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VIII El
sembrío ocupa toda la vertiente de una breve colina. Al pie
se abre el cauce de un riacho enjuto en invierno Los
surcos abiertos a lo largo del declive para que las lluvias
no se estanquen y pudran el fruto, rajan la Mediodía. El
cielo vibra de luz y color. Tan lejos , como vagan los ojos
hacia el Oeste, vese alargarse la estepa pelada y A
la falda de la chata colina, toda cubierta con sembrío de
patatas, descansan los peones. Las yuntas, aún Cerca
de las yuntas, disputándoles el mísero pienso, huelgan los
borricos sueltos en la llanada para rematar el Entre
las yuntas enganchadas, los borricos sueltos y los perros
que vigilan el atado de la merienda, con las Algunos
chiquillos, con gravedad insólita, infinitamente triste,
ayudan a parar los hornos para cocer las huatias Una
mozuela feúca y andrajosa alza el horno. En
un hoyo circular y no profundo ha hecho un círculo de
piedras planas, dejando una pequeña abertura para Así
lo hizo la mozuela y fue grande el regalo de los pequeños,
que acudieron al olor de las huatias; pero los Ya
las yuntas han partido por la mitad, en todo lo largo, los
camellones, y expuesto a la luz el fruto, menudo y Y
llegó la tarde. Trabajan
los peones, tristes y cariacontecidos. Polvorosos,
sucios, con los cuerpos doblegados sobre la gleba, cavan los
surcos, obstinados y tenaces, nada Al
fin, Apaña subió al lomo del otero, miró al sol ya hundiéndose
en el horizonte en medio de resplandores —A
descansar, tatitos, y recoger los aparejos. Ya es
tarde. Alzáronse
los peones y muchos se apoyaron sobre las azadas, abatidos.
Las mujeres fueron a vaciar sus La
vuelta a los hogares fue torva y silenciosa, pero cada uno
encontraba algún consuelo en pensar que los Quien
no esperaba ninguna consolación risueña era Apaña, el
nuevo hilacata. Chacra
por chacra había ido a todas las de los indios y en ninguna
pudo notar abundancia de frutos. El año Llegó
a su casa, a la vera del lago sobre una lomada que la ponía
a salvo de inundaciones en los años de —Han
venido Choquehuanka y la Chulpa; dicen que desean
hablarte—le dijo su mujer, que encendía con —¿Sobre
qué será? —No
me lo dijeron, pero vendrán después de yantar. Así
fue. Presentáronse los viejos en compañía de otro viejo,
más viejo todavía, arrugado, seco, menudo, y Invitóles
a entrar en la cocina, donde sobre retazos de cuero de
oveja, pusiéronse en cuclillas, frente al rojizo El
fuego del hogar se extinguía entre leves bocanadas de humo
y únicamente el rescoldo teñía de rojo el Así,
sentados los cuatro viejos frente al hogar, cubiertos con
sus ponchos, los carrillos hinchados por la coca y Especialmente
la Chulpa se mostraba impresionante y evocadora
Arrugada, seca, enjuta, daba la cabal —¿Me
traen algo? —preguntó al fin el hilacata tras
largo silencio. —Veníamos
a consultarte. Esta tarde, como viste, recogimos fruto
agusanado de las chacras, que no han —Sí.
Este año las lluvias se han detenido a destiempo. La papa
no ha podido madurar y se ha agusanado... —No;
en la isla han recogido algo. El doble de lo sembrado. —Siempre
es así. Allí moran los laikas. Además, pueden
regar; tienen vertientes. De
pronto una sombra menuda avanzó por medio patio y una
vocecilla cristalina se dejó oir en el vano de la —Buenas
noches nos dé Dios, tata. —¡Ah,
eres tú! ¿Qué dices? —Vengo
a que me des un poco de fuego. El nuestro se ha apagado
porque todos estuvimos en la cosecha. —Entra
y prende. ¿Traes combustible? —Sí,
tata. —¿Y
cómo va tu chacra? —Mal;
puro gusano. Mi padre dice que este año no tendremos nada
que comer y quiere irse a otros lares. —Así
pensamos todos. Deslizóse
la chica por entre los ancianos, llegó al fogón a soplar
para que prendiera fuego. Cuando lo hubo —¿Y
qué hacemos ahora? —volvió a preguntar a poco uno de los
viejos. —No
sé. Creo que nada se puede contra la voluntad de los dioses
—repuso el hilacata. —¡Nada
se puede! —afirmó, sentenciosa, la Chulpa. Y
volvieron a callar. Largo
fue el silencio y lo rompió el hilacata para decir: —¿De
veras? Curioso; desde que heredó la hacienda de su padre
nunca ha dado tal orden. —Ahora
es muy amigo del cura y oye todos sus consejos. —¿Y
hasta cuándo quedará en la hacienda el patrón? —Seguramente,
hasta después de la cosecha. —Se
ha traído muchos acompañantes esta vez. Mejor.
Así nos estropea menos, por consideración a sus amigos. El
otro día le dio con un palo a mi hijo mayor y
acaso habría concluido con él si no se hubiese interpuesto
ese joven flaco que siempre nos está preguntando
cómo nos casamos, quiénes son nuestros abuelos, de dónde
venimos y otras cosas raras. Ha de ser
algún loco. —Pero
un loco bueno... ¿Y por qué le pegó a tu hijo? —Porque
no pudo llevarlo en su balsa. Estaba enfermo en cama y se lo
mandé decir, pero no quiso creer. Con
el gesto señaló un bulto inmóvil tendido sobre uno de los
poyos. —¡Malo
es ese hombre! —repuso el viejo con acento de profundo
rencor—. Hasta ahora no le ha devuelto a Limachi
las dos mulas que le arrebató en pago del toro que hizo
morir cuando era pastor, como si él tuviera la culpa
de que se muera una bestia. —¿Y
crees que se las devuelva? —No
sé; pero es su obligación. Limachi es pobre y no tiene en
qué llevar sus frutos al mercado para venderlos... —¿Y
qué le importa eso a él? —Dices
verdad. Querría, al contrario, que nunca le pagase; así
por lo menos tendría un pretexto para quedarse
con sus bestias... Callaron
los viejos y en medio del silencio resonó, áspera, la voz
de la mujer: —¡Y
ustedes siempre aguantando!... Nadie
repuso y ahora el silencio se hizo más profundo. —Venimos
para saber si era cierto que el patrón se había empeñado
en hacernos ir a misa de pasado mañana y
ya nos lo has dicho. Adiós. —Adiós.
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