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VI Fines
de octubre. El
hambre hace estragos en la región. Diariamente se ven
ambular por los caminos polvorosos y secos Ninguna
huella de verdor anima la perspectiva de esos campos yermos
y duros de sequedad. Por todas partes Las
familias se preparan, no obstante, para solemnizar el alma
despachu, la fiesta de los muertos. Saben que, Entre
las muchas familias que en la hacienda se afanaban por
acumular víveres y bebidas para celebrar el Había,
pues, que hacer algo. Había que alejar de casa la
desgracia. Porque
en la casa apenas si había otra cosa. Todos
los bienes de ella —ganados dineros, ropas—
desaparecieron para pagar las deudas de Manuno. Primero
vendióse la yunta, por no haber ya mano de varón que la
guiase; después los burros; luego la vaquita, Carmela
eligió cuatro de los mejores y los hizo malvender en la
feria de Chililaya, la más próxima a sus pagos. Cuando
tuvo bajo de su poyo (patajati) las botellas de
licor, el cuarto de tambor de coca, los panecillos hechos Y
llegó el ansiado día. El
cielo tenía una pureza de tonos admirable y su color vivo
contrastaba con el del suelo, pelado, seco y gris. A Ocupa
el camposanto de Chililaya la angosta falda de una colina
entre el cerro de Cutusani y el lago, y su Circúndanle
altas y ruinosas paredes de adobes acribilladas de redondos
agujeros, donde anidan búhos, El
cementerio se fue llenando con la gente de los contornos que
en larga romería hollaba el camino pardo Se
vistió allí mismo, delante de los fieles, y comenzó a
llenar sus funciones, deteniéndose frente a cada cruz y Y
se iba frente a otra cruz. Carmela,
sin tumba donde hacer derramar sobre ella el fervor de las
preces, pagó el responso besando la En
la misma copa libaron los otros por tres veces y luego se
sirvió la merienda, que todos comieron en medio Concluido
el yantar, circulóse otra vez la copa y se repartieron
cigarrillos. Mediodía. El
cielo es de añil y el sol cae a plomo sobre la vasta
llanura, arrancando de las aguas bruñidas reflejos Las
cabezas comenzaron a turbarse. Suspiró
Carmela, y hondo fue el suspiro de su pecho, suspiró el
anciano Choquehuanka; suspiraron los De
pronto surgió un gemido débil, como distante mayido de
gato. Todos se volvieron a la viuda. Con
la cabeza caída sobre el pecho y envuelta en la tupida
mantilla estaba inmóvil, hierática. Levantóse
entonces Choquehuanka, volvió los ojos en todas direcciones
con actitud desconfiada y medrosa: el Sacóse
de la boca la coca mascada, y, arrojándola en dirección al
lago, amonestó con voz suplicante: —¡Vete,
alma doliente, vete!... Ya has comido, ya has bebido, ¡vete!... Al
punto, los parientes, los invitados y la viuda cogieron las
latas vacías, las chocaron entre sí con formidable —¡Vete,
alma, vete! ¡No llores. ni tus quejas nos traigas!... ¡Vete!... "¡Vete!
¡Vete!". se oía por todas partes y el grito
amenazador y angustiado parecía hallar eco en el viento,
que Definitivamente
pagadas las deudas con los muertos había que pensar ahora
en el hambre de los vivos. Y
la emigración se hizo general. Agiali
se resistió a dejar los pagos. Desde
el último viaje al valle había crecido su apego al terruño
y no pensaba moverse de él. ¿Para qué ir a Primero
tentó fortuna en la jurisdicción de las propias riberas,
pero sus andanzas resultaron estériles. Lanzóse Forzoso
le fue resolverse a seguir el ejemplo de los otros si
deseaba matrimoniarse, como eran sus El
último gran acontecimiento celebrado en la comarca había
sido el matrimonio del difunto Quilco con la Y
era preciso borrar ese recuerdo. Por
lo pronto, estaba decidido a vender la yunta y vieja y
quedarse con la joven. Los toros, ya perezosos, no Era
bastante. Vendería también el machito pardo y mezquino de
orejas. En cada viaje le daba buenos Pero
esto no bastaba. Tampoco quería pedir dineros prestados.
