarca por la cruz que se venera en la capilla, y cuya fama de milagrosa se extiende en muchas leguas a la redonda.

Choquehuanka marcha en cabeza de los de Kohahuyo. Es de la fiesta y camina gozoso porque sabe que su alferazgo no ha de engullir su fortuna ni privar de cimientos su casa, como acontece de ordinario a los prestes y alféreces, ya que al ser cogidos por el inevitable acontecimiento, y por salir airosos en él, venden, empeñan y pignoran lo suyo y lo ajeno, pagando la imprevisión con la miseria de toda su vida, pues concluidas las fiestas quédanse en tal estado de indigencia que muchas familias ya no se levantan más y se convierten en esclavos de esclavos, aunque sin olvidar nunca, ni ellos ni los demás, el fausto con que supieron lucirse y del cual se mostrarán eternamente orgullosos, sin arrepentirse nunca de la caída, aunque hubiesen de empezar otra vez...

Tocábale ahora el turno a Choquehuanka y todos se prometían largos días de esparcimiento y jolgorio, pues sabían que de meses atrás venía acumulando el patriarca toda suerte de provisiones no era secreto para nadie que en las casas de sus vecinos se preparaban ventrudas tinajas de chicha por su cuenta.

Doraba el sol las redondas cumbre de las islas cuando se vio descender por el sendero la comitiva que portaba en hombros el sagrado símbolo de la redención. Este queda en custodia durante un año en casa del nuevo alférez cuando no es el patrón quien lo retiene en la casa de hacienda, tomando así a su cargo la celebración de su fiesta y luengos años ya hacía que el Cristo me rodeaba por las pobres casas de los colonos, sin asomar a los umbrales de la patronal, cerrada a la santa insignia desde mucho antes de la muerte del padre del joven Pantoja, que, por lo visto, parecía empeñado en no querer tributarle las preces de su devoción.

Presidía la comitiva una comparsa de bailarines choquelas, cuyos blancos pollerines alegraban la nota grave del terrón. Detrás venían los dos alféreces: el uno, Choquehuanka, batiendo al aire la gran bandera a cuadros menudos hecha con retazos de tela de todo color y que pasa, junto con la cruz, al poder del nuevo alferazgo; el otro, Chuquimia, conduciendo sobre los hombros el Cristo clavado en su cruz, pálido, exangüe, con el pecho abierto por la lanzada y los ojos vueltos al cielo con expresión de infinita tristeza.

El camino blanco se alarga siguiendo las curvas del lago azul. De trecho en trecho tupidos cebadales muran su vera ondulando con leve rumor de espigas maduras que se frotan. A veces alternan con los patatales, cuyo hierbaje, amarilleado por las primeras heladas, se mustia sobre el surco donde reposan los verdes frutos.  

Piaras de cerdos hociquean en las orillas del lago, se revuelcan en el lodo, gruñen y se refocilan bajo la atenta vigilancia de los pastores rapaces o del canijo y malhumorado can, cuyas dentelladas han puesto marca en sus duras pieles. Los toros, hundidos hasta el pecho, hurgonean las algas que lucen sus verdes tallos a flor de agua o afilan las astas con decisión de combate y braman en reclamo de la hembra o de un rival.

Una que otra balsa de pescador luce su vela de paja más allá de los totorales que pueblan la orilla, en las libres aguas, y se ve, nítida, la silueta del remero enormemente agrandada por la refracción solar. Bandadas de gaviotas revuelan en el espacio. Vienen, se alejan, trazan breves círculos en el aire y se pierden entre los jocundos eneales. Varios flamencos posados en fila reflejan en la linfa su rosado plumaje y yacen inmóviles, pacientes; de rato en rato alguno hunde en el agua su largo cuello y a poco vuelve a erguirse y a tomar hierática actitud. Avecindando con ellos se ve hormiguear por el suelo enjambre de becacinas, visibles sólo por la albura de su pecho. A lo lejos, rayando el cristal azul, un viejo y sucio navío a vapor, con la cubierta rebosante de pasajeros que admiran el nunca visto panorama, va ruta del gran lago, y su chimenea humeante mancha de negro el connubio de los dos azules...

