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—Señor, los remeros ya están aquí —anunció Troche, abriendo los batientes de la ventana.

Un clarísimo rayo de sol irrumpió en la vasta alcoba, empapelada de azul, de alto techo blanqueado al temple y ancho balcón abierto sobre la planicie rutilante del lago. Cada lecho ocupaba un ángulo de la pieza y de las paredes colgaban vistosas oleografías que representaban paisajes suizos y fases de una corrida de toros en España.

—¿Qué hora es, Troche?

—Las ocho, doctor.

—¡Caramba! Ya es tarde.

Y sentándose en el lecho, gritó a sus amigos:

—¡Arriba, ociosos; nos esperan!

Aguirre, Valle y Ocampo estiraron, soñolientos, los brazos, para frotarse los ojos, heridos por la crudeza de la luz; pero Suárez siguió durmiendo. Pantoja le interpeló:

—¿Te levantas, poetilla?

Obtuvo por respuesta un largo ronquido. Entonces Pantoja cogió su almohada y lanzósela a la cabeza. Al golpe despertó Suárez, todo sobresaltado, y de un bote se incorporó en su lecho.

—¿Qué hay?...

Los amigos lanzaron una alegre carcajada. Suárez se enojó:

—¡Ca...! No me gustan esas bromas.

Duróle poco el enojo. Era de índole apacible y en el campo lucía gloriosamente el sol, piaban infinidad de jilgueros entre la fronda de los eucaliptos y kishuaras y de las ramas descarnadas de los sauces y guindos que engalanaban el jardín, levantados al socaire de las elevadas paredes del tapial.

Apareció Asunta trayendo una bandeja con copas y una garrafa donde humeaba el sucumbé. Dejó la bandeja sobre una mesilla central, cogió el molinillo y púsose a batir la bebida, produciendo una leve espuma fraganciosa.

—¿Y por qué no viene a servirnos la bella Clorinda? —preguntó Suárez, recibiendo su copa desbordante y sorbiendo con fruición la perfumada espuma de leche.

—Está enfermita, niño, y ahora se levanta tarde repuso la chola con acento evasivo.

—¡Es que ya no quiere vernos la ingrata!...

—¡De aunde no más, niño!

—¡Caramba! ¡Está delicioso esto! Tiene otro sabor.

—Lo hicimos con el pisco de durazno que anoche han traído los apirís —dijo la chola. Y ofreció—: ¿Otro vasito más?

—¡Ya lo creo, buena Asunta! A ti te hemos de hacer reina de las cocineras. Sólo por comer los platos que guisas soy capaz de casarme con Clorinda... ¿Aceptas?

—¡Ya, el niño! —dijo la chola complacidísima por el cumplimiento.

No tal; Clorinda es mi novia y nadie me la quita —intervino Aguirre, alargando su copa para que se la llenara por tercera vez.

Ya vestidos y armados y de excelente humor tomaron camino de la charca donde esperaban los remeros frente a sus balsas nuevas, quietas en el agua.

La mañana era de una serenidad admirable. El lago estaba terso como un cristal, limpio de nubes el cielo. El contorno de las islas se dibujaba nítido sobre la onda azul, y los cerros de la bahía, desnudos y terrosos, limitaban a lo lejos el horizonte, vibrante de claridad.

Los balseros apoyaron sus perchas en los montones de totora seca de la orillan y las balsas comenzaron a deslizarse silenciosamente por el canal. Los cazadores, tendidos a lo largo en sus balsas el cañón de sus escopetas apuntando a la proa, aguda y levantada como de góndolas venecianas, llevaban a su lado la bolsa de municiones bien repleta de cartuchos, variadas frutas y una botellita con algún fino licor. Los remeros iban detrás, parados, e impulsaban las balsas apoyando la percha en el légamo del fondo, ágiles.

El agua parecía turbia en el canal y negra donde se espesaban los totorales. A veces se abrían éstos en anchos claros donde venían a converger infinidad de otros canales, siempre animados por el holgar bullicioso de las chocas de negro y opaco plumaje, pico amarillo y roja cresta, y que ahora desdeñaron los jóvenes para no ahuyentar las innumerables bandadas de patos que se veían negrear sobre la grama de las algas, tendidas como borde hacia la parte interior de los eneales. Las gallinetas aparecían y se ocultaban por parejas, y los menudos keñokeyas mostraban por un momento el albo plumón de sus pechos grasos y desaparecían bajo el agua, para sacar más lejos sus cabecitas menudas e inquietas.

