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VII

VII

Choquehuanka se puso la mano horizontalmente extendida sobre los ojos y tras un breve examen, dijo dirigiéndose a administrador:

—Sí tata; es el patrón.

Troche miró hacia el punto indicado, mas nada pudo distinguir en la llanura tranquila y desierta.

—¿Dónde? Yo no veo nada.

—Allá, tata; en el confín.

Y extendió el brazo hacia un punto del vasto horizonte, señalando la dirección del blanco sendero que se perdía en la distancia. Volvió a mirar Troche, y le pareció descubrir en la lejanía una tenue nube de polvo.

—Pero ¿será él?

—Sí, tata, es él, y viene con otros —dijo uno de los peones jóvenes con seguridad.

Quince minutos después se diseñó en la lejanía la silueta de los viajeros. Eran cinco y sus cabalgaduras alzaban polvo de la ruta.

Entonces Tokorcunki hizo una señal.

Los colonos recogieron del suelo sus tambores y banderas y alborotadamente lanzaron al aire las dolientes notas de sus flautas en dianas de bienvenida. Redoblaron de algazara las notas cuando el señor Pantoja, escoltado de cuatro amigos, ganó los linderos de la hacienda, donde, por orden del administrador habían ido los colonos a saludar con músicas la llegada del amo, costumbre ya abolida en Kohahuyo a poco que los Pantoja entraron en posesión del fundo.

Cabalgaba don Pablo Pantoja o P. P., como le llamaban sus íntimos, en un poderoso alazán de cabeza pequeña, ancho pecho y recio casco. Venía suelto de talle, con el poncho de vicuña doblado sobre el hombro, un pañuelo de seda blanca cuidadosamente anudado al cuello, sombrero alón echado un poco hacia atrás y la falda levantada por delante. Las manos traía ocupadas: la siniestra, en empuñar las cuatro riendas del trotón y la otra en esgrimir un chicotillo de suela trenzada, y estaban protegidas por fuertes guantes de piel de perro color ladrillo. Venía sólidamente asentado en su silla chilena, alzada por delante y por detrás, pero llena de chapeados de plata, con sartas de menudas lonjas de cuero blanco que pendían de las argollas o sostenían unos pequeños y elegantes alforjines de anta. En el maletín delantero brillaban, de un lado, la cacha de un revólver, y del otro, la de un gran cuchillo de monte. Las posaderas del señor oprimían la mecánica de una lindísima escopeta, cuyos negros agujeros de los caños parecían amenazar de muerte.

Los amigos, si no tan elegantes, mostrábanse igualmente caballeros en nerviosos caballos o fuertes mulas, y venían cubiertos con sus ponchos o abrigos en talle, mostrando así las diferencias de un temperamento y constitución, pues en tanto que el señor Pantoja y uno de sus amigos, bajo, moreno, cejijunto y delgado se mantenían ágiles y derechos sobre sus monturas, los otros parecían molidos y desarticulados con las nueve horas de marcha andadas ese día, desde la salida del sol.

Al ruido turbulento de los tambores y pinquillos, el caballo de patrón y el de uno de sus acompañantes, paliducho, enclenque, comenzaron a parar las orejas y a respingar con marcada desconfianza; pero Pantoja aplicó un soberbio espolazo a su bestia, y el bruto de un salto se metió entre el grupo, atropellando a dos indios, que cayeron al suelo, el uno con el tambor reventado y el otro con el calzón nuevo partido. El compañero, más timorato o menos jinete, no pudo reprimir el espanto de su macho frontino y malcarado, y se prendió de las crines en el preciso instante en que iba a rodar por los suelos. Entonces el señor Pantoja, al notar esto, hizo una seña a los indios para que dejasen de tañer sus instrumentos. Los musicantes no supieron interpretar su gesto, y como redoblasen la energía de sus golpes en el tambor y de sus soplidos en las flautas, cundió la alarma en todas las cabalgaduras, que comenzaron a retroceder con los ojos dilatados, alzándose de dos pies. El susto hubo de trocarse en incontenible espanto cuando repentinamente, y sin que nadie lo previera, comenzaron a tronar camaretas entre las mismas patas de los brutos. Entonces sí que éstos, casi enloquecidos, hicieron uso de sus naturales medios de defensa para zafarse cuanto antes del círculo de horrores en que los habían metido sus dueños. Tascaron el freno, y a saltos y con quiebros echáronse a correr por la llanura, pese a la fatiga del viaje. Uno de los jóvenes salió rodando por el cuello de su cabalgadura; otro se dejaba llevar en carrera abierta al través del llano, cenagoso y resquebrajado; éste yacía caído en tierra, junto a su alma y con la cabeza magullada, y aun el mismo patrón, que parecía un centauro, apenas podía mantenerse sobre la silla y tuvo que echar mano al arzón.

