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XIV

XIV

No bien se hubo apagado en las sombras de zaguán el resplandor rojo del farol volvieron los indios sobre sus pasos y cada uno corrió a su casa para tomar las armas con que los de su casta combatieron hace siglos a los conquistadores.

Agiali se dirigió, como estaba, al cerro. Iba a largos pasos, la cabeza sobre el pecho, sombrío, y cada momento encontraba grupos de indios que se deslizaban silenciosamente entre las sombras. Se oía en toda dirección el alarmado chillar de los leke-lekes en la llanura, y era constante el ladrido de los perros que guardaban las casas construidas en los flancos del cerro. Al pasar por los grupos, sorprendía diálogos cortos:

—Por fin, Choquehuanka se ha decidido a llamarnos. Le habrá hecho algo el patrón.

—Parece que lo ha despedido de la hacienda...

Otros estaban mejor informados:

—Dicen que hoy han asesinado a una mujer...

—...Yo me iré a los ayllos del Perú.

—...Primero hay que emparedar las puertas por afuera. El padre se escapó porque no lo hicimos...pero Agiali apenas oía. Abrumado de dolor, sediento de venganza, únicamente anhelaba hallarse junto a su muerta y correr después, aunque fuera solo, a cobrar de los patrones su deuda de sangre. Y corría más que andaba, sin oír los saludos e insultos que le endilgaban las gentes a quienes atropellaba con riesgo de hacerlas rodar por las pendiente de la cuesta.

Así llegó a la ondulante cumbre donde la caverna abría frente al lago su boquerón lóbrego y cuya bóveda formaba la angosta meseta de la cima.

Una hoguera alimentada con tola verde, yareta y paja ardía en esa cumbre, poniendo tinte rojo a la faz rígida del cadáver, tendido al borde del acantilado. Cerca, formando grupos, yacían, graves y silenciosos, unos centenares de indios de tez bronceada y huraños ojos. Los más estaban armados de macanas, cuyas toscas porras descansaban en el suelo; otros llevaban sus pértigas rematadas en cuchillos, que brillaban con rojos destellos a la luz de la hoguera, y unos cuantos lucían en hombros viejos fusiles comprados a los desertores del ejército o vetustas escopetas enmohecidas y de cargar por la boca.

Cerca del cadáver, sentado en una piedra, velaba Choquehuanka. Yacía inmóvil, con la cabeza agobiada, y sus canas relucían al resplandor crudo de la hoguera cual un campo teñido de rojo. Llevaba colgantes los brazos, yertos y sarmentosos, y su actitud de honda melancolía revelaba invencible cansancio.

Cesaron de ladrar los perros y ya no se oían los chillidos de los leke-lekes; el silencio y las sombras ahogaban la llanura.

Un gallo saludó la medianoche; otros le respondieron de diversos puntos.

Entonces adelantóse un viejo venerable hasta el margen del acantilado y dijo a choquehuanka:

—Anciano, es la medianoche, y debes hablar. Hemos visto tu hoguera y oído tu bocina y hemos venido de las islas y otros lejanos lugares para obedecerte.

Choquehuanka se puso de pie, ganó la meseta y saludó:

—Buenas noches nos dé dios, tatitos.

—¡Buenas noches!...

Y se hizo silencio profundo, casi religioso.

Entonces, Choquehuanka, señalando los despojos de la zagala, pronunció lentamente:

—¡Los patrones la han asesinado!...

Sabíanlo, pero las palabras del viejo, graves y sonoras, produjeron enorme impresión de angustia y cólera. Y elevóse un sordo murmullo de voces airadas, aunque contenidas por el espectáculo de la muerte.

—¡Cobardes!... ¡Asesinos!... ¡Hay que matarlos!

Y la frase de exterminio fue pronunciada de un extremo a otro de la asamblea con rencor e implacable energía.

—"Hay que matarlos", dicen, y matar es el pecado más grande, porque la vida es un don misterioso del cielo, que los hombres no pueden destruir...

—¡Hay que matarlos, hay que matarlos!

Y las voces sordas trocáronse ahora en alaridos rabiosos, porque muchos creyeron que esta vez también el anciano habría de darles consejos de sumisión y de paciencia.