—Separémonos aquí, pero cuidado con dirigir tiros horizontales entre las totoras. Podemos matar a algún pescador o matarnos entre nosotros y creo que ninguno tiene ganas de morir —dijo Pantoja al llegar al último claro abierto entre las totoras, ya enrarecidas, y lindante con la franja de tupidas algas.

—Veamos quién lo hace mejor esta mañana. Yo no me quedo con la derrota —dijo Ocampo poniendo a su alcance los cartuchos de su escopeta.

—Doy dos contra uno en mi favor. Hasta ahora yo llevo cuatrocientas setenta piezas; Pedro, trescientas veinticinco; tú, cuatrocientas, y Alejo..., ¡veinte! Es el más diestro de todos —y Pantoja lanzó una regocijada carcajada de burla.

—Es que yo no quiero matar...

—Di que no puedes le interrumpió Aguirre.

No. No quiero. Ustedes saben que en el tiro sólo me gana Pablo...

—Otra cosa es con guitarra le volvió a interrumpir el aludido.

—Como quieran; pero me repugna matar en balde. ¿Para qué? ¡Pobres avecillas!

—¡Pareces una tímida doncella! —le dijo García, riendo.

—¡Adelante y cuidado con las escopetas! El otro día Pedro me hizo silbar los perdigones en las orejas... A las doce todos aquí, para el almuerzo.

Se dispersaron. Pantoja tomó la izquierda, hacia el fondo del lago, tupido en totorales; la derecha, Ocampo; Aguirre siguió de frente. Suárez ordenó a su remero seguir el canal que torcía a la derecha, yendo a lo largo de los eneales.

—¡Niño! ¡Una bandada de patos rojos! —le dijo a poco su remero Tiquimani, inclinándose bruscamente en la balsa y haciéndola bambolear con el movimiento.

Era Tiquimani un mozo alto y robusto, de cara redonda, ojos negros y garzos y tenía fama de excelente cazador.

—¿Dónde?

—Acá, patrón; delante la balsa, entre las totoras; mira.

Y Tiquimani, radiante el rostro, los ojos encandilados, extendía el brazo señalando la proa de la balsa, en actitud de dar un salto.

Suárez se puso cuidadosamente de rodillas y dirigió la mirada al punto señalado por el remero.

Allí, en las lindes del totoral, en un claro vecino a la red de algas oscuras, que parecía el moho de las aguas, jugueteaban unos veinte patos colorados, de pico celeste rayado de negro.

Rompía la marcha un soberbio macho de pecho encendido, cabeza negrísima y alas vistosas rayadas con una línea negra, de un negro profundo y brillante, y otra de un verde oro, reluciente, dorado, fulgente; detrás seguían los otros, en fila, o iban de dos en dos. Avanzaban llenos de confianza en el gran silencio del espacio, felices bajo el sol, que fulgía gloriosamente. A veces hundían el pico en el agua o metían el cuerpo en ella, alzando la cola al cielo; en otras se perseguían unos a otros, abriendo picos y alas, en inocente coqueteo.

—¡Tírales!, ¡tírales! —dijo Tiquimani, ansioso por ver destruida la alegre bandada.

—No, ¿para qué? ¡Dejémosles! —repuso Suárez, encantado de sorprender en su intimidad inocente y confiada a las lindas aves, ya raras en el lago.

Tiquimani le miró con asombro y una viva contrariedad se pintó en sus facciones.

De pronto, el ruido de un lejano disparo turbó la enorme y divina mudez del espacio. Las aves se detuvieron repentinamente y comenzaron a mirar por todos lados, desconfiadas. Hicieron grupo, juntando cabezas, como si consultasen en torno del arrogante macho.

—¡Tírales, porque el otro caballero nos ha de ganar! —insistió Tiquimani, que había visto avanzar cautelosamente la balsa de Ocampo en dirección a la alegre y confiada bandada.

Suárez pensó levantarse para espantar a las aves, mas en ese momento atronó el espacio el hórrido estampido de un disparo. El agua hirvió en torno a las bestezuelas con los perdigones que pasaban, dispersándose a lo lejos y produciendo un extraño ruido en la quieta superficie... La bandada levantó el vuelo, poseída de espanto; pero quedaron tres aves en el agua, teñida en sangre. La una yacía inmóvil, la cabeza sumida en el cristal; la otra giraba sobre sí, con mitad del cuerpo paralizado, y golpeando con el ala las flores oscuras de las algas, y el macho, herido mortalmente, hundióse en brusco zabullón, para ir a morir en el fondo, prendido a las raíces de las algas...

—¡Qué brutos! —y Suárez hizo un gesto de cólera amarga e impotente.