—¡Silencio, brutos, silencio!... —ordenó dando aullidos de cólera.

Los colonos, ante el repentino desastre, suspendieron el loco concierto de sus instrumentos; pero el señor Pantoja, ciego de cólera, dio otro espolazo al alazán, y metiéndose entre el grupo púsose a esgrimir su duro látigo con fuerza colosal, repartiendo fustazos en la cara de los indios, que caían entre las patas del formidable bruto o escapaban chillando de dolor y conteniendo la sangre de sus heridas para no manchar la ropa nueva...

—¡No seas loco!... —le gritó con angustia el joven de la cabeza magullada y poniéndose de pie—. ¿Por qué les pegas, si ellos no tienen la culpa?...

A estas voces se contuvo el amo; pero como su cólera no estaba del todo aplacada, estrellóse contra el administrador, que, con el sombrero en la mano y la actitud humilde, se le llegaba a saludarle:

—Buenas tardes, doctor.

—¿Y por qué ha dejado usted, soca..., que hagan esa bulla estos animales? ¿No tenía usted ojos para ver el alboroto de las bestias?...

—Es costumbre, doctor... —quiso disculparse Troche.

—¡Qué costumbre ni qué niño muerto! ¡Usted es un animal! —repuso furiosamente Pantoja.

Y viendo que dos de sus amigos seguían galopando por la llanura, sin poder sujetar a sus cabalgaduras, le ordenó:

—¡Corra usted a atajar aquellas bestias!...

Troche se lanzó a cumplir la orden; pero ya el hilacata y los alcaldes galopaban por la estepa, en auxilio de los impotentes y asustados caballeros.

A poco estaban reunidos todos y comentaban con risas las peripecias de la inesperada aventura. El patrón, tomando del alforjín una botella de whisky, comenzó a repartir copas entre sus amigos, "para matar el susto", según dijo, riendo; bebió él y ofreció la última al aturdido empleado.

—¿Dista mucho a la casa de hacienda?

—No, doctor; apenas una legua.

—¿Y te parece poco? Mis amigos ya no pueden más. No tienen costumbre de viajar, y este caballero —señalando al joven de la cabeza rota— es la primera vez que sale de la ciudad y apenas puede sostenerse sobre su macho... Vamos, pues.

—Che, ¿y no convidas a los hilacatas y alcaldes? —preguntó el joven que nunca había salido de la ciudad, sinceramente sorprendido.

Pantoja se volvió hacia él, burlón:

—¿De mi whisky fino? ¡Ya quisieran ellos! Les invitaré a alcohol cuando lleguemos a casa. ¡Adelante!

Pero en este momento se aprestaban recién los indios a saludarle. Con el sombrero en una mano y en la otra el instrumento de música llegábanse al flanco de la bestia, se ponían de rodillas para besar la punta del pie, que sobresalía de los estribos, cubierta de polvo. Los heridos maltratados mostraban mayor comedimiento y eran los que con más fervor apoyaban los labios en la bota, pronto limpia de polvo.

El patrón, sin esperar al homenaje de todos, dio la voz de "¡Adelante!"

Pusiéronse en marcha. Pantoja llamó a su lado al administrador. Detrás seguían los amigos. El de la cabeza rota se puso junto a Tokorcunki; le ofreció un cigarrillo, a falta de una copa de licor, y comenzó a preguntarle, en aymará bastante entreverado de español, por las cosas del campo... Detrás, los indios iban mustios, con los tambores pendientes del brazo y las flautas atravesadas en la faja, con aire triste, silenciosos, abatidos.

Muchos caminaban restañando la sangre de las heridas o tratando de borrar de sus ropas las salpicaduras de lodo levantado por las patas de las bestias en su carrera a través de los charcos de la pampa.

Los jóvenes, consolados ya con la noticia de que faltaba poco para llegar al término del viaje, reían y se burlaban de su anfitrión.

—Oye, Juan: ¿te fijas cómo el cholo le llama doctor a nuestro P. P.?