Por el camino ribereño, rumbo al lejano santuario que se yergue sobre una loma y cuyas agudas torrecillas blancas se destacan nítidas en el sosegado horizonte, marcha la bulliciosa caravana peregrina con alegre paso. Mozos y mozas andan cogidos de la mano, en pandilla, danzando en torno del paciente Cristo, y el yermo parece florecer al paso de la alegre tropa con las claras y vistosas ropas de las mujeres.

Van ataviadas con trajes de cálidos tonos y ostentando el lujo llamativo de sus polleras, todas de color distinto.

Un apretado corpiño de terciopelo orlado de lentejuelas que brillan como diamantes les ciñe el talle, acusando netamente el contorno de los redondos senos jamás aprisionados con corsé; por el escote luce la blanca camisa de tocayo con la pechera bordada con hilos de colores y que ya no saldrá sino con el uso y a pedazos... Llevan los pies desnudos y sólo las jóvenes, más por coquetería que por necesidad, llevan ojotas con abrazaderas de charol e incrustaciones de cordobán, vistosas.

Wata-Wara, la nueva desposada, ostenta la frescura de sus gracias con sin par donosura. Lleva corpiño azul y pollera verde, algo corta y que deja ver el color variado de las restantes: una es roja. morada otra y amarilla la última que se ve. Luce trenzada con cintas de color su abundante y negrísima cabellera, que le cae en lluvia de menudos bucles sobre las espaldas, y ha arrollado en torno de su cuello mórbido y moreno un collar con cuentas de vidrio multicolor. Parece más blanca que las otras y seguramente es la más bonita; pero ahora desaparece la gallardía de su cuerpo, deformado por la abundancia de polleras. Una sonrisa plácida y feliz entreabre sus labios maduros, y en sus ojos profundamente negros salta la llama de la más honda alegría. En esa mañana sus padres le han llevado, según costumbre, las cargas de semilla para ensementar el retazo de suelo que en adelante labrará con su esposo, y su suegra le ha señalado una habitación para ellos solos en su casa, y ya no dormirán más en la cocina con las bestias menudas, sino en su cuarto, hasta la bendita hora en que, con tesón indomable, levantarán la flamante casa donde irán a establecerse durante su vida...

Los varones son más ostentosos todavía. La chaqueta, de bordadas solapas y de mangas pespunteadas, va bien ceñida al robusto torso, sobre el chaleco, de color distinto, igualmente pespunteado; el calzón, también de otro color cae en forma de campana hacia los pies y se abre por detrás, desde las corvas, para mostrar el amplio calzoncillo de género blanco, ligeramente teñido con añil. Una faja flamante tejida con hilos de colores les sujeta el talle y está atravesada de un lado por la quena y de otro por un corto cuchillo enfundado en un estuche de cordobán. Su lujo es el zapato. Un recio zapato de triple suela, tacón alto y ferrado, punta ligeramente cuadrada, con encaladuras de color, y el vistoso gorro de lana rematado en una vaporosa orla que sobresale por debajo del sombrero de castor junto con la áspera cabellera caída en melena sobre los hombros.

Así, como este grupo, van otros a la fiesta. En las casas no quedan sino los inválidos y los niños encargados de cuidar los rebaños. Y los caminos por lo común desiertos de viajeros, resuenan ahora al paso alegre de las caravanas endomingadas, y por todos lados se oye el son quejumbroso de las flautas y el redoble inquieto de los tambores; la llanura está en fiesta.

Arribaron al campanario.

Ocupa la plataforma de una colina chata y a su pie se yergue la casa de hacienda rodeada por la de los colonos; dijérase un ave con su pollada. Como a todos los campanarios de la estepa, circúndale una baja tapia de adobe tendida sobre toda la cumbre y parte de sus flancos, capaz de contener muchos centenares de bailarines.