—¿Cuántos? —le gritó Ocampo alzándose de pie sobre la balsa.

Y como su amigo no se dignase responder siquiera, los cazadores se lanzaron a recoger las piezas cobradas.

—Vamos fuera de las totoras; no quiero matar—ordenó Suárez a su balsero consternado.

Tiquimani puso mano a la percha de mal talante y enderezó la proa de su embarcación lago adentro y hacia las libres aguas.

Ruda fue la faena para ganar el espacio libre, pues las algas se extendían, en más de dos kilómetros de profundidad, como tapices oscuros, y entre las cuales, al abrigo de todo ataque, anidaban las aves acuáticas.

Sus nidos, fabricados con suma habilidad, apenas podía descubrirlos la vista después de mucho mirar, pues sólo sobresalían algunos centímetros en pequeños bolsones que contenían los huevos mañosamente cubiertos con las mismas algas. Emergiendo del enorme y rojizo telar se veían las cabezas negras o doradas de las panas. Aparecían un momento y volvían a perderse en el agua, con asombrosa presteza. A veces no sacaban sino el pico negro y corto, pero tan junto a la balsa que Tiquimani alzaba su percha y descargaba un golpe en la cabeza de las confiadas aves; se perdían un momento y a poco se veía blanquear sobre el agua el pulmón rojo o negro, graso y sedoso, del ave muerta. Así, y arrostrando el enojo del viajero, había cogido seis Tiquimani... Alternando con las panas los zulunquías hacían brillar al sol mañanero, cual un ampo, el purísimo blanco de su pecho, y no oyendo cercano ruido de pólvora miraban pasar con tranquilidad la balsa del sensible cazador, fijando en ella sus grandes y expresivos ojos carmesíes...

Al fin salieron del límite de las plantas lacustres. Las aguas, limpias y puras como el cristal, dejaban ver el fondo de su lecho, tapizado de una especie de musgo de color claro y sobre el que discurrían en fila los peces o se les veía incubar echados sobre sus larvas. Enormes sapos de lomo granujiento yacían acurrucados en los huecos y manchaban con su color negruzco la tersa superficie de la admirable alfombra esmeraldina.

Fulgía el sol, quebrando sus rayos en haces de luz multicolor, que se proyectaban formando mil combinaciones en el fondo tapizado; y al paso de la balsa, bajo su sombra alargada, huían los peces haciendo brillar la blancura de sus vientres, cual agudos puñales.

A eso de las doce se oyó el lejano silbido de un pito. Suárez se puso en pie y vio que en un claro del totoral vecino a la ribera agitaba Pantoja un pañuelo blanco, llamándolos.

Fue el último en llegar y encontró a sus amigos refiriéndose los variados incidentes con que habían tropezado en su cacería. Cada uno traía en el fondo de su balsa los sangrientos despojos de centenares de aves que habrían de pudrirse o servir de alimento a los perros del administrador, porque en la casa de hacienda todos estaban hartos hasta las náuseas con la carne de los patos con sabor de légamo. Pantoja contó setenta piezas cobradas y algo más de ese número sus otros tres amigos.

Ante el exterminio cobarde e inútil sublevóse el alma de Suárez y no pudo ocultar su despecho y contrariedad.

Aquello era bárbaro y estúpido. Bueno que se matase por necesidad. Aceptaba también el crimen de la curiosidad y hasta la gala de lucir dones cinegéticos, que ninguno de sus amigos poseía, porque todos masacraban a escondidas, de cerca y sobre el montón, cosa que jamás se permite un verdadero cazador, porque a las aves ha de tirarse siempre al vuelo con elegancia y hasta con cierta nobleza, ya que resulta estúpidamente bárbaro el hecho de atraerlas fuera de su elemento. Pero matar por sólo matar; matar y matar por decenas y centenas; matar por gusto; matar instintivamente en todo tiempo, como hacían todos los que iban al lago, le parecía un abominable salvajismo y hasta un contrasentido económico que a nadie preocupaba ni remotamente, porque parecía que nadie tampoco se daba cuenta del daño que por ignorancia o perversidad se iba causando y sin remedio, a una fuente riquísima de prosperidad pública.