Matrimonio construido sobre deudas, se La
víspera del viaje fue al encuentro de su novia al cerro de
Cusipata, ahora más árido que nunca; parecía un Wata-Wara,
según las previsiones de su futura suegra, había concebido
y hacía cinco meses que la joven Sobre
esto venía a hablarle a su novio. El no quería hijos
ajenos, y estaba resuelto a que su futura se —Me
voy, Wata-Wara —le dijo—. El año, como ves, ha de ser
malo y debo reunir dinero para casarnos en la —Vete
y trabaja. Yo también he de comenzar a tejer tu ropa. ¿De
qué color quieres el poncho? Agiali
Vaciló un momento: —Plomo,
con una raya morada. —¿Y
el gorro? —Verde. —El
traje será azul —opinó ella, sonriendo. —Que
sea azul —asintió el otro, complacido. Y
luego, señalando con una mirada el vientre de su prometida: —La
chulpa se ha de entender con "eso", y dice que
vayas a verla uno de estos días. No tengas recelos... —Iré. —Hasta
otro día, florecilla blanca. —Adiós,
mi dueño. Agiali
no tomó directamente el camino de la ciudad. Se fue al
pueblo, pues quería saber, de los propios labios Don
Hermógenes Pizarro era un hombrote sólido, bien tallado,
moreno, de frente irregular deprimida, largos Cubría
su robusto corpachón una sotana lustrosa por los codos y
las espaldas, pues el sol, el polvo y los años —Buenos
días, tatai —saludó humildemente el mocetón,
doblando la rodilla en tierra y empleando el más —¡Hola!
¿Qué quieres? —Quiero
casarme, tatai. Sonrió
el cura, y los ojos le brillaron. —¿Cuándo? —Para
Navidad, tatai. La
mirada del cura se tornó agria. —¿Y
por qué vienes a molestarme desde ahora si recién estamos
en noviembre? El
mozo repuso, con más humildad todavía: —Es
que deseo saber lo que me has de cobrar. —¿Acaso
no lo sabes? —No,
tatai. El
cura echó una rápida ojeada al mozo, por la indumentaria
sabía juzgar el estado de una bolsa, y, por las —Son
cincuenta pesos. Agiali
tembló. ¿Cincuenta pesos? Jamás dedicaría él esa suma a
un solo objeto. Cincuenta pesos costaba un Don
Hermógenes se enfureció. Tomaba mucho cuidado con la
salvación de las almas de sus feligreses. ¿Se —¡Condenado
maldito! ¿Es que quieres condenarte, perro? Pues toma, para
que no seas bruto ni sepas Desprendió
del muro, junto a la puerta, un enorme vergajo, y púsose a
sacudirlo sobre las espaldas del novio, —¿Saben
ustedes lo que son? Pues unos pillos que no temen a Dios y sólo
piensan en pecar y holgar a su Recorría
la estancia, tropezando con las sillas, lleno de cólera,
sinceramente expresada. —¿Y
acaso ese dinero les pide para guardárselo él, son pillos?
¿No saben que el templo, la casa de nuestro Y,
¡zas!, ¡zas!, ¡zas!, hacía llover nuevos vergajazos
sobre el lomo robusto del mozo, que se retorcía lleno de Se
fatigó el buen cura con el piadoso ejercicio. Sobre su
frente estrecha y deprimida saltaron algunas gotas de Se
detuvo frente al indio, humillado: —Di,
hereje, ¿no tienes miedo al infierno? —Perdón,
tatai —sollozó el mozo, de veras asustado. —Pues
si te parece caro cincuenta pesos no te cases por la iglesia
y vive como los perros, sin mis Y
al pronunciar con airada vehemencia el nombre del antro
pavoroso volvía a encenderse su cólera, briosa y Antes,
a la sola enunciación del sitio maléfico, temblaban los
indios, arrastrábanse de rodillas a sus pies, —¿De
dónde eres, ladrón? —De
Kohahuyo, tatai. Don
Hermógenes se detuvo frente al mozo y su rostro se calmó.
