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XI El
otro día me dijiste que alguien deseaba un terreno en la
hacienda. —Sí,
tata. —¿Es
joven, rico? Se
ha casado hará un año y tiene yunta, dos borricos, veinte
cabezas de ganado lanar, mujer y un hijo. —Bueno;
está bien. Dile, entonces que puede venirse cuando quiera. Apaña
le miró sorprendido. ¿Y
acaso hay sayaña
libre
para darle? Todos están ocupados. ¿Cómo
todos? Dos tenemos libres: el del Manuno y el de Quilco...
No; el de Manuno solamente, porque el hijo mayor
de Quilco es ya jovencito y puede tomar la sayaña de
su padre. El
hilacata le miró con extrañeza. Creyó haber oído
mal. —¿La
del Manuno? No se puede; está la viuda, y también ella
tiene un hijo. —Pero
es pequeño todavía y no puede servir. ¿O crees que
debemos esperar a que crezca el hijo para cultivarla? Y
Troche rió con fuerte carcajada, complacido de su dialéctica. —¿Y
qué quieres que haga la viuda? —le preguntó Choquehuanka,
interviniendo en la discusión y escudriñando
en el fondo de los ojos del empleado, que sintiéndose
fuerte con la presencia del patrón y sus amigos en la
hacienda, quería mostrarse severo e inflexible. —¿Y
qué me importa eso a mí? Que haga lo que quiera. ¡Que se
vaya! —dijo, sosteniendo por la primera vez la
mirada del anciano. —¿Y
adónde se iría? No la recibirían en ningún lado. No hay
patrón que acepte una viuda con un hijo pequeño. Troche
volvió a reír alegremente, como si hubiese cogido al viejo
en una trampa hábilmente urdida: —¿Lo
ves? Tú mismo lo confiesas: "no habría un patrón que
la acepte", dices. Y entonces, ¿por qué quieres que
nosotros la tengamos? El
anciano repuso con gravedad: —Porque
aquí, de padres a hijos, han vivido los suyos. Cuando mi
padre vino a establecerse en Kohahuyo, y de
esto ya corre tiempo, estaban los Kentuwara en el terreno
que ahora ocupa la viuda, y que entonces no pertenecía
a nadie sino a nuestro ayllu, que se lo daba para que
lo cultivase. Vinieron después los de tu raza, nos
quitaron por la fuerza lo que era nuestro. De lo que antes
eran ayllus y comunidades se hicieron haciendas,
y aunque los más, huyendo de la crueldad y tiranía de los
blancos, se fueron a establecer a otros lares,
los Kentuwara, que se tenían ley a su terrón, prefirieron
vivir sirviendo y se quedaron, como se quedó mi padre
y se quedaron los Apaña, los Arukipa, los Mallawa, los
Tokorcunki y tantos otros. Yo soy muy viejo, he perdido
hasta los dientes por la edad, pero me queda la memoria y
puedo decirte que hasta tres veces los he visto
reedificar su casa a los Kentuwara. He sido amigo del padre
de Mamami; lo he visto nacer a éste, y cuantas
veces miro al suelo donde se levanta su casa me parece ver
blanquear los huesos de más de cuatro generaciones
de Kentuwaras muertas allí. Ve, pues, si es justo decirle a
la viuda que se vaya a otra parte... Y
el viejo, vibrando de emoción, volvió a mirar
detenidamente al administrador, en tanto que Apaña exprimía
con
fuerza los párpados para aflojar un solo lagrimón
temblante de sus pestañas duras y rectas. Troche,
cariacontecido y fingiendo seriedad, repuso: —Eso
está bueno para decirlo... Son historias. El caballero se
ha comprado esta hacienda y tiene derecho a hacer
lo que quiera. —Sí,
tiene; pero ¿nosotros no tendremos también algún derecho
de hacer valer aunque sea el de la piedad? Troche
se puso de veras grave con la contradicción, cosa insólita
en sus costumbres de mandón temido y voluntarioso: —Bueno,
estamos perdiendo el tiempo... No es mía la culpa de que la
viuda no tenga un hijo joven. Choquehuanka,
más apenado que sentido, contestó: —Tampoco
es culpa de ella el no tenerlo, y su marido ha muerto en
servicio de la hacienda. —¿Y
qué me importa? Si ha muerto sería su hora. Además, yo no
lo he matado, sino el río. —Pero
por vos. Si tú no le hubieses mandado en comisión, estaría
todavía vivo... Troche
se le aproximó, y mirándole a su vez en los ojos, repuso
con sorna, pero irritado: —Oye,
parece que me estás discutiendo. Yo no quiero saber nada.