—Estamos matando la gallina de los huevos de oro—dijo Suárez—y no hay quien se dé cuenta de ello. Antes, según el testimonio del inca Garcilaso, había en este lago, y creo que aún hay en ciertas apartadas orillas del Perú y en la rinconada de Ancoraimes y Huaicho, garzas blancas, ibis bicolores, gansos silvestres, diversas clases de flamencos, espátulas y una colección variadísima de patos y zabullidores; ahora, en los quince o veinte días que llevo de excursionar por esta parte del lago, apenas he visto, como aves raras, unos cuantos patos rojos, algunos flamencos rosados, dos o tres garzas grises y una que otra garcilla bicolor, que los indios llaman limanus, pero tan ariscas, que sólo pude adivinar que eran tales por su vuelo raudo, lleno de armonía, poético, si ustedes me consienten la frase.

—¡Ja, ja, ja!... ¡Vuelo poético!... ¡Ja, ja, ja! —rió P. P. con risa amable y regocijada, ahogando la de sus amigos, que también reían, aunque hallando oportunos y bien intencionados los reparos de Suárez.

—Rían lo que quieran— prosiguió éste, de buen humor—; pero es el caso que por malicia o ignorancia, como dije, vamos causando un daño irreparable la riqueza misma del lago. Todo lo van explotando sin medida en él: su flora y su fauna. Ya la totora va desapareciendo en la mayor parte de las orillas, porque se la siega incesantemente, año redondo, sin tomarse el trabajo de replantarla en las partes cosechadas. Los peces se van haciendo cada día más raros, porque también se los coge todo el año, sin respetar el período de la incubación, y hay variedades casi extintas, como la del suche, que por el gusto y la delicadeza de su carne es uno de los pescados más sabrosos del mundo. De las aves, ni se diga. Desde que en el comercio se venden armas de pacotilla no hay rústico de aldea ni carretonero que no tenga su fusil y no se dé el gusto de matar patos para vivir de su carne. Y ahora, echen la cuenta. En nuestras regiones montañosas han desaparecido las garzas, por codicia de los aigrettes, para sombreros femeninos; en las cordilleras altas ha desaparecido la chinchilla, porque a nadie se le ocurrió ver una ingente riqueza en la crianza de la delicada bestezuela; en las pampas arrimadas a la cordillera van desapareciendo las vicuñas y los avestruces con la cosecha de las nidadas que se hacen en todo tiempo. Aquí, en el lago, ya lo ven: quedan pocas aves y pocos peces y dudo que en veinte años más se pueda hallar algunos, siquiera para muestra. Y todo esto significa dinero que se pierde y se va sin retorno, definitivamente. Y bastaran unas cuantas leyes y un poco de dinero en primas de protección para salvar del naufragio un caudal inagotable... Pero ¡vaya usted a hablarles de esto a nuestras gentes! Se ríen, lo toman a burla y le llaman chiflado al que piensa así. Aquí lo único que interesa de veras es eso que se llama política; arte de buen gobierno, dicen pero en el fondo pura hambre, hambre ordinaria de comer, hambre del estómago o hambre de vanidad... ¡Pobre país!

Se había puesto serio y hablaba con pena, con esa pena del hombre honesto que ve miserias y no puede remediarlas. Los otros le oían también serios, porque sus palabras trascendían sinceridad.

—Tienes razón; es así —convino Aguirre.

—¡Hay que hacerte diputado, poeta! —le dijo Ocampo, volviendo a reír con benevolencia.

—¡Déjate de idioteces! Hazme dictador y verás lo que hago. Sólo un dictador puede realizar algo que valga la pena. Necesitamos otro Linares, un poco más tolerante, pero así hombre, así desprendido, así patriota. Lo demás es pura música —repuso Suárez con profundo convencimiento.

—¿No tienes fe en nuestros hombres públicos?

—No tengo fe en nadie y menos en nuestros doctores inflados con discursos muy orondos con su palabrería hueca, muy metidos en lecturas de libritos extranjeros, pero sin ojos para ver lo que nos falta, sin carácter para osar emprender para moverse. Estamos en poder de los doctores cholos, que todo lo quieren hacer con discursos; que se dan por modelos de decencia, patriotismo y honradez, y que en la vida privada se muestran egoístas, tacaños, sucios moral y materialmente...

—¡Chico! ¡Muestra tu botella! ¡Apuesto que te la bebiste toda! —le dijo, riendo, Aguirre.

—Creo que tienes razón. Sólo los borrachos hablan así —contestó Suárez sonriendo con amarga ironía.

—Bueno, adelante y basta de discusiones. Tengo hambre y ya no puedo más de cansancio —dijo Pantoja para cortar la discusión, que le resultaba molesta, porque en cada frase de su amigo se sentía aludido.

—Ni yo.

—Ni yo.

Se sentían flojos, acalambrados por cuatro horas de inmovilidad en las balsas y tenían deseos de moverse, andar.