Sabía él, como nadie, que los indios de —Entonces,
eres peón del viracocha Pantoja. —Sí,
tatai. —Bueno;
porque tu patrón es mi amigo te voy a rebajar. Me pagarás
veinte pesos. Esa
cantidad le habían indicado al mozo, y Agiali tuvo que
acceder. —¿Es
joven tu novia? —Joven
es. —Probablemente,
bonita. —No
tiene igual—repuso con candidez y orgullo Agiali. Sonrió
el cura y volvieron a brillarle los ojos. —Sabrá
ya rezar... —No,
tatai; no sabe. Don
Hermógenes fingió pavor y desconsuelo. —¿No
sabe rezar, dices?—y agrandó enormemente los ojos—.
Pues hay que mandarla aquí para que Y
con otro gesto señaló el patio asoleado, donde,
efectivamente, había visto el mozo al entrar algunas indias Era
su contribución de la pernada, fructífera y llena de
encantos, que demandaba el cura. Todas las mozas Iban
las doncellas con avío y sus camas para no ocasionar
molestias ni gastos al buen pastor de almas, el Para
conocer el señor cura la bondad del escarmeno, y como
hombre hábil en recursos ingeniosos y utilitarios, Y
en tanto las mozas lavaban, escarmenaban, hilaban y tejían
a la luz radiosa del día y bajo la inmediata Con
las lluvias de diciembre, ya regulares, y como golondrinas
al calor del nido, tornaron los emigrantes a sus Pero
pronto dieron fin con ambos productos. Los
nidos fueron cosechados antes de que estuviese cabal la
puesta y las aves emigraron, el miedo de Cuatro
pongos y un vendedor aljiri daba la hacienda.
Quedábase el patrón con el aljiri y un pongo y
alquilaba PABLO
PANTOJA ALQUILA PONGOS CON TAQUIA De
pongo, por lo menos tenían algo que comer en casa de
los patrones. Y ellos lo sólo que por el momento Agiali
fue de los últimos en tornar a la hacienda. Cuando madre e
hijo se encontraron al atardecer sobre el Sonrieron
al verse, y ésa fue su sola demostración de afecto. —¿Traes
dineros bastantes?—preguntó la madre, con los ojos
esperanzados en la grata respuesta. —¡Psh!... Y
el mozo se alzó de hombros, siempre sonriendo. Ella dio un
suspiro de satisfacción ya sabía que su hijo —¿Y
cómo van mis bestias? ¿Han enflaquecido? Tú estás un
poco delgada... —Y
tú también. Las bestias... Contó.
Las bestias estaban bien, aunque algo flacas. ¿De dónde
quería él que buscasen su sustento por esa —¿Y
por qué no vino Wata-Wara a mi encuentro? Creí verla
contigo. La
anciana hizo otro gesto vago, con ese despego por el que
disminuye el caudal de una dicha. Y
contó también: Wata-Wara
estuvo enferma, bien enferma, de un accidente comprometido.
Días hubo que se creyó iría a ¿Sabes?
Los cerdos del lago comieron carne blanda, como querías. El
mozo tomó poco interés en el relato y únicamente se alegró
de que no ofreciese ningún peligro la salud de —Y
ahora, ¿cómo sigue? —Está
mejor; pero todavía no puede ir al cerro a pastorear sus
ganados. Se siente sin fuerzas, y apenas anda —¿Y
se han muerto algunas? —Dicen
que no. Los Coyllor tienen suerte en todo. Y es que los
protegen la Chulpa y Choquehuanka. —¿Y
cómo cayó enferma? —Cosas
de la Chulpa. Se entregó en sus manos, y ella lo
hizo todo. Yo no sé: nunca he sido mala hembra. —¿Tienes
algo para ofrecerme? Me estoy muriendo de hambre—dijo el
mozo, sin sentir la injusticia de la La
vieja hizo otro gesto. Los comestibles no eran abundantes en
casa. Habíase agotado la quinua que dejara y —¿No
tienes pan? —dijo señalando con una mirada el atado que
el mozo traía sobre las espaldas. —Traigo
algunos, y te los daré en casa; pero ayúdame a llevar
esto, que estoy rendido. Y
pasó el bulto a la madre hambrienta. Los
hermanos menores salieron al encuentro de Agiali lanzando
verdaderos alaridos de gozo. Sabían que en Agiali
obsequió a cada uno de los pequeños con la mitad de un
pan, que los canijos fueron a devorar, con El
mozo cogió algunos panecillos y dijo a su madre: —Oye,