Estos pueblan ahora el espacio con el ruido de sus músicas tristes.

Aquí, formando rueda, danzan los sicuris. No tienen adornos ni disfraces, pero lucen su rumboso distintivo llevando sobre la cabeza desmesurados quitasoles invertidos, hechos con plumas blancas de avestruz o de ibis, y adornados en el centro con un ramillete de flores fabricado con plumas de loro, variadas de matices y colores. Dentro la rueda bailan a pequeñas zancadas los mallcus; llevan cubiertas las espaldas con la piel de cóndor y el cuello acollarado del ave descansa sobre la cabeza del bailarín, que ha enganchado los brazos bajo las anchas alas y anda de un lado para otro, batiendo el nevado plumaje, haciendo mesuradas quiebras al lento compás de las zampoñas, que aúllan en desolados tonos. Allá, los phusipiyas, encorvados sobre sus flautas enormes y gruesas, lanzan notas bajas, hondas y patéticas, en que parece exhalarse la cruel pesadumbre de la raza; más lejos, brincan y corren los kenalis cargando pieles disecadas de vicuñas tiernas, zorros, onzas y gatos monteses embutidos en paja, y avecinan con los choquelas inquietos, cuyas piernas cubre un pollerín blanco y encarrujado. Al otro lado danzan los kenakenas, el busto cubierto con la piel de tigre y la cabeza con pequeños sombreros de lana que sostienen una especie de diademas hechas de plumas y con incrustaciones de espejos...

Repican alborozadas las cuatro campanitas del santuario, y de las torres prietas, adornadas con banderas gayas, se arrojan frutas, que se disputan los chicuelos. Cohetes encendidos estallan en el aire, llenándolo con rumor de fiesta.

En el interior fulge el altar por las luces encendidas. La Virgen, ataviada con un vestido violeta de seda, hace brillar las opacas facetas de sus joyas de vidrio y pone a las claras su compungido rostro de estuco, toscamente embadurnado de colorines.

Al repique incesante de las campanas, ebrias de alborozo, cesan los danzantes en el rumor de sus músicas alegres y rompen en una especie de paso doble, al compás del cual se dirigen a la puerta del campanario, arrastrándose de rodillas por el suelo polvoroso y seco. Y ése fue el instante en que por la puerta de la sacristía apareció el acólito vestido de rojo y blanco. Llevaba en manos el platillo de limosnas, con una imagen al borde, y hendiendo la apiñada muchedumbre, púsose a recolectar las monedas que imperiosamente y a grandes voces exigía por cada ósculo depositado en el metal.

Concluida la fructuosa colecta, desapareció el acólito en la sacristía, y a poco reapareció precediendo al sacerdote, que venía revestido de sus ornamentos sagrados.

Comenzó el sacrificio de la mesa.

En el coro habían tomado asiento, curiosos más que devotos, el patrón de la hacienda festejante, el de Kohahuyo, y sus amigos y los administradores de los fundos lindantes, todos expresamente invitados por don Hermógenes Pizarro, el cura, que ansiaba lucir sus dotes oratorias en un discurso compuesto tras largos días de meditación y estudio.

A media misa y antes de elevar la sagrada forma, alzóse don Hermógenes, a falta de púlpito, sobre una caja vacía de alcohol expresamente colocada a la vera del altar, hizo la señal de la cruz, que todos imitaron, y luego de mascullar algunos latines, lanzó, con voz sonora y gesto adusto, su discurso, imborrable en la memoria de quienes le escucharon.

El culto de la Cruz, supremo signo de redención tributado en aquel templo por la edificante devoción del dueño de la hacienda, hombre bondadoso y generoso, era un ejemplo digno de imitarse por todos los que para sí y los suyos deseaban atraerse la divina protección de los cielos, y, con ella, todos los bienes codiciables de la tierra.