—¿Quieren matar? —preguntó, paseando los ojos serenos en torno.

—¡Sí, sí! —contestaron varias voces frenéticas, entre las que se afirmaba con odio la de Agiali.

—Si quieren matar, y hay entre todos alguien que no hubiese sufrido agravios de los blancos, que se vaya, porque pueden sucederle desgracias por derramar sin motivo sangre de hombres...

—¡Todos hemos sido ofendidos! —gritaron muchos, agitando sus armas.

—¡Todos, todos! —repitieron los demás, imitando la actitud de sus compañeros— ¡Hay que matarlos!...

Choquehuanka hizo señas con la mano para que callaran, y hecho el silencio, prosiguió:

-Está bien; hay que matarlos. Pero ¿son tantos nuestros duelos que tengamos necesidad de matar?

Recuerden que una sola gota de sangre blanca la pagamos con torrentes de la nuestra.

Ellos tienen armas, soldados, policías, jueces y nosotros no tenemos nada ni a nadie...

Los indios inclinaron la cabeza, mudos y sombríos; un silencio terrible sucedió al tumulto. Choquehuanka sonrió con amargura.

—¿Lo ven? Ahora nos coge el miedo, nos sentimos cobardes... ¡Siempre esclavos!...

—¡No! iHay que matarlos! —aulló Agiali con desesperación.

—¿Y quién ha de matar? ¡Mira cómo todos tiemblan!

—¡Tenemos hijos, anciano! —gimió un hombre alto, robusto y de rostro enérgico.

Choquehuanka irguió la cabeza con altivez:

—Yo también los he tenido, Cheka. He tenido dos, y el mayor..., ¡acuérdate, pues que fue casi tu hermano!...; el mayor murió combatiendo por la hacienda en el lago y el otro fue asesinado por los soldados del patrón aquella vez que no pudimos hacerle pagar sus crímenes...

—¡Yo lo mato! —volvió a aullar Agiali, con el rostro descompuesto por el odio.

—¡Hay que matarlo, hay que matarlo! —rugieron algunas voces roncas, a la par que se oía el ruido de las macanas furiosamente golpeadas contra el suelo.

—Que hablen todos los que tengan quejas contra el patrón.

—Mi hijo está enfermo en cama de una paliza —dijo Tokorcunki gravemente.

—A mí me rompió la cabeza...

—A mí me arrebató mis bestias...

—A mí...

Las quejas brotaban de todos los labios, amargas, rencorosas. Y larga fue la mención de los agravios y ofensas inferidas a la raza por los blancos. El que menos, denunció una bellaquería. Y las dolencias, dichas en tono de amargó reproche, eran como un alcohol terrible que iba ahogando la conciencia en el deseo de cobrar inmediata venganza y de ir al suicidio y a la muerte, sin miedo ni recelos, para purificar con sangre tantos padecimientos injustos. Cada nueva voz que se elevaba para formular su queja, aunque denunciase sólo una pequeñez, era como un madero arrimado a una pira. Y el fuego surgía potente, amenazando extirpar todo sentimiento de prudencia en las almas.

Cuando hubo cesado la última voz con la queja postrera, habló Choquehuanka:

—De poco a esta parte mis ojos se han cansado de ver tanta crueldad y tan grande injusticia, y a cada paso que doy en esta tierra me parece sentirla empapada con la sangre de nuestros iguales. Yo no me maravillo del rigor de los blancos. Tienen la fuerza y abusan, porque parece que es condición natural del hombre servirse de su poder más allá de sus necesidades. Lo que me lastima es saber que no tenemos a nadie para dolerse de nuestra miseria y que para buscar un poco de justicia tengamos que ser nuestros mismos jueces...

"Somos para ellos menos que bestias. El más humilde de los mestizos, o el más canalla, se cree infinitamente superior a los mejores de nuestra casta. Todo nos quitan ellos, hasta nuestras mujeres, y nosotros apenas nos vengamos haciéndoles pequeños males o dañando sus cosechas, como una débil reparación de lo mucho que nos hacen penar. Y así, maltratados y sentidos, nos hacemos viejos y nos morimos llevando una herida viva en el corazón. ¿Cuándo ha de acabar esta desgracia? ¿Cómo hemos de librarnos de nuestros verdugos?