—Ni abogado es; lo hará por burlarse.

—No; tienen costumbre. Cualquier blanco —hablaba el muy moreno— para ellos es doctor y usan el título en signo de respeto.

Parecían andar los cinco amigos por una misma edad, con poca diferencia, y, por sus prendas, se echaba de ver que todos eran acomodados, pues iban provistos de finas armas y esmeroso era el corte de sus trajes de montar. El uno, el de la cabeza rota, llevaba trazas de ser el Benjamín del grupo. Sus ojos cenicientos tenían un mirar triste y apagado, llevaba el cabello en forma de melena, acicalado el bigotillo y no tenía sombra de pelo en la barba. Llamábase Alejandro Suárez, y sus aficiones a libros, papeles y cosas de escritura hacíanle pasar por poeta en la ciudad. Hijo único de un acaudalado minero, había estudiado leyes en Chuquisaca, de donde procedían sus padres y llenaba los ocios de su vida inútil publicando gratis sus versos y sus escritos, sin ambiente ni color, en los periódicos de Sucre y de La Paz.

Don Pablo Pantoja, o P. P., era un mozo como de treinta años de edad. alto, moreno y de recia contextura. De sus padres había heredado un profundo menosprecio por los indios, a quienes miraba con la natural indiferencia con que se miran las piedras de un camino los saltos de agua de un torrente o e vuelo de un ave.

Quizá más porque acaso los sufrimientos de una bestia pudieran despertar eco de compasión en su alma, nunca los de un indio. El indio para él, era menos que una cosa, y sólo servía para arar los campos, sembrar recoger, transportar las cosechas en lomos de sus bestias a la ciudad, venderla y entregarle el dinero... Era modelo di patrón, pero no carecía de ingenio ni se presentaba huérfano de lecturas, pues también había estudiado Derecho y podía discurrir con soltura sobre las cosa que estaban a su alcance, porque era observador por instinto y tenía un talento práctico y de muy fácil asimilación.

Sus otros tres amigos: Pedro Valle, José Ocampo y Luis Aguirre, se le parecían. Eran. patrones y sus haciendas permanecían en sus manos jóvenes tal como las habían recibido de las manos perezosas de ociosos padres, pero, eso sí, creíanse, en relación con los indios, seres infinitamente superiores, de esencia distinta, y esto ingenuamente, por atavismo. Nunca se dieron el trabajo de meditar si el indio podía zafarse de su condición de esclavo, instruirse, educarse, sobresalir. Le habían visto desde el regazo materno miserable, humilde, solapado, pequeño, y creían que era ése su estado natural, que de él no podía ni debía emanciparse sin trastornar el orden de los factores y que debían morir así. Lo contrario se les imaginaba absurdo, inexplicable; pues si el indio se educara e instruyera, ¿quiénes roturarían los campos, los harían producir y, sobre todo, servirían de pongos?

La sola idea les parecía estrafalaria e insostenible, porque desde el instante en que en toda sociedad, desde la más culta, se acepta la necesidad ineludible de contar con una categoría de seres destinados a los trabajos humildes del servicio retribuido, forzosamente en su medio tenían que actuar los indios en esos trabajos, con o sin retribución. Por otra parte, ellos nunca habían visto descollar a un indio, distinguirse, imponerse, dominar, hacerse obedecer de los blancos. Puede, sin duda, cambiar de situación, mejorar y aun enriquecerse; pero sin salir nunca de su escala, ni trocar, de inmediato el poncho y el calzón partido, patentes signos de su inferioridad, por el sombrero alto y la levita de los señores. El indio que se refina tórnase aparapita en La Paz o mañazo. Si a todavía asciende en la escala truécase en cholo con su distintivo de la chaqueta; pero jamás entra, de hecho, en la categoría denominada "decente". Para llegar a la "decencia" tiene que haber lucha de dos generaciones o entrevero de sangre, como cuando un blanco nada exigente o estragado encasta con una india de su servidumbre, adopta los hijos, los educa y, con la herencia de bienes, les lega su nombre, cosa que por lo rara se hace casi inverosímil. Sólo el cholo puede gozar de este privilegio. El cholo adinerado pone a su hijo en la escuela y después en la Universidad. Si el hijo sobresale en los estudios y gana el título de abogado, entonces defiende pleitos, escribe en periódicos, intriga en política y puede ser juez, consejero municipal y diputado. En ese caso y en mérito de la función, trueca de casta y se hace "decente". Y para afirmar esta categoría reniega de su cuna y llama cholo, despectivamente, a todo el que odia, porque, por atavismo, es tenaz y rencoroso en sus odios. Y de decente y diputado puede llegar a senador, ministro y algo más, si la suerte le es propicia Y la suerte sonrió siempre a los cholos, como lo prueba el cuadro lamentable y vergonzoso de la historia del país que sólo es una inmensa mancha de lodo y de sangre...

