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VII Choquehuanka
se puso la mano horizontalmente extendida sobre los ojos y
tras un breve examen, dijo dirigiéndose
a administrador: —Sí
tata; es el patrón. Troche
miró hacia el punto indicado, mas nada pudo distinguir en
la llanura tranquila y desierta. —¿Dónde?
Yo no veo nada. —Allá,
tata; en el confín. Y
extendió el brazo hacia un punto del vasto horizonte, señalando
la dirección del blanco sendero que se perdía
en la distancia. Volvió a mirar Troche, y le pareció
descubrir en la lejanía una tenue nube de polvo. —Pero
¿será él? —Sí,
tata, es él, y viene con otros —dijo uno de los
peones jóvenes con seguridad. Quince
minutos después se diseñó en la lejanía la silueta de
los viajeros. Eran cinco y sus cabalgaduras alzaban
polvo de la ruta. Entonces
Tokorcunki hizo una señal. Los
colonos recogieron del suelo sus tambores y banderas y
alborotadamente lanzaron al aire las dolientes notas
de sus flautas en dianas de bienvenida. Redoblaron de
algazara las notas cuando el
señor Pantoja, escoltado de cuatro amigos, ganó los
linderos de la hacienda, donde, por orden del administrador
habían ido los colonos a saludar con músicas la llegada
del amo, costumbre ya abolida en Kohahuyo
a poco que los Pantoja entraron en posesión del fundo. Cabalgaba
don Pablo Pantoja o P. P., como le llamaban sus íntimos, en
un poderoso alazán de cabeza pequeña,
ancho pecho y recio casco. Venía suelto de talle, con el
poncho de vicuña doblado sobre el hombro, un
pañuelo de seda blanca cuidadosamente anudado al cuello,
sombrero alón echado un poco hacia atrás y la falda
levantada por delante. Las manos traía ocupadas: la
siniestra, en empuñar las cuatro riendas del trotón y la
otra en esgrimir un chicotillo de suela trenzada, y estaban
protegidas por fuertes guantes de piel de perro color
ladrillo. Venía sólidamente asentado en su silla chilena,
alzada por delante y por detrás, pero llena de chapeados
de plata, con sartas de menudas lonjas de cuero blanco que
pendían de las argollas o sostenían unos
pequeños y elegantes alforjines de anta. En el maletín
delantero brillaban, de un lado, la cacha de un revólver,
y del otro, la de un gran cuchillo de monte. Las posaderas
del señor oprimían la mecánica de una lindísima
escopeta, cuyos negros agujeros de los caños parecían
amenazar de muerte. Los
amigos, si no tan elegantes, mostrábanse igualmente
caballeros en nerviosos caballos o fuertes mulas, y venían
cubiertos con sus ponchos o abrigos en talle, mostrando así
las diferencias de un temperamento y constitución,
pues en tanto que el señor Pantoja y uno de sus amigos,
bajo, moreno, cejijunto y delgado se mantenían
ágiles y derechos sobre sus monturas, los otros parecían
molidos y desarticulados con las nueve horas
de marcha andadas ese día, desde la salida del sol. Al
ruido turbulento de los tambores y pinquillos, el
caballo de patrón y el de uno de sus acompañantes, paliducho,
enclenque, comenzaron a parar las orejas y a respingar con
marcada desconfianza; pero Pantoja aplicó
un soberbio espolazo a su bestia, y el bruto de un salto se
metió entre el grupo, atropellando a dos indios,
que cayeron al suelo, el uno con el tambor reventado y el
otro con el calzón nuevo partido. El compañero,
más timorato o menos jinete, no pudo reprimir el espanto de
su macho frontino y malcarado, y se prendió
de las crines en el preciso instante en que iba a rodar por
los suelos. Entonces el señor Pantoja, al notar
esto, hizo una seña a los indios para que dejasen de tañer
sus instrumentos. Los musicantes no supieron interpretar
su gesto, y como redoblasen la energía de sus golpes en el
tambor y de sus soplidos en las flautas, cundió
la alarma en todas las cabalgaduras, que comenzaron a
retroceder con los ojos dilatados, alzándose de dos
pies. El susto hubo de trocarse en incontenible espanto
cuando repentinamente, y sin que nadie lo previera,
comenzaron a tronar camaretas entre las mismas patas de los
brutos. Entonces sí que éstos, casi enloquecidos,
hicieron uso de sus naturales medios de defensa para zafarse
cuanto antes del círculo de horrores