Los balseros enderezaron a tierra la proa de sus balsas y se internaron entre los canales abiertos en la maraña de los eneales.

Hacía calor.

De las aguas inmovilizadas por la flor de enea que forma una espesa costra verde, alzábase un vaho tibio y fétido, enloquecedor. Nubes de menudas moscas revoloteaban en torno de las balsas, zumbando débil, pero incesantemente.

De pronto, una voz clara, vibrante, pero monótona, se elevó, rompiendo el silencio del lago adormecido; las notas uniformes se sucedían en lenta gradación, formando una especie de melopea triste y cansada.

—¡Caramba!, ¡qué linda india! exclamó de súbito Suárez, que iba en cabeza, y su voz repercutió sonora en el espacio.

Era Wata-Wara.

Metida hasta la cintura entre las plantas acuáticas segaba totora y algas para sus bueyes, y su balsa, vieja y ya renegrecida, yacía medio hundida hasta cerca de la borda por el peso de las raíces mojadas.

Era uno de sus placeres.

Gustábale hundirse en el aterciopelado limo del fondo, para sentir en las piernas el gelatinoso roce de los peces e insectos, numerosos en el charco, e irse después a coger nidos de panas tarea en la que desplegaba singular destreza, pues sus ojos estaban acostumbrados a descubrir sobre el vasto telar los simples y elementales nidos de las zabullidoras.

Hacíales una guerra tenaz, incansable, sin tregua, y no medía sus crueldades para las cercetas, de quienes era implacable enemiga.

Sus agudos y cortos chillidos, su vuelo pesado y a ras del agua, la cual azotan levantando huella de espuma con las amarillas patas extendidas, su color negro metálico, le causaban invencible antipatía.

De mal agüero era esa ave para ella. En cierta ocasión, distraída, dejó escapar una que se puso al alcance de su remo. Y esa misma tarde un peñón, desgajado de su quicio, aplastó en el cerro cuatro ovejas de su majada.

Otra vez fugóse de entre sus manos una que había cogido en trampa, y días después su novio recibió una buena tanda de palos del administrador; otra..., ¿a qué contar? Era su mala sombra y no podía verla. Mientras las chocas le saliesen a su paso siempre tendría que llorar alguna desventura, y en esta mañana había tropezado con muchas... ¡La maldita!

Llevaba la joven desposada desnudos los fuertes y morenos brazos, y por entre la abertura de su camisa de tocuyo acabada de estrenar se le veían los senos duros, prominentes, veteados por menudas venas azules y rematados por los pezones morenos. Las crenchas de su pelo le caían en desorden sobre las sienes, haciendo marco a su rostro curtido por el viento y por el sol, y sus grandes ojos negros, negros como el plumaje de ganso marino, garzos, expresivos, de cortas pestañas, brillaban limpios, como al través de fino cristal.

—¡Qué hermosa india! —repitió Valle, clavando con avidez los ojos en los senos de Wata-Wara, que en el exceso del estupor se descuidó cubrirlos, porque los patrones acababan de ordenar a sus remeros se detuvieran junto a la balsa de la segadora.

Exaltóse el fácil lirismo de Suárez ante la rústica y fuerte belleza del cuadro y prorrumpió con voz chillona y declamador acento:

—¡Salud, hechicera ondina de este piélago formado por las lágrimas de los de tu raza mártir y esclava! ¡Salud!...

—¡Cállate, ganso, y habla como gente! —le interrumpió Pantoja, cortando la lírica salutación del poeta.

Luego se volvió hacia la india:

—¿Cómo te llamas?

La joven, turbada, no respondió.

—¿Eres muda? —dijo Pantoja frunciendo el ceño.

—Wata-Wara—articuló, mirando con angustia a su esposo.

—¿Eres casada?

—¡Qué pregunta! ¿No ves que está encinta? —dijo Suárez, riendo.

—Es mi mujer, tata—intervino Agiali, que hasta entonces no había desplegado los labios y miraba a los jóvenes con el ceño fruncido.

Pantoja se volvió hacia su remero.

—¡Caramba! Tienes una linda mujer... ¡Adelante!

Reanudaron la marcha, y a poco saltaron a tierra.

—¡Que preciosa hembra! Si pudiéramos tenerla en casa... —dijo Ocampo, una vez que estuvieron lejos de los indios.

—Ya la tendremos—asintió con aplomo Pantoja.

Una vez en casa corrieron al comedor. Sentíanse desfallecer de hambre y pidieron a gritos el almuerzo.