"Alguna vez, en mis soledades, he pensado que siendo, como somos, los más, y estando metidos de esclavos en su vida, bien podríamos ponernos de acuerdo y en un gran día y a una señal convenida, a una hora dada de la noche, prender fuego a sus casas en las ciudades, en los pueblos y en las haciendas, caerles en su aturdimiento y exterminarlos; pero luego he visto que siempre quedarían soldados, armas y jueces para perseguirnos con rigor, implacablemente; porque alegarían que se defienden y que es lucha de razas la que justifica sus medidas de sangre y de odio.

"También he pensado que seria bueno aprender a leer, porque leyendo acaso llegaríamos a descubrir el secreto de su fuerza; pero algún veneno horrible han de tener las letras, porque cuantos las conocen de nuestra casta se tornan otros, niegan hasta de su origen y llegan a servirse de su saber para explotarnos también..."

Calló el viejo apóstol. La asamblea permanecía en silencio, como pesando una a una las terribles palabras del hombre justo o viendo a lo lejos el claror de algún destello de esperanza en medio de las tinieblas impenetrables que envolvían la raza.

—Entretanto —prosiguió choquehuanka— nada debemos esperar de las gentes que hoy nos dominan, y es bueno que a raíz de cualquiera de sus crímenes nos levantemos para castigarlos y con represalias conseguir dos fines, que pueden servirnos mañana, aunque sea costa de los más grandes sacrificios: hacerles ver que no somos todavía bestias, y después abrir entre ellos y nosotros profundos abismos de sangre y muerte, de manera que el odio viva latente en nuestra raza, hasta que sea fuerte y se imponga o sucumba a lo males, como la hierba que de los campos se extirpa, porque no sirve para nada.

Volvió a callar el mentor con un sollozo y ahora sus palabras de hondo desconsuelo fueron acogidas por la asamblea con un rumor bronco de pena, que se parecía al miedo.

—¿Quieres, entonces, que matemos? —tornó a preguntar con voz llena el viejo que antes le había invitado a hablar.

Choquehuanka le miró lentamente en los ojos:

—Yo no quiero nada, Cheka. Pronto he de morir y he querido hablar antes de dejarles en esta tierra de miseria y de dolor. He dicho ya lo que tenía que decir y ahora a ustedes les corresponde obrar. Únicamente repito: si quieren que mañana vivan libres sus hijos, no cierren nunca los ojos a la injusticia y repriman con inexorable castigos la maldad y los abusos; si anhelan la esclavitud, acuérdense entonces, en el momento de la prueba, que tienen bienes y son padres de familia... Ahora, elijan ustedes...

Nunca discursos de violencia y de odio produjeron en una reunión de hombres tan grande arrebato de cólera como las palabras medidas, pero de honda intención, del viejo Choquehuanka.

Surgió de todos los pechos un rugido de furia agresiva y malintencionada. Y entre verdaderos aullidos: de incitación y de amenaza para los apocados, corrió la muchedumbre cerro adentro, camino de la casa patronal, sin que nadie se atreviese a formular ningún reparo, sedienta repentinamente de un deseo de venganza y de muerte, en el que no entraba el recuerdo de la zagala, cuyo cadáver, olvidado de todos —hasta de su marido, que marchaba a la cabeza de la horda, ciego y fatal—, quedó abandonado en la altura, donde la solitaria silueta de Choquehuanka se irguió sobre los rojizos resplandores de la hoguera que se consumía por falta de combustible.

Bajó a la plataforma, y poniéndose en cuclillas junto al cadáver, pasó sus arrugados y temblorosos dedos de largas uñas por la frente de Wata-Wara y se puso a arreglarle los rizos que la brisa de la noche había dispersado sobre la trágica palidez del rostro. Sus ojos pequeños y grises temblaban en continuos pestañeos para desprenderse de dos solas y enormes lágrimas pegadas a sus pestañas duras. Miró largo rato, como en contemplación religiosa, el cuerpo rígido, hizo un gesto vago de amenaza y encogiéndose de hombros, se volvió de espaldas al cadáver y emprendió camino de la cuesta; pero a poco andar se detuvo.