El indio jamás pasa por semejante metamorfosis, sobre todo el indio de pluma. ¿Un sunicho comerciante" munícipe, diputado, ministro?... Jamás nadie se lo imaginaba siquiera. Primero habría de verse invertir todas las leyes de la mecánica celeste.

Cierto es que algunas veces, en charlas de sociedad, habían oído decir los jóvenes que el mariscal Santa Cruz, presidente y dictador, era indio, indio neto del burgo de Huarina, en las orillas de ese lago que ellos comenzaban a divisar allá adentro, en lo hondo del horizonte; que los Fulano y Zutano, hoy gente valiosa y de primera línea en los negocios públicos y en las finanzas, eran indios puros también o descendientes de indios que Catacora, el protomártir de la independencia, era indio, que eran indios ellos mismos, pero no lo querían creer y todos, comenzando por los descendientes del mariscal, con diligencia en que parecía irles vida y honra, se apresuraban en sacar a lucir rancios y oscuros abolengos, cual si el pasar por descendientes de indios les trajese imborrable estigma, cuanto patente la llevaban del peor y maleado tronco de los mestizos ya no sólo en la tez cobriza ni en el cabello áspero, sino más bien en el fermento de odios y vilezas de su alma...

Llegaron.

Eran las cuatro de la tarde, y el lago fulgía intensamente como un espejo herido por los oblicuos rayos del sol, que declinaba asomándose a los lejanos cerros de la banda opuesta, sumergido en una especie de penumbra azulada.

En las lindes del ahijadero aledaño a la casa de hacienda se habían formado grupos de indios que no pudieron ir al encuentro del patrón por encontrarse de pesca en la charca o no tener ropas nuevas, y no bien llegaron al callejón que conducía a casa comenzaron a tañer sus instrumentos; mas el hilacata y el administrador, aleccionados con la escena precedente, corrieron desalados hacia los musicantes e hicieron cesar el bullicioso concierto de tambores y flautas, con visible agrado de los viajeros, que temblaban a la idea de sufrir otro percance de mayores consecuencias que el anterior.

Dos enormes sabuesos, lanudos y hoscos, se lanzaron por el callejón al encuentro del administrador y de la comitiva y comenzaron a brincar llenos de alegría, esquivando las patas de las bestias. Pantoja extendió el brazo y asestó un terrible golpe con su rebenque a uno de ellos, que huyó aullando lastimeramente; el otro se detuvo con desconfianza y cesó de brincar por temor al castigo.

Echaron pie a tierra en el enorme patio, cubierto de menuda grama aterciopelada y todavía verdeante por el abrigo de los muros, y fueron rodeados por la mujer y la hija de Troche y las indias del servicio.

—Hola, Asunta, ¿qué tal? ¿Y tú, Clorinda? ¡Caramba! Ya habías estada joven.

Y Pantoja clavó los ojos codiciosos en el rostro moreno y gracioso de la moza que lucía jubón de franela verde os curo, muy ceñido al talle virgen de corsé, zapatos bajos de cordobán y falda verde de percal.

—Bien, doctor, ¿y usted?

Las indias rodearon al patrón, y, de rodillas, le besaron las manos.

Los mozos, rendidos de cansancio, se dejaron caer en los poyos de barro, sobre los pellones, para estirar las pierna adormecidas y acalambradas.

El patio se llenó de indios. Traían su obsequios y los depositaban a los pie de Pantoja. Ofrecía éste una media docena de huevos frescos, aquél un cordero degollado, el otro quesos frescos, el de más allá un cantarillo de leche, quien un pollo. Pantoja recibió las primeras ofrendas indiferente, desdeñoso y haciendo esfuerzos para soportar con paciencia los abrazos de los dadivosos; pero al ver que en lugar de disminuir aumentaba su número, llamó a Troche y le dio orden de recibirlas, entrándose con los amigos al comedor, adornado con aves disecadas del lago y grandes oleografías con escenas de caza en los bosques de Fontainebleau. Estaba la mesa tendida y se enfilaban en torno las sillas altas, de cuero labrado, con clavos dorados y la madera tallada; databan lo menos de un siglo.