en que los habían metido sus dueños. Tascaron el freno, y
a saltos y con quiebros echáronse a correr por
la llanura, pese a la fatiga del viaje. Uno de los jóvenes
salió rodando por el cuello de su cabalgadura; otro se
dejaba llevar en carrera abierta al través del llano,
cenagoso y resquebrajado; éste yacía caído en tierra, junto
a su alma y con la cabeza magullada, y aun el mismo patrón,
que parecía un centauro, apenas podía mantenerse
sobre la silla y tuvo que echar mano al arzón. —¡Silencio,
brutos, silencio!... —ordenó dando aullidos de cólera. Los
colonos, ante el repentino desastre, suspendieron el loco
concierto de sus instrumentos; pero el señor Pantoja,
ciego de cólera, dio otro espolazo al alazán, y metiéndose
entre el grupo púsose a esgrimir su duro látigo
con fuerza colosal, repartiendo fustazos en la cara de los
indios, que caían entre las patas del formidable bruto
o escapaban chillando de dolor y conteniendo la sangre de
sus heridas para no manchar la ropa nueva... —¡No
seas loco!... —le gritó con angustia el joven de la
cabeza magullada y poniéndose de pie—. ¿Por qué les
pegas, si ellos no tienen la culpa?... A
estas voces se contuvo el amo; pero como su cólera no
estaba del todo aplacada, estrellóse contra el administrador,
que, con el sombrero en la mano y la actitud humilde, se le
llegaba a saludarle: —Buenas
tardes, doctor. —¿Y
por qué ha dejado usted, soca..., que hagan esa bulla estos
animales? ¿No tenía usted ojos para ver el alboroto
de las bestias?... —Es
costumbre, doctor... —quiso disculparse Troche. —¡Qué
costumbre ni qué niño muerto! ¡Usted es un animal!
—repuso furiosamente Pantoja. Y
viendo que dos de sus amigos seguían galopando por la
llanura, sin poder sujetar a sus cabalgaduras, le ordenó: —¡Corra
usted a atajar aquellas bestias!... Troche
se lanzó a cumplir la orden; pero ya el hilacata y
los alcaldes galopaban por la estepa, en auxilio de los impotentes
y asustados caballeros. A
poco estaban reunidos todos y comentaban con risas las
peripecias de la inesperada aventura. El patrón, tomando
del alforjín una botella de whisky, comenzó a
repartir copas entre sus amigos, "para matar el
susto", según
dijo, riendo; bebió él y ofreció la última al aturdido
empleado. —¿Dista
mucho a la casa de hacienda? —No,
doctor; apenas una legua. —¿Y
te parece poco? Mis amigos ya no pueden más. No tienen
costumbre de viajar, y este caballero —señalando
al joven de la cabeza rota— es la primera vez que sale de
la ciudad y apenas puede sostenerse sobre
su macho... Vamos, pues. —Che,
¿y no convidas a los hilacatas y alcaldes? —preguntó el
joven que nunca había salido de la ciudad, sinceramente
sorprendido. Pantoja
se volvió hacia él, burlón: —¿De
mi whisky fino? ¡Ya quisieran ellos! Les invitaré a
alcohol cuando lleguemos a casa. ¡Adelante! Pero
en este momento se aprestaban recién los indios a
saludarle. Con el sombrero en una mano y en la otra el
instrumento de música llegábanse al flanco de la bestia,
se ponían de rodillas para besar la punta del pie, que
sobresalía de los estribos, cubierta de polvo. Los heridos
maltratados mostraban mayor comedimiento y eran
los que con más fervor apoyaban los labios en la bota,
pronto limpia de polvo. El
patrón, sin esperar al homenaje de todos, dio la voz de
"¡Adelante!" Pusiéronse
en marcha. Pantoja llamó a su lado al administrador. Detrás
seguían los amigos. El de la cabeza rota
se puso junto a Tokorcunki; le ofreció un cigarrillo, a
falta de una copa de licor, y comenzó a preguntarle, en
aymará bastante entreverado de español, por las cosas del
campo... Detrás, los indios iban mustios, con los
tambores pendientes del brazo y las flautas atravesadas en
la faja, con aire triste, silenciosos, abatidos. Muchos
caminaban restañando la sangre de las heridas o tratando de
borrar de sus ropas las salpicaduras de lodo
levantado por las patas de las bestias en su carrera a través
de los charcos de la pampa. Los
jóvenes, consolados ya con la noticia de que faltaba poco
para llegar al término del viaje, reían y se burlaban
de su anfitrión. —Oye,
Juan: ¿te fijas cómo el cholo le llama doctor a nuestro P.