De la llanura dormida y quieta, súbito, habíase levantado un alarido estridente y lúgubre. Un perro aulló lastimeramente en la falda de la colina; le siguió otro; contestaron los de la estepa, y a poco aullaban todos los canes de la comarca en un solo, terrible, tremante y angustioso aullido; diríase que la noche se quejaba. Los leke-lekes, despiertos por el desesperado ulular, remontaron el vuelo lanzando agudos ajeos, y su lastimera nota resonó más vibrante todavía en el concierto salvaje... Un disparo resonó, hórrido, y a su fragor redoblaron de intensidad los aullidos de los perros. A veces se detenían, quizá cansados; pero entonces la brisa traía el eco de otros lejanos aullidos y volvían recomenzar con más furia todavía cual si en las tinieblas vagasen, amenazadoras, las sombras de implacables enemigos o presintiesen la proximidad de una inevitable catástrofe.

Unas lucecillas azuladas y menuda aparecieron manchando de brillantes puntos la negrura de las sombras, como luciérnagas que huyesen espantadas por el sordo clamor de la estepa.

De pronto cesaron las ruidos. Los perros —dijérase contenidos y puestos en mordaza— dejaron de ladrar, y sólo se oía el chillido de las aves nocturnas, ya lejano y distante.

"¡¡Han huido, los cobardes!!", pensó Choquehuanka, tristemente, al notar el silencio y ver que las más de las luces habían desaparecido. Pero en ese mismo instante un nuevo espectáculo volvió a hacer latir de alegría su viejo y gastado corazón.

Una de las lucecillas trocóse en antorcha y la antorcha en llama. La llama ondeó, roja, en la oscuridad, como lengua de reptil; y mil chispas, crepitantes saltaron de su cuerpo, desvaneciéndose en lo alto de las sombras.

Otro grito humano, agónico y penetrante, rompió el silencio ahora por las sombras, y volvieron a aullar los perros, con furia. Otra vez las aves noctámbulas prorrumpieron en estridentes chillidos; relincharon con fragor algunos corceles, y se oyó, alejándose por la llanura, el galope enloquecido de bestias herradas. Y los gritos de terror y angustia —doloridos, suplicantes, gritos de mujeres, clamores de varón y alaridos de niños— se hacían más intensos, hasta confundirse todas las voces en un solo aullido pavoroso, indescriptible. Era un aullido largo, agudo y hueco, como salido de las entrañas de la tierra.

La llama se convirtió en hoguera y un ancho círculo rojo manchó la negrura del llano, iluminando gran trecho de él. A veces se desplegaba como una colosal bandera roja, achicábase en seguida, a punto de morir, ondulaba, oscilaba, y de pronto resurgía más enhiesta, levantando sus flecos al cielo; y su claror surgían de las sombras las lejanas casas de los indios y reflejaban los charcos diseminados en el aijero como retazos de cristales purpurinos. Entonces chascaban las cañas de la techumbre, chirriaban los maderos, que, al quebrarse, se hundían entre los muros, sofocando las lenguas de fuego, que a poco volvían a aparecer, más altas y más anchas, entre miríadas de chispas que saltaban al cielo y se desvanecían, chascando, en las altas sombras. Dentro el círculo rojo, como abrasadas por las Ilamas, se veía cruzar las fugitivas siluetas de los indios corriendo de un lado para otro, agazapados al suelo...

Al fin las llamas fueron encogiéndose gradualmente, como si fuesen sofocadas por las sombras de la noche; las siluetas de los hombres, apenas visibles ya, se disolvieron y esfumaron en la negrura densa; los ruidos acabaron por extinguirse... Todavía un tiro lejano... El fulgor último de la postrera llama... El ladrido medroso de un can... El distante chillar de un leke-leke...

Y el silencio terrible, preñado de congojas, misterioso. ..

Una raya amarillenta rasgó la negra bóveda hacia el naciente. Tornóse lívida primero; luego, rosa, y anaranjada, después.

Entonces, sobre el fondo purpurino, se diseñaron los picos de la cordillera; las nieves derramaron el puro albor de su blancura, fulgieron luego intensas.

Y sobre las cumbres cayó lluvia de oro y diamantes.

El sol...

FIN

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