Asunta no les hizo esperar y a poco devoraban, más que comían, una sopa de quinua, leche, huevos y queso,

un costillar de cordero a la brasa, acompañado de chuño revuelto, una tortilla de sardinas y chocolate en leche de oveja, y todo primorosamente preparado por Asunta, perita en culinaria criolla.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Aguirre, que ya comenzaba a cansarse de la permanencia en Kohahuyo y echando bocanadas de humo al cielo.

—Yo voy a dormir un poco. Esta mañana me han hecho levantar muy temprano —dijo Valle, como hombre acostumbrado a dormir hasta mediodía.

—¡Temprano a las ocho! ¡Qué tipo! —criticó Ocampo.

—Yo voy a escribir un cuento—saltó Suárez.

—¡Al diablo con estos escribanos!... ¡Oh, mi dulce y casta prometida, virgencita blanca!... ¡Tonterías! —criticó

Aguirre.

—¿Y tú?

—No sé; quisiera matar un flamenco. Los malditos escapan a la legua y no hay modo de cogerlos a tiro de fusil.

—Te acompaño; tú eres la única persona decente— dijo el anfitrión.

En ese momento apareció Troche; venía en mangas de camisa y traía un cuchillo corto y puntiagudo y llevaba revueltas hasta el codo las mangas de su tosca camiseta de franela.

—Vengo a preguntarle, doctor, si le gusta el chicharrón —dijo sonriendo amablemente.

—¡Ya lo creo que me gusta, don Pedro! ¿Por qué?

—Tengo algunos chanchitos y pudiéramos matar uno. La Asunta me dice que los indios ya no tienen manteca...

—¡Mienten estos pillos! Seguramente no querrán darle...

—Así es, doctor. Son unos bribones. Al patrón le niegan todo y van a vender al pueblo lo que tienen.

—Será que no les pagan su precio —intervino Suárez, en su afán de defender a los oprimidos y sin fijarse que acababa de herir a su anfitrión.

—Se les paga no más—repuso el cholo, muy serio.

Ahí está, pues, la cosa. Si les ofreciera el mismo precio que en el pueblo...

—¡Pero el patrón es, pues, el patrón, doctor! —le interrumpió Troche.

—¿Y eso qué?

—¡Cállate, escribano! ¿Tú qué entiendes de esas cosas?—le atajó Pantoja, entre serio y disgustado.

—¡Caramba! Si yo tuviera una hacienda sería el primer amigo de mis colonos —repuso Suárez con sincero acento.

Pantoja, que ya estaba predispuesto contra él por la anterior discusión y sus al parecer continuas alusiones, se le volvió vivamente:

—¿Conoces bien al indio?

—¡Hombre! Ya lo creo; lo conozco.

—¿Y cómo es?

Suárez quedó perplejo con la inesperada pregunta y dijo tras breves segundos de vacilación:

—Es un hombre como los demás; pero más rústico, ignorante, humilde como el perro, más miserable y más pobre que el mujik ruso, trabajador, laborioso, económico...

—...parco, bueno, servicial, comedido, generoso, etcétera, etcétera... ¿no es así? —le interrumpió Pantoja, riendo con sorna. Y añadió en seguida—: No; estás repitiendo, como disco de fonógrafo, todas las majaderías de quienes se dan por defensores del indio, sin conocerlo bastante, de lejos, por pura sentimentalidad, por snobismo, por lo que quieras, en fin. Y tú no conoces al indio, por dos razones principales. La primera, porque apenas hablas su idioma; la segunda, porque nunca has sido propietario. Y todos los generosos defensores de la raza se te parecen. Todos hablan de memoria, y esos doctores cholos, que con razón te escaman, hasta discuten con brillo, porque tienen a mano un recuerdo que siempre produce maravillosos efectos: elevar la voz en defensa de los oprimidos, invocar las eternas teorías de igualdad, justicia y otras zarandajas de la misma hechura. Pero habla con los patrones y propietarios, con aquellos que andan en íntimo contacto con los indios, y no habrá uno, uno solo..., ¿entiendes?, uno solo, te digo, que no te jure que no hay raza más difícil, más cerrada a la comprensión y a la simpatía, más perversa, más solapada, más imposible que esta gran raza de los incas del Tahuantinsuyo. Los indios son hipócritas, solapados, ladrones por instinto mentirosos, crueles y vengativos. En apariencia son humildes porque lloran, se arrastran y besan la mano que les hiere; pero ¡ay de ti si te encuentran indefenso y débil! Te comen vivo. Y sábelo ya de una vez. No hay peor enemigo del blanco, ni más cruel, ni más prevenido que el indio. El indio...