—¿A qué hora comemos, Troche?

—Ya, doctor; ahurita.

Se asomó a la puerta y gritó:

—¡Clora, la comida!

Apareció la moza y los jóvenes le clavaron la flecha de sus ojos.

—¡Qué buena! —dijo el joven cejijunto, García, cuando hubieron salido padre e hija.

—Habrá que saber si duerme sola —repuso Aguirre, entusiasmado.

—¡Cuidado! Yo no lo permito. Eso es para el patrón —dijo, riendo, Pantoja. —Primero son los invitados

Volvió a aparecer la doncella. Traía una fuente donde humeaba el maíz cocido, blanco, reventado, y detrás, portando otra fuente de guiso, le seguía una india joven, de rostro ordinario, pero nada feo. Llevaba los pies y los fuertes y morenos brazos desnudos, cubierto el busto con una camisa no muy blanca y un algo estrecha, que acusaba con precisión el relieve de los senos abundantes y erectos.

—¿Qué tal, Clorinda? Te veo de muchos años. Seguramente ya tienes novio, ¿verdad?

La moza inclinó la cabeza, confusa, aturdida y no repuso palabra. Miraba de soslayo y no sabía en qué postura presentarse, pues era la primera vez que se veía cortejada por tantos jóvenes de clase superior y sentía pesar sobre ella la mirada audaz y pecaminosa de los mozos.

—Cuando calla, es claro que tiene —dijo Aguirre

—Si no lo tuviera, yo me declaro —repuso galantemente Suárez.

—Y yo —secundó Ocampo.

Y reían todos alborozados con la presencia de la gallarda muchacha, que no atinaba a servir, aturdida con tanto requiebro y tanta mirada encendida. Felizmente para ella apareció en ese momento el padre portando un queso de Paria sobre un plato.

—¿Qué le están diciendo a mi hija doctor? —preguntó Troche al notar la turbación creciente de la cholita y ver el rubor encendido de sus mejillas.

—Le estamos preguntando si tiene novio y se resiste a responder —dijo Pantoja.

—¿De dónde, pues, doctor, por aquí? Además, es muy tierna todavía y tiene que acompañar a su madre.

—¿Y en Pucarani? Allí hay bueno mozos. ¿Cuántos años tiene Clorinda?

—Ha de cumplir veinte.

—¡Caramba! A esa edad ya deber casarse las mujeres.

Acabaron de comer y con los cigarrillos encendidos salieron al patio.

La tarde moría dulcemente.

El cielo estaba teñido de rojo y por él cruzaban numerosas bandadas de avecillas en busca del nidal. Tórtolas, jilgueros, gorriones y verdes loritos revoloteaban en torno del patio. Tenían sus nidos en los aleros, bajo el techo de paja mas la insólita aglomeración de gente y el ruido de los tambores golpeados por los indios en las afueras los acobardaba y no se atrevían a esconderse en sus querencias. Y piando, pasaban y repasaban con vuelo aleteante sobre el patio, se detenían un instante en el mojinete del techo, bajaban poco a poco hasta cerca de las goteras, pero no se atrevían a meterse debajo del techo. Al fin, cansadas, se alinearon en el mojinete, esperando que cerrara la noche para buscar la tibieza del nido. Las vio Pantoja y pidió su escopeta.

—Ya verán el tiro que voy a hacer.

—¡Pobrecitas! ¡Déjalas! —suplicó Suárez, compasivo.

—¿No quieres tomar un buen caldo mañana?

—¡Tírales! — aconsejó Ocampo.

Echóse el fusil al hombro, apuntó e hizo fuego. A la detonación huyeron las pocas que no habían sido tocadas y las otras rodaron, con rumor de alas batientes, unas al patio y las demás al corral, y algunas quedaron sobre el techo con el plumón sacudido por temblores de agonía. Se contaron quince.