P.? —Ni
abogado es; lo hará por burlarse. —No;
tienen costumbre. Cualquier blanco —hablaba el muy
moreno— para ellos es doctor y usan el título en signo
de respeto. Parecían
andar los cinco amigos por una misma edad, con poca
diferencia, y, por sus prendas, se echaba de Don
Pablo Pantoja, o P. P., era un mozo como de treinta años de
edad. alto, moreno y de recia contextura. De Quizá
más porque acaso los sufrimientos de una bestia pudieran
despertar eco de compasión en su alma, Sus
otros tres amigos: Pedro Valle, José Ocampo y Luis Aguirre,
se le parecían. Eran. patrones y sus La
sola idea les parecía estrafalaria e insostenible, porque
desde el instante en que en toda sociedad, desde la El
indio jamás pasa por semejante metamorfosis, sobre todo el
indio de pluma. ¿Un sunicho comerciante" Cierto
es que algunas veces, en charlas de sociedad, habían oído
decir los jóvenes que el mariscal Santa Llegaron. Eran
las cuatro de la tarde, y el lago fulgía intensamente como
un espejo herido por los oblicuos rayos del sol, En
las lindes del ahijadero
aledaño
a la casa de hacienda se habían formado grupos de indios
que no Dos
enormes sabuesos, lanudos y hoscos, se lanzaron por el
callejón al encuentro del administrador y de la Echaron
pie a tierra en el enorme patio, cubierto de menuda grama
aterciopelada y todavía verdeante por el —Hola,
Asunta, ¿qué tal? ¿Y tú, Clorinda? ¡Caramba! Ya habías
estada joven. Y
Pantoja clavó los ojos codiciosos en el rostro moreno y
gracioso de la moza que lucía jubón de franela verde —Bien,
doctor, ¿y usted? Las
indias rodearon al patrón, y, de rodillas, le besaron las
manos. Los
mozos, rendidos de cansancio, se dejaron caer en los poyos
de barro, sobre los pellones, para estirar las El
patio se llenó de indios. Traían su obsequios y los
depositaban a los pie de Pantoja. Ofrecía éste una media —¿A
qué hora comemos, Troche? —Ya,
doctor; ahurita. Se
asomó a la puerta y gritó: —¡Clora,
la comida! Apareció
la moza y los jóvenes le clavaron la flecha de sus ojos. —¡Qué
buena! —dijo el joven cejijunto, García, cuando hubieron
salido padre e hija. —Habrá
que saber si duerme sola —repuso Aguirre, entusiasmado. —¡Cuidado!
Yo no lo permito. Eso es para el patrón —dijo, riendo,
Pantoja. Volvió
a aparecer la doncella. Traía una fuente donde humeaba el
maíz cocido, blanco, reventado, y detrás, —¿Qué
tal, Clorinda? Te veo de muchos años. Seguramente ya tienes
novio, ¿verdad? La
moza inclinó la cabeza, confusa, aturdida y no repuso
palabra. Miraba de soslayo y no sabía en qué —Cuando
calla, es claro que tiene —dijo Aguirre —Si
no lo tuviera, yo me declaro —repuso galantemente Suárez. —Y
yo —secundó Ocampo. Y
reían todos alborozados con la presencia de la gallarda
muchacha, que no atinaba a servir, aturdida con —¿Qué
le están diciendo a mi hija doctor? —preguntó Troche al
notar la turbación creciente de la cholita y ve —Le
estamos preguntando si tiene novio y se resiste a responder
—dijo Pantoja. —¿De
dónde, pues, doctor, por aquí? Además, es muy tierna
todavía y tiene que acompañar a su madre. —¿Y
en Pucarani? Allí hay bueno mozos. ¿Cuántos años tiene
Clorinda? —Ha
de cumplir veinte. —¡Caramba!
A esa edad ya deber casarse las mujeres. Acabaron
de comer y con los cigarrillos encendidos salieron al patio. La
tarde moría dulcemente. El
cielo estaba teñido de rojo y por él cruzaban numerosas
bandadas de avecillas en busca del nidal. Tórtolas, —Ya
verán el tiro que voy a hacer. —¡Pobrecitas!
¡Déjalas! —suplicó Suárez, compasivo. —¿No
quieres tomar un buen caldo mañana? —¡Tírales!
— aconsejó Ocampo. Echóse
el fusil al hombro, apuntó e hizo fuego. A la detonación
huyeron las pocas que no habían sido tocadas Al
día siguiente, pasado el almuerzo sumamente alegre por la
lluvia de bromas y picantes alusiones que siguió Los
segadores, distribuidos en todo lo ancho del sembrío dorado
y ondulante avanzaban lentamente. Avanzaban
curvados al suelo, las piernas abiertas y desnudas,
mostrando al aire los tendones que hinchaban No
quiso Suárez permanecer mucho tiempo en el campo y volvió
a casa, donde, a poco, iba a acudir toda la Se
presentaron los peones al atardecer concluida la faena. El
hilacata saliente, Tokorcunki, llevaba encima los
distintivos que en breve iba depositar en manos de otro: El
sucesor estaba ya elegido por acuerdo de los mismos colonos.