La bondad de Dios únicamente alcanzaba a los que sabían tributarle rendido acatamiento, y si de algunos años a esa parte el cielo se mostraba inclemente y la tierra parca en frutos, era porque las iniquidades de los hombres, su impiedad, su avaricia, su desvío, se hacían cada vez más patentes, y Dios comenzaba a mostrarse airado.

Nada podía conseguirse sin la sumisión ni la caridad. Sumisión hacia los que, delegados por Dios, representaban su poder en la tierra. Caridad para con sus personeros los sacerdotes, que, como todos los hombres, tenían necesidades que satisfacer y bocas que alimentar.

Y la caridad se iba.

Egoístas e interesados, los hombres dejaban que los pobrecitos curas, necesitados y mal comidos, llevasen vida de penurias y privaciones... ¿Cómo iba entonces a mostrarse clemente nuestro buen Dios?

Pero había aún algo más horrendo quizá: ¡los hombres ya no sabían obedecer!

Díscolos, insolentes, malvados, tenían la audacia de no acatar las órdenes de los patrones; sabían resistir a su mandato, desoir sus consejos y disposiciones, olvidándose, los malaventurados, que Dios había dispuesto el mundo de manera que hubiese una clase de hombres cuya misión era mandar y otra sin más fin que obedecer. Los blancos, formados directamente por Dios, constituían una casta de hombres superiores y eran patrones; los indios, hechos con otra levadura y por manos menos perfectas, llevaban taras desde su origen y forzosamente debían de estar supeditados por aquéllos, siempre, eternamente...

Don Hermógenes, de veras indignado, lanzaba con voz tonante sus anatemas. Con los brazos tendidos y los puños crispados, encendido el rostro, surcada la estrecha frente por una honda arruga, brillantes los ojos, invocaba el nombre de Dios para afirmar sus teorías; y los indios, consternados, temblorosos, con las frentes inclinadas, oían la palabra sagrada sin osar levantar los ojos al santuario por temor de caer fulminados por la ira vengadora del Cristo llagado y maltrecho que pendía de su cruz, exangüe y mirando al cielo con expresión de infinita tristeza, de soledad e implacable abandono...

Concluida la ceremonia, los de Kohahuyo emprendieron camino de regreso a la hacienda. El administrador, interesado en que los alféreces acudiesen a su tienda para consumir los artículos que forzosamente habrían de necesitar había ordenado, con el pretexto de evitar las consabidas peleas y hondeaduras, que apenas pasada la misa tornasen a la hacienda. Y obedecían la orden sin gran contrariedad, pues les atraía los preparativos de Choquehuanka, y además, se sentían débiles para sostener con honor esos combates a piedra que tanta fama dieran antaño a los mozos y hembras de Kohahuyo, ahora mermados por la fuga sin retorno...

Uno de los colonos, Katupaya, se llevó al Cristo a su casa con acompañamiento de toda la peonada, y después, en alegre pandilla los jóvenes, con reposado continente los viejos, invadieron la casa del patrón, donde fueron agasajados con rebosantes copas de licor que ellos se apresuraron en beber para irse a la casa del alférez, donde indudablemente estarían más a su sabor y tendrían cosas más suculentas para su paladar.

Así lo hicieron, con harta satisfacción del señor Pantoja, nada amigo de músicas ni de obsequios. Se fueron al llano a danzar, y tan pronto se les veía correr por los senderos a la orilla del río, en largas pandillas, como dar vueltas en torno de las casas levantadas junto a la de hacienda, aunque esquivando asomar a sus umbrales.

Los viejos y los mandos se fueron directamente a casa de Choquehuanka en pos del viejo, que no había soltado su bandera simbólica. Se instalaron en el patio, limpio como patena, frente a sus taris desplegados, y rígidos, tiesos, ceremoniosos, bebían de la copa escanciada por el viejo y que iba de mano en mano, sin reposo. Hablaban, como siempre, del estado del tiempo y de las cosechas; y sus lenguas, mesuradas al comienzo, se desataban a medida que se repetían los tragos.