Al día siguiente, pasado el almuerzo sumamente alegre por la lluvia de bromas y picantes alusiones que siguió cayendo sobre Clorinda, Troche invitó al patrón y sus amigos para ir a ver la siega de la cebada que se hacía en un tablón no muy distante de la casa de hacienda; mas al saber que el campo no lindaba con el lago, rehuyeron la invitación los jóvenes. No había para ellos el atractivo de la caza de patos y prefirieron quedarse haciendo la corte a Clorinda, menos el melenudo Suárez, que anhelaba recoger notas de colorido, local para componer algún trabajo, mas en la chacra hubo de arrepentirse de su proeza, porque el camino le pareció fatigoso y largo y nada de nuevo supieron hallar sus ojos cortesanos en la simple labor de la siega.

Los segadores, distribuidos en todo lo ancho del sembrío dorado y ondulante avanzaban lentamente.

Avanzaban curvados al suelo, las piernas abiertas y desnudas, mostrando al aire los tendones que hinchaban la bruñida piel de bronce y moviéndose a compás, con rítmicos movimientos, o puestos de rodillas para manejar más libremente el cuchillo, cuya reluciente hoja fulgía y se apagaba al entrar y salir en la paja amarilla y fraganciosa. Muchos llevaban la cabeza desnuda; la protegían otros con el gorro de tonos cálidos —verdes, rojos, jaldes, morados—, que ponían nota alegre en el fondo amarillento de la mies, y todos iban semidesnudos bajo ese aire frío y cargado con hálitos de la nieve de la cordillera y de la brisa del lago, pues únicamente les cubría el busto una camisa de tocuyo abierta por delante, para mostrar el pecho bronceado, ancho, sólido y libre de vello. Corríales el sudor por los cabellos lacios pendientes en crenchas por ambos lados de la cara, y de vez en cuando se erguían, enganchaban el cuchillo en la faja de cuero, abrían su bolsa, cogían algunas hojas de coca y las mascaban con un retazo de llukta, para luego doblarse otra vez a la faena, en tanto que las mujeres, suspendida la falda por delante y protegido el busto por la camisa, alzaban las hacinas y las iban colocando en grandes parvas, a regula distancia unas de otras.

No quiso Suárez permanecer mucho tiempo en el campo y volvió a casa, donde, a poco, iba a acudir toda la peonada para celebrar, como solía, el cambio de autoridades. Ese cambio debía haberse producido el primer día del año; mas el administrador hubo de aplazarlo siguiendo las órdenes del patrón. Quería el señor Pantoja ganar la voluntad de los colonos cada día más distante, realzando con su presencia la ceremonia; pero olvidó con malicia mandar los artículos indispensables en ese caso, es decir, el pan para los chicuelos, y coca, cigarrillos y el licor para los adultos.

Se presentaron los peones al atardecer concluida la faena.

El hilacata saliente, Tokorcunki, llevaba encima los distintivos que en breve iba depositar en manos de otro: chicote con cabo chapeado de plata, vara de chonta incrustada del mismo metal, e ancho pututo de cuerno negro labrada con embocadura también de plata, colgando del hombro por una cuerda de alpaca primorosamente tejida, y, como adorno personal la chuspa de coca en el costado, plaqueada con monedas antiguas, vistosa y sonora.

El sucesor estaba ya elegido por acuerdo de los mismos colonos. La elección había recaído en el viejo Mateo Apaña, allí presente, grave y serio, cual cuadraba a la dignidad de su cargo. Apaña era alto, magro, de nariz afilada, ojos color de cobre viejo, luenga cabellera con hilos de plata.

—¿Y por qué no me sirves tú de hilacata, gran abuelo? —interrogó el joven terrateniente al viejo Choquehuanka, que era el único de los peones que estaba sentado en el poyo del ángulo, junto al comedor, y deseando así captarse el apoyo de ese hombre que lo sabía poderoso entre todos.

Sonrió enigmáticamente el anciano, y haciendo ademán de ponerse de pie, aunque sin alzarse, repuso:

—Serví a tu padre hasta ponerme viejo y ya estoy cansado. Haría una mala autoridad.

—Eres un viejo mañoso. Estás más fuerte cada día y puedes enterrarnos a todos.

—Fuerte, sí estoy; pero para conservarme necesito reposo y un buen hilacata nunca lo tiene.

—Dices verdad y sólo por eso no te obligo. En cambio, éste—agregó volviéndose al nuevo—me ha de servir bien y espero no tener ninguna queja de él. Hilacata—agregó dirigiéndose a Tokorcunki—, hazle tomar posesión de su cargo.