Hay un terreno libre y lo doy. El
viejo, sin humillar la mirada, pero sonriendo con
mansedumbre, repuso: —Bueno,
tata; pero me parece que la viuda no ha de querer
irse. —¿No
ha de querer, dices ? —saltó Troche, irritado por la
calma del viejo—. ¿No ha querer? ¡Pues se la bota a
palos, válgame Dios! Aquí todos tienen que querer lo que
se les mande, y el que no obedezca..., ¡afuera!..., donde
le dé la gana... Los
ancianos hicieron un gesto, se despidieron y marcháronse a
su casa, mudos por la pena y el resentimiento. —Esto
no puede durar dijo al fin el viejo Choquehuanka con voz
baja y sorda, como hablándose a sí mismo y ya
al tocar los umbrales de su casucha. —Parece
que recién lo vas viendo, anciano—díjole Apaña, con
mucho respeto. —El
mal siempre se ve, hilacata; pero hay que hacerse el
ciego si no lo puedes remediar, porque cuando se sabe
impune es más temible todavía. Esto no lo olvides nunca.
Adiós, hilacata. Metióse
en su choza, y Apaña se fue a la suya, siempre caviloso. Entretanto,
Troche se apresuró en ir a hablar con el terrateniente.
Hallaba, en su concepto, que Choquehuanka
tenía sobrada razón y no deseaba enojarlo. Los indios eran
sus súbditos y él podría incitarlos a la
revuelta cuando le viniese en gana. Lo
encontró a Pantoja tendido en una butaca, fumando
cigarrillos, con los ojos cerrados por la modorra de la penosa
digestión, flojo el chaleco. A su lado, sobre una silla,
yacía arrojado su chicotillo de alambre y cuero y del
cual no se apartaba casi nunca. —¿Qué
hay, Troche? —le preguntó abriendo casi con pena los
ojos. —Nada,
señor; han venido el hilacata y Choquehuanka. —¿Y
qué dicen los viejos? —Siempre
lo mismo. Quiere Choquehuanka que no se la bote a la viuda. Pantoja
arrugó el entrecejo, y cogiendo el chicotillo comenzó a
darse menudos golpes en la polaina con distraído
ademán. —Me
parece que ese viejo abusa. ¿Qué dices tú? —Creo
lo mismo, doctor; pero no hay cómo decirle nada. Sería
capaz de jugarnos alguna mala partida. Pantoja
se irguió sobre la butaca: —Se
ve que le tienes miedo y no eres tan valiente como te creía.
Verás cómo, le arreglo las costillas al vejete...
¡Yo no le tengo miedo! Se
puso de pie, meneando la cabeza con aire amenazador; metió
el índice de la derecha mano que tenía el chicotillo,
en la comisura del chaleco, y con la otra sostenía el
cigarrillo, que no cesaba de fumar, echando volutas
con la cabeza levantada y las piernas abiertas y bien
plantadas en el suelo. Siguió con los ojos, por entre
la desnuda vidriera de la ventana, el raudo vuelo de una
gaviota, y cuando hubo desaparecido el ave, confundida
en la claridad del espacio, averiguó indolente: ¿Vamos
a tener una buena comida esta tarde? Sí,
doctor; chupe, humintas, asado de cordero con relleno
de papas y café. Es
poco. A mí y a mis amigos nos gusta comer bien. Yo tengo
ganas de un estirado y de una sajta. No nos
has dado
sino una sola vez. No
hay gallinas, doctor. La sajta no sale buena sino con
carne de gallina, porque la del pato no sirve: es hedionda
y negra. Y ahora todas las gallinas están poniendo. —¿Y
eso qué importa? Troche
arguyó con aire compungido: —Las
gallinas son de mi hijita y es su único negocio. —¿Acaso
no hay en la hacienda? Yo te dejé más de veinte. —Todas
se las hemos mandado a la ciudad, doctor. Pidió la señora. —¿Y
por qué no les pides a los peones? —No
quieren dar. Las ocultan; dicen que están con chiuchis. —¡No
quieren dar! Es curioso... ¡Se les quita por la fuerza! Verás
cómo me dan a mí. Pásame mi rifle del salón. Troche
se dirigió a la sala que hacía de armero y Pantoja entró
a la alcoba en que sus huéspedes fumaban y charlaban,
tendidos en los lechos y festejando la relación algo más
que picaresca que les hacía Ocampo de una
de sus infinitas e imaginadas aventuras galantes. —Les
invito a una cacería; ¿aceptan? Valle
aceptó; Aguirre dormía; Ocampo, siempre en pos de
Clorinda, con la que ya había tenido una cita oculta, alegó
hallarse cansado, y Suárez, solemnemente, anunció que se
sentía inspirado e iba a escribir las últimas cuartillas
de una leyenda incásica que venía preparando desde hacía
muchos días. —Deja
en paz a los incas y ven con nosotros—le invitó Valle. Suárez
se negó, y sin arredrarse por las risas sarcásticas de sus
amigos, les expuso su plan. El
tenía grandes proyectos e iba a realizarlos escribiendo un
poema, un drama y una novela sobre los indios, amén
de algunas leyendas, que las localizaría en la curva
caprichosa comprendida entre la punta de Taraco y la
de Jankoamaya, en el estrecho de Tiquina. El poema se
desarrollaría en ese período oscuro, caótico y lejanísimo
de la fundación del Imperio incásico, con sus obligados héroes
Manco- Cápac y Mama Ocllo. En el drama,
de fines de la colonia, haría figurar al cabecilla de la
independencia, Túpac-Amaru, y la novela trataría de
los conquistadores, sin par en los anales humanos por su
bravura heroica y su fiereza de exterminio. Necesitaba,
pues estudiar el paisaje, recoger datos sobre la fauna y la
flora de la región, y estaba resuelto a realizar
expresamente un viaje a la isla de Titicaca, de donde
partieron, según la tradición, los fundadores del gran
Imperio. Algo más. Iría hasta el Cuzco, a estudiar sobre
el terreno mismo los vestigios de la civilización implantada
por el legendario Manco-Cápac. Eso de viles paseos sin
rumbo e inútiles hecatombes de bellas aves
se quedaba para ellos, sus amigos, ordinarios seres sin más
preocupación que vivir con el día, ajenos a las
seducciones del arte, incapaces de levantarse en alas de un
gran ideal, sordos a las soberanas voces de los
elementos desencadenados, ciegos para admirar y extasiarse
con la agonía de un crepúsculo y los tonos incendiados
de las aguas en los postreros reflejos del sol muriente... Al
hablar así se había puesto de pie y accionaba con los
brazos extendidos, revuelta la melena, animados los ojos,
hueca la voz. Gozábanse
los otros de oírle, y reían de buena gana por sus apóstrofes
indignados, tomando como locura la exaltación
de su amigo. —¡Cálmate,
chico, se te ha de indigestar el chocolate!—le dijo Valle,
riendo y zarandeándolo por el brazo. —¡Déjale
a ese loco y vámonos!—repuso Pantoja, prendiéndose de
Valle y llevándolo consigo. Salieron;
pero en vez de seguir camino del lago, cual tenían por
costumbre, o del cerro, cuando querían ir a matar
vizcachas, tornó Pantoja por la izquierda en dirección del
caserío indígena disperso en la llanura, a entrambas
orillas del río. —¡Che!,
¿para dónde por ahí? —le gritó Valle. —Sígueme,
hijo, y no te pesará. Llegaron
a la primera casucha. Pantoja echó una ojeada al corral.
Dos bueyes amarrados a fuertes alcayatas de
piedra rumiaban un manojo de totora joven y un cerdo
hociqueaba entre el cieno podrido formado por las pasadas
lluvias. El colono, al distinguir a los patrones, avanzó
para saludarlos. La mujer y los chicos corrieron a
esconderse en la cocina. —¡Che!
Parece que te tienen miedo. —Lo
hacen por brutos, y hasta que no les arregle a punta de
palos no han de escarmentar. Llegó
el indio, y Pantoja, que ya había escudriñado todo el
corral sin descubrir lo que buscaba, le volvió las espaldas
para no responder al humilde saludo del peón. —Ven,
vamos; aquí no hay nada. —Pero
¿adónde? —volvió a preguntar Valle, que no podía
adivinar las intenciones de su anfitrión. —Espera,
chico... Paciencia... Vamos a aquellas casas. Y
señaló una que se veía a lo lejos, limitando la haza, y
era la primera de una serie. En
medio campo se detuvo Valle, junto a un charco donde se
refocilaban algunos cerdos. Tres
chiquillos no menores de cuatro años ni mayores de siete
cuidaban el hato. El más crecido llevaba por única
vestimenta una camisa corta hasta las rodillas, remendada
por los hombros y el pecho, llena de y
libres de toda protección los pies, sucias las caras, con
costras morenas de polvo petrificado y tapadas las Acompañábales
un perrito alazán, grandes lanas cubiertas de costras no
bien descubriera a los cazadores, —¿Y
si lo matáramos?—dijo Pantoja, apuntando a la cabeza del
menguado can con su fusil sin preparar. Los
muchachos, al ver la maniobra, echáronse a chillar
repentinamente los tres, con fuertes y desolados gritos —¡Pobrecitos!
¡No los asustes!—intervino el compañero. Y
siguieron andando. Al
tocar el linde de las casas comenzaron a ladrar furiosamente
los perros. Llegaron
a los umbrales de la primera, y no encontraron a nadie. En
el corral rumiaba una vaca pintada, flaca y de grandes
cuernos gastados y medio carcomidos por la base; Pantoja
se echó el rifle a la cara apresuradamente. ¡Chat! Una
gallina, las alas abiertas, se puso a revolotear en el suelo
con saltos mortales y arrojando manojos de —¡Ay,
señor! ¡Estaba poniendo!—sollozó ante el despojo del
ave. —Mejor;
estará más gorda. —Era
la única que ponía. Pantoja
se enojó: —¿Y
por qué no traen a la casa de hacienda? ¿Es que no les
pago? Pues ¡a fregarse! Metió
los dedos en el bolsillo, sacó una peseta, la arrojó al
suelo, y arrebatando la presa de manos de la india Se
fueron a otra casa, lindante con la primera por un cerco
bajo de barro y guardada por dos perros lanudos, —Esas
tenemos, ¿eh? ¡Pues toma! Apuntó
fríamente Pantoja a la oreja de uno de ellos y disparó. El
perro, el más grande, dio un salto terrible y —¡Bravo,
chico! Ahora al otro —felicitóle Valle, que se divertía
viendo correr enfurecido al perro tras las —¡A
tu salud, querido! Volvió
a disparar; pero sea porque el otro perro estuviese más
distante o porque no pusiese debida atención, El
dueño, que había oído la algazara y visto al patrón,
corrió a su encuentro para evitar algún daño de sus —¿Por
qué me lo mataste? Lo crié desde pequeño y nunca sabía
morder a nadie. Pantoja
lanzó una carcajada de hombre feliz y despreocupado y se
alejó sin responder, en tanto que el indio, —Cheee...,
¿adónde por ahí? —gritó Valle arrastrando por las
patas el ave muerta y lleno de creciente mal —No
seas tonto; es para la sajta de mañana. —Pero
sólo tú te bates; yo no he dado ni un tiro hasta ahora. Pantoja,
viendo que llegaría a enojar a su compañero, le pasó el
arma y echóse la presa a los hombros, Valle
era torpe y no hizo gran cosa: apenas dos pequeños pollos
en seis tiros; pero, en cambio, despertó la Entretanto,
el poeta, instalado en el comedor, frente a sus cuartillas
borrosas, fumaba cigarrillo tras cigarrillo y Vasta
paz reinaba en el espacio y ningún ruido insólito turbaba
ese silencio grave del yermo, a no ser, de Quince
días hacía que Suárez trabajaba en una de sus leyendas,
pero aún no había podido darle una forma Le
faltaban hábitos de observación y de análisis, sin los
cuales es imposible producir nada con sello Soñaba,
pues, el poeta, y eran visiones de gracia y esplendor las
que llenaban sus retinas anegadas en luz de Entonces
la suprema ley era producir y perfeccionarse. Las
costumbres, suavizadas por la incolmable bondad Mañana
y tarde iba a pasearse por el disperso caserío o a vagar a
orillas del manso río, solo y con su Los
indios ya le conocían, y no bien los perros ladraban
anunciando su visita recibíanle con disgusto, pero sin Los
amigos no se cansaban de burlarse de sus empeños, y cada
vez que le sorprendían garabateando —¿Y
marcha eso, poetilla? —le preguntaba P. P. poniéndole
rudamente la mano en los hombros, como para Pero
el otro permanecía indiferente y desdeñoso, y se
contentaba con llenarles de gruesas palabras y Al
entrar a casa esta tarde, después de las acostumbradas
fechorías, encontraron al poeta un poco pálido, —Y...
¿marcha eso? —le volvió a preguntar Pantoja arrojándole
a los pies los despojos de un pollo. —¡Ya
lo creo, burgués! Acabo de dar cima a una de mis mejores
leyendas. —¿Y
cómo es? —Si
quieren, la leo—amenazó Suárez, anheloso de dar a
conocer el prodigioso parto de su ingenio. —¡Esta
noche, querido, después de comer! —dijo Pantoja,
espantado a la idea de la lata y con acento evasivo. —Sí,
sí. Esta noche —exclamaron los otros no menos alarmados
que el anfitrión. —Como
quieran; esta noche —dijo el poeta, un poco sentido. Y
se puso a numerar las páginas dispersas sobre la mesa. Durante
la comida mostróse inquieto y desasosegado. Aunque conocía
el despego de sus amigos por los Comieron,
y como luego de encendidos los cigarrillos se dispusiera Suárez
a leer sus cuartillas, Ocampo le —Espera,
chico, que estemos en cama. Acostados te oiremos mejor. —¡Eso
es, eso es! —aprobaron los amigos, penetrando la oculta
intención del picaruelo. Suárez,
sin percatarse de la treta, ingenuamente, volvió a guardar
sus cuartillas y comenzó a pasearse a lo Metiéronse,
pues, en cama todos. El escritor cogió la palmatoria, y
colocándola en el velador enfundóse entre —Algunos
nombres de mis héroes los he encontrado aquí, en Kohahuyo.
Wata-Wara me ha servido para mi I Wara-Jaiphu
puso el pie en la balsa, temblando de dicha. Collaguaqui
cogió el remo, pintado de vistosos —¡Que
sean ustedes felices! —les gritó gravemente el viejo
Collaguanqui, agitando una ramita de koha
que La
mañana era serena, límpida. Sobre el lago azul y sin
ondulaciones volaban las gaviotas, reflejando en la Cuando
la balsa se hubo apartado de la costa y dejaron de oírse los
ecos de la loca fanfarria, Wara-Jaiphu —Debes
de estar contento, pues se ha realizado lo que con más
vehemencia aspirabas: ver al Inca, hablarle. Nada
en el pueblo lograba distraerte siempre estabas triste,
sombrío. En vano los yatiris habían apartado los A
esta pregunta irguóse Collaguaqui, y sonriendo
inefablemente, cual si volviese a una dulce senda cruzada —Es
alto, grueso, de ojos claros, bello. —Dicen
que es muy joven. —Aún
no ha celebrado veinte veces la fiesta de su padre el Sol. —¿Y
qué viene a hacer a la isla? —Viene
a consagrarse, y como los demás Incas, recorre su Imperio
para conocer las necesidades de sus ¿Y
es verdad que le gustan mucho las mujeres? Dicen que trae
varias consigo, que por donde pasa es su afán Es
deber de los vasallos servir a su señor. —Yo
sé de muchas que han sido desdeñadas en la isla. De
ahí la tristeza de nuestro señor. —¿Triste
porque no encuentra mujeres bonitas? —Por
eso. Piensa que una raza impotente de engendrar hermoso
fruto es raza inhábil para las grandes Wara-Jaiphu
levantó el rostro. Mostrábase seria y una nube de tristeza
velaba el brillo de sus ojos. —Sí,
porque lo estás tú, pero mi alegría no me nace del corazón.
Tengo miedo. —¿Miedo
de qué? —No
sé; me parece que no me amas. Prefieres otras cosas. Cuidóse
de poner paz el mancebo en el alma inquieta de su prometida
y se entretuvo en remar con fiebre, Se
habían alejado bastante de la costa y acercado a la sagrada
isla cuyos contornos se destacaban, limpios, —Parece
que nos hacen señas. ¿Qué querrán decir? —interrogó
Bara-Jaiphu, señalando, temerosa, al grupo —¡Nos
llaman! —dijo Collaguaqui con alegre acento al reconocer
al Inca. Y redobló la agilidad de sus fuertes La
balsa avanzó ligera, haciendo curvar a su paso las totoras
jóvenes que poblaban la orilla. El rostro de la —¿Qué
quieren por acá a estas horas y en estos sitios? —se
levantó una voz airada viniendo desde la orilla. Collaguaqui
dio el último empuje a su balsa, saltó a tierra y llegándose
hasta el Inca se puso de rodillas ante —Vengo
de Copacabana, señor, y te traigo la doncella que te ha de
alegrar el corazón. Huaina-Cápac,
al reconocerlo, lanzó una carcajada. —¡Ah!
Ya me acuerdo. Eres el poeta que has prometido presentarme
la mujer más bella que vieran mis ojos... E
incrédulo, se volvió hacia Wara-Jaiphu, que, aterrada por
las palabras de su novio, permanecía de pie sobre —Es
el único poeta que conozco que haya dicho la verdad. Esta
joven es bella como una chachapoya; debe Y
los cortesanos, siempre aduladores, aguzaron al punto su
ingenie para cantar himnos de alabanza en honor —Sus
cabellos son oscuros come ala de cuervo marino —dijo un
amauta. —Sus
ojos tienen el mirar dulce y triste de los guanacus —añadió
un cacique de la comarca. —Su
tez es blanca como leche recién brotada de las ubres
—agregó un viejo señor. —Sus
senos deben ser enhiesto; como el Sajama que brilla en la
pampas desnudas de las Collas cuan do el —En
verdad esta virgen es bella parece frágil como una flor. ¿Cómo
se llama? —preguntó el Inca, devorando —Wara-Jaiphu. —Ese
nombre es aymará—dijo volviéndose a uno de sus sabios,
perito en lenguas exóticas y del lugar. Collaguaqui
se apresuró a responder: —Sí,
señor; quiere decir brillo de la noche. —Es
un nombre armonioso, y le cuadra. Y
sonriendo complacido, agregó mirando fijamente al mancebo: —Habla,
pide lo que quieras. |