¡Qué tiempos tan difíciles hogaño! Perdidas las cosechas, era el hambre que se avecinaba, cruel y rigurosa, y los mozos no tendrían más remedio que refugiarse otra vez en la ciudad, para buscar allí trabajo, irse a alquilar al valle y a los Yungas, donde se atrapan fiebres y otros males; mendigar, en último caso.

—Yo creo —dijo una vieja de cara enjuta, apilada nariz y ojos hundidos— los laykas están enojados con nosotros y quieren vengarse.

—¿Por qué? No les hemos hecho ningún mal. Les damos todo lo que nos piden y a veces más de lo que podemos. ¿Cómo podrían entonces hacernos pagar sus rencores?

—No es eso —repuso otro viejo flaco y también de nariz encorvada—; es el patrón quien tiene la culpa de todo. El otro día, persiguiendo a las vizcachas, se ha atrevido a entrar en la cueva del demonio.

—¿De veras?

—Sí, mi hijo lo ha visto.

—Es khencha y nada respeta. Tira a las aves que están en los techos, posadas sobre las cruces, y derriba éstas; deshace a chicotazos las brujerías que encuentra en los caminos, se ríe de nuestras creencias.

—Sería bueno que se muriese —dijo alguien, interpretando el deseo común, que en muchos era ya obsesión.

—O que lo matemos —sentenció un viejo encorvado, arrugado como una pasa, con las manos secas y sarmentosas.

Todos se miraron entre sí y no dijeron palabra.

—¿Para qué?—contestó Choquehuanka, que no hacía descansar la copa en poder de sus invitados—. Si se muere éste o lo matamos, vendrá otro y será lo mismo.

—Y entonces, ¿qué debemos hacer?

—Nada. Resignarse.

—¿Y eres tú quien nos aconseja así? —dijo el viejo con acento rudo.

—Todo tiene su hora, Cachapa, y el campo que hoy está yermo dará mañana flores —repuso Choquehuanka con voz tranquila.

—¿Y qué quieres decir con eso?

No pudo oírse la explicación. Ruido de tambores y flautas y alegres voces sonoras resonaron junto a los muros de la casucha, invadida al punto por los bailarines, que danzaban con bríos de bestias jóvenes sueltas en el campo tras largos días de duro encierro.

—¡Buenas tardes, tatitos! ¡Buenas tardes mamitas! —saludaron al entrar al patio, quitándose los sombreros.

Llegaban sudorosos, agitados, con los pies y los zapatos emblanquecidos por el polvo, vorazmente hambrientos, rabiosamente anhelosos de agotar fuentes, cascadas y mares de chicha y aguardiente.

Levantáronse los viejos para hacer sitio a los mozos y diéronse a bailar en el patio, cogiéndose de las manos y balanceando los cuerpos al compás de la triste música. No estaban ebrios, pero fingían no poder tenerse en pie.

Llegó la noche, fría y sin luna, y el entusiasmo juvenil parecía más bien redoblar de energía con las sombras.

Se les sentía a los bailarines correr en torno de la casa, al claror macilento de dos velas pegadas en la pared; perderse entre densos círculos de oscuridad, y siempre al son incansable de las quenas tristes y al ruido de los tambores, que en la oscuridad y el silencio de la noche parecían adquirir mayor y más intensa sonoridad. Y así amanecieron al nuevo día, siempre bailando, las mujeres en pos de los hombres, dando vueltas como peonzas, tanto más rápidas cuanto más ebrias, y mostrando, a la luz del día, las piernas duras, morenas y limpias de vello.

En la tarde del segundo día aparecieron en la casa del alferazgo el patrón y mis amigos.

No habían podido dormir en la noche con el ruido de los tambores y, algo incomodados, venían a divertirse viendo bailar a los mozos y a ordenarles diesen tregua por esa noche a su entusiasmo.