—¡Eso es natural correcto, legítimo! —le interrumpió con igual viveza Suárez—, Porque el blanco, desde hace más de cuatrocientos años, no ha hecho otra cosa que vivir del indio, explotándolo robándole, agotando en su servicio su sangre y su sudor. Y si el indio le odia, siente desconfianza hacia él y hace todo lo humanamente posible para causarle males, es que con la leche, por herencia, sabe a su vez que el blanco es su enemigo natural y como a enemigo le trata. Esto, convendrás, es justo y muy humano.

—Será como dices y quiero darte la razón; pero ahora ya es otro el problema este nuestro problema boliviano, el más grande de todos. Ahora el indio sabe, como tú dices, que del blanco no puede conseguir nada y se estrella contra él indefectiblemente. Yo me río de todos aquellos que creen hallar el secreto de la transformación del indio en la escuela y por medio del maestro. El día en que al indio le pongamos maestros de escuela y mentores ya pueden tus herederos estar eligiendo otra nacionalidad y hacerse chinos o suecos, porque entonces la vida no les será posible en estas alturas. El indio nos ahoga con su mayoría. De dos millones y medio de habitantes que cuenta Bolivia dos millones por lo menos son indios, y ¡ay del día que esos dos millones sepan leer, hojear códigos y redactar periódicos! Ese día invocarán esos tus principios de justicia e igualdad y en su nombre acabarán con la propiedad rústica y serán los amos...

—Y eso será justo, después de todo... —quiso interrumpir Suárez.

—¿Justo?... No sabes lo que dices. En un comienzo, cuando las tierras casi no tenían valor y se hicieron expropiaciones por la fuerza, se cometieron abusos y hasta crímenes, ciertamente pero hoy cada propiedad representa un precio legítimo, porque día a día, en el curso de muchos años, han ido ganando valor con sucesivas transformaciones.

Suárez le volvió a interrumpir, negando enérgicamente con la mano:

—¡Eso no es verdad! Las haciendas de la puna no han recibido ningún impulso de los propietarios y permanecen hoy tal como salieron de su poder...

—Muy bien, concedido. Pero al pasar de manos de los indios a las de los blancos cada uno ha satisfecho un precio estipulado y ahora constituyen un bien legítimo de sus propietarios, que nadie puede arrebatarles sin atacar fundamentalmente el derecho de propiedad, sagrado aun entre los salvajes...

—¡Así es! —apoyó Ocampo con profunda convicción, como latifundista que era.

—Pablo tiene razón—sostuvo Aguirre que seguía con mucho interés la controversia, porque era uno de los que se interesaban en este problema del indio en Bolivia y tenía ideas originales al respecto, pues era estudioso también, acaso tanto como el poeta, y gran amigo de lecturas, que se le indigestaban a veces aunque dejándole algo en el espíritu y en la memoria.

—También yo quiero ceder en esto repuso Suárez con calma—. Pero lo que no me explico todavía es por qué los propietarios no intentan algo por mejorar la suerte del indio, para hacer de él un aliado y no un siervo. Yo conozco el estado social de Rusia, que tantos lamentos provoca en el mundo por el estado de abyección y servidumbre en que vive el mujik; pero te aseguro que su condición es mil veces más feliz y ventajosa que la del pobre indio del yermo. La miseria del indio no tiene igual en el mundo, porque es miseria de miserable, en tanto que la del ruso es sólo miseria de hombre, susceptible a veces de cambiar. La del indio no cambia nunca. Siervo nace y de siervo muere...

—... Te voy a hacer otra pregunta, parecida a la anterior. ¿Cómo es el mujik? Explícamelo claramente, para saber si tu comparación es justa, pues yo sólo me acuerdo de una frase de Gorki; pero temo que sea demasiado literaria y no responda a la realidad.

Suárez quedóse más cortado todavía con la pregunta, pues también él lo poco que sabía del mujik lo había conocido en el escritor de la vida errante y miserable. Dijo sin embargo:

—El mujik es la última categoría social rusa y en él predomina la ausencia casi absoluta de voluntad y más absoluta todavía de las libertades individuales y...

—Estás entrando en generalidades y Yo necesito respuestas categóricas. ¿Goza el mujik del derecho de propiedad? ¿Lo que gana con sus esfuerzos le pertenece a él o se lo quitan otros? ¿Puede dejar en herencia sus bienes?... A esto quisiera que me respondas.

Suárez no supo qué decir ante el apremio de su anfitrión y se sintió algo incómodo de su postura, que no resultaba, a decir verdad, airosa.

