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IX Una
especie de bruma azulada difumina en el espacio el contorno
de las cosas. El cielo tiene una claridad lechosa
y se enciende con tonos violáceos a los rayos del sol, que
aparece, enorme y rojizo, allá, en el lejano confín
del horizonte, cual si surgiese del seno mismo de los
montes. Dondequiera
que se vuelvan los ojos se ven brillar gotitas de diamante
esparcidas por el suelo, del que parece levantarse
el hálito frío de la nieve cuajada en escarcha sobre cada
brizna de hierba seca, en las agujas de las pajas
que son carámbanos agudos, o largos alfileres de cristal. Cada
charco es un espejo sobre cada manantial ha puesto el hielo
su vidrio frágil; sobre cada piedrecilla luce una
gota de rocío. La pampa entera es un enorme cristal sonoro,
que vibra y se estremece... De
las casitas escalonadas en la falda de la colina, dispersas
en la llanura o a lo largo del río sinuoso y ondulante
se levanta, recta, una columna de humo azul, que raya el
cielo; las aves salvajes entumecidas, apenas
ensayan sus cantos. Aquí
y allá, al borde de los manantiales secos, los pájaros
bobos perfilan sus delgadas siluetas sobre el vidrio del
hielo; están inmóviles hieráticos y calientan al sol su
plumón aterido. Una que otra gaviota revuela en el espacio,
muda. Acaso de tarde en tarde resuena, cristalino, en el
ambiente puro, el repiqueteo de un yaka-yaka, que,
erguido sobre el muro de un solar abandonado o a la vera de
un montón de piedras muestra De
pronto, de alguna casa surge el redoble precipitado de un
tambor y aparece una bandera blanca sobre la Es
la señal convenida para la concentración de la indiada. Los
grupos, ataviados con ropas de vistoso colorido, aparecen en
toda dirección, ora bajando por las colinas, Choquehuanka
marcha en cabeza de los de Kohahuyo. Es de la fiesta y
camina gozoso porque sabe que su Tocábale
ahora el turno a Choquehuanka y todos se prometían largos días
de esparcimiento y jolgorio, pues Doraba
el sol las redondas cumbre de las islas cuando se vio
descender por el sendero la comitiva que Presidía
la comitiva una comparsa de bailarines choquelas, cuyos
blancos pollerines alegraban la nota grave El
camino blanco se alarga siguiendo las curvas del lago azul.
De trecho en trecho tupidos cebadales muran Piaras
de cerdos hociquean en las orillas del lago, se revuelcan en
el lodo, gruñen y se refocilan bajo la atenta Una
que otra balsa de pescador luce su vela de paja más allá
de los totorales que pueblan la orilla, en las Por
el camino ribereño, rumbo al lejano santuario que se yergue
sobre una loma y cuyas agudas torrecillas Van
ataviadas con trajes de cálidos tonos y ostentando el lujo
llamativo de sus polleras, todas de color distinto. Un
apretado corpiño de terciopelo orlado de lentejuelas que
brillan como diamantes les ciñe el talle, acusando Wata-Wara,
la nueva desposada, ostenta la frescura de sus gracias con
sin par donosura. Lleva corpiño azul y Los
varones son más ostentosos todavía. La chaqueta, de
bordadas solapas y de mangas pespunteadas, va Así,
como este grupo, van otros a la fiesta. En las casas no
quedan sino los inválidos y los niños encargados Arribaron
al campanario. Ocupa
la plataforma de una colina chata y a su pie se yergue la
casa de hacienda rodeada por la de los Estos
pueblan ahora el espacio con el ruido de sus músicas
tristes. Aquí,
formando rueda, danzan los sicuris. No tienen adornos
ni disfraces, pero lucen su rumboso distintivo Repican
alborozadas las cuatro campanitas del santuario, y de las
torres prietas, adornadas con banderas En
el interior fulge el altar por las luces encendidas. La
Virgen, ataviada con un vestido violeta de seda, hace Al
repique incesante de las campanas, ebrias de alborozo, cesan
los danzantes en el rumor de sus músicas Concluida
la fructuosa colecta, desapareció el acólito en la sacristía,
y a poco reapareció precediendo al Comenzó
el sacrificio de la mesa. En
el coro habían tomado asiento, curiosos más que devotos,
el patrón de la hacienda festejante, el de A
media misa y antes de elevar la sagrada forma, alzóse don
Hermógenes, a falta de púlpito, sobre una caja El
culto de la Cruz, supremo signo de redención tributado en
aquel templo por la edificante devoción del dueño La
bondad de Dios únicamente alcanzaba a los que sabían
tributarle rendido acatamiento, y si de algunos Nada
podía conseguirse sin la sumisión ni la caridad. Sumisión
hacia los que, delegados por Dios, Y
la caridad se iba. Egoístas