La elección había recaído en el viejo Mateo —¿Y
por qué no me sirves tú de hilacata, gran abuelo?
—interrogó el joven terrateniente al viejo Sonrió
enigmáticamente el anciano, y haciendo ademán de ponerse
de pie, aunque sin alzarse, repuso: —Serví
a tu padre hasta ponerme viejo y ya estoy cansado. Haría
una mala autoridad. —Eres
un viejo mañoso. Estás más fuerte cada día y puedes
enterrarnos a todos. —Fuerte,
sí estoy; pero para conservarme necesito reposo y un buen hilacata
nunca lo tiene. —Dices
verdad y sólo por eso no te obligo. En cambio, éste—agregó
volviéndose al nuevo—me ha de servir Acercósele
Tokorcunki al elegido, y, con el sombrero calado, le habló,
mientras Apaña se destocaba —Es
la voluntad de todos darte nuestro mando. Desde ahora ya no
te perteneces y eres esclavo de tus Quitóse
ahora el sombrero, y, las rodillas en tierra, besóle la
mano, en tanto que el otro se cubría. —Que
sea para el bien de todos, tata Y
el antiguo hilacata arrodillóse también y besó las
manos del patrón. En
ese momento se puso de pie el anciano Choquehuanka. Y, con
el sombrero calado, dijo con voz serena y —Poco
tengo que decirte yo, tatito hilacata. Sólo un
encargo: sirve con diligencia al patrón; cuida de sus Quitóse
también el sombrero, pero sin postrarse ni besarle la mano,
e hizo una muy respetuosa reverencia a Y
comenzó el general desfile. Primero los alcaldes, los mandos
después, luego los viejos, en seguida los Cuando
se hubo concluido el besamanos simbólico, habló el nuevo hilacata
la palabras que había recogido de —Es
voluntad de ustedes, y no mi deseo, lo que me inviste de
autoridad y mando. Son, por tanto, ustedes Luego
se puso de hinojos ante el patrón, besóle las manos y le
dijo: —Sé
justo y bueno y hemos de ser siempre tus pobrecitos hijos,
que a nadie tienen más que a ti para acudir Entráronse
al comedor los mozos, atraídos por incitante olor de una
fuente de picantes que Clorinda acababa Se
presentó en la puerta el nuevo hilacata, con el
sombrero en la mano y la actitud medrosa. Estaba —Lo
hacen por beber alcohol —dijo Troche, atrapando la
oportunidad del negocio. —Dales
una lata y que me dejen en paz —repuso Pantoja con cierto
mal humor a la idea del gasto, pero sin —Le
han de pedir también coca y cigarros; es costumbre
—acentuó Troche, alentado por la concesión. —Dales
lo que te pidan, pero que no me molesten —dijo el patrón,
sorbiendo la taza de café perfumado Troche
llamó al hilacata, en cuyas manos puso diez libras
de coca, algunos manojos de cigarrillos y una lata Se
formaron las ruedas al son de las músicas. Los bailarines
danzaban parcamente, con mesura. Cogían de la Al
ruido de los tambores aparecieron en la puerta del comedor
los amos, y al notar el vivo contraste entre los —Es
natural esto que ves. El uno ya ha llenado su misión y se
le festeja y premia porque supo ser justo, —¡Caramba!
—dijo Suárez volviéndose a su anfitrión—. ¿Sabes que
en esto nos dan ejemplo tus rústicos? Por
lo menos, obran con más lógica. Nosotros, antes de ver los
frutos de un gobierno, ya premiamos al Festejaron
los otros la ocurrencia y hubieron de convenir que el
escritor llevaba razón en su comentario... Corto
resultó el obsequio de Pantoja. Había en el patio más de
cien parejas, y apenas pudieron probar una Aquello,
pues, se hacía intolerable. Y ellos no pedían gran cosa. Únicamente
que se les dejase tranquilos en Iban
cariacontecidos y malhumorados. Había
cerrado la noche, pero la dulce claridad de la celistia ponía
cierta transparencia al terciopelo de las —¿Lo
hiciste de intento, entonces? —De
intento lo hice. Quería esperar el instante en que los
caballos estuviesen encima para hacer reventar mis —¡Verdad!
¡Si nos lo hubieses dicho!...
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