Acercósele Tokorcunki al elegido, y, con el sombrero calado, le habló, mientras Apaña se destocaba respetuosamente:

—Es la voluntad de todos darte nuestro mando. Desde ahora ya no te perteneces y eres esclavo de tus obligaciones que son: servir al amo con voluntad y velar por su bien con más celo que por el tuyo. Toma, pues, este látigo, que es mano del patrón, para castigar al perezoso y al insumiso; toma esta bocina para enviar tus órdenes a los últimos confines de nuestra heredad, y toma, por último, esta vara para que, como ella, nunca te doblegues y seas inflexible, pero sereno y justo. Y ahora, tatito hilacata, recibe mi homenaje y que sea para el bien de todos.

Quitóse ahora el sombrero, y, las rodillas en tierra, besóle la mano, en tanto que el otro se cubría.

—Que sea para el bien de todos, tata

Y el antiguo hilacata arrodillóse también y besó las manos del patrón.

En ese momento se puso de pie el anciano Choquehuanka. Y, con el sombrero calado, dijo con voz serena y grave al nuevo hilacata las palabras que luenga experiencia y la sabiduría de generaciones muertas daban severa solemnidad y tinte de amarga filosofía a su discurso:

—Poco tengo que decirte yo, tatito hilacata. Sólo un encargo: sirve con diligencia al patrón; cuida de sus bienes con más esmero que los tuyos; obedécele y hazte obedecer, pues para ello deposita en ti su confianza, pero nunca olvides que te debes a tu casta, que tu sangre es la nuestra y que has de ser para nosotros un igual con mando, pero nunca un superior y menos un verdugo... Yo que conozco a nuestros pobrecitos hijos —abarcando con la mirada el patio rebosante de colonos—, te digo que si así lo haces, te han de obedecer y servir con voluntad; pero si acudes al rigor —mirando fijamente a Pantoja— acuérdate que hasta las bestias muerden cuando se las maltrata, y tú sabes que nosotros no somos bestias... Que sea, pues, para el bien de todos.

Quitóse también el sombrero, pero sin postrarse ni besarle la mano, e hizo una muy respetuosa reverencia a Pantoja y fue a sentarse en el poyo, apoyándose con pena en su cayado.

Y comenzó el general desfile. Primero los alcaldes, los mandos después, luego los viejos, en seguida los adultos y por fin los jóvenes se le fueron acercando uno por uno al hilacata nuevo, para, con el sombrero quitado y de rodillas, besarle la mano y repetir la fórmula consagrada: "Que sea para el bien de todos."

Cuando se hubo concluido el besamanos simbólico, habló el nuevo hilacata la palabras que había recogido de sus padres y oído a lo largo de su vida:

—Es voluntad de ustedes, y no mi deseo, lo que me inviste de autoridad y mando. Son, por tanto, ustedes quienes han de mandar y yo sólo he de obedecer. Todos hemos de vivir en armonía y sin recelo, porque nuestro bien es común y unas mismas son nuestras aspiraciones. Hemos le socorrer al necesitado, prestar ayuda d que cae en desgracia; pero hemos de ser sordos para el mal... Que sea para bien de todos, tatitos.

Luego se puso de hinojos ante el patrón, besóle las manos y le dijo:

—Sé justo y bueno y hemos de ser siempre tus pobrecitos hijos, que a nadie tienen más que a ti para acudir en sus penas y trabajos. Que sea para el bien e todos, señor...

Entráronse al comedor los mozos, atraídos por incitante olor de una fuente de picantes que Clorinda acababa de depositar sobre la mesa y más dispuestos a devorar su ración de carne que a observar los detalles del ceremonial, que a los más torpes se les imaginó divertido y hasta risible, n echar de ver el fondo de prudente consejo y aun de velada amenaza que envolvía cada sentencia de los ancianos.

Se presentó en la puerta el nuevo hilacata, con el sombrero en la mano y la actitud medrosa. Estaba acompañado de dos alcaldes y venía a pedir permiso para bailar en el patio de la casa. Mozos y mozas se habían ataviado con sus meres prendas y sentían volver a sus casas sin haber holgado un poco.

—Lo hacen por beber alcohol —dijo Troche, atrapando la oportunidad del negocio.

—Dales una lata y que me dejen en paz —repuso Pantoja con cierto mal humor a la idea del gasto, pero sin mostrarlo a sus amigos.

—Le han de pedir también coca y cigarros; es costumbre —acentuó Troche, alentado por la concesión.