—Yo no sabría —dijo al fin— responderte con precisión, porque no he tenido ocasión de enterarme de lo que deseas saber. Lo único que sé por Gorki es que el mujik, me acuerdo de sus palabras, es para los ricos "una sustancia alimenticia", como nuestros indios para los patrones...

—Esas son frases de escritor. Y yo podría responderte, con ese mismo Gorki, que aquí, como sabes, leemos mucho, que los tales mujiks, como nuestros indios también, son ladrones, perezosos, sucios y mentirosos...

Pero dejemos Rusia, desconocida, lejana, y vengamos a nuestro propio país. Contra lo que más he oído trinar a nuestros doctores es contra el pongueaje, es decir, contra el servicio personal de los colonos en la casa de un patrón. Y no se fijan que esto es simplemente una retribución de servicios, el pago que rinden por el suelo que ocupan y cultivan en propio beneficio. Y anda a cualquier hacienda del altiplano y verás que los mejores terrenos pertenecen a los peones...

—¿Y por qué, entonces, no son ricos como los mismos hacendados? —preguntó con viveza Suárez.

—Te lo voy a decir: porque son viciosos, rutinarios y vanidosos. Años de años puedes estarles predicando las ventajas de las nuevas máquinas agrícolas, de los abonos químicos...

—Ni máquinas ni abonos usan los propietarios...

—... Y otros adelantos y nunca te oirán y seguirán. Al contrario, serán los primeros en oponerse a que hagas ninguna innovación y en estrellarse contra cualesquiera tentativas de mejoramiento. Ellos, lo único que quieren, es vivir como vivieron sus padres. Lo único que desean, tener como patrones a esos imbéciles de propietarios que nunca visitan sus fundos y se dan por felices con el ponguito, unos cuantos quesos y unas cargas de chuño. Y esto nunca puede contentar a un hombre que con el sudor de su frente compra una hacienda, digamos por ochenta mil pesos, y tiene que sacar la renta del capital, muerto del todo si no responde a pagar siquiera su interés... Preguntas tú por qué son pobres los indios y la respuesta es fácil.

Porque pagan fiestas a menudo; son alcaldes, maestros mayores, alféreces, y en cada uno de estos cargos gastan todos sus ahorros hasta quedar en la miseria. Desengáñate, querido: los indios parecen buenos de lejos, pero de cerca son terribles. Yo, te digo sinceramente, los odio de muerte y ellos me odian a morir. Tiran ellos por su lado y yo del mío, y la lucha no acabará sino cuando una de las partes se dé por vencida. Ellos me roban, me mienten y me engañan; yo les doy de palos, les persigo... Hasta que te coman, como tú dices.

—Sí, hasta que me coman o ellos revienten...

—Sí, che; hay que ser así... —asintió Valle con profunda convicción, pues era la política que practicaba siempre con sus indios, pero que ya le había costado una herida en el brazo.

—¡Naturalmente!... Mi padre fue bueno con ellos y ¡cómo le pagaron! ¿Verdad, Troche? —dijo Pantoja con aire compungido volviéndose al administrador, que escuchaba atentamente y asintiendo en todo lo que decía su jefe no por congraciarse con él, sino por propio convencimiento.

—Sí, doctor; lo han asesinado estos canallas —dijo señalando al pongo que en ese momento apareció en el patio doblado bajo el peso de un cántaro de agua recogida en la vertiente.

"¡Bien hecho!", pensó Suárez para sí, y guardó silencio, pues ya conocía la historia.

—Entonces, doctor, ¿matamos al chanchito?—preguntó Troche, sonriendo más amablemente todavía.

—Vamos a verlo primero. ¿Dónde está?

—En el corral, doctor. Pero no vaya usted; eso está muy sucio. Que lo traigan más bien.

Y llamando a Clorinda le dijo fuese a sacar los cochinos de la porqueriza.

A poco se abrió la puerta de los corrales y aparecieron unos ocho cerdos que la moza incitaba punzándoles el hocico con un palo afilado por la punta. Salieron un grupo, apeñuscados unos con otros, y andaban a tientas, paso a paso, vacilantes, con las cabezas pegadas al suelo y balanceándose cual si fuesen juguetes de cartón.

Al verlos, rieron los amigos.

—¡Qué curioso! Diríase que tienen miedo de andar observó Valle.

—Están ciegos—repuso Troche, asentando una patada en la cabeza de uno de los cochinos, que se había separado del grupo y lanzó un corto gruñido de dolor.

—¿Ciegos? ¿Y por qué? ¿Cómo es eso?

—De intento. Para que engorden más.