e interesados, los hombres dejaban que los pobrecitos curas,
necesitados y mal comidos, llevasen Pero
había aún algo más horrendo quizá: ¡los hombres ya no
sabían obedecer! Díscolos,
insolentes, malvados, tenían la audacia de no acatar las órdenes
de los patrones; sabían resistir a su Don
Hermógenes, de veras indignado, lanzaba con voz tonante sus
anatemas. Con los brazos tendidos y los Concluida
la ceremonia, los de Kohahuyo emprendieron camino de regreso
a la hacienda. El administrador, Uno
de los colonos, Katupaya, se llevó al Cristo a su casa con
acompañamiento de toda la peonada, y Así
lo hicieron, con harta satisfacción del señor Pantoja,
nada amigo de músicas ni de obsequios. Se fueron al Los
viejos y los mandos se fueron directamente a casa de
Choquehuanka en pos del viejo, que no había ¡Qué
tiempos tan difíciles hogaño! Perdidas las cosechas, era
el hambre que se avecinaba, cruel y rigurosa, y —Yo
creo —dijo una vieja de cara enjuta, apilada nariz y ojos
hundidos— los laykas están enojados con —¿Por
qué? No les hemos hecho ningún mal. Les damos todo lo que
nos piden y a veces más de lo que —No
es eso —repuso otro viejo flaco y también de nariz
encorvada—; es el patrón quien tiene la culpa de —¿De
veras? —Sí,
mi hijo lo ha visto. —Es
khencha y
nada respeta. Tira a las aves que están en los techos,
posadas sobre las cruces, y derriba —Sería
bueno que se muriese —dijo alguien, interpretando el deseo
común, que en muchos era ya obsesión. —O
que lo matemos —sentenció un viejo encorvado, arrugado
como una pasa, con las manos secas y Todos
se miraron entre sí y no dijeron palabra. —¿Para
qué?—contestó Choquehuanka, que no hacía descansar la
copa en poder de sus invitados—. Si se —Y
entonces, ¿qué debemos hacer? —Nada.
Resignarse. —¿Y
eres tú quien nos aconseja así? —dijo el viejo con
acento rudo. —Todo
tiene su hora, Cachapa, y el campo que hoy está yermo dará
mañana flores —repuso Choquehuanka —¿Y
qué quieres decir con eso? No
pudo oírse la explicación. Ruido de tambores y flautas y
alegres voces sonoras resonaron junto a los muros —¡Buenas
tardes, tatitos! ¡Buenas tardes mamitas!
—saludaron al entrar al patio, quitándose los sombreros. Llegaban
sudorosos, agitados, con los pies y los zapatos
emblanquecidos por el polvo, vorazmente Levantáronse
los viejos para hacer sitio a los mozos y diéronse a bailar
en el patio, cogiéndose de las manos y Llegó
la noche, fría y sin luna, y el entusiasmo juvenil parecía
más bien redoblar de energía con las sombras. Se
les sentía a los bailarines correr en torno de la casa, al
claror macilento de dos velas pegadas en la pared; En
la tarde del segundo día aparecieron en la casa del
alferazgo el patrón y mis amigos. No
habían podido dormir en la noche con el ruido de los
tambores y, algo incomodados, venían a divertirse Apenas
se mostraron los señores cesaron los indios de tocar en sus
instrumentos y pareció sucederse un —Bueno,
hombre, bueno... ¡Ya está!... —decía el patrón, rechazándoles
para evitar en la cara el apestoso Pero
los indios, porfiados, tenaces, se abrazaban a sus rodillas,
clamando con voz cortada por hipos: —Sí,
tata...; te queremos... Eres un padre para
nosotros y no hay nadie más bueno que tú... Nosotros somos Y
se arrastraban, humildes, sumisos cual canes doloridos bajo
la tralla. El señor se enojó de veras. ¡Al diablo —Invítales
una lata de alcohol —le propuso Ocampo. —¡Qué
disparate! ¿Para qué? —Para
algo —repuso, haciendo un gesto de bellaquería—. Con
unas cuantas copas más se ponen barros, y Y
sin concluir, le indicó las indias que bailaban con brusco
movimiento, guardando apenas el equilibrio. —Tienes
razón. Y
llamando al hilacata le dio la orden de pedir en la
casa de hacienda, y en su nombre, una lata de alcohol a Los
indios volvieron a arrodillarse a sus plantas para besarle
las manos y repetir sus promesas de sumisión y Y
en tanto hablaban le ofrecían y presentaban copas de licor
y chicha para que bebiese de ellas, obstinados, El
señor llamó en su ayuda a uno de los alcaldes para
ordenarle los alejara de su lado. El indio probó primero Volvió
el hilacata. A la vista del obsequio se enardecieron
los ánimos y las danzas recomenzaron, más Los
jóvenes se retiraron para volver en la noche, armados de
linternas sordas y de revólveres; pero su viaje Aquello
parecía un campo de combate. Hombres
y mujeres, tendidos al pie de los muros de la casa, a lo
largo de los senderos, en los repliegues de
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