—Dales lo que te pidan, pero que no me molesten —dijo el patrón, sorbiendo la taza de café perfumado recogido en la última cosecha de su finca de los Yungas, afamada por la bondad y delicadeza de ese producto.

Troche llamó al hilacata, en cuyas manos puso diez libras de coca, algunos manojos de cigarrillos y una lata de alcohol abundantemente rebajado.

Se formaron las ruedas al son de las músicas. Los bailarines danzaban parcamente, con mesura. Cogían de la mano a Tokorcunki y le obligaban a dar vueltas y a beber copa tras copa, colmándole de halagos y atenciones, mientras que el nuevo hilacata, solitario en un rincón del patio, sin corte y como abandonado de todos, miraba beber y danzar, con la boca seca, aunque mascando serenamente su coca, indiferente y tranquilo.

Al ruido de los tambores aparecieron en la puerta del comedor los amos, y al notar el vivo contraste entre los agasajos al hilacata saliente y el estudiado abandono en que mantenían al entrante, llamaron a Choquehuanka para pedirle la explicación de aquella desigualdad, a lo que repuso el viejo:

—Es natural esto que ves. El uno ya ha llenado su misión y se le festeja y premia porque supo ser justo, prudente y bueno; el otro, recién entra al mando, y nada se sabe todavía de él. ¿Cómo, entonces halagarle y premiarle si aún ignoramos la clase de autoridad que hará? Al año, cuando concluya sabremos si merece premio o castigo, y, como éste, será el día de su recompensa o el de su expiación...

—¡Caramba! —dijo Suárez volviéndose a su anfitrión—. ¿Sabes que en esto nos dan ejemplo tus rústicos?

Por lo menos, obran con más lógica. Nosotros, antes de ver los frutos de un gobierno, ya premiamos al gobernante bautizando calles y plazas con su nombre, para borrarlo al día siguiente y sustituirlo con el nuevo cacique. Estos salvajes primero ven obrar y después castigan o premian, y así se muestran prudentes y justos.

Festejaron los otros la ocurrencia y hubieron de convenir que el escritor llevaba razón en su comentario...

Corto resultó el obsequio de Pantoja. Había en el patio más de cien parejas, y apenas pudieron probar una copa de licor o dos los más diligentes y recibir un cigarrillo y algunas hojas de coca. Viendo la insignificancia del obsequio, que no correspondía a la calidad de sus presentes del día anterior, se retiraron de la casa y se fueron a plena llanura a seguir bailando, pues estaban en vísperas de la Cruz, fiesta de mucho aparato entre ellos, y era preciso ejercitarse en el baile. Al marchar en grupos decían su descontento y se mostraban pesarosos de haber sido pródigos con el patrón. Era peor que su padre. Por lo menos el padre, en ciertas circunstancias, no reparaba en obsequiarles con sendas comilonas, buenas latas de alcohol, manojos de cigarrillos. El hijo únicamente se preocupaba de cosechar dinero con el sudor de sus músculos, de esquilmarlos. En su casa de la ciudad les obligaba a estar de pie desde el amanecer hasta bien mediada la noche. Y siempre midiéndoles en comida, cuidando de que se cocinase aparte para ellos, junto con la que se preparaba para el perro. Y la más pequeña falta, el descuido más ligero, lo pagaban sus lomos, sacudidos con crueldad por el látigo...

Aquello, pues, se hacía intolerable. Y ellos no pedían gran cosa. Únicamente que se les dejase tranquilos en sus casas y no se recargasen sus tradicionales obligaciones con exigencias de nuevos trabajos, que nunca compensaban el fruto producido por las parcelas que en pago de sus servicios les permitía cultivar el patrón...

Iban cariacontecidos y malhumorados.

Había cerrado la noche, pero la dulce claridad de la celistia ponía cierta transparencia al terciopelo de las sombras. De ellas surgía el eco de las risas juveniles y se escuchaban diálogos cortos y breves:

—¿Lo hiciste de intento, entonces?

—De intento lo hice. Quería esperar el instante en que los caballos estuviesen encima para hacer reventar mis camaretas; pero ustedes se adelantaron en sacudir los tambores y les prendí fuego cuando reculaban las bestias... ¡Figúrate si ustedes no se adelantan y dejan que haga lo que yo quería!... Acaso...

—¡Verdad! ¡Si nos lo hubieses dicho!...

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