madre; has de encontrar en el atado un poco de maíz, y
puedes cocinarlo hasta que yo venga. Voy Salió. Al
aproximarse a la casa de su novia ladráronle los perros, y
al ruido apareció la enferma en el vano del rústico Al
ver a su novio, un tinte rosa cubrióle las mejillas pálidas
y una sonrisa dulce y alegre animó su rostro: —¿Eres
tú? No creí que vinieras tan pronto. Te vi llegar y venías
con la madre; pero, ya ves..., ¡no puedo! Y
el rubor se hizo más intenso. —Dicen
que has estado mal. —No
sé. —¿Y
ahora? —Ahora
estoy bien... Pero siéntate, estarás cansado. ¿Me traes
algo? —Te
traigo esto. Y
el mozo le presentó los panes, que la joven se apresuró en
coger de sus manos con alegría glotona y —¿Y
cómo te fue por allá?—inquirió la Coyllor, recibiendo
un pan de manos de su hija. —Bien;
trabajé mucho. —Mejor
para ustedes; nada les faltará en su casa. ¿Y viste al
cura? Agiali
narró la tempestuosa entrevista sin omitir lo de la
apaleadura, divirtiendo bastante a las dos mujeres. —Benditas
sean sus manos —dijo la zagala mirando con picardía a su
novio. —¿Y
cómo andan las sementeras? —preguntó a su vez Agiali. Hicieron
un gesto desolado. Iban mal. Quizá habría un poco de grano
y algo de patatas; el resto, perdido. —Llueve
poco—agregó la anciana— y hiela; creo que perderemos
las cosechas. Era
la preocupación general. El tiempo se había hecho
imposible: llovía muy poco, helaba a menudo, y un día Corrieron
a las cimas de los cerros, encendieron grandes fogatas, y
agitando en el aire palmas benditas, Ahora,
con las lluvias, se iban reponiendo de la avería, y ojalá
pudiesen llenar los trojes, aunque sólo fuese Y
alertas, avizores, dormían los vigilantes en sus chozas de
paja construidas al borde de las plantaciones, con Agiali
y Wata-Wara dejaron a los suyos al cuidado de las chacras;
WataWara fuese al pueblo para entregarse El
día triunfal cada novio se fue al pueblo escoltado de sus
acompañantes y padrinos. Llevaban éstos el Agiali
iba vestido de cholo: pantalón largo, chaqueta corta,
chaleco de paño, cadena sin reloj, camisa con Wata-Wara
no quiso quedarse atrás y se presentó disfrazada de chola.
Pero si el novio aparecía ridículo con Oyeron
la misa, recibieron las bendiciones, y sin más,
emprendieron otra vez camino de la hacienda. Ahora
las dos comitivas no formaban sino un grupo. Rompía la
marcha el cuya,
lanzando al aire las notas En
las lindes de Kohahuyo se detuvo la comitiva a la vera del
lago. Allí
esperaban los parientes a los nuevos cónyuges. Traían los
vestidos propios de la novia y venían a Entregóse
la desposada en manos de sus amigas y los hombres se
pusieron a beber las primeras copas, Despojaron
a la novia de su lamentable disfraz de chola y le pusieron
un jubón apretado de terciopelo rojo, con Concluida
esta ceremonia, púsose otra vez en marcha la comitiva, ya
alegre por las libaciones. Cuando Postráronse
los novios a las plantas de cada uno de los ancianos
recorriendo de rodillas el patio; y todos, cuál Sólo
han de vivir felices cuando no se dejen llevar de cuentos
—les dijo Coyllor-Zuma derramando un mar de Choquehuanka,
abrazando con gran ternura a su protegida, ayer fuente de
gozo paternal, le dijo entre —Nunca
te quejes de tu marido, hija, ni jamás digas a nadie los
secretos de tu casa ni de tu corazón. Si algo Así,
llenos de filosofía, eran los consejos de los ancianos, y
se los daban quedo a los oídos, en tanto que los Luego
Wata-Wara fuese a instalar en un rincón del patio, frente a
su tari, con el rostro cubierto por el rebozo, y Entonces
desfilaron los amigos para depositar cada uno su ofrenda
nupcial de comestibles en el tari de las Las
danzas se prolongaron toda la tarde: pero al anochecer
levantóse Wata-Wara, cogió de su tari los más Era
la señal. |