Apenas se mostraron los señores cesaron los indios de tocar en sus instrumentos y pareció sucederse un momento de malestar, pero como casi todos estaban medios bebidos, mozos y mozas se destocaron, y cayendo de hinojos se arrastraron de rodillas adonde estaba el señor Pantoja para limpiar con sus labios el polvo de sus botas, besarle las manos y rendirle el homenaje de su sumisión con humilde actitud y tono comedido. El señor Pantoja y su amigo Ocampo protestaron. ¡Al diablo con los puercos! Trascendían a puro aguardiente y les dejaban en las manos inmundas huellas de saliva...

—Bueno, hombre, bueno... ¡Ya está!... —decía el patrón, rechazándoles para evitar en la cara el apestoso aliento.

Pero los indios, porfiados, tenaces, se abrazaban a sus rodillas, clamando con voz cortada por hipos:

—Sí, tata...; te queremos... Eres un padre para nosotros y no hay nadie más bueno que tú... Nosotros somos tus hijos, tus pobrecitos hijos. Nadie tenemos en la vida para que nos defienda y ampare sino tú... Somos tus esclavos...

Y se arrastraban, humildes, sumisos cual canes doloridos bajo la tralla. El señor se enojó de veras. ¡Al diablo con sus zalamerías! El los conocía bien y sabía a qué atenerse; necesitaban alcohol y era el interés de la limosna lo que les hacía arrastrarse así.

—Invítales una lata de alcohol —le propuso Ocampo.

—¡Qué disparate! ¿Para qué?

—Para algo —repuso, haciendo un gesto de bellaquería—. Con unas cuantas copas más se ponen barros, y luego...

Y sin concluir, le indicó las indias que bailaban con brusco movimiento, guardando apenas el equilibrio.

—Tienes razón.

Y llamando al hilacata le dio la orden de pedir en la casa de hacienda, y en su nombre, una lata de alcohol a Troche.

Los indios volvieron a arrodillarse a sus plantas para besarle las manos y repetir sus promesas de sumisión y acatamiento; ellos eran sus pobres siervos sus desventurados hijos, sin ningún apoyo en el mundo, y él debía tratarlos con piedad y conmiseración, pues eran unos miserables...

Y en tanto hablaban le ofrecían y presentaban copas de licor y chicha para que bebiese de ellas, obstinados, impertinentes.

El señor llamó en su ayuda a uno de los alcaldes para ordenarle los alejara de su lado. El indio probó primero apartarlos con razones, pero como los ebrios no le obedeciesen, desciñóse el látigo que pendía de sus espaldas y comenzó a dispersarlos cual perros de la vera de una carroña.

Volvió el hilacata. A la vista del obsequio se enardecieron los ánimos y las danzas recomenzaron, más animadas y más briosas, aunque la abominable embriaguez de los danzarines no les permitiese mostrar toda su habilidad; bailaban cogiéndose de las manos por grupos de dos o tres parejas, que se destacaban de la rueda, penetraban al círculo y allí, al compás de los músicos, daban vueltas rápidas, giraban las mujeres sobre sí mismas hasta caer de bruces al suelo, donde se quedaban tendidas, con las ropas en desorden, vencidas por el cansancio, el sueño y la borrachera...

Los jóvenes se retiraron para volver en la noche, armados de linternas sordas y de revólveres; pero su viaje resultó infructuoso.

Aquello parecía un campo de combate.

Hombres y mujeres, tendidos al pie de los muros de la casa, a lo largo de los senderos, en los repliegues de las chacras desnudas, dormían con los rostros pegados al suelo o mirando al cielo con expresión de profunda estupidez. Se veían parejas enlazadas, hechas un ovillo, cuerpos caídos con postura de abandono. Las mujeres mostraban las polleras en desorden, desnudos el seno y las espaldas, desgarradas las carnes, abominables de abandono y de embriaguez...

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