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XII

XII

Hocico al viento iba derecho al ganado.

Ni un rayo de sol en el horizonte. Allá lejos. Limitando el paisaje, una colina chata esfumándose en el gris. Al naciente, lejos también, las albas cimas de la cordillera. En medio, surcando la ancha estepa, las curvas del río en enormes eses; sus aguas enrojecidas y olorosas corren mudas, lentas, como queriendo prolongar sus caricias a la tierra y formando remolinos donde danzan hilos de paja y brisas de totora...

—¡Llaj!... ¡Ñustu!

Cogió la pastora del suelo un terrón endurecido y lo lanzó con su honda por encima de la majada, en dirección del semental, que había torcido la marcha y se iba a un pantano, donde jugueteaban algunas gaviotas. Supaya corrió hacia el grupo, dio dos ladridos y alguna dentellada y regresó al lado de su dueña meneando la cola de placer por haber enderezado la torcida caravana.

Supaya, como un homónimo de la leyenda indígena, demonio, era negro, lanudo, y las lanas que cubrían su lomo afilado tenían reflejos de cobre envejecido. Malhumorado, hosco, huraño, difícilmente entraba en relaciones con nadie. Casto como sus dueños, raras veces corría en pos de galantes aventuras, acaso porque era feo hasta no pedir más y se sabía así. Si en ocasiones, y venciendo su harañez, se mezclaba con los otros perros que vagabundeaban por el yermo, era para buscar pendencia y promover peleas, de las que no siempre salía airoso, porque la falta de alimento y el trabajo sin reposo lo traían flacucho y espigado.

Grave, filosófico, seguía ahora al rebaño con la cabeza gacha y muy abismado en hondas cavilaciones. Sólo la voz de su ama tenía el privilegio de alegrarle. Cuando le daba alguna orden, en sus ojitos perspicaces y tiernos lucía intensa llama de alegría y devota sumisión.

Listo en sacar a lucir el colmillo para quien no hubiese requerido su amistad, sólo corría a la vista de los pantalones. Los pantalones le causaban invencible miedo, acaso porque sabía que con ellos van las escopetas que truenan con hórridos estampidos los grandes espacios. No bien divisaba a lo lejos la silueta de los patrones, estaba buscando refugio al lado de su dueña, y así, muy prudente, mostraba instintos absolutamente reacios al progreso y refinamiento que diz que los blancos aportan dondequiera que sientan sus conquistadoras plantas.

De buena hora estuvieron la zagala y su rebaño en el cerro donde acostumbraba pastorear. Iba radiante la moza, porque ya estaban en pie los muros de la nueva vivienda que su marido iba alzando en las faldas del cerco, en una faja de tierra lindante con el río, plana y rica.

La mañana oscura y ventosa anunciaba la nevada del Carmen, que los agricultores esperaban con alborozo.

De los lejanos confines del horizonte emergían enormes nubarrones negros, que se copiaban en las temblorosas aguas del algo, dándoles una capacidad de metal pulido, y manchaban el azul profundo de los cielos, que al entenebrecerse imprimían sello de cruel gravedad al enorme paisaje.

Todo parecía diluirse bajo las sombras y adquirir color terroso: el lago, los cerros, los montes, el río, las casas.

Los mismos eneales de la orilla aparecían negros, borrosos.

Sobre el peñascal, cordón de rocas en la cima del cerro y fuertemente asida a la saliente de un pedrusco, Wata-Wara miraba, distraída, el menudo oleaje del algo, que parecía hervir. Sus ovejas triscaban por los riscos rumiando la paja tierna brotada en las junturas y hiendas de las rocas, y Supaya, el perrillo, husmeaba el viento, caviloso y huraño.

Los cuervos marinos revoloteaban en nutridas bandadas por las orillas y las gaviotas se dejaban mecer sobre el oleaje, lanzando estridentes chillidos.

Miraba la pastora el retoro de los pescadores a la playa. Venían de lejos, por grupos de cuatro o cinco, y las velas de totora de sus balsas parecían otras tantas gaviotas reposando en la inquieta superficie de las aguas, que florecían en espuma e iban a morir bravamente entre los totorales.

De pronto Supaya husmeó el viento y se puso a gruñir rabioso, mirando el camino. Wata-Wara volvió el rostro y vio que trepaban por la pendiente el patrón y sus amigos.

Sin saber por qué sintió miedo. Y quiso escapar, abandonando su ganado, ponerse a distancia de los amos; pero para realizar su propósito veíase obligada a coger la senda que ellos traían, porque al otro lado del cerro caía a pico sobre el lago.

Fingió no verlos y disimulándose entre la grieta de una roca, púsose de espaldas a la senda que serpeaba a sus pies por entre los desnudos peñascales.

Resonó ceraca la detonación de un tiro. Supaya corrió a buscar refugio junto a sus dueña y huyeron en bandadas las tórtolas que habían buscado abrigo del viento entre las grietas de los peñascos. Una perdiz cayó muerta entre las peñas del camino, manchando con su sangre las piedras.

—¡Por aquí , por aquí ha caído!

Venían corriendo los jóvenes, con los ojos pegados a los huecos de los peñas, hurgando con los caños de los fusiles los hirsutos y ásperos pajonales, y a medida que ellos avanzaban, la pastora iba recatándose más en el suelo, cual si quisiera perderse en él.

—¿Qué miras?

Le habló el patrón y fingió no oírle.

—¡Oye, mujer! ¿Viste caer por aquí una perdiz? —volvió a preguntar Pantoja encaramándose a una peña.

Wata.Wara señaló el ave muerta.

Pantoja saltó sobre el terraplén, recogió la presa y examinándola dijo a sus amigos:

—¡Qué tiro, che! ¡En la cabeza!

—Te equivocas —se burló Suárez—; debajo de la cola.

—Eso sólo tú, maula.

Y volviendo a mirar el ave que tenía entre manos, añadió con íntimo gozo:

—¡Qué presa! Por lo menos cambiaremos de carne.

—La mejor presa es aquella —dijo Valle señalando a la joven.

Pantoja volvió los ojos hacia la zagala, y al reconocerla asintió alegremente:

—¡Caramba! Es Wata-Wara. ¿Qué hacemos?

—Nos la llevamos.

—No, hombres; déjala —protestó Suárez.

—A la cueva.

—¿Y querrá seguirnos? Dicen que éstos no asoman nunca por ella; le tienen miedo.

—Déjense de tonterías y vámonos —insistió Suárez.

—¿Tonterías una mujer así? Eres loco. Si quieres, tú te vas —repuso Ocampo.

Wata-Wara escuchaba sin comprender, pero con el resentimiento de que hablaba de ella y aumentaba su miedo y se sentía llena de incertidumbre, cual si temiese la aproximación de una desgracia.

Pantoja se volvió hacia la joven, que miraba atentamente el lago, aunque sin perder ningún movimiento de los blancos.

—¿Qué miras?

Nada, patrón.

—¿Y dónde está tu marido?

La india señaló el lago:

—Allí dentro, pescando.

—¡Caramba! Yo no me atrevería a entrar al lago con este tiempo. ¡Qué nubes tan negras —dijo Serrano señalando el cerrado horizonte.

—¡Y cómo está el laguito! Las aguas son de tinta. Nunca lo hemos visto así —repuso Valle trepando hasta la cresta de la roca donde se encontraba Wata-Wara.

Y añadió, volviendo a sus amigos:

—Vengan a ver esto; da miedo.

Ganaron los jóvenes la altura y echaron una mirada al vasto y doliente panorama.

Las nubes habían cubierto todo el cielo, y se proyectaban, plúmbeas, en el lago, cuyas aguas se alzaban en olas menudas coronadas de espuma blanca. Todo yacía sumido en una claridad borrosa; diríase tendido sobre el cielo un inmenso paño negro que dejase pasar la luz a través de su tejido.

—Nunca se pone así el cielo en este tiempo; ¿por qué será? —preguntó Pantoja a la india.

—Es el kenaya, tata.

—¿Y qué es el kenaya?

—Son esas nubes negras y anuncian desgracias.

—¿Y tienes miedo?

—Sí.

—¿De qué?

La india se encogió de hombros:

—A veces se tiene miedo sin saber por qué.

—¡Pobrecita! ¡Déjenla! —insistió Suárez impresionado por el aspecto del paisaje y por las palabras de zagala.

—Eres tímido como una perdiz. ¿Crees que le importa nada el divertirse con nosotros? —insistió Pantoja mirando fijamente a Wata-Wara y descubriendo nuevos encantos en su rostro broncíneo y dulce.

—Oye —le dijo—, dicen que por acá hay una cueva. Condúcenos.

La india señaló con el dedo la senda y repuso:

—Ese camino lleva derecho a ella. Si yo voy, mis ovejas se dispersarían.

Pantoja fingió indignarse.

¿Es que se le desobedecía? ¡Cuidado! Él era patrón y tenía derecho a mandar y ser obedecido sin réplica...

¿O creía ella que iba a burlarse de él? ¡No faltaba más!

Wata-Wara, sin replicar, arrolló la honda a su cintura, púsose las ojotas, recogió su rueca, pero antes de bajar de su atalaya levantó los brazos e hizo una señal a los balseros, que estaban ya por llegar a las lindes de las totoras.

Pesadas gotas de lluvia comenzaron a aplastarse en ese suelo reseco y polvoroso, levantando tenues nubecillas. Las ovejas corrieron contra el peñascal, y Supaya, gruñendo sordamente en torno de los jóvenes, erizaba las lanas de su lomo, enfurecido.

—Yo me quedo a ver eso —dijo Suárez a sus amigos, que se alejaban llevándose a la moza.

Wata-Wara iba delante con paso tardo, quizá por la pesadez de su vientre fecundado o por dar tiempo a que ganasen el cerro los pescadores.

—¡Ojalá te sea propicia la soledad! —le contestó socarronamente Pantoja.

Suárez, con un gesto de cansancio y repugnancia, se sentó en el sitio ocupado antes por la zagala y desde donde se descubría el vasto horizonte del lago y de la cordillera; mas sus amigos, casi súbitamente animados del furor de la especie, a la vista de la hembra espléndidamente ataviada de las solas galas naturales, iban decididos a conseguirla por la fuerza si de agrado no alcanzaban su deseo.

—¿Cómo se llama esta cueva? —preguntó Ocampo señalando el oscuro agujero de la entrada cuando hubieron llegado a su vecindad.

—¡Es la morada del diablo! —dijo Wata-Wara con miedo.

Y añadió, con la esperanza de atemorizar a los amos:

—De noche salen gritos del interior y se ven brillar los ojos del demonio.

—Y tú, ¿viniste alguna vez?

—Una sola, cuando era niña; pero nunca vengo de noche por aquí.

De pronto lanzó un grito, y señalando el agujero, dijo con no fingida angustia:

—¡Miren! ¡Allí está!...

—¿Qué?

—¡El diablo!...

Y temblaba de veras, despavorida, como con fiebre.

Los jóvenes se aproximaron más a la entrada, y efectivamente, en lo hondo, vieron brillar dos punto redondos con opaca luz.

—¿Saben que es verdad? —dijo Aguirre retrocediendo instintivamente un paso.

—¡Tonto! Alguna lechuza. Ya verán —replicó Pantoja.

Se echó la escopeta a la cara, apuntó e hizo fuego.

Al ruido de la fragorosa detonación escaparon los leke-lekes lanzando agudos chillidos y una bandada de aves salió huyendo de la cueva y rozó con sus alas la cabeza de los jóvenes. Se disipó el humo y habían desaparecido los dos puntos luminosos.

—¿Lo ven? Era una lechuza. Y para que se convenzan... Entró Pantoja ala cueva, encendió un fósforo y se le vio alejarse hacía el fondo oscuro. A los pocos momentos volvió a aparecer trayendo arrastrado por las alas grises el cuerpo aún tibio del ave nocturna y funeral.

—¡Ahí está el diablo!

Y arrojó a los pies de la india el despojo del búho. Wata-Wara ahogó un grito y se tapó la cara con las manos, temblando de pavor.

Hiciéronse más tupidas la gotas de lluvia. El viento silbaba entre los pajonales y aullaba lastimeramente en las hiendas de las rocas. Por las llanuras vagaban enormes torbellinos de polvo y un ruido vago que parecía descender del cielo llenaba el horizonte.

—Entremos; la lluvia nos coge —propuso Ocampo.

Wata-Wara, sin decir nada, con aire indolente, alejóse del grupo, en dirección a su majada.

—Y tú, ¿por qué no entras? —le preguntó Pantoja.

—No, tata; tengo miedo.

—¡Qué tonta! ¿Acaso no ves ahí al diablo? —y señaló al búho muerto.

—Es que se ha convertido en eso. El diablo no muere a bala...

—Te has de mojar. Te irás cuando pase la lluvia.

—¡Me voy! —repuso con voz baja y firme.

—¡Por la fuerza, queridos! —dijo Pantoja.

Y tomándola por la mano, quiso arrastrarla. Wata-Wara se dejó caer en el suelo, temblando de congoja.

Supaya, las orejas altas, centelleantes los ojos, lanzóse hacia el agresor e hizo presa en su vestido.

—¡Quita, maldito!

Y Ocampo, con la culata de su escopeta, descargó un fuerte golpe en el endeble cuerpecillo de la bestia y se oyó el ¡crac! de algo que se quiebra. Supaya soltó la presa, y con agudo quejido, huyó arrastrando la pata.

¡A su perro! Wata-Wara de un salto púsose en pie y probó desasirse para huir; pero Pantoja la tenía cogida con la fijeza de un dogo de lucha. La india prorrumpió en estridente alarido, mas al punto cayó sobre su boca la pesada y gruesa mano de Ocampo.

Probaron alzarla en vilo; pero ella, ágil y robusta, defendióse con las uñas, los dientes y los pies. Ya patadas, a mordiscos, a zarpazos, que herían como garra de rapaz, hirió a uno; perro los otros, excitados como bestias, innoblemente, la arrastraron al antro...

A poco salieron corriendo de la cueva. Pantoja y Ocampo traían sangre en las manos y en las ropas. Aguirre estaba lívido; Valle se tambaleaba, próximo al desmayo.

—¿No ven?... Ahora se muere...

—¡Qué hacemos? —preguntó con angustia Aguirre.

—Hay que llamar a alguien... ¡Quién le dio ese golpe?

—No sé —repuso Pantoja.

—Oí como si se hubiese roto un hueso.

—¡Allí viene alejo! —dijo Valle.

—Y viene corriendo.

—¿Le decimos algo?

—¿Para qué? No nos dejaría vivir en paz —opinó Pantoja, sombrío.

Fueron a su encuentro. Valle púsose a silbar desaforadamente en tanto que borraba la sangre de sus ropas; Ocampo reía con nerviosa carcajadas; Pantoja limpiaba la culata de su fusil cuidadosamente, cual si tuviese empeño en borrar una huella delatora; Aguirre iba serio y triste.

—¡Salieron al fin con su gusto! —les reprochó Suárez al descubrir el estado en que venían.

Los otros permanecieron mudos y parecían temerosos y cohibidos.

—Y ella, ¿dónde está? —preguntó Suárez, comenzando a sentir algo como la sombra de miedo ante el silencio y la actitud de sus amigos.

—Se quedó allá —repuso Pantoja evasivamente. Y agregó—: Vámonos a casa; es la hora del almuerzo.

Hízoseles largo el camino y la mesa no fue animada con la presencia de Clorinda, que en otras circunstancias fuera recibida con alborozo por los señores, porque la garrida moza llevaba parida la abundante y negrísima cabellera y recogida hacia la espalda en dos gruesas trenzas. Vestía un ajustado corpiño rojo, que modelaba con bastante precisión las turgencias de su seno hasta señalar los botones en que remataban.

—El vicio es triste —les dijo Suárez con ironía.

Pero sus palabras quedaron sin respuestas.

—¿Quieren ir a cazar? —preguntó Ocampo haciendo una señal de inteligencia a sus cómplices.

—Yo voy a dormir —dijo Pantoja, malhumorado.

—Yo, a trabajar —se excusó Suárez.

Salieron los otros, armados de sus fusiles, y ya fuera, les dijo Aguirre:

—Creo que hemos hecho una barbaridad y no he de estar tranquilo hasta no ver a Wata-Wara.

—Yo no vuelvo al cerro.

—Ni yo.

—Vamos a su casa; la conozco —propuso Aguirre.

—¿Para qué ?

—Para verla. Si no ha vuelto, lo mandamos a su marido.

—¿Y qué le decimos?

—Que la encontramos descompuesta y que para cuidarla la llevamos a la cueva.

—¡Qué barbaridad! Pantoja le dio el golpe.

—Seguro. Le vi borrar la sangre de su escopeta.

—Yo no pensé que abortase.

—¡Quién iba a creer! Seguramente, con los esfuerzos...

—Eso fue. Y sobre todo, el golpe.

—No debíamos haberla dejado. Si se muere, estamos lucidos...

—¡No lo digas!

Y callaron, miedosos, acobardados, sintiendo cada uno terrible remordimiento por haber cedido a sus impulsos, aunque dispuestos a zafarse del conflicto echando todo el peso de su culpa sobre el anfitrión si se veían envueltos en alguna demanda criminal.

—Creo que seria preferible ir al cerro, para verla —insistió Aguirre.

—Ya es tarde para cualquier cosa —alegó Valle con desaliento.

—Mejor es ir a su casa. Allí hemos de saber todo.

Se pusieron en marcha. El sol había roto las nubes y alumbraba por trechos el paisaje. Seguía soplando el viento.

Encontraron a Agiali en medio del corral de su casa en construcción, los ojos clavados en la senda que conducía al cerro. Esperaba hacía rato a su mujer y hallábase impaciente por su tardanza.

—Oye —le dijo Ocampo—, algo le ha dado a tu mujer en el cerro. Subimos a cazar vizcachas y la encontramos enferma; la metimos a la cueva para que no se empeore con la lluvia. Anda a verla y ven a decirnos lo que tiene.

Agiali frunció el ceno y clavó los ojos, terribles y centelleantes, en Ocampo. Y luego, sin proferir palabra, lanzóse a carrera tendida por la falda del cerro, camino de la cumbre.

—¡Estamos lucidos! ¡La india se ha desangrado! —exclamó Valle en el colmo de la angustia.

Los otros sintieron correr por sus venas un calofrío de espanto. Y quedaron mudos, lívidos, mirándose alternativamente en los ojos o volviéndolos hacia el camino por donde seguía corriendo Agiali sin detenerse a las voces de algunos vecinos que le llamaban desde sus casas.

Siempre corriendo, cubierto de sudor y de polvo, con el pecho a estallar por el soroche, llegó a la entrada de la cueva. Sin vacilar un instante metióse en ella de golpe, atraído por los aullidos de su perro, que resonaban lastimeramente en el fondo y que en cualquier otra circunstancia le habrían hecho agonizar de terror.

De pronto, y entrando de la luz de mediodía a las sombras espesas de la cueva, no pudo distinguir casi nada; pero como diestro cazador de suches en noche sin estrellas a poco alcanzó a ver el cuerpo de su esposa caído en el suelo, rígido. Dio un salto, estuvo junto a él, y alzándolo en vilo, salió corriendo a la luz, porque en sus brazos sintió la pesada rigidez de la carne sin vida. Al levantarse tropezó con una cosa húmeda y blanda...

Depositó el cuerpo a la entrada de la cueva, a pleno sol.

Pálida estaba la moza, con palidez de cera vieja. Gotas de sudor habían perlado su frente cerca los tímpanos, y al secarse ensortijaron el cabello, adhiriéndolo a la piel transparente. Por detrás de la oreja un hilillo de sangre se perdía entre los vestidos de la espalda.

—¡Wata-Wara! —llamó el mozo, temblando de congoja y cogiendo el brazo duro y rígido.

La india yacía inmóvil, con las piernas manchadas de sangre coagulada. Y la mano, fría como piedra, estaba dura sobré el pecho sin latidos...

Sintió miedo. Miedo de la mudez de la amada y de las cosas, de la soledad imperturbable del espacio.

—¡Wata-Wara! —volvió a gemir, presintiendo la desgracia.

Respondióle un chillido agudo y penetrante de lo alto del cielo. Alzó la cabeza, y vio que un aIkamari, negro pajarraco de lamentable sino, revoloteaba pesadamente cerca de él, con los ojos fijos en el rígido cuerpo de su compañera.

Y de repente, preso de pánico, echó a correr cuesta adentro, en carrera vertiginosa, sin volver la cabeza atrás, enloquecido de terror por el ruido que las piedras, desquiciadas a su paso fugitivo, producían al rodar por la áspera pendiente del cerro.

Ya en el llano, sin detenerse a cobra aliento y siempre a carrera, se dirigió a casa del viejo Choquehuanka, su maestro y el protector de su amada. Se presentó de hecho en el patio, sudoroso, con la mirada perdida, sin poncho, los largos cabellos al viento, enloquecidos de espanto los ojos.

Acababa de merendar Choquehuanka y no hacía mucho que se había sentado en el suelo para componer una red envejecida. Su perrillo lanudo dormitaba tendido a sus pies; algunas gallinas picoteaban entre la hierba seca del patio y el gallo miraba fijamente el cielo, erguido, sobre una hacina de bosta seca.

Al verle entrar con tanta precipitación levantó los ojos de su quehacer y los fijo en el mozo, y al descubrir el aspecto desolado y la traza desordenada y deshecha de Agiali, le preguntó lleno de ansiedad:

—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?

—¡La han matado! —sollozó Agiali con fuerza.

—¿Qué hablas? ¿A quién?

—La han asesinado! —volvió a gemir el mozo.

El viejo dilató los ojos y preguntó con miedo:

—Pero ¿a quién? ¿Quiénes?

—¡La han asesinado a Wata-Wara los patrones!

—¡Ah!...

Y el anciano quedó, yerto, con la boca abierta y os ojos agrandados por el terror. Le parecía haber oído mal.

¿Asesinada Wata-Wara, su hija?... No; seguramente ese infeliz estaba con la cabeza perdida. ¿Qué habría podido hacer tremendo la zagala, ser inofensivo y puro, a los patrones? ¿Acaso los conocía siquiera?

Seguramente...

—Mira, Agiali; a mí no se me miente y yo conozco la verdad... Dices que tu mujer ha sido asesinada por los patrones. Seguramente la pobre ha dejado morir alguna de sus bestias, y tú, en un momento de cólera... ¿verdad?

Agiali se irguió.

—Te digo, viejo chocho, que ellos la han matado... ¿No me crees?

Choquehuanka se puso lívido:

—Sí, te creo. Si no fuera verdad, tú no me hablarías así... ¿Y cómo, por qué la mataron?... —preguntó trémulo.

—¿Acaso yo sé nada? Estaba en mi casa esperándola desde mediodía, y vinieron ellos, los perros, y me dijo uno: "Oye, a tu mujer le ha dado algo y la metimos a la cueva". Corrí allá y la encontré muerta. Y no sé más.

—¿Pero tienes seguridad de que estaba muerta? —insistió Choquehuanka con incertidumbre.

—Sí; los alkamaris revoloteban alrededor de su cuerpo...

Un temblor de espanto sacudió el cuerpo de Choquehuanka. ¡Los alkamaris! ¿Qué más prueba que ésa? Eran aves de mal agüero y aparecían sólo en derredor de la carroña.

—¿Y está pálida ella?

—Blanca, blanca como los huevos de pana.

Choquehuanka inclinó la cabeza; en sus ojos cansados y graves brillaron las lágrimas. Se irguió a poco, y elevando los brazos al cielo murmuró sombríamente:

—¡Señor! ¿Se hace todo esto por tu voluntad?

Luego se dirigió al joven:

—¿Y siempre crees que el patrón y sus amigos...?

—¿Por qué dudas? ¡Como si lo viera! Hasta me pareció descubrir sangre en sus manos.

—Entonces... ¡Deben morir!

Una llamarada de alegría pasó por los ojos de Agiali.

—¡Deben morir! —repitió exaltadamente.

Y luego, cual si recién se diera cuanta de su desgracia, ocultó la cabeza entre los brazos levantados y lloró.

—Quisieras vengarte, ¿verdad?

—¡Quisiera!... ¡Quisiera morderles el corazón! —repuso con vehemencia, alzando el rostro, mojado de sudor y lágrimas.

—¿Y contaste a alguien la muerte de tu mujer?

—Del cerro vine a tu casa. A nadie he visto.

—Mejor. Ahora anda a la casa de hacienda.

Agiali miró al anciano con estupor.

—¿Para qué?

—Para que te vean y no sospechen nada...

—¿Y crees que podría verlos tranquilos, sin que me den ganas de partirles con mis uñas el corazón?

—Lo harás a su tiempo y sin peligro. Muéstrate fuerte como eres.

—Entonces iré darles la noticia que me pidieron.

—¿Qué noticia?

—Al mentirme que hallaron enferma a mi mujer me ordenaron que fuese a verla y avisarle cómo la encontré en la cueva.

—Mejor. Si te preguntan algo respóndeles que Wata-Wara está en su casa y sin cuidao... vete, hijo; pero antes pasa por donde Apaña y Tokorcunki y diles que les necesito y vengan al punto... tú puedes quedar allí hasta cuando ellos lo quieran; pero antes de media noche anda al cerro de Cusipata. Allí estaremos todos. Lleva tu arma.

Salió Agiali. Entonces el anciano se dejó caer, vencido, junto al poyo de la puerta. Inclinó la cabeza y quedó inmóvil largo rato.

Una voz calmada, grave, lo arrancó de sus meditaciones: —¡Buenas tardes nos dé Dios, venerable achachila!

Choquehuanka levantó la cabeza lentamente. Tokorcunki estaba delante, de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, y le contemplaba con profundo respeto.

—Buenas tardes. Tokor.

Apoyó la mano en el báculo y se puso en pie.

—Me ha dicho Agiali que deseabas verme. Al hablarme lloraba el mozo. ¿Le ha pasado algo?

—Al hombre siempre le pasa algo, Tokorcunki.

Apareció Apaña. Había cruzado su látigo de mando sobre la espalda y venía caviloso y con el ceño fruncido, pues traía la sospecha de alguna fechoría de los amos con la mujer de Agiali, porque los pescadores le habían referido algo de los que pudieron ver de la lucha entre la pastora y sus agresores.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó sin vacilar al ver la consternación de los dos viejos.

—Ahora hemos de verlo. Vengan, vamos al cerro de Cusipata; pero antes dejen que tome algo.

Entró a su habitación y a poco volvió a aparecer. Se había cubierto de un poncho negro y llevaba en las manos, pendiente de una cuerda, su bocina de cuerno negro rayado de blanco, con embocadura de plata, y cuyo son, de todos conocido, sólo se dejaba oír en las más graves circunstancias.

La tarde estaba ya por caer. Había cesado el viento y las nubes se desgarraban, mostrando enormes jirones de cielo profundamente azul.

—¿Qué nuevas iniquidades ha cometido el mestizo? —preguntó Choquehuanka tras largo silencio.

—Todos los días hace algo. Se ha cansado de matar patos y ahora ha emprendido con las gallinas y los perros, y muchos han tenido que llevar sus bestias a las haciendas vecinas o encerrarlas en las habitaciones.

—¿Y siempre se muestra duro con la gente?

—Ayer le rompió la cabeza por dos partes a Leque, pegó a Cheka y le hizo voltear con su caballo a Condori, que iba a la feria de Chililaya.

—¿Y qué dicen?

—Yo no pueden más y no comprenden todavía por qué te opones tú a que le demos un escarmiento.

—Es que ese hombre, mientras viva, no ha de escarmentar, y cualquier cosa que le hagamos sólo